2014, animal político

Lost in Amsterdam

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Para Glenn Vanhecke.

“Leef en laat leven” (Vive y deja vivir)

                                                -Dicho popular holandés-

La  noche del 30 de enero de 2014, por primera vez en la historia de mis tropelías francófilas, me alegré de abandonar París para sentir bajo la suela de mis botas el frío asfalto de la capital de Bélgica. Cero grados centígrados y una espesa niebla me dieron la bienvenida. París no fue un sueño. Días irregulares. Buenos. Desconcertantes. Terribles. Pero me alegré de dejarlos atrás. Kristof me rescató de lo que se pudo haber convertido en la más agria vacación de mi historial, por lo que tocar base en su país natal dio carpetazo a una pequeña pesadilla. Tomamos un taxi a Ternat, pequeño paraíso perteneciente al sector flamenco (Flandes) del país; país donde habita la comunidad más entrañable de mi vida. El segundo hogar. La otra familia: mis queridos Aelbrechtjes. El plan era simple: recuperar juicio y calor antes de emprender camino a Amsterdam, Holanda. Todo estaba listo: Laurentz Aelbrecht se encargó de reservar una casa en el corazón de Los Países Bajos, así  como de comprar los boletos para el ecléctico grupo que conformamos Jonathan, Glenn, Lore, Ben, Kristof y la que suscribe, para la fiesta más espectacular de la  temporada. Supe que todo iría por buen camino cuando el simpático taxista marroquí -entusiasmado por mi exótica nacionalidad-, intentó esbozar un par de frases en español y condonó 4 euros de nuestra cuenta por nuestro recorrido de más de 20 kilómetros. Digo, comparado con el furioso taxista parisino que intentó llamar a la policía por haberle pedido una parada adicional en un maldito cajero automático una cuadra antes de nuestro destino de 5 kilómetros, el marroquí se asemejó a mi tío Roberto.

Durante el trayecto de Bruselas a Ternat recibimos mensajes para acudir sin excusas a una fiesta que estaba en su apogeo, que más que fiesta era la despedida de un amigo cercano que probaría fama y fortuna en Australia. Imposible rehusar. Y así  fue como conocí las fiestas organizadas por las huestes juveniles de Ternat, y debo decirlo: qué  chingonería. Bailé como la imbécil que soy y fiel a la leyenda que me precede, bebí como alcohólico ruso sin desembolsar un euro gracias a la simpatía que suelo despertar en extraños y que permanece siendo el mayor misterio de mi vida. Volví a fumar. Volví a abrazar a extraños que me invitaban tragos de la nada, sólo por ser yo y sonreír como lo hago. Todas las experiencias de traslados entre los países europeos que he tenido la oportunidad de visitar habían sucedido a bordo de aviones o trenes, pero nunca en automóvil; y la primera notabilidad que guardé para estas crónicas personales es la ausencia de fronteras o casetas de cobro. Entre Bélgica y Holanda es posible transitar vía terrestre sin que existan retenes que salvaguarden las porciones limítrofes de cada país, vaya, ni siquiera existen casetas que te señalen que estás abandonando la frontera. No hay peajes. Ese fue el primer síntoma de libertad que pude gozar. Holanda me tomó desprevenida. Apareció frente a mis ojos sin previo aviso ni alerta.

Reglas-1-456x342.jpgAproximadamente a las 8 de la noche arribamos a la que sería nuestra casa durante 4 días: una extraña y estrechísima construcción clásica de cuatro pisos ubicada a sólo 6 metros de un coffeeshop, a 2 kilómetros del espectacular Sistema de Canales del Siglo XVII (patrimonio de la humanidad) y a 8 metros del epicentro del barrio rojo (Rosse Buurt). La estrecha construcción se componía de 5 habitaciones, cocina, enseres domésticos, bolsas de basura, televisión de pantalla plana, cable, baño con tina, sala comedor, teléfono, Wi-Fi, calefacción y hasta vecinos. La entrada de la casa -un dúplex, para ser exactos- era compartida con una casa habitación común y corriente. Los dueños del inmueble no se andan por las ramas. Nos dejaron en el comedor una simpática guía para el cuidado de la propiedad, pero también de nuestra seguridad personal. El mapa de ubicación incluía instrucciones precisas de qué hacer en caso de emergencia médica, los números telefónicos de emergencias policíacas, acciones precisas en caso de desmayo, colapso nervioso, ataque de pánico o shock, preguntas frecuentes, horarios de recolección de basura, ubicación del supermercado más cercano y los consejos de la abuela necesarios para sobrellevar con armonía el trato con los vecinos de la cuadra. Una chulada.

