Hallelujah

A lo largo de mi vida he tenido esquizofrénicas obsesiones musicales, sí, ese crush obsesivo cuya única pulsión consiste en escuchar noche y día a un mismo cantante y comprar toda su discografía al hilo. El turno de Cohen en mi vida ocurrió en 2009.

2009 no fue un año cualquiera. Fue el año del romance más apasionado de mi vida y de aquel viaje que cambió una vida insípida para convertirla en una aventura inagotable. Recuerdo perfectamente que el soundtrack de aquella andanza trasatlántica corrió a cargo de Leonard. Fui al museo de Louvre sola y quise que Leonard me recitara al oído el disco que continúa siendo el favorito de este triste corazón: “Dear heather”.

Días después llegué con el alma hecha trizas a Barcelona e intenté llegar a tiempo al concierto que daría el poeta canadiense en la ciudad catalana, pero la suerte no acudió a mi llamado. No alcance boletos y pensé que jamás hallaría el consuelo necesario para superar la única oportunidad real que tuve para escucharlo cantar en vivo. Aquel otoño juré que lo vería a como diera lugar. Tarde o temprano.

La promesa quedó flotando en el viento.

A causa de los tintes dramáticos que salpimentaron ese viaje, el recuerdo de Cohen ha permanecido ligado al amor más grande, a la nostalgia, a la belleza y al amor incondicional. Al que nada rompe. El que adorna los pasillos de tu estancia de arte, jazz, de poesía y de la promesa de un baile hasta el final del amor.

El lunes desperté profundamente emocionada. Una de las primeras cosas que hice fue escribirle a mi amado editor para contarle: “soñé con Leonard Cohen”. Se rió de mí, como solía acostumbrar. Cuando le conté detalles del sueño dijo: “ahora entiendo por qué te gusta dormir. Que sueño tan lindo”. Lo era.

Le conté que Leonard me había recibido en el vestíbulo de un teatro bellísimo. Quizás era Bellas Artes. O quizás mi subconsciente eligió esa referencia. Nos rodeaban mármol y baldosas exquisitas.

Él salía a dar un concierto al interior del recinto y yo, fiel a mi costumbre existencial de llegar tarde a todo evento anhelado, no alcancé a escucharlo.

-Vamos a cenar- me dijo Leonard himself.

Al parecer, la estupidez congénita que viste mis días, es fiel a mi sombra incluso en sueños, porque contesté que mis amigos me esperaban a cenar.

Insistió.

De algún modo, entendí de súbito que era ÉL y no otro y que la vida era una enorme dadora de fantasías cumplidas, porque lo abracé y le confesé que nunca había tenido el privilegio de escucharlo cantar en vivo.

Me tomó de la mano para conducirme a lo que recuerdo vívidamente era una casa de espejos.

Sin soltar mi mano izquierda, me condujo a todos y cada uno de los espejos cuyo reflejo no devolvía otra cosa más que a él mismo cantando en todos y cada uno de los conciertos que dio en su vida.

Los escuché todos sin soltarle. Tomados de la mano en un pacto de amorosa complicidad. Al final, en una estrategia cuántica del que era absoluto conocedor, me llevó de regreso al teatro dónde comenzó nuestra travesía. Entramos a la sala cuando él aún se encontraba cantando “I want it darker”. La gente comenzó a mirarnos. Nadie entendía que hacía Leonard mirándose a si mismo cantar. Ellos no soñaban. ¿Qué saben lo simples normales de saltos cuánticos en el tiempo que no les pertenece?

Soltó mi mano y lo perdí de vista.

Lo miré de repente en un túnel de terciopelo rojo bajo las butacas.

Me hizo señas de que lo acompañara. Di el salto al túnel sin considerar consecuencias. Era un túnel profundo con dos únicas salidas. Elegí la derecha.

Abrí la puerta y miré con desconsuelo que Leonard se había esfumado.

Entonces comprendí que había elegido la salida incorrecta. Había llegado a nuestro tácito encuentro media hora tarde, según el reloj imaginario de mi muñeca.

En ese preciso instante de desolación abrí los ojos. Los pájaros me despertaron.

Pinches pájaros. Los maldije y los seguiré maldiciendo hasta el final de los tiempos. A sus nidos. A sus huevos. A su puto canto.

El día de ayer, mientras bebía un whisky Golden Label en compañía de mi mejor amiga y de wooden rat, otra ave de mal agüero destrozó una noche perfecta: “se murió Leonard Cohen. Lo siento, bai”.

Acabé lo que restaba del vaso que sostenían mis manos.

Y les conté mi sueño.

Dear Leonard:

Nos vemos pronto en nuestro túnel o en nuestra casa de espejos. Gracias por depositar en mi bolsillo la llave del lugar donde vive tu poesía atemporal. Dónde resuena tu voz por la eternidad.

Hallelujah, Leonard.

Hallelujah por siempre.

I loved you in the morning, our kisses deep and warm,

your hair upon the pillow like a sleepy golden storm,

yes, many loved before us, I know that we are not new,

in city and in forest they smiled like me and you,

but now it’s come to distances and both of us must try,

your eyes are soft with sorrow,

Hey, that’s no way to say goodbye.

I’m not looking for another as I wander in my time,

walk me to the corner, our steps will always rhyme

you know my love goes with you as your love stays with me,

it’s just the way it changes, like the shoreline and the sea,

but let’s not talk of love or chains and things we can’t untie,

your eyes are soft with sorrow,

Hey, that’s no way to say goodbye.

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