Infidelidad masculina (No soy yo, darling, son mis genes)

a woman kissing a mask instead of the man who has turned

La fidelidad es un mito genial, reza un clásico. Es la lámpara de Aladino de las relaciones de pareja, y, aunque cada individuo tenga en su haber experiencias esperanzadoras en terrenos benevolentes, puedo asegurar que todos y cada uno de nosotros hemos tenido tropiezos con su espinosa contraparte: la infidelidad. El problema parece ir allende las fronteras conductuales de nosotras, indolentes bestias humanas. Recientes hallazgos científicos establecen que la infidelidad quizá obedezca a factores de índole estrictamente biológico. Hace algún tiempo leí un artículo elaborado por una joven promesa de la ciencia biológica quién se interesó en ahondar en las predisposiciones genéticas de la monogamia.

El neuro científico sueco Hasse Walum -quién guarda un perturbador parecido con Kurt Cobain- lanzó al mundo una valiente investigación científica desarrollada y avalada por la prestigiada Universidad Karolinska (institución ganadora del premio Nobel de medicina en 2013) en la que se demostraba que la infidelidad masculina podría estar estrechamente vinculada al gen Alelo 334. Este gen es el responsable de codificar el neuropéptido cerebral conocido como la vasopresina, simpática hormona conductora del comportamiento monógamo. Los estudios realizados en primera instancia en roedores, arrojaron el contundente resultado: aquellos ratones cuya secuencia genética se caracterizaba por la ausencia del Alelo 334 mostraban una conducta monógama a diferencia de los entusiastas receptores del dichoso genecito vacilador. Sin embargo, los estudios realizados en roedores de campo no fueron lo que lanzaron al estrellato al científico sueco, lo que le granjeó reflectores y prestigio fue la demostración biológica de que los seres humanos del sexo masculino se conducen de la misma forma. Aquellos hombres cuyo índice de vasopresina cerebral es más alta que en aquellos que carecen de recepción o sus niveles son muy bajos, son los que muestran una tendencia marcada a no relacionarse de forma permanente con ninguna de sus parejas. Vaya, somos conscientes de que existe un abismo diferencial entre el comportamiento monógamo de un ratón y la promiscuidad rampante de un mulato nacido en la Habana, pero los resultados del experimento han ganado credibilidad al paso de los años gracias a que Wallum ha extendido su espectro al incluir en sus estudios a la oxitocina y su implicación en el milenario afán entre hombres y mujeres para crear entre sí lazos emocionales duraderos. Lo interesante del tema, es que existen fuertes rumores de que su traslado de Estocolmo a uno de los institutos más importantes en neurogenética ubicado en Atlanta, USA, obedece al impostergable proyecto de diseñar la vacuna que logrará inhibir el gen 334 de la infidelidad y sea capaz de convertir a los hombres en sujetos esencialmente fieles.

Sin embargo, al margen de cualquier tipo de investigación genética relevante a los vericuetos biológicos de la monogamia, no debemos descartar las tesis que han regado copiosamente los fértiles campos de la sexología. Algunos sexólogos afirman que los parámetros de la conducta occidental está sometida por una dudosa moral judeocristiana herencia absoluta de nuestros ancestros. Es decir, nuestra moral utiliza sin vergüenza a la fidelidad como una condición cultural de control, pero el precepto socialmente correcto de fidelidad en la pareja, existe sólo a modo de equilibrio moral, aunque nadie tenga ni puta idea de lo que significa vivir plenamente en un entorno moral. Siguiendo esta lógica, tanto hombres como mujeres, deberíamos tener la capacidad de facultar de monogamia nuestras vidas; por la simple y llana razón de que a diferencia de las ratas de laboratorio, contamos con raciocinio y capacidades intelectivas irrebatibles. Justo en este punto, ambas tesis (Neurociencia vs. Sexología) se confrontan en una batalla de argumentos en la que se esperaría que alguna de ambas ganara por knock-out. Pero sólo se escucha el inconfundible sonido de los grillos a la lejanía.

Me atormenta sospechar que cada vez que en cualquier parte del orbe se pronuncia la frase “Y prometo serte fiel cada día de tu vida hasta que la muerte nos separe”, un bebé panda es sodomizado por una manada de mandriles salvajes. Sufro. Lo que me lleva a preguntarme en voz alta y sin eufemismo que valga: si sabemos que la fidelidad es un mito genial, ya sea por causas biológicas o sociales, ¿para qué nos hacemos pendejos?

¿Porqué somos cómplices de una estructura social que nos obliga a exigir fidelidad hasta que la muerte nos separe a sabiendas que existen sobradas probabilidades de ver hecha trizas esta promesa a la vuelta de la esquina? carezco de datos duros, pero mi instinto me susurra al oído que la fidelidad debe ser el precepto moral más violentado en la historia del mundo civilizado. Lo patético del tema es que, a pesar de que tanto usted y como yo, formamos parte de las filas de damnificados del huracán de la infidelidad, continuamos siendo partícipes del absurdo; seguimos siendo de muy buena gana su rehén.
A diferencia del científico sueco, carezco de credenciales dignas del prestigio necesario para respaldar mis reflexiones, -un muestrario de suturas en el pecho no tendrían por qué convencer a nadie-, sin embargo, ahí voy.

La infidelidad es para algunos individuos, una auténtica necesidad emocional. Al margen de cualquier placer físico que puedan obtener en su ejercicio y más allá de cualquier transgresión a la honestidad, es para muchos, muchísimos: un alimento, un autoengaño de aceptación, una imperiosa necesidad de fascinar, de conseguir obsesivamente un reflejo y que este sea brutalmente hermoso. Si tuviéramos que aceptar como dogma de fe la existencia del gen de la infidelidad, soñar con una pareja fiel se antoja virtualmente imposible. La pulsión del eros es ingobernable para cientos de miles de millones de seres humanos (hombres y mujeres por igual). Sépanlo de una buena vez.

A mis treinta y seis años de vida, me reconozco como una mujer funcional en terrenos emocionales, preponderantemente leal, quien después de ciento cincuenta caídas, considera a la fidelidad como un bien negociable y transferible. He perdonado infidelidades del mismo modo que lo han hecho conmigo, justicia pura, pues. Y si la vida me colocara en el incómodo lugar de firmar un contrato de unión marital, la única cláusula de inviolabilidad que exigiría, sería la correspondiente a la honestidad de pareja, so pena de mutilación sin anestesia. Es eso: dar lo que eres capaz de dar y ser claro al respecto, promesas incapaces de cumplir no forman parte de ninguna ecuación digna de respeto.

Este texto viene a cuento, porque anoche soñé que nuestra sociedad era presa de un régimen absolutista radical, horror distópico en el que se aprobaba por unanimidad una ley que obligaría a los bebés varones a ser vacunados para inhibir el Alelo 334 en clara venganza por todas las mujeres esterilizadas sin su consentimiento en clínicas rurales chiapanecas. Desperté con fiebre, pero agradecida por vivir en el mundo correcto, que no es otro más que este, en el que puedo ser infiel y permitir una que otra infidelidad si es que estoy de humor para ello.

*Publicado en la Revista Etcétera el 30 de enero de 2015

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