The Air is on fire

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Tienes un montón de suerte, nena– dijo Julio mientras desayunábamos el segundo día de estancia en la ciudad. ¿Quién crees que estrenó su obra artística hace pocas semanas en una galería del centro? David Lynch. Tenemos que ir.

Casi perdí la conciencia. Me encontraba en Copenhaguen, Dinamarca, disfrutando de las vacaciones invernales.

The Air is on Fire del mismísimo master Lynch se montó en el bellísimo centro de arte contemporáneo danés GL Strand. La primera muestra individual del cineasta de culto. El GL Strand Museum es un antiguo edificio que data del siglo XIX, rodeado del canal Thorvaldsens, la galería de arte Kunstforeningen y de las instalaciones del Ministerio de Cultura, en el centro mismo de la bulliciosa ciudad. La entrada de la galería mostraba una sobriedad contrastante a los carteles de la exhibición estrella. El inconfundible rostro de Lynch sonreía con cinismo al ingenuo paseante. La exhibición contemplaba el universo artístico del cineasta desde sus primeros trazos de sus épocas de secundaria de los años 60, a sus últimos cuadros creados días antes de la apertura.

david-lynch-boy-lights-fire.jpgLa introducción era poderosa e hipnótica. En los cuatro pisos de la galería se podían encontrar pinturas, dibujos, fotografías, litografías, acuarelas, escultura y un poderoso soundtrack que te acompañaba en cada piso (proveniente del cortometraje Grandmother).

Todo lo que la vida me había quitado antes de ese día, me fue devuelto con intereses y recargos sin comisión. Amé descubrir en las obras de David Lynch ese inconfundible juego entre retorcidos estados mentales, emocionales, que mezclan los primigenios peligros de nuestra mente, que penden del hilo de nuestras inconfesables y terroríficas pesadillas; tocan conciencias por su irracionalidad, por lo intangible de su mensaje.

La sección más visitada de la exhibición fue sin duda la de los lienzos. La tesitura de los cuadros se caracterizaba por oscuridad cetrina, paranoia y desolación. Espejos torcidos, violentos, descarnados; paisajes oníricos de los recovecos más torcidos de la mente humana: suicidio, asesinato, violación, tortura.

El último piso del ala izquierda de la galería se adaptó como una pequeña sala de cine en la que se exhibió una interesante muestra de cortometrajes experimentales que Lynch realizó desde los años 70´s, la mayoría de ellos desconocidos para mí. El corto que sonorizó la muestra en cada uno de los pisos pertenecía a Grandmother. Desplazarse en torno a esa corte de los milagros plástica, sin dejar escapar un grito estúpido causado por terror propio o por la pareja que justo cuando intentaba mirar con detenimiento un órgano mutilado, un nuevo y espantoso rechinido del soundtrack los hacía brincar y gritar como pendejos. Imposible olvidar la experiencia aterradora provocada por la perturbadora música.

La última parte fue la más entrañable y humana: los apuntes que Lynch ha atesorado a lo largo de su carrera fílmica. No tuvo precio encontrar desde pensamientos plasmados en una servilleta de comida rápida o caja de cerillos, hasta el guión original de Blue Velvet o Twin Peaks garabateados y con manchas de café. Cuarenta años de producción artística, 400 dibujos traducidos en notas, bocetos, fotografías inéditas de filmaciones, simples anotaciones en post-it que se convirtieron en piezas vivas y tangibles del genio.

Mi visita a la exposición de Lynch significó el mejor regalo de navidades pasadas y futuras nomás para mi.

Diciembre, 2010, Copenhaguen, Denmark.

*Esta crónica fue publicada en Milenio Diario en enero de 2011

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