2015, Books, Etcétera, Love

Esta no es una reseña. “Algo tan trivial”

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V. sólo tenía 18 años cuando lo asesinaron a sangre fría. Bastó un solitario balazo en el corazón para conseguirlo; un: ¡PUM! directo, ensordecedor y letal. Quienes lo conocieron vaticinaban que acabaría mal, y la noticia de su muerte violenta no cumplió un par de mal intencionadas profecías. La llamada que avisó a sus deudos de la tragedia, los condujo a un lugar hostil y putrefacto del que hay quienes nunca volvieron siendo los mismos. La espeluznante frase: “Hija, mataron a V.” tlaqueó mis piernas con demoníaca destreza. Caí como lo hacen los árboles ante una avalancha de nieve. Sencillamente caí al piso frente a mi padre. Así como mis lágrimas.

No lo vi nacer, pero casi. Tenía la misma edad de mi hermano y ocuparon la misma cuna por meses. Si aquella bala no le hubiera atravesado el corazón, este año habría cumplido 33 años, la edad de cristo, la del príncipe Guillermo de Inglaterra y la de Britney Spears. No estoy segura que V. se habría rapado furibundo ante una turba de paparazzis, o si algún día encabezaría la grandeza monárquica en cualquiera de sus perversas facetas. Todo lo que sé es que muchos daríamos un dedo de la mano derecha por haber tenido la oportunidad de verle abrazar a un cachorro, a uno de su propia sangre, por ejemplo. Cuenta la leyenda que comenzó a consumir drogas blandas en la primaria, yo me enteré de sus problemas de adicción cuando medía 1.80 y se inyectaba heroína. Durante años, se convirtió en el secreto mejor guardado de la familia hasta que el secreto se desbordó por sí mismo. Después de comenzar a saquear la bolsa de su madre o el alhajero de su hermana; hizo lo propio en la casa de sus tías, primas, no dejó títere con cabeza.

Tenía meses sin sentirme tan cerca de V. hasta que una sacudida interna evitó que terminara el libro de ensayo Algo tan trivial de Fausto Alzati Fernández (Festina Editores).

Algo tan trivial es un ensayo que puede leerse como se te venga en gana, porque además de ser un libro, es un soundtrack de nueve capítulos cuyos títulos arrebatan al disco de Violator de Depeche Mode los nombre cada uno de los tracks que lo componen (aunque pensándolo con cautela, además de soundtrack, es un cover chingón y los covers no son otra cosa que la resignificación poderosa del pasado) y cuyo leit motiv es la adicción vivida en huesos y angustia por el propio autor y quién detalla de esta manera la influencia sonora que fue impregnado su libro por esta obra mestra: “Violator es un disco impecable: 9 canciones y ninguna sobra, ni por un segundo. Es la cumbre de la carrera de Depeche Mode. Después de Violator hicieron otro par de discos respetables, y después su producción mejora, quizás, pero el contenido se vuelve soso. Ha desaparecido ya aquella crudeza neorromántica de su lírica. Ya no hay sudor, lágrimas ni plegarias. Ya no hay transgresión ni descubrimiento. Pero pasan los años, y al pasar lo puedo volver a escuchar, y volver a escuchar, de principio a fin sin desperdiciar un solo segundo de mi vida”.

Algo tan trivial no es un libro de autoayuda, una advertencia moralina o mucho menos un testimonial solemne. No se trata de las confesiones de un exconsumidor con los bolsillos colmados de sermones de autoayuda (porque jamás, aquí o allá un consumidor será lo mismo que un adicto, no señor, aquí hablamos de palabras mayores: los consumidores son abetos que transpiran, los adictos son la oquedad intangible del laberinto). Algo tan trivial es una criatura viva que duerme con intermitencia al fondo de la barbarie de la memoria de un sobreviviente de una dictadura llamada demencia y fui incapaz de atravesar la frontera de su página 83. Recordé aquel hachazo a mis pantorrillas. De pronto palpé el sufrimiento que no del autor, y sí de uno de los seres que más he querido en esta vida. No leí más. Tuve que enderezarme y comenzar a escribir esto que tu lees aquí.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que reseñé un libro. Razones o buenos libros no han faltado en mi escritorio, pero nunca tengo tiempo de ponerme a mano con todos esos buenos autores que me han colocado en mis manos generosas viandas literarias tan torcidas como radiantes. He prometido en el pasado a mi editor que construiría una columna de recomendaciones literarias, pero ¿A quién quiero engañar? No sé reseñar libros, por lo que me amparo anticipadamente ante la furia de su Dios que todo lo asola, extermina y penetra para que acepten a cambio fragmentos como estos que comparto con usted, querido lector:

“El fuego no es lo mismo que aquello que quema, pero tampoco es ajeno a su material de combustión. Justo así son los demonios: no son iguales a quien los padece, pero sus voces e impulsos tampoco son ajenos al que los sufre. Ese incendio se llevó mis ganas de fumar mota. No porque ésta fuese mala, sino porque mi relación con esa sustancia que no generaba adicción fisiológica estaba dictada por la desesperación. No era ella, era yo. No conocía la calma necesaria para esperar la siguiente dosis; sentía pánico al ver que mi guardadito se iba acabando. No angustia, pánico. Pero el incendio fue aún más generoso: a su paso quemó toda una colección de fantasías metafísicas que llevaba años coleccionando. Eran un síntoma. Me dejó solo ante el mundo, a secas; solo con mi condición de adicto y la mente quebrada. Así son los demonios, inadvertidamente generosos, a pesar de sus métodos malditos. De otro modo no son demonios, sino meras bestias, torpes y crueles“.

