2013, Love

Nick Cave: el loco de Dios

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Para Alejo, quién tampoco creía en la existencia de los ángeles.

 

A estas alturas de la vida tengo perfectamente claros aquellos descubrimientos que fueron depositados en la palma de mi mano -venda en los ojos de por medio- con la promesa de que el devoto obsequio traería consigo deleite puro justo al retornar de la oscuridad. Una noche, años atrás, generosas manos enriquecieron mi modesto acervo musical con la discografía de un músico absolutamente desconocido: Nick Cave. Desde entonces, lo considero como una de esas sorpresas que no son sorpresas, sino campanas que doblan incansables, poderosas y ensordecedoras.

Nicholas Edward Cave nació el 22 de septiembre de 1957 en Warracknabeal, pequeño poblado de Victoria, Australia. Huérfano de padre a los 19. Hijo pródigo de Australia y notabilísimo hijo adoptivo de Alemania e Inglaterra. El chico afecto a los estupefacientes desde temprana edad, huésped constante de correccionales y estaciones de policía, le debe a un coro de iglesia – pero sobre todo a su estudio por el piano- que hayan cesado las acusaciones de vandalismo y robo que amenazaban en convertirle en un delincuente con antecedentes penales. En 1977 abandonó sus estudios de bellas artes en el Instituto Tecnológico de Caulfield, convencido de que jamás sería un pintor trascendente, apostando sus tres centavos de destino al oficio de músico.

Los inicios musicales de Cave están marcados por la oscuridad, el desencanto, el punk y el delirio por burlar los límites de corrección social. El año de 1973 fundó “The Boys Next Door”, agrupación post-punk integrada por Mick Harvey (guitarra), Phill Calvert (batería) John Cochivera (guitarra), Brett Purcell (bajo) y Chris Coyne (saxofón), cuyo principal repertorio consistía en covers de Lou Reed, David Bowie, Alice Cooper, The Stooges, etc., pero no sería hasta 1977 que comenzaron a interpretar material de su autoría. En 1980, la banda se reinventó con “The Birthday Party”, violento ensamble que hizo del free jazz, y el punk un ensordecedor lenguaje nihilista que narraba desoladoras historias de terror existencial a través de la garganta de su compositor y vocalista. La agrupación australiana migró entonces en búsqueda del público correcto, aquel que no huyera despavorido ante la criminal poética del desquiciado Nick, convirtiéndose entonces en el dolor de cabeza de toda una generación.

En 1981 lanzaron su primer álbum: “Prayers On Fire” material cuya aportación sirvió en mucho -gracias a sus hipnóticos cantos salpimentados de muerte y dolor-, a dotar de solidez artística a la oleada gótica inglesa de los ochentas. Más tarde que temprano, los bajos fondos de Londres -y principalmente Berlín- los aclamó con locura. Sus presentaciones en vivo durante esos años fueron memorables. Después de una exitosa gira europea volvieron triunfantes a Melbourne, Australia a mitad de 1983 para lo que significó su concierto de despedida, cargando tras de sí la reputación de banda de culto que conservan hasta nuestros días.

En 1984, Cave, en complicidad de Mick Harvey, fundó su tercer proyecto musical: “Nick Cave and The Bad Seeds”, ensamble que lo catapultó a la fama internacional y también al pedestal exclusivo que ocupan sólo músicos de grandes ligas. De cierta forma, con “The Bad Seeds”, Cave encontró el gramófono perfecto para darle volumen a sus desgarradores himnos bíblicos y fijaciones mesiánicas, aunque tenían que llegar el punto de equilibrio sonoro de Blixa Bargeld, Hugo Race, y Barry Adamson para enriquecer con blues, el gospel, y  jazz a la agrupación. Haciendo la estridencia a un lado, ahora la poesía y la armonía ejecutaban de manera más efectiva el trabajo sucio. La influencia de John Lee Hooker, Leonard Cohen, Burt Bacharach, Tammy Wynette y Jhonny Cash, es perfectamente palpable.

Nick Cave and The Bad Seeds durante breve aparición en la cinta de Wim Wenders, “Wings of Desire”, 1987.

nick-cave-black.jpgThe Bad Seeds, más que discografía, posee un catálogo artístico de evolución creativa disponible en diecinueve álbumes pletóricos de estampas frenéticas que retratan locura, tragedia, infierno, paredón, paranoia, éxtasis, dolor, castigo y redención.  Existen grandes discordancias respecto a cual de los catorce álbumes de estudio podría considerarse la obra maestra de Nick Cave y sus semillas malsanas, aunque el más aclamado por la crítica mundial sea sin titubeos “The Boatman call”. En términos generales, este álbum podría considerarse como la perfecta partida de ajedrez, donde la reina blanca ejecutora es indiscutiblemente “Into my arms”, enorme balada a piano que tan acertadamente mencionara Stuart Berman: “sería la banda sonora ideal de tu funeral o la primera canción para tu baile de boda”. Es legendaria la anécdota de su interpretación al piano de “Into my arms” durante el funeral de Michael Hutchence y su rotunda negativa a ser transmitido en vivo por respeto a la pequeña Tiger Lily, hija única del ex cantante de INXS, de quien Cave es padrino de bautizo.

