Nadar o morir

 

Para Minette Rodríguez, sirena de cepa.

Fiel a la máxima que rige mi vida: nací para perder, tuve que retomar mis entrenamientos acuáticos porque mi salud lo pedía a gritos. Los dos fieles lectores que siguen este espacio saben como nadie que mi vida siempre se ha salpimentado por el infortunio en todos sus empaques. El más colorido de ellos es el del pulmón jodido. Hace 5 años tuve que inscribirme a clases de natación prácticamente forzada por un neumólogo. Las peripecias que tuve que sortear para sobrevivir a unas clases que después se convirtieron en un entrenamiento que gocé con locura pueden encontrarse en la crónica Criaturas del agua publicada en este espacio years ago.

Todo caminó a pedir de boca durante año y medio. La única razón por la que pausé mis andanzas acuáticas fue a causa de una mudanza a Guanajuato, capital cervantina de América. Juro ante el Dios que todo lo juzga y empala que tuve intenciones genuinas de volver a la alberca apenas pisara la hermosa tierra colorada del Bajío, sin embargo, me mantuve muy ocupada en no morir de depresión. De acuerdo a charlas sostenidas con el abogado que tiene la responsabilidad de mantenerme alejada de una cárcel o un psiquiátrico, la depresión tardó año y medio en disiparse.

Una vez superado exitosamente el primer antagonismo, fui visitada por la compañía inigualable de la fiaca crónica. No existe justificación alguna. Dejé de entrenar por amor a la hueva.

Pero de acuerdo a la filosofía de mi carnicero no hay mal que dure cien años ni existe el Dios que enderece jorobados, así que decidí inscribirme al único centro deportivo decente del pueblo.

De mí se podrán correr cualquier tipo de rumores, y la mayoría serán ciertos. Pero nadie puede acusarme de no aprender de mis errores. Decidí que la humillación de ser rescatada de morir ahogada por el entrenador a mitad de la piscina a medio examen preliminar de colocación sería un evento que ningún ojo guanajuatense vería. Así que me inscribí al gimnasio de mi colonia con el exclusivo propósito de recuperar condición física.

Haciendo un cálculo a ojo de buen cubero, considero que tenía -por lo menos- siete años sin pisar la representación en la tierra del cuarto círculo del purgatorio de Dante.

Lo primero a lo que me enfrenté el primer día en el gimnasio fue la inefable contaminación auditiva que despiden esas fábricas de endorfinas. Al segundo día llegué con una playlist armada exclusivamente con el objetivo de aislarme en un personal y necesario autismo.

¿Alguna vez movidos por la curiosidad han buscado un playlist para Gym en Spotify?

¿A qué persona dotada de sanidad mental promedio se le ocurriría incluir Thalía o David Guetta en una lista musical MOTIVATIONAL para dar tu mejor esfuerzo?

Cualquier playlist para entrenar que se respete debe de estar invadida de hip-hop. Y de Tom Waits. Hagan la prueba. Intenten dar la última vuelta a la pista imaginaria que ofrecen las caminadoras escuchando a todo volumen “Chicago” de Waits o “Mathematics” de Most Def. El buen Tom debería de considerar seriamente la opción de vender su voz a una trasnacional que la use como fondo motivacional en las bocinas de todos los gimnasios del mundo. Juro por mi madre que conseguiría un monopolio tan contundente como el señor de los tamales oaxaqueños calientitos.

Después de una semana de asistir dos horas dirías a recuperar condición física, volví a la alberca.

Obvio, no fui sola. Los crímenes de mi vida nunca se han realizado en solitario. Minette y yo llegamos -tarde- a la primera clase de natación any given tuesday. El entrenador nos pidió sumergirnos en la alberca de dos metros y dar una vuelta de crawl y otra de dorso con la sutil advertencia que ojalá que supiéramos nadar porque era demasiado temprano para mojarse el palmito.

Después de una soberbia muestra de talento y técnica, Minette fue remitida inmediatamente a la categoría de avanzados. Conmigo la cosa se movió distinto.

El entrenador me miró con una mezcla entre compasión e ironía y arrojó la pedrada directa y sin artificios: Bueno, tú… tú tienes problemas de respiración… entre otras cosas. ¿Ves a la señora de allá? (esto último lo dijo señalando a una señora que quizás estas navidades cumpla 75 años) ahí te toca a ti. Continúen nadando el resto de la clase. 

Volví a sumergirme absolutamente orgullosa de mí misma (Claro que tengo problemas de respiración entre otras cosas, puto Sherlock). El logro personal de no hundirme a mitad de la piscina es impagable. Toqué las paredes del añil mosaico con los dedos de uno y otro lado de una alberca completamente rodeada por cristales de más de 10 metros fascinada por el milagro.

Decidí dar las últimas vueltas en la técnica favorita de mis pulmones y sentidos: dorso.

Ya he descrito el amor que le profeso a la sinuosidad azul del agua. Es hipnótica. Recordé esa vieja analogía de equiparar la rutina respiratoria inversa indispensable para nadar al descubrimiento de este mundo de los recién nacidos. Hundirse y no respirar hasta agotar la última carga de oxígeno de los pulmones, de alguna manera es nacer de nuevo.

Nadar es meditar. Nadar es decodificarte y reafirmarte como criatura viva y poderosa. Nadar es colocar tu mente en una habitación sin ventanas donde el único color posible es el blanco. Nadar mirando la bóveda luminosa del recinto deportivo mientras tus pulmones recuperan vida es todo lo que esta criatura marina puede pedirle al Dios oscuro de las profundidades. Nadar a las 6 de la mañana al tiempo que los cristales arrojan sobre tu cuerpo los primeros guiños del alba es el equivalente cuántico a imaginar sonrisas supernovas. Y querer hundirte hasta el fondo solo para ver qué pasa.

A veces solamente nos queda la esperanza de un nuevo naufragio.

Agárrate, Paola Espinosa.

 

*Texto publicado en Animal Político el 5 de julio de 2019.

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