Pude observar durante largo tiempo a los simpáticos vecinos a través de la ventana de la cocina. Un par de gemelos que a efectos literarios llamaremos Hansel y Gretel, nos observaron sin interés durante su cena. Sin sobresaltos. Sus padres sabían que del otro lado del muro un grupo de turistas fumaban algo más que tabaco, pero no representamos jamás una alerta que atentara contra su moral. Nunca cerraron su ventana (entre la suya y la nuestra, sólo existía la frontera de un par de metros). La mamá de Hansel y Gretel sirvió leche tibia a sus pequeños frente a nuestros ojos mientras el fuerte aroma de un porro de Utopia Haze perfumaba la estancia. Esa fue mi segunda lección de libertad y tolerancia que se respira en el Rosse buurt: viven dejándote vivir.

Un par de horas después, una minivan nos recolectó en la puerta del hogar de Hansel y Gretel para trasladarnos al  Openning Beach Party Bloemendaal XXXL.¿Una fiesta de playa en pleno invierno? La respuesta es sí.

Zona-Roja-2-3-456x342.jpgDurante el siglo XIV, Amsterdam gozó de celebridad europea gracias al próspero comercio que allanaba sus puertos. La diversidad racial de su territorio dejó de convertirse en un conflicto social desde la época dorada del comercio de diamantes. Esa sensación no-estructural puede percibir más allá de su anómala -pero bellísima- estructura arquitectónica. También puede apreciarse entre las sudorosas pieles de inclasificables razas y tonalidades que danzaban enajenadas, siguiendo el ritmo del espectacular show cortesía de un DJ que no paró de cantar durante horas.

Pero algo no funcionaba bien –no para mí-. A pesar de que los asistentes -las mujeres, principalmente- de esa noche sólo se cubrían con indumentaria propia para una fiesta de playa (a esas alturas nos encontrábamos a -2 grados), nadie parecía interesado en tocarse el uno al otro. El lugar carecía de mesas o sillas, no existía tregua para la conversación, el reposo. La cadencia hipnótica de la música no bastó para detonar el cachondeo propicio a tanta lujuria visual. La lubricidad parecía el invitado non grato de la jornada. Seis horas de baile me bastaron para comprobarlo. Me sentí perdida. Quizás yo era la del  error. Quizá los latinos disfrutamos distinto. Quizás no estoy preparada para la vida nocturna de Amsterdam. Quizás de eso trate la evolución. A las cuatro de la mañana, Kristof y yo dijimos basta. Nuestro organismo no soportó más bullicio, DJ’s, alcohol, ni zombie-cuerpos agonizantes. Los chicos decidieron quedarse. Kris no se encontraba en condiciones de darle indicaciones coherentes al taxista.

Party-1-456x342.jpgLa responsabilidad de regresar a casa fue entonces toda mía. Creo que este es el momento de anunciar dos revelaciones de interés global. La primera: yo no hablo holandés (neerlandés). La segunda: el flemish/neerlandés (la lengua  que habla la mitad de Bélgica) NO es lo mismo que el holland/neerlandés.   Son parientes, pero son como esos tíos políticos que no entienden tu vida, ni les interesa (como claro ejemplo de lo anterior, Glenn intentó pedir un bocadillo en un restaurante de comida rápida y la chica del mostrador entendió que mi querido amigo deseaba llevarla a la cama). El taxista primero pensó que éramos alemanes, después, intuyó que nos encontrábamos demasiado drogados como para deletrear la calle de nuestro domicilio. Mientras  que el noble señor se esforzaba infructuosamente por entender la jerga incomprensible de mi acompañante, y yo me imaginaba durmiendo bajo el puente del canal Potterstraat, recordé que fiel a mi costumbre de retratar cada cosa que como o lugar donde me encuentro en caso de dar aviso a las autoridades, le mostré la foto de la dirección de nuestro alojamiento.

–  ¡Ah! -respiró aliviado el chofer- ¡No es Vinnen Wieringerstraat #5, es Binnen Wieringerstraat #5!
Mierda. Tanta angustia por una puta B.