“The Boatman Call” es un confesionario de culpas e inconfundible batalla personal que Cave libró contra sus principios, adicciones, infidelidades, rupturas y decadencia. La narrativa de los tracks alcanzan un lirismo poderoso, cruel y catártico. Aunque para los puristas, este galardón se lo lleva por mucho “Murder Ballads”, sofisticado álbum que contiene diez baladas cuya tesitura mórbida se regodea en crímenes pasionales y asesinatos rampantes. Dos en específico dotaron a este álbum de un cariz legendario: “Henry Lee”, dueto con la británica PJ Harvey – con la que sostuvo un destructivo romance que contribuyó en mucho al rompimiento matrimonial con Viviane Carneiro- y Where the Wild Roses Grow”, otro dueto en compañía de la más grande estrella pop australiana: Kylie Minogue, que se convirtió en el suceso comercial que a la postre tanto le incomodaría.

En los más de 30 años de trayectoria artística que lo respaldan como un sobreviviente del caos, ha evolucionado tanto como la historia de la música por la que apostó sus tres centavos de fortuna en 1977.  Henry’s Dream,  Dig, Lazarus, Dig!,  Abattoir Blues / The Lyre Of Orpheus, Nocturama, The Boatman Call, obra a la que es mi gusto llamar “El evangelio según Cave”, nos lleva de paseo a los círculos del purgatorio sin que el más obcecado de los profanos oponga resistencia a pesar del compulsivo fervor cristiano que lo caracteriza.

Resulta complejo establecer la identidad adecuada si el objetivo es encasillar a Nick Cave: músico, compositor, guionista, novelista, actor amateur, adicto a la heroína –siempre en recuperación-, poeta salvaje, oscuro humano evolucionista, transgresor, príncipe de la oscuridad; aunque para mi discernimiento, sea por encima de todo, a pesar de la incongruencia y perspicacia que todo lo anterior pueda provocar: es un devoto creyente, un loco de Dios.

*Texto publicado en Animal Político el 6 de febrero de 2013
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2013, Nadie te preguntó

Papá Aimé

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 “Negro yo soy, negro me quedaré, arrégleselas conmigo. Yo no me las arreglo con usted”   Aimé Césaire

Mon texte va pour votre progéniture, père Aimé

El 20 de abril de 2008, los habitantes de la isla caribeña de Martinica atestiguaron un acontecimiento histórico e irrepetible. La capital isleña, volcánica y magnífica de Fort-de-France, sirvió de escenario para el cuarto funeral de Estado que la República de Francia ha otorgado a lo largo de su vasta historia a literatos. Un honor únicamente concedido a las exequias de Victor Hugo, Paul Valéry y Sidonie-Gabrielle Colette. El presidente en turno Nicolás Sarkozy, hizo acto de presencia en la isla caribeña para honrar al hombre que le negó audiencia en 2005, el mismo nègre que durante la campaña presidencial de 2007 otorgó su preciado favor a Ségolène Royal, negándoselo a él con frialdad. Mientras caudales de gente abarrotaban el estadio Dillon para despedir con lágrimas y cánticos a su amado pépa Aimé, una espectacular pantalla colocada en la Alcaldía de París transmitía el funeral en directo. Al mismo tiempo, centenares de franceses acudían a rendir tributo a la plaza principal del célebre recinto universitario La Sorbonne en París, al que fuera uno de los principales divulgadores de las letras francesas e ilustre académico. Y no era para menos, la literatura universal estaba despidiendo al hombre cuya pluma fue elogiada por André Breton como: “bella como el oxígeno naciente… comprometida con la dignidad humana, con la plenitud del hombre y la mujer negros en el mundo coetáneo y futuro, a partir de un enfoque histórico a veces sutil y otras pleno de ideas”. El 20 de abril de 2008 el mundo decía adiós por última vez a uno de las más grandes poetas de la lengua francesa del Siglo XX, pero también al dramaturgo, ensayista, visionario, antirracista, anticolonialista, político y precursor del movimiento humanitario-literario «négritude»: Aimé Césaire.

