El dragón y la estrella de mar

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 “Si existen los dragones y son lo suficientemente endebles para ser lastimados en lo más insondable de su intimidad,  Antony Hegarty canta como uno” escribí en mi colaboración del ocho de septiembre de 2011 en Animal Político titulada “El dragón herido”  intentando de alguna manera, describir el poderoso y peculiar registro vocal del virtuoso cantante inglés, sin el privilegio previo de haberlo escuchado en vivo.

Afortunadamente, el sábado 19 de mayo, en el marco del Festival de México 2012 (FMX) conseguí hacerlo.  El concierto se programó en el Teatro de la Ciudad “Esperanza Iris” a las 20:00 horas. En punto de las 20:16, dio inicio el espectáculo sensorial más impactante registrado en mis bitácoras. La elegante escenografía diseñada por el inglés Carl Roberthshaw, confirió al teatro una atmosfera etérea, ambivalente, luminosa, elegante y ecléctica. La Orquesta Sinfónica Nacional y el director emergente José Areán, se mimetizaron armoniosamente -vistiendo para la ocasión un blanco inmaculado-, con la imaginería poética del escenógrafo londinense conceptualizada para la gira “Cut the world”.

Rapture: First hit. Éxtasis

Los primeros acordes de la Orquesta  Sinfónica Nacional provocaron el primer sobresalto emocional entre el devoto público que  abarrotó el teatro capitalino. Pero cuando Antony tomó por asalto el escenario -ataviado con una femenina túnica alabastrina- para dejar escapar el primer acorde proveniente de su garganta, la vorágine comenzó.

“Eyes are falling, lips are falling, hair is falling to the ground , slowly, softly, falling, falling, down in silence to the ground.
All the world is falling, falling, all the blue, from me and you…”

Hegarty  eligió  acertadamente  “Rapture”,  hermosa pieza que se desprende de su álbum debut   “Antony  and  the  Johnsons”  y cuyo  título  podría  traducirse  al español como embeleso, embriaguez, arrobamiento.  Aparecieron  a  mi  lado los  primeros  síntomas  del  efecto  Hegarty: lágrimas silenciosas, tímidos suspiros. Rapture colectivo: éxtasis.

Cripple & Starfish: Second hit. Delirium

Los  arreglos  sinfónicos  que  realizaron Maxim Moston y Rob Moose lucieron por primera vez en todo  su  esplendor en la tercera interpretación de la noche: Cripple & Starfish. Para bien -más que  para  mal-  es esta y no  otra, mi canción favorita de toda su discografía. La tan hermosa como cruel metáfora del inválido y la estrella de mar, me conduce a los planos de la hipersensibilidad. Esta pieza toma la mano de mi raciocinio y sin tomarle el tiempo, le abre la puerta al planeta emoción.

Yes, so Cripple-Pig was happy
Screamed ” I just compeletely love you!”
And there’s no rhyme or reason
I’m changing like the seasons
Watch! I’ll even cut off my finger. . .
It will grow back like a Starfish!
It will grow back like a Starfish!

A  partir  de  esta  interpretación, el llanto comenzó a invadir las filas aledañas, otros asientos, el mío.  El  virtuosismo vocal encontró la primera curva de la noche. El hit maestro. Los ojos lluviosos,  la  tempestad.  Los inválidos del primer piso, las estrellas de mar de la quinta fila. La oscuridad  se  atenuó  con  los  tonos pastel que dibujaron el paisaje de los sentidos sobre el lienzo  de  origami  del  escenario,  mientras Hegarty manipulaba con mayor astucia que el hipnótico láser verde que nos deslumbraba. Modeló con descaro la atmósfera nocturna. Era evidente que disfrutaba esas minúsculas dagas que rebotaban y tocaban, hiriendo deliciosamente. Que lo siguen haciendo.

Crazy in Love: Third hit. Sorpraise.

¿Cantante  prodigio? Juzgue usted. La primera sorpresa de la velada, corrió a cargo de esta joya del  arreglo  orquestal: Crazy in Love.  Es difícil imaginar al público asistente aplaudir a  rabiar un cover de Beyoncé, en algún otro foro. Imposible, tal vez.

La segunda sorpresa fue contemplarlo hincarse frente a la Orquesta Sinfónica  Nacional con humilde reverencia. Si tomamos en cuenta que el músico inglés ha cantado acompañado de las orquestas más importantes del mundo: Camerata de Manchester, Orquesta de la Ópera de Lyon, Orquesta Metropole, Roma Sinfonietta, Orquesta  Festival de Jazz de Montreux, Orquesta Nacional de Cámara de Dinamarca (entre otras), su inusitada genuflexión debe tomarse con la seriedad debida. El director José Areán confuso e incrédulo, devolvió la reverencia con emoción.