Un  par  de días después, tuve la oportunidad de experimentar mi primera vez en un coffeeshop. En compañía de Glenn, Laurentz y Lore, me sumergí en un pequeño establecimiento ubicado en la avenida Nieuwendijk, misma que me recordó en su estructura y longitud a la calle de Madero, Centro Histórico de la Ciudad de  México. Nieuwendijk, a diferencia de Madero, no alberga relojerías o tiendas de ropa, lo que podemos encontrar en su lugar, son racimos de coffeshops, restaurantes, tiendas de souvenirs, así como distribuidores de semillas de cannabis en cualquier modalidad, sabor, diseño, gusto o tonalidad imaginable. Nuestra elección fue Lost in Amsterdam, extraño espacio donde la gente como uno puede beber, escuchar música o ligar con el vecino de mesa, es decir, las mismas prácticas nocturnas de cualquier bar convencional del mundo, con la diferencia que en estos lúdicos espacios (de hecho, prácticamente en cualquier otro coffeeshop) puedes comprar o fumar mariguana sin esperar que una alarma ensordecedora aparezca. Ante las airadas protestas en contra de que en México se legalice la mariguana por temor a un peligroso incremento en los índices de mortandad o desequilibrio social producto del consumo de drogas, puedo decirles que Amsterdam tiene para nosotros un par de lecciones al respecto.

El aspecto de los clientes de un coffeeshop es fronterizo al de un puñado de niños de edad preescolar en una fiesta plagada de beodos que bailan la suavecita a las 3 de la mañana. El comportamiento del respetable es de entumecimiento, relax y el sopor inconfundible del tutti siamo benne. En un recorrido nocturno al Barrio Rojo a las 11.30 de la noche será difícil encontrar multitud de almas deambulando. Las estrechas callejuelas y avenidas son invadidas por la quietud, la calma. No gritos. No disturbios. Sin violencia o música en altos decíbeles. La ciudad parece muerta a la medianoche, porque nadie se encuentra en condiciones de violentar la benevolente libertad de la capital holandesa. La ciudad más libre del mundo arrulla a sus habitantes y turistas con el murmullo inconfundible e hipnótico de Lullaby. La mayoría de las personas que tienen el hábito de fumar mariguana sabe que mezclarla con alcohol no es la decisión más sabia. Si en verdad deseas degustar cannabis blue chesse necesitas tener tus sentidos alerta y sin estimulantes ajenos. Es más fácil encontrar en las mesas de los coffeshops bocadillos o malteadas de chocolate que un vaso de whisky. De hecho, si el establecimiento ofrece bebidas alcohólicas, no puede obtener licencia para vender cannabis o ningún producto derivado de la misma. Así de simple.

Los habitantes del Rosse Buurt lo saben. Y lo saben de tal manera que no provoca conflicto dar un paseo a sus hijos en carriola en el epicentro del Red light Zone.Ahora que lo pienso, el evento más extraño y peligroso que recuerdo no fue el campechano sujeto que patinaba en absoluto estado de pachequés junto a niños en carriola, sino descubrir a una mujer que vociferaba vía teléfono celular, mientras atravesaba sin pena ni congoja y a toda velocidad el crucero más peligroso que reconozco después de Periférico y Tlalpan, a bordo de una bicicleta, con un pequeño pasajero de aproximadamente dos años sin protección de seguridad de ningún tipo. Es más factible que una bicicleta te arrolle a mitad de la calle, o que el tren urbano te convierta en papilla de mariachi, que ser víctima de la violencia producto del consumo de estupefacientes.

Si ustedes me preguntan cómo fue mi primera experiencia en uno de los espacios recreativos más famosos de Europa, podría contestarles que sencillamente pasó sin pena ni gloria. No existe récord en mi currículum vitae el haber pagado tan poco dinero por mi estancia en un bar. Pero no fue producto de la incomodidad. El ambiente era afable, la mesera derrochaba amabilidad y la compañía sin duda deliciosa. Pero cuando a la droga se le arrebata la insignia de prohibición y se echa de lado su deliciosa característica trasgresora, queda poco entre los dedos qué acariciar. Es el equivalente a pensar que el apetito feroz se estimula al comer un gansito al tanto se toma consciencia plena de sus ingredientes y aporte nutricional.  El  encanto se esfuma. Eso fue mi noche: un delicioso desencanto. Extrañé la voz de mi hermano murmurando: “aguas, cabrones, no nos vayan a cachar los tiras”.  Quizás sea yo quien no me encuentre preparada para manejar la evolución.