La estirpe de Aimé Fernand David Césaire, descendiente del llanto de un pueblo colonizado por más de dos siglos, está poderosamente vinculada con el gen de la indomabilidad. A su abuelo -un antiguo esclavo albañil- se le encontró culpable de planear una rebelión en 1833; después de su liberación, se convirtió en el primer profesor negro de la isla. La herencia precursora del abuelo tuvo que insuflarlo a trasgredir barreras insalvables, incluso entre los suyos. De acuerdo con ciertas proezas genéticas mostradas a lo largo de la historia del hombre, las terceras generaciones –gracias a su capacidad de síntesis- detentan mayor proclividad a la conquista. Aimé rugió -hasta la afonía- exigiendo igualdad en nombre de todos aquellos seres vivos atormentados por el manto de la desventura. Nunca una voz clamante de justicia provocó tal estruendo poético. Su voz –que no fue sólo suya- le perteneció a la raza de sus ancestros. Mediante su poderosa influencia literaria y política al servicio del hombre negro sometido a dolorosos siglos de fiera esclavitud, ilustró al hombre blanco con la convicción de que ninguna raza tiene el monopolio de la belleza, de la inteligencia o de la fuerza. Él sabía que cada estrella le pertenece al hombre que la encuentra, sin límites o distinciones, porque hay sitio para todos a la hora de la conquista.

Aimé Césaire nació el 25 de junio de 1913 en Basse Point, Martinica, porción antillana que le ha pertenecido a Francia desde el siglo diecisiete. En 1931, después de una brillante trayectoria académica, beca bajo el brazo y con dieciocho años como únicas cartas de presentación, se trasladó para París a iniciar sus estudios universitarios en École Normale Supérieure- y de paso, cambiar el rumbo de la literatura francófona, porque entre las columnas de la universidad entabló la amistad más importante de su vida con el célebre poeta africano Léopold Sédar Senghor, a quien la historia lo convertiría años después en presidente de la república de Senegal y miembro distinguido de la Academia Francesa. En 1932, Césaire, Senghor y Léon Gontran–Damas, fundan la revista L´Etudiant Noir”, publicación en la que colaboran otros estudiantes de origen africano y donde por primera vez se expone la aportación ideológica más importante e influyente de su trayectoria: la negritud. A pesar de que Césaire siempre afirmó que la negritud constituyó una creación colectiva entre el senegalés y el guyanés Gontran-Damas, Senghor atribuyó a Césaire la concepción absoluta de un movimiento que dio un virtuoso giro al despectivo término usado por el opresor, para transformarlo en estandarte, fuerza y orgullo de la innegable diáspora africana: “Mi negritud no es un regreso ni un monumento… es un grito de rebelión contra cualquier forma de racismo y opresión, un salto doloroso y apasionado hacia la universalidad, un arma milagrosa”.

En 1938, después de recibir honores en lenguas clásicas en École Normale Supérieure con sólo veintiséis años a cuestas, publica el poema épico más traducido de toda su obra: Cahier d’ un retour au pays natal (Cuaderno de un retorno al país natal). La trascendencia de “Cuaderno de retorno” no estriba en la cruda descriptiva del canto amargo de la raza negra bajo la imperdonable esclavitud, ni tampoco en la furia derivada del odio a quien sólo podía odiarse. La verdadera trascendencia -más allá del implacable juicio al colonizador- radicó en su exquisita e inigualable lírica. Antes de cumplir los treinta años, Césaire ofrendó al mundo una portentosa obra que unió dos aristas en extremo complejas de armonizar: el pensamiento político atemporal y la construcción poética perfecta.

“Así como hay hombres-hiena y hombres-pantera, yo
seré un hombre-judío,
un hombre cafre
un hombre-hindú-de-Calcuta
un-hombre-Harlem-sin-derecho-a-voto
El hombre-hambre, el-hombre -insulto, el hombre-tortura
se le podría
prender en cualquier momento, molerlo a golpes-matarlo
por completo
sin tener que rendirle cuentas a nadie.
Un hombre judío
un hombre-progom
un perro de caza
un pordiosero.
Yo reencontraría el secreto de las grandes comunicaciones
y de las grandes combustiones.

Diría tempestad, diría río.
Diría ciclón. Diría hoja. Diría árbol, mejorarían todas las
lluvias, me humedecerían todos los rocíos.
Me revolcaría como sangre frenética sobre la lenta corriente
del ojo de las palabras,
en caballos locos, en niños tiernos, en toques de queda en vestigios
de templo, en piedras preciosas, lo bastante lejos como para
descorazonar a los menores.
Quien no me comprenda no comprenderá el rugido del tigre”.