1a. A lo largo de este ensayo he intentado articular algunas de mis experiencias, con la ambición de que al enunciarlas se rompa otro pedazo de su hechizo. Deseando que, al pronunciarlas, aquellas partes antes obviadas de mis vivencias dejen, a su vez, de señalarme a mí como uno más de sus síntomas. Este libro no es un exorcismo; es una declaración de amistad para mis demonios. Porque si los lastimo, me lastimo yo. Es así de sencillo. Esto lo he escrito evitando cualquier nota al pie. He procurado expresar lo que ronda en mi mente y no los índices de los libros que he leído, acaso. No he pretendido comprender la adicción, sólo he procurado recordar y transmitir una experiencia. Lo he escrito de modo algo fragmentado, porque 8 las vivencias son así. Mientras vivo una cosa, pienso en otra y recuerdo otra. Las vivencias, así como el tiempo, no son tan lineales como a ratos nos gusta creer. Estas páginas están llenas de errores, y no tardará algún lisiado emocional en corregirlos, cualesquiera que sean sus motivaciones. Pero para su satisfacción está Google o Wikipedia a mano; este libro, en cambio, versa sobre una experiencia, y como tal está repleto de las mentiras que la memoria cuenta, según el estado de ánimo en que lo escribí. Pero a pesar de las jugarretas de la memoria, las distorsiones de la vanidad, mis cobardes omisiones y la engañosa prudencia, he buscado ser franco. Aunque con frecuencia he fallado, el ejercicio mismo de intentarlo ha valido las madrugadas en cafés 24 horas de esta voraz ciudad”.

“Aún me impresiona lo civilizados que son algunos de mis amigos consumidores. Jamás tuve esa opción; carezco de esa fibra que les indica cuándo contenerse, o cómo divertirse atascándose, o cómo ir a trabajar al día siguiente, o interesarse en cualquier otra cosa. Para un consumidor, hasta para el más enganchado, drogarse esun divertimento; para un adicto es un solemne deber“.

“1e. Nunca me gustó la coca. Sin embargo la ingerí hasta la nausea y el hartazgo, una inyección tras otra. Sin poder salir del baño. O ya fuera de éste, y sin poder siquiera afinar la guitarra, pero intentándolo de todos modos. Y luego otra dosis, y luego otra. Todo para terminar aterrorizado, encerrado, escuchando a través de la puerta. Y no escuchaba lo que había del otro lado de la misma, sino lo que temía que hubiera en algún rincón de mi cabeza. En estado de pánico. O para intentar rebanarme las venas entre delirios, alucinando que así expulsaría la sangre contaminada de mi cuerpo. Tirar lo que quedaba de papel al escusado, aterrorizado, indignado. Todo para despertar a media tarde, deshecho, y bajarlos brazos por el borde de la cama –porque amanecía con los brazos adormecidos de tanto arpón–. Todo para empezar a convencerme poco a poco de ir por más. Corrijo, la coca me gustaba. Lo blanco del polvo, el modo en que adormece las encías y, sobre todo, el olor cuando la cuchara se calienta y se evapora un poquito de perico con el agua. No poder parar. Inyectarme cada cinco minutos. La cuchara, la vela prendida, la soledad, el ritual, la jeringa. La aguja traspasando la piel, la sangre entrando, el efecto inmediato, la taquicardia, el zumbido en los oídos.

Me encanta la coca; sólo que no me gustan sus efectos en mí“.

“Me encantan sus efectos; sólo que no me gustan las consecuencias. La repetición obligada sin espacio para la incertidumbre, sin lugar para la sorpresa, sin espacio para sentir, sin sitio alguno para la vida y todo su grotesco caos. Igual que cualquier miembro de una secta.

No, no me gustaba la coca; sólo que la morfina ya no bastaba. Había que mezclarla con algo. La morfina ya quitaba solamente el asco, las ganas de vomitar y la insoportable densidad del ser –aquella tortuosa invasión de la vida y todas sus pequeñas irritaciones que van sumando hasta hacer que todo sea dolor–. Pero ya no sentía la morfina, sólo su contraste después de una y otra dosis de coca. Arriba, arriba, abajo, abajo.

Cada día igual al anterior, sólo un poco peor.

“Me da gusto que haya personas que disfruten la coca, y hasta lo hagan incluso socialmente. Que se compartan una raya. Lo mío era no poder salir del baño o encerrarme en una esquina del clóset con la TV en estática y sin volumen. Abandoné incluso la música que me mantuvo vivo, por utilizar el cerebro y los sentidos con cualquier otra droga, por no poder despegarme de la aguja. Una dosis y la que sigue y la que sigue y la que sigue. Un monolito. Una postración.

“La adicción está diseñada para eso, para que te arrodilles, para que te abandones. ¿Quién, alguna vez, ha pedido dinero afuera del supermercado, inventando que tu auto se quedó sin anticongelante, todo para comprar una jeringa, porque la que traías ya no tenía filo?”

Bueno, I´ve been there. Aunque a diferencia de Fausto o V., nunca caminé en los zapatos del adicto, a cambio fui la jeringa. Y lo fui más de una vez.

En ocasiones la memoria viene a tomar el té de las cuatro con el recuerdo de V. dentro de una caja de galletas. Si pudiera pedir, elegiría que no me visitara la imagen de la ultima vez que lo abracé, justo una semana antes de morir. Prefiero recordar a mi primo a los cuatro años, corriendo como poseído en casa de mis padres. También pediría volver el tiempo a ese día para tomarlo del brazo y prevenirlo de lo que vendría después.

Quisiera abrazar ese cuerpecillo frágil y rogarle que tuviera cuidado, que no corriera, que nada malo le pasaría si tan sólo frenara un poco la velocidad de su torbellino, que no me gustaría verle llorar, sangrar, escapar, no volver. Le diría: Reach out and touch faith. Una, dos, quizás diez veces.