Zona-Roja-Ok-456x342.jpgSi alguien me pidiera resumir en breve la locura de mi vida, utilizaría una reciente anécdota personal: mi última noche en Amsterdam decidí no acompañar a Glenn, Lore y Laurentz a cenar a pesar de su insistencia. Media hora después de su partida, recapacité y salí a tomar un paseo en soledad. Porque caminar por las estrechas calles de cualquier ciudad sin presión alguna por llevar más de 15 minutos observando un guijarro en el asfalto no tiene precio. La soledad ofrece ventajas que ningún cochino dinero puede comprar. Turismo sin causa. Turismo con uno mismo. A esa clase de turismo emprendo gustosa, me confieso adicta. Recorrí de cabo a rabo Nieuwendijklastraat, giré a la izquierda en Leidsegracht, me confundí de ruta en un callejón de Overtoom, me escabullí de un par de sujetos que deseaban tocarme en la calle Marnixtraat, hasta que di con un lugar que me ofreció un guiño, cortesía de mi querido amigo Camilo Molfino: Restaurante Argentino Madre María. Tomé asiento y ordené un buen bife. Mesa de dos, cubiertos para uno. De pronto, escuché una voz familiar:

-¿América?- Miré sorprendida a un sorprendido Glenn, que me encontró sin buscarme gracias al inconfundible guiño del azar.

De los 20, 200 o 2,000 restaurantes de la zona, elegí el mismo en el que mis amigos disfrutaban un buen corte de carne. La mesa terminó siendo de cuatro. Ninguna otra anécdota puede ejemplificar mis tropelías. Da lo mismo si me abandonan en un aeropuerto, si me encuentro perdida en una ciudad extraña, confundida en una estación de trenes, o parada en una esquina a punto de ser asaltada; siempre acabo siendo rescatada, descubierta por una fuerza noble, por un ángel, por la familiaridad del desconocido o por mis entrañables amigos. Siempre he dicho que padezco el síndrome Blanche Dubois: dependiendo sin querer o pedir de la bondad de los extraños.

A mi vuelta a Ternat, fui recibida en el precioso cobertizo donde Jonathan Aelbrecht da refugio, noches de cine y cerveza a sus amigos cercanos en medio del bosque. Ahí estaban reunidos mis compañeros de francachela belga. Todos me preguntaron emocionados si me había gustado la vida nocturna de Amsterdam. Contesté con solemne honestidad:

– Prefiero mil veces las fiestas de Ternat.

Creo que me creyeron porque se miraron entre sí, orgullosos.

Ternat es un pequeño poblado de menos de 15 mil habitantes que no aparece en el top ten de lugares indispensables para el turismo europeo. Supongo se debe a que no existen hoteles ni taxis en ese pequeño territorio perteneciente al Brabante Flamenco, cuyo aspecto de día es el de un paraíso sin parangón gracias a sus jardines exquisitos, mientas que por la noche te hace jurar que Silent Hill existe. Amo Ternat porque ahí vive Veerle, quien adora tanto como yo el vino blanco. Porque Amelie y Jessica -dos niñas de corazón quebradizo- me abrazan y se emocionan cuando me miran -a pesar de no entender un carajo de lo que digo- y aún así me dejan ganar en sus juegos de mesa y dibujan caballos nomás pa’ mi. Amo Ternat porque ahí viven Jonathan, Laurentz y Elisabeth, los hermanos más hermosos de toda Bélgica. Por los chistes de ácido nítrico cortesía de Papá Jacques. Por la calidez inusitada de Raymonde y Elisa, y porque en ningún lugar del mundo puedes encontrar un lugar más confortable para charlar como en la cocina de los Aelbrechtjes.

Las fiestas en Amsterdam pueden derrochar sofisticación primer mundista, y aunque ustedes no me crean, prefiero mil veces dos mil la calidez única de la camadería flamenca con sus tres besos del hola y el adiós. Si alguien me pidiera elegir la locación ideal para una noche de risas o para beber hasta la catatonia, diría en voz alta y sin dudas que el lugar perfecto es el cobertizo de Jona, que muestra a modo de guiño a quién lo entienda, un letrero justo en la puerta de entrada cuya frase escrita en español es elocuente: “Mi casa es tu casa”, en medio del bellísimo bosque de ese bondadoso paraíso olvidado del odio y locura del mundo. Donde nunca me he sentido perdida.

