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Lem y los libros imaginarios

LEM

“De la vigilia que nunca nos abandona, no hay otro despertar más que la muerte”

No olvido el año: 1994. Lo recuerdo perfecto, porque fui la única persona de mi generación -que yo conozca- a la que no le gustó la película de Matrix. Salí del cine con la misma sensación que experimentan las personas cuando se saben timadas arteramente. A pesar de que los efectos especiales convirtieron a esa cinta en un clásico instantáneo, sentí que la historia me quedó muy corta. Pero la culpa no fue mía –lo juro- la culpa la tiene la novela  “El congreso de futurología” y su autor, Stanilslaw Lem; uno de los dioses de mi Olimpo personal.

Stanislaw Lem (Los astronautas, La Nebulosa de Magallanes, Solaris, Retorno a las estrellas, Fábulas de Robots,  Ciberiadas, etc) nació en 1921 en Lvov, Ucrania y a lo largo de su larga vida (murió hace tan solo tres años), sirvió con ahínco a dos principales propósitos: enseñar literatura polaca en la Universidad de Cracovia y escribir los más sorprendentes libros de ciencia ficción en la historia de la literatura universal.

Resulta complejo encasillar su prolífica obra, meramente en el campo de la ciencia ficción, ya que su narrativa está plagada de profundas referencias filosóficas, psicológicas y científicas. Se salvó en su juventud de un campo de concentración, para concluir sus estudios de  medicina y psicología. Gracias a ello consiguió la suficiente materia prima para desentrañar con soltura e ironía, las dolencias más profundas del pensamiento humano, usando a pinceladas; su fina narrativa del conocimiento.

Futurological.jpgAunque no sea de ninguna manera su obra más conocida, leída o analizada, “El congreso de Futurología (1971)” es el libro que consiguió sorprenderme como ninguno en la adolescencia. El protagonista de esta novela corta es el astronauta Ijon Tiichy (recurrente héroe quien vio la luz literaria en “Diarios de las estrellas”, su segundo material fantástico publicado en el año de 1957) cuyos viajes y aventuras, alimentan intrincados relatos sobre el apocalíptico futuro que Lem vislumbró como único destino a la humanidad. La parodia y el absurdo, parecen ser la ruta de este peculiar relato. Titchy  recibe invitación para asistir a un congreso -cuya sede es Costarricania- exclusivo para futurólogos en un descomunal hotel en el que se buscará encontrar las respuestas para evitar la hecatombe mundial. Aunque nuestro entrañable astronauta encuentra más que respuestas o solución alguna al inminente Apocalipsis, ya que descubre fortuitamente que la hecatombe hace mucho que los cubrió. Los grandes gobiernos han evitado a toda costa el derrumbe de sus imperios mediante el suministro de drogas. Es decir, la benefactorina, el altruismol, la  credibilina,  o el felicitol, son las armas que se utilizan para controlar con sumisión a la humanidad. La victoria de la revolución química al servicio del “bienestar humano”. No existen emociones emanadas de la naturalidad de los individuos, ya que todas son inducidas. El amor, el odio, el perdón, la perfección, la rebelión… están al alcance del supresor o estimulante adecuado. Todos pueden ser dios. El mundo puede ser perfecto con sólo desearlo. Lamentablemente, ya no queda mucho mundo y nadie lo intuye siquiera. La realidad es tan perturbadora que se oculta a rajatabla. La percepción del mundo es alterada en su totalidad, porque el presente es aterrador. El autor profundiza en la ética, en la inmoralidad de la manipulación social, emocional. Consigue transmitir lo indescriptible mostrando la devastación mediante un recurso narrativo simplista: dejando la construcción total de la imaginación futurista al lector. Su descripción apocalíptica es sobria y en primera persona, es más un diálogo interno que una  crónica. Por eso no me gustó Matrix. Mi imaginación es rabiosa, Titchy es más entrañable e irónico que Neo y Lem infinitamente más talentoso e intimista que los hermanos Wachowski.

Stanislaw Lem es un autor que debería de ser leído por todos -sin excepción. Lamentablemente el estigma que carga la ciencia ficción como lectura ligera no abona a la causa, tampoco ayuda que se le encasille como un escritor exclusivo de esa corriente literaria, porque no es así. Leí hace poco que “Lem, Kafka, Carroll, Swift…cada uno a su manera, nos recuerdan que la aparente solidez de nuestras estructuras no es mayor que la de un decorado de cartón-piedra. Nos obligan a enfrentarnos con la fragilidad de los presupuestos de nuestra cultura, de nuestra pretendida lógica.” Todo, con el poderoso influjo de su desbordante imaginación.

No existe mejor ejemplo para ilustrar lo anterior, que el libro Vacío perfecto. Cuando pensé que había leído todo sobre Lem, cayó en mis manos este título, que es una auténtica maravilla.

solaris.jpgVacío perfecto es más que una colección de críticas literarias y científicas. Es una reflexión mordaz, un brillante galimatías y un auténtico experimento literario, porque todos los libros reseñados son imaginarios. Este recurso expositivo no es nuevo, ya que autores de la talla de Borges, Rabelais o Swift, hicieron lo propio. Pero ninguno trastoca tanto el género con la profundidad de Lem. Todos los autores son ficticios y uno acaba por lamentarlo. Es tan sorprendente el desborde imaginativo del autor, que conflictua el hecho de que ninguno de esos libros se haya publicado nunca, que jamás se publicarán. Sólo formaron parte de un fragmento creativo que habitó en el recoveco más escondido del escritor ucraniano.

Aunque “Les Robinsonades”, “Gigamesh”, “Idiota”, “Rien de tout, ou la conséquence”,” En Gruppenführer” o “Sexplosión”, pudieron haberse convertido en notables novelas, mi parte favorita es el prólogo.

El prologuista, disecciona mediante  un análisis crítico y filoso como escalpelo, al oficio del autor, utilizando un método despiadado. Las primeras líneas del prólogo es elocuente: “La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos, no sólo en un escritor contemporáneo como J.L Borges, sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner práctica esta idea. Sin embargo, “Vacío perfecto” constituye una especie de curiosum” .. “¿cuál fue su propósito? ¿el de sintetizar la pedantería o la broma? Sospechamos que en este caso se trata de un subterfugio jocoso, viéndose confirmada esta impresión por la introducción, interminable y teórica…Lem tuvo miedo de las dificultades implicadas en cada uno de los títulos. Prefirió no arriesgarse nada, guardar la ropa y salirse por la tangente”

Cada una de las críticas hechas a los libros y autores imaginarios, pasan por nuestros ojos con crudeza y limpidez. El prólogo los despoja de cualquier tipo de artificio y le brinda un alivio al lector para entender el variopinto experimento que lo atrapa a pesar de su complejidad. Porque se requieren tres galaxias de talento para concebir 15 novelas, dotar a sus embrionarios protagonistas de personalidad y vida propia; desarrollar los argumentos, debilidades y fortalezas narrativas de cada ejercicio; para que el prólogo regale uno de los guiños más ingeniosos y nos invite a ser cómplices preparándonos para lo mejor:

..”Vacío perfecto es una narración sobre las cosas deseadas, pero imposibles de obtener. Es un libro sobre sueños que jamás se cumplen. Y el único ardid que le queda todavía a Lem sería un contraataque: afirmar que no fui yo, el crítico, sino, él mismo, el autor, quien escribió la presente reseña, e incluirla, como un texto más, en Vacío perfecto.”

Lecturas como esta nos rescatan de los profetas de la esterilidad inventiva y de los que tanto adolecemos. Este pequeño libro escrito en 1971 es una obra maestra.

Lean. Imaginen. Descubran a uno de los mejores escritores de la literatura contemporánea. Me lo van a agradecer toda la vida. De nada.

América Pacheco.

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El corazón del Delfín.

Stefan Zweig ha guiado de forma notable la lucidez de mi pensamiento desde tiempos de mi general Villa. De alguna manera inexplicable, la obra del biógrafo y filósofo austriaco se las ha arreglado para ubicarse en un lugar de privilegio en la pila de lectura de mi escritorio durante poco más de dos décadas. Lamento tanto reencontrarlo porque la fuerza motriz del amor que le profeso regresa en forma de fichas. Como una arrasadora ola que trae consigo guijarros de nostalgia. Puñados de ellos.

Una de las virtudes más notables de Zweig en su faceta de biógrafo histórico, fue sin duda, la impecable facultad de diseccionar al personaje desde una estructura psicológica y humana con total empatía. El libro biográfico dedicado a María Antonieta de Habsburgo, última reina de Francia, es el ejemplo perfecto para demostrarlo.
Zweig nos relata a detalle cómo la adolescente reina fue severamente difamada y no se escatimó recurso alguno para llevarla al cadalso: “todo vicio, toda depravación moral, toda suerte de perversidad fueron atribuidos sin vacilar a la louve autrichienne, en periódicos, folletos y libros: hasta en la propia morada de la justicia, en la sala del juicio, comparó el fiscal, patéticamente, con las viciosas más célebres de la historia”. Sin embargo, evitó caer en el exceso del que han abusado la mayoría de los historiadores de la malograda reina-niña. En ningún momento la coloca en el altar de la santidad monárquica, por el contrario, se esfuerza por explicarnos su tesis psicológica que la identifica como un ser humano tan mediano, que jamás tuvo la inteligencia, heroísmo, o maldad suficiente que justificara la magnitud trágica de su destino.

