Kitano always beats twice

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El gran Takeshi “Beat” Kitano vino al mundo el 18 de enero de 1947 en Umeshima Adachi, Tokio. Hijo de artesano ebanista y ama de casa e hijo de la postguerra, de la mafia callejera, de la privación y de la culpa social. Desde pequeño mostró inestabilidad social al hacerse expulsar de prácticamente todos los colegios. Abandonar la carrera de ingeniería -permutando su cédula escolar- por el puesto de ascensorista en un club de streaptease, significó el último golpe que su madre necesitaba para derrotar su otrora tenaz fe en el cuarto de sus hijos.

Takeshi descubrió en esa época su vocación: la comedia. Cada noche tomó nota del repertorio del cómico que se presentaba en el centro nocturno del barrio antiguo de Asakusa donde laboraba. No perdía detalle, imitaba cada movimiento en silencio, con esa tranquilidad socarrona del que posee información a la que nadie tiene acceso. Su oportunidad llegó finalmente la noche que el comediante canceló su presentación. El ascensorista sorprendió con que no sólo había memorizado el show, también mostró facultades insospechadas para improvisar. Su éxito fue rotundo. Poco después, encontró a su contraparte perfecta: Kioshi Beat Kaneko. Junto a Kioshi (hilarante comediante de stand up) formó el The Two Beats; dueto entrañable que marcó toda una generación de comediantes en su país y que no ha conocido rival.

A partir de esa época y hasta la fecha, en los créditos de cualquier participación actoral en la que se involucre utiliza el nombre artístico que adoptó en sus inicios: Beat Kitano. The Two Beats dieron el salto de éxito local en modestos círculos de comedia, a la cadena televisiva de mayor audiencia de su país (NHK), convirtiéndose de noche a la mañana en un fenómeno mediático. Los espectadores de comedia nipones nunca habían visto nada igual. Dos oligofrénicos representaron la antítesis de la tradicional y adusta cultura japonesa. No existía valor humano o social, con el que no dieran al traste los beat gags; su delirante incorrección política, arañó sin pudor la blasfemia y el insulto mal disimulado. El público los amó en automático.

A inicios de los ochentas el director de culto Nagisa Oshima le ofreció su primera oportunidad en la pantalla grande: “Feliz Navidad, Mr. Lawrence”, donde interpretó al Sargento Hara, un soldado desequilibrado y violento. En 1987, aceptó la invitación del legendario director Kinji Fukasaku (Tora, Tora, Tora, Battle Royale), para protagonizar “Violent Cop”. Fukasaku abandonó el proyecto a medio rodaje por causas misteriosas. Lo inexplicable es que le entregaran la estafeta de director a Kitano, quien no poseía experiencia alguna en dirección cinematográfica. El resultado final dejó pasmada a la audiencia y a la crítica. Además de dirigir la cinta, reescribió el guión y le entregó al público un producto tan digno, que fue un rotundo éxito en taquilla. En “Violent Corp”, podemos encontrar tímidos bosquejos de lo que vendría tiempo después: personajes entrañables, complejos, situaciones límite, tomas arriesgadas, diálogos pausados. A principios de los noventas decidió terminar el dueto con Kioshi para probar suerte en solitario. De forma paralela, dedicó gran parte de su tiempo a explotar su talento como director en las cintas “Boiling Point“, “A Scene at the Sea” y “Sonatine“, tres dramas salpimentados de violencia y humor negro. No existía en todo Japón una estrella mejor bendecida por los dioses que Takeshi Kitano, quien se entregó de lleno al despilfarro y a la fiesta. La madrugada del 2 de agosto de 1994, salió dando tumbos de la filmación de su cuarto largometraje “Getting Any”, absolutamente alcoholizado. Subió a su moto para perderse a toda velocidad.

Muchos años después contaría en un programa realizado en homenaje a su carrera, que los registros policiales de esa noche fueron imprecisos; que realmente no se quedó dormido para después impactarse contra un árbol. Y que salir disparado por los aires para estrellarse contra el pavimento no fue a causa de su estado etílico. Kitano confesó que aquella madrugada se rindió a la vida. El primer fracaso de su trayectoria fue un fallido intento de suicidio. Poco se sabe de lo que hizo los meses subsecuentes. La institución médica filtró a los insistentes medios, la gravedad de la estrella nipona: fractura de cráneo, rotura de mandíbula, derrames internos, que exigieron una urgente reconstrucción de estructura ósea/muscular/ facial. Que siguiera con vida, era factor atribuible a esos viejos conocidos como milagros.

