2012, animal político, Love

Sí, yo también tengo un hijo especial

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¿Quién les ha dicho que la maternidad o la paternidad son cosa fácil?

Muy al margen de que la pregunta anterior sea huésped distinguida de un navío cargado de lugar común, es necesario reconocer que encierra una verdad del mismo tamaño de la Patagonia. Tengo dos hijos, así que entenderán que la dificultad para ejercer con dignidad el cargo a mí conferido por el santo oficio materno, es nomás por partida doble.

El primer error que confieso haber cometido en la educación de mi hijo mayor, estribó en la disparatada obsesión con la que intenté moldearlo –sin tino- en la versión chilanga del pequeño Mozart. Lo inscribí a cuanto taller literario o programa de artes plásticas que encontrara al paso. Lo atormenté con conciertos sinfónicos a una edad en la que él sólo quería divertirse con un montón de tierra. Probablemente, mi mayor acto terrorista haya consistido en negarle la oportunidad de babear con las caricaturas que todo niño desea ver en sus ratos de ocio y claro, convertirlo en un vegetariano muy infeliz.

De nada me sirvió esconder de sus inquietos ojos, las animaciones o videojuegos que pudieran influenciarlo de mala manera en los salvajes campos de la violencia, peor aún: del maldito dinosaurio color morado que vive en nuestras estúpidas mentes. Pocas veces lo vi tan feliz como cuando recibió esa repugnante mochila de peluche de Barney, haciendo de lado con brutal indiferencia, el libro de agilidad mental que tanto trabajo y dinero costó a su madre. Acabé por hartarlo, al grado que me costó años volver a encauzarlo al hábito de la lectura (lo cuál no hubiera sido posible sin la ayuda invaluable de Jorge Ibargüengoitia).

Al nacer mi segundo hijo, decidí no cometer el mismo error. Determiné severamente respetar la naturaleza que trajera bajo el brazo y fomentar con entusiasmo lo que a sus ojos enamorara.  Fácil hasta para el más pendejo. Ilusa.

Los hijos no se repiten, no se fabrican en serie. Ninguno es igual a otro. Quizá posean la misma inclinación por algún deporte, o preferir vestir de color azul. Pero la mayor parte del tiempo no es así. Son únicos y uno de los principales deberes de nosotros -sus amorosos cuidadores-, es aprender a traducir su naturaleza;  aprender su mismo dialecto para comunicarnos, entenderlos y acompañarlos a crecer de la mejor manera. El convertirnos en una compañía deseable y no un estorbo (o una ausencia), creo que es una de nuestras más complejas asignaturas.

El nacimiento de Iñaki, mi pequeño hijo, no fue fácil. El año pasado le escribí una carta que ilustró las dificultades que rodearon su génesis: “Sobreviviste a tres amenazas de aborto, desprendimiento de placenta, amenaza de parto prematuro, a un imperdonable sufrimiento fetal y la más grande hecatombe familiar. Sufriste tanto antes de siquiera llenar tus pulmones de oxígeno por primera vez, que ahora que respiras como ninguno, procuro compensarte con alegría cada microsegundo que te tengo cerca.”

Sin embargo, cualquier antagonismo a vencer para que él viniera al mundo, fue sólo el principio. Cosa de niños. Es tan ardua la tarea de sacar avante a un pequeño con infinidad de elementos en contra: diagnóstico autista, rechazo de aqueos y troyanos,  la alarmante incapacidad de profesores, un nutrido catálogo de alergias -la cereza del pastel-, y no arrojar la toalla en el intento.

Desde que era muy pequeño, notamos que las cosas no iban del todo bien. No mostró el mismo desarrollo cognoscitivo ni psicomotor de su hermano –por ejemplo-. No se mantuvo erguido, ni gateo, caminó o mucho menos, habló a tiempo. Resulta tan preocupante observar el desarrollo de los chicos de su edad y notar que el tuyo no va al par, porque muestra un retraso tan notable, que empieza a ser repelido por todos los chiquillos de su círculo. Para ningún padre será fácil descubrir en las pupilas de sus pequeños, la sombra de la discriminación y seguir sonriendo, como si nada pasara, como si no doliera.

¿Síndrome de Asperger?

 

 

El pequeño Iñaki lidió con todo tipo de estudios y resonancias, para que una turba de especialistas estimara el grado de autismo o daño cerebral, cual fuera el caso. El resultado más contundente arrojó que probablemente padeciera el trastorno conocido como Asperger.