El análisis que desarrolla Zweig de las almas medianas y su diferencia a las del hombre superior es tan fascinante como vigente en estos tiempos. Para Zweig, a un hombre mediano y a un genio se les identifica bajo la desarmonía del espíritu frente a su destino.
Y si el destino es trágico, las diferencias entre ambos son desmesuradas. Cuando un genio pugna contra el mundo a la contra, se enfrenta a la fatalidad con hostilidad innata, porque la grandeza del espíritu no descansa si no encuentra su medida y su cauce. Pero en contraste, cuando una naturaleza mediana, débil, se encuentra a bote pronto ante un destino colosal y trágico, el desmoronamiento del espíritu es doblemente doloroso. Zweig afirma: “Pues el hombre extraordinario busca, sin saberlo, un destino extraordinario; su naturaleza, de desmesuradas proporciones, está orgánicamente acomodada para vivir de un modo heroico, o en peligro. Por el contrario, el carácter medio está destinado a una pacífica forma de vida. No quiere responsabilidades de Historia Universal. No busca el sufrimiento, sino que le es impuesto. A este dolor del no héroe, del hombre de tipo medio, lo considero, hasta por faltarle condiciones de visibilidad, como no menor que el patético sufrimiento del héroe verdadero y quizás aún más conmovedor que aquél; pues el hombre vulgar tiene que soportarlo por sí solo, y no tiene, como el artista, la salvación dichosa de convertir sus tormentas en obras de arte, dándoles forma duradera”.

Y a pesar de que concuerdo sin discusión con Stefan, a título personal y desde mi trinchera sensiblera; la tortura, la cúspide del sufrimiento más grande en la historia de María Antonieta, lo representa el trágico destino de su hijo, el pequeño Louis Charles. Si es cierta su teoría de que la historia se encapricha en encontrar a un héroe insignificante, una alma débil y maltrecha que es capaz de obtener el efecto más alto y depositar en sus huesos una intolerable tragedia; no existe otra tragedia más cruel que la soportada por Luis XVII, heredero de una corona jamás colocada en sus sienes, quien fue colmado –sin pedirlo– de riqueza incalculable y que dejó sus huesos en una espantosa celda a la edad de 10 años.

La Revolución


El mundo jamás volvería a ser el mismo desde la revuelta que condujo a centenares de ciudadanos hambrientos y coléricos a tomar por asalto la Bastilla el 14 de julio de 1789. La turba castigada por la enfermedad y la carencia se encontró de un día para otro en un mundo en el que la libertad de conciencia, la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libertad de comercio y la libertad de reunión se convertían en derechos inalienables. Miles de personas descubrieron que podían alzar la voz y exigir justicia sin represalia alguna. Quienes habían permanecido en la oscuridad gozaron de palestra y libertad de expresión inusitada. Las ideas que trastocarían el destino del mundo crecieran en los campos como hierba salvaje.

La Revolución Francesa gozó de pensadores, políticos y líderes portentosos, sin embargo, como se ha repetido a lo largo de todos los movimientos sociales del orbe, los tiempos de revuelta también los dirigen hombres y mujeres bárbaros de corazón.
En todas las revoluciones, podemos identificar dos clases de insurrección: los revolucionarios de ideología y los revolucionarios de profundo resentimiento social. Los primeros,gracias a su extracto de privilegio; son conducidos a la lucha mediante sus ideales de cultura y educación. Los otros, hijos del infortunio, desean vengarse de todo aquel que haya gozado de todos los privilegios que la justicia les negó. El pueblo bueno, ya desprovisto del yugo del tirano, encausó toda su energía y sin escrúpulos contra sus verdugos y hasta contra sus propios libertadores. Se radicalizaron por la peligrosa vía del resentimiento social. Las mentes débiles, aquellas almas huérfanas de humanidad, pero rebosantes de mediocridad, mutan en una categoría terrorífica cuando ven depositado en sus manos el poder absoluto. Es aquí entoncescuando el terror revolucionario aparece para no dejar dormir a ningún alma justa.

El síndrome de Hébert

El representante más repugnante del resentimiento revolucionario, vistió las ropas del político y periodista Jacques- René Hébert. A uno de los más grandes villanos del siglo XVIII se le fue otorgado la encomienda de mantener vigilada a la familia real durante su cautiverio en Temple. Camille Desmoulins y Robespierre, lamentaron demasiado tarde el poder otorgado a la pústula más infecta del movimiento libertador. Hébert usó su periódico Père Duchéne a modo de ponzoñoso libelo que desprestigio todo aquello que se contraponía a sus intereses. Gracias a su popularidad entre las clases sociales más desfavorables, destruyó más vidas inocentes que innobles. Aniquiló a cada uno de sus enemigos gracias a un poder ilimitado en el consejo municipal. Pero, sobre todo, tuvo la satisfacción de despedazar con lujo de desprecio al símbolo de su recalcitrante rencor: María Antonieta y su descendencia.

La infamia suprema de Hébert consistió en arrebatarle a María Antonieta a su pequeño hijo de ocho años. Romperle en dos el corazón a la orgullosa extranjera fue considerado a su criterio, como la medida adecuada para hacerle pagar su indiferencia. Trasladó al delfín al extremo del Temple, cárcel donde vivió la familia real hasta poco después de la ejecución del rey Luis XVI. Hébert depositó el cuidado del niño aristócrata al tosco zapatero Antoine Simón. Considerar como justa la decisión de responsabilidad el cuidado y crianza de un infante a un auténtico hijo del lumpenproletariado para evitar ser educado como un hombre fino y permanecer en la clase más baja y más ignorante de la sociedad con la intención de olvidar por completo la estirpe de dónde procede, puede resultar ex trema, y quizás hasta comprensible por el ala extremista de la lucha de clases; pero, a Simón lo distinguía un carácter cruel y violento, además de una diposmanía no apta para convertirse en el ejemplo educativo de un villano, mucho menos de un pequeño del extracto social que fuere.


El odio virulento de Hébert por María Antonieta permitió que el cruel Simón martirizara psicológica, física y verbalmente a Louis Charles de Bourbon sin que ninguna voz se alzara para impedirlo durante un año. Desde la tarde que fue arrancado de los brazos de la reina, el pequeño cautivo jamás volvió a contemplar una faz amable o un acto mínimo de bondad. Quizás, solo tuvo miradas compasivas sobre su infantil figura el día que fue llevado a declarar en el juicio contra su propia madre.

Hébert tuvo la osadía de publicar en su periódico Père Duchêne, previo al juicio de María Antonieta: “¡Pobre nación…! Ese bribonzuelo será funesto para ti, tarde o temprano: cuanto más gracioso es, tanto más temible. Que esa pequeña serpiente y su hermana sean arrojados en una isla desierta; es preciso deshacerse de ellos a cualquier precio que sea. Por lo demás, ¿qué significa un niño cuando se trata de la salud de la República?”. Y lo cumplió. Destrozó la vida de la amenaza que le suponía representada a su amada nación el heredero de un trono inexistente ante la mirada complaciente e indolente de una nación entera.

Cualquier lucha, por muy espiritual que sean sus cimientos, se desdibuja y se torna vil desde el preciso instante que cede un poder semejante a canallas para que en el nombre de la justicia comenten actos de bajeza absoluta y carente de humanidad.
A pesar de que Hébert no consiguió el obsceno objetivo de comprobar ante el juzgado el cargo de haber mantenido relaciones sexuales con su propio hijo; el único pensamiento que pudo consolarlo durante su propio camino rumbo a la guillotina -nueve meses después de la ejecución de la reina- fue la cruel satisfacción de haber lastimado sin piedad el espíritu de la perra austriaca, pero sobre todo, de saber que en una olvidada y secreta celda, desprovisto de todo contacto humano, se pudría lentamente el hijo de los últimos monarcas del otrora reino más poderoso de Europa.

Un año y dos meses después de la ejecución de Jacques René Hébert y once después de la de Robespierre, el delfín murió de peritonitis tuberculósica en cautiverio.

El historiador Alcide de Beauchesne nos cuenta en su libro: Luis XVII, su vida, su agonía, su muerte, cautiverio de la familia real en el Temple el reporte de los cuatro inspectores que declararon el hallazgo del cadáver. Éste aparece fechado el 3 de enero de 1795 (aunque la muerte de Luis sucedió el 19 de diciembre anterior).

