Juanito huele a plátano.

Juan, mi abuelo -hombre adusto como ninguno- nació en la península de Yucatán en 1902. En mi memoria infantil vive el recuerdo de un hombre de mentón cuadrado, espaldas anchas y estatura promedio. Tenía pequeños ojos verdes, gafas negras de pasta y poseedor de unas enormes y espléndidas orejas. No sé con certeza si es a mi abuelo a quién debo la primera de muchas manías: acariciar obsesivamente las orejas ajenas. Pero no cualquier par de orejas; para ser objeto de mi fascinación estas deben contar con lóbulos generosos, sonrosados y suaves. Como las de Don Juan. El abuelo y yo nunca tuvimos una conversación real. Al menos no ocurrió durante mis primeros 15 años de vida.

Solamente aquellos que lo llegaron a conocer podrían entender la razón por la cual jamás me acerqué a él más allá de un metro. Llegué a abrazarlo en alguna navidad y nada más. Don Juan no era un hombre que gozara aquello que en algunas culturas desarrolladas se conoce como calidez humana. El primer recuerdo que tengo de él corresponde a aquellas mañanas que llegaba a visitar a mi madre para tomar café a las 7 de la mañana. Nunca visitó a su hijo -mi papá-, visitaba a mi madre, a quién adoraba. Después de desayunar en su compañía, se sentaba en la sala, junto al ventanal principal de nuestra casa a leer el periódico de principio a fin. No sé cuántas veces lo observé desde el resquicio de las escaleras con auténtico pavor. Yo quizás tendría cuatro o cinco años, el recuerdo es impreciso, sin embargo, la postal de su figura endemoniadamente circunspecta, mientras aquella pequeña niña se acercaba con sigilo para mirar de cerca sus enormes orejas, permanece indeleble en mis ganglios basales.

La génesis del abuelo continúa siendo un misterio para algunas facciones familiares. Sabemos que sus orígenes son españoles y que odió a su padre con tanto ahínco, que llegó al extremo de registrar a sus tres primeras hijas con el apellido de su madre: Méndez, y negarles el Pacheco porque podía. Nunca llevó a sus hijos o a su mujer a su tierra. La única información disponible hasta el momento, es que escapó de casa desde pequeño para jamás volver. Había sido soldado en su juventud y toda su vida fue un lector voraz.  En 1961, acompañado de una familia compuesta por sus siete hijos, se mudó de Atlixco, Puebla a la Ciudad de México.

El terror que causaba mi abuelo en aqueos y troyanos continúa siendo tema de análisis en reuniones familiares. Era intolerante a la estupidez humana, racista, fiel acólito del silencio y la severidad extrema. La única pregunta que su único hijo varón recibió por su parte cuando regresaba de viaje, era:

–¿Cuántas novias tienes?

Dice mi padre que nunca tuvo idea clara qué contestar a semejante pregunta a los nueve años. Así que procuraba contestar algo que tal vez lo hiciera feliz:

–Tres, papá, tengo tres novias.

El abuelo siempre lo miraba largamente, y después de un rato, hacía señas para que se largara. Jamás supo si esa era la respuesta que él necesitaba. A veces contestaba que dos, o una, pero el resultado era el mismo cada vez.

Esa única pregunta se convirtió en la única comunicación que sostuvieron durante toda su infancia. La segunda ocurrió cuando reprobó un examen en la preparatoria.

–¿Cómo que reprobaste, cabrón? – Sin esperar respuesta, le dio un golpe con el puño. Lo noqueó por completo. Jamás volvió a golpearlo. Aquella ocasión fue el primer y último golpe que el abuelo le propinó durante toda su vida. Cuando le pregunto a mi papá si considera que el abuelo se arrepintió de aquel knock out, su respuesta es simple:

–Supongo. Cuando desperté, acostado en mi cama, había un billete de diez pesos sobre el buró. Él estaba en el umbral observándome y señaló el billete. –Para que te compres algo– le dijo. Y salió dando la vuelta. Otra vez sin esperar respuesta.

Existe una anécdota de esos viajes que no se cuenta en voz alta por lo vergonzoso del hecho, pero en uno de esos extensos viajes de Puebla-Nuevo Laredo, mi papá moría de ganas de ir al baño; pero era tanto el miedo que le tenía a su propio padre o mirarlo de frente, que prefirió callar y aguantar todo lo que pudo. San Luis Potosí fue el límite. El chiquillo pendejo de 10 años tuvo que viajar el resto del camino a Tamaulipas empapado de orines, lágrimas y vergüenza. El abuelo era un villano implacable. Hasta yo lo sabía sin conocer detalles. Esa era la razón por la que salía despavorida cuando volteaba a verme sorpresivamente, mientras yo intentaba verlo un poco más de cerca. Jamás pude soportar su helada mirada. Bueno, casi nadie podía.

El abuelo no era religioso, al contrario: era ateo consumado y si algún placer tenía en la vida, -además de consentir a su mujer con chocolates y regalos-, era insultar la imagen de Juan Pablo II. El desprecio por sus archienemigos eran de las pocas cosas que solían sacarlo de su ostracismo. La dulce abuela –católica apostólica y romana- tuvo que vivir más de medio siglo con un hombre que escupía víboras y ajos contra el máximo gánster del Vaticano, cada vez que algún noticiero daba cuenta de alguna aparición suya en Mozambique o Roma. Le daba igual.