Cuando sus fans volvieron a saber de él encontraron mucho más que un rostro semiparalizado y reconstruido. Sencillamente era otro. Si alguna vez la fractalidad de su naturaleza causó sorpresa a su público, nunca lo hizo con tanto estupor. Retomó su hábito de permutar aficiones estrambóticas: dejó de lado el alcoholismo y consumo de sustancias, por el pincel y el lienzo. Intercambió su dedicación por la comedia, por la creación musical, literaria y estudio de ciencias. Dos años posterior al accidente, volvió al cine con una entrañable historia de tesitura autobiográfica: “Kids Return“, cinta que puede mirarse desde la agria parcela de la catársis, pero “Hana-Bi” filmada en 1997, nos mostró con genialidad la naturaleza recién adquirida por el cineasta. “Hana-Bi”, traducida al inglés como “Fireworks” (Fuegos artificiales) es un magnifico ejercicio fílmico de innegable manufactura artística. Los planos secuencia de “Hana-Bi” florecen ante el espectador, como velada invitación a dejarse conducir a un lienzo. La sutileza de intrépidas tonalidades, compagina con la espléndida musicalización a cargo del compositor Joe Hisaishi y de un impecable guión que exploró con agudeza la dualidad humana desde una visión iconoclasta. Kitano encarnó al policía Nishi, quien apenas esbozando muecas, adustos gestos, logra la proeza de conmover a punta de francos silencios y rostro de piedra. Pocos ojos son capaces de transmitir tanta vulnerabilidad y sensibilidad, como los del diametral personaje diseñado por él, quien se hizo cargo del guión, dirección, montaje, del protagónico; y como aderezo, regaló sus espectadores un guiño de fina complicidad: toda la obra pictórica que aparece en la cinta es de su autoría. “Hana-Bi” le obsequió al realizador el prestigio internacional, cuando obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia y el Gran Premio Félix de la Academia.

Después vendría “El verano de Kikujiro” (1999) joyita que sirvió para rendir conmovedor homenaje a su padre. Porque si Kikujiro Kitano representó con dignidad el humilde oficio de artesano en ebanistería, su hijo trascendía ya como el impecable artesano de las emociones quebradizas, puras e insondables. Entre 2001 y 2002, filmó el trabajo que muchos consideramos su obra maestra: “Dolls”. Escrita, editada y dirigida por el hombre orquesta, y resultado de una meticulosa adaptación contemporánea, del Bun-raku (teatro japonés de marionetas del siglo XVII). El guión se extiende en tentáculos tripartitas que estrujan al espectador, lastimándolo, arrebatándole el aire. Tres historias inspiradas en el trabajo del dramaturgo japonés Chikamatsu Monzaemon, se entrelazan por la fatalidad. Las antiguas marionetas aportan al film, mucho más que la obviedad del epígrafe, también llevan al límite su propia facultad metafórica: marionetas humanas que conciben el amor como tragedia, marionetas que representan historias de la exacta tonalidad y textura del solsticio/equinoccio de las estaciones. El destino como verdugo y la culpa como moneda de cambio para gozar del perdón.

Más allá del argumento que ejemplifica la tragedia como objeto, de la cruda exhibición de la locura, la fatalidad y el desamparo; esta película tiene un manejo espléndido de dirección cinematográfica. La fotografía deslumbra en su carácter de luminosa protagonista: festín visual de rotunda belleza plástica. La frugalidad de los diálogos, equilibra con justicia los escenarios naturales que gozan del mérito que al espectador deje de importarle el tiempo transcurrido desde la última vez que escuchó voz humana alguna. La música –última colaboración de la dupla T. Kitano/Joe Hisaishi– aporta el ingrediente sonoro que sincroniza a la perfección con el lenguaje visual.

El realizador usó el recurso de yuxtaponer la belleza contra la crueldad, para provocar dramáticos contrastes: de la misma forma en que la flor del cerezo alcanza el pináculo de su exuberancia al último minuto anterior a caer al césped, las imágenes van alcanzando notas de virtuoso lirismo al tiempo que los personajes se aproximan a su encuentro con la fatalidad.

