2017, Books, Nadie te preguntó

La Bota, la sidra, Yuste: la vida.

 

18447350_1998703090349302_8508230571845964484_n

La comida y la bebida han sido y jamás claudicarán de su atroz protagonismo en la agenda de mi vida. Viajar y comer, comer y viajar; y claro: beber. El placer de encontrar vínculos gustativos secretos entre individuos, sus pueblos y naciones, es sin duda uno de mis vicios favoritos.

El año 2009, Barcelona, Julio -mi mejor amigo- y las fiestas de la Mercé me recibieron a punta de calor, fiesta, arte, tradición, poesía y el privilegio de su comida. El primer impulso que tuve en la irrepetible primera noche en las ramblas, fue arrastrar a Julio a conocer a Santi, el misterioso dueño de la Sidrería Yuste. Llevé la dirección, un mapa mal trazado, plagado de referencias absurdas, cortesía de Rafael, amigo y cómplice quien quedó prendado de la sidrería de marras durante uno de sus enloquecidos viajes a Cataluña. Gracias a que existe un Dios pagano que protege a los imbéciles, pudimos llegar a la célebre sidrería ubicada a unas calles del metro Tetuan, a pesar de que nuestro mapa nos conducía a Badajoz, frontera con Portugal.

El lugar lucía como cualquier aspirante a templo del placer exige: abarrotado. El hombre parlachín que cobraba entre risotadas detrás de una caja registradora de los años cuarenta, no podía ser otro más que Santi. Lo confirmé cuando al identificarme como una enviada del otro lado del mundo, me presumió una postal de Jis y Trino que adornaba su pared favorita, obsequio del mismo Rafael quien me hizo prometerle visitar aquel inolvidable lugar. Gracias a Santi agregué nuevos vicios a esta vida licenciosa: la sidra asturiana, las patatas bravas, los bocadillos de calamares y la paella.  Mi veleidosa memoria ha guardado desde ese día, la personalísima postal de Santi escanciando sidra y aconsejándonos no tomarla hasta el último trago, porque es tradición y deber humano dejar al fondo del vaso el último trago para después ofrecerlo a la tierra en acto de solemne agradecimiento y retribución. Porque de la clemente tierra provienen los frutos de la dicha que nadan al interior de cada botella de sidra que habita este mundo que se acaba.

Cinco años después aquella visita a la sidrería -que se convirtió en costumbre mientras permanecí entre ramblas y vida-, Julio regresó a la Ciudad de México con la intención de pagarle a sus cariños un poco de presencia después de prolongada ausencia.

Recorrimos juntos algunos barrios entrañables exclusivos de nuestra memoria, entre ellos, un recinto que es más que una propuesta gastronómica, una leyenda culinaria, el punto de reunión favorito de poetas y asesinos del conformismo. Decidimos que nuestra última parada de la noche debería ser la Hostería La Bota.

Nos sentamos justo en el corazón del recinto, uno frente al otro. Miramos las paredes salpicadas del eco de tanta prosa versada, de guiños mudos. Bebimos, comimos y recorrimos con el músculo de la memoria cada rincón, cada bocado de aroma en completa sincronía: asociamos dos hermanos ignotos uno del otro, cada uno del otro lado del Mar Atlántico. Recordamos nuestra primera correría juntos fuera de nuestra patria y cuyo bautizo lo simbolizó aquella dulce ambrosía asturiana.

Preguntamos por Antonio Calera-Grobet, juglar dotadísimo de genio  y santo patrono de la hostería, quisimos compartirle nuestra eufórica epifanía. ¿Quién no querría enterarse de la existencia de un hermano desconocido?

-Hoy no se encuentra, lo sentimos-

La respuesta del mesero nos hizo pensar que incluso entre nosotros hay cabida a noches imperfectas, pero la magia de los vínculos invisibles ante los que Julio y yo nos hemos conmovido a la largo de 25 años, no para de estrujar con tozudez nuestras ataduras.

-¿Eres América, verdad? Antonio les manda esto.

Era nuestro diligente mesero a quien lamento mucho no recordar su nombre, porque estoy segura de haberlo repetido tres veces, pero que nadie culpe mi descortesía, por favor. Desde el momento que nos dejó esa botella de sidra en nuestra mesa, dos arcillosas criaturas marcadas con el lunar de la tristeza y que crecieron juntas, se transportaron conmovidas a la calle Sicilia, muy cerca del metro Tetuan, donde derramaron por vez primera el último sorbo de su copa de sidra como tributo a las impagables bondades recibidas.

Quizás Antonio Calera-Grobet no lo sepa, pero dos tragos de la sidra de su cava se derramaron en la calle San Jerónimo, justo frente a su amada, mi amada Bota, pero lo juro ahora y ante quien sea, que no se desperdició ni una gota.

 

*Texto publicado en el libro “Pase usted” de Editorial Mantarraya, primavera del 2017

 

 

 

 

 

 

Advertisements
Standard
2017, Epistolario, Etcétera, Love

Quiero otra vida para enamorarte

fc-007.png

Te encontré cuando buscabas el brillante frenesí de mi cuerpo aquella noche absurda en la que destrozaste el irracional afecto que me provocaba mirar tus negrísimos y tristes ojos.  El mérito de sembrar desconsuelo y angustia en mi memoria al mismo tiempo que chapaleabas en la profundidad de tu oscuridad favorita es todo tuyo. Todito.