*Texto publicado en la Revista Etcétera el 30 de diciembre de 2015

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2015, animal político, Nadie te preguntó

Cien años de soledad veinticinco años después

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Tendrían que pasar veinticinco años para que su nombre asaltara a traición mi memoria de modo tan nítido, como si en la víspera mi apatía lo hubiera ignorado en la lista de llamadas perdidas del celular: José Luis Ramos. Por razones que por ahora no vienen a cuento mencionar, me di a la tarea de releer Cien años de soledad de Gabriel García Márquez durante el trayecto en carretera de mis pasadas vacaciones de semana santa. Al tiempo que nuestro auto recorría a vuelta de rueda los casi 400 kilómetros que mantienen al margen la Ciudad de México de San Miguel Allende, leí a mi familia en voz alta la obra mayor del Premio Nobel Colombiano Gabriel García Márquez. Y es aquí donde estriba la importancia del recuerdo de José Luis.

Corría el año de 1989. La niña rara que siempre fui, comenzó a dejar de ser niña -pero no rara-, durante el primer año de secundaria. Pertenecí al grupo “C” hasta tercer año y José Luis al “B”; nunca tuvimos amigos en común, no compartimos el mismo piso durante los tres años de tortura escolar, ni jamás coincidimos en alguna actividad extra muros. Fuimos víctimas del caprichoso azar. No existe alguna otra explicación que justificara que la estrafalaria chica de chamarra de piel estampada con parches de Guns n´Roses y el estudiante introvertido hasta la invisibilidad -empero el más brillante de todo el plantel- , cultivaran un lazo de entrañable complicidad. Fue él quien en un auténtico acto de piedad a la vergonzosa rebeldía de pacotilla de su camarada del grupo C, puso en mis manos en ceremonioso préstamo Cien años de soledadSu generoso ofrecimiento: “Léelo, si no te gusta, tienes autorización de arrojarme al lago del Bosque de Aragón” fue un trato imposible de rehusar. Es perfectamente claro que cumplí mi promesa lectora y tampoco hubo necesidad de rescatarle del fondo de ningún lago. No me faltó el valor de sumergirlo de una patada al lago donde solíamos pasar horas enteras charlando de narraciones aterradoras de H.P Lovecraft, por la sencilla razón que amé Cien años de soledad hasta que Rayuela, de Julio Cortázar, vino a echar por tierra la lealtad devota por la innegable novela favorita de mi jodida adolescencia. José Luis esperó hasta nuestra graduación de secundaria para otorgarme el perdón por jamás devolverle su libro favorito a pesar de 30 meses de tenaces súplicas.

La leyenda cuenta que Gabriel García Márquez concibió la estructura ósea de su obra cumbre en un viaje a su tierra natal, por lo tanto, elegir releer aquel viejo amor literario durante el último retorno al segundo hogar, sofocó de nostalgia una voz a la que le costó mantener elocuencia y templanza a lo largo de una narración que se prolongó por horas. Tantas horas.

La relectura del libro que representó la graduación literaria (antes de cien años, mi lectura sólo sabía nutrirse de poesía y cuentos cortos) de una adolescente irreconocible ya por su versión adulta no es de fácil digestión. Es inevitable el asalto de prejuicios con sus juicios que distraen al lector de experimentar genuina apreciación de la novela. Lo notable es que ni la conexión de Macondo con el paralelismo histórico de la geografía rural del terruño colombiano, las viscerales acusaciones de plagio, o los ríos de tinta que han chapaleado alrededor del autor a lo largo de cuarenta años en innumerables alabanzas, ensayos, críticas e ilustrativos comparativos con otras obras de diametrales épocas, han sido capaces de arrebatarle a esta obra su poderosa trascendencia emocional. Cien años de soledad es un enorme pedazo literario de musicalidad inconfundible cuando se le aborda en voz alta; la fonética y la inimitable partitura de Macondo obsequia al oyente una tonada que cala profundo en el subconsciente. Al margen de la riqueza de cada una de las páginas de la novela, los dos párrafos que simbolizan su obertura y colofón la colocan en la cumbre dentro de las obras más trascendentes de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

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El célebre párrafo preliminar: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, hijo de José Arcadio, recuerda aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, sirve de ancla al lector para asistirle en recordar que la intrincada génesis de la estirpe Buendía, por muy salpimentada de fantasía que a ratos parezca, posee una motricidad narrativa que ha de llevarlo sin respiro hasta el último párrafo a descifrar el misterio de los pergaminos proféticos. La sorpresa con la que el lector se enfrenta en la última página es inevitable, porque más tarde que temprano termina por percatarse del ardid anafórico que le guiñó con sutileza a lo largo de sus veinte capítulos imaginarios.

Junto a José Luis exploré fascinada la descendencia Buendía-Iguarán, con la intención de encontrar signos o mensajes ocultos en cada Arcadio o Aureliano que nos revelaran alguna obviedad trágica, algún premonitorio de infelicidad. Éramos un par de idiotas ajenos a las fuertes críticas que señalaron a Cien años de soledad como una novela engaña bobos de descarada influencia Faulkneriana. Hoy me alegro de nuestra limitadísima cultura y orfandad de sapiencia; porque la carencia de prejuicios es la única ruta posible para devorar la novela cumbre de Gabriel García Márquez y quedar a merced de la impenetrable ciénaga que mantenía a Macondo libre de malicia, cobijada en inocencia. A Pilar Ternera, con su risa que espantaba a las palomas, a Melquíades con sus diminutas manos de gorrión, al patriarca José Arcadio Buendía, pero sobre todo a la del pétreo corazón: Amaranta Buendía y su sangre turbia e incestuosa, les correspondía nuestro fervor a prueba de sortilegios, ascensiones, pescaditos de oro, pelotones de fusilamiento, esteras voladoras, golondrinos, pestes del insomnio y maldiciones/cola de puerco.