El reporte es aterrador: “Entonces apareció el espectáculo más horrible que le sea dado al hombre concebir, espectáculo repugnante que no presentarán jamás dos veces los anales de un pueblo civilizado, y que los asesinos mismos de Luis XVI no pudieron contemplar sin una piedad dolorosa, mezclada de espanto. En una cámara tenebrosa, de donde no se exhalaba más que un olor de muerte y de corrupción, sobre un lecho desecho y sucio, un infante de nueve años, medio envuelto con un lienzo mugroso y un pantalón en harapos, yacía, inmóvil, con el dorso arqueado, el rostro macilento y desfigurado por la miseria, hoy desprovisto de aquel rayo de viva inteligencia que lo iluminaba antaño. Sus labios decolorados y sus mejillas huecas tenían en su palidez algo de verde y de turbio; sus ojos ellos mismos azules, agrandados por la palidez del rostro, pero en los cuales toda flama estaba extinta. Su cabeza y su cuello estaban roídos por llagas purulentas; sus piernas, sus muslos y sus brazos, flacos y angulosos, estaban desmesuradamente alargados a expensas del busto; sus muñecas y sus rodillas estaban cargados de tumores azules y amarillentos [durante su cautiverio el reyecito contrajo sarna en las rodillas]; sus pies y manos, que ya no se parecían a una carne humana. Los bichos le cubrían también el cuerpo; los bichos y las chinches estaban amontonados en cada doblez de sus sábanas y de su cobertor en jirones, sobre los cuales corrían grandes arañas negras, huéspedes inmundos de los calabozos…”

Es imposible permanecer impávido ante el horror.

El corazón de Luis XVII


Han corrido océanos de tinta con el noble propósito de obsequiarle al príncipe de Versalles la fantasía de un destino distinto. Un siglo previo a la existencia de la princesa Anastasia Romanov, brotó por toda Europa la leyenda de que verdadero Luis había escapado de sus verdugos y que vivía bajo un noble falso al otro lado del mundo: en Sudamérica. Incluso, Stefan Zweig no se aventura a afirmar que el delfín efectivamente había acaecido en la lúgubre prisión de Temple. Tuvo que llegar el siglo XXI y la ciencia genética para demostrar que la reliquia encapsulada en la urna de cristal pertenece al hijo de María Antonieta.

La historia del corazón del pequeño delfín que a la edad de cuatro años se convirtió en el heredero del trono más grande de Europa ha sido trepidante desde el momento de su autopsia hasta nuestros días. El cirujano Philipe- Jean Pelletan fue el responsable de realizar la autopsia al cuerpo de Luis XVII y aunque el cuerpo fue arrojado a una fosa común, conservó el corazón en un frasco hasta que llegara el momento propicio de entregarlo a las manos adecuadas. Lamentablemente, nadie creyó en la autenticidad del órgano que guardó en su poder; intentó infructuosamente hacer llegar a las familias Bourbon y Orleáns. El frasco fue robado en 1831 al arzobispo de París, Hyacinthe Louis de Quélen. Le correspondió al hijo de Pelletan recuperar el frasco de un basurero. Lo momificó y logró entregarlo al conde de Chambord. A la muerte de Chambord, la reliquia permaneció en la oscuridad y bajo el resguardo de manos anónimas hasta 1975.

El 8 de junio de 2004 el misterio fue resuelto gracias a los investigadores Ernst Brinkmann y Jean Jacques Cassiman, quienes lograron realizar el procedimiento mediante muestras de cabello de María Antonieta y de sus fallecidas hermanas. La autopsia que se realizó al pequeño cadáver del Temple no era un anónimo suplantador. Brinkmann y Cassiman demostraron que el ADN mitocondrial no miente: porque todos los seres vivos heredamos de nuestra madre genes y cromosomas únicamente transmisibles por vía materna-, lo que demostró que el órgano en discordia era el auténtico corazón de un Habsburgo.

El ocho de junio del año 2004 se celebró un funeral en honor del pequeño Louis XVII tras dos siglos de misterios y pistas falsas. La urna con sus últimos vestigios humanos se depositó en el mausoleo de la basílica que también alberga los restos de los dos seres que más lo amaron en su corta vida.
La desventura simbolizada por el corazón insepulto del delfín me llena de total angustia. El mundo ha cambiado poco desde la toma de la Bastilla. El alma de los hombres sigue mostrando infames claroscuros. Aún somos incapaces de garantizar los unos a los otros, el respeto a nuestras garantías individuales más elementales. Nos siguen matando a causa de nuestras preferencias sexuales.

Nos siguen violentando por haber nacido con vagina. Nos siguen arruinando el futuro por el gravísimo pecado de ser infantes, vulnerables en cualquiera de sus modalidades. Mientras exista el hombre, se seguirán gestando revoluciones armadas, ideológicas, espirituales o cibernéticas.
Los puños seguirán alzándose, las turbas continuarán tomando las calles en protesta de una nueva injusticia. Lo celebraré mientras tenga vida. Y también celebraré la caída de los herederos de Hébert que, contraviniendo los principios básicos de evolución humana, continúan emponzoñando las tierras fértiles de la subversión. Porque ningún inocente -no importando su estirpe- debería volver a ser expuesto en carne viva en nombre de ninguna pugna, por muy noble e inaplazable que esta sea. Nunca jamás.

Fuentes:
1. Stefan Zweig, María Antonieta, (1932).
2. Alcide-Hyacinthe du Bois de Beauchesne, Louis XVII, sa vie, son agonie et sa mort (1852).
3. Deborah Cadbury, The Lost King of France: How DNA Solved the Mystery of the Murdered Son, (2003).

*Publicado en la Revista Etcétera el 21 de julio de 2017*

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2015, Books, Etcétera, Love

Esta no es una reseña. “Algo tan trivial”

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V. sólo tenía 18 años cuando lo asesinaron a sangre fría. Bastó un solitario balazo en el corazón para conseguirlo; un: ¡PUM! directo, ensordecedor y letal. Quienes lo conocieron vaticinaban que acabaría mal, y la noticia de su muerte violenta no cumplió un par de mal intencionadas profecías. La llamada que avisó a sus deudos de la tragedia, los condujo a un lugar hostil y putrefacto del que hay quienes nunca volvieron siendo los mismos. La espeluznante frase: “Hija, mataron a V.” tlaqueó mis piernas con demoníaca destreza. Caí como lo hacen los árboles ante una avalancha de nieve. Sencillamente caí al piso frente a mi padre. Así como mis lágrimas.

No lo vi nacer, pero casi. Tenía la misma edad de mi hermano y ocuparon la misma cuna por meses. Si aquella bala no le hubiera atravesado el corazón, este año habría cumplido 33 años, la edad de cristo, la del príncipe Guillermo de Inglaterra y la de Britney Spears. No estoy segura que V. se habría rapado furibundo ante una turba de paparazzis, o si algún día encabezaría la grandeza monárquica en cualquiera de sus perversas facetas. Todo lo que sé es que muchos daríamos un dedo de la mano derecha por haber tenido la oportunidad de verle abrazar a un cachorro, a uno de su propia sangre, por ejemplo. Cuenta la leyenda que comenzó a consumir drogas blandas en la primaria, yo me enteré de sus problemas de adicción cuando medía 1.80 y se inyectaba heroína. Durante años, se convirtió en el secreto mejor guardado de la familia hasta que el secreto se desbordó por sí mismo. Después de comenzar a saquear la bolsa de su madre o el alhajero de su hermana; hizo lo propio en la casa de sus tías, primas, no dejó títere con cabeza.

Tenía meses sin sentirme tan cerca de V. hasta que una sacudida interna evitó que terminara el libro de ensayo Algo tan trivial de Fausto Alzati Fernández (Festina Editores).

Algo tan trivial es un ensayo que puede leerse como se te venga en gana, porque además de ser un libro, es un soundtrack de nueve capítulos cuyos títulos arrebatan al disco de Violator de Depeche Mode los nombre cada uno de los tracks que lo componen (aunque pensándolo con cautela, además de soundtrack, es un cover chingón y los covers no son otra cosa que la resignificación poderosa del pasado) y cuyo leit motiv es la adicción vivida en huesos y angustia por el propio autor y quién detalla de esta manera la influencia sonora que fue impregnado su libro por esta obra mestra: “Violator es un disco impecable: 9 canciones y ninguna sobra, ni por un segundo. Es la cumbre de la carrera de Depeche Mode. Después de Violator hicieron otro par de discos respetables, y después su producción mejora, quizás, pero el contenido se vuelve soso. Ha desaparecido ya aquella crudeza neorromántica de su lírica. Ya no hay sudor, lágrimas ni plegarias. Ya no hay transgresión ni descubrimiento. Pero pasan los años, y al pasar lo puedo volver a escuchar, y volver a escuchar, de principio a fin sin desperdiciar un solo segundo de mi vida”.