De acuerdo con el National Institute of Neurological Disorders and Stroke (NINDS), el trastorno o síndrome de Asperger (AS), es un trastorno del espectro autista, uno de un grupo distintivo de afecciones neurológicas caracterizadas por un mayor o menor impedimento en las habilidades del lenguaje y la comunicación, al igual que patrones repetitivos o restringidos de pensamiento y comportamiento. Los padres generalmente sienten que hay algo inusual respecto a su hijo con AS cuando llegan a su segundo o tercer cumpleaños; algunos niños pueden exhibir síntomas en la infancia.  A diferencia de los niños con  autismo, los niños con  AS mantienen sus habilidades tempranas de lenguaje.  Los retrasos de desarrollo motor, como gatear o caminar tardíamente, y torpeza, a veces son el primer indicador del trastorno.  La incidencia de AS no está bien establecida, pero los expertos en estudios de población estiman conservadoramente que dos de cada 10,000 niños tienen el trastorno.  Los varones tienen tres a cuatro veces más probabilidades que las niñas de tener AS

Diversas investigaciones en terrenos neurológicos y genéticos, han intentado asociar anormalidades cerebrales con la aparición de este desorden. Finalmente, estos desperfectos están muy vinculados con el sano desarrollo fetal. Una incorrecta migración de células embriónicas durante la gestación puede afectar el desarrollo de la estructura cerebral del pequeño. Al día de hoy, no se ha determinado si existe un gen culpable de todos los cargos, aunque estudios recientes han dado luz sobre la probabilidad de que exista un grupo común de genes cuyas variaciones o supresiones hacen que una persona vulnerable desarrolle AS.  Al parecer, un bullicioso algoritmo genético puede jugar con las células y determinar la gravedad y los síntomas en cada individuo afectado por este síndrome.

A diferencia de su hermano mayor, Iñaki tiene dificultades severas para socializar y comunicarse con frescura. Después de un determinado número de terapias, ha conseguido desarrollar un lenguaje aceptable, pero está a años de luz de las habilidades de comunicación de un chico de su edad.

 

Como la mayoría de mis lectores saben, poseo una aversión congénita a los festivales escolares. Me confieso como una madre que fue incapaz de sentir demasiada emoción por los desfiguros de su primogénito; quizás, porque no me resultaba ajeno que tamaño ridículo, aseguraría la prosperidad del bolsillo de su futuro psicoanalista. Durante lustros, miré con piedad a los amorosos padres funcionales que sí eran capaces de emocionarse con las exhibiciones tan lamentables de sus crías. Nunca dejó de sorprenderme esa necedad en pasar de largo una cantidad grosera de ex-abruptos o esa compulsión por fotografiar el esperpento de disfraces tan maltrechos, que parecen diseñados por una costurera  junkie. Tantas veces miré con piedad a esos padres llorar como plañideras, al escuchar a sus hijos hacer alarde de esa manera tan suya, tan única para manipular las cuerdas vocales con desafino alarmante.

Pero Iñaki, rediseñó mi percepción, y capacidad de tolerancia. Lo reafirmé justo la semana pasada, que asistí a su festival de fin de cursos. El que no fuera reconocido con ningún diploma de aprovechamiento por sus excelsas calificaciones, no me provocó el menor de los pesares. El mejor momento de la mañana fue sin duda, su demostración de soltura y ritmo sobre el escenario. Ustedes no saben el gran bailarín que es.

Cuando bajó del escenario, después de la entrega de reconocimientos a lo más destacado del ciclo escolar, noté su rostro ensombrecido por sus manos vacías. No hubo diploma al mejor performance 2011.  Corrí a bajarlo del templete y le dije al oído que él y nadie más había sido el mejor bailarín de toda la escuela. Sus ojos brillaron como luminarias…era lo que necesitaba oír, porque eso lo que más le gusta hacer en este mundo de canallas: bailar hasta el desmayo. No me cansaré de gritarle y aplaudirle con frenesí cada vez que tenga oportunidad porque ¿para eso estamos los padres, no?