Evocar mi turbulencia juvenil sedada sin remedio estos 25 años, para confrontarla a la evolución intelectual adquirida al paso de los lustros, trajo como resultado una profunda irregularidad de juicio. Comprendí perfectamente la necesidad de abordar este ejercicio con recelo para obtener la apreciación literaria objetiva. Lamentablemente carezco de facultades críticas capaces de convencer ni a mi madre. Nada pudo evitar que mi voz se quebrara en el momento justo del último sueño del patriarca. El desenlace onírico de su deambular entre laberínticas habitaciones con paredes de espejos que no fueron otra cosa más que alegoría hipnótica del olvido de quienes le permitieron pudrirse en vida bajo el castaño, logró conmoverme como a la estúpida chiquilla de primero de secundaria toda ella deslumbrada por la delicioso perjuro del incesto, prendada de la fragmentación estructural en la prosa del escritor colombiano una vez más. He leído lo suficiente de Gabriel García Márquez para sostener a título personal, que la exquisita composición narrativa de Cien años de soledad estuvo condenada a no ser superada ni por él mismoCien años de Soledad es a su narrativa lo que a la novela representó el diluvio que cerró los ojos de Úrsula, que devoró la otrora luminosidad de Macondo. Excepto El General en su laberinto no encuentro en la venerada obra del autor más que dosis desorbitadas de oxímoron. El ventarrón apocalíptico cuya furia devastó Macondo para dar cumplimiento a la última profecía de Melquíades: “la ciudad de los espejos (o espejismos) desaparecería de la faz de la tierra y borrada de la memoria de los hombres”, también se llevó consigo la genialidad literaria del autor, cuidadosamente abrigada en caña brava.

Habían transcurrido quizás cuatro horas de narración, cuando llegamos por fin a San Miguel de Allende. Emprendimos nuestra primera caminata en el corazón del hermoso Jardín Juárez, cuando mi pequeño hijo de nueve años -quien escuchó estoico el relato de las estirpes condenadas a cien años de soledad, quienes no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra- rompió nuestro brumoso silencio con un grito emocionado al descubrir, justo frente a nosotros, una turba de viajeras conocidas con el nombre científico de lepidópteras que merodeaban las exuberantes flores y cuyas delgadas membranas volátiles exhibían una tonalidad fronteriza a la de su cabellera:

-¡Mira, mami! ¿Así eran las mariposas de Macondo?

Asentí con la cabeza, aún hipnotizada por su descubrimiento. Abracé intempestivamente a mi pequeño con una rarísima opresión en el pecho. De inmediato eché mano del teléfono celular en búsqueda de lo que presentí, era un hecho consumado. Me bastó leer dos breves notas, para regresarlo al fondo de mi bolsa de mano.

Murió Gabo. balbucée conmovida.

Me quedé en silencio un par de minutos. Recordé a José Luis, a su libro jamás devuelto. Hace tantos años que le perdí la pista que me pregunto ¿dónde habrá parado aquel libro que emocionada presté a mi madre y que mi madre prestó a no sé quién? Cualquiera podría reconocerlo porque mi entrañable amigo se tomó la molestia de dibujar en la página dos con su caligrafía preciosista, el árbol genealógico desde el patriarca José Arcadio hasta el último Aureliano poseedor de la maldición del incesto.

Tomé de la mano a mi pequeño para emprender nuestra caminata por las empedradas calles rumbo al centro de otra ciudad, claro, también mágica. Antes de perder de vista el Jardín Juárez, giré mi rostro para contemplar atónita la significativa visión de aquella jardinera guanajuatense, ornamentada por el acoso batiente de diminutas mariposas amarillas.

*Texto publicado en Animal Político el 14 de mayo de 2014

 

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2015, Etcétera, Nadie te preguntó, París

Terrorisés

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El histérico sonar de un teléfono a las tres de la mañana, arruinó un sueño prometedor. Las madrugadas invernales europeas no son las propicias de ninguna manera para el antojo intempestivo de un vaso de leche. Abandonar la tibieza de tu lecho de motu propio mientras las temperaturas bajo cero arañan con furia el cristal de tu ventana, debe ser el equivalente cuántico a escapar del útero materno a los seis meses de gestación solo para cambiarle a Nickelodeon. Lo hice a rastras. Debía ser un asunto merecedor de atención inmediata, de otra manera, el teléfono se hubiera callado diez minutos antes. Me encontraba de vacaciones en París, por lo que era definitivamente descartable la llamada impertinente de mi hermano beodo, debía ser algo importante. Lo era. La voz de Fabrice del otro lado del auricular se entrecortaba: “Te necesito, ¿puedes venir?”. Afirmé y colgué: “No salgas por ningún motivo, voy para allá”.

Era asunto serio que Fabrice me necesitara a esa hora de la mañana, su intento de suicidio año y medio antes, me empujó a cazar un taxi en la peor ciudad del mundo para encontrar un servicio nocturno sin pensar en la ruina inminente. Veinte minutos más tarde lo encontraría en su departamento en Rue de Verdun temblando, al borde de la hipotermia. Mi visita de aquella noche se prolongó 72 horas, el estado alterado en el que lo encontré no era gratuito. La policía francesa había conseguido dos proezas cortesía de la paradoja: salvarle la vida y arruinársela de paso.