Algo tan trivial no es un libro de autoayuda, una advertencia moralina o mucho menos un testimonial solemne. No se trata de las confesiones de un exconsumidor con los bolsillos colmados de sermones de autoayuda (porque jamás, aquí o allá un consumidor será lo mismo que un adicto, no señor, aquí hablamos de palabras mayores: los consumidores son abetos que transpiran, los adictos son la oquedad intangible del laberinto). Algo tan trivial es una criatura viva que duerme con intermitencia al fondo de la barbarie de la memoria de un sobreviviente de una dictadura llamada demencia y fui incapaz de atravesar la frontera de su página 83. Recordé aquel hachazo a mis pantorrillas. De pronto palpé el sufrimiento que no del autor, y sí de uno de los seres que más he querido en esta vida. No leí más. Tuve que enderezarme y comenzar a escribir esto que tu lees aquí.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que reseñé un libro. Razones o buenos libros no han faltado en mi escritorio, pero nunca tengo tiempo de ponerme a mano con todos esos buenos autores que me han colocado en mis manos generosas viandas literarias tan torcidas como radiantes. He prometido en el pasado a mi editor que construiría una columna de recomendaciones literarias, pero ¿A quién quiero engañar? No sé reseñar libros, por lo que me amparo anticipadamente ante la furia de su Dios que todo lo asola, extermina y penetra para que acepten a cambio fragmentos como estos que comparto con usted, querido lector:

“El fuego no es lo mismo que aquello que quema, pero tampoco es ajeno a su material de combustión. Justo así son los demonios: no son iguales a quien los padece, pero sus voces e impulsos tampoco son ajenos al que los sufre. Ese incendio se llevó mis ganas de fumar mota. No porque ésta fuese mala, sino porque mi relación con esa sustancia que no generaba adicción fisiológica estaba dictada por la desesperación. No era ella, era yo. No conocía la calma necesaria para esperar la siguiente dosis; sentía pánico al ver que mi guardadito se iba acabando. No angustia, pánico. Pero el incendio fue aún más generoso: a su paso quemó toda una colección de fantasías metafísicas que llevaba años coleccionando. Eran un síntoma. Me dejó solo ante el mundo, a secas; solo con mi condición de adicto y la mente quebrada. Así son los demonios, inadvertidamente generosos, a pesar de sus métodos malditos. De otro modo no son demonios, sino meras bestias, torpes y crueles“.

1a. A lo largo de este ensayo he intentado articular algunas de mis experiencias, con la ambición de que al enunciarlas se rompa otro pedazo de su hechizo. Deseando que, al pronunciarlas, aquellas partes antes obviadas de mis vivencias dejen, a su vez, de señalarme a mí como uno más de sus síntomas. Este libro no es un exorcismo; es una declaración de amistad para mis demonios. Porque si los lastimo, me lastimo yo. Es así de sencillo. Esto lo he escrito evitando cualquier nota al pie. He procurado expresar lo que ronda en mi mente y no los índices de los libros que he leído, acaso. No he pretendido comprender la adicción, sólo he procurado recordar y transmitir una experiencia. Lo he escrito de modo algo fragmentado, porque 8 las vivencias son así. Mientras vivo una cosa, pienso en otra y recuerdo otra. Las vivencias, así como el tiempo, no son tan lineales como a ratos nos gusta creer. Estas páginas están llenas de errores, y no tardará algún lisiado emocional en corregirlos, cualesquiera que sean sus motivaciones. Pero para su satisfacción está Google o Wikipedia a mano; este libro, en cambio, versa sobre una experiencia, y como tal está repleto de las mentiras que la memoria cuenta, según el estado de ánimo en que lo escribí. Pero a pesar de las jugarretas de la memoria, las distorsiones de la vanidad, mis cobardes omisiones y la engañosa prudencia, he buscado ser franco. Aunque con frecuencia he fallado, el ejercicio mismo de intentarlo ha valido las madrugadas en cafés 24 horas de esta voraz ciudad”.

“Aún me impresiona lo civilizados que son algunos de mis amigos consumidores. Jamás tuve esa opción; carezco de esa fibra que les indica cuándo contenerse, o cómo divertirse atascándose, o cómo ir a trabajar al día siguiente, o interesarse en cualquier otra cosa. Para un consumidor, hasta para el más enganchado, drogarse esun divertimento; para un adicto es un solemne deber“.

“1e. Nunca me gustó la coca. Sin embargo la ingerí hasta la nausea y el hartazgo, una inyección tras otra. Sin poder salir del baño. O ya fuera de éste, y sin poder siquiera afinar la guitarra, pero intentándolo de todos modos. Y luego otra dosis, y luego otra. Todo para terminar aterrorizado, encerrado, escuchando a través de la puerta. Y no escuchaba lo que había del otro lado de la misma, sino lo que temía que hubiera en algún rincón de mi cabeza. En estado de pánico. O para intentar rebanarme las venas entre delirios, alucinando que así expulsaría la sangre contaminada de mi cuerpo. Tirar lo que quedaba de papel al escusado, aterrorizado, indignado. Todo para despertar a media tarde, deshecho, y bajarlos brazos por el borde de la cama –porque amanecía con los brazos adormecidos de tanto arpón–. Todo para empezar a convencerme poco a poco de ir por más. Corrijo, la coca me gustaba. Lo blanco del polvo, el modo en que adormece las encías y, sobre todo, el olor cuando la cuchara se calienta y se evapora un poquito de perico con el agua. No poder parar. Inyectarme cada cinco minutos. La cuchara, la vela prendida, la soledad, el ritual, la jeringa. La aguja traspasando la piel, la sangre entrando, el efecto inmediato, la taquicardia, el zumbido en los oídos.

Me encanta la coca; sólo que no me gustan sus efectos en mí“.

“Me encantan sus efectos; sólo que no me gustan las consecuencias. La repetición obligada sin espacio para la incertidumbre, sin lugar para la sorpresa, sin espacio para sentir, sin sitio alguno para la vida y todo su grotesco caos. Igual que cualquier miembro de una secta.

No, no me gustaba la coca; sólo que la morfina ya no bastaba. Había que mezclarla con algo. La morfina ya quitaba solamente el asco, las ganas de vomitar y la insoportable densidad del ser –aquella tortuosa invasión de la vida y todas sus pequeñas irritaciones que van sumando hasta hacer que todo sea dolor–. Pero ya no sentía la morfina, sólo su contraste después de una y otra dosis de coca. Arriba, arriba, abajo, abajo.

Cada día igual al anterior, sólo un poco peor.

“Me da gusto que haya personas que disfruten la coca, y hasta lo hagan incluso socialmente. Que se compartan una raya. Lo mío era no poder salir del baño o encerrarme en una esquina del clóset con la TV en estática y sin volumen. Abandoné incluso la música que me mantuvo vivo, por utilizar el cerebro y los sentidos con cualquier otra droga, por no poder despegarme de la aguja. Una dosis y la que sigue y la que sigue y la que sigue. Un monolito. Una postración.

“La adicción está diseñada para eso, para que te arrodilles, para que te abandones. ¿Quién, alguna vez, ha pedido dinero afuera del supermercado, inventando que tu auto se quedó sin anticongelante, todo para comprar una jeringa, porque la que traías ya no tenía filo?”

Bueno, I´ve been there. Aunque a diferencia de Fausto o V., nunca caminé en los zapatos del adicto, a cambio fui la jeringa. Y lo fui más de una vez.

En ocasiones la memoria viene a tomar el té de las cuatro con el recuerdo de V. dentro de una caja de galletas. Si pudiera pedir, elegiría que no me visitara la imagen de la ultima vez que lo abracé, justo una semana antes de morir. Prefiero recordar a mi primo a los cuatro años, corriendo como poseído en casa de mis padres. También pediría volver el tiempo a ese día para tomarlo del brazo y prevenirlo de lo que vendría después.

Quisiera abrazar ese cuerpecillo frágil y rogarle que tuviera cuidado, que no corriera, que nada malo le pasaría si tan sólo frenara un poco la velocidad de su torbellino, que no me gustaría verle llorar, sangrar, escapar, no volver. Le diría: Reach out and touch faith. Una, dos, quizás diez veces.

*Texto publicado en la Revista Etcétera el 30 de diciembre de 2015

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2010, animal político, París

¿Quién diablos es Florence Cassez?

 

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Abrí la puerta de mi cuarto de hotel después de un agotador paseo. Al exacto instante en el que mi mano giró el picaporte sonó el teléfono:

– ¿Lista para la fiesta de cumpleaños de Anabelle?

Era Avi Rosen, el fotógrafo israelí encargado de darme la bienvenida a París.

Mierda. Después de pasar el día completo vagando por las entrañas del metro y transbordar cinco veces, la idea de una fiesta de cumpleaños no me seducía. Por mi, Anabelle podría celebrar hasta su bautizo sin que el curso de mi vida se viera afectado. Pero perderme la experiencia de experimentar una auténtica fiesta parisina, no era en lo absoluto la idea más racional. Avi acordó recogerme antes de media noche.