Esa noche hubiera preferido cenar a tu lado, estar a solas, lejos del estruendo y no correr como locos buscando el estúpido objeto que solamente tú y yo conocemos el nombre y por el que pagué una fortuna.

No, hicimos mal. Sí, lo hicimos.

Dicen los que saben que el primer encuentro rara vez encuentras sincronía. Cadencia. Perfección. Pero ambos sabemos que el preámbulo es para los que no tienen química. los que se saben cómo nosotros solamente deseamos conectar.

Me pediste que cerrara los ojos y que tratara de visualizar una puerta verde, semi abierta, filtrada por una luz suave. Estoy del otro lado- dijiste. Camina lento, atraviesa la puerta. Abrí los ojos cuando fuiste tú el que me atravesaste. Atravesamos juntos siete puertas hasta la mañana siguiente.

Después de irte y dejarme los bolsillos del deseo vacíos te fuiste. No supe de ti más hasta que me llamaste para contarme que estabas en tu casa con otra mujer, pero que extrañabas perderte conmigo.

-Aliméntala, anda, y déjala vacía, sin nada, como a mí.

Y te colgué.

Fuerte.

*****

Me buscaste cuando volvieron a hacerte mierda. Me enseñaste las heridas de tu obsesión malsana de enamorarte de la mujer incorrecta. Aquella noche incluiste por primera vez a nuestras charlas el vocablo amor.

-Llamándome mentiroso no evitará que deje de buscarte y decirte cosas-. Intenté decirte un mal chiste para evitar tu dulzura y me mandaste a la verga.

-No me vas a distraer-, dijiste. Quiero que me escuches, quiero que sepas y veas que tan pendejo soy. Y aún así decidas quedarte

Te preparé un café y sonreí. Sacaste un porro de mota y comenzaste a contarme tu última pesadilla:

-Siempre confío en que ella se va a quedar. Viene y me usa, me emociona. Pero siempre se va. Como seguramente tú acabarás haciéndolo.

Realmente,  te oí escucharte. No me interesaba conocer la sordidez de tus enfermizas relaciones. No mientras te encontrabas sentado en mi estancia sin camisa. Sudando rencor, ira.

Tu monólogo terminó a la segunda taza de café. Te dije que podías usar mi ducha.

Cerraste tus pinzas en mi cintura cuando te extendí la toalla. Me arrastraste contigo a la regadera. Comimos uno del otro tres días.

Afuera y adentro de la ducha.

***

Tocaste mi puerta seis meses después de nuestro último encuentro. Me escribiste la noche anterior para decirme si podías pasar a verme por la mañana, desayunar juntos. Querías mostrarme tu nuevo tatuaje en el brazo derecho. Lo primero que hice al abrir la puerta fue exigirte que me lo mostraras. No podía creer que se hubiera entintado la frase que grité en la alcoba en mi último orgasmo. Nuestro orgasmo: Hasta el final, contigo.

Te dije diez veces que eras un imbécil. Un villano.  Meses sin saber una palabra tuya y de repente te aparecías de la nada con ese símbolo inequívoco de complicidad. Ese guiño todo mío.

Le conté que había conocido a un chico en la oficina y que llevábamos saliendo cuatro meses. Aventaste al piso los discos que llevabas para obsequiarme. No habías olvidado mi cumpleaños, después de todo.

“Yo solo puedo ofrecerte lo que ves” -dijiste- Pero prometo rifarme contigo. Quédate conmigo, tengamos un hijo.

Intenté alejarte, decirte que por favor te fueras. Aunque el auto engaño nunca ha estado de mi lado. Sin ti soy un lego sin las piezas que le faltan. No puedo cerrar las piernas por las noches y tus ojos son los que descansan cuando los míos se pierden en la inconsciencia de un mundo mejor. Me baño y son tus manos quienes tallan mi espalda cada día. Tu sombra se quedó para siempre aquí y habita en mi ducha. Eso fue lo último que te dije antes de perderme. Contigo dentro.

***

No sé cuándo recibas este mensaje, pero quiero que sepas que leí tarde -muy tarde- tu correo electrónico. Sabías que iba a casarme y aún así, preferiste escribirme y no llamarme. Estoy haciendo mis maletas, en 4 horas sale mi vuelo. Los boletos del viaje de luna de miel tienen como destino una playa en el Caribe. ¿No te parece una broma de mal gusto imaginarme a mi, tirada en la arena? con lo que detesto el sol, el calor y las palmeras.

“Quisiera otra vida para enamorarte” es un gran título para una canción o un poemario. Incluso para usarlo como subjet de una carta electrónica. Debo confesarte que mi piel envejeció un lustro saber que pronuncias mi nombre entre nubarrones que vuelan por las azoteas y que a las tres de la mañana te despierta el aroma de mi sexo. Y aunque digas que eres de esos delanteros que llegan tarde a todos los balones, quiero que sepas que, en contraparte, siempre llego tarde al banquete, incluso al de mi propia boda.

Yo también muero de miedo, vida mía. Estoy pidiendo un taxi destino a tu casa. Llevo tus discos, mis maletas y al gato. ¿Te conté que tengo uno? sí, es divino, es un gato de angora.

