Cantos de Hospital. Volumen I.

 

 

 

 

 

Hace nueve años, mi hermano menor Tony Pacheco se convirtió en el guardián nocturno de nuestro progenitor, quién en esos olvidables tiempos, sostenía una personalísima batalla contra el cáncer. Tony pernoctó pilas de días junto a la cama de hospital. Semanas enteras. Pero de ninguna manera estuvo solo. Lo acompañó con frecuencia su diletante poesía. No me canso de reconocer que siempre he considerado al benjamín de la familia como al verdadero y más luminoso talento, al de la sensibilidad artística, al de la prosa desbordante, al del ingenio inagotable. El orgullo de la estirpe.

 

Les comparto el primer canto de tantos otros que nutrieron la bitácora de su interminable vigilia nocturna.

 

 

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Todos están invitados al cóctel.
Pequeñísimas espaditas de morfina viajando con la claridad del sueño.
Acuáticas esferas encimándose, persiguiendo submarinos transparentes, indecisos, fantásticos.
Buprenorfina de prisa va y vuelve.
Navíos y caballitos espumosos surfeando alegres.
Las venas de plástico gota a gota desatando la danza espectral de la blanca luz eléctrica.

[¿Cama 322?]

Programas de televisión.
Rubias enfermeras, caderas almidonadas desvaneciendose.
Sensuales placeres que no existen.

[¿Doctor? me vomité…]

¿Es usted diabético?

[Risas]

¿Ha tenido usted fiebre?

La atmósfera, la habitación huele a sangre.

Virgen digna de alabanzas: ¿me estas escuchando?
Te veo tan sublime en los aparadores…
¡Vamos, virginal princesa, baja en el elevador!
Vamos a tomar un café…

[Deposite cinco pesos]

¡Qué los vasitos de plásticos quemen tus dedos, señora mía!
Está bien…desenvuelve tus olas aterradoras…

[Yo sólo tengo la mitad del páncreas]

¿Náuseas?
¡Que desfile un ejército de cápsulas al interior de Víctor!

[56 años…cardiología…acceso A… ¿su pase de visita?]

Silencio.
Riñones de aluminio.
Termómetros durmiendo tibios sueños.
Insomnio.
¡Sagrado corazón de Jesús, guarda tus armas cotidianas!
Soy un huésped distinguido: hombre hijo de hombres.
Siempre bien recibido en el palacio del dolor.

Aquí comienzo mi viaje…
Mentí cuando dije que no estaba cansado.

Padre: levántate…
¿Me escuchas, verdad?
Larguémonos de aquí…
¡Vamos a casa, grítame con fuerza!
Llegaré borracho de nuevo, a las cinco de la madrugada…

[Dejaré abierta alguna ventana, por sí regresas]

Vamos, ¡¡grítame con fuerza!!
¡Pelea conmigo! Dejaré la pasta dental sin tapón manchando los azulejos de fresca luz…

¡Despierta!
No dejes en un hospital
Tus canas
Tus ojos azules.

T. Pacheco.

2003

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