2010, animal político, París

¿Quién diablos es Florence Cassez?

 

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Abrí la puerta de mi cuarto de hotel después de un agotador paseo. Al exacto instante en el que mi mano giró el picaporte sonó el teléfono:

– ¿Lista para la fiesta de cumpleaños de Anabelle?

Era Avi Rosen, el fotógrafo israelí encargado de darme la bienvenida a París.

Mierda. Después de pasar el día completo vagando por las entrañas del metro y transbordar cinco veces, la idea de una fiesta de cumpleaños no me seducía. Por mi, Anabelle podría celebrar hasta su bautizo sin que el curso de mi vida se viera afectado. Pero perderme la experiencia de experimentar una auténtica fiesta parisina, no era en lo absoluto la idea más racional. Avi acordó recogerme antes de media noche.

Salí a las 23:30 del lobby para encontrarme con Avi y dirigirnos en motocicleta a la Rue de Vanneau, 7eme Arrondissement. Trasgredí el más férreo de los mandamientos personales que he llevado la mitad de mi vida: jamás subirás a una moticicleta.

Agradecí el paseo en moto porque no existe ningún otro vehículo más idóneo para recorrer de noche la ciudad más bella del mundo y no perder ningún detalle, olor o sonido.

El espectáculo ofrecido cortesía del festejo cumpleañero de Anabelle resultó fascinante: BABEL. Todas las razas del mundo se podían identificar en el departamento. Los colores y dispares rasgos fisonómicos del personal enfiestado decoraban el ambiente de manera más vistosa y estética, que la estúpida lámpara arrancada de la escenografía del set de Fiebre de sábado por la noche que enceguecía al personal asistente a cada giro, con sus infernales luces de colores.

Incontables botellas de whisky, ron, vodka, tequila, champagne y una gama de vinos que mi falta de mundo impedirá enlistar. Un tazón gigantesco repleto de gigantescas fresas cayó en mis manos. Las comí todas. Avi se encargó de mantener en todo momento mis manos repletas de groseros platos de comida. No terminaba de engullir un platillo, y depositaba de inmediato otro con una delicia más apetitosa que la anterior.

A Avi además de ser artífice de una noche inolvidable, le debo el haberme presentado a Fabrice. Lo nuestro fue amor a primera vista. A pesar de nuestra irreconciliable diferencia de caracteres. Es decir, nuestra preferencia sexual opuesta. Nos reconocimos de inmediato como evil twins. Fue imposible separamos esa noche o las subsecuentes. Bailamos, cantamos, nos tomamos puñados de fotografías con la cámara de 1,500 dólares propiedad del fotógrafo Nicolas Radensky, para después escapamos a hurtadillas del departamento llevando dos botellas de vino tinto cada uno en las manos.

Al filo de las 4 de la mañana continúabamos bebiendo el producto de nuestro hurto en su departamento de Péré Lachaise poseídos por un entusiasmo irresponsable.

Escalamos uno de los muros aledaños con el estúpido propósito de encontrar una entrada secreta al cementerio de Pére Lachaise que juró conocer. Nos indigestamos juntos, e hicimos alarde de la clase de entendimiento que suelen desarrollar los amigos después de años intentando ser hermanos ante el estupor de Avi. Nos quisimos, nos queremos.

Durante esa velada -que vio su fin casi dos días después- quedó registrado el intento de entrevista donde busqué registrar las impresiones en torno al caso de Florence Cassez -noticia efervescente en México pero absolutamente desconocida e irrelevante en el país galo- a la turba de beodos que no pararon de llegar al improvisado after party.

El reloj marcaba las siete de la mañana. Los sobrevivientes departíamos con singular ánimo festivo al filo de la mañana. Los caminos del señor son misteriosos y no recuerdo con claridad que entidad maligna me orilló a preguntarle a Fabrice  a bocajarro: ¿Cuál es tu postura en el caso de de Florence Cassez?

Supongo que el cuadro de ambos alegando en jergonanza ininteligible les resultó a todos muy divertido, ya que de inmediato la atención del respetable giró en torno a nuestra disparatada conversación.

Este es el momento preciso de confesar un terrible secreto: mi dominio del inglés es vergonzoso y con Dios sabe cuántas copas de vino danzando en mi interior, apostaría todos mis vales de despensa a que mi acento se asemejaba al de Silvester Stallone después de la putiza que le propinó el señor Iván Drago.

Creo que fui  protagonista en ese instante, de la escena más cómica de la película de mi propia vida.  Fabrice respondió con total seguridad que por supuesto que conocía  a Florence.

-¿Que significa para ti Florence Cassez? -arremetí

Su respuesta me dejó atónita: “Pues que es una flor, y todas las flores son bellas”

-¿Qué? no, no me refiero a la flor, ¿Sí sabes quién es Florence Cassez? –Pregunté con desconfianza-

Con cierta inseguridad contestó: “uhm, creo que si la conozco, cuando viví en New York la conocí. Sí, me parece que conozco a Sabine Cassel

-¡No, no me refiero ninguna mujer llamada Sabine!, te estoy hablando de la ciudadana francesa más famosa en México durante muchos meses. Noticia de ocho planas – discutí estúpidamente mientras lo miraba con cierta desesperación.

Fijó su mirada al techo breves segundos. Y sonrió de la manera en la que un pequeño recuerda de la tabla del siete, de súbito respondió:

-¡Ah sí, esa Florence! pues, opino que es una ciudad muy hermosa. ¡Ah, el Ponte Vecchio!   ¿lo conoces?

