Crónica de un suicidio

De acuerdo con los expertos en anatomía, la cabellera de los seres vivos posee la misma estructura de una planta. En pocas palabras, el cabello humano cuenta con raíz y tallo de la misma manera que las petunias. La jardinería es un arte y estoy convencida que las mujeres deberíamos de heredar algún manual o instructivo que nos permita convertirnos en las mejores jardineras de nuestro huertito. Las personas que me conocen de cerca saben que, si desean ver morir una planta, solamente necesitan dejarla bajo mi resguardo y cuidado. No importa cuanta dedicación invierta en la faena de mantener viva a una plantita, desde el momento que llega a mis manos es mejor ir pensando en su funeral. Lo siento y pido perdón, de antemano. Lo deprimente, es reconocer en voz alta que poseo el mismo talento tanto para la jardinería, como para mantener mi cabello con vida.

Siempre culpé a la genética por haberme castigado con un cabello rebelde y mutante. Y no podría llamarlo de otra manera porque, si bien, cada cabellera tiene entre 100,000 a 150,000, y cada uno de ellos se compone de 10% por agua, lípidos, oligoelementos como el hierro, cinc, yodo, calcio, magnesio y pigmentos; yo no sé por cómo se las ha arreglado el mío para haber mutado tantas veces de color y textura. Nací con el cabello negrísimo y apelusado. A los cuatro años, obtuve una textura afrolacia y acaramelada, casi rubia. Durante la adolescencia permaneció lacia y medianamente manejable. En la adultez, cambió por completo. Desde hace 10 años, por lo menos, mi cabello es rebelde, áspero, semi rizado y negrísimo. Renuncié al tinte hace aproximadamente 6 o 7 años, por lo que su actual aspecto no puede ser atribuible a ningún químico o abrasivo vacilador.

Jamás entenderé el proceso natural de mi melena, porque si -se supone- que la forma está determinada por la posición en la que el folículo nace del cuero cabelludo; es decir, si la posición es vertical, el cabello será lacios, y lo hace oblicuamente, este será ondulado; mi mata ha sido de todo y sin medida

Pocas personas saben que renuncié al tinte motivada por una sucia jugarreta de la genética: calvicie femenina. Prácticamente todas las tías paternas son calvas, y no pocas primas. He vivido aterrada desde aquel invierno que descubrí generosos puños de cabello en las tripas del cepillo. Pero todo comenzó a ser terror aquella vez que vi a la prima Gaby en una reunión familiar convencida durante largos cinco minutos de que se trataba del tío Daniel y no ella. Ese día supe que tenía que hacer algo. El diablo es cabrón y me rehúso a que alguno de los sobrinos acabe confundiéndome con el tío Miguel una navidad cualquiera.

Detesto gastar dinero en zapatos, bolsos o accesorios. Pero en tratamientos, vitaminas, shampoos, ampolletas y revitalizantes capilares, soy capaz de invertir el equivalente a la despensa mensual, no importando si mis hijos comen huevo con arroz en el proceso. No me tiembla la mano, ni me suda la cartera. Faltaba más.

No existe un producto capilar -por muy caro o barato- que me haga efecto continuo un maldito mes. De hecho, soy capaz de asegurar que un producto beneficiará a mi cabellera con solo haberlo aplicado dos ocasiones. Ir más allá sería contribuir voluntariamente a convertir en mierda mi arrogante cabellera. Lo único claro que tengo es que mientras más caro sea el producto, el daño puede ser letal. Mi mejor amiga -a quién denuncio públicamente por poseer el cabello rizado más bello del mundo- arrastró mis pasos al lugar dónde ella se provee de los productos responsables de la belleza que porta. Seguí su sabia sugerencia de comprar un carísimo shampoo francés. Jamás en la vida he visto caer mi cabello en pedazos como entonces. Me llevé a vivir al Sahara a la cabeza y pagué una mini fortuna por ello. Después de semejante chasco, tuve desenfado de usar uno de los productos orgánicos por los que suele pagar fortunas. ¿Qué podía salir mal? pensé con ingenuidad, mientras untaba con descaro el producto que encontré en su bañera. El efecto no fue exactamente el mismo, sino peor. Tardé dos meses en recuperar el perdón de mi pelito.

Lo he intentado todo. He seguido las recetas y recomendaciones de tías, abuelas, amigas, la señora de las verduras, exvecinas, youtuberas, instagrameras y hasta de Thalía. Pero nada me funciona de manera permanente. Pongo a la Virgen de Guadalupe como mi testigo.

Traigo este insustancial tema a conversación porque desde que regresé de España, mi cabello ha decidido dejarse morir. Traje conmigo dos tratamientos que parecían comenzar a ayudarlo durante la cuarentena (que se suman a los 12 que ya tenía en casa). Pero ninguno capaz de sacarlo de terapia intensiva. Ha comenzado a lucir más quebradizo que nunca, y no veo otra ruta que desee seguir excepto la franca retirada. Algunas personas no serán capaces de entender mi tragedia personal. No seré yo quién venga a intentar venderles historias sobadas sansondalilescas, porque es inútil, no estoy de humor, y para eso existen profesionales de la impresentabilidad como Lord Molécula. A pesar de que he evitado salir a la calle a como de lugar excepto por motivos de fuerza mayor y completamente justificados; hoy que comienza la etapa 3 de contingencia sanitaria en México, debo salir a la calle a conseguir veinte botellas de tratamientos capilares con la esperanza que alguno de ellos se apiade de mi frondosa y muy pocas veces al año bellísima cabellera.

No sé si esta historia tenga un final feliz, pero espero de corazón que, cuando todo esto acabe, mi corazón tenga fuerza, mis pulmones oxígeno, mis labios sonrisas y mi cuero cabelludo tantita, tantita vida.

América Pacheco

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