Triste canción de amor

article-0-11E1DE57000005DC-910_634x549.jpg

“El zapato que le ajusta a un hombre le aprieta a
otro; no hay receta para la vida que
funcione en todos los casos” -Carl Gustave Jung-

YO, mujer

Todo comenzó a torcerse en mi camino antes de nacer. La leyenda cuenta que mi padre deseó con fervor -y hasta sus últimas consecuencias- tener un hijo varón. Los testimonios aún vivos y confiables afirman que habló al vientre de mi madre durante mi gestación sin parar llamándome: “mi güerito”. Dormía con su mano recargada sobre mi guarida. En el país de los sueños trazaba la estrategia de convertir a su primogénito en el primer mexicano en la serie mundial y graduado en Ciencias por la UNAM. Para mal de todos los involucrados en esta gentil historia, lo que escupió el vientre de su esposa el ocho de agosto de 1976, fue un producto vivo del sexo femenino de 4 kilos y cabeza descomunal.

Mi padre llegó tarde al hospital por una sencilla y oprobiosa razón. El mismo día que emití el primer grito de auxilio en mi vida, también se disputó la final del fútbol mexicano en el Estadio Azteca. Todos deberíamos entender que aquí o en Uganda existen prioridades. La final del campeonato de futbol era una de ellas. La abuela materna afirma que, cuando –en su lograda caracterización de ave de mal agüero– anunció a su enfiestado yerno el sexo de su hija, mi padre quedó en shock. Se negó a entrar y conocerme. Todo se derrumbó dentro de sí.

Adiós al sueño guajiro. El orgullo de la familia jamás pisaría las ligas mayores. Lo que obtuvo a cambio de un puñado de fantasías, fue una hija gorda y disléxica. Condición que sigo ostentando hasta la fecha. Sigo siendo bruta. Lo digo rotundo, sin rodeos ni eufemismos baratos. Los seis años que registran mi paso por la primaria, también dan cuenta de la época más humillante que recuerde. Mi padre –miembro distinguido del club de la negación patológica– nunca entendió que yo nací con dos importantes características: un aparato reproductor femenino y una motricidad negada a ejercer con decoro cualquier tipo de deporte.

Sin prestar el menor caso a lo anterior, mi padre se enfrascó en la delirante misión de convertirme en catcher. En aquella época dos frases me provocaban espeluznantes escalofríos en la columna vertebral: “Trae tu mochila, es hora de hacer la tarea” y:  “América, tráete la manopla, vamos a practicar al parque”.

Mi pánico no era gratuito. La primera frase me acarrearía gritos de desesperación por la nula capacidad para aprenderme las tablas de multiplicar. La segunda me dejaría golpes y raspones, gracias a que nunca fui, ni seré capaz de cachar una miserable bola de beisbol. Si algún día los ha golpeado en la nariz una bola profesional del rey de los deportes, entonces saben que no hablo de cualquier tipo de chingadazo. En ambos casos –tarea o práctica en el parque– el resultado siempre era igual: mis ojos hinchados de tanto llorar.

Sin embargo, ninguna tragedia es eterna y gracias a mi pésima coordinación psicomotora –demostrada con estilo y gracia cuando me rompí el tobillo en dos partes al brincar la cuerda– aquellas enloquecidas y desastrosas prácticas terminaron para siempre. El momento de felicidad máxima de la infancia la retrata una vieja foto de cumpleaños donde se observa una niña con cuerpo de bolita, con muletas bajo el brazo, con una sonrisa tan grande que representaba el agradecimiento al Dios que todo lo maldice, escupe, tortura y calcina por el yeso en la pierna izquierda. Paradójicamente, esa dolorosa fractura me salvó para siempre de humillantes exhibiciones de torpeza en el jardín izquierdo.

Además del drama anterior, es necesario acotar que también se me negó toda la posibilidad de parecer una niña. Usé el cabello cortísimo –casquete corto– y jamás tuve una muñeca o aretes. Mi primer ídolo fue Darryl Strawberry en una década en la que mis compañeras de colegio le rendían culto a Kathy la Oruga.

Mi madre poco o nada pudo hacer para salvarme. Y la razón fue simple: pasé la mayor cantidad de tiempo al lado de mi padre, a razón de un largo periodo de convalecencia causada por una enfermedad neurológica que lo obligó a permanecer en casa, a mi cargo mientras mi madre trabajaba día y noche. Durante esta recuperación -que duró casi tres lustros- vagamos juntos a todos lados. Fuimos inseparables. Uno de los pasatiempos favoritos de mi padre era correr al cine a la menor provocación. Este pasatiempo todavía lo conserva. Hubo un periodo en el que yo despertaba llorando cada noche a causa de las malditas pesadillas. Para acabar de tajo con mi problema, mi padre tuvo la brillante idea de arrastrarme al cine a ver Alien, el octavo pasajero. Las pesadillas no desaparecieron, al contrario, se agudizaron, y el único diferenciador consistió en que el terror mutó en la personificación gelatinosa del engendro más aterrorizante que hubiera visto jamás.

