Quiero otra vida para enamorarte

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Te encontré cuando buscabas el brillante frenesí de mi cuerpo aquella noche absurda en la que destrozaste el irracional afecto que me provocaba mirar tus negrísimos y tristes ojos.  El mérito de sembrar desconsuelo y angustia en mi memoria al mismo tiempo que chapaleabas en la profundidad de tu oscuridad favorita es todo tuyo. Todito.

Esa noche hubiera preferido cenar a tu lado, estar a solas, lejos del estruendo y no correr como locos buscando el estúpido objeto que solamente tú y yo conocemos el nombre y por el que pagué una fortuna.

No, hicimos mal. Sí, lo hicimos.

Dicen los que saben que el primer encuentro rara vez encuentras sincronía. Cadencia. Perfección. Pero ambos sabemos que el preámbulo es para los que no tienen química. los que se saben cómo nosotros solamente deseamos conectar.

Me pediste que cerrara los ojos y que tratara de visualizar una puerta verde, semi abierta, filtrada por una luz suave. Estoy del otro lado- dijiste. Camina lento, atraviesa la puerta. Abrí los ojos cuando fuiste tú el que me atravesaste. Atravesamos juntos siete puertas hasta la mañana siguiente.

Después de irte y dejarme los bolsillos del deseo vacíos te fuiste. No supe de ti más hasta que me llamaste para contarme que estabas en tu casa con otra mujer, pero que extrañabas perderte conmigo.

-Aliméntala, anda, y déjala vacía, sin nada, como a mí.

Y te colgué.

Fuerte.

*****

Me buscaste cuando volvieron a hacerte mierda. Me enseñaste las heridas de tu obsesión malsana de enamorarte de la mujer incorrecta. Aquella noche incluiste por primera vez a nuestras charlas el vocablo amor.

-Llamándome mentiroso no evitará que deje de buscarte y decirte cosas-. Intenté decirte un mal chiste para evitar tu dulzura y me mandaste a la verga.

-No me vas a distraer-, dijiste. Quiero que me escuches, quiero que sepas y veas que tan pendejo soy. Y aún así decidas quedarte

Te preparé un café y sonreí. Sacaste un porro de mota y comenzaste a contarme tu última pesadilla:

-Siempre confío en que ella se va a quedar. Viene y me usa, me emociona. Pero siempre se va. Como seguramente tú acabarás haciéndolo.

Realmente,  te oí escucharte. No me interesaba conocer la sordidez de tus enfermizas relaciones. No mientras te encontrabas sentado en mi estancia sin camisa. Sudando rencor, ira.

Tu monólogo terminó a la segunda taza de café. Te dije que podías usar mi ducha.

Cerraste tus pinzas en mi cintura cuando te extendí la toalla. Me arrastraste contigo a la regadera. Comimos uno del otro tres días.

Afuera y adentro de la ducha.

***

Tocaste mi puerta seis meses después de nuestro último encuentro. Me escribiste la noche anterior para decirme si podías pasar a verme por la mañana, desayunar juntos. Querías mostrarme tu nuevo tatuaje en el brazo derecho. Lo primero que hice al abrir la puerta fue exigirte que me lo mostraras. No podía creer que se hubiera entintado la frase que grité en la alcoba en mi último orgasmo. Nuestro orgasmo: Hasta el final, contigo.

Te dije diez veces que eras un imbécil. Un villano.  Meses sin saber una palabra tuya y de repente te aparecías de la nada con ese símbolo inequívoco de complicidad. Ese guiño todo mío.

Le conté que había conocido a un chico en la oficina y que llevábamos saliendo cuatro meses. Aventaste al piso los discos que llevabas para obsequiarme. No habías olvidado mi cumpleaños, después de todo.

“Yo solo puedo ofrecerte lo que ves” -dijiste- Pero prometo rifarme contigo. Quédate conmigo, tengamos un hijo.

Intenté alejarte, decirte que por favor te fueras. Aunque el auto engaño nunca ha estado de mi lado. Sin ti soy un lego sin las piezas que le faltan. No puedo cerrar las piernas por las noches y tus ojos son los que descansan cuando los míos se pierden en la inconsciencia de un mundo mejor. Me baño y son tus manos quienes tallan mi espalda cada día. Tu sombra se quedó para siempre aquí y habita en mi ducha. Eso fue lo último que te dije antes de perderme. Contigo dentro.

***

No sé cuándo recibas este mensaje, pero quiero que sepas que leí tarde -muy tarde- tu correo electrónico. Sabías que iba a casarme y aún así, preferiste escribirme y no llamarme. Estoy haciendo mis maletas, en 4 horas sale mi vuelo. Los boletos del viaje de luna de miel tienen como destino una playa en el Caribe. ¿No te parece una broma de mal gusto imaginarme a mi, tirada en la arena? con lo que detesto el sol, el calor y las palmeras.

“Quisiera otra vida para enamorarte” es un gran título para una canción o un poemario. Incluso para usarlo como subjet de una carta electrónica. Debo confesarte que mi piel envejeció un lustro saber que pronuncias mi nombre entre nubarrones que vuelan por las azoteas y que a las tres de la mañana te despierta el aroma de mi sexo. Y aunque digas que eres de esos delanteros que llegan tarde a todos los balones, quiero que sepas que, en contraparte, siempre llego tarde al banquete, incluso al de mi propia boda.

Yo también muero de miedo, vida mía. Estoy pidiendo un taxi destino a tu casa. Llevo tus discos, mis maletas y al gato. ¿Te conté que tengo uno? sí, es divino, es un gato de angora.

Dime que estarás en la puerta. esperando. Esperándonos.

 

 

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