Tuvo muy claro el mundo al que le tocó pertenecer y que su condición racial constituiría su primera conquista; después de esta victoria, vendría la otra patria, la misma que eligió a su gusto los colores de la justicia, la igualdad y la fraternidad. Profundizó con agudeza y sin conceder paternalismos, en la inverosímil mansedumbre de una raza que ha optado por deambular al margen de la evolución social, en vez de arrebatar la dignidad en nombre del primigenio de todos los derechos humanos. Sí, denunció el sometimiento inhumano utilizado por los sistemas colonialistas, pero asumió la vergüenza compartida del continente negro dividido e ineficaz de capitalizar sus riquezas y fortalezas. Reconoció dolorosamente a una raza desdichada por no estar diseñada a semejanza del Dios, sino del Diablo, señaló la infelicidad del negro auto reconocido como ciudadano de segunda, perpetuamente anhelante de asemejarse a la raza divina, dispuesto a pagar el precio de habitar en una mazmorra cuantimás miserable que la del esclavo: la de sí mismo.

 “No hay que decir: era un buen negro. Los blancos dicen que era un negro, un verdadero buen negro, el buen negro de su amo.
Era un muy buen negro,
la miseria le había herido pecho y espalda y habían metido en su pobre mollera que una fatalidad pesaba sobre él y que no la puede manejar a su antojo que no tenía poder sobre su propio destino; que un señor avieso había desde tiempo inmemorial escrito leyes de prohibición en su naturaleza pelviana; y ser el buen negro; creer honradamente en su indignidad, sin la curiosidad perversa de verificar nunca los jeroglíficos fatídicos.
Era un muy buen negro.
Y no se le ocurría la idea de que podría azadonar, ahondar, cortarlo todo, cualquier otra cosa verdaderamente que no fuese la caña insípida.

Era un muy buen negro”.

En 1939, en plena hecatombe de una Europa inmovilizada por la segunda guerra, se casó en París con la escritora Suzzanne Roussi e hizo maletas para el retorno a las antillas. Dos años después, fundo junto a Roussi y René Menil la revista Tropiques, dando cabida a jóvenes voces caribeñas. Ese mismo año, André Breton, Victor Serge, Claude Levi-Strauss y Wilfredo Lam, buscaron refugio en NY del nazismo que azotaba Francia durante la ocupación germana. Durante una escala de la comitiva en la isla de Martinica, Bretón tropezó con un ejemplar de Tropiques mientras buscaba un regalo para su hija. Profundamente impactado por la lucidez del pensamiento caribeño, pero sobre todo, por la brillante prosa del director y editor de la publicación cultural, buscó entrevistarse con él de inmediato. El padre del surrealismo le abrió la puerta al pabellón del reconocimiento internacional al desbordarse en elogios a Cahier d’ un retour au pays natal”  anunciándolo como “el más grande monumento lírico de nuestro tiempo”, además de dedicarle el célebre texto “Un gran poeta negro”, e introducirlo sin antesalas con uno de los escritores más influyentes de su época: Jean Paul Sartre. El generoso auspicio de Sartre a la calidad poética de Césaire mostrado al prologar:Anthologie de la nouvelle poésie nègre et malgache” dotó de amplio prestigio literario dentro de inaccesible elite intelectual europea. Las hordas existencialistas y surrealistas no pudieron resistirse a su devastador humanismo.

La ruta que eligió Césaire para trascender del pensamiento independista a las acciones concretas, fue inminentemente política. En 1945 se sumó a las huestes del Partido Comunista Francés para representar la alcaldía de la capital Fort de France en Martinica, misma que encabezó durante casi cincuenta años, trayendo prosperidad, calidad de vida, desarrollo cultural e integridad racial. De ninguna manera utilizó el recurso del separatismo insurrecto, muy por el contrario. Tomó como modelo el pensamiento de su mentor Senghor: “Lo importante no es ser asimilado sino asimilar”. Pero no se limitó a gobernar su tierra, mantuvo una lucha sin descanso hasta conseguir erradicar los trabajos forzados en las islas colonizadas desde el escaño político que ostentó como diputado en la Asamblea Francesa hasta 1993. Uno de los mayores logros conseguidos gracias a su activismo, fue elevar el rango de colonia a Departamento Francés (Departamento para las colonias del Caribe) a las regiones de Guadalupe, Martinica y la Guayana Francesa.

