Love

La fina cuerda del Monocordio

“Siempre vuelvo a mi
el río busca el mar
cuando no estas aquí
puede ser
que al final
el cambio de estación
yo te busque el mar.”

-Escalera, Monocordio- 

Un día de ésos. Mi memoria comienza a despabilarse conforme la madrugada avanza y el frío acecha la terraza. La trepidante última transmisión de La Noche W, nos catapultó al íntimo afterhours en casa de Fernando Rivera el pasado 2 de noviembre. Escucho a mi alrededor el barullo de un nostálgico festejo, a mi alrededor se dibujan a trazo suave rostros entrañables, otros recién descubiertos. El brío de estos rostros con cuerpo se bate entre humo de cigarro, tragos de mezcal y la silueta del piano. Abrazo a Fernando fuerte mientras tomo su rostro con ambas manos para deletrearle como si de sordomudos se tratase, cuánto lo quiero. Me sonríe sin esquivar la avalancha de afecto, la corresponde con ternura. Lo suelto para correr al otro extremo del apartamento para abrazar a Víctor, el hombre con el que he inhalado amor las últimas semanas. Le beso. Y entonces es cuando recuerdo. La memoria es una veleidosa nube que se dirige a geografías que crees olvidadas, pero su verdadero prodigio consiste en encarnar el ropaje del juglar de tu propia historia.

Fernando y Víctor están entretejidos a la cíclica tormenta de mis tres últimos años de forma venturosa. Pero sólo uno de ellos lo sabe. A ambos los conocí en agosto del 2009, año que fue sin duda, el más trascendente en términos de alteraciones vivenciales, e incontenible acopio de misterios azarosos en la irregular vida que visto y calzo; muchos de ellos han tenido ubicación geográfica, nombre, apellido y crónica correspondiente en este espacio animalero, por lo que es sabio imaginar que no estoy descubriendo el hilo de plata en mi traje de mariachi, pero de cualquier manera, la polvosa bitácora de vuelo se registra que en el mes de agosto de 2009, en el único universo que reconozco, colisionaron dos planetoides cuya luminiscencia continúa colmando de partículas invisibles, de polvo estelar mi brújula celeste.

Fernando

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Lo que tocas te toca. Conocí a Fernando Rivera Calderón en un foro de los estudios Churubusco el 1º de agosto, durante la última transmisión de su programa “La Noche Boca Arriba” (extinto programa televisivo del canal 22).  Probablemente él no se acuerde que Rafael Tonatiuh me invitó a formar parte del término de esa ecléctica propuesta televisiva, pero yo sí, y vívidamente. Fernando Rivera es -para aquel despistado que nunca haya tenido noticias de su existencia- un prolífico músico y compositor (líder de la banda Monocordio) quien deambula desparpajadamente por los callejones del periodismo, la conducción de programas de radio/TV (El Weso, La Noche W, etc.), además de ostentar con aplomo de hombre de verdad el inédito título de “inventor del agua en polvo” (Antonio Garci dixit),  aunque yo lo prefiera como poeta, amigo invaluable, hijo del tiempo y padre amoroso. A partir de ese día, ha compartido conmigo momentos de generosa hospitalidad.

La primera vez que me invitó a su programa radial “La Noche W” fue aquella noche en la que abrió el micrófono de W Radio para promocionar el concurso literario: “Tuiteras Prostitutas”, espeluznante proyecto que emprendí con la aún más espeluznante Alma Olivier (@brujamota). Lo mismo invadí cabina para unirme tímidamente a la entrevista que realizó al heredero de Alejandro Jodorowsky, a promocionar la cinta de Kyzza Terrazas “El lenguaje de los machetes”, o sencillamente entrarle al desmadre radial. Hemos coincidido en conciertos, cumpleaños, fiestas, comidas, aniversarios, puestas teatrales, ferias literarias, a la deshonrosa –y primera- sesión del “padrinotón” (exhibición de la trilogía de “El padrino” donde comimos, bebimos y cantamos hasta el amanecer, pero que no vimos ni el trailer de ninguna de las cintas), entre tantas y tantas ocasiones más. De los momentos más memorables que tengo presentes a su lado son básicamente tres: la puerta del hogar abierta para mis hijos en sus festejos cumpleañeros y año nuevo, el concierto de Adanowsky en el Lunario donde chillamos y la celebración de los 10 años de Monocordio en el Teatro de la Ciudad. Abandonó hace tiempo el pedestal de personaje público al convertirse en héroe familiar, por la sencilla razón de que lo es para mi hijo mayor; Fer es el referente más importante de energía, congruencia, sencillez, creatividad y talento para el primogénito de mi hogar. Imposible no quererle.

En año nuevo de 2010, dejé en sus manos uno de los tesoros más grandes que traje de Copenhaguen, Dinamarca: el catálogo de la primera exposición plástica del maestro David Lynch. Prometió devolvérmelo. Le creo.

Víctor.

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A veces. Agosto, 2012.