Y eso es tanto por decir…

*Texto publicado en Animal Político el 25 de febrero de 2014

 

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2014, animal político, Cine

Inside Old Boy. Nos fallaste Spike Lee

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Durante una extensa charla en torno a una taza de café, hace más de cuatro años sostuve una férrea defensa del film surcoreano Old Boy (2003, Park Chan Wook). Mi interlocutor de esa noche mostró repugnancia cuando intenté explicarle que el director -haciendo uso de una exquisita e implacable violencia-, construyó el retrato más perfecto y sofisticado que nunca jamás tuvo la venganza. Mi intención era claramente adoctrinarlo en la Iglesia de los Insurrectos de Old Boy de Los Últimos Días, secta en la que me desempeño como líder vitalicia y recaudadora de fieles desde hace una década. Sólo conseguí el rechazo más virulento que he sorteado en mi existencia recaudadora de almas, porque mi prospecto desarrolló un rechazo compulsivo y necio por el film que ocupa un lugar irremplazable en mi listado personal de obras maestras de la cinematografía. Lo anterior viene a cuento porque cuatro años después de esa charla, el sujeto de marras accedió milagrosamente acompañarme a ver Old Boy. El trato fue simple: ver ambas versiones al hilo y, al final, debatir acerca de las diferencias técnicas y narrativas del trabajo de ambos directores. El resultado de nuestros debates fue el siguiente:

La historia no siempre es como la pintan

Oh-Daesú (Min-sik Choi ) vs Joe Doucett (Josh Brolin)

El protagonista de ambas cintas es un padre de familia secuestrado sin razón aparente durante una demencial borrachera justo el día del cumpleaños de su hija. La cinta coreana no brinda antecedentes del protagonista; no se esfuerza por crearnos un juicio. Durante la secuencia inicial de Oh Daesú en una estación de policía -detenido por disturbios en la vía pública-, el gancho de empatía con el hilarante borrachín es automático y honesto. El hombre es un tipo ordinario, quien es rescatado por su mejor amigo para no perderse el cumpleaños de su amada hija. El director coreano no concede un dato adicional, un flashback, o un antecedente de quién es el protagonista. Desconocemos si el personaje es un criminal o un alma noble, pero inexplicablemente un genuino afecto nos embarga de inmediato.

Josh-Brolin-456x319.jpegJoe Doucett es un ejecutivo publicitario de buen nivel, irresponsable y al borde del despido. Vulgar, disfuncional, patán acosador, mal padre y alcohólico repugnante, de tal suerte que ni su único amigo accede a abrirle la puerta durante una noche de profuso aguacero. El primer paso fallido de Spike Lee fue sembrar rechazo al respetable por su héroe antes del minuto 10. Desdeñar el trazo de un personaje entrañable, y devenirlo en otro a quien nadie confiaría su gato hidráulico un par de horas, fue sólo el primero de innumerables tropiezos del guión.

Oldboy-2003-243x346.jpgOh Daesú permanece encerrado 15 años en un inmundo lugar sin tener puta idea de las razones de su cautiverio. No sabemos si su prisión es una cárcel, una casa de seguridad, o una tapicería; el director no se conforma en provocar ese desconcierto y neurosis a la víctima, también lo induce a nosotros, nos convierte en testigos expectantes. Teniendo a la televisión como única compañera de celda, Daesú se desdobla. Él diálogo interno comienza a tomar el control de su coherencia de una manera perturbadora, casi demencial; filosófica, a veces poética. Su vida comienza a transitar entre el odio, al delirio onírico, de la alucinación al llanto, del suicidio a la sed de venganza. Su razón de ser muta en una obsesión por descubrir al captor y vengarse, ya no de la atroz privación de su libertad, desea masticar y escupir en pedazos al que fue capaz de asesinar a sangre fría a su esposa haciéndolo parecer a él como único culpable. Recuperar a su hija no es prioridad, su corazón yace pétreo y lo sabe. El Oh Daesú liberado intempestivamente no es más aquel simpaticón y abotagado dipsómano a quien nunca más extrañaremos, porque la melancolía del monstruo, su profunda pena nos convierte en el mismo reflejo que escupen los cristales del último piso de la torre más alta. También nosotros anhelamos venganza. También nosotros deseamos que mastique, escupa y destripe al causante de su desdicha. También queremos que duela.