La  tercera sorpresa fue la amena charla. Porque Antony no habló, charló. Haciendo pausas largas entre sus  interpretaciones, se tomó el tiempo de preguntarle a su público cómo se sentía, qué acontecía en la ciudad. Prestó atención los gritos desaforados que exigían –en pésimo inglés- un mejor gobierno, que denunciaban  repudio  a  los  medios  de  comunicación,  al  candidato priista. Escuchó con atención.  Si  no  entendía,  preguntaba  con  delicadeza qué trataban de explicarle. Sonreía, asentía  con picardía y complicidad. Rompió el hielo preguntando primero en inglés y después en español  si  habían ido a oírlo cantar los “maricas”. Ironizó sobre su mal disimulado desprecio por el catolicismo. Arrancó carcajadas por doquier: La frase “Qué suerte, una iglesia” –pronunciada con acento ibérico- se convirtió en el leitmotivde la noche, el chiste privado (bien bajado ese balón, Antony), el público necesitaba guarnecerse bajo las pausas estratégicas que contuvieran tanta tormenta.

Existe  una  idea  equivocada sobre Hegarty, y considero que vale la pena acotar: sí, puede catalogársele como un hombre depresivo, triste o atormentado, sí, su lírica puede ser profundamente lacerante, sin embargo él NO parece serlo. Durante  Kiss  my  name  (octava interpretación del playlist) bailó con vigor sevillano, arrebatándole aplausos  ensordecedores hasta al más apático. Apostaría que justo en este punto del  concierto,  había  echado a su bolsillo a cualquiera que lo estuviera observando. Kiss my name fue el hit a cuadrangulares con el que ganó nuestra serie mundial. Su desenvolvimiento escénico desconcertó, en la misma medida en que su sonrisa enterneció. Porque sonríe como un niño, como una niña, como un viejo sabio, algunas veces como acostumbra hacerlo mi madre.

Pareciera que posee  la  facultad  de  adoptar  el  género que mejor le ajuste de acuerdo al estado de ánimo propio  y  del interlocutor. Como la criatura fantástica que es.

Nos compartió en uno de sus interludios, su postura  sobre la ferocidad del capitalismo, su visión del amor y la necesaria aceptación de nuestra irrenunciable naturaleza. De la intuición salvaje que nos burbujea por dentro, esa que necesitamos dejar de apaciguar para ser libres, de las  religiones patriarcales que durante siglos han fomentado la dominación masculina, que no han permitido una efectiva  alianza con la esfera femenina del individuo. Habló del Apocalipsis, del mundo que estamos destruyendo. Pidió nuestro voto de confianza y oportunidad a una revolución femenina. Argumentó con lucidez plena acerca de la necesidad humana de reencontrar y vincular nuestra esencia ambivalente para intentar rescatar al mundo de su oscura desolación. Todo esto para después interpretar “Another world” con brillantez:

I miss the animals, I’m gonna miss you all, I need another place, will there be peace.

I need another world, this one’s nearly gone, I’m gonna miss the birds, singing all there, songs, I’m gonna miss the wind, been kissing me so long

Hope There’s Someone. Last hit. Encore.

¡Antony para presidente! -gritos anónimos exclamaban sin pudor-. ¿Qué podría perderse o temerse a esas alturas? el descaro emotivo ya había cobrado factura en el respetable. Al final del concierto, el público hizo volver a Hegarty para disfrutar de la única pieza del encore. Por primera vez se sentó al piano y aunque existieron problemas con el  micrófono, tiempos desfasados y erráticos de los músicos, “Hope there’s someone” significó el momento más esperado del recital.

“Espero que haya alguien / que cuide de mí  /  cuando muera, cuando desaparezca. / Espero que haya alguien / que le dé la libertad a mi
corazón,  /  tan  bueno que me aguante cuando esté cansado. / Hay un fantasma en el horizonte / cuando  me  acuesto.  /  ¿Cómo  voy  a  poder  dormirme por la noche? / ¿Cómo voy a recostar la cabeza?”.

Ovación de pie al virtuosismo. Aplauso interminable a una era que parece ser tiene un nuevo estandarte. En este mundo que se seca por adentro hacia afuera, es reconfortante tropezar con semejantes que siguen apostando por la poesía, que exhiben con descaro caudal de emociones y demostrando que las lágrimas no solo traducen tristeza, que las emociones son propias de humanos, de seres vivos, por lo que no debería apenarnos dejarlas explotar de vez en cuando.

Agradecí notar que aun no se ha extraviado -no del todo, no en todos- la facultad de creer en criaturas mitológicas, porque éstas, mediante la tesitura de su elegante canto, nos recuerdan que siguen presentes. Que no han muerto. Que nunca abandonaron nuestro mundo.

Epílogo.

Salí del teatro para encontrarme con buenos amigos, caras conocidas, otras nuevas y que agradezco la coincidencia. Distinguí rostros con ojos enrojecidos, algunos eran autenticas  heridas en carne viva, sin suturar, así como yo. Casi como yo. De pronto, en la entrada principal, encontré al entrañable inválido que había contemplado extasiado el espectáculo desde el primer piso.

En ese instante recordé que hace algunos años, aquel tipo encantador -en la complicidad de una botella de vino- me preguntó casualmente: “¿Conoces a Antony Hegarty?” mientras en las paredes de su casa retumbaban los hachazos sónicos de “Deeper than love”.

No sospechó entonces que estaba por darme el presente musical más grande de mis últimos años. Lo abracé conmovida y agradecida en las escalinatas, o mejor dicho, lo abrazó sin remilgos, palpitante: su querida estrella de mar.

 

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