– Hola, ya llegué. Estoy afuera.

– Vale, voy para allá.

Cuando colgué el teléfono, no podía creer que había aceptado verle de nuevo después de año y medio. Una cosa muy distinta significaba haber reanudado días atrás el contacto vía telefónica, a encontrarse esa noche para cenar después de aquello. La proporción del amor que le tuve un par de años atrás fue absolutamente proporcional a la crueldad con la que nos separamos. Me había costado casi un año que la simple mención de su nombre no arañase por dentro. Afortunadamente, que su lugar de residencia se encontrara a 300 kilómetros de distancia resultó indispensable para olvidar. O quizá no.

En tres días yo volaría a Madrid, así que cuando Víctor me avisó que regresaba al D.F. a tramitar de emergencia su pasaporte y que le encantaría despedirse, no me pareció mal pretexto para reencontrarnos; además, era la víspera de mi cumpleaños. ¿Cómo olvidar que cumplíamos años con una semana de diferencia y que precisamente lo conocí en el suyo, tres años antes? De alguna manera ambos tomaríamos un vuelo que podría traducirse como otro comienzo. De nada vale comenzar nuevas historias, si una tan importante la abandonas a medio párrafo. Además, reconozco mi necia pasión por los epílogos.

Escalera. La distancia exacta que existe entre la puerta de mi departamento, hasta el portón negro de acceso, es de trescientos pasos pequeños. Trescientas zancadas de caminar pausado. Tres, cuatro, cinco, veinte. Cada paso, un beat de sonoridad tan familiar. Hay que temer al azar, repetí en voz queda al recordar la absurda manera en la que nos conocimos. Rafael Tonatiuh había faltado a mi festejo cumpleañero a causa de Víctor (huelga mencionar su estupidez congénita) y suplicó le perdonase aceptándole una invitación a comer. Durante la sobremesa, decidí acompañarlo de último momento a la primera fiesta agostina de mi vida, el jolgorio era justo a unos pasos. Ahí nos vimos sin querer, era precisamente él quien festejaba su cumpleaños. En algún momento salió y le encargué cigarros, los entregó en mis manos justo antes de  que huyera a casa, tenía cosas qué hacer y no tenía contemplado una noche de fiesta. Un par de días después, recibí un mensaje: [“Hey, qué gusto conocerte, por cierto…te debo tu cambio de los cigarros, juro no haberlo hecho a propósito. “].  Las mejores historias a veces comienzan de manera estúpida e incoherente.

Al término de trescientos pasos, nos abrazamos como antes, y en consecuencia a la locura compartida, perdí un avión tres días después. A mi vuelta de Europa, nos lanzamos a una expedición a territorio neutro con la misión de rescatar en nuestro pasado ruinas habitables. La sorpresa es que descubrimos una exuberante tierra fértil en la que edificamos día a día sobre el solar de nuestro presente.


Ella brilla como el sol. Mi memoria comienza a despabilarse conforme la madrugada avanza y el frío acecha la terraza. Miro al fondo de la estancia para verlos juntos, hablando no sé que cosa. Les sonrío a esos hombres a quienes amo en diferente frecuencia, con quienes me arrojaría al abismo sin paracaídas. Víctor siempre ha ligado mi recuerdo a las canciones de Fernando. Yo, siempre he ligado el recuerdo de Víctor con Fernando, por pequeños guiños que a nadie más importan: 2009, agosto, aquel concierto en el Lunario y sobre todo, porque existe una deuda con ambos. Víctor jamás devolvió mi cambio de los cigarros, hemos decidido dejar que los intereses fluyan incrementando los beneficios netos, sin gastos de devolución, hasta alcanzar una deuda impagable que nos alcance a mantener nuestro destino. Fernando me debe un tesoro que puedo recoger en el momento que lo desee, sin embargo, prefiero olvidar las reclamaciones, y detentar ese frágil pretexto para volver una y otra vez a gozar del privilegio único de ser feliz en su hogar. Quizá la próxima vez que nos juntemos a fumar relatos.

Hace tiempo, leí una entrevista que Fer concedió a un medio mexicano, en la que explica la razón del nombre de su banda: “Cuentan que ciertos sabios de la antigüedad consideraban al monocordio como el utensilio musical  de Dios. Por un instante, imaginemos al creador de todo lo conocido  y por conocer poniéndole tensión o delicadeza a la única cuerda de ese instrumento magnífico, en aras de armonizar al universo.” Cuando me muerden el desamparo y esta añoranza hija de la distancia, sonrío y me rescato al reconocerme como daño colateral de la única cuerda de este Monocordio, cuya armonía blande y acaricia a quienes gozamos de la armonía de su vibrato.

Aunque la verdad es una mentira en los ojos de quién la mira al otro lado del espejo, porque a vecestodo tiene una conexión y todo viaja. Qué se yo…en la casa del músico poeta siguen flotando como si nada, las indulgentes metáforas. Y volveré, volveremos los tres.

Salud.

América Pacheco.

 

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