Me verás volver

 “El corazón es como una pluma en el desierto, que es llevado cautivo por los vientos. El viento lo conduce a todas partes al azar, ahora a la derecha y ahora a la izquierda en direcciones opuestas”.

Rumi, El Mathnawi

Durante cuatro años y seis meses hice mío el clima y las inexplicables costumbres guanajuatenses en nombre del amor. Pero nada es para siempre y hasta la belleza cansa, reza un clásico. Haciendo uso de mi legendaria habilidad para lanzarme al vacío, tomé la decisión de abandonar la ciudad que me adoptó hace casi un lustro para volver a la Ciudad de México. Lo anterior podría atribuirse a la profecía que lanzó sobre mi cabeza Manuel Dávila aquel año nuevo en el que peleamos a muerte: “Vas a volver, estúpida. El maldito campo te escupirá de vuelta”. Tenías razón, Manu. Ya voy para allá. Hazme cancha.

Las personas que piensen que la acción pura y llana de terminar una relación es lo más complicado de una fractura de pareja, no tiene la más peregrina idea. Recoger los 350 mil afilados fragmentos de lo que queda es pan comido comparado con la compleja negociación de repartirse los bienes. Qué es tuyo. Qué es mío. Qué compré yo. Qué compraste tú. No, eso lo pagué yo con la tarjeta. Mentira, eso lo pagamos con el aguinaldo. Las perras. La chihuahua es tuya. No es cierto, la trajiste a casa sin consultar. NI SE TE OCURRA LLEVARTE MI JUEGO DE CUCHILLOS. Luego vienen los libros. El colmo del cinismo es que se lleven sin avisarte libros que te pertenecen por la sencilla razón de que están dedicados A TI. Jesús resucitado. Separarse es una puta pesadilla. Ahí tienes a la pareja que juró amarse y cuidarse mutuamente en la vejez, buscando entre los escombros la factura del microondas. Y luego vienen las deudas adquiridas en conjunto. Si solamente uno de ellos la está pagando, lamento decirles, camaradas que les espera una batalla de la que difícilmente saldrán victoriosos sin la ayuda de un abogado que se encargará de cobrarles el triple de la deuda de marras. Detrás de cada divorcio, de cada disolución de una familia establecida se esconde la Guerra de los Roses.

Una vez superada la dificilísima etapa de repartirse los pedazos del cadáver, viene una segunda batalla: depurar lo nuestro, lo que nos queda. Con qué me quedo. Este cuadro me lo regaló hace dos navidades, ¿lo tiro o me lo llevo? Los objetos asociados al recuerdo de una persona no son otra cosa que fantasmas, almas en pena que te perseguirán a dónde quiera que te largues. Considero mandatorio preguntarnos si queremos llevar con nosotros esos aparentemente insignificantes objetos que forman parte de una historia una vez luminosa. Mientras escribo estas líneas, planeo mi regreso a la Ciudad de México en cuatro días. Aunque llevo empacando dos semanas. Qué desgastante es tomarse el tiempo de elegir todas y cada una de las piezas que formarán el nuevo puzzle de tu cotidianidad. Mudarse de ciudad, de casa, de vida, es un periplo hostil, sí, pero también liberador.

Una vez que el departamento quedó habitado con los bienes exclusivos de mi propiedad, analicé detalladamente si en verdad los necesitaba o si valía realmente la pena darle espacio en el nuevo hogar a tal cosa o aquella. Mientras analizaba cada objeto con la misma meticulosidad de Salt Bae ante un suculento filete, me acordé de Ambrosio.

La semana pasada recibí la visita de uno de los amigos más antiguos y queridos de toda la vida. Mientras hacíamos paseo turístico de bares y rincones de Guanajuato, recordamos una historia hilarante protagonizada por otro viejo camarada de la adolescencia que, a efectos literarios llamaremos Ambrosio.

Durante la época de los noventas, Ambrosio vivió temporalmente en Houston con su padre y hermano. En uno de esos viajes de ida y vuelta a la patria, Ambrosio papá viajó en compañía de sus dos hijos para dejar al mayor de ellos en Nuevo Laredo con el propósito de regresarlo definitivamente a vivir a la Ciudad de México. Cuando Ambrosio senior intentó abandonar el puente de la frontera, las autoridades fronterizas se percataron que el Don no tenía papeles. Vivía de ilegal en el estado menos amigable con los paisanos. Obviamente, lo deportaron ipso facto. Los dos hermanos se alarmaron cuando fueron conducidos al sitio de detención. Ambrosio Jr. preguntó angustiado: “Papá, ¿qué pasará con todas las cosas que se quedaron en Houston?

Y el Don, sin chistar les contestó: -Híjole, mijo. Haz de cuenta que “se lo llevó un huracán”.

La vergonzosa anécdota de Ambrosio trajo calma y solución a todos mis dilemas y cargas indeseables de estrés. Decidí que un huracán se llevara consigo la huella de mi paso por Guanajuato. Así, sin tantita pena ni remordimiento.

Haciendo caso omiso a los gritos de estupefacción de la mujer que me escupió al mundo, desbaraté medio camión de mudanza en tan solo tres días. Es increíble como los bienes materiales son capaces de ejercer apegos de villanía implacable. Comencé con los muebles. Rematé sala y estufa a un precio ridículo. Me enteré de casualidad de una familia que había perdido sus pertenencias en un incendio y opté por darles lo más valioso. Regalé las camas y la lavadora. El sofá del estudio, cama, platos, vasos, copas de vino y licuadora, volaron a velocidad del sonido. El paso más importante y doloroso de todos provino de la depuración del clóset. Todas las mujeres de mi edad guardamos en nuestro armario prendas de esa talla a la que jamás volveremos. Hice de tripas corazón y regalé todas las piezas talla 5 que aún quedaban en los cajones. No importa cuántos kilos bajes. Si tienes más de cuarenta años debes de saber que tu cuerpo nunca volverá a ser el mismo de una década atrás. Dejar ir, significa también enfrentar realidades impostergables. Una de ellas es la de aceptar que eres otra persona. Miré por última vez la imagen que devolvía el espejo de cuerpo completo antes de empacarlo. Esa mujer ya no es la que recordaba. En definitiva, no se parece en nada a la que llegó al bajío con cuatro maletas y un chico de 10 años

Emocionalmente, abandoné este hogar hace tantísimo tiempo, que me cuesta trabajo encontrar el momento exacto. Casi soy capaz de sentir cómo mi cerebro está trabajando sus procesos químicos habituales por otros atajos. He crecido tanto en experiencias que no tengo otra opción que ser libre. Cuando no eres la misma, tus necesidades son otras. Cuando te atreves a girar la manija y atravesar una nueva puerta, es imposible negar que no van a combinar tus viejas cortinas. A veces hacen falta huracanes que se lleven todo consigo. O un incendio.

El huracán y el incendio los traje conmigo de Madrid, sin tener plena conciencia de ello. El Mathnawi nos enseña que el fuego del amor no es como la llama de una vela: es una luz entre las luces. Recorrer caminos desconocidos puede resultar escalofriante, porque la desesperanza y la soledad son peligrosas para la razón y se necesita amor para emprender esos caminos.

El amor es esa tormenta que amenaza con convertirse en fenómeno meteorológico de categoría cuatro. Espero bajo una nube de imagen reconocible. ¿Cómo sabe la lluvia la naturaleza transitoria de la nube? No lo sabe. Y yo tampoco, por eso espero también esa lluvia.

Adiós, Guanajuato. Hola de nuevo, mi amada, odiada e irrepetible Ciudad de México.

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