Manú, nos interrumpió: “mi padre es de Italia, pero yo nunca he estado ahí”

Al fondo, se empezaron a escuchar diversas opiniones acerca de la belleza de la ciudad florentina.

Los miré con incredulidad y les expliqué (mentira, la lengua y el hemisferio derecho de mi cerebro jugaban en contubernio una mala pasada) que esta mujer, había cometido delitos en México y que se encontraba en la cárcel pagando una condena de 60 años por el delito de secuestro.

-¿Qué hizo? – Preguntó Fabrice.

-Participó en una peligrosa banda perteneciente al crimen organizado en México. Fue un caso muy sonado en mi país, pensé que ustedes conocían la historia- volví a mirarlos a todos y les pregunté a cada uno si no habían oído sobre tan escandaloso tema. A modo de réplica, contestaron las peores pendejadas que puedan ocurrírsele a un hombre libre. Cada uno entendió una historia completamente distinta.

-¿Entonces no sabes quién es Florence Cassez? si hasta Nicolás Sarkozy visitó mi país y abogó por Florence con el presidente de México- insistí a  Fabrice con esa implacable insistencia fronteriza con la necedad, que sólo los borrachos perdidos poseen y se resisten a soltar.

-¡Oh, a Nicolas Sarkozy sí lo conozco! -exclamó orgulloso.

A estas alturas, mi desesperación era evidente. Volví a repetir la historia desde el principio, pero en español -sugerencia de Manú- con el argumento estúpido:  “entiendo vagamente italiano, podría fungir como traductor”

En esta segunda vuelta, y sintiéndome más segura al expresarme en mi propio idioma, adicioné información, como que tenía en su haber el delito de secuestro de familias, incluyendo niños.

Avi (quién no habla una pizca de español) exclamó:

-¡Ah sí, ya entendí!- y le explicó a Fabrice en francés, la traducción de mis palabras. Después de escuchar la larguísima versión de Avi, Mi entrevistado suspiró con alivio.

-¡Ok, ya entendí! Florence es una mujer mala, hizo cosas terribles en México y debe pagar por ello, pero no le debieron haber quitado a sus hijos. Ninguna mujer encarcelada por el delito de prostitución, merece una pena tan larga y, además,  ¡sus niños deben regresar a Francia!

El respetable comenzó a debatir respecto a la maldad de la mujer y que ningún niño debía estar en cautiverio por los crímenes de su madre, entre otros bizarros alegatos.

Recontra mierda. Mi voluntad se desplomó.

-Acabemos de una vez con esto, creo que sé que necesitas-  Dijo mirándome con ternura.

Se levantó y sirvió una copa de vino, en el proceso, derramó algunas gotas  sobre mi vestido, lo que yo traduje como sutil venganza por arruinar su borrachera. Todos reímos como pendejos, cerré mi libreta en blanco y seguimos bebiendo y cantando alegremente.

Después de un tiempo, tocaron la puerta y apareció un nuevo invitado: Guilles. Avi me presentó de inmediato explicándole que yo era mexicana. Guilles abrió sus ojos con sorpresa y calidez evidente, me contó que conocía mi país y que lo visitaba con frecuencia. Después de una breve pausa, preguntó intempestivamente:

-¿Oye y cómo va el caso de Florence Cassez?-

Después de las carcajadas que me sacaron lágrimas auténticas, le conté que llevaba 1 hora tratando de explicarles a la cofradía de borrachos que nos rodeaban, qué opinaban de ese caso y que nadie sabía quién era la dama de marras. Se paró visiblemente molesto y les gritó manoteando en todas direcciones:

-¡¿Cómo es posible que no sepan quién es Florence Cassez? ¡Putain de merde!

A veces pienso que algún día reuniré el valor suficiente para dar a conocer el video de veintiocho minutos de duración que Avi se encargó de filmar, fiel a su naturaleza de registrar la estupidez humana. No recuerdo una borrachera de 48 horas como esa en mucho tiempo. Tuve las agallas de tomar un taxi mientras todos discutían acerca de quién carajos se disponía a preparar la cena. No podía más. Antes de zambullirme a la cama del hotel, abrí la libreta en la que intenté registrar datos y nombres de la fallida entrevista, y entonces tropecé con la siguiente nota:

“America in France is like a piece of heaven that you want to taste every day,

I love you.

Fabrice B.”

Sonreí con toda la dulzura de la que pude echar mano en tan lamentable estado. Volví a la cama a sabiendas que el amor expresado por Fabrice era recíproco.  Cerré mi libreta y volví a la cama reflexionando que he contribuido a mejorar las relaciones diplomáticas de ambas naciones. Francia y México pueden dormir con tranquilidad, seguirían siendo naciones amigas durante largo, largo tiempo.

¿A quién carajos le importa quién es Florence Cassez? No a mí, no en ese instante. Necesitaba dormir. Con urgencia.

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2010, animal político, Nadie te preguntó

The Air is on fire

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Tienes un montón de suerte, nena– dijo Julio mientras desayunábamos el segundo día de estancia en la ciudad. ¿Quién crees que estrenó su obra artística hace pocas semanas en una galería del centro? David Lynch. Tenemos que ir.

Casi perdí la conciencia. Me encontraba en Copenhaguen, Dinamarca, disfrutando de las vacaciones invernales.