Salí a las 23:30 del lobby para encontrarme con Avi y dirigirnos en motocicleta a la Rue de Vanneau, 7eme Arrondissement. Trasgredí el más férreo de los mandamientos personales que he llevado la mitad de mi vida: jamás subirás a una moticicleta.

Agradecí el paseo en moto porque no existe ningún otro vehículo más idóneo para recorrer de noche la ciudad más bella del mundo y no perder ningún detalle, olor o sonido.

El espectáculo ofrecido cortesía del festejo cumpleañero de Anabelle resultó fascinante: BABEL. Todas las razas del mundo se podían identificar en el departamento. Los colores y dispares rasgos fisonómicos del personal enfiestado decoraban el ambiente de manera más vistosa y estética, que la estúpida lámpara arrancada de la escenografía del set de Fiebre de sábado por la noche que enceguecía al personal asistente a cada giro, con sus infernales luces de colores.

Incontables botellas de whisky, ron, vodka, tequila, champagne y una gama de vinos que mi falta de mundo impedirá enlistar. Un tazón gigantesco repleto de gigantescas fresas cayó en mis manos. Las comí todas. Avi se encargó de mantener en todo momento mis manos repletas de groseros platos de comida. No terminaba de engullir un platillo, y depositaba de inmediato otro con una delicia más apetitosa que la anterior.

A Avi además de ser artífice de una noche inolvidable, le debo el haberme presentado a Fabrice. Lo nuestro fue amor a primera vista. A pesar de nuestra irreconciliable diferencia de caracteres. Es decir, nuestra preferencia sexual opuesta. Nos reconocimos de inmediato como evil twins. Fue imposible separamos esa noche o las subsecuentes. Bailamos, cantamos, nos tomamos puñados de fotografías con la cámara de 1,500 dólares propiedad del fotógrafo Nicolas Radensky, para después escapamos a hurtadillas del departamento llevando dos botellas de vino tinto cada uno en las manos.

Al filo de las 4 de la mañana continúabamos bebiendo el producto de nuestro hurto en su departamento de Péré Lachaise poseídos por un entusiasmo irresponsable.

Escalamos uno de los muros aledaños con el estúpido propósito de encontrar una entrada secreta al cementerio de Pére Lachaise que juró conocer. Nos indigestamos juntos, e hicimos alarde de la clase de entendimiento que suelen desarrollar los amigos después de años intentando ser hermanos ante el estupor de Avi. Nos quisimos, nos queremos.

Durante esa velada -que vio su fin casi dos días después- quedó registrado el intento de entrevista donde busqué registrar las impresiones en torno al caso de Florence Cassez -noticia efervescente en México pero absolutamente desconocida e irrelevante en el país galo- a la turba de beodos que no pararon de llegar al improvisado after party.

El reloj marcaba las siete de la mañana. Los sobrevivientes departíamos con singular ánimo festivo al filo de la mañana. Los caminos del señor son misteriosos y no recuerdo con claridad que entidad maligna me orilló a preguntarle a Fabrice  a bocajarro: ¿Cuál es tu postura en el caso de de Florence Cassez?

Supongo que el cuadro de ambos alegando en jergonanza ininteligible les resultó a todos muy divertido, ya que de inmediato la atención del respetable giró en torno a nuestra disparatada conversación.

Este es el momento preciso de confesar un terrible secreto: mi dominio del inglés es vergonzoso y con Dios sabe cuántas copas de vino danzando en mi interior, apostaría todos mis vales de despensa a que mi acento se asemejaba al de Silvester Stallone después de la putiza que le propinó el señor Iván Drago.

Creo que fui  protagonista en ese instante, de la escena más cómica de la película de mi propia vida.  Fabrice respondió con total seguridad que por supuesto que conocía  a Florence.

-¿Que significa para ti Florence Cassez? -arremetí

Su respuesta me dejó atónita: “Pues que es una flor, y todas las flores son bellas”

-¿Qué? no, no me refiero a la flor, ¿Sí sabes quién es Florence Cassez? –Pregunté con desconfianza-

Con cierta inseguridad contestó: “uhm, creo que si la conozco, cuando viví en New York la conocí. Sí, me parece que conozco a Sabine Cassel

-¡No, no me refiero ninguna mujer llamada Sabine!, te estoy hablando de la ciudadana francesa más famosa en México durante muchos meses. Noticia de ocho planas – discutí estúpidamente mientras lo miraba con cierta desesperación.

Fijó su mirada al techo breves segundos. Y sonrió de la manera en la que un pequeño recuerda de la tabla del siete, de súbito respondió:

-¡Ah sí, esa Florence! pues, opino que es una ciudad muy hermosa. ¡Ah, el Ponte Vecchio!   ¿lo conoces?

Manú, nos interrumpió: “mi padre es de Italia, pero yo nunca he estado ahí”

Al fondo, se empezaron a escuchar diversas opiniones acerca de la belleza de la ciudad florentina.

Los miré con incredulidad y les expliqué (mentira, la lengua y el hemisferio derecho de mi cerebro jugaban en contubernio una mala pasada) que esta mujer, había cometido delitos en México y que se encontraba en la cárcel pagando una condena de 60 años por el delito de secuestro.

-¿Qué hizo? – Preguntó Fabrice.

-Participó en una peligrosa banda perteneciente al crimen organizado en México. Fue un caso muy sonado en mi país, pensé que ustedes conocían la historia- volví a mirarlos a todos y les pregunté a cada uno si no habían oído sobre tan escandaloso tema. A modo de réplica, contestaron las peores pendejadas que puedan ocurrírsele a un hombre libre. Cada uno entendió una historia completamente distinta.

-¿Entonces no sabes quién es Florence Cassez? si hasta Nicolás Sarkozy visitó mi país y abogó por Florence con el presidente de México- insistí a  Fabrice con esa implacable insistencia fronteriza con la necedad, que sólo los borrachos perdidos poseen y se resisten a soltar.

-¡Oh, a Nicolas Sarkozy sí lo conozco! -exclamó orgulloso.

A estas alturas, mi desesperación era evidente. Volví a repetir la historia desde el principio, pero en español -sugerencia de Manú- con el argumento estúpido:  “entiendo vagamente italiano, podría fungir como traductor”

En esta segunda vuelta, y sintiéndome más segura al expresarme en mi propio idioma, adicioné información, como que tenía en su haber el delito de secuestro de familias, incluyendo niños.

Avi (quién no habla una pizca de español) exclamó:

-¡Ah sí, ya entendí!- y le explicó a Fabrice en francés, la traducción de mis palabras. Después de escuchar la larguísima versión de Avi, Mi entrevistado suspiró con alivio.

-¡Ok, ya entendí! Florence es una mujer mala, hizo cosas terribles en México y debe pagar por ello, pero no le debieron haber quitado a sus hijos. Ninguna mujer encarcelada por el delito de prostitución, merece una pena tan larga y, además,  ¡sus niños deben regresar a Francia!

El respetable comenzó a debatir respecto a la maldad de la mujer y que ningún niño debía estar en cautiverio por los crímenes de su madre, entre otros bizarros alegatos.

Recontra mierda. Mi voluntad se desplomó.

-Acabemos de una vez con esto, creo que sé que necesitas-  Dijo mirándome con ternura.

Se levantó y sirvió una copa de vino, en el proceso, derramó algunas gotas  sobre mi vestido, lo que yo traduje como sutil venganza por arruinar su borrachera. Todos reímos como pendejos, cerré mi libreta en blanco y seguimos bebiendo y cantando alegremente.

Después de un tiempo, tocaron la puerta y apareció un nuevo invitado: Guilles. Avi me presentó de inmediato explicándole que yo era mexicana. Guilles abrió sus ojos con sorpresa y calidez evidente, me contó que conocía mi país y que lo visitaba con frecuencia. Después de una breve pausa, preguntó intempestivamente:

-¿Oye y cómo va el caso de Florence Cassez?-

Después de las carcajadas que me sacaron lágrimas auténticas, le conté que llevaba 1 hora tratando de explicarles a la cofradía de borrachos que nos rodeaban, qué opinaban de ese caso y que nadie sabía quién era la dama de marras. Se paró visiblemente molesto y les gritó manoteando en todas direcciones:

-¡¿Cómo es posible que no sepan quién es Florence Cassez? ¡Putain de merde!

A veces pienso que algún día reuniré el valor suficiente para dar a conocer el video de veintiocho minutos de duración que Avi se encargó de filmar, fiel a su naturaleza de registrar la estupidez humana. No recuerdo una borrachera de 48 horas como esa en mucho tiempo. Tuve las agallas de tomar un taxi mientras todos discutían acerca de quién carajos se disponía a preparar la cena. No podía más. Antes de zambullirme a la cama del hotel, abrí la libreta en la que intenté registrar datos y nombres de la fallida entrevista, y entonces tropecé con la siguiente nota:

“America in France is like a piece of heaven that you want to taste every day,

I love you.