 

 

Hace mucho decidí no presionarlo en nada, mi intención genuina es dejarlo expander sin restricción sus propias capacidades, talentos y necesidades. No tiene caso que lo estrese en hacer de él un estudiante notable, cuando tendrá la vida entera para elegir hacer del estrés, un estilo de vida. Me gusta observar como desarrolla su imaginación con un par de pinceles en sus manos. Como lo dije alguna vez, se ganó el derecho de ser como le venga en gana, de reprobar la primaria o mirar Bob Esponja hasta la catatonia, porque su vida es lección de perseverancia, coraje y destino sin suerte, pero destino que se antoja deslumbrante por el milagro que es.

El próximo lunes dieciséis de julio, el poema de mis días cumplirá ocho años y vamos a celebrar mucho más que su onomástico: su alergia a la proteína de la leche, al chocolate y a sus amadas fresas, se han esfumado –esperamos- para siempre.

Sé con toda claridad que se avecinan tiempos aún más difíciles para mi pequeño, no ignoro que su adolescencia se antoja como el mayor de mis retos. ¿A quién chingados le importa Asperger si el pequeño me tiene a mí, que mientras pueda, no he de abandonarle?

Agradezco su paciencia lectora, mis dramas familiares (que no son nada comparados con otras familias, con otros niños, con otros dolores), pero de algo estoy segura: sé que algún lector lleva en el pecho la angustia de tener un hijo especial. Espero que estas líneas lo reconforten de alguna manera y que también celebre, quizá no un cumpleaños, pero sí el privilegio de amar a un pedacito de pan dulce, a una hermosa e inextinguible estrella vespertina; igualita que la mía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Texto publicado en Animal Político el 13 de julio de 2012

Notas bibilográficas: Office of Communications and Public Liaison, National Institute of Neurological Disorders and Stroke, National Institutes of Health
Bethesda, MD 20892 http://espanol.ninds.nih.gov/trastornos/el_Sindrome_de_Asperger.htm

 

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Lullaby [canción de cuna]

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Para dos auténticas heroínas: Liesbeth & Veerle Aelbrecht.

El día 13 de agosto de 2012, mientras atravesaba el Océano Atlántico a bordo de la aeronave A340-600, en el vuelo IB6400 proveniente de Madrid, destino Ciudad de México, miré de soslayo la diminuta pantalla del pasillo central, buscando el tiempo que aún restaba para concluir un largo trayecto iniciado en Bruselas; mi ansiedad por el aterrizaje no obedecía a ningún tipo de urgencia personal, lo que en verdad me apremiaba, era entregar el precioso regalo que entibiaban mis brazos. Acaricié la salvaje melena, y susurré una vieja canción de cuna, al oído de la pequeña envuelta en una suave frazada color capuccino que  dormía  asida  a  mi, con fuerza y dulzura inaudita. “Parecen un cuadro de cuentos de niños” susurró Doña Cristina, mujer catalana sentada junto a nosotras, que viajaba a México para visitar a sus nietas. Agradecí el comentario con un leve asentimiento de cabeza y una sonrisa, aunque confieso, que mi sonrisa la provocó un recuerdo lector. Recordé sin querer, el fragmento de una novela leída recientemente que describe una imagen conmovedora: una mujer viaja en un tren, cargando a un pequeño recién nacido cubierto con una frazada blanca de franjas color pastel. Los rayos solares bañan el frágil rostro del niño, mientras que la penumbra cubre el de ella. El sopor y tierna edad, no le permiten percatarse de la estampa poética del momento, ni tampoco que está siendo conducido a su hogar, al hogar que no le pertenece por derecho biológico. La voz narrativa que nos acompaña a lo largo de la novela, mostrándonos el origen y destino del niño del tren, está profundamente ligada a la del autor, porque la médula que lo sostiene, es la historia de su propia adopción. Sí, el autor de “La piel muerta” es adoptado y su primera novela, da cuenta de ello.

Antes  de  emprender  mi  viaje  relámpago a  Europa, anuncié mi partida como “las envidiables vacaciones que no merezco”, pero la naturaleza de la misión que me ocupó –conocida únicamente por los más cercanos- significó más que un delicado encargo: traer de vuelta a casa desde  Bruselas, a  Isabel, la amada hija de mi amiga Liesbeth, al término de las vacaciones anuales con sus abuelos. A pesar de que Isabel tiene sólo cinco años, su corta vida podría dar materia prima para la construcción de una intrincada novela. Isabel nació en una remota y marginal población de Centroamérica, para convertirse casi año y medio después, en la razón de ser y amar de una extraordinaria mujer de origen belga. Porque sí, Isabel es adoptada, y la historia de su rescate a un mundo mejor, es toda una epopeya. Cuándo, por qué y la naturaleza de las causas que sirvieron para colocarme en esa importante misión, son una virtuosa cadena de eventos  azarosos, que –por ahora- huelga detallar. En lo que sí quisiera profundizar, es en la invaluable lección que recibí gracias a la pequeña Isabel y a su familia adoptiva.