Dime que estarás en la puerta. esperando. Esperándonos.

 

 

Standard
2017, Nadie te preguntó, Yaconic

DE STEVE JOBS A NO JOBS

millennials-america-pacheco-750x422

Para Alejandro Borges.

Dediqué diez años de mi vida laboral a ser parte del perfecto esqueleto de una compañía europea de la industria eléctrica. Las experiencias y traumas adquiridos en una década me hicieron pensar que había tenido la fortuna de aprender más de conducta humana de lo que la carrera de psicología impartida en Berkeley puede ofrecer. Sin embargo, los dos años y medio que le he ofrendado al mundo de la publicidad me han hecho tragar cada una de mis presuntuosas palabras. Todo por los millennials.

LEMURIÓSFERA

Trabajar para una empresa de dos mil quinientos empleados cuya plantilla laboral es ocupada en un 90 por ciento por ingenieros —y no ser uno—, es el equivalente cuántico a ser arrastrado y atado de pies y manos con la cara al suelo tal y cómo nos ilustra con chabacanería Dante, en su quinto círculo del purgatorio. No exagero, siempre lo hago, pero no esta vez.

En el extravagante hábitat de los ingenieros, descubrí una sub especie muy peculiar y a la que decidí llamar lémur. Aclaro que no todos los ingenieros entran en esta descripción, pero casi todos los lémures que conozco son ingenieros. Los contadores pueden entrar también en esta clasificación sustentada en complejos análisis y avalada por la Universidad de Harvard. Los lémures, esos tímidos y sumisos pequeñuelos provenientes de Madagascar, poseen una personalidad fascinante: se reproducen fácilmente en cautiverio, viven en grupos no mayores a 30 bestezuelas, son diurnos y poco ambiciosos. Eligen meticulosamente su área de confort y no aspiran dominar terrenos más allá de los que sean capaces de tener total control, por lo que exploran a conciencia y suma precaución el terreno que habrán de elegir como su hábitat. Las hembras dominan al macho y deciden qué carajos se hace dentro de sus dominios. El lémur macho se conforma con proveer y mantener seguro el hogar. Como los ingenieros, pues.

millennials america pacheco

Debo reconocer que al principio fue sencillo y manejable cohabitar laboralmente con esos pobres incapaces de negar un “buenos días”, “con permiso”, “provecho”. Pero coexistir 8 horas diarias durante 12 meses con esas lastimosas almas que crecieron en el salvajerío sin protección al horror de la imprudencia, pero con buenos modales —pueden ser chacales, pero absolutamente correctos—, fue una de las mayores afrentas a mi espíritu punk. Algunos lémures cuentan en el anaquel de logros hasta maestrías, aunque parezca que fueron amamantados por lobos, pero intentar mantener una charla aderezada con chispas de filosofía, se convertía en la estéril causa de mostrarle el universo estelar a un topo (AB. dixit).

En alguna ocasión fui secuestrada en la oficina de ellos durante hora y media. Todo fue mi culpa, lo reconozco con vergüenza. Tuve el pésimo tino de intentar devolver un poco de cortesía en el comedor al establecer una charla insignificante cuando tomó asiento junto a mí. Para un lémur cuya aspiración verdadera y por la que sacrifica todo lo sacrificable, se traduce en casarse de blanco, traer al mundo a lemurcitos a quienes heredarles el fruto de la hipoteca, entregarle a su mujer hasta el último de sus vales de despensa, jugar fútbol los jueves en el equipo de la empresa, ir de vacaciones a Acapulco, jubilarse y chupar hasta el vómito en el Irish Pub de Polanco; era natural que se escandalizara al escuchar mi casual confesión: nunca haber tenido la intención de obtener un crédito del Infonavit. Durante una hora tuve que soplarme la perorata del ejecutivo de finanzas del Lémur Director y a quién debía la fortuna de haber empeñado 20 años de libertad financiera para lograr el sueño de mamá Lémur: su casa propia.

Cada vez que veo el video de “Lemur on drugs” imagino al Lémur Director abriendo su estado de cuenta del Afore.

A partir de ese día jamás volví a compartir mesa con nadie o hacer preguntas peligrosas. Los últimos años dentro de esas cuatro paredes pedí servicio de comida al escritorio, mi comedor favorito.

No se confundan: agradezco con lágrimas en los ojos al Santo niño Tarsicio la existencia de tan útil especie. A lémures de capacidades notabilísimas le debemos todos el gozar de los beneficios de la tecnología y el progreso, pero jamás me casaría con uno. No soy mejor que ellos. Nacimos en úteros de especies distintas. Solo eso.

RESILIENTE YO SOY, BITCH

Espinosas razones (y que forman parte de otro relato) me obligaron a renunciar a un status laboral por el que muchos de los que conozco matarían: seguro de gastos médicos mayores, bonos de productividad y logro de objetivos, reparto de utilidades, fondo de ahorro, vacaciones pagadas, aguinaldo de 30 días, vales de despensa y antigüedad en el seguro social. Dejé todo por el sueño americano: fui reclutada en una agencia de publicidad gringa. La vida como la conocí cambió por completo.