The Air is on Fire del mismísimo master Lynch se montó en el bellísimo centro de arte contemporáneo danés GL Strand. La primera muestra individual del cineasta de culto. El GL Strand Museum es un antiguo edificio que data del siglo XIX, rodeado del canal Thorvaldsens, la galería de arte Kunstforeningen y de las instalaciones del Ministerio de Cultura, en el centro mismo de la bulliciosa ciudad. La entrada de la galería mostraba una sobriedad contrastante a los carteles de la exhibición estrella. El inconfundible rostro de Lynch sonreía con cinismo al ingenuo paseante. La exhibición contemplaba el universo artístico del cineasta desde sus primeros trazos de sus épocas de secundaria de los años 60, a sus últimos cuadros creados días antes de la apertura.

david-lynch-boy-lights-fire.jpgLa introducción era poderosa e hipnótica. En los cuatro pisos de la galería se podían encontrar pinturas, dibujos, fotografías, litografías, acuarelas, escultura y un poderoso soundtrack que te acompañaba en cada piso (proveniente del cortometraje Grandmother).

Todo lo que la vida me había quitado antes de ese día, me fue devuelto con intereses y recargos sin comisión. Amé descubrir en las obras de David Lynch ese inconfundible juego entre retorcidos estados mentales, emocionales, que mezclan los primigenios peligros de nuestra mente, que penden del hilo de nuestras inconfesables y terroríficas pesadillas; tocan conciencias por su irracionalidad, por lo intangible de su mensaje.

La sección más visitada de la exhibición fue sin duda la de los lienzos. La tesitura de los cuadros se caracterizaba por oscuridad cetrina, paranoia y desolación. Espejos torcidos, violentos, descarnados; paisajes oníricos de los recovecos más torcidos de la mente humana: suicidio, asesinato, violación, tortura.

El último piso del ala izquierda de la galería se adaptó como una pequeña sala de cine en la que se exhibió una interesante muestra de cortometrajes experimentales que Lynch realizó desde los años 70´s, la mayoría de ellos desconocidos para mí. El corto que sonorizó la muestra en cada uno de los pisos pertenecía a Grandmother. Desplazarse en torno a esa corte de los milagros plástica, sin dejar escapar un grito estúpido causado por terror propio o por la pareja que justo cuando intentaba mirar con detenimiento un órgano mutilado, un nuevo y espantoso rechinido del soundtrack los hacía brincar y gritar como pendejos. Imposible olvidar la experiencia aterradora provocada por la perturbadora música.

La última parte fue la más entrañable y humana: los apuntes que Lynch ha atesorado a lo largo de su carrera fílmica. No tuvo precio encontrar desde pensamientos plasmados en una servilleta de comida rápida o caja de cerillos, hasta el guión original de Blue Velvet o Twin Peaks garabateados y con manchas de café. Cuarenta años de producción artística, 400 dibujos traducidos en notas, bocetos, fotografías inéditas de filmaciones, simples anotaciones en post-it que se convirtieron en piezas vivas y tangibles del genio.

Mi visita a la exposición de Lynch significó el mejor regalo de navidades pasadas y futuras nomás para mi.

Diciembre, 2010, Copenhaguen, Denmark.

*Esta crónica fue publicada en Milenio Diario en enero de 2011

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2011, animal político, Love

The Passenger

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“I am the passenger/And I ride and I ride/I ride through the city’s backsides
I see the stars come out of the sky/Yeah the bright and hollow sky
You know it looks so good tonight . . .”

Iggy Pop – The Passenger-

Si alguien me solicitara autodefinirme en un escueto vocablo, podría afirmar con soltura que me considero un pasajero. Así, a secas.  Soy una mujer que ama con toda su alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. Y no exagero. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión, se traduce como mi fobia más grande y provoca reacciones en mi organismo bastante lamentables. Al momento de abordaje, comienzo a experimentar ese inconfundible cosquilleo que inicia de la punta de mis dedos con destino a la nuca. Este ingobernable temblor es producto del pánico más absoluto y no termina hasta que termina. Me invaden las alergias, los tics, la comezón, el malestar estomacal, las taquicardias y las ganas de llorar. Lo curioso, no es el padecimiento de esta fobia, ya que es compartida por muchísima gente -y que en tantas ocasiones rehúsan confesar- sino que muy a pesar de todo lo anterior, debo admitir que los aviones y los aeropuertos son unos de mis lugares favoritos en todo el mundo. Me resultan santuarios fascinantes. Los aeropuertos, las pistas de aterrizaje, los aviones y sus diminutas ventanas, son materia prima inagotable en la fábrica de historias y que dotan de cualidades narrativas únicas a cientos de miles de novelas, cuentos, poesías e incluso, a obras maestras de la cinematografía (Que nadie olvide Casablanca o Bitter Moon, por citar un par de ejemplos). En mi caso particular, los aeropuertos han sido protagonistas -de primera línea- más que simples escenarios en esta bizarra película que es mi vida. La metáfora de un arribo o de una partida, adquiere registros poéticos, trágicos, hilarantes o lastimosamente cómicos. Como una muy digna  representante del vergonzoso campo de la cursilería, reconozco mi debilidad por las historias que se tejen en su interior. El “adiós”, el “bienvenido”. El abrir de las puertas y mirar el rostro de quien te espera. O buscar a tu alrededor y darte cuenta que nadie llegó. Que nadie te acompañará. La postal de que existe alguien abajo esperando que desciendas del cielo. El hasta nunca. La ambigüedad del “hasta pronto”.

