2016, Nadie te preguntó

¿Masoquista yo?

 

masoquismo

Y a continuación, una triste canción de amor: durante tres lustros mi hermano y yo fuimos arrastrados sin piedad al pueblo natal de mi madre todas y cada una de nuestras vacaciones. Si ustedes nunca han puesto un pie en las miserables tierras de Tlapehuala, Guerrero, perdieron la oportunidad irrepetible de conocer la sucursal #266 del infierno. Cuarenta grados de calor a la sombra y puercos salvajes atropellando a sombras humanas sumidas en pobreza extrema nos recibían por lo menos dos veces al año. Pero el horror no terminaba ahí. Mi familia jamás podrá distinguirse de pertenecer al bando de los nobles de corazón. Quizás existan un par de excepciones en la estirpe materna, pero considero que un par de excepciones no justifican con decoro la salvajada de obligar a tus hijos a sufrir cuando todo lo que ellos querían era vacacionar y ser felices. El patrón se repetía con meticulosidad: regresábamos enfermos de tristeza, aunque mi madre padecía lo que todos juntos y en montón. Era incomprensible entender qué razón sería lo suficientemente poderosa para regresar al lugar dónde habitaban tus peores recuerdos nada más para ser tratado como un animal. A los quince años, me armé de las agallas suficientes para enfrentar a mi madre y advertirle que mientras tuviera vida, jamás volvería a ese maldito lugar. He mantenido esa promesa al día de hoy.

Reconozco que a pesar de aquella tarde, he intentado,haciendo uso más de la buena estrella que del talento, dirigir mi vida a puertos afables, y evitar hasta sus últimas consecuencias, aquellos que sean capaces de provocarme disgusto o infelicidad. Esta técnica pulida a punta de porrazos, es aplicable para alejarme a velocidad de marchista de cualquier ser vivo nocivo e incapaz de prodigarme felicidad. Reconozco en mi conducta una inconfundible vocación hedonista que en turbulentos escenarios me condujo a dejar atrás a individuos notables, pero si me ponen mal, es inevitable hacer maletas apresuradas y abordar el primer vuelo de media noche para escapar y jamás volver. Porque me niego a ser masoquista.

Hace años investigué y compartí con mis lectores, todo lo que se debe de saber –y evitar– sobre la naturaleza masoquista, y si decido compartirlo una vez más, es a causa del sufrimiento de alguien a quién amo profundamente y que lo necesita leer una y otra vez. Trataré de hacerlo con respeto absoluto:

El masoquismo nos impide disfrutar del cáliz del bienestar y nos imposibilita a entregarnos con desparpajo a lo bueno de la vida. Sacrificamos nuestro estado de ánimo con tal de no contrariar nuestras relaciones de afecto o de entorno social. Victimizamos nuestra existencia para depositarla –cual bocadillos– en una bandeja pública de la que cualquiera se puede servir. El engranaje del que se alimenta el placer es tan diverso como ideas en cerebros humanos, cada quién decide de qué elementos se compone el placer a nuestra medida, sin embargo, el engranaje del carácter masoquista, se distingue por componentes cuya única intención parece un sofisticado diseño de ingeniería cuya misión no es otra que el autosabotaje. El masoquista estropea desde su interior la sensación de placer, para trastocarlo en el sentido contrario: displacer. Lowen y Reich lo dicen de mejor manera:

“…el masoquista sufre una intolerancia específica a las tensiones psíquicas y una excesiva producción de displacer, mucho mayor que cualquier otra neurosis…”

Que a nadie le extrañe conocer o cohabitar con gente con esta tendencia a negarse a la felicidad. Mi más claro y fehaciente objeto de estudio lo encontré en mi propia familia. Quizá de manera sistemática, – y gracias a ellos-, he procurado alejarme de este tipo de conductas en cuanto mis torretas internas anuncian por lo alto su presencia. Aprendí a identificar estos rasgos conductuales con esta guía práctica:

  1. Proclividad crónica al dolor, son plañideras profesionales, su lenguaje está salpimentado con lamentos de su inacabable mala estrella.
  2. Proclividad al auto menosprecio. Son auto displicentes, hacen del masoquismo moral su carta de presentación.
  3. Proclividad a la tortura propia y ajena. Encuentran un espejo humano para reflejar parabólicamente su dolor.
  4. Proclividad al aturdimiento, a equivocarse y mostrar una torpeza que la mayor parte de las veces se traduce como característica natural del individuo.
  5. Proclividad a sostener vínculos poderosos con objetos. Intiman profundamente con objetos simples que aunque parezcan insignificantes, para estas personas son vitales.
  6. Síndrome de espasticidad. Este síntoma, se entiende como una alteración motora que se identifica por los –a veces- incontrolables espasmos en los tendones, o bien dicho de otra manera, como reflejos constantes en las manos o temblores (por citar un ejemplo).

    Recurrentemente padecen tensiones nerviosas seguidas de una inmensa angustia por ser capaces de gobernar esta tensión, sin embargo, los artilugios que utilizan difícilmente les funcionan. Acaban sumergidos hasta el cuello en arenas movedizas, donde sus pataleos desesperados, son los que los hunden hasta el fondo.