Considero que tomar la decisión de adoptar a un niño –en cualquier parte del orbe-, representa una complejidad más allende de la tortura burocrática del mero trámite legal; es además, un desgaste emocional sin cronómetro y una espera que carecerá de la menor certeza de un final feliz. Adoptar a un ser humano ajeno a tu mapa genético, al que al mirarle jamás encontrarás semejanza, ni reconocerás los ojos de tu madre, el carácter de tu mujer, o el tuyo, para aún así adquirir el compromiso de amarlo hasta el último día de tu aliento, es sin duda, una auténtica proeza del altruismo, un acto heroico y la prueba de amor más grande que un hombre, mujer, o ambos;  le pueden obsequiar al equilibrio de la condición humana.

Las razones personalísimas que  confrontan a cualquier individuo ante el dilema de adoptar o no a un niño ajeno, chapalea en las arenas movedizas de las incómodas posturas a favor o en contra, pero también al sano y cabal ejercicio de la paternidad responsable. Para que exista un padre dispuesto a adoptar, al otro lado del peñasco debe existir un niño abandonado. Traer un hijo al mundo para darle inmediatamente la espalda, olvidarse de su existencia y continuar viviendo la vida loca, no es un tema fácil de comprender ni sencillo juzgar con ligereza. La primera bocanada de nuestro aliento/llanto al nacer, debe su existencia a la culminación de una compleja confección bordada minuciosamente por múltiples actores, por lo que es  imposible generalizar sin conocer el trasfondo de cada caso.

Ahora bien, desde la trinchera del padre adoptivo, reinará la tensión latente del inevitable éxodo que el hijo adoptado decidirá emprender más temprano  que  tarde, a sus orígenes. La naturaleza humana es ingobernable, nuestra facultad de razonar viene incluida en el registro genético, y lo es de tal manera, que el hijo que desconoce la fuente que lo arrojó a este mundo, ejercerá su legítimo e inapelable derecho a realizar -en el momento menos esperado- la pregunta primigenia: ¿Por qué?

A pesar del hogar y cuidados proporcionados por amorosos brazos ajenos, es prácticamente un hecho que desearán dejar de lanzar tantas y tantas preguntas al viento: ¿De dónde vengo?, ¿por qué me abandonaste?, ¿qué clase de persona eres? No, no debe ser nada fácil para un padre adoptivo saber de la inminente zozobra, angustia, infelicidad, el rencor o la paz que su hijo experimentará, una vez que regrese del éxodo, con todas sus respuestas bajo el brazo. O que tal vez, no las consiga. O que jamás vuelva.

Saber  que amarás incondicionalmente a un ser humano que quizá nunca te ame lo suficiente para quedarse contigo cuando envejezcas, representa un caudal de nobleza y desinterés que no cualquiera posee en su cuenta corriente. Y esa nobleza, debería de ser de naturaleza obligatoria – creo yo-, en todos los padres para con sus hijos, sean  biológicos o no. Sin embargo, nuestra formación moral basada en doctrinas moralistas (principalmente judeo cristianas) nos ha reiterado a lo largo de los  siglos, que los hijos son nuestro capital, nuestra aportación al progreso, al progreso social. Porque serán los enfermeros sin sueldo en nuestro lecho de muerte, y aunque nuestra labor paternal les haya mostrado que el infierno se vive en esta tierra y no en otra, ellos  siempre sabrán perdonar nuestros errores que les empujaron a la autodestrucción, la miseria o al desamparo; eso sin olvidar que nosotros tenemos la  obligación de perdonarles cada uno de sus desplantes, crueldad despiadada, soberbia e irresponsable ingratitud, porque “la  sangre es la sangre” y “¿Acaso para eso no estoy yo aquí, que soy tu madre?”.

Cuando el hijo no vuelve. Jenny.