Permítanme que les regale estas breves postales.

Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Mis padres, mis hijos, mi mascota y la Fabulosa Hija de Perra, me acompañaron a la Terminal 2 para cerciorarse que esta muñeca llegara de pie hasta el acceso L1 de vuelos internacionales. Llevaba tres semanas con una alergia que al principio confundí con acné. Me gasté el equivalente a una beca en artes plásticas en la Sorbona, en un maldito tratamiento facial que resultó ser tan eficaz como las gestas heroicas de Juan Charrasqueado. Mi rostro de cacahuate garapiñado se evaporó en cuanto pude bajar del avión después de 12 horas tortuosas. Nunca nadie había sido testigo de la transformación facial más impactante desde los tiempos inmemorables del Guapo Ben. Lo juro ante notario público.

Aeropuerto Internacional de Orly. Lo busqué por todos los pasillos, no pude encontrarlo, no contestaba su teléfono. Después de una hora entendí que no llegaría.  Decidí no documentar mi maleta para ingresar a la sala de espera cuanto antes porque mis lágrimas saldrían en cualquier momento. Hice fila atrás de una impresionante mujer Senegalesa, aunque casi era una anciana. Ella intentaba convencer al oficial de aduana que dejara pasar un sospechoso frasco que contenía un viscoso menjurje que guardaba el mismo aspecto que la mermelada de tamarindo (si es que algo así existe). Miré con enfado a la necia mujer que no paraba de suplicar en jergonanza inentendible (el oficial de aduanas y yo jamás supimos si era la sopa de su madre, o el remedio para curar el cáncer) que le permitieran llevar consigo el frasco que abrazaba con fuerza contra su pecho, mientras tanto la fila crecía al infinito. Fue inútil. Sus ojos se nublaron cuando le fue arrebatado lo que tal vez era un tesoro y acabó al fondo del contenedor de basura. Yo era la siguiente. “Señorita, no puede ingresar al avión con esto” me dijo el apuesto francés señalando un estuche que encontró al interior de mi maleta. Me miró ligeramente asustado cuando no pude evitar reír a franca carcajada. Era el estuche de limpieza facial que costó el equivalente a una beca en la Sorbona y que encontró un digno final, al fondo del mismo contenedor de basura que la mermelada de tamarindo. Reí hasta ocupar mi lugar en el avión que me llevaba rumbo a Barcelona. Al ponerme los audífonos del ipod y descubrir que el impredecible y tirano suffle había elegido “Rise” -pieza de piano compuesta por el pasajero que dejó el asiento vacío junto al mío-, recordé de la mujer senegalesa y la insondable tristeza de su rostro. En ese momento, dejé de reír. Desvié mi mirada a la ventanilla para observar la hélice izquierda del avión. Los ojos que se nublaron en ese instante, fueron entonces los míos.

Aeropuerto Internacional Queztalcóatl (“aka” Aeropuerto de Nuevo Laredo). Misteriosas providencias me arrojaron a ese tugurio, una helada noche de diciembre. Eran casi las diez de la noche y no se veía un alma bendita en ese establo que se encuentra perdido en medio de la nada (porque no creo que los tres sujetos gigantes, con sombrero, botas vaqueras, armados y de gafas oscuras que rondaban el aeropuerto a esa hora, poseyeran algún tipo de alma. Además, podría asegurar que estos mozuelos no estaban esperando a su abuelita enferma o un cargamento con víveres a casa hogar). Después de una hora de espera y estando a punto de abrazar al catolicismo sin reservas y dedicar mi vida a la oración,  sonó el claxon. Era Gabriela, que al fin había llegado a recogerme.  No recuerdo haber sido tan ligera. Nunca corrí tan ágil con dos maletas.

Regresé a ese mismo aeropuerto tres días después de realizar algunas compras en Laredo, Texas. Esta ocasión no hubo rancheros malencarados viéndome con lujuria. En esta ocasión fui objeto de sospecha por parte de los policías de aduana. Al deslizar la más grande de mis maletas por los rayos X –que contenía todos los regalos de navidad para mi descendencia- se me detuvo con sequedad. El policía que miraba la pantalla, abrió sus ojos con incredulidad mientras hablaba por walkie-talkie a otro de sus secuaces – mismo que llegó corriendo a observar fijamente la pantalla-. Después de un rato entendí su cara de pendejos. Miraban a Óscar. Óscar es un perro de latón. O más bien, la SILUETA tamaño natural de un perro scotch terrier que acababa de comprar. Los chaparritos y simpaticones policías de aduana estuvieron a punto de hablar a control animal.

Aeropuerto de Barcelona. Mi primer viaje trasatlántico estuvo salpimentado con un errático encuentro en este hermoso aeropuerto catalán. Mi amigo Julio vivía en esa ciudad e hicimos una suerte de planes para lograr encontrarnos esa noche. Yo provenía de Orly y traía el corazón hecho migajas de pan rancio. Él no lo sabía, obviamente. Y el imbécil tampoco sabía que las llegadas internacionales ahora estaban ubicadas en la terminal T1 estrenada pocos meses atrás. El muy inocente fue a esperarme  lleno de alegría a una puerta por la que jamás saldría. Cuando crucé la salida de arribos internacionales vi  montonales de rostros provistos de las expresiones más variopintas. El problema es que ninguno de esos rostros me prestaba atención y en ninguno de ellos encontré el de mi amigo de la infancia. Lo esperé más allá de mi propia resistencia. Yo sólo quería escapar de ahí. Tomé un taxi rumbo al barrio gótico. En el instante en que abordé el auto, Julio entró corriendo a la terminal. Se dio cuenta de su torpeza demasiado tarde. No pudo alcanzar al taxi, no pudo alcanzarme a mí.