La muerte de su padre tres años atrás, lo destrozó de adentro hacia fuera convirtiendo su duelo en vorágine autodestructiva de proporciones nivel saturnal. Su otrora exclusivo departamento, pasó de locación obligada de la bohemia parisina del mundo de la moda, a convertirse en refugio de yonkies y dealers. Las fastuosas cenas cedieron paso a banquetes groseros de cocaína. Yo nunca había visto algo igual. La verbena inagotable lo colocó en el ojo del huracán y su nombre pasó a engrosar la lista negra de sospechosos de narcotráfico del MILAD de la Police Nationale. Después de recibirme en camiseta y temblando a media calle, preguntó si tenía hambre. Ni siquiera permitió que una respuesta abandonara mis labios, preparó dos pasteles en el mismo tiempo en que yo cocino huevos con tocino. Su estrés no lo dejaba dormir, en breve tendría audiencia ante tribunales y no dejaba de pensar en volver a una celda. Me mostró el expediente policial del caso que aún se mantenía abierto y con posibilidades reales de una condena. Mil 200 fojas integraban la investigación de la misión de lucha antidroga que lo vinculaban con una importante red de distribuidores de cocaína.

“Mira, cariño, aquí aparece tu nombre” dijo como si nada. Como chiste idiota de tía quedada.

Joder. Mi nombre en un expediente criminal. Se trataba de una transcripción de una conversación telefónica que tuvimos dos años atrás. Para enmarcar la puta oja.

La policía había seguidolos pasos de Fabrice con diligencia primermundista. Lo sabían todo, leían cada mensaje de texto, escudriñaban milimétricamente su correspondencia, llamadas telefónicas y correos electrónicos. Todo estaba ahí, en su expediente. Vaya, nunca antes había tenido entre mis manos un expediente criminal con el cuál ejercer comparativas sustanciales o de juicio, pero la meticulosidad del registro de actividades de mi querido amigo, me hicieron pensar en los alcances de vigilancia a los que son sometidos los sospechosos de crímenes en el país galo. La única ventaja a favor del acoso desmedido policial es que pudieron rescatarlo de la noche que decidió acabar con su vida al saltarse la barda del cementerio Pére Lachaise intoxicado hasta las pestañas con la exclusiva compañía de un portafolios lleno de fotos y cartas de su padre, pero que los genios agentes confundieron con la posesión de enervantes que necesitaban como prueba contundente de culpabilidad. El chasco digno de secuela de “Torrente” le salvó la vida: alcanzaron a llevarlo al hospital donde permaneció internado una semana vomitando necia existencia.

El drama de Fabrice viene a cuento, por la profunda insatisfacción en el que se ha mantenido el pueblo francés durante estos meses posteriores a los acontecimientos que llevaron a que una de las fuerzas policiales más invasivas a la intimidad ciudadana permitiera que dos peligrosos militantes yihadistas, los hermanos Said y Chérif Kouachi, aterrorizaran al mundo con su tristemente célebre irrupción terrorista el semanario francés Charlie Hebdo sin mover un músculo que pudiera evitarlo. El pueblo está más aterrorizado por el factor de vulnerabilidad mostrado por su sistema de seguridad nacional, que por una nueva embestida terrorista. El debate se ha polarizado en dos principales posturas: quienes agradecen la expedita ejecución de los hermanos de origen argelino al momento de su captura y celebran no ver sus impuestos sosteniendo sendos juicios y los que no encuentran lógica alguna en que dos sujetos altamente capacitados para matar y sobrevivir, dejaron caer como pétalo de flor la licencia de manejo (imaginar a un terrorista rumbo a cometer el crimen más trascendente del continente en décadas que se toma la molestia de llevar consigo su licencia de conducir, por hábito precautorio y responsabilidad ciudadana, es capaz de provocar instintos conspiranoides al más receloso) que permitió ubicarlos en menos de 24 horas para matarlos sin interrogación de por medio que permitiera contestar al mundo un par de por qués. Si las fuentes periodísticas británicas que afirman que el gobierno de Argelia advirtió a su símil francés de un posible ataque terrorista provocado por miembros yihadistas enclavados en territorio galo están en lo correcto, ¿por qué no se dirigió sin titubeos la potente maquinaria de espionaje contra los Kouachi quienes gozaban de encarcelamientos y condenas desde el año 2005 por sus vínculos con células terroristas?

El comisario responsable de la investigación del atentado en el semanario Charlie Hebdo, Helric Fredou fue encontrado muerto en Limoges después de realizar un interrogatorio relacionado con un sospechoso del caso. Lo grave –allende a su terrible deceso–, es la ola de graves huecos y sospechas alrededor de su suicidio. A nadie le queda claro que siendo diestro se haya pegado un tiro con la mano izquierda justo en la nuca y que su familia no tuviera acceso al cuerpo antes de la autopsia. Lo mejor: el disparo no fue escuchado por nadie en la estación de policía, a pesar de que su arma no tenía silenciador. Las primeras declaraciones de sus colegas fueron de pasmo total ante el supuesto suicidio, su primera reacción fue declarar incomprensión total, ya que Helric no presentaba ningún tipo de rasgo conductual extraño. Dos días después, la difusión de una versión consensuada: “Helric Fredou padecía depresión crónica”, cerró puertas a mayores suspicacias mediáticas. Que la prensa francesa haya pasado de largo la cobertura, la relevancia de este hecho nubla nuestra certeza, la inquietud y confianza ciudadana no están viviendo su major racha. Tampoco la libertad de expresión.