Cuando reseñé en este espacio, la película coreana Señora Venganza (Sympathy for Lady  Vengaence, 2005, Park Chan Wook, mejor película, mejor director, mejor actriz, Festival de Venecia), conté la historia de Geum-Ja, chica inocente que ante un embarazo no planeado y el rechazo de sus padres, busca refugio con su profesor de ingles Mr. Baek -sujeto torcido y criminal-, que termina por involucrarla en el secuestro y asesinato de un pequeño. Geum-Ja decide culparse, expiar con estoicismo trece años en prisión, y dar a su hija Jenny en adopción, todo con tal de salvarla de los tentáculos perversos de Mr. Baek.  Jenny crece rodeada de amor y bondad, gracias a los cuidados de una pareja australiana que la ama sin reservas. Ella se sabe adoptada, pero espera el momento preciso para exigir explicaciones de su imperdonable abandono. Y lo ejerce con furia. Finalmente, la historia alcanza con maestría el propósito del guión: cicatrizar con armonía la búsqueda de paz, del consuelo. Madre e hija dejan todo atrás para retomar por primera vez el mismo camino que el horror bifurcó. Su historia es más que una poderosa metáfora, es también un puente, la puerta de salvación cuyo nombre es de prosa suave, sencilla: el perdón.

Cuando el hijo se queda. David.

Al inicio de este texto, mencioné la novela La piel muerta (editorial Tusquets) cuya trama, está inspirada en la vida del autor: David Miklos (8 de agosto, 1970, Texas) El bebé que viajaba en tren era él, el contexto es reminiscencia de su trayecto a su hogar adoptivo, que dejó de serlo, porque es el único que reconoce. La manta blanca con franjas en colores azul con amarillo, es la misma que lo cubrió en un viaje realizado que no en tren, sí en avión procedente de Texas a la Ciudad de México, a pocos meses de haber nacido. Una delicada hospitalización a muy corta edad, lo confrontó a la verdad: “Tú eres adoptado, vienes de la panza de otra mujer” confesó su madre, ante la avalancha de preguntas que el pequeño sabio formuló con lucidez enfebrecida, quizá provocada por los vestigios de su padecimiento.

Cruzado el umbral de su mayoría de edad, inició la búsqueda del origen, de un nombre. Gracias a la misma agencia que usaron sus padres para la adopción 39 años atrás, consiguió su expediente médico y el nombre que buscaba: el nombre no biológico del útero que lo trajo al mundo. Tendría que vivir el privilegio de la paternidad, para que las piezas del tablero efectuaran un segundo movimiento: obtener una dirección con remitente, no una simple botella lanzada al océano. Tuvieron que pasar más de 20 años, para que el escritor detonara el inicio de un probable o no, contacto epistolar, para escribir por primera vez, la primera carta al útero con nombre. Dejo ahora la voz narrativa a David, la voz genuina de esta historia:

[“¿Qué más puede decirle uno a su madre biológica sino “gracias”?

Gracias por haber sido mi mamá panza. Gracias por haberme traído al mundo. Gracias por ser tan
valiente. Gracias por darme en adopción. Gracias por haber hecho tan felices a mis padres, que no pueden ser sino los mejores posibles. Gracias por…

La lista de agradecimientos es larga, pero un “gracias” bien colocado en el primer párrafo de la carta parece bastar.

¿Cómo proseguir, cómo trasponer ese agradecimiento concentrado, libre de compromisos, en
estado puro? La carta fue breve. Hice una breve descripción de mí, de mi vida en este momento, le  conté que sería padre y que, en buena medida, tal había sido el impulso que me había llevado a retomar su búsqueda, suspendida tiempo atrás. Finalmente, le dije a mi madre biológica que no
esperaba nada de ella –ya me lo había dado todo–, que no se sintiera obligada a responderme, aunque a mí me encantaría que sí lo hiciera. Anoté mi correo electrónico.

Me hice un retrato con la cámara de la computadora. La imprimí. 

Y firmé: “Tuyo, David.”]

[…Coloco los timbres y me desprendo de la carta, desando mis pasos, regreso a casa. Mi casa. El hogar en el que me esperan MP y nuestro bebé que en ella se gesta, aún no lo vemos, falta un mes todavía para conocerlo en su versión de 10 semanas y 3.2 centímetros, y ver su corazón latir veloz, sin tregua.”]