No podía llorar, tenía prohibido quejarme, mostrar señales de debilidad y no tenía permitido infringir ninguna de las innumerables leyes que él había impuesto con rigor absoluto. No hubo caricias, complacencias, palabras reconfortantes. Fui educada con la frialdad más apabullante. A los 12 años recibí el regalo que se llevó el Óscar a la inutilidad de los recibidos durante 11 años. Al fin fueron desplazados del vitral de lo inútil el bat, las pelotas profesionales de beisbol, la manopla, el uniforme de los bravos de Atlanta y la colección de muñecos de acción de He-Man. A la misma edad que los jóvenes judíos festejan su bar-mitzvah, en mis manos fue depositado un rifle. Artefacto vacilador cuyo único uso tuvo lugar en mi adolescencia. Cuando mi padre lo usó para amenazar y perseguir a cuanto sujeto del sexo masculino se acercara a la puerta de nuestro hogar preguntando si América podía salir.

Lo más rescatable de aquella época eran nuestras correrías al cine. Sólo la gente de mi generación recuerda aquel lúgubre recinto denominado “Cines Zodiaco”, que más que salas de cine, eran antros de vicio. Nada equiparables a las sofisticadas cadenas de la actualidad. En aquellos muladares era habitual tropezar con las enormes ratas cuya sala de esparcimiento eran las butacas. Eran cines terribles, exceptuando que tenían el tino de ofrecer al espectador grandiosos ciclos de películas en estricta permanencia voluntaria.

Gracias a las obsesivas manías cinéfilas de mi progenitor pude contemplar en pantalla grande piezas clásicas como: BullitNacidos para perderOperación DragónFuerza DeltaEl bueno, el malo y el feoSpaguetti Western, la saga completa de James Bond, Los siete magníficosScaramoucheEl PadrinoDoce en el patíbuloEl Resplandor, entre cientos y cientos de joyas más.

Llevo años reflexionando acerca de la necedad de mi padre por jamás llevarme a disfrutar cine infantil. Hubiera dado un dedo por ver Lassie o la Cenicienta. Crecí y maduré como lo hace un varón. Crecí en el total desconocimiento de hadas y princesas. Barbies bulímicas y orugas retardadas que, para ser felices, era menester se convirtieran en mariposas. No como una consecuencia biológica, sino para dejar claro que la belleza es el único camino posible. Crecí con un déficit de muñecas, peluches, inocencia y ternura salpimentada en color pastel.

¿Estereotipo define género?

Algunas personas pueden afirmar que la influencia castrante de un padre loco o idiota no define género o esencia, pero sí destino. Una de esas personas soy yo. La naturaleza humana, por más esfuerzos invertidos en suprimirla, al final termina por destruirnos o salvarnos. En algún momento saldrá a flote que es el zurcido invisible del espíritu, sea el momento oportuno o doloroso. A título personal, el reconocimiento de mi propia femineidad ha sido una álgida cruzada que dejó profundas cicatrices. Amo el fútbol, la serie mundial, y a mis bravos de Atlanta tanto como disfruto comprar vegetales frescos para cocinarle a mi familia. Tengo nomás cuatro pares de zapatos, dos pares de aretes y la colección completa de 007. Adoro tanto los perfumes franceses como al cine de acción. Nunca aprendí a maquillarme con decoro y la dislexia continúa haciéndome pasar como una auténtica pendeja de vez en vez. Mis tres yesos en ambos tobillos dan fe, testimonio y legalidad de que existen cosas que son inalterables en mi vida a pesar del implacable paso de los lustros. Crecí preparada para enfrentarme al mundo de los duros y mucho le debo a esas interminables tardes de permanencia voluntaria que le enseñaron a mi psique a creer ciegamente en la existencia de seres desprovistos de poderes gamma o armas nucleares, pero bondadosos y valientes como Billy Jack el héroe de Nacidos para Perder (quien continúa siendo mi favorito) y el título de la cinta mi consigna personal.

El recuerdo primigenio que conservo, no únicamente de mi padre, sino también de la  infancia es de mí misma en una explanada del Centro Médico Siglo XXI. Él lucía severamente desmejorado, delgadísimo, cabeza a rape y la mirada perdida. Recuerdo perfectamente el débil saludo de su mano derecha. Era demasiado pequeña para entender las razones por la que ya no vivía en casa y ahora me llevaban a visitarlo a la distancia. Era una situación demasiado complicada para ser entendida por una pequeña de 3 años de edad.

Al paso del tiempo he comprendido que el mayor de mis tiranos fue mi propio padre. Me reconozco afortunada porque no cualquiera puede darse el lujo de reconocer que el gran tirano –que para otros lo encarnó un enemigo implacable– en mi caso se trató del primer hombre que adoré en mi vida.

Han transcurrido 36 años desde aquel día que lo miré a través de esa ventana de hospital. Lo triste es que continúo esperando un “te quiero” de sus labios. Existen poderosas posibilidades de que se vaya de este mundo sin decírmelo, pero siempre he intuido que la única razón por la que libró la muerte y lo motivó a no dejar sus huesos en ese cuarto de hospital, fue el profundo amor que siempre tuvo por esa pequeña niña de tres años que lo saludaba –toda sonrisa y candor– con su diminuta mano derecha. Aunque nunca le hubiera dejado tener muñecas.

*Publicado en la Revista Etcétera el 18 de julio de 2016.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s