Los registros de publicidad pagada que están recibiendo las publicaciones de mayor circulación y audiencia por parte del gobierno son tema en todos los foros de discusión, pero sobre todo, el escándalo de moda es en torno al célebre semanario L´Express (cuya orientación politica fue reconocidamente contestataria) cuya publicidad pagada por el gobierno aumentó de forma tan sustancial durante 2014, que pudo salvarse milagrosamente de la bancarrota, y que coincide con una muy marcada tendencia editorial tirada al más diestro de los extremos

Victor Hugo fue un visionario. En septiembre de 1872 dirigió una carta al congreso de paz celebrado en Lugano y al cuál no pudo asistir, en esta misiva afirmó que uno de los mayores temores del ciudadano francés es perder la libertad. Perder el privilegio de ser libre podría ser sin duda su mayor temor, aún ahora. Han transcurrido tres meses desde el atentado al semanario Charlie Hebdo y aunque la prensa se ocupa de otros asuntos de mayor o infíma trascendencia, es interesante descubrir cómo se han movido las piezas sociales y políticas del alma mater de la libertad, igualdad y la fraternidad. Los ciudadanos se sienten manipulados por un gobierno que batió récord histórico de desempleados (de acuerdo a cifras oficiales del 2014) con la vergonzosa cifra 3 millones 398 mil 300 personas, mientras los impuestos suben como la espuma (comprar por ejemplo, una propiedad equivale a pagar el 40% de impuestos por el valor de la misma), y con la cereza del pastel: el gobierno obtuvo al fin derecho de picaporte para violentar las garantías de privacidad de sus ciudadanos sin resistencia que valga.

Aquel discurso cuyos vocablos jamás retumbaron en aquel salón de Lugano, y que han trascendido a la vigencia de nuestros tiempo aún desborda elocuencia y nos permite entender de alguna manera al terror al que aludo en el título de este artículo: “El menor de los imperios es el triunfo. Nos sentimos orgullosos de ser libres, y menos que eso, no es más que humillación. Esa es ahora la situación en Francia, que debe seguir siendo libre y volver a ser grande. Las secuelas de nuestro destino alcanzarán a toda la civilización, porque lo que pasa a Francia pasa en el mundo”.

Lo anterior me quedó claro después de una caminata con mi hermana francesa Florence Ascouet en el barrio de Montparnasse. Buscábamos un lugar para estacionarnos cuando vimos de frente a dos mujeres musulmanas que caminaban del otro lado de la acera, cubiertas de pies a cabeza por una burka. Florence no pudo disimular un gesto de malestar de solo verlas. Al principio pensé que su rechazo evidente obedecía a razones racistas. Me leyó la mente porque de inmediato aclaró: “No me malinterpretes, no me opongo a sus costumbres, claramente, a mi no me incumbe ni me afecta. Lo que me enerva es que tengan que ocultar su rostro por un principio de prohibición religiosa o moral, cuando en este país han caido por millares por que cada ciudadano francés tenga el derecho de ser libre, porque la libertad lo es todo y querida, lo que ese velo hasta las tobillos muestra es la esquina más alejada de la plaza de la libertad”

Entendí su punto desde una perspectiva razonable. Claro, era francesa, no existe peor insulto para esa nación que verse acorralados por la ausencia de albedrío.

Aunque pensandolo bien, no les insulta, les provoca terror.

“Tendremos el espíritu de conquista, el espíritu transfigurado del descubrimiento; tendremos la generosa fraternidad de las naciones en lugar de la feroz hermandad de los emperadores; tendremos la patria sin la frontera, el presupuesto sin parasitismo, el comercio, sin costumbres, sin barrera del tráfico, la educación sin degradación, la juventud sin cuartel, el coraje sin lucha, sin andamio de justicia, la vida sin el asesinato, el bosque sin el tigre, el arado sin la espada, el habla sin la mordaza, la conciencia sin el yugo, la verdad, sin dogmas, sin Dios, ni sacerdote, el cielo sin infierno, el amor sin odio. La ligadura atroz de la civilización será derrotada; se cortará el horrible estrecho entre los dos mares, la humanidad y la felicidad. Hay voluntad sobre el mundo en un torrente de luz. ¿Y que es que toda esta luz? Se le llama libertad. ¿Y que es toda esta libertad? Es la paz, nada más que la paz”

-Victor Hugo, 1872-

Update. Fabrice obtuvo su libertad definitiva y su caso fue desechado hace pocas semanas. A cambio de años de persecusión y acoso, recibió un “Usted disculpe” tan conocido por estas latitudes: Inocente de toda culpa y más vivo que nunca.

*Texto publicado en Revista Etcétera el 12 de mayo de 2015

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Sin/Con documentos

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La crónica del calvario que significó obtener la renovación de mi pasaporte y que los buenos amigos del semanario Frente publicaron en este link: http://bit.ly/1NeDeiH recibió puntual y necesario tiro de gracia durante mi última visita a la Ciudad de México y aunque sé a la perfección que mi lugar de residencia actual, a ustedes les debería de importar un poco menos que la inminente extinción de los mandriles albinos de siete penes, a efectos de documentar la tragicomedia absurda que engalana cada una de mis experiencias burocráticas, considero fundamental aclarar que me mudé a Guanajuato por razones que sólo le incumben a mi casero, sin embargo, recuperar mi pasaporte le costó a mi bolsillo y sobre todo mi exigua paciencia ver minados sus últimos cartuchos.