Fabrice B.”

Sonreí con toda la dulzura de la que pude echar mano en tan lamentable estado. Volví a la cama a sabiendas que el amor expresado por Fabrice era recíproco.  Cerré mi libreta y volví a la cama reflexionando que he contribuido a mejorar las relaciones diplomáticas de ambas naciones. Francia y México pueden dormir con tranquilidad, seguirían siendo naciones amigas durante largo, largo tiempo.

¿A quién carajos le importa quién es Florence Cassez? No a mí, no en ese instante. Necesitaba dormir. Con urgencia.

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2010, animal político, Nadie te preguntó

The Air is on fire

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Tienes un montón de suerte, nena– dijo Julio mientras desayunábamos el segundo día de estancia en la ciudad. ¿Quién crees que estrenó su obra artística hace pocas semanas en una galería del centro? David Lynch. Tenemos que ir.

Casi perdí la conciencia. Me encontraba en Copenhaguen, Dinamarca, disfrutando de las vacaciones invernales.

The Air is on Fire del mismísimo master Lynch se montó en el bellísimo centro de arte contemporáneo danés GL Strand. La primera muestra individual del cineasta de culto. El GL Strand Museum es un antiguo edificio que data del siglo XIX, rodeado del canal Thorvaldsens, la galería de arte Kunstforeningen y de las instalaciones del Ministerio de Cultura, en el centro mismo de la bulliciosa ciudad. La entrada de la galería mostraba una sobriedad contrastante a los carteles de la exhibición estrella. El inconfundible rostro de Lynch sonreía con cinismo al ingenuo paseante. La exhibición contemplaba el universo artístico del cineasta desde sus primeros trazos de sus épocas de secundaria de los años 60, a sus últimos cuadros creados días antes de la apertura.

david-lynch-boy-lights-fire.jpgLa introducción era poderosa e hipnótica. En los cuatro pisos de la galería se podían encontrar pinturas, dibujos, fotografías, litografías, acuarelas, escultura y un poderoso soundtrack que te acompañaba en cada piso (proveniente del cortometraje Grandmother).

Todo lo que la vida me había quitado antes de ese día, me fue devuelto con intereses y recargos sin comisión. Amé descubrir en las obras de David Lynch ese inconfundible juego entre retorcidos estados mentales, emocionales, que mezclan los primigenios peligros de nuestra mente, que penden del hilo de nuestras inconfesables y terroríficas pesadillas; tocan conciencias por su irracionalidad, por lo intangible de su mensaje.

La sección más visitada de la exhibición fue sin duda la de los lienzos. La tesitura de los cuadros se caracterizaba por oscuridad cetrina, paranoia y desolación. Espejos torcidos, violentos, descarnados; paisajes oníricos de los recovecos más torcidos de la mente humana: suicidio, asesinato, violación, tortura.

El último piso del ala izquierda de la galería se adaptó como una pequeña sala de cine en la que se exhibió una interesante muestra de cortometrajes experimentales que Lynch realizó desde los años 70´s, la mayoría de ellos desconocidos para mí. El corto que sonorizó la muestra en cada uno de los pisos pertenecía a Grandmother. Desplazarse en torno a esa corte de los milagros plástica, sin dejar escapar un grito estúpido causado por terror propio o por la pareja que justo cuando intentaba mirar con detenimiento un órgano mutilado, un nuevo y espantoso rechinido del soundtrack los hacía brincar y gritar como pendejos. Imposible olvidar la experiencia aterradora provocada por la perturbadora música.

La última parte fue la más entrañable y humana: los apuntes que Lynch ha atesorado a lo largo de su carrera fílmica. No tuvo precio encontrar desde pensamientos plasmados en una servilleta de comida rápida o caja de cerillos, hasta el guión original de Blue Velvet o Twin Peaks garabateados y con manchas de café. Cuarenta años de producción artística, 400 dibujos traducidos en notas, bocetos, fotografías inéditas de filmaciones, simples anotaciones en post-it que se convirtieron en piezas vivas y tangibles del genio.

Mi visita a la exposición de Lynch significó el mejor regalo de navidades pasadas y futuras nomás para mi.

Diciembre, 2010, Copenhaguen, Denmark.

*Esta crónica fue publicada en Milenio Diario en enero de 2011

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2011, animal político, Love

The Passenger

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“I am the passenger/And I ride and I ride/I ride through the city’s backsides
I see the stars come out of the sky/Yeah the bright and hollow sky
You know it looks so good tonight . . .”

Iggy Pop – The Passenger-

Si alguien me solicitara autodefinirme en un escueto vocablo, podría afirmar con soltura que me considero un pasajero. Así, a secas.  Soy una mujer que ama con toda su alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. Y no exagero. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión, se traduce como mi fobia más grande y provoca reacciones en mi organismo bastante lamentables. Al momento de abordaje, comienzo a experimentar ese inconfundible cosquilleo que inicia de la punta de mis dedos con destino a la nuca. Este ingobernable temblor es producto del pánico más absoluto y no termina hasta que termina. Me invaden las alergias, los tics, la comezón, el malestar estomacal, las taquicardias y las ganas de llorar. Lo curioso, no es el padecimiento de esta fobia, ya que es compartida por muchísima gente -y que en tantas ocasiones rehúsan confesar- sino que muy a pesar de todo lo anterior, debo admitir que los aviones y los aeropuertos son unos de mis lugares favoritos en todo el mundo. Me resultan santuarios fascinantes. Los aeropuertos, las pistas de aterrizaje, los aviones y sus diminutas ventanas, son materia prima inagotable en la fábrica de historias y que dotan de cualidades narrativas únicas a cientos de miles de novelas, cuentos, poesías e incluso, a obras maestras de la cinematografía (Que nadie olvide Casablanca o Bitter Moon, por citar un par de ejemplos). En mi caso particular, los aeropuertos han sido protagonistas -de primera línea- más que simples escenarios en esta bizarra película que es mi vida. La metáfora de un arribo o de una partida, adquiere registros poéticos, trágicos, hilarantes o lastimosamente cómicos. Como una muy digna  representante del vergonzoso campo de la cursilería, reconozco mi debilidad por las historias que se tejen en su interior. El “adiós”, el “bienvenido”. El abrir de las puertas y mirar el rostro de quien te espera. O buscar a tu alrededor y darte cuenta que nadie llegó. Que nadie te acompañará. La postal de que existe alguien abajo esperando que desciendas del cielo. El hasta nunca. La ambigüedad del “hasta pronto”.

Permítanme que les regale estas breves postales.

Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Mis padres, mis hijos, mi mascota y la Fabulosa Hija de Perra, me acompañaron a la Terminal 2 para cerciorarse que esta muñeca llegara de pie hasta el acceso L1 de vuelos internacionales. Llevaba tres semanas con una alergia que al principio confundí con acné. Me gasté el equivalente a una beca en artes plásticas en la Sorbona, en un maldito tratamiento facial que resultó ser tan eficaz como las gestas heroicas de Juan Charrasqueado. Mi rostro de cacahuate garapiñado se evaporó en cuanto pude bajar del avión después de 12 horas tortuosas. Nunca nadie había sido testigo de la transformación facial más impactante desde los tiempos inmemorables del Guapo Ben. Lo juro ante notario público.

Aeropuerto Internacional de Orly. Lo busqué por todos los pasillos, no pude encontrarlo, no contestaba su teléfono. Después de una hora entendí que no llegaría.  Decidí no documentar mi maleta para ingresar a la sala de espera cuanto antes porque mis lágrimas saldrían en cualquier momento. Hice fila atrás de una impresionante mujer Senegalesa, aunque casi era una anciana. Ella intentaba convencer al oficial de aduana que dejara pasar un sospechoso frasco que contenía un viscoso menjurje que guardaba el mismo aspecto que la mermelada de tamarindo (si es que algo así existe). Miré con enfado a la necia mujer que no paraba de suplicar en jergonanza inentendible (el oficial de aduanas y yo jamás supimos si era la sopa de su madre, o el remedio para curar el cáncer) que le permitieran llevar consigo el frasco que abrazaba con fuerza contra su pecho, mientras tanto la fila crecía al infinito. Fue inútil. Sus ojos se nublaron cuando le fue arrebatado lo que tal vez era un tesoro y acabó al fondo del contenedor de basura. Yo era la siguiente. “Señorita, no puede ingresar al avión con esto” me dijo el apuesto francés señalando un estuche que encontró al interior de mi maleta. Me miró ligeramente asustado cuando no pude evitar reír a franca carcajada. Era el estuche de limpieza facial que costó el equivalente a una beca en la Sorbona y que encontró un digno final, al fondo del mismo contenedor de basura que la mermelada de tamarindo. Reí hasta ocupar mi lugar en el avión que me llevaba rumbo a Barcelona. Al ponerme los audífonos del ipod y descubrir que el impredecible y tirano suffle había elegido “Rise” -pieza de piano compuesta por el pasajero que dejó el asiento vacío junto al mío-, recordé de la mujer senegalesa y la insondable tristeza de su rostro. En ese momento, dejé de reír. Desvié mi mirada a la ventanilla para observar la hélice izquierda del avión. Los ojos que se nublaron en ese instante, fueron entonces los míos.