“Dolls” nos enseña que no existen los finales felices. Existen causas que provocan infelicidad. Existen marionetas manejadas por nuestras bizarras acciones. Existen accidentes provocados por las bajezas humanas: las nuestras.

Algunas veces me he preguntado ¿qué pasó exactamente la noche del 2 de agosto de 1994? Kitano dirá lo que quiera, pero mi naturaleza conspiradora me ha confesado al oído sus sospechas. ¿Quién es exactamente el hombre que vive dentro de Takeshi Kitano? No soy capaz de imaginar la tortura que padece un hombre cuya mayor pasión es la comedia y aprender a vivir después de haber perdido para siempre, la capacidad de reír hasta el llanto. Mi instinto me señala que esa noche existió un intercambio del que jamás conoceremos detalles. Que el hombre que deleitaba con sus rutinas de stand up, a los viciosos del barrio Asakusa, no es el mismo al que hoy se le reconoce como cineasta, poeta, actor, escritor de guiones, compositor, bailarín, artista plástico, presentador de TV y el comediante más popular del que la televisión nipona tenga memoria. Dudo que sea el mismo sujeto que desde 2005, imparte una cátedra en la Escuela de Postgrado de Artes Visuales de la Universidad Nacional de Tokio de Bellas Artes y Música.

La trama de su película “Takeshi´s” me guía hacia el camino correcto: una estrella de cine (Beat Takeshi interpretándose a sí mismo) tropieza con su doble exacto: Kitano, un humilde cajero cuyo mayor sueño ser en un actor reconocido. La realidad y la ficción juegan con ironía en dos mundos paralelos en el que todos los personajes, tienen su replicante. Bienvenidos sean todos ustedes a la pesadilla. Hace algún tiempo declaró en una entrevista que la noción que tenía sobre la muerte, era aquella que avanza hacia tu encuentro con sigilo, la que permanece a tu lado para tocarte tan profundo como una bala que se aloja al fondo de tu corazón. Supongo que la munición alojada en su interior se lo recuerda día con día.

De acuerdo con el folcklor germano, el término Doppelgänger –doppel, “doble”, y gänger ”andante”– representa el mito de la mitad oscura, siniestra o diabólica, que acompaña a los seres humanos y que transita por el mundo sin que nos percatemos. El misterioso doble detenta nuestros hábitos, y padece sin ganancia aparente nuestros mayores sufrimientos, bienaventuranzas y desdichas. Plumas del tamaño de George Gordon Lord Byron, Heinrich Heine, Percy & Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson o Johann Wolfgang von Goethe, han legado al mundo narraciones escalofriantes de la aparición –real o literaria– de este peculiar fenómeno. Cuenta la leyenda que si un hombre entra en contacto con un Dopplegänger, se avecina el augurio mismo de la desdicha: calamidades dolorosas, pérdidas irreparables, enfermedades, accidentes o la muerte inminente. El escritor alemán Heinrich Heine concibió al Dopplegänger con un matiz rabiosamente poético: el doble de uno mismo, simbolizaba la reverberación suspendida del sufrimiento, la mitad oscura representada como puntos suspensivos de nuestra alma atormentada, un pálido reflejo de nuestra desdicha redundante hasta el infinito.

Cuenta la leyenda que los Doppelgänger son incapaces de proyectar su sombra, o reflejo en ninguna superficie, porque los espejos aborrecen el tiempo suspendido. Dicen que estas entidades suelen acercarse a quienes pertenecen para persuadirlos a realizar actos extravagantes o para usurpar en definitiva su espacio en el mundo. He imaginado infinidad de ocasiones, que algún día tendré el honor de acercarme al maestro Kitano, no para mirar de frente ese rostro intraducible al que robaron impunemente la sonrisa, o rogar por una selfie. Mi fantasía recurrente es tenerlo lo suficientemente cerca, con el exclusivo propósito de mirar las paredes, puertas, pisos y espejos a su alrededor. Quiero comprobar con mis propias pupilas si existe o no, alguna sombra que acompañe sus pasos.

Sueño con eso y nada más que eso.

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