La primera de mis asignaturas consistió en tramitar la credencial de elector ya sin veda electoral de por medio. #Se- MeHizoFácil presentarme a realizar mi trámite de reposición a medio día, pero un policía desdentado cortó de tajo mis ilusiones rancheras: ¿Viene a trámite?, no, güerita, aquí hay que venirse a formar desde las cinco y media de la mañana a sacar ficha. Nadie la va a atender. Vuelva mañana. Tomé aire y me largué resignada. Claro, en mi visita anterior no había ni moscas por la suspensión de emisión de credenciales, a buena hora vengo a descubrir que en días de servicio normales no cabe ni el oxígeno en esos antros de mala reputación. La fila de la entrada se extendía como anaconda a lo largo de dos cuadras. Me resigné y acudí al siguiente día lo más temprano que mi neohuevoneríafreelancera fue capaz de ceder. Me presenté al módulo del binomio malcogido IFE/ INE con la espada desenvainada y lista para la ejecución expedita del primer burócrata que me sugiriera regresar otro día a formarme desde las 5:30 a.m., nomás pa’ ver si alcanzaba ficha. Para mi sorpresa, encontré en la entrada del módulo a un sujeto amigo de mi madre que portaba la credencial de empleado del INE (de dónde carajos salió). Me reconoció de inmediato y le ordenó al policía chimuelo que me permitiera el ingreso. Como si se tratara de tribuna de A.A., di testimonio con el corazón en la mano de aquellas idas y vueltas infructuosas a la SRE, bancos, la veda electoral, etcétera. Puse sobre su escritorio mi acta de nacimiento original, comprobante de domicilio y mi credencial de SEPOMEX con anémica esperanza. Me miró como imagino Leonardo DaVinci contempló por última vez a la pinche Gioconda: No, mija, esta chingadera no te sirve. “Pe, pe, pero me la aceptaron en un juzgado federal como identificación oficial” -Pos sí, mija, pero esas ya no las aceptamos. ¿Qué no tienes la credencial de tu chamba?

¿Han oído hablar de las epifanías? Ah, pues ahí me tienen: con ojos vacunos y cara de la mamá del difunto. ¿Sabían que en mi cartera siempre llevo la credencial de mi exchamba, nomás por convivir? Pues eso, que mi exlastimera vida de Godínez salvó mi pellejo una vez más. En una semana tendría en mis manos la maldita identificación con más poder en este país que el “Mayo” Zambada detentó cuando “El Señor de los Cielos” entregó su equipo al patrón.

Una semana después, desempacaba mi maleta cuidadosamente. Coloqué en una silla todos y cada uno de los documentos que me pedirían en la SRE la mañana siguiente en mi cita de las 8:10 a.m. Todo en orden, nada podría salir mal. La ironía de mi vida es que nací para que nada me salga bien, más allá de mi pinche dislexia quien ha cargado con la culpa de haber invertido fechas de cumpleaños, bautizos, bodas, no llegando a tiempo a ninguna o con el regalo equivocado. A un paso de cumplir cuarenta años, podría suponerse que mi condición debería estar bajo el control más estricto, así como mis sentidos agudos, en absoluta alerta. Quizá me guste ser distraída para tener el inapelable salvoconducto de mi torpeza para justificar olvidos imperdonables. Mis tres yesos en ambos tobillos dan fe, testimonio y legalidad de que existen cosas que son inalterables en mi vida a pesar del inexorable paso de los lustros: olvidé meter al sobre de documentos mis fotografías tamaño pasaporte. Me di cuenta demasiado tarde, casi en la puerta de la SRE. Lamentablemente existen mafias que sacan genuino provecho de la imbecilidad del prójimo y pagan las carreras universitarias de sus descendientes gracias a gente como la que suscribe, así que no me quedó otra que acudir a uno de los sujetos que te preguntan si ya tienes tus fotos listas en la entrada del edificio de pasaportes. Lo que yo ignoraba es que las fotos no te las toman en la combi que tienen estacionada en la esquina. Venga por aquí, las fotos las tomamos adentro del edificio de allá. Verga.

Las instalaciones de la SRE de la delegación Cuauhtémoc se encuentran arropadas por la colonia Guerrero. Aquel que conozca la zona, entenderá que al edificio de la Unidad Habitacional al que tuve que internarme a las 7:25 de la mañana era una maldita vecindad interminable de cajones descarapelados al que algún descastado se le ocurrió denominar: departamentos al momento de su inauguración 40 años atrás. Maldecí mi naturaleza estúpida una vez más. Aún no amanecía por completo, por lo que los pasillos de la unidad habitacional me parecieron la estampa viva de la desolación criminal. El dealer fotero me hizo entrar a una de esas ratoneras mientras yo me preguntaba cómo es que carajos había llegado ahí sin resistencia. Seguí al tipejo como un pinche zombie carente de voluntad cristiana. Los asesinos con hacha que esperaba encontrar al interior del departamento improvisado como estudio fotográfico resultaron ser dos ancianos que arañaban sus ochentas. Me cobraron una fortuna por hacerme cuatro fotos y no vender mis órganos al Malcom el de enfrente. Salí corriendo dispuesta a encender una veladora en la primera iglesia que tuviera la fortuna de encontrar si mis ojos lograban ver un nuevo día.

Llegué sin aliento y puntual a mi cita con el destino. Nada me faltaba. Nada podía salir mal otra vez.

Pasé los primeros dos filtros: la revisión de documentos y el llenado y firma de formatos. El tercero y más importante era la entrevista. Me dieron pase directo a la ventanilla 16. Este es el momento de hacer una pausa y acotar que por algún vericueto de tesitura kármica, deuda al destino o puta mala suerte, siempre, pero SIEMPRE encuentro a mi paso a versiones maltrechas de un personaje famoso. Aclaro que no me refiero a toparme con gente muy parecida a otra, no, lo que yo encuentro es la copia tailandesa, calada, garantizada. Puros clones de Tepito. Cuando tuve de frente al funcionario que tendría el honor de entrevistarme, supe que todo valdría madre: era la xerocopia de Enrique Peña Nieto, la copia de impresora con el último hálito de toner.