Ahora, como flamante publicista, convivo con otro segmento evolutivo del mamífero: los pinches millennials. Y la cosa no es fácil, no, no, no.

Quizá cometo un gravísimo error al detestarlos, pero la estructura de organización y responsabilidad que concibo como la adecuada, está años luz a lo que la mayoría de estos chicos concibe como desempeño laboral.

Los millennials son una pesadilla.

Me explico: en la agencia todos sin excepción trabajamos en la modalidad de home office, ninguno de nosotros tiene que levantarse de madrugada para alcanzar al Metrobús semi vacío. Nuestra oficina es el espacio que se nos dé la gana y que nos proporcione la atmósfera adecuada para concentrarnos en los deberes cotidianos. ¿Quieres trabajar en la cantina? Go ahead, nomás asegúrate que El Corona tenga una buena conexión a internet. ¿Acaso es mucho pedir?

Al igual que el Efecto Lémur, no todos los millennials son cretinos. Me queda claro, así que, por favor, déjenme generalizar a gusto. Esta muestra no es representativa, pero es mía y nada más.

No logro concebir que un cabrón que goza de beneficios invaluables como la administración individual de tiempos, la ausencia absoluta de látigos laborales, códigos de vestimenta o ética de conducta (trabajar en pelotas y un vodka tonic en mano, por ejemplo), pagos puntuales y el mejor ambiente laboral que el dinero pueda comprar, no cumplen su pinche trabajo. ¿Qué tan complicado puede ser entregar tu contenido el día 10 de cada mes, entrar a un call meeting por Skype todos los martes a las 10:00 am, avisar que ya subiste un diseño al Dropbox, responder un correo electrónico con un escueto “Sí, ya lo hice”? De verdad, hermanos, ¿es mucho pedir?

—Luis, mandas el correo, por favor, el cliente estará esperando tu respuesta para poder liberar el presupuesto.

—Sí, claro, cuenta con ello.

No lo manda.

—Carla, he aquí tu manual de operaciones, ahí está toda la información que necesitas para comenzar a operar tus funciones. ¿Te quedó claro?

—Totalmente, entendí perfecto y ardo en deseos de comenzar a demostrar que contrataron a la mejor.

No entendió nada y mandó todo pinches al revés.

—Manuel, el cliente pide un arte con palmeras, fondo amarillo y letras rojas. Te lo encargo.

—Ok, jefa, trabajo en eso ahora mismo.

—Manuel, ¡mandaste un diseño con pelotas rojas y letras amarillas!

—Ah, sorry, ya te lo mando.

—Manuel, no jodas. El diseño tiene palmeras amarillas, fondo rojo y letras verdes, ¿qué pedo?

Se repite el ciclo diez veces con hipopótamos, abedules, baobabs y los embriagantes colores de las flores.

—Manuel, lo siento, pero no eres la persona adecuada para el puesto. Gracias por tu tiempo.

Al día siguiente: ¿qué dijo el cliente? ¿Le gustó? ¿Ahora qué hago?

He descubierto millennials impresentables que renuncian a los dos meses porque no soportan la tristeza que les ha dejado en el alma la pérdida de su perico de nombre Lucas; tristeza que les impide trabajar, sonreír o caminar. Jamás olvidaré a esa noble bestia del señor que, durante una presentación de resultados con una marca chilena, olvidó que nos estaba compartiendo su pantalla y todos pudimos ver cómo intercambiaba nudes con su compadre durante 5 largos minutos. O aquel espíritu libre que, al mes de haber ingresado a su empleo, se fugó de vacaciones a Costa Rica y renunció tres semanas después de su regreso porque no soportó saberse desaprovechado. Extrañaba tanto la vida godinez, que cayó en depresión profunda al saberse dueño absoluto de su tiempo. Sí, también descubrí que existen bestias domesticadas que añoran sus correas.

He visto renunciar a tantos millennials oligofrénicos por las razones más ridículas, que he caído presa de la saudade por la Lemuriósfera. Creo que actualmente me encuentro en un punto en el que considero pertinente darles voz y rostro.

Los Lémures merecen un espacio en la memoria colectiva. Reconozcámoslos como tribu urbana porque son legión. Démosle a esta especie el lugar que la biología les negó.

*Texto publicado en Yaconic el 28 de enero de 2017

Standard
2017, animal político, Nací para perder

De cómo perder el miedo a la oscuridad a martillazos.

fear-of-the-dark-1

*Texto escrito al alimón con Gerardo Cárdenas

Paso 1: Si algo suena, es que hay fantasmas

Mi abuela, mujer que nació con el siglo; que salió de un pequeño rancho en las afueras de Salvatierra, Guanajuato, con su madre a buscarse la vida en la Ciudad de México; que sobrevivió a la Revolución y a la Cristiada; que corrió de la casa a su marido infiel, mi abuelo, a balazos, y que vivió 91 años en absoluta intensidad. Que nunca tuvo miedo a la oscuridad, ni a los aparecidos, ni a los villistas, ni a Calles. Que gobernó su casa con puño de hierro, pero me enseñó a escribir, a leer (sobre todo a leer), y a hacer cuentas, sacar la raíz cuadrada y dominar la regla de tres.

