El hombre que miente

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“Hay tres clases de mentiras: La mentira, la maldita mentira y las estadísticas”

-Mark Twain-

Yo miento, tú mientes, todos mentimos. . .

El origen de la mentira puede obedecer a un sin número de causas, enumerarlas se antoja una tarea ociosa e inacabable. Lo es al menos en este espacio. Y a riesgo de sonar a retórica barata, puedo resumir en cinco palabras el propósito básico de la mentira: mentimos porque deseamos ser creídos. Así nomás.

El fin de semana reflexioné sobre este tema gracias a dos razones: la proyección de una de mis películas favoritas y el descubrimiento de un nuevo espécimen en el innoble campo del engaño.

La mentira entra por la puerta grande a nuestro hogar desde que tenemos uso de razón y memoria. Siendo entonces parte de todo lo que nos rodea, evitaré entrar en detalles sobre su naturaleza. Lo que me interesa profundizar en este ejercicio, es el fenómeno patológico en el que puede agudizarse: la mitomanía.

El término mitomanía tiene sus orígenes en el griego mythos (mentira) y manía (modismo) y no es otra cosa que un trastorno patológico. Un impulso incontrolable por mentir obsesivamente, sin tener un móvil o fin específico. Para analizar lúdicamente este trastorno, tomaré como referencia la obra maestra del cine francés filmada en 1968 “El hombre que miente” (L’Homme qui ment) dirigida por el escritor Alain Robbe-Grillet, con un guión de su autoría. Esta cinta ejemplifica de forma magistral este trastorno patológico porque hace uso de la mentira como el círculo perfecto donde los personajes giran sin destino ni razón.

La secuencia inicial nos muestra a nuestro enigmático y elegante protagonista “Boris” (Jean-Louis Trintignant) escapando en el bosque de una turba de soldados alemanes que le siguen la pista rifle en mano. Finalmente, Boris es alcanzado y ultimado por sus perseguidores.

Sin embargo, gracias a un giro argumental sospechoso, Boris no muere (resucita sin explicación) siguiendo su marcha al pueblo más cercano.  Una voz en off -que no es otra que la de él mismo- nos cuenta su propia historia.  Al llegar a un poblado habitado prácticamente por mujeres, se presenta como “Boris, aunque normalmente me llaman Jean, y otras El ucraniano”, para después seducir con puntual encanto a la hermana y a la esposa de uno de los tantos hombres desaparecidos en combate. Nuestro héroe goza relatar versiones de sí mismo cada vez más contradictorias hasta un punto en el que la  narración comienza desde el principio una y otra vez alterando nombres, lugares o circunstancias clave. Paulatinamente, lo vemos crear una confusa atmósfera que contrasta con las impecables imágenes en blanco y negro.

Al espectador le invade al poco tiempo la incómoda sospecha de que no sólo lo que relata el protagonista es falso. Acaba por dudar si Boris esté siquiera vivo, o simplemente viviendo una realidad alterna, un sueño o una fantasía. No sabe qué creer.

El mayor logro del guión –creo yo- consiste en que el espectador se siente sutil, deliciosamente engañado y termina por percatarse de que la película entera le mintió todo el tiempo. La realidad y la ficción son indefinibles. No hay certidumbre. Al final del film, la naturaleza literaria del director emerge para regalarnos una pieza ambigua, elegante, artística y ciertamente: enorme.

Cuando Boris es descubierto por el marido que regresa del campo de batalla, escapa al bosque convirtiéndose en fugitivo –alegoría incesante- pero en esta ocasión, algo se sabe distinto. Lo observamos detenerse, mirar fijamente a la cámara para escucharlo mentir sin razón, ni objetivo. La última vuelta de tuerca, la escalofriante línea final de su diálogo le corresponde a la mentira más grande de la trama. Es capaz de intentar convencer, cuando ya no hay nadie a su alrededor con quién hacerlo. Excepto al espectador, claro está, que a estas alturas se ha convertido en su propio espejo.

¿Alguna vez se han topado de frente con un mitómano del calibre de Boris?

Si la respuesta es sí, me darán la razón cuando afirmo que la mitomanía es más peligrosa de lo que parece. Es mucho más que una enfermedad. En realidad, es un ramillete de síntomas que pueden estar ligados a múltiples y severos trastornos de la personalidad.

Pero antes de sorrajarle a traición el término a cualquier canalla, es necesario establecer la diferencia entre un individuo con este padecimiento y un mentiroso profesional. Un mentiroso empedernido es por esencia imitativo (como la mayoría de nosotros), es una gris sombra proyectada por la sociedad. Más que una voz, es un eco. Miente para construir una mejor versión de sí mismo. La ambición por obtener o no perder algo o alguien. Proteger su vulnerabilidad y confort, por ejemplo, son algunas causas que determinan sus patrones de conducta.

En contraparte, un mitómano guarda una personalidad paranoide, se siente constantemente perseguido y criticado, por lo que es básico en su perfil, alimentarse de historias que reafirmen su valía y permanencia en la memoria colectiva. Miente sin sentido sobre detalles insignificantes y sin medir consecuencias. Convierte en fábula su historial médico, el origen de su familia, su edad, los viajes que ha realizado o la antigua dirección de su madre muerta sin móvil ni lógica. Vive desfasadamente la imaginación propia de la infancia; construye e imagina situaciones imposibles que terminan por creerse y, aunque distinga conscientemente entre la realidad y la ficción, desconoce el límite de su propia patología.

La convivencia con un mitómano es muy delicada. Créanme cuando les digo que si no se trata de un familiar cercano (quien requerirá de ayuda profesional inmediata), lo mejor es alejarse.

Algunos mitómanos, pueden poseer las mismas virtudes de nuestro antihéroe Boris: encantadores y seductores. Tan irresistibles como ponzoñosos. El seguirles el juego, sólo fomentará  su patología y tal vez acabemos envueltos en alguna penosa  experiencia o mintiendo en complicidad, movidos por el afecto.

El valor intrínseco que posee la verdad está viviendo una de sus peores épocas. Quizá la más huérfana y desoladora racha. Sólo basta echar un vistazo a nuestro alrededor para descubrir que en este mundo se vive de la mentira, se come de ella, se le baña, se le registra ante notario público, se le siembra y se le cosecha. La carencia de certeza es un mal endémico. Tenemos bastantes truhanes y mentirosos en nuestra vida diaria, como para querer adicionar una cereza envenenada al pastel nuestro de cada día.

Por mi parte, he decidido curarme en salud y alejarme indefinidamente de mi nuevo descubrimiento. Optaré por ver las veces que se me dé la gana el reestreno de El hombre que miente. Quiero nuevamente ser testigo de las mentiras de Boris para descubrirles un sentido distinto, un aroma familiar.  También quiero decirle adiós en su última muerte con la emoción de encontrarle un nuevo simbolismo. Quiero mirar sus ojos de frente para volver a creerle todo y absolutamente nada.

Boris es el mitómano perfecto, el más cínico, el más sugestivo, inmoral e inquietante. El único que me gusta.

América Pacheco.

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