Mélancolie, acrylique sur toile

 

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Conocí a Sépànd gracias a cierta capacidad insólita para tropezar con portentos humanos y que fuentes confiables afirman adquirí al nacer. Nuestro primer encuentro ocurrió a las afueras de la Ópera Garnier, en París. Acordamos tomar un par de cervezas en las cercanías del Boulevard des Capucines, histórica avenida –inmortalizada por Claude Monet en 1873- que alberga cafés, teatros y el cine Gaumont Opéra entre otros muchísimos recintos célebres. En 1895 el número 14 del Boulevard des Capucines atestiguó cómo los hermanos Lumiére exhibieron por primera vez al público sus primeros cortometrajes.

Charlamos de diferentes tópicos relacionados a su trabajo artístico y de la posibilidad remota de realizarle una entrevista para algún medio mexicano. No dejó que pagara la mitad de la cuenta y tomando en consideración la rareza del hecho conforme a las costumbres francesas, agradecí tres veces su caballerosidad.

-La próxima vez, te dejo pagar a ti- replicó con firmeza y una sonrisa ante mi insistencia.

Nos despedimos con un entrañable abrazo. Lo despedí con afecto, admiración y la vaga posibilidad de volverle a ver.

La fascinación que profeso por la vida y obra de Sépànd no brotó por generación espontánea. Todo comenzó meses atrás, cuando comencé a estudiar a fondo su trabajo, pero se convirtió en genuino afecto en la medida que conocí su peculiar génesis.

Nació en Teherán, Irán en 1984, proveniente de una familia simpatizante a la resistencia opositora a la corriente fundamentalista encabezada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini. Recibió educación no convencional, porque su padre deseó mantenerlo al margen de cualquier influencia islámica que emponzoñara su humanidad, por lo que fue enviado en secreto a ser educado a un colegio de niñas. La invasión de Irak a Irán, conocida como La guerra impuesta, que causó la muerte de al menos un millón de seres humanos, obligó a la familia a escapar de la tortura y persecución de la que fueron objeto durante casi una década.

Lograron exiliarse en Francia en 1995. La educación tradicional persa -basada primordialmente en el estudio de música, literatura, escritura y ciencias transmitida por sus educadoras desde temprana edad rindió frutos excepcionales: egresó con honores de Le École Nationale Supérieure de Beux Arts de Paris a los 26 años, a pesar de sus 11 años de desventaja formativa. Aprendió el nuevo idioma gracias a una peculiarcostumbre persa: transcribir a mano libros enteros palabra por palabra. La transcripción que realizó de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust se ha exhibido en innumerables galerías de arte europeas gracias a la belleza plástica de la caligrafía cuneiforme que distingue su trazo.

Creó sin proponérselo un alfabeto iconográfico único que ha servido para documentar su proyecto: la Enciclopedia de la imaginación dónde hace puntual registro de su historia personal. Inspirado en escritos mayas, egipcios y japoneses, dibuja diminutas historias insertadas en interminables columnas cuadradas. Estos jeroglíficos funcionan como un sustituto para el lenguaje. En el proceso, este alfabeto es a la vez la expresión de un procedimiento obsesivo y terapéutico con el poder artístico de expresar su cultura plural y una narrativa única nacida del encuentro entre Oriente y Occidente.

 

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Este proyecto lo ha llevado a cabo durante cerca de diez años; diariamente lo alimenta, no ha parado de documentar su historia para recordar y no olvidar, como acción necesaria de adaptación constante a una nueva cultura y asegura continuar hasta el resto de su vida.

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Tendría que transcurrir un año para hacer realidad mi intención de entrevistarlo y esa oportunidad tuvo lugar justo en un luminoso estudio ubicado en el cuarto piso de Saint Germain de Prés. Mi dominio del francés era tan pésimo en aquellos días, que no entiendo cómo pudimos transitar del páramo de la simpatía a la profunda amistad a raíz de tan errática entrevista.

Después de terminar nuestra charla salimos a tomar algunas fotografías, de nosotros, del sitar y sus cuadros, para después correr al bar más cercano mientras –como de costumbre en todos nuestros encuentros- llovía a cántaros. Después de pagar la cuenta e incumplir su promesa de dejarme hacerlo alguna vez, tomó el ticket de consumo para extenderlo entre sus manos y depositarlo en las mías.