Mi abuela, que se desesperaba porque yo le tenía miedo a la oscuridad y a los fantasmas, y lo tuve por muchos años. Escéptica ante el psicoanálisis (“esas son cosas de judíos”), optaba por la terapia de choque.

Amaba los apagones, porque así podía prender velas y contarme historias de aparecidos. Y sabía muchas. Pocas cosas le causaban más felicidad que contarme la historia de la Llorona mientras su rostro aparecía y desaparecía entre la penumbra y la luz de las velas. Y luego asegurarme que si no se me quitaba lo collón, la Llorona vendría por mí.

Contaba también la historia de las monedas. En el terreno donde estaba nuestra casa había existido otra casa, y en esa casa había un gran patio y en el patio, aseguraba ella, habían enterrado a un tipo junto con varias urnas repletas de centenarios.

Mi abuelo, antes del episodio de los balazos, había cavado en el patio buscando el dinero y nunca había encontrado nada. Cuando mi bisabuela compró el terreno, contaba mi abuela, por las noches (en especial las noches sin luna) se podía oír a un aparecido que caminaba por el patio y contaba sus monedas. ¡Chas, chas, chas! Mi abuela sacudía en su mano varias monedas de a peso de las de antes, las grandes. Y por debajo del ruido de sus monedas, se podía oír con claridad el castañeteo de mis dientes.

¿Te da miedo, chamaco?

Sí, mamá Güerita– como le decía yo por sus cabellos que habían sido pelirrojos.

No seas pendejo- replicaba, haciendo sonar los pesos de nuevo. –Y ahora- continuaba –veme a traer las sábanas que se quedaron colgadas al fondo del patio.

Y allá iba yo, en la oscuridad, temblando, con los ojos cerrados para no ver al hombre de las monedas, o a la Llorona, o a los colgados de los que siempre hablaba. Apresuradamente juntaba las sábanas y volvía corriendo con tal celeridad que en más de una ocasión me estampé contra un muro o contra la puerta de la cocina. 

Paso 1, inciso b) El maya cascarrabias

Juan, mi abuelo, hombre adusto como ninguno, nació en Mérida, Yucatán, en 1902. En mi memoria infantil vive el recuerdo de un hombre de mentón cuadrado, espaldas anchas, estatura promedio, ojos verdes, gafas negras de pasta y poseedor de unas enormes y espléndidas orejas. No sé con certeza si es a mi abuelo a quién debo la primera de muchas manías: acariciar obsesivamente las orejas ajenas, pero no cualquiera, para ser objeto de mi fascinación estas deben contar con lóbulos generosos, sonrosados y suaves. Como las de Don Juan. El abuelo y yo nunca tuvimos una conversación real. Al menos no ocurrió durante mis primeros 15 años de vida. Solamente aquellos que lo llegaron a conocer podrían entender la razón por la cual jamás me acerqué a él más allá de un metro. Llegué a abrazarlo en alguna navidad y nada más. Don Juan no era un hombre que gozara aquello que en algunas culturas desarrolladas es conocido como la calidez humana. El primer recuerdo que tengo de él corresponde a aquellas mañanas que llegaba a visitar a mi madre para tomar café con ella a las 7 de la mañana. Nunca visitó a su hijo, mi papá, visitaba a mi madre –a quién adoraba-. Después de desayunar solamente con ella, se sentaba en la sala, junto al ventanal principal de la casa a leer el periódico de principio a fin. No sé cuántas veces lo observé con auténtico pavor. Yo quizás tendría cuatro o cinco años, el recuerdo es impreciso, sin embargo, la postal de su figura endemoniadamente circunspecta, mientras aquella niña se acercaba con sigilo para mirar de cerca sus enormes orejas, permanece indeleble en mis ganglios basales.

La génesis del abuelo continúa siendo un misterio para algunas facciones familiares. Sabemos que nació en Mérida, que sus orígenes son españoles y que odió a su padre con tanto ahínco que llegó al extremo de registrar a sus tres primeras hijas con el apellido de su madre, y negarles el Pacheco porque podía. Nunca llevó a sus hijos o a su mujer a su tierra. La única información disponible hasta el momento es que escapó de casa desde pequeño para jamás volver. Había sido soldado en su juventud y toda su vida fue un lector voraz. Decidió ganarse la vida manejando un tráiler que, al paso de los años, paso a ser de su propiedad. En uno de esos viajes que realizó por toda la república conoció a Vicenta, la dulce rubia que se convertiría en la mujer de su vida, mi encantadora abuela. Se estableció con ella en Puebla y ahí vivieron hasta 1960. En 1961 la familia compuesta por sus siete hijos se mudó a la Ciudad de México.

El terror que causaba mi abuelo en aqueos y troyanos continúa siendo tema de análisis en reuniones familiares. Era intolerante a la estupidez humana, racista y fiel acólito del silencio y la severidad extrema. La única pregunta que su único hijo varón recibió por su parte cuando regresaba de viaje, era:

¿Cuántas novias tienes?

Dice mi padre que nunca tuvo idea clara qué contestar a semejante pregunta a los nueve años. Así que procuraba contestar algo que tal vez lo hiciera feliz:

Tres, papá, tengo tres novias.