Aeropuerto Internacional Queztalcóatl (“aka” Aeropuerto de Nuevo Laredo). Misteriosas providencias me arrojaron a ese tugurio, una helada noche de diciembre. Eran casi las diez de la noche y no se veía un alma bendita en ese establo que se encuentra perdido en medio de la nada (porque no creo que los tres sujetos gigantes, con sombrero, botas vaqueras, armados y de gafas oscuras que rondaban el aeropuerto a esa hora, poseyeran algún tipo de alma. Además, podría asegurar que estos mozuelos no estaban esperando a su abuelita enferma o un cargamento con víveres a casa hogar). Después de una hora de espera y estando a punto de abrazar al catolicismo sin reservas y dedicar mi vida a la oración,  sonó el claxon. Era Gabriela, que al fin había llegado a recogerme.  No recuerdo haber sido tan ligera. Nunca corrí tan ágil con dos maletas.

Regresé a ese mismo aeropuerto tres días después de realizar algunas compras en Laredo, Texas. Esta ocasión no hubo rancheros malencarados viéndome con lujuria. En esta ocasión fui objeto de sospecha por parte de los policías de aduana. Al deslizar la más grande de mis maletas por los rayos X –que contenía todos los regalos de navidad para mi descendencia- se me detuvo con sequedad. El policía que miraba la pantalla, abrió sus ojos con incredulidad mientras hablaba por walkie-talkie a otro de sus secuaces – mismo que llegó corriendo a observar fijamente la pantalla-. Después de un rato entendí su cara de pendejos. Miraban a Óscar. Óscar es un perro de latón. O más bien, la SILUETA tamaño natural de un perro scotch terrier que acababa de comprar. Los chaparritos y simpaticones policías de aduana estuvieron a punto de hablar a control animal.

Aeropuerto de Barcelona. Mi primer viaje trasatlántico estuvo salpimentado con un errático encuentro en este hermoso aeropuerto catalán. Mi amigo Julio vivía en esa ciudad e hicimos una suerte de planes para lograr encontrarnos esa noche. Yo provenía de Orly y traía el corazón hecho migajas de pan rancio. Él no lo sabía, obviamente. Y el imbécil tampoco sabía que las llegadas internacionales ahora estaban ubicadas en la terminal T1 estrenada pocos meses atrás. El muy inocente fue a esperarme  lleno de alegría a una puerta por la que jamás saldría. Cuando crucé la salida de arribos internacionales vi  montonales de rostros provistos de las expresiones más variopintas. El problema es que ninguno de esos rostros me prestaba atención y en ninguno de ellos encontré el de mi amigo de la infancia. Lo esperé más allá de mi propia resistencia. Yo sólo quería escapar de ahí. Tomé un taxi rumbo al barrio gótico. En el instante en que abordé el auto, Julio entró corriendo a la terminal. Se dio cuenta de su torpeza demasiado tarde. No pudo alcanzar al taxi, no pudo alcanzarme a mí.

Aeropuerto de Copenhague- Kastrup. Nueve grados bajo cero me recibieron en el impresionante aeropuerto de la capital danesa. Y también Julio, mi tristemente célebre amigo de Barcelona. En esta ocasión estuvo esperándome una hora antes de que mi vuelo llegara. Tres sentencias de muerte hubieran caído sobre su cabeza de no haber estado puntual, para recibirme con el abrazo de hermanos que me debía desde un año antes.  Lo reconocí antes de que me viera entre el gentío. Fuimos muy felices entre la nieve, mi hijo, las Elephant Carlsberg´s, David Lynch y nuestros recuerdos de media noche. Berlín ahora espera por nosotros en 2012.

Aeropuerto Internacional de Monterrey Mariano Escobedo. Lo miré una y otra vez. Lo abracé por la espalda mientras lo despertaba con un tibio beso en su nuca.  “Debo irme” dije quedamente en su oído izquierdo. Le entregué mis brazos, mis manos como mi memoria no alcanzaba a recordar cuándo había hecho algo similar.  Él lo notó, incluso lo dijo mientras me besaba con dulzura a ojos abiertos, mientras acariciaba mi rostro con sus largos dedos. Ahora él era el que me miraba sin parpadeos. Me perdí en la laguna de sus hermosos ojos azules. Ustedes nunca han visto un azul tan bóveda celeste como yo ese amanecer. Ojos de nube de Atlántico. Ojos de mar muerto. Los ojos de su tierra. Mi taxi llegaría en cualquier momento. Me suplicó que no me fuera, que desayunáramos juntos. No podía. Corría el riesgo de perder mi avión. Me odié por no regresar a envolverme entre su pecho y sus sábanas. Sonó el timbre. Me despedí por última vez con un beso fugaz. Bajé las escaleras de su departamento y abordé un taxi. Cuando llegué al aeropuerto y cerré la puerta del vehículo, sonó mi celular. Era un mensaje: “dejaste tu pasaporte en mi casa”. No pude más que sonreír y agradecer por primera vez en mi vida, uno más de mis estúpidos olvidos. Entendí que existen aviones que bien valen la pena perderse.

Aeropuerto de París Charles de Gaulle (Aeropuerto Roissy). Este es mi lugar favorito como ningún otro. Es difícil explicar la razón, porque tengo un puñado de razones. No acabaría. Tengo historias entrañables del restaurante Paul  y sus chocolatines, de los supervisores de RER, del Roissybus, de la única tienda de regalos para niños “Quand le Chat n’est pas là”- donde compré mis esferas del principito-, de la misma manera que de los baños públicos. CDG es amado testigo de encuentros inolvidables, de soliloquios inolvidables, de garrapateos en un puñado de hojas blancas sin publicar. Si pudiera escoger un rincón favorito, elegiría el mirador de la terminal 2E del segundo aeropuerto más grande del mundo. En ningún otro lugar he visto una panorámica tan estética de un despegue hacia la nada.

Aeropuerto Internacional de Toluca. En el preciso momento que ustedes estén leyendo estas líneas, me habré convertido en el pasajero 14A de un avión con nombre y número de vuelo imprecisos. Todo lo que sé de cierto, es que mi aeronave me arropará hacia un punto ciego del sinuoso camino. Mi camino. El destino es Guadalajara, Jalisco y las razones de mi viaje no vienen a cuento, pero  pueden estar seguros que seré recibida con amor del bueno.

Amo viajar. Amo las tonalidades violentas que adquieren las nubes ante los caprichos del tiempo o la humedad. Tonalidades que coquetean con el oro, el púrpura. Tonalidades de lágrimas, de luz nevada, de incendios, de incontenibles y etéreas hemorragias. Los artistas de esta magia no son otros que las caricias y el desdén que el sol y la luna prodigan a estos hermosos caprichos de la naturaleza.

Pero de algo estoy segura. Si he de morir pronto, deseo  hacerlo siendo pasajera de un vuelo más. ¿Acaso no sería el tributo perfecto explotar en mil pedazos en el aire para no ser encontrada en ninguna parte, sin dejar rastro alguno, nunca, jamás?

Que así sea.

 

 

 

 

 

 

*Texto publicado el 15 de septiembre de 2011

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2011, animal político, Nadie te preguntó

Julio

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Aeropuerto de Copenhagen, Dinamarca. Llegadas internacionales 17:00 hrs, 6 grados bajo cero.  El vuelo número AF5690 proveniente del Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle, París, Francia. Mi hijo, nuestras maletas y yo, salimos a la zona de recepción de viajeros. Mis ojos buscaron esa silueta tan familiar a mi memoria…pero fue él quién me encontró. Ahí estaba, detrás de mi, vestido de negro y disfrazado como personaje de South Park.  Le pregunté “¿cómo me reconociste?-“vi una caja de huevo El calvario y escuche unos guajolotes…me dije: -tiene que ser ella-“. Nos abrazamos con cariño fronterizo en la hermandad pura.

Flash Back. La primera vez que recuerdo haber visto a Julio, fue en el año de 1990, yo tenía catorce años y él sólo nueve. Era un insoportable, ruidoso y pateable escuincle con corte de cabello estilo Iván Drago y pantalones de MC Hammer que corría y destrozaba el mobiliario de mi casa en complicidad de mi hermano, el diablo encarnado de exactamente la misma edad. El primer recuerdo que tengo de Julio es mi propia imagen corriéndolo a gritos de mi habitación.