Doucette -carente de la ternura salvaje de su antecesor-, permanece en cautiverio la friolera de 20 años y, a diferencia del tambaleante Oh-Daesú -que sufre desmayos y lapsos psicóticos al exponerse a los rayos solares y a los dos primeros seres humanos con quienes tiene oportunidad de interactuar en 15 años- corre, golpea, discute, amenaza y dialoga con la misma naturalidad que utilizan los oficinistas al pedir cigarros mentolados en el OXXO. Sus 20 años en cautiverio sólo sirvieron para que desarrollara una habilidad epistolar cursi e infumable. Ducette deambula del mamarrachismo al insoportable prototipo del soldado universal. Y sí, más cabrón que Van Damme.

Mi villano favorito

Yoo-ji-post-456x342El ejercicio de observar a detalle ambos trabajos cinematográficos al hilo, me confirmó que Occidente y oriente usan distintos planos al momento de construir al antagonista, pero sobre todo, en la manera de proyectar la crueldad en piel y rostro de un villano. No tengo ningún inconveniente en asegurar que Woo-Jin es el mejor villano del celuloide en los últimos diez años. Woo-Jin es un encantador millonario que bien podría dilapidar su fortuna comprando yates en Saint-Tropez, sin embargo, dedica su existencia -sin escatimar tiempo o recursos- en armar pieza por pieza el proyecto de venganza más sofisticado y elegante del que se tenga registro. Cuida cada detalle, lo esculpe en elegante violeta y negro, lo atesora como lo más preciado, metódicamente y sin retrasos. Lo modela con sus propios dedos, lo envuelve en listones de seda. La más grande proeza del guión original es el giro de tuerca emocional cortesía de los motivos de Woo-Jin, que nos hace tropezar de frente contra un fiel guardián de la pureza del amor. Pocas historias son capaces de confundirte en tesituras tan complejas y brillantes.

Sharlto-Copley-in-OldBoy-456x303.jpgNuestro villano derrocha omnipotencia y fragilidad: humanidad y dulzura en combo perfecto. Los motivos del lobo se visten de tabú, incesto, enfermedad mortal, pero nunca del ropaje pestilente de la maldad. Su venganza le devolvió a su Némesis la pertenencia más importante que él mismo había olvidado recuperar. Cuidó del mayor tesoro de su enemigo para devolverlo intacto, puro, bondadoso. Y le entregó en sus manos la decisión de aprender a vivir como él aprendió a hacerlo, antes de perderlo todo, antes de la tragedia. Le ayudó a recuperar su libre albedrío; recogió a un hombre anodino y lo transformó poderosamente haciéndolo evolucionar. La metáfora de su dolencia cardiaca es elocuente, sabe que su venganza también debe pagarse con dolor propio, muerte lenta.

Spike Lee no quiso o no pudo entender que la estructura de la trilogía de Park Chan Wook es el secuestro, no la violación. Mientras que en la versión coreana, la venganza es ejecutada con maestría mediante el método del secuestro, en la del norteamericano es a través de la violación -en cualquier tipo de sentido- explícita. El villano del remake carece de elegancia. Existe un abismo de diferencia entre la sofisticación y el amaneramiento. Adrian Pryce (Sharlto Copley) es un repulsivo millonario desprovisto de móvil o coherencia. Es imposible empatizar con un personaje profundamente traumatizado cuyo objeto de venganza es el menos responsable de su tragedia. La repugnancia inevitable a la figura de Adrian, muestra la doble moral del pensamiento gringo, en la que la ambivalencia no tiene cabida; no es políticamente correcto mostrar indulgencia al tabú.  La venganza que ejecuta vilmente a Doucette es insostenible, porque su estupidez es equiparable a su bestialidad.  De este villano no hay lección qué aprender. O quizás sí: que todos los aristócratas son psicópatas, violadores y asesinos en potencia.