El abuelo lo miraba largamente. Después de un rato, le hacía señas para que se largara. Jamás supo si esa era la respuesta que él necesitaba. A veces contestaba que dos, o una, pero el resultado era el mismo cada vez.

Esa se convirtió en la única comunicación que sostuvieron durante toda su infancia. La segunda ocurrió cuando reprobó un examen en la preparatoria.

¿Cómo que reprobaste, cabrón?- Sin esperar respuesta, le dio un golpe con el puño cerrado. Lo noqueó por completo. Jamás volvió a golpearlo. Aquella ocasión fue el primer y último golpe que el abuelo le propinó durante toda su vida. Cuando le pregunto a mi papá si considera que el abuelo se arrepintió de aquel knock out, siempre obtengo la misma respuesta:

Supongo. Cuando desperté, acostado en mi cama, había un billete de diez pesos sobre el buró. Él estaba en el umbral observándome y señaló el billete. –Para que te compres algo– le dijo. Y salió dando la vuelta. Otra vez sin esperar respuesta.

Cuenta mi padre que el abuelo lo llevó a innumerables viajes al interior de la república en el tráiler. Recorrieron juntos todo el centro y norte del país. Sin embargo, durante todos los días y noches que viajaron en aquel viejo tráiler, no intercambiaron palabra alguna. Ni una sola.

Existe una anécdota de esos viajes que no se cuenta en voz alta por lo vergonzoso del hecho, pero en uno de esos extensos viajes de Puebla-Nuevo Laredo mi papá moría de ganas de ir al baño, pero era tanto el miedo que le tenía a su propio padre, mirarlo de frente, que prefirió callar y aguantar todo lo que pudo. San Luis Potosí fue el límite. El chiquillo rubio de 10 años tuvo que viajar el resto del camino a Tamaulipas empapado de orines, lágrimas y vergüenza. El abuelo era un villano implacable. Hasta yo lo sabía sin conocer detalles. Esa era la razón por la que salía despavorida cuando volteaba a verme sorpresivamente, mientras yo intentaba verlo un poco más de cerca. Jamás pude soportar su helada mirada. Bueno, casi nadie podía

Paso 2: Nuestra Señora de ¿Qué chingados es eso?

En la oscuridad todo tiene otro peso, otra textura. La geografía de una casa, o de una calle, por mucho que las conozcamos, cambia en la penumbra. Los objetos que nos son familiares parecen haber cambiado de lugar. Entrevemos siluetas pero no las podemos referir a nada conocido. Los sonidos viajan de otra manera, los olores se intensifican. El miedo se encarna o, en el mejor de los casos, la desconfianza se implanta.

La habitación de mi abuela era muy sencilla, comparada con la de mi madre o la mía. Una cama, un buró, un tocador con espejo y un armario; una silla donde se mecía y que yo juraba haber visto muchas veces mecerse por sí sola. Arriba del armario estuvo, desde mis primeros recuerdos de infancia hasta el día que me fui de casa con 26 años de edad, una pequeña imagen de la virgen de Lourdes. Era, supongo, de porcelana. Yo no la tocaba, y prefería no verla. Su manto blanco me la hacía aparecer como un fantasma. Mi madre y mi abuela gustaban de ir al cine, y a veces yo no iba con ellas fuese porque la película era ‘impropia’ para niños, o porque el tema no me interesase.

Me quedaba a solas y en la casa no sonaba otra cosa que la televisión de mi cuarto, que yo ponía a todo volumen para contrarrestar el silencio que, pensaba, presagiaría la llegada de Lloronas y colgados. Mi abuela insistía en que todas las demás luces de la casa estuviesen apagadas “pa no gastar corriente, mijo”, y sacudía la cabeza decepcionada cuando yo insistía en tener la luz de mi cuarto encendida hasta que volvieran. “¡Collón!”, refunfuñaba. A veces me olvidaba de dejar mi puerta cerrada y juraba que por el pasillo veía pasar la estatuilla de la virgen de Lourdes, arrastrando su blanco manto. Mi abuela volvía y yo le contaba mis visiones. Ella entraba a su cuarto y poco después regresaba para asomarse, y decirme con una sonrisa cruel, “no está exactamente en su lugar y yo no fui quien la movió”. Se quedaba mirándome el tiempo justo para reírse por dentro al ver cómo se me erizaba el cabello.

Paso 2, inciso b): ¡A la chingada, pinche Papa!

El abuelo no era religioso, al contrario: era ateo consumado y si algún placer tenía en la vida, -además de consentir a su mujer con chocolates y regalos-, era insultar la imagen de Juan Pablo Segundo. El desprecio por sus archienemigos eran de las pocas cosas que solían sacarlo de su ostracismo. La dulce abuela –católica apostólica y romana- tuvo que vivir más de medio siglo con un hombre que escupía víboras y ajos contra el máximo gánster del Vaticano, cada vez que algún noticiero daba cuenta de alguna aparición suya en Mozambique o Roma. Le daba igual. Sin embargo, el viejo cabrón tuvo la desgracia de atestiguar tres visitas papales. Y no le quedaba de otra. La casa de mis abuelos se ubicaba a escasos kilómetros de la Basílica de Guadalupe, por lo que no tuvo escapatoria. A pocas personas he escuchado proferir la cantidad de insultos más escalofriantes como a él frente a la televisión. Se cagó doscientas veces en los antepasados de Karol Józef Wojtyła, lo acusó de maricón, pedófilo y drogadicto otras doscientas. Las paredes de la casa retumbaban y que los vecinos no llamasen a la policía debería de considerarse como el primer milagro del pinche Papa. Era un espectáculo que al paso del tiempo aprendí a apreciar a cabalidad. Era un maldito punk, el viejo.

