The Only Easy Day Was Yesterday.

Ilustración de Manuel Bueno (Macolen)


Han transcurrido 48 días desde la ultima vez que escribí para mi columna.  Si bien he avanzado en algunos proyectos personales de los que pronto se enterarán, he vuelto a perder la brújula de la escritura por una razón muy simple: tengo la cabeza demasiado ocupada en rellenar los huecos que ha dejado la tristeza de los últimos meses. 

He querido contener la marea de lo que me inquieta de todas las maneras posibles, y no ha funcionado. Lo mío es desbocar, no contener. Me he equivocado más que en otras ocasiones en el fino arte de tomar decisiones, pero para eso estoy viva, así que seguiré en el camino de no quedarme un solo instante en cualquier lugar que me provoque más tristeza que fascinación. Y el mantener mis pensamientos ocupados por bruma, conseguí desconectarme de mi misma. Fatal error.

Y aunque lo parezca, no me estoy quejando. Sencillamente verbalizo en voz alta y Times New Roman las piezas que he encontrado en la oscuridad de la depresión y el llanto. Veo una ventana que se abre poco a poco y eso es completamente responsabilidad de mis amigos que han sabido ver a tiempo que no estoy bien. Que necesito ayuda. Cada uno de ellos merece un enorme reconocimiento por su presencia, por asomarse, tocar la puerta y darme la mano, arrastrarme a un jardín o abrazarme cuando más he requerido consuelo. Ser escuchada.

A la Diosa Sagitario (Xoc) le debo que estos huesos no se hayan roto de dolor, por ser mi casa, mi filtro solar, mi luna en cáncer. 

Vero, gracias por mostrarme un mejor mundo posible si uno toma la mano de la terapia con fuerza y porque siempre me persigues con tu regla del uno al diez. Sin ti sería mucho menos de lo que soy capaz de reconocer.

Idalia, no sé como no has perdido la fe en nosotras como pareja creativa, como binomio catastrófico editorial. Gracias por ser Hitler y castigo.

A Diego Fonseca le agradezco su guía e inspiración a la creatividad constante. Y porque nadie que yo conozca ha escrito de manera tan puntual mi estado mental actual: “Llorar bonito, con ganas, es elegir el llanto. No es el desconsuelo inmediato por el amor roto o el desgarro de una pérdida previsible pero irremediable que sucede a una larga enfermedad. No son las gotas que nos caen por el borde del ojo cuando alguien, al fin, dijo algo que necesitábamos oír como agua te pide el cuerpo. Llorar bonito es una decisión. Lloras porque debes, porque es preciso para seguir vivo.

Minette: algún día seré capaz de pagarte tu fundamental acompañamiento en la conservación de lo que no quiero perder. Gracias, además, por ayudarme a conservar mi ojo derecho. Ya me imaginaba yo usando un parche de por vida, como la mejor Catalina Creel que se tenga registro en los anales del melodrama.

A Fausto Alzati le agradezco el incondicionalidad seguimiento de un nuevo propósito, la bella serpiente que amanece a mi lado todas las mañanas, y que no se haya desmayado la semana pasada ante la difícil tarea de contemplar mi rostro. Entre serpientes no nos leemos la piel seca que se cae a pedazos.

A José Luis le agradezco la sabiduría. Por la casa de espejos en la que me encuentro chocando cada tres pasos. Por el estudio y ejercicio del miedo, por ayudarme a entender sobre permanencia, procesos mentales y por las charlas de seis horas consecutivas.

Carol y Kika: gracias por invadir este hogar con la generosidad de su sonrisa, talento y amor.

Por último, agradezco a Dersu y Alex por la mitología aplicada a la fábula del amor. 

Hace poco escribí que la pandemia nos ha herido de diferentes maneras a quienes la hemos padecido con ferocidad. Así que aprovecho este texto para hacer una pausa. Estaré prudentemente alejada de la mayoría de los canales de contacto habitual, sin embargo si necesitan algo de mi, siempre pueden mandarme un mensaje privado. Haré todo lo posible por responder en esta nueva etapa de instrospección y silencio. Me gusta comenzar nuevos retos, sobre todo si estos encuentran cimientos en el terreno de las emociones porque este corazón biónico sabe sentir mejor que muchos de humano o de pollo.

Y perdón que los deje abruptamente, pero se me metió una pandemia en el ojo, y se me está antojando comenzar a llorar de nuevo. Más fuerte y melódico.

Nos leemos pronto. Los quiero recio, gracias por su mano en la oscuridad.

*Nota al calce: antes de sentarme a escribir este post, topé con uno de Sergi Ballver en el que describió con justicia el mar de amor del que me reconozco dadora. Este mar abierto siempre dispuesto a dejar a alguien ahogarse en su inmensidad:

“Cuando la gente dice a veces que está “falta de amor”, quizá no se tome un minuto para pensar dónde queda en realidad esa falta, si en sí misma o los demás.

Porque uno puede no recibir el amor deseado del prójimo y, sin embargo, no estar falto de nada. A mí, por ejemplo, torpe, pelagatos, medio tonto, casi gordo, vehemente y feúcho como soy, lo que menos me falta es amor. De hecho, tengo montañas de amor. Cordilleras panamericanas de amor, por lo menos. No exagero. Toneladas, hectáreas y quintales métricos de amor. Dos mil años luz de punta a punta me mide todo ese amor que no me falta. Veinte mil leguas de amor submarino entre las que cabe el mundo entero para darse un baño, sí, eso lo que tengo.

Otra cosa es que me quieran o no me quieran, pero precisamente amor es lo que tengo de sobra, aunque fuera sólo para dar, que es lo que hace más falta.”

América Pacheco.

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