Aeropuerto de Copenhague- Kastrup. Nueve grados bajo cero me recibieron en el impresionante aeropuerto de la capital danesa. Y también Julio, mi tristemente célebre amigo de Barcelona. En esta ocasión estuvo esperándome una hora antes de que mi vuelo llegara. Tres sentencias de muerte hubieran caído sobre su cabeza de no haber estado puntual, para recibirme con el abrazo de hermanos que me debía desde un año antes.  Lo reconocí antes de que me viera entre el gentío. Fuimos muy felices entre la nieve, mi hijo, las Elephant Carlsberg´s, David Lynch y nuestros recuerdos de media noche. Berlín ahora espera por nosotros en 2012.

Aeropuerto Internacional de Monterrey Mariano Escobedo. Lo miré una y otra vez. Lo abracé por la espalda mientras lo despertaba con un tibio beso en su nuca.  “Debo irme” dije quedamente en su oído izquierdo. Le entregué mis brazos, mis manos como mi memoria no alcanzaba a recordar cuándo había hecho algo similar.  Él lo notó, incluso lo dijo mientras me besaba con dulzura a ojos abiertos, mientras acariciaba mi rostro con sus largos dedos. Ahora él era el que me miraba sin parpadeos. Me perdí en la laguna de sus hermosos ojos azules. Ustedes nunca han visto un azul tan bóveda celeste como yo ese amanecer. Ojos de nube de Atlántico. Ojos de mar muerto. Los ojos de su tierra. Mi taxi llegaría en cualquier momento. Me suplicó que no me fuera, que desayunáramos juntos. No podía. Corría el riesgo de perder mi avión. Me odié por no regresar a envolverme entre su pecho y sus sábanas. Sonó el timbre. Me despedí por última vez con un beso fugaz. Bajé las escaleras de su departamento y abordé un taxi. Cuando llegué al aeropuerto y cerré la puerta del vehículo, sonó mi celular. Era un mensaje: “dejaste tu pasaporte en mi casa”. No pude más que sonreír y agradecer por primera vez en mi vida, uno más de mis estúpidos olvidos. Entendí que existen aviones que bien valen la pena perderse.

Aeropuerto de París Charles de Gaulle (Aeropuerto Roissy). Este es mi lugar favorito como ningún otro. Es difícil explicar la razón, porque tengo un puñado de razones. No acabaría. Tengo historias entrañables del restaurante Paul  y sus chocolatines, de los supervisores de RER, del Roissybus, de la única tienda de regalos para niños “Quand le Chat n’est pas là”- donde compré mis esferas del principito-, de la misma manera que de los baños públicos. CDG es amado testigo de encuentros inolvidables, de soliloquios inolvidables, de garrapateos en un puñado de hojas blancas sin publicar. Si pudiera escoger un rincón favorito, elegiría el mirador de la terminal 2E del segundo aeropuerto más grande del mundo. En ningún otro lugar he visto una panorámica tan estética de un despegue hacia la nada.

Aeropuerto Internacional de Toluca. En el preciso momento que ustedes estén leyendo estas líneas, me habré convertido en el pasajero 14A de un avión con nombre y número de vuelo imprecisos. Todo lo que sé de cierto, es que mi aeronave me arropará hacia un punto ciego del sinuoso camino. Mi camino. El destino es Guadalajara, Jalisco y las razones de mi viaje no vienen a cuento, pero  pueden estar seguros que seré recibida con amor del bueno.

Amo viajar. Amo las tonalidades violentas que adquieren las nubes ante los caprichos del tiempo o la humedad. Tonalidades que coquetean con el oro, el púrpura. Tonalidades de lágrimas, de luz nevada, de incendios, de incontenibles y etéreas hemorragias. Los artistas de esta magia no son otros que las caricias y el desdén que el sol y la luna prodigan a estos hermosos caprichos de la naturaleza.

Pero de algo estoy segura. Si he de morir pronto, deseo  hacerlo siendo pasajera de un vuelo más. ¿Acaso no sería el tributo perfecto explotar en mil pedazos en el aire para no ser encontrada en ninguna parte, sin dejar rastro alguno, nunca, jamás?

Que así sea.

 

 

 

 

 

 

*Texto publicado el 15 de septiembre de 2011

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2011, animal político, Nadie te preguntó

Julio

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Aeropuerto de Copenhagen, Dinamarca. Llegadas internacionales 17:00 hrs, 6 grados bajo cero.  El vuelo número AF5690 proveniente del Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle, París, Francia. Mi hijo, nuestras maletas y yo, salimos a la zona de recepción de viajeros. Mis ojos buscaron esa silueta tan familiar a mi memoria…pero fue él quién me encontró. Ahí estaba, detrás de mi, vestido de negro y disfrazado como personaje de South Park.  Le pregunté “¿cómo me reconociste?-“vi una caja de huevo El calvario y escuche unos guajolotes…me dije: -tiene que ser ella-“. Nos abrazamos con cariño fronterizo en la hermandad pura.