A pesar de que mi padre fue siempre el consentido de mi abuela, no heredó el carácter dulce y conciliador de Vicentita. Para mi desgracia, heredó el 95 % de la personalidad de Don Juan. Lo anterior lo descubrí en 1985. Nadie –excepto yo- sabe a ciencia cierta la razón, sin embargo, adquirí un lóbrego pavor a la oscuridad. Y para acabarla de chingar, de los 7 a los 10 años padecí sonambulismo. No puedo imaginar la cantidad de sobresaltos que propiné a los integrantes del hogar, con aquellos gritos desaforados cuando me descubría afuera de casa parada, frente a la puerta en medio de la oscuridad de la madrugada. Existen métodos convencionales para paliar, entender y curar el trastorno de la parasomnia, sin embargo, la familia Pacheco se distingue por la terapia de choque como método de enseñanza, por lo que mi padre, en lugar de llevar corriendo a su pequeña hija a realizarle un electroencefalograma de oferta, la llevó de la mano y sin prisa a contemplar en pantalla grande Alien, el octavo pasajero a los cines zodiaco.

Surtió efecto. Bueno, de alguna manera: abandoné de bote pronto el sonambulismo para abrazar con miedo y vergüenza la enuresis. Es decir, comencé a orinar las sábanas todas y cada una de las noches durante 1 año. Pero jamás volví a despertar fuera de casa.

Gracias, abuelo, lo hiciste de puta madre.

Paso 3: La mano huesuda 

Hay quien nunca supera el miedo a la oscuridad; hay quien lo supera, pero no se da cuenta ni cómo ni cuando; hay quien en general lo supera, pero en realidad preferiría tener encendida aunque fuese la lámpara del celular. Yo puedo decir que el miedo a la oscuridad desapareció la primera vez que compartí las tinieblas con alguien por razones de calentamiento mutuo. No hay aparecido que nos pueda distraer si estamos concentrados en el encuere, cosquicale, lengüeteo, mordisqueo y exploración de turgencias y cavidades. Ya puede ulular la Llorona o resonar la hucha de los centenarios, que uno está en lo que está y no es cuestión de decepcionar a la compañera.

Pero algo queda en el interior más profundo, en aquellos rincones que no queremos visitar muy seguido. Admito que también me autoapliqué la terapia del terror inducido: Poe, Machen, Lovecraft, películas como El Exorcista El Resplandor y series como Galería Nocturna o Kolchak. Si no te quedas frío de un soponcio, entonces ya lo más probable es que puedas recorrer sin broncas la distancia entre la cama y el baño sin conatos de infarto o micción prematura, sin oír suspiros o lamentos, sin imaginar que los mosaicos adquieren forma de rostro humano.

Toda la terapia del terror fílmico y literario no logra, lo sé, reducir ese último resquicio, ese rincón poco explorado que te hace gritar como mandril y saltar como pulga cuando lo inesperado, lo primigenio, lo viscoso, lo susurrante, cuando la mano huesuda se extiende desde lo más espeso de la sombra y se posa con suavidad e intención sobre tu hombro.

Tendría yo 20 o 21 años y volvía de una fiesta, a altas horas de la madrugada. Lo cual quiere decir que me había caído como costal de papas del carro del amigo que me había dado ride de la fiesta o cantina donde había pasado la noche, me había arrastrado hasta la puerta de la casa, había dedicado 10 o 15 minutos a encontrar mis llaves y luego encontrar la jodida cerradura, y finalmente me había incorporado para dar apariencia bípeda por si mi madre se levantaba al oír mi escándalo. Mi propio olor a tequila fue guiando mis pasos hacia mi cuarto. Pero me detuve a medio camino. Dudaba de si de plano visitar el baño -con la preocupación de que una ruidosa guácara despertase a madre y abuela- o de plano llegar hasta la cama para caer encima como King Kong desde la antena del Empire State.

A mitad del pasillo percibí esa sensación que el aire en torno a uno cambia en densidad. Sentí en mi nuca el inconfundible peso de una mirada. Por el rabillo del ojo percibí el lento avance de una figura blanca que flotaba en mi dirección y, en menos de un segundo, la mano huesuda que se posaba con autoridad sobre mi hombro.

Los viejos miedos se estrellaron a toda velocidad en el interior de mi cerebelo, provocaron un desplome brutal de mi temperatura, cerraron mi garganta que no pudo liberar el terror por la vía del grito, y en cambio abrieron de par en par las esclusas de mi sobrecargada vejiga. Mientras el cálido líquido descendía por mi pierna, la voz cascada mi abuela llenó la noche: “¡Ay mijito, qué bueno que ya llegaste”.

Paso 3, inciso c): ¿Con cuánto dinero murió en la bolsa Benito Juárez, pendejo?

