La Bota, la sidra, Yuste: la vida.

 

18447350_1998703090349302_8508230571845964484_n

La comida y la bebida han sido y jamás claudicarán de su atroz protagonismo en la agenda de mi vida. Viajar y comer, comer y viajar; y claro: beber. El placer de encontrar vínculos gustativos secretos entre individuos, sus pueblos y naciones, es sin duda uno de mis vicios favoritos.

El año 2009, Barcelona, Julio -mi amigo de la infancia- y las fiestas de la Merced me recibieron a punta de calor, fiesta, arte, tradición, poesía y el privilegio de su comida. El primer impulso que tuve en la irrepetible primera noche en las ramblas, fue arrastrar a Julio a conocer a Santi, el misterioso dueño de la Sidrería Yuste. Llevé la dirección, un mapa mal trazado, plagado de referencias absurdas, cortesía de Rafael, amigo y cómplice quien quedó prendado de la sidrería de marras durante uno de sus enloquecidos viajes a Cataluña. Gracias a que existe un Dios pagano que protege a los imbéciles, pudimos llegar a la célebre sidrería ubicada a unas calles del metro Tetuan, a pesar de que nuestro mapa nos conducía a Badajoz, frontera con Portugal.

El lugar lucía como cualquier aspirante a templo del placer exige: abarrotado. El hombre parlachín que cobraba entre risotadas detrás de una caja registradora de los años cuarenta, no podía ser otro más que Santi. Lo confirmé cuando al identificarme como una enviada del otro lado del mundo, me presumió una postal de Jis y Trino que adornaba su pared favorita, obsequio del mismo Rafael quien me hizo prometerle visitar aquel inolvidable lugar. Gracias a Santi agregué nuevos vicios a esta vida licenciosa: la sidra asturiana, las patatas bravas, los bocadillos de calamares y la paella.  Mi veleidosa memoria ha guardado desde ese día, la personalísima postal de Santi escanciando sidra y aconsejándonos no tomarla hasta el último trago, porque es tradición y deber humano dejar al fondo del vaso el último trago para después ofrecerlo a la tierra en acto de solemne agradecimiento y retribución. Porque de la clemente tierra provienen los frutos de la dicha que nadan al interior de cada botella de sidra que habita este mundo que se acaba.

Cinco años después aquella visita a la sidrería -que se convirtió en costumbre mientras permanecí entre ramblas y vida-, Julio regresó a la Ciudad de México con la intención de pagarle a sus cariños un poco de presencia después de prolongada ausencia.

Recorrimos juntos algunos barrios entrañables exclusivos de nuestra memoria, entre ellos, un recinto que es más que una propuesta gastronómica, una leyenda culinaria, el punto de reunión favorito de poetas y asesinos del conformismo. Decidimos que nuestra última parada de la noche debería ser la Hostería La Bota.

Nos sentamos justo en el corazón del recinto, uno frente al otro. Miramos las paredes salpicadas del eco de tanta prosa versada, de guiños mudos. Bebimos, comimos y recorrimos con el músculo de la memoria cada rincón, cada bocado de aroma en completa sincronía: asociamos dos hermanos ignotos uno del otro, cada uno del otro lado del Mar Atlántico. Recordamos nuestra primera correría juntos fuera de nuestra patria y cuyo bautizo lo simbolizó aquella dulce ambrosía asturiana.

Preguntamos por Antonio Calera-Grobet, juglar dotadísimo de genio  y santo patrono de la hostería, quisimos compartirle nuestra eufórica epifanía. ¿Quién no querría enterarse de la existencia de un hermano desconocido?

-Hoy no se encuentra, lo sentimos-

La respuesta del mesero nos hizo pensar que incluso entre nosotros hay cabida a noches imperfectas, pero la magia de los vínculos invisibles ante los que Julio y yo nos hemos conmovido a la largo de 25 años, no para de estrujar con tozudez nuestras ataduras.

-¿Eres América, verdad? Antonio les manda esto.

Era nuestro diligente mesero a quien lamento mucho no recordar su nombre, porque estoy segura de haberlo repetido tres veces, pero que nadie culpe mi descortesía, por favor. Desde el momento que nos dejó esa botella de sidra en nuestra mesa, dos arcillosas criaturas marcadas con el lunar de la tristeza y que crecieron juntas, se transportaron conmovidas a la calle Sicilia, muy cerca del metro Tetuan, donde derramaron por vez primera el último sorbo de su copa de sidra como tributo a las impagables bondades recibidas.

Quizás Antonio Calera-Grobet no lo sepa, pero dos tragos de la sidra de su cava se derramaron en la calle San Jerónimo, justo frente a su amada, mi amada Bota, pero lo juro ahora y ante quien sea, que no se desperdició ni una gota.

 

*Texto publicado en el libro “Pase usted” de Editorial Mantarraya, primavera del 2017

 

 

 

 

 

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s