Flash Back. La primera vez que recuerdo haber visto a Julio, fue en el año de 1990, yo tenía catorce años y él sólo nueve. Era un insoportable, ruidoso y pateable escuincle con corte de cabello estilo Iván Drago y pantalones de MC Hammer que corría y destrozaba el mobiliario de mi casa en complicidad de mi hermano, el diablo encarnado de exactamente la misma edad. El primer recuerdo que tengo de Julio es mi propia imagen corriéndolo a gritos de mi habitación.

Su rostro pálido, su pequeña estatura, su frágil constitución, así como su aparente inocencia, lo obligaron a desarrollar una maldad temprana (era eso o ser blanco de abuso de los chicos más grandes del barrio). Mi hermano y él se complementaron asombrosamente, ambos pequeños, pero con una creatividad para la maldad, que continúa siendo leyenda en el barrio donde crecimos los tres. Lo odié (así como a mi hermano) toda mi adolescencia. Nunca salía de casa y siempre se las ingeniaba para poner de pésimo humor a mi padre. O los encontraba viendo porno en la videocasetera o haciendo experimentos peligrosos con los líquidos y polvos que él usaba para las reparaciones domésticas. A pesar de que lo corría a gritos, que me burlaba hasta el cansancio de sus mocos escurriendo por su nariz, de sus estrambóticos looks noventeros, así como de sus espantosos cortes de cabello, él nunca me contestó de mala manera, nunca una grosería; simplemente me miraba y sonreía de esa forma tan infantil que aún conserva.

Aprendió a tocar magistralmente la guitarra desde adolescente y botó la escuela, decidió meterse al Centro de la Imagen a estudiar Fotografía, pero por azares que a nadie importan a estas alturas, eligió el camino de la animación, efectos especiales, postproducción de cine, video y televisión como el vehículo ideal para su incansable creatividad.

Dejé de odiarlo al paso de los años, en lugar de ello aprendí a quererlo con amor profundo, tal como lo hago con mi hermano, crecimos prácticamente juntos y lo admiro como a poca gente en el mundo. Ha tenido el privilegio de tocar con maestros de la talla de John Zorn (San Idelfonso), Sonic Youth (Salón 21), Pauline Oliveros (Auditorio Blas Galindo) y Yoshida Tatsuia (Foro Alicia). Asistí a verlo tocar la guitarra cuando improvisaba free jazz en conocido bar capitalino, y lo visité en Barcelona, cuando realicé mi primer viaje trasatlántico. Alejó de su vida a todo aquello que conocemos como arraigo: su familia, sus amigos, su casa, para embarcarse en una aventura que aún no termina. Su talento lo ha llevado a trabajar para las agencias de publicidad más importantes de Europa. Ha vivido en Milán, Amsterdam, Barcelona y ahora, Copenhagen.

Salimos del aeropuerto para tomar el metro de la ciudad danesa, mismo que no cuenta con torniquetes, conductor, ni mucho menos dónde introducir los boletos. Ese es el primer voto de confianza al ciudadano. Tú sabes que debes comprar el boleto de viajero -que cuesta la friolera de 45 coronas (310 pesos mexicanos)- pero nadie te pide mostrar el boleto, nadie lo exige sin embargo, todos lo compran. Julio vive en las cercanías de la estación del metro Forum y el camino a su departamento nos regaló una bella estampa de la Ciudad: Copenhagen está adaptada calle por calle para el uso de las bicicletas. Los carriles para ellas privilegian a los automóviles, nadie les pone candados, pernoctan confiadas de que sus dueños volverán por ellas cuando estos salgan del trabajo, escuela o los bares.

Ambos recordamos una anécdota que ya es célebre entre el grupo de amigos en común. Hace 8 años en una borrachera monumental en nuestro barrio, amanecimos todos en estado de ebriedad en casa de una chica a la que “El Choco” (impresentable sujeto) quería impresionar, ante la insistencia de la mayoría para preparar los chilaquiles que nos ayudaran al “bajón”,  “El Choco” se ofreció a ir al mercado para comprar el epazote –ingrediente básico- para la preparación del manjar de marras, para ello, salió en bicicleta para regresar de inmediato. Transcurrió cerca de una hora y simplemente no llegaba. Cuando todos nos preocupamos en serio por él, tocó la puerta. La desoladora estampa que nos regaló cuando abrimos la puerta fue apoteósica: su rostro cubierto de lágrimas, un hilillo de sangre corriendo por su cuello y el epazote marchito sostenido fuertemente por una de sus manos, cual naturaleza muerta, aún nos arranca lágrimas de risa. Lo habían asaltado y quitado la bicicleta de la chica que le gustaba. Estas historias no suceden en Dinamarca, ahí la violencia es igual a cero y no existe el vandalismo o el robo a mano armada, ni siquiera con una navaja como la que usaron con “El Choco”.

Bic-DNM.jpgLa primera imagen hilarante cortesía de este lugar, fue al salir de nuestro segundo bar en mi primera noche en la ciudad: es impresionante como la gente toma prácticamente hasta la inconsciencia, pero nadie, absolutamente nadie se rompe la madre cuando se sube a su bicicleta para regresar a casa, incluso los que van acompañados y no pueden más con su humanidad, son llevados sanos y salvos, transportados en unidades adaptadas para llevar a un segundo pasajero recostado.