Primero me miró como si de nuestra entrevista dependiera mi libertad condicional por homicidio culposo. Todas sus preguntas referentes a mis datos personales dejaban un tufo de sospecha. Le pareció extrañísimo que al preguntar mi nombre dijera: “Tengo 38” y corregir al instante, “No, tengo 39, lo siento, los acabo de cumplir y no me acostumbro”. No me creyó. Me lo hizo saber con una mueca tan agria como ano de hiena. Después le pareció extraño que la dirección de mi credencial de elector tuviera una diferencia con el domicilio declarado en el acta que denuncié el extravío de mi pasaporte anterior. La errata del domicilio de mi madre me perseguiría por siempre. Ella vive en una colonia donde todas al calles tienen nombre de ríos. El río que le tocó nombrar las calle de mi cabecita de algodón es Drave, aunque el nombre real es Drava. Los libros de geografía cuentan que pertenece a Europa Central meridional, cuya cuenca nace en Italia y termina su curso en el río Danubio. Pero por un misterio asociado a la injusticia poética, el recibo del agua, del predial, de la luz, e incluso Google Maps, el nombre de esta diminuta calle es DRAVE. El porqué el IFE/INE declara el domicilio como DRABE escapa por completo de mi control y comprensión. Enrique Peña Nieto me regaló su segunda mueca del día mientras garrapateaba una segunda nota en un post-it verde. La hecatombe se desplomó sobre mi cabeza cuando al sujeto le pareció objeto de escrutinio judicial que mi credencial mostrara el número 04 en su extremo derecho. Yo jamás había reparado en el significado de ese numeral, pero en ese instante se me explicó que significaba el número de veces que se había tramitado la credencial de elector. Mi espina dorsal comenzó a helarse y el detonante causal de mi divorcio se apoderó de mí.

Podría jurar que mi rostro mostraba las bondades del color verde bandera. Levanté la voz sin darme cuenta. ¿En serio me estás haciendo esa pregunta? ¿Sí te has percatado que vivimos en una ciudad insegura? ¿Sabes cuántas veces me han asaltado llevándose mis pertenencias? Y eso sin contar las veces que he olvidado mi cartera con identificaciones. Había puesto en peligro mi vida por el olvido de mis fotografías justo esa mañana. ¿Acaso tenía que agregar más?

“Eso a nosotros no nos interesa, señorita. Que usted tenga una credencial con el número cuatro es objeto de sospecha de identidad falsa y pasaremos a escrutinio sus documentos A MENOS que cuente con una identificación oficial adicional”. Tardé cuatro meses en obtener UNA oficial, quizás para las fiestas navideñas sería capaz de conseguir otra. Pero a ese grandísimo cabrón mis penurias le tenían sin cuidado. Me condujo a una sala de espera. Como en separos. Como delincuente potencial. Como si nacer pendejo –si la perdiste–, pobre e ignorante–si no cuentas con certificado de primaria o cédula profesional o maldecido por la mala suerte –si te asaltaron cuatro veces en la vía pública– te condena de facto al pabellón del fraude potencial. Mientras esperaba el dictamensentencia en la silla cuyo segundo nombre era incomodidad, leí la siguiente advertencia en un letrero gigantesco colocado frente al lugar asignado nomás pa’ mí: “En aquellos casos en que del análisis de la documentación o información presentada o del resultado de la entrevista realizada se detecten inconsistencias o irregularidades, la SRE está facultada para verificar la autenticidad de los documentales recibidos ante la autoridad emisora y podrá requerirle pruebas adicionales que demuestren fehacientemente su nacionalidad e identidad. La expedición del pasaporte está supeditado al tiempo de respuesta de la autoridad correspondiente, por lo que su emisión no podrá realizarse en los plazos establecidos”.

V.E.R.G.A. Sentí lo que John Smith tuvo que haber experimentado cuando se le entregó el libro de mormón en sus manos trémulas. Ese letrero era un mensaje de dios y su destinataria no era otra más que yo. Lloré de emoción, supe en carne, pellejo y desvelo que mi destino había sido escrito ya, que no tenía caso huir, negociar, esconderse o pelear. Al menos no en ese instante.

Una hora después, escuché mi nombre al final del pasillo. Yo continuaba en éxtasis transcribiendo el mensaje de Dios en una hoja de papel que pedí prestada a una bestia del señor que dormitaba en otra banca. Caminé lento, sin prisa. Sabía lo que vendría y estaba dispuesta a no negociar mi futuro. Señorita, hemos detectado que sus documentos requieren un escrutinio fase dos. Si todo sale bien, su pasaporte estará listo la próxima semana. Traiga este número de folio para que le de seguimiento al trámite de reposición.

Regreso a casa, reflexioné largamente acerca de cómo este calvario para obtener un nuevo pasaporte arrebató a mi vida apacible 120 tortuosos días, e hizo considerar muy dentro de mí que Dios existe y me detesta, pero cuando leí que en Brasil solicitar el trámite más elemental le lleva al ciudadano promedio la bicoca de 152 días repartidos en 15 sub-trámites, pensé en que nunca había sido tan claro aquel viejo precepto de consuelo de idiotas.

Acudí el día señalado a recoger mi pasaporte. Ni siquierareparé en el rostro del servidor público que depositó al El Dorado en estas manos ansiosas. Tuve miedo de reconocer en él la cara de Felipe Calderón, y no, ni madres. Ese maldito liliputiense michoacano jamás volvería a estropearme un día más en la vida. Pasaporte en mano salí corriendo rumbo a Monte Pelvoux No. 111, piso 4, Col. Lomas de Chapultepec, Delegación Miguel Hidalgo C.P. 11000 México, D.F., dirección que alberga el Consulado de Finlandia, demarcación geográfica que posee el galardón del país menos burocrático del mundo. No requieren visa, adoran a los mexicanos y se encuentra lejos, muy lejos de la Colonia Guerrero. Aunque siempre, siempre me quedará Uganda como plan B.

Who fuckin´ knows?

*Texto publicado en Revista Etcétera el 27 de noviembre de 2015

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