 “La negrería que huele a cebolla frita vuelve a encontrar en su sangre derramada el sabor amargo de la libertad
Y está de pie la negrería
La negrería sentada
inesperadamente de pie
de pie en la cala
de pie en los camarotes
de pie en el puente
de pie en el viento
de pie al sol
de pie en la sangre
de pie
y
libre
de pie y no como una pobre loca en su libertad y

 su indigencia marítimas girando en la deriva perfecta y aquí está:
más inesperadamente de pie
de pie en los cordajes
de pie ante el timón
de pie ante la brújula
de pie ante el mapa
de pie bajo las estrellas
de pie
y
libre”.

Son legendarios los provocadores debates que sostuvo en la asamblea legislativa, al reprobar las paradojas republicanas que exaltaban la libertad e igualdad del individuo, mientas que al tanto, consentían el maltrato inhumano ejercido en sus colonias, contradiciendo el intrínseco mandamiento igualitario y beneficiarse vergonzosamente de la inexcusable esclavitud de seres humanos. Sus principales detractores lo sometieron a juicios ideológicos por resistirse al abrazo radical libertario, y elegir el método del activismo moderado, siempre apegado a la constitución republicana –precepto al que Césaire jamás se permitió desvirtuar-. Este riguroso postulado, le consiguió más simpatías que antagonismos en la asamblea europea, así como invaluables conquistas legislativas, perdurables e irreversibles en favor de sus congéneres. Nadie hubiera celebrado tanto como él, el reconocimiento a la esclavitud como crimen de lesa humanidad por parte de la República Francesa en el año 2010.

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Desde la fecha de su fallecimiento al día de hoy, Champs-Élysées y la Assemblée Nationale han insistido en trasladar sus restos al monumento donde reposan los grandes hombres cuya contribución a Francia ha sido invaluable: Le Panthéon, pero la familia declinó el honor. Dos años después, se colocó una placa dorada con su nombre en los muros de Le Panthéon. Nada mal si tomamos en cuenta que es la tercera placa colocada en honor a un descendiente africano. Los homenajes realizados hace poco menos de una semana, en vísperas del centenario de su nacimiento, han revivido los debates en torno a su inclusión impostergable. Pero la familia reiteró la negativa; y no por considerar inapropiado que Aimé repose hasta el fin de los tiempos, o hasta que el famoso recinto neoclásico se convierta en polvo, guijarros y nada, en compañía de Voltaire, Víctor Hugo, Émile Zola, Rosseau, Louis Braille, Alexandre Dumas o Madame y Pierre Curie. La verdadera razón de conservar sus restos en la humilde tumba isleña es que el último deseo del poeta fue permanecer a lado de su verdadera familia: los almendros, los eucaliptos gigantes, las extáticas mariposas poseedoras de polen mágico, en su amada isla de pólipos brumosos y bajo el eterno cuidado del viejo hechicero de las montañas. Sus hijos afirman que mientras uno de ellos quede vivo, él jamás saldrá de Fort-de-France. Pero aún nos resta conocer las decisiones de los nietos. No debemos olvidar que su estirpe está marcada por saltos revolucionarios en tercera escala.

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Durante mis frecuentes recorridos en la capital de Francia tuve la fortuna de conocer a un fragmento de su descendencia, que lo recuerda como un hombre de mutis prolongados, de ausente algarabía.

A veces, dejo volar mi imaginación e intento explicarme la razón del por qué un hombre que jamás pudo bajar la voz, eligió el camino del mutis en el retiro de sus últimos años.
A veces, imagino al más pequeño de los nietos caminando de la mano de su padre, atravesando el portón del exuberante jardín donde el solitario anciano gustaba de contemplar los inefables crepúsculos caribeños.

A veces, hasta soy capaz de escuchar la extrañeza del pequeño descendiente:

– ¿Por qué el abuelo siempre está en silencio, papá?

– Nadie lo sabe, mi niño. Quizás él calla porque los gritos de su lucha y su poesía lo han desamparado. Cuando tu abuelo era más joven que yo, vislumbró su futuro como un hombre solitario, preso de blancura y desafiando los gritos de la muerte blanca. Tuvo la visión de un hombre solo que fascina al gavilán blanco de la muerte blanca. Contempló a un viejo capaz de elevarse contra las aguas del cielo. Tal cual es ahora. Deja de hacer preguntas, Sébastian, ya casi cae la noche, y las noches traen consigo a la muerte sombría que expira en una blanca balsa de silencio”

A veces, me gusta pensar que algún día tendremos noticias del pequeño Sébastian. Pero más allá de mi imaginación, de algo estoy completamente segura. Con esta estirpe, hay que estar al pendiente de los signos.

*Texto publicado en Animal Político el 10 de julio de 2013

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