 

Julio me explicó que la cultura ecológica que permea en este lugar es absoluta. No reciclar la basura es prácticamente un delito que nadie desea cometer. En cada complejo habitacion

al se cuenta con 8 contenedores distintos para separar la basura y reciclarla en su mayoría. Si cometes la osadía de no hacerlo –por ejemplo- los vecinos dejan una nota bajo tu puerta y te invitan a no hacerlo más, te retiran el habla y si regresas al camino del bien, vuelven a ser tan cálidos y amables tal y como es su peculiar naturaleza.

Mi visita de 10 días me mostró muchos contrastes en las costumbres y sociedad danesas. Caminando por sus hermosas avenidas en compañía de Julio, aprendí a entender. En la Dinamarca invernal amanece a las 9 de la mañana y anochece a las 5 de la tarde, la luz del sol es un privilegio que los pueblos nórdicos agradecen con toda el alma. Aman el sol y hacen todo por disfrutarlo. La gente paga puntualmente sus impuestos, no obstante que cada ciudadano DEBE contribuir con el 50% de sus ingresos brutos, y aunque se lea desolador, no lo es. No pagan ni media corona más por servicios médicos, educativos, vivienda o seguridad. Sus impuestos tienen una alta valía, pero reciben una justa distribución de beneficios. Respetan al máximo el equilibrio natural de su sociedad, no contaminan, privilegian a la familia y sobre todo, a los niños.

La avenida principal de la ciudad se llama Hans Christian Andersen, uno de los héroes más venerados en esas tierras. El Tivoli es el lugar más visitado por el ciudadano común así como por el turismo, su estructura de ensueño, sus hermosos jardines. Para el que no lo sepa, el Tivoli es un centro de juegos y diversiones espectacular. En esta ciudad hay más jugueterías que zapaterías o tiendas de ropa, hay más niños en la calle que autos en las avenidas. Legoland  es otro de los lugares consentidos por el pueblo en general. Entré a la juguetería más grande del centro para comprar los regalos de navidad a mi hijo de 6 años y me llevé algunas sorpresas. La primera es que no hay guardias de seguridad, puedes entrar con las manos llenas de bolsas, subir a cada piso sin pagar tus juguetes y nadie te mirará con recelo. Eres libre como niño porque confían en ti. La segunda es que el 80% de los productos que contienen la juguetería son dirigidos a fomentar la creatividad de los infantes: dibujo, pintura, construcción, armado, modelado, diseño, etc. Casi no hay muñecos de acción, pero eso sí, hay muchos cómics, tiendas enteras de ellos.

Una amiga me dijo que Dinamarca encabezaba la indigna lista de países que acostumbran la caza de focas, lo cuál me hizo reflexionar un punto. Obvio no estoy a favor de la matanza indiscriminada de esta especie, sin embargo, al menos no permiten que sus niños mueran quemados en guarderías, o de hambre en las coladeras (podría argumentar).

Julio y yo recordamos nuestra infancia en el lejano barrio de nuestro pasado, los amigos en común, los imbéciles vecinos que aún sobrevivían, de los borrachos sin remedio, de las jóvenes promesas que resultaron los más tristes fiascos, las bellezas prostituídas y de nuestros amores perdidos. Mi última noche en Copenhagen fue delicioso insomnio. Mis últimas horas las pasé en sus brazos y su cama. Le pregunté cuando iba a terminar la carrera, su búsqueda frenética de la nada.

Me miro con esos ojos infantiles y media sonrisa. Contestó que no sabía la respuesta . . . que hacían falta todavía China, Japón, Singapur, pero que por ahora Dinamarca estaba bien, por mucho tiempo más.  Lo alcancé una vez en Barcelona, otra en Copenhagen . . .y si algo tenemos claro él y yo es que no importa en qué hemisferio se encuentre, en qué latitud o huso horario. Nos seguiríamos viendo, buscando, encontrando. Esa, es nuestra única certeza.

Ya de regreso en México, me conecto al messenger. La ventana brillante se abre ante mis ojos. Es Julio, el mensaje es simple: “Hola nena, te extraño. . . ¿cuándo regresas?”

Yo sólo sonrío, la charla se antoja larga.

*Texto publicado en enero de 2011.

 

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Del “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” al “si te vi, ni me acuerdo”

 

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How happy is the blameless vestal’s lot!, the world forgetting, by the world forgot.

Eternal sunshine of the spotless mind!, each pray’r accepted, and each wish resign’d”.

-Alexander Pope

Sosteniendo una charla vía tuiter con Marcos Pico ( @marcosipico ),  divagamos brevemente acerca de los fantasmas que incomodan cuando nos encontramos en completa soledad, de la nostalgia que te muerde dolorosamente, de los insoportables recuerdos que desearías que fuesen extraídos de tu memoria y las ventajas de tener el poder de aplastar sueños que laceran profundamente vía lobotomía parcial. Súbitamente salió a colación la película  Eternal sunshine of the spotless mind, filme dirigido por Michel Gondry en el 2004, quién echó mano del onírico guión de Charlie Kauffman para conseguir un filme intenso, surrealista, cargado de una enorme capacidad reflexiva; y que terminó por inspirarme para escribir el post de hoy. Para aquel despistado que haya vivido abajo de una alcantarilla y desconozca este filme, sería complejo explicar la trama sin develar el final que a resumidas cuentas, es el principio.

Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) son una solitaria pareja que se encuentra por casualidad en la estación de tren que los llevará a la cercana y gélida playa de Montouk. Aunque Joel y Clementine parecen –y se saben– dos perfectos desconocidos, paradójicamente no es así. Muy poco tiempo atrás, ambos acudieron a LaCuna Inc. a someterse a un complejo procedimiento experimental, donde el doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson) se encargó de borrar selectivamente de su memoria, la intensa relación amorosa que vivieron, así como la existencia del uno en la vida del otro.

Esta tesis obviamente no es nueva. No sólo los cineastas o guionistas han planteado la posibilidad de que la tecnología pueda ofrecernos la facultad de borrar de nuestra memoria de forma aislada, los episodios más dolorosos de nuestra vida; incluso, la ciencia misma ha experimentado el complejo laberinto de la mente humana durante décadas intentando paliar traumas psicológicos severos.

“Científicos de varios países desarrollan métodos para eliminar los malos recuerdos del cerebro. Ellos dejarían de atormentar a la gente, pero aún no se sabe a qué precio.” *

La principal preocupación de los científicos estriba en que el cerebro reciba daños colaterales al someterse a estos procedimientos –esto sin considerar las posturas en contra por motivos éticos y morales-. El filósofo Mathew Liao, de la Universidad de Oxford y el neurocientífico Anders Sandberg exponen lo anterior en un ensayo reciente:

“Los recuerdos nos dan la idea de lo que somos. Si somos cobardes o valientes, altruistas o egoístas, generosos o tacaños. También nos identifica con alguna ideología.” *

Más allá de cualquier soporífero argumento, yo realmente me pregunto: ¿Qué carajos me gustaría olvidar? ¿y con qué propósito?

Si bien es cierto que la memoria es una afilada navaja y puede lastimarte sin piedad, la memoria de nuestro pasado es el cuento, la novela y el ensayo de nuestros pasos en esta tierra. Sin ella no seríamos más que un fardo ambulante que desconoce la fuerza motriz que lo impulsa a volver la mirada a esa lejana ciudad, ignoraríamos la inercia que nos empuja a mirar obsesivamente esa película de Wenders, cada martes de luna llena, o por qué hemos decidido dejar de mentir. Quizás no tendríamos la oportunidad de identificar que cada fisura en nuestro interior sirvió para construir una muralla poderosa e indestructible. Joel, acudió a LaCuna Inc. a que borraran cada recuerdo que tuviera en su memoria de Clementine, porque ella decidió hacerlo primero, no porque él lo deseara realmente. Mi parte favorita del filme es -a mi gusto- uno de los momentos más logrados de la cinta. Durante el proceso de borrado de memoria de Joel (que consiste en ir borrando uno a uno de los recuerdos que tiene de Clémentine y que comienzan desde el más reciente, al más antiguo) llegamos a uno de los más entrañables que tiene de ella, de la feliz época en la que se amaban locamente y se encontraban bajo la sábana roja, desnudos y felices. En este instante, el subconsciente-consciente de Joel decide negarse a olvidarla a pesar de todo, pero el procedimiento es implacable. A punto de ser borrada la última postal de su memoria, ella le susurra al oído: “búscame en Montouk” . . . justamente el lugar donde de manera impulsiva, ambos deciden acudir al inicio de la cinta sin una maldita razón aparente. El resultado al fin cobra sentido: se vuelven a enamorar.

Porque puedes borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.

A título personal. me niego a olvidar mis recuerdos y aunque a últimas fechas muchos de ellos sean autenticas navajas, decidí desistir en mi febril búsqueda de LaCuna Inc. en complicidad de Marcos Pico (lo siento, estimado…me bajo del barco).En vez de ello, decidí comprarme un bellísimo baúl antiguo donde coloqué cada recuerdo y cada imagen cuyo único propósito ha tenido lacerar mi vida. Mi nueva adquisición zarpará en el próximo buque cuyo destino es la isla desierta que elegí para pasar los últimos días que me resten por vivir. Para entonces, todo lo que contenga su interior, ya será incapaz de hacerme daño.

Sin embargo, aún tengo una inquietud.

Si ustedes se enteran que existe una máquina que rescate recuerdos ya olvidados, avísenme por favor. Quiero con toda mi alma recordar la noche del 19 de septiembre de 2009.Esa noche me encontraba en Barcelona, España, en “Las Ramblas” festejando las fiestas de la merced con mi mejor amigo y sus camaradas de todas partes del mundo. África (una hermosa chica española) y yo, nos convertimos en el alma de la fiesta (así como la reencarnación de la pena ajena). La continental metáfora de nuestros respectivos nombres hizo estragos. No recuerdo el partido del Barça, nuestro enloquecido baile, nuestro barullo. Aseguran que nos desnudamos sin pudor alguno, para después hurtar su silla de ruedas a una anciana. Nadie entiende como abrimos un grifo de agua que usan los bomberos, para -manguera en mano-, correr al grupo de flamenco que tocaba al aire libre junto a nosotras. También afirman que golpeamos a dos turcos, que destrozamos las sillas de un restaurante, que cantamos -en lenguas- con dos pakistaníes  y sólo porque aseguran que existe un dios, no acabamos en la cárcel.

Mi euforia sólo era equiparable a mi absoluto estado de ebriedad. La obsesión por recordar esa noche, no es gratis. . . horas antes, me habían roto el corazón en un lejano aeropuerto y mi maldita memoria selectiva sólo recuerda el episodio que ya se encuentra guardado en mi flamante baúl antiguo.

Quiero recordar mi euforia