Etcétera, Nací para perder, Nadie te preguntó

Yo, América

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Elegir el nombre a un vástago debería ser considerada una responsabilidad mayúscula, y más aún cuando esta decisión recaerá de forma irreversible en la calidad de vida del primogénito. La historia nos ha enseñado que los resquemores con el primero de nuestros hijos, menguan asombrosamente con el segundo, toda vez que los exabruptos propios de la novatez parental ya se hayan cometido. Todos conocemos historias de primogénitos que emplean más recursos y horas en terapia que el hermano subsecuente. Y yo he conocido a un Rabindranath López, hermano mayor de un José Carlos a secas. El primer y más importante cónclave marital ha provocado pleitos irreconciliables devenido en un muy tempranero divorcio o en la visita a urgencias de traumatología, gracias a que el imbécil marido recibió un chingadazo en el parietal izquierdo con el cenicero de cristal cortado -regalo de la tía Conchita-, por sugerir que su pequeña hija fuera nombrada hasta el ultimo de sus días con el nombre de la piadosa, venerada y difunta exmujer.

Mi nombre es América, soy primogénita, y la génesis de mi nombre es un asunto familiar que siempre me ha llenado de vergüenza y rencor hacia mis padres. Principalmente hacia mi papá, quien nunca en su vida se ha sentido afligido por el remordimiento de haberme arruinado toda mi existencia. Y no exagero. Bueno, sí lo hago, pero motivada por una noble causa. Me explico: hoy en día mi nombre es de alguna manera común, lo noto con facilidad ya que no es acto de extravagancia encontrar por la vida alguna tocaya, compañera de desventura; pero hace 38 años era una auténtica rareza. Rareza acentuada porque fui llamada América a causa de una apuesta futbolera perdida por el consorte de mi madre.

Podría suponerse que mi padre eligió llamarme América por su desmedida afición futbolera y que optó por bautizarme en honor al equipo de sus amores. Lo anterior es rotundamente falso. Mi padre sí es un aficionado al futbol, pero no es americanista, sino orgullosamente puma y apostador crónico.

Las efemérides del 8 de agosto de 1976 –año bisiesto– no se distinguen por hechos relevantes. Ninguna bomba destruyó isla alguna, ni se proclamaron tratados de paz que resolvieran conflictos relevantes. No existen registros natales cuya notabilidad amerite ensayos, elegías o bombas yucatecas. El ocho de agosto de1976, nacía en Bowie, Maryland, USA, Joshua Scott Chassez, gris mamarracho cuya aportación más trascendente a la humanidad fue haber sido miembro de la agrupación noventera ´N Sync, al tanto que en el Hospital Troncoso, Delegación Venustiano Carranza, D.F., nacía yo, para asombro y desgracia de algunos pocos.

Mientras mi pobre madre se encontraba sufriendo los dolores de parto en el nosocomio de Viaducto, nadie –excepto la abuela recién desempacada de tierra caliente– se encontraba tronándose los dedos en la sala de espera. Cualquier esposo devoto tendría el deber de acompañar a su mujer en la pujadera o al menos tragándose las huellas digitales y uñas en cualquier pasillo hospitalario; sin embargo, donde mi padre realmente se encontraba era en el Estadio Azteca, observando la final del torneo de liga que se disputaban los Leones Negros de la UdG y el Club América. Probablemente bajo el influjo de algún psicotrópico se le ocurrió la brillante idea de apostar el nombre de su hija a su jefe, bajo el estúpido argumento de estar seguro de que el América (equipo al que aborrece, por cierto) no se coronaría campeón y que los Leones Negros lograrían la hazaña de humillar a los de Coapa en su propia casa. Craso error, el América consiguió un titulo más como campeón del futbol mexicano, mi progenitor quedó ante la sociedad como un pendejo, y yo comencé a vivir el calvario de todas las víctimas que portan un nombre vergonzante.

Por alguna razón que jamás entenderé y que apuntan a que mi madre padeció un retraso mental moderado, no se divorció ni pidió camas separadas ni mucho menos lo mandó a la mismísima chingada, sino que en mutua complicidad, arrastraron a este ser inocente a un Registro Civil para demostrarle al mundo que las deudas de juego son deudas de honor y que hay gente a la que deberían de prohibir reproducirse.

Durante casi cuarenta años he sido objeto de todo tipo de burlas y en la escuela fueron las más subnormales: he sido la niña “Atlante”, “Chiva”, “Necaxa” y nunca faltó el maestro pendejo que intentaba hacerse el chistoso: “A ver pásele al pizarrón, ¡América y ya!”. Intenté por décadas tomar el asunto con filosofía y en una noche epifánica y de inusitado fervor agradecí a la corte celestial entera que esa apuesta no se perdiera contra los Zorros del Atlas.

Una más de las dudosas herencias de mi padre ha sido mi afición por los Pumas de la Universidad, y quizás pocas personas pueden entender la afrenta que provoca a mi espíritu universitario, portar este nombre a causa de la imbecilidad de mi progenitor. Una charla sostenida hace cuatro años me hizo pensar que mi afrenta con dios había concluido y que la justicia no es una copa de vino de acceso exclusivo a opulentos bolsillos: durante una noche memorable conocí al comediante francés, Nicolas Ullman, y al que gracias a una compleja cadena de eventos afortunados, le debo mis primeros pasos al viejo continente.

“¿Cuál es tu nombre?”, inquirió.

“América”, contesté embelesada.

Arqueó las cejas con grata sorpresa. Maravillado, dijo que le parecía bello y de melódica articulación. “¿Por qué te llamas así?” Preguntó acercándose un poco más. Le respondí sin chistar: “Me llamo América en honor al continente de la elegía que nunca es el mismo pero siempre es América”. En ese instante, vi al primer ser humano rendirse de amor a causa de la peor y más piadosa de mis mentiras. Touché.

*Texto publicado en Revista Etcétera el 19 de Junio de 2015

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