Sadako y las 1,000 grullas de papel

 

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“¿Por qué tras haber hecho una buena acción se tienen ganas de seguir una  bandera, cualquier bandera?”

 E. Cioran.

 

A mi madre, símbolo personal de esperanza

Un día como hoy de cada año, el seis de agosto a las 08:15 de la mañana, Japón recuerda. Japón llora, pero también venera y agradece. Como el mundo entero debería recordar (todos somos el mundo, todos entramos en este algoritmo) el día de hoy se conmemoran los 70 años del lanzamiento de las bombas atómicas que destrozaron casi cualquier forma de vida en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Es importante escribir una y otra vez sobre el tema, no sólo la connotación histórica del acontecimiento que convulsionó para siempre las estrategias bélicas de nuestro tiempo, sino también por la marcada distancia que diferencia las conmemoraciones y monumentos que los países involucrados (Japón y Estados Unidos), han utilizado para recordar a las victimas, simbolizar la derrota, la desgracia y la estela mortal que ha dejado a su paso la maldita guerra.

La ceremonia de conmemoración japonesa de la tragedia nuclear, se realiza anualmente en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima creado en 1954, un sobrio recinto construido por 140 mil ladrillos que representan –ni uno más, ni uno menos-, el número de víctimas hasta el final de 1945, y se distingue por características muy peculiares: los cinco portales de cinco metros cada uno que constituyen las Puertas de la Paz (con la inscripción de la palabra paz en diferentes idiomas), y la Cúpula Genbaku: estilizada escultura que exhibe en su cúspide, la figura de una niña que mantiene en alto, entre sus manos, una grulla de color dorado. La razón por la que eligió Japón, como depositaria del simbolismo más devastador de la tragedia más grande de su historia, a una niña y no honrar alguna tropa militar acaecida en heroica gesta, define en la forma y sobre todo, en el fondo, su compleja composición humana.
Sadako Sasaki nació el 7 enero de 1943 y aunque su corta vida estuvo a punto de acabar el 6 de agosto de 1945, cuando a los dos años de edad; sobrevivió milagrosamente a la explosión atómica lanzada en Hiroshima, su ciudad natal. Cuando cumplió once años, fue internada de emergencia, durante un desvanecimiento escolar. Los médicos diagnosticaron leucemia degenerativa. La noticia fue un shock para la familia de la pequeña, porque nunca antes había presentado sintomatología alguna. La estancia de Sadako en el hospital y la última de sus obsesiones: elaborar mil grullas de papel, fueron su ruta a la inmortalidad, sin importar el breve paso que tuvo en el mundo.
En la cultura tradicional japonesa, las grullas son el símbolo de la longevidad y salud. Y una de sus creencias más antiguas, dicta que si un enfermo elabora con sus propias manos mil grullas de papel (práctica también conocida como origami), los dioses le devolverá mediante el frágil vuelo de esta ave, la salud perdida y larga vida. Sadako, cuya edad le había mantenido intacta la impertinente creencia en el poder invisible de los milagros, comenzó a elaborar sus propias grullas. No fue tarea fácil. Hiroshima se encontraba inmersa en una escalofriante catástrofe. A sólo nueve años de la tragedia nuclear, la pobreza y escasez de suministros básicos aún era insoportable; la sencilla tarea de conseguir papel significaba una labor titánica, un lujo. Las prioridades del gobierno estaban enfocadas en la reconstrucción de sus ciudades, asegurar el alimento y atención médica de los cientos de enfermos que, de súbito, empezaron a poblar sus camas de hospital (no olvidemos que las víctimas de radiación y mutaciones, se manifestaron entre los 8 y 9 años posteriores al bombardeo).

Cuando la pequeña atestiguó que la espantosa muerte de los enfermos crecía exponencialmente, decidió que sería injusto pedir exclusivamente por la recuperación de su cuerpo. Arrancó –literalmente- el papel de las paredes, de las cajas de medicamentos, recaudó papel gracias a las donaciones de familiares, amigos, maestros, compañeros de escuela, médicos, para cumplir con su obsesiva tarea. Pero la muerte, cuya rapidez en sus alas de águila hambrienta jamás podrá equipararse al lánguido vuelo de la grulla esperanza, la alcanzó el 25 de octubre de 1955 cuando apenas había conseguido elaborar 644 grullas de origami.

Sadako inspiró a un país entero atribuible a un infantil gesto de valentía, inocencia y voluntad. Porque si la fiebre, el vómito, la perdida de piel, cabello y solidez corporal, no pudo apagar en ella la plegaria para que las víctimas de todo el mundo pudieran recuperar la salud y la paz, su pueblo estaba obligado a tampoco hacerlo. La pequeña los tocó profunda y dolorosamente, prueba de ello es que las 356 grullas que hicieron falta, fueron elaboradas y llevadas a su tumba. Niños y adultos de la ciudad las hicieron por ella, ayudaron a completar su última tarea, o de otra manera su alma no podría descansar. Cuatro años después de su muerte, en el Museo Memorial Park de Hiroshima, se colocó una hermosa cúpula dedicada a todos los niños que murieron a causa del ataque nuclear. En la cima puede reconocerse a una chiquilla que con los brazos abiertos sostiene a una espléndida ave dorada con una breve, pero contundente inscripción:
«Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo».
En uno de los origamis que realizó Sadako antes de morir, escribió una pequeña nota: “Escribiré paz en tus alas y volarás por toda la tierra”.
El origami fue enterrado junto con ella.
Todos los días seis de agosto, como cada año desde entonces, se conmemora el día anual de la paz en todo en país nipón. En promedio, asisten más de 50 mil personas, representantes de estado de 70 o más países, así como la ONU (Estados Unidos lo hizo por primera vez en el año 2010) y a pesar de que es una fecha de conmemoración oficial, es difícil encontrar alegorías nacionalistas por las calles, incluso; las calles lucen vacías. Los altos representantes de gobierno, políticos, estudiantes, trabajadores, amas de casa y niños dirigen sus pasos al monumento realizado en honor de una niña. Al hacerlo, no llevan en sus manos ninguna bandera. Depositan con respeto al pie de la Cúpula Genbaku cientos de miles de grullas de papel multicolores que parecen volar más rápido que las águilas voraces, porque los habitantes de esas tierras han gritado al unísono: “no repetiremos esta atrocidad”.
El pueblo japonés refrenda este deseo al elaborar por todos los rincones de la isla estas grullas, que según cuenta la leyenda, vuelan hasta cada una de las almas que murieron hace 70 años, para obsequiarles mediante el delicado batir de sus alas, un cálido e intrínseco consuelo. Pero sobre todo, más que todo: paz.

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