El abuelo era un viejo cabrón. Y propinó a mis primos los sustos más sobrecogedores de su infancia. A diferencia de Doña Susana, abuela de Gerardo, el abuelo no les contaba historias satánicas. Sus métodos de tortura eran distintos: los colocaba en fila frente a él, práctica que podría jurar le traía recuerdos de sus tiempos en la milicia.

-A ver, cabrones, voy a descubrir que tan buenos son en la escuela.

Ninguno de ellos tenía fuerza para escapar o llorar. Tener a Juan Pacheco Méndez frente a ellos, era el equivalente cuántico a tener a un asaltante apuntándote con un revólver. Nunca hubo escapatoria a la fuerza ciclónica de su mirada. El terror adicional de los primos no era gratuito. No tuvimos un abuelo normal que hiciera preguntas del tipo: ¿En qué año se independizó México? O ¿quiénes fueron los héroes de independencia? ¿Cuál es la capital de Chiapas?

No. Sus preguntas eran célebres por culeras: ¿Qon cuánto dinero murió Juárez en el bolsillo? ¿Quién firma los billetes de veinte pesos? ¿De color tenía los ojos Napoleón Bonaparte? ¿Cuál era el nombre completo de Carlota? ¿Cuál es la población actual de África?

Al día de hoy, no conozco las respuestas, menos una parvada de mocosos que lo miraban aterrados. Su frase: “¡El que es perico donde quiera es verde y el pendejo donde quiera pierde y ustedes, pendejos, nacieron para perder!” aún debe resonar en la memoria de mi primo Miguel, su víctima favorita.

El abuelo Juan enfermó de Alzheimer antes de cumplir los ochenta años. Antes de perder la noción de la realidad, Vicenta logró convencerlo de llevarla al altar. Fui testigo de la boda de mis abuelos y a veces me gusta pensar que el abuelo ya estaba deschavetado, porque no concibo la razón por la cual se dejaría arrastrar a una iglesia a cumplir con uno de los sacramentos que despreciaba como a ninguno. La última vez que salió a la calle solo, se extravió tres meses. Una de sus hijas pudo localizarlo en el Convento de Capuchinas de Salvatierra Guanajuato. Si alguien le hubiera contado al abuelo que unas monjas lo cuidarían y lo rescatarían de morir a la intemperie en medio de la carretera a Irapuato, se hubiera muerto en ese instante de indignación. O se hubiera lanzado a las vías del metro. La iglesia que tanto odió acabó por despedirlo de este mundo con generosidad.

Existe un antes y después del Alzheimer. La enfermedad de Juanito logró el mérito de conectarme con mi abuelo, aunque él ya no viviera dentro de aquel cuerpo macizo y asombrosamente fuerte para un hombre de su edad. Se convirtió en un niño caprichoso y risueño al que había que perseguir por la casa para ponerle el pañal y sacarlo de la cocina para evitar que le propusiera matrimonio por enésima vez a la cocinera de mi tía Malena.

Amé a mi abuelo profundamente porque dejé de temer acercarme a él. Tuve la oportunidad de charlar con él largamente de cosas sin sentido. Su pensamiento y conversación dejaron de ser lineales para convertirse en siluetas coloridas e inacabables. Disfruté mucho su aroma tan peculiar a talco y plátano. Recuerdo la primera vez que me acerqué a limpiarle restos de fruta de la comisura de sus labios con una servilleta. También fue la primera ocasión que esos hermosos ojos verdes miraron a los míos con una mezcla de calidez y agradecimiento.

-Te quiero, Juanito –le dije mientras acariciaba su oreja derecha- y él correspondió al amor de su nieta con una sonrisa torcida. La primera de nuestra historia. La misma sonrisa de mi padre. La sonrisa que le corresponde a ambos y que conmueve sin reservas a este negro corazón.

Paso 4: No perdamos la linda tradición de asustar a nuestros hijos

Susana, mi hija, heredó de su abuela el nombre y el carácter. Cuando tenía 7 u 8 años, y en medio de un apagón, la senté a mi lado para contarle historias de aparecidos. A los tres minutos bostezó y se fue a su cuarto para jugar, a solas y en absoluta oscuridad, con sus muñecas. O sus amigos imaginarios.

Paso 4, inciso d): ¡Mira mamá, sin llanto!

Kasvin, el primogénito de mis hijos nació antes de que yo cumpliera los 18 años. No tuvo la fortuna de conocer a su abuelo, sin embargo, heredó el agnosticismo y el pensamiento crítico que lo distinguió. Su archienemiga natural es la iglesia católica y heredó el placer de la blasfemia. Cuando cumplió 8 años, vimos juntos una aterradora película japonesa que cambió su vida para siempre: lo convirtió en devoto del gore. Nunca le ha temido a la oscuridad y ama la comida yucateca. También heredó la bondad de Vicenta. No puedo pedirle nada más a la vida. Ni loca que yo estuviera.

 

* Gerardo Cárdenas (@ElGerryChicago), escritor y periodista, reside en Chicago, pero no lo digan muy fuerte para que no se entere la Llorona. América Pacheco (@amerikapa), cronista mexicana, reside en Guanajuato, Guanajuato, pero no lo digan muy fuerte o me descubren las capuchinas.

*Texto publicado en Animal Político el 21 de noviembre de 2016

 

Standard