-¿Puedes observar todos los elementos que contiene este papel? Mira: tiene el nombre del establecimiento, una dirección, un desglose de consumo, una hora exacta, la cantidad de participantes y un valor total. El arte, para mí, es la documentación de la intervención humana. El hombre mediante su poder de acción y trabajo realizan documentación de su existencia por su simple y llana intervención en el mundo. La creación del arte se conduce de la misma forma.

Nadie ha conseguido influir en mi espíritu tanto como él. La necedad de mi carácter se difumina y el campo protector de mis convicciones reblandece cada vez que compartimos cercanía, charla, té, galletas o una comilona.

Que un iraní y una mexicana consigan la nada despreciable tarea de confiar el uno en el otro cuando la primordial fuente de entendimiento es mérito absoluto de las facultades sensoriales de ambos debería premiarse con alguna beca patrocinada por alguna nación fundamentalista. Planeamos un tercer encuentro, previo a las festividades navideñas de 2012. La extrañísima fórmula de comunicación basada en la fluidez fragmentada de tres idiomas y lenguaje de señas que sostuvimos durante la planeación de una cita dio como resultado que confundiéramos las 9:30 a.m. con las 21:30.

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Terminé por aceptarle de buena gana un desayuno durante el peor frío registrado en París en casi veinte años, de acuerdo a noticiero local. Acordamos desayunar juntos frente al Museo Georges Pompidou, nuestro barrio favorito. Aquella mañana mis retina atestiguaron la sutileza con la que las baldosas de granito recubiertas de blanco estalactita embellecen las calles parisinas cuando nieva.

Caminé sin prisa sobre la rue Rambuteau, pateando nieve rumbo al café La Fusse. El lugar endemoniadamente bohemio como ninguno de la rue Saint Denis. Nos abrazamos con alegría exprés, porque el La Fusse se encontraba tan cerrado como nosotros hambrientos y al borde de la hipotermia.

Ofreció preparar un almuerzo en su casa, donde se supone encontraríamos soledad, algo de paz y un calefactor. Después de botar abrigos, gorros y bufandas en el recibidor del departamento, nos recibieron algunas gratas sorpresas. El tío materno proveniente de USA perdió esa misma mañana un vuelo de conexión a Portugal, lo que le dio pretexto para visitar a la familia en el exilio, la abuela recién desempacada de Irán y el entrañable padre que decidió visitar a su hijo sin avisar convirtieron nuestros planes de frugal almuerzo en comilona. Amé descubrir el enorme paralelismo que existe entre el comportamiento de la cultura persa con la nuestra: ellos también comparten. Tocan, besan, abrazan, llenan al viajero el estómago y cualquier ausencia de familia.

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Dejé el hogar de mi querido amigo con pena, casi al anochecer. Durante el largo camino de regreso al corazón de París entendí por qué él había adquirido el hábito de abordar el suburbano con la exclusiva tarea de dibujar anónimos transeúntes: alberga identidades tan múltiples como silentes. La ausencia de bullicio dentro de los vagones es desfragmentación pura del tiempo. Estar ahí y solo contemplar las estatuas poliétnicas es un ejercicio y lúdico para la inspiración de cualquiera, incluso para alguien como yo.

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Miré al alrededor para obligar a la memoria trazar sus propios retratos mentales. No quería olvidar al que se convirtió en mi día favorito en París. Sentí el deber de escribir mis experiencias como afortunada transeúnte, testigo y cronista gracias a la inspiración y sensibilidad transmitida por aquella familia a modo de epifanía. Sépànd me había enseñado a encontrar arte oculto en lo cotidiano y a descubrir luminosidad en mi interior como nadie antes.

La voz del parlante anunció como próximo arribo la estación Censier Daubenton. Había arribado a mi destino. Atravesé los torniquetes y aunque una violenta oleada de frío golpeó mis huesos en las escaleras de salida, recorrí la Avenida Censier durante una cuadra y media con serenidad inusitada.

No caminé sola, me acompañaba el sol iraní de una orgullosa e histórica nación. El sol de Francia. El artista. Mi amigo. ¿Por qué no pude notar antes que me acompañaba tanta tibieza?

Apreté un poco más el paso, la nieve no daba tregua.

 

Visit: http://www.sepanddanesh.com

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