Su rostro pálido, su pequeña estatura, su frágil constitución, así como su aparente inocencia, lo obligaron a desarrollar una maldad temprana (era eso o ser blanco de abuso de los chicos más grandes del barrio). Mi hermano y él se complementaron asombrosamente, ambos pequeños, pero con una creatividad para la maldad, que continúa siendo leyenda en el barrio donde crecimos los tres. Lo odié (así como a mi hermano) toda mi adolescencia. Nunca salía de casa y siempre se las ingeniaba para poner de pésimo humor a mi padre. O los encontraba viendo porno en la videocasetera o haciendo experimentos peligrosos con los líquidos y polvos que él usaba para las reparaciones domésticas. A pesar de que lo corría a gritos, que me burlaba hasta el cansancio de sus mocos escurriendo por su nariz, de sus estrambóticos looks noventeros, así como de sus espantosos cortes de cabello, él nunca me contestó de mala manera, nunca una grosería; simplemente me miraba y sonreía de esa forma tan infantil que aún conserva.

Aprendió a tocar magistralmente la guitarra desde adolescente y botó la escuela, decidió meterse al Centro de la Imagen a estudiar Fotografía, pero por azares que a nadie importan a estas alturas, eligió el camino de la animación, efectos especiales, postproducción de cine, video y televisión como el vehículo ideal para su incansable creatividad.

Dejé de odiarlo al paso de los años, en lugar de ello aprendí a quererlo con amor profundo, tal como lo hago con mi hermano, crecimos prácticamente juntos y lo admiro como a poca gente en el mundo. Ha tenido el privilegio de tocar con maestros de la talla de John Zorn (San Idelfonso), Sonic Youth (Salón 21), Pauline Oliveros (Auditorio Blas Galindo) y Yoshida Tatsuia (Foro Alicia). Asistí a verlo tocar la guitarra cuando improvisaba free jazz en conocido bar capitalino, y lo visité en Barcelona, cuando realicé mi primer viaje trasatlántico. Alejó de su vida a todo aquello que conocemos como arraigo: su familia, sus amigos, su casa, para embarcarse en una aventura que aún no termina. Su talento lo ha llevado a trabajar para las agencias de publicidad más importantes de Europa. Ha vivido en Milán, Amsterdam, Barcelona y ahora, Copenhagen.

Salimos del aeropuerto para tomar el metro de la ciudad danesa, mismo que no cuenta con torniquetes, conductor, ni mucho menos dónde introducir los boletos. Ese es el primer voto de confianza al ciudadano. Tú sabes que debes comprar el boleto de viajero -que cuesta la friolera de 45 coronas (310 pesos mexicanos)- pero nadie te pide mostrar el boleto, nadie lo exige sin embargo, todos lo compran. Julio vive en las cercanías de la estación del metro Forum y el camino a su departamento nos regaló una bella estampa de la Ciudad: Copenhagen está adaptada calle por calle para el uso de las bicicletas. Los carriles para ellas privilegian a los automóviles, nadie les pone candados, pernoctan confiadas de que sus dueños volverán por ellas cuando estos salgan del trabajo, escuela o los bares.

Ambos recordamos una anécdota que ya es célebre entre el grupo de amigos en común. Hace 8 años en una borrachera monumental en nuestro barrio, amanecimos todos en estado de ebriedad en casa de una chica a la que “El Choco” (impresentable sujeto) quería impresionar, ante la insistencia de la mayoría para preparar los chilaquiles que nos ayudaran al “bajón”,  “El Choco” se ofreció a ir al mercado para comprar el epazote –ingrediente básico- para la preparación del manjar de marras, para ello, salió en bicicleta para regresar de inmediato. Transcurrió cerca de una hora y simplemente no llegaba. Cuando todos nos preocupamos en serio por él, tocó la puerta. La desoladora estampa que nos regaló cuando abrimos la puerta fue apoteósica: su rostro cubierto de lágrimas, un hilillo de sangre corriendo por su cuello y el epazote marchito sostenido fuertemente por una de sus manos, cual naturaleza muerta, aún nos arranca lágrimas de risa. Lo habían asaltado y quitado la bicicleta de la chica que le gustaba. Estas historias no suceden en Dinamarca, ahí la violencia es igual a cero y no existe el vandalismo o el robo a mano armada, ni siquiera con una navaja como la que usaron con “El Choco”.

Bic-DNM.jpgLa primera imagen hilarante cortesía de este lugar, fue al salir de nuestro segundo bar en mi primera noche en la ciudad: es impresionante como la gente toma prácticamente hasta la inconsciencia, pero nadie, absolutamente nadie se rompe la madre cuando se sube a su bicicleta para regresar a casa, incluso los que van acompañados y no pueden más con su humanidad, son llevados sanos y salvos, transportados en unidades adaptadas para llevar a un segundo pasajero recostado.

 

Julio me explicó que la cultura ecológica que permea en este lugar es absoluta. No reciclar la basura es prácticamente un delito que nadie desea cometer. En cada complejo habitacion

al se cuenta con 8 contenedores distintos para separar la basura y reciclarla en su mayoría. Si cometes la osadía de no hacerlo –por ejemplo- los vecinos dejan una nota bajo tu puerta y te invitan a no hacerlo más, te retiran el habla y si regresas al camino del bien, vuelven a ser tan cálidos y amables tal y como es su peculiar naturaleza.

Mi visita de 10 días me mostró muchos contrastes en las costumbres y sociedad danesas. Caminando por sus hermosas avenidas en compañía de Julio, aprendí a entender. En la Dinamarca invernal amanece a las 9 de la mañana y anochece a las 5 de la tarde, la luz del sol es un privilegio que los pueblos nórdicos agradecen con toda el alma. Aman el sol y hacen todo por disfrutarlo. La gente paga puntualmente sus impuestos, no obstante que cada ciudadano DEBE contribuir con el 50% de sus ingresos brutos, y aunque se lea desolador, no lo es. No pagan ni media corona más por servicios médicos, educativos, vivienda o seguridad. Sus impuestos tienen una alta valía, pero reciben una justa distribución de beneficios. Respetan al máximo el equilibrio natural de su sociedad, no contaminan, privilegian a la familia y sobre todo, a los niños.

La avenida principal de la ciudad se llama Hans Christian Andersen, uno de los héroes más venerados en esas tierras. El Tivoli es el lugar más visitado por el ciudadano común así como por el turismo, su estructura de ensueño, sus hermosos jardines. Para el que no lo sepa, el Tivoli es un centro de juegos y diversiones espectacular. En esta ciudad hay más jugueterías que zapaterías o tiendas de ropa, hay más niños en la calle que autos en las avenidas. Legoland  es otro de los lugares consentidos por el pueblo en general. Entré a la juguetería más grande del centro para comprar los regalos de navidad a mi hijo de 6 años y me llevé algunas sorpresas. La primera es que no hay guardias de seguridad, puedes entrar con las manos llenas de bolsas, subir a cada piso sin pagar tus juguetes y nadie te mirará con recelo. Eres libre como niño porque confían en ti. La segunda es que el 80% de los productos que contienen la juguetería son dirigidos a fomentar la creatividad de los infantes: dibujo, pintura, construcción, armado, modelado, diseño, etc. Casi no hay muñecos de acción, pero eso sí, hay muchos cómics, tiendas enteras de ellos.

Una amiga me dijo que Dinamarca encabezaba la indigna lista de países que acostumbran la caza de focas, lo cuál me hizo reflexionar un punto. Obvio no estoy a favor de la matanza indiscriminada de esta especie, sin embargo, al menos no permiten que sus niños mueran quemados en guarderías, o de hambre en las coladeras (podría argumentar).

Julio y yo recordamos nuestra infancia en el lejano barrio de nuestro pasado, los amigos en común, los imbéciles vecinos que aún sobrevivían, de los borrachos sin remedio, de las jóvenes promesas que resultaron los más tristes fiascos, las bellezas prostituídas y de nuestros amores perdidos. Mi última noche en Copenhagen fue delicioso insomnio. Mis últimas horas las pasé en sus brazos y su cama. Le pregunté cuando iba a terminar la carrera, su búsqueda frenética de la nada.

Me miro con esos ojos infantiles y media sonrisa. Contestó que no sabía la respuesta . . . que hacían falta todavía China, Japón, Singapur, pero que por ahora Dinamarca estaba bien, por mucho tiempo más.  Lo alcancé una vez en Barcelona, otra en Copenhagen . . .y si algo tenemos claro él y yo es que no importa en qué hemisferio se encuentre, en qué latitud o huso horario. Nos seguiríamos viendo, buscando, encontrando. Esa, es nuestra única certeza.

Ya de regreso en México, me conecto al messenger. La ventana brillante se abre ante mis ojos. Es Julio, el mensaje es simple: “Hola nena, te extraño. . . ¿cuándo regresas?”

Yo sólo sonrío, la charla se antoja larga.

*Texto publicado en enero de 2011.

 

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