Sin embargo, el viejo cabrón tuvo la desgracia de atestiguar tres visitas papales. Y no le quedaba de otra. La casa de mis abuelos se ubicaba a escasos kilómetros de la Basílica de Guadalupe, por lo que no tuvo escapatoria. A pocas personas he escuchado proferir la cantidad de insultos más escalofriantes como a él frente a la televisión. Se cagó doscientas veces en los antepasados de Karol Józef Wojtyła, lo acusó de maricón, pedófilo y drogadicto otras doscientas. Las paredes de la casa retumbaban y que los vecinos no llamasen a la policía debería de considerarse como el primer milagro del chingado Papa viajero. Era un espectáculo que al paso del tiempo aprendí a apreciar a cabalidad. Era un maldito punk, el viejo.

A pesar de que mi padre fue siempre el consentido de mi abuela, no heredó el carácter dulce y conciliador de Vicentita. Para mi desgracia, heredó el 95 % de la personalidad de Don Juan. Lo anterior lo descubrí en 1985. Nadie –excepto yo- sabe a ciencia cierta la razón, sin embargo, adquirí un lóbrego pavor a la oscuridad. Y para acabarla de joder, de los 7 a los 10 años padecí sonambulismo. No puedo imaginar la cantidad de sobresaltos que propiné a los integrantes del hogar, con aquellos gritos desaforados cuando me descubría afuera de casa parada, frente a la puerta en medio de la oscuridad de la madrugada. Existen métodos convencionales para paliar, entender y curar el trastorno de la parasomnia, sin embargo, la familia Pacheco se ha distinguido por el uso ilegal de terapia de choque como método de enseñanza, por lo que mi padre, en lugar de llevar corriendo al orgullo de su nepotismo a realizarle un electroencefalograma de oferta, lo llevó de la mano y sin prisa a contemplar en pantalla grande Alien, el octavo pasajero.

Surtió efecto. Bueno, de alguna manera: abandoné de bote pronto el sonambulismo para abrazar con miedo y vergüenza la enuresis. Es decir, comencé a orinar las sábanas todas y cada una de las noches durante 1 año. Pero jamás volví a despertar fuera de casa.

Gracias, abuelo, lo hiciste de puta madre.

El abuelo era un viejo cabrón. Y propinó a mis primos los sustos más sobrecogedores de su infancia. Ojalá nuestro abuelo nos hubiera contado historias satánicas. Sus métodos de tortura eran distintos: los colocaba en fila frente a él, práctica que podría jurar le traía recuerdos de sus tiempos en la milicia.

-A ver, cabrones, voy a descubrir que tan buenos son en la escuela.

Ninguno de ellos tenía fuerza para escapar o llorar. Tener a Juan Pacheco frente a ellos, era el equivalente cuántico a tener a un asaltante apuntándote con un revólver. Nunca hubo escapatoria a la fuerza ciclónica de su mirada. El terror adicional de los primos no era gratuito. No tuvimos un abuelo normal que hiciera preguntas del tipo: ¿En qué año se independizó nuestra patria? o ¿quiénes fueron los héroes de independencia? ¿Cuál es la capital de Chihuahua?

No. Sus preguntas eran célebres por culeras: ¿Con cuánto dinero murió Juárez en el bolsillo? ¿Quién firma los billetes de veinte pesos? ¿De qué color tenía los ojos Napoleón Bonaparte? ¿Cuál era el nombre completo de Carlota? ¿Cuál es la población actual de África?

Hasta día de hoy, no conozco todas las respuestas a sus delirantes interrogantes, menos una parvada de mocosos que lo miraban aterrados. Su frase: “¡El que es perico donde quiera es verde y el pendejo donde quiera pierde, y ustedes, pendejos, nacieron para perder!” aún debe resonar en la memoria del primo Miguel, su víctima favorita.

El abuelo Juan enfermó de Alzheimer antes de cumplir los ochenta años. Antes de perder la noción de la realidad, Vicenta logró convencerlo de llevarla al altar. Fui testigo de la boda de mis abuelos y a veces me gusta pensar que el abuelo ya estaba deschavetado, porque no concibo la razón por la cual se dejaría arrastrar a una iglesia a cumplir con uno de los sacramentos que despreciaba como a ninguno.

La última vez que salió a la calle solo, se extravió tres meses. Una de sus hijas pudo localizarlo en el Convento de Capuchinas de Salvatierra Guanajuato. Si alguien le hubiera contado al abuelo que unas monjas lo cuidarían y lo rescatarían de morir a la intemperie en medio de la carretera a Irapuato, se hubiera muerto en ese instante de indignación. O se hubiera lanzado a las vías del metro. La iglesia que tanto odió acabó por despedirlo de este mundo con generosidad.

Existe un antes y después del Alzheimer. La enfermedad de Juanito logró el mérito de conectarme con el abuelo, aunque él ya no viviera dentro de aquel cuerpo macizo y asombrosamente fuerte para un hombre de su edad. Se convirtió en un niño caprichoso y risueño al que había que perseguir por la casa para ponerle el pañal y sacarlo de la cocina para evitar que le propusiera matrimonio por enésima vez a la cocinera de la tía Malena.

Amé a mi abuelo profundamente porque dejé de temer acercarme a él. Tuve la oportunidad de charlar con él largamente de cosas sin sentido. Su pensamiento y conversación dejaron de ser lineales para convertirse en siluetas coloridas e inacabables. Disfruté mucho su aroma tan peculiar a talco y plátano. Recuerdo la primera vez que me acerqué a limpiarle restos de fruta de la comisura de sus labios con una servilleta. También fue la primera ocasión que esos hermosos ojos verdes miraron a los míos con una mezcla de calidez y agradecimiento.

-Te quiero, Juanito –le dije mientras acariciaba su oreja derecha- y él correspondió al amor de su nieta con una sonrisa torcida. La primera de nuestra historia. La misma sonrisa de mi padre. La sonrisa que le corresponde a ambos y que conmueve sin reservas a este negro corazón.

Juanito el día de su boda:

 

 

 

 

 

 

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