El Soundtrack

Oldboy-Wallpaper--432x346.jpgLa importantísima asignatura del soundtrack era clave para el remake, porque en la versión original significó mucho más que un OST. La música original del genio coreano Jo Yeong-wook fue un personaje más, y no precisamente secundario. El laureado compositor Yeong-wook convirtió a cada uno de sus tracks (cada personaje tiene su propio tema) en secuencias emocionales que proyectan la quintaesencia de los protagonistas. El sonido del teléfono, las campanas del sueño, el llanto nocturno son plenamente identificables, evocadores. El violín y piano de “Cries and whispers (Woo-Jin´s theme)” son insuperables, la atmósfera inquietante de melancolía de los acordes nos induce a sensibilizarnos con el horror. Incluso a perdonarlo. La escena  más violenta se enmarca con la belleza incandescente de Four Seasons- Concerto No. 4, Winter. Pero nunca vemos a cuadro la tortura, solo la inferimos porque Vivaldi nos la impregna con el furor de sus violines.

El trabajo realizado por el murciano Roque Bolaños se nota estructurado y perfecto para una cinta gore (de hecho, lo es, uno ve pedazos de ser humano –y no humanos- por ahí desperdigados a la menor provocación), así que se esforzó por componer 17 impecables tracks. I will find you” (tema principal de la secuela), habita tres océanos de distancia de The last waltz” (Mido´s theme). Se agradece el esfuerzo, pero al compositor español también le quedó grande el traje, su trabajo es notable, pero carente de vida propia, sin eco alguno que resuene en nuestra memoria.

Hace unos cuantos meses, tuve la oportunidad de disfrutar un programa especial realizado en honor de los 10 años de Old boy, mi parte favorita fueron los momentos captados por la cámara durante la exhibición de la cinta en Cannes en el año 2004. Podemos observar en la pantalla del teatro las majestuosas montañas que cierran la última secuencia. Comienzan a desfilar los créditos, mientras las luces de la sala se encienden. Un público visiblemente conmocionado se levanta en frenético aplauso. Park Chan-Wook luce incrédulo, de pasmosa sonrisa e intenta agradecer las lágrimas de la afortunada audiencia que tuvo la oportunidad de contemplar un final perturbador y espeluznantemente conmovedor. Recuerdo perfectamente esa contienda, porque mi indignación fue enorme cuando la Palma de oro a mejor película fue otorgada al inmamable Michael Moore y su Fahrenheit 9/11. Afortunadamente, Quentin Tarantino, Tilda Swinton, Katlheen Turner, Emmanuel Béart, Tsui Hark, entre otros, decidieron que este film merecía el segundo en importancia y prestigio: el Gran Premio del Jurado.

Nunca estaré satisfecha con la secuela de cualquier película que pertenezca al exclusivo pedestal de mis afectos. Spike Lee hizo una buena cinta. No filmó un bodrio, eso es necesario reconocer. Su versión pudo haber alcanzado notas artísticas si no hubiera perdido la brújula, si se hubiera atrevido a explorar sin miedo la brumosa tesitura del incesto, brindarle al mismo un puñado de pureza. Quizás si hubiera respetado las aristas de la original, y contarla a su manera, estaríamos hablando de su obra maestra. No es que al cine norteamericano le sea ajeno el fino arte de la provocación, lo hacen incluso con mucha frecuencia. La diferencia estriba en el método. Provocar causando repulsión no es necesariamente la ruta más sabia. El reto estriba en provocar hasta al más indiferente e inducirlo a la empatía, identificarlo con la luminosa monstruosidad de la trágica dupla Oh-Daesú  Woo-Jin.

La fonética del leguaje de la violencia no es de fácil interpretación, sin embargo no podemos olvidar que es el mismo idioma que hemos usado en nuestro paso por la tierra y que reafirma nuestra condición de humanos imperfectos. Los reflejos que nos obsequian los cristales o espejos, no son los únicos capaces de mostrarnos el rostro de nuestra tantas veces ruin naturaleza. En ocasiones existen personajes a quienes podemos amar y odiar al mismo tiempo, porque nos muestran sin piedad la copia al carbón de nuestros pecados, nuestras vergüenzas y nos recuerdan nuestra personalísima búsqueda por dejar en el olvido a esa bestia que nos reflecta. Que nos fascina.

Eso lo aprendí hace tiempo de Old boy. Gracias por siempre, Park Chan-Wook.

*Texto publicado en Animal Político el 4 de abril de 2014

 

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