El bebé de 10 semanas/3.2 centímetros, se llama Anna (el nombre de su abuela, que no la biológica, que sí la auténtica) y es su copia fiel modelo femenino versión 3 años. Tal vez no me crean pero podría asegurarles, que no existe un día en la vida de David Miklos en el que no agradezca el destino de su suerte. Es un hombre generoso, admirable, talentoso, amado y enamorado. Un hijo, un esposo, un padre feliz.

Isabel y su canción de cuna.  

Desperté a las 14:45 tiempo de no sé que latitud, a bordo de la aeronave A340-600, en el vuelo IB6400, proveniente del aeropuerto de Madrid. Miré de soslayo la pantalla del pasillo central, para calcular las horas restantes del largo trayecto a casa. Sonreí a la dulce abuela española que elogio la estampa de Isabel y mía, durmiendo abrazadas, mientras la luz de las ventanillas nos iluminaba tenuemente. Isabel despertó pidiéndome que le alcanzara su maleta. Recordé que su abuela me entregó el equipaje de mano que contenía todo lo que su nieta pudiera necesitar durante la travesía. Abrí el maletín color rosa maravillada. Encontré primorosamente acomodado el botín: dos muñecas, un collar hecho por ambas para mamá, sus galletas de miel favoritas, una pulsera, un cuaderno para iluminar, un libro de ilustraciones, un paquete de colores, además de montones de monerías. Tomé con cuidado la libreta decorada con fotografías de toda la familia…ahí estaban todos: primos, tíos, abuelos. Fotos de Isabel de navidades, veranos, primaveras de años pasados. Pero lo que más me conmovió, fue la canción de cuna escrita en puño y letra por abuela Gemma, en la lengua materna de Isabel: flamenco. El idioma en el que la niña aprendió a decir “mamᔓte quiero” y “me duele”.  La única lengua que reconoce como propia.

No pude evitar pensar en el destino que le deparará a la pequeña, en cuánto tiempo le resta para comenzar a intuir, a preguntar, a buscar, a emprender el éxodo a su verdadero origen. Cuanto tiempo le llevará volver o si volverá. No tengo la menor idea, nadie la puede tener. Y así mismo pensé en Liesbeth. En su enorme acto de amor, en que admiro su valentía por adoptar a la pequeña Isabel demostrando que el útero no basta y por arriesgarse a esperar las notas de la música del azar, que auguro, se convertirán en una virtuosa sinfonía. Porque a fin de cuentas, ¿qué importa si el hijo se va como Jenny o se queda como David, si la prodigiosa labor de rescatar a un niño del desamparo y orfandad, es una gesta heróica en sí misma?

Y tú Isabel, si algún día llegan estas líneas al escrutinio de tus rutilantes ojos de ciruela, me gustaría que supieras que –si es tu deseo- siempre me tendrás a tu lado para recordar juntas la vieja canción de tu abuela, que jamás dudaré en conseguir una frazada extra para cubrirte del frío – como en nuestro primer viaje trasatlántico-, ni dejaré de abrazarte si mis brazos continúan sirviendo para alejarte del miedo a las turbulencias o el desencanto. Si tú me lo pides, te contaré una y otra vez la historia de la canción de cuna más famosa de todos los tiempos [“Wiegenlied: Guten  Abend, gute  Nacht”] compuesta por el austriaco Johaness Brahms, autor de los versos y melodía de la canción dedicada a Hans, primogénito de Bertha, la mujer que amó hasta el ultimo día de su vida; pequeño al que también adoró, y quien por cierto, no era su hijo.

Pero por ahora, nada importa: vuelvo a esa cabina, donde te abracé tan fuerte como tú lo hacías, regreso al instante exacto en donde te susurré esa vieja canción de cuna…

Anda, duerme, duérmete ya.

“Guten Abend, gut’ Nacht, mit Rosen bedacht, mit Rosen bedacht, mit Näglein besteckt,

Schlupf’ unter die Deck’:Morgen früh, wenn Gott, will, wirst du wieder geweckt,

morgen früh, wenn Gott, will, wirst du wieder geweckt!”

“Buenas tardes, buena noche, cubierto de rosas, rodeado de claveles,

Deslízate bajo la colcha: mañana temprano, si Dios quiere,

De nuevo despertarás, mañana temprano, si Dios quiere,¡ de nuevo despertarás!”

 *Texto publicado en Animal Político el 20 de agosto de 2012

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