    La raíz de un gran número de desequilibrios conductuales, están estrechamente vinculados con la relación que hemos sostenido en la infancia con nuestra madre. Otra particularidad de los masoquistas, es que en la rifa del destino se les obsequió una madre tirana. Sé que casi todos ustedes adoran a sus madres y la mayoría defenderá el honor de su cabecita de algodón a rajatabla. Pero no podemos cerrar los ojos a la realidad: existen madres que ejercen la noble investidura, aunque en su interior resida el Gran Satán. Conozco mujeres que son capaces de hundir en lo más oscuro del abismo a su descendencia sin el menor remordimiento. Los educan para la profesión de la nulidad, los dominan hasta ahogarlos y matar en ellos, lo que podría haberlos convertido en individuos funcionales en su forma más básica. La opresión que ejercen las madres sobre un futuro masoquista, es crear en ellos un fuerte vínculo de codependencia. Son tratados como vasijas de cristal cortado que nadie puede tocar (cualquier cosa podría dañarles), se preocupan por ellos desmesuradamente, lo que los desconcierta al recibir al mismo tiempo, agresiones y maltrato psicológico (o físico). La madre los educa para guardar en el receptáculo más recóndito, sus verdaderas emociones, los castran de libertad y autoestima. La mayoría de ellos poseen una personalidad afable y dócil -con esta careta disfrazan al niño aterrado que vive dentro-, navegan con cautela, cuidan meticulosamente sus pasos, y desarrollan su intelecto a niveles sorprendentes para observar con recelo a los que lo rodean. Lo terrible es que suelen ofrecerse como carne de cañón para el ejército de sádicos que transitan en esta vida en búsqueda de su contraparte ideal: ellos, los masoquistas.

    Desde el pensamiento clásico, se ha profundizado en qué métrica debe considerarse “normal” para determinar qué mierda es la felicidad. Cada civilización ha traducido la felicidad de manera distinta a cualquier otra, incluso, entre las mismas civilizaciones se pueden encontrar posturas discordantes.

    Aristoteles (Estagira, 384, A.C.) afirmaba que la felicidad debía ser la aspiración suprema y el objeto del deseo primario de nuestra especie. Cordura y virtud. La felicidad como aquello que nos hace diferentes de los animales: la racionalidad a nuestro servicio. Para el filósofo griego Epicuro (Samos, Atenas, 341, A.C.) en cambio, la felicidad se abrevia en una idea abstracta y contundente: La felicidad como ausencia del dolor. Para Nietzche, el dolor era necesario para identificarnos como entidades vivientes. Rechazaba el gozo como algo fácil de obtener, su fascinación por el héroe que descubre por medio de la lucha y el sufrimiento la autorrealización existencial mediante la ineludible estela de dolor que deja consigo el más agrio combate, lo hizo célebre.

    “El hombre, el más valeroso de los animales y el más habituado al sufrimiento, no repudia el sufrimiento en sí: lo quiere y hasta lo busca a condición de poder encontrarle un sentido, un objeto”. F. Nietzche.

    Evidentemente, yo no poseo ninguna de las cualidades cognoscitivas de estas poderosas mentes que han alimentado a otras millones durante siglos. Sin embargo tengo muy claro que es lo que deseo y lo que no. Me niego rotundamente a consentir mi “destino” aunque este parezca ineludible. Rechazo tajantemente ser objeto del sadismo de un tercero, de la misma manera que rehúso abusar de un espíritu endeble, aunque su cabeza sea colocada en mis manos en lustrosa bandeja de plata.

    Existen miles y millones de causas ajenas a nuestro alcance que pueden afectarnos de manera irreversible. Estas millones de causas, pueden causarnos el sentimiento de pérdida física o emocional de impacto incalculable. Ante ellas, nada puede hacerse. He decidido no contribuir a que estas hijas de puta me alcancen. Decidí hace muchos años decir rabiosamente NO a pasarme mal un solo día, peor aún a causa de mi propia mano traicionera. Me he equivocado tanto y de las formas más inauditas, aunque voy mejorando la técnica. Me esfuerzo por reinventar mi entorno las veces que sean necesarias. Cambiar como una veleta la dirección del camino. A veces no encuentro las mejores maneras para hacerlo. Nací desprovista de esa gran virtud llamada sutileza, así que pido perdón a cada persona que haya lastimado con mis dagas de franqueza o con algunos de mis más sonoros y crueles NO.

    No sé con certeza de que materia prima se componga la estructura molecular del alma, pero algo que me suena familiar con la tranquilidad del espíritu, me inunda de pies a cabeza cuando corto de tajo cualquier factor que me enferme de lágrimas o desasosiego. Tampoco me entrego de lleno al hedonismo, mi ambición más grande en este tenor, es encontrar el punto de equilibrio adecuado.

    En los últimos años, he desarrollado una enorme necesidad de lograr conmover a mis lectores, porque ese enorme privilegio me aleja de cualquier tipo de tristeza, así que, bueno, no tengo cómo pagarles su contribución a mi cruzada personal por lograr tocar tierra firme en el solar de la felicidad un día a la vez.

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