¡Divórciate!

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“Por muy malo que sea un matrimonio, un divorcio será mucho, mucho peor”.

Después de revisitar las cinco perfectas temporadas de The Wire, fui obligada por mi tacañería legendaria a revisar la conveniencia de renovar un mes más la membresía HBO familiar. Cuando estuve a punto de rendirme, descubrí la serie Divorce, protagonizada por Sarah Jessica Parker y el GRAN actor Thomas Haden Church. No hubo manera de negarme a una renovación de suscripción después de ver el piloto de la primera temporada.

Y si usted, amado lector, pregunta si realmente necesitamos otra historia que nos cuente los vericuetos que llevan a un matrimonio estable y con hijos adolescentes a llevar sus ruinas emocionales a tribunales de lo familiar, la respuesta es un contundente . ¿Por qué? Porque los números son elocuentes: según el INEGI, los divorcios tuvieron un alza del 136 % en los últimos 15 años. En términos locales, 41 de cada 100 matrimonios terminan en divorcio en la Ciudad de México. Y ya entrados en estadísticas, de acuerdo con la Oficina del Censo de los Estados Unidos, las tasas de divorcio están aumentando entre los adultos mayores de 50 años, casi el doble desde la década de 1990.

Con números tan representativos, es fácil entender la relevancia de historias que nos muestren cómo sobrevivir a una hecatombe con la que nos toparemos tarde o temprano, o simplemente para constatar que hay gente más jodida que uno. La desgracia ajena siempre será garantía de altos ratings.

Divorce es una serie norteamericana tragicómica creada por Sharon Horgan, escritora irlandesa y protagonista de comedia británica Catastrophe. Los guionistas (la misma Horgan) y Jesse Peretz estructuran una historia que se centra en el antagonismo natural de una pareja que decide divorciarse y emprender una cruenta pelea legal después de descubrirse la infidelidad de la esposa Frances (Sarah Jessica Parker). Al inicio, ambos acuerdan divorciarse bajo términos amigables y humanos, pero conforme se interponen entre ellos el resultado de las graves omisiones en las que incurrió su matrimonio y, en contubernio de dos feroces abogados, la separación muta en un hermoso duelo de katanas. Todos hemos sido testigos de historias como la de Frances (Sarah Jessica) y Robert (Thomas Haden). Todos hemos visto (o sido) una de esas parejas que asumen que su cónyuge será razonable y aceptará trabajar en conjunto para minimizar de alguna manera el costo emocional y financiero por el bien de la familia que alguna vez fueron. Wrong. Tanta civilidad existe, por supuesto, nadie niega la existencia de personas con estatura emocional 10/10. Sin embargo, les quiero compartir el consejo que le doy a TODAS las personas que tienen el valor de contarme acerca del infierno en el que se ha convertido su matrimonio: ¡DIVÓRCIATE!

Los caminos de la vida me han enseñado que si realmente deseas conocer a la persona con la que te casaste, únicamente necesitas hacer una sola acción: divorciarte de ella. Porque nada es como lo imaginabas, ni la gente es como la creías. El hombre por el que hubieras apostado el brazo izquierdo a cambio de su honorabilidad es capaz de denunciarte de prostitución, abuso y abandono con el firme propósito de quitarte a tus hijos. Aquella dulce mujer que creíste incapaz de un acto vil es capaz de denunciarte sin razón o pruebas ante el Ministerio Público por un crimen punible a cárcel sin derecho a fianza. Durante aquellos remotos años que fui asistente de un abogado fui testigo de historias de terror pavorosas. Divorce se encarga únicamente de representarlas con humor negro. Negrísimo.

Frances y Robert

Sarah Jessica Parker regresa a la pantalla chica por primera vez de su icónico paso por Sex and the City para encarnar a Frances Dufresne en compañía de Thomas Haden Church, quién interpreta a Robert Dufresne, su cornudo marido. Divorce es una comedia desmoralizante, oscura e hilarante. Como todo matrimonio inestable que se respete. El primer capítulo arranca alrededor del tragicómico resultado de la fiesta de cumpleaños de la mejor amiga de Frances, Diane (Molly Shannon), quien en completo estado de ebriedad riñe con su esposo Nick (Tracy Letts) de forma tan perturbada que ella acaba presa por uso de arma de fuego y el marido en el hospital. Ante semejante cuadro, Frances se amigadatecuentea que no puede permitir que su existencia (y, por ende, su matrimonio) se convierta en una pesadilla de proporciones nefastas. Justo como la de Diane.

Acto seguido, y sin el beneficio del golpe-avisa reglamentario, pide el divorcio a Robert con crueldad absoluta: “¡Quiero salvar mi vida mientras todavía me importa!” ahí, en medio del caos, frente a los policías y restos de vómito. En los dos primeros capítulos de la primera temporada descubrimos que existe una razón específica detrás del arrebato de Frances: Julien Renaut, el profesor de historia del arte con el que sostiene una aventura. Nunca vemos si la infelicidad fue la que la llevó a buscar un amante. Aunque el espectador descubre al tanto que la verdadera razón detrás de su infidelidad es lo mismo que lleva al 80 % de las parejas a buscar una aventura: la monotonía.

A partir del fortuito descubrimiento de la infidelidad de Frances, el drama y pena de Robert se convierte en un reflejo de los sentimientos y frustraciones de muchas de las personas que hemos transitado por la carretera que nos muestra la encrucijada de ¿qué carajos hago aquí? ¿Cómo llegue tan lejos? ¿Por dónde está el regreso? La ruptura familiar es un proceso cargado de cruel melancolía y arrepentimiento. Una opereta de decisiones no tomadas y de dos vidas a medio vivir. “¿Cómo pasas de ocho años de un matrimonio feliz a querer volarle la cabeza a alguien?”, reflexiona Frances. Sin embargo, los ojos de Robert se convierten en los nuestros de manera empática y claro, entrañable.

El principal factor de pánico entre las parejas que se enfrentan a la disyuntiva de divorciarse de sus cónyuges es, sin duda, la manera en la que tendrán que comunicarles a los hijos adolescentes que un divorcio se cocina en el horizonte. Pero Divorce nos facilita con mordacidad la estupidez sobre el más infundado de nuestros temores. Los hijos no van a ser más felices si les evitamos o no, una ruptura familiar. No, no lo serán. La separación parental agregará una razón adicional para odiar a sus padres. Los hijos seguirán haciéndolos responsables de sus profundas carencias emocionales. Estén divorciados o no.

Las tres temporadas de Divorce se dividen en -justo- los tres procesos básicos que mapean una ruptura: el reconocimiento de que no existe reconciliación imposible, el pleito legal y el entendimiento demoledor que, habiendo hijos de por medio, de alguna manera siempre serán (o deberían) ser familia. Uno de los momentos más logrados de la segunda temporada es la manera tan emotiva que ambos utilizan para acordar métodos nobles para criar a sus dos hijos entre la vileza de su -por momentos desproporcionado- litigio de divorcio.

Los personajes de Frances y Robert son tan cercanos a nosotros porque son tan desiguales como cada pareja que decide separar sus canicas emocionales. Por alguna razón atribuible a la involución de nuestra especie, miles de parejas alrededor del mundo seguirán casándose a pesar de encontrarse en antípodas insalvables. Y el mayor reto al que deben de enfrentarse es la resignación pacífica. Cuando un matrimonio decide formar una familia, también se conciben lazos irrompibles. Aunque nos muramos de ganas de arrancarle las entrañas al padre de nuestros hijos para cocinarlos acompañados de un Chianti, necesitamos comprender que el mayor acto de amor por las criaturas es procurar construir en conjunto. Si deseamos ser protagonistas de su vida, es indispensable sobrevivir a todas las temporadas sin asesinar al antagonista.

We need to talk about Thomas

 

El tan esperado retorno de Sarah Jessica Parker (y para desencanto de su legión de seguidores) no tiene los suficientes matices para convertir a Frances en el ícono que representó a la cultura televisiva el personaje de Carrie de Sex & the City. Frances es una adúltera de encanto limitado. A ella le corresponden todas las fisuras, los errores y las torpezas del guion; por otro lado, Robert se roba nuestros corazones. La crítica Melanie McFland hace una descripción acertadísima del personaje de Robert: “Thomas Haden Church genera la mayor parte de la comedia en los episodios de apertura del programa, lo cual es fantástico, y su firma de expresión franca hace que a Robert resulte entrañable incluso cuando se comporta de manera innoble”, descripción con la que estoy completamente conforme. Robert eclipsa a Frances en todas y cada una de las escenas en las que aparecen juntos.

A título MUY personal, considero a Thomas Haden Church uno de los mejores actores de su generación. En los noventas ganó mi devoción absoluta gracias a “Ned & Stacey” (mi serie favorita en mi adolescencia), hilarante sitcom de dos temporadas que protagonizó al lado de Debra Messing. Thomas es un maravilloso intérprete tragicómico, de personalidad torpe, y provisto de un cinismo inconfundible. Lamentablemente, su prolífica trayectoria en los campos de la comedia y el doblaje aún pertenece a la segunda división de la industria. En 1990 debutó con un papel secundario en la serie Wings, en 1995 protagonizó la ya citada serie Ned & Stacy, papel que consiguió que la revista Time proclamara: “Ned Dorsey era una de las seis razones para ver la televisión”. La crítica comenzó a reconocer sus registros histriónicos hasta el 2003 con la cinta de Alexander Payne “Sideways”. Jack -el personaje que Payne le obsequió- trajo consigo nominación a mejor actor de reparto en los premios Oscar de la Academia y veinticuatro premios en la misma categoría en festivales en USA, Canadá y Europa. En 2007 pensé que su carrera despuntaría después de su prometedora incursión a las grandes ligas del universo Marvel como Flint Marko (Sandman) en la franquicia Spiderman 3. Pero para su desgracia, tuvo la desdicha de participar en la peor película filmada por Sam Reimi, y una de las 50 peroes cintas en los últimos veinte años.

Solamente un actor de la talla de Thomas Haden podría ser capaz de dotar a Robert de un halo de comedia y abrasante ternura. La humillación por la que Frances lo somete es mayúscula. Sin embargo, usa su capacidad única para caracterizar el infortunio con un cinismo infantil. Capacidad que pocos actores poseen. Ojalá que el mundo entero pudiera notarlo. El arco dramático de Robert nos conmueve porque, aunque no vivamos exactamente su desencanto o no cometemos sus garrafales errores, podemos reconocernos en él. Nos permite vernos en un espejo, sobreviviendo y reconstruyendo las ruinas de nuestra historia. Y reír, reír atrapados sin reservas.

Divorcio 2

La ruina de un matrimonio siempre será un cocktail de dolor, incomodidad, crueldad y frigidez. Sin embargo, gracias a la brillantez Thomas Haden Church y a su -debo reocnocer- espléndida química con Sarah Jessica Parker, le puedo garantizar a usted, amado lector, que sentirá un turbulento affaire emotivo con Robert. Porque nadie como él lo conducirá al planeta comedia con soundtrack de Yes a todo volumen.

En Spiderman 3, hay una escena en la que el personaje de Sandman en medio de su frenética huida de la policía se despide de su hija enferma: “No soy una mala persona, solo he tenido mala suerte“. Esa frase podría describir de alguna manera la carrera artística de Thomas. El brillante guion de Divorce tiene toda la intención de romper esa maldición. Estamos sin duda, ante un gran papel escrito para un solventísimo actor.

No me diga que se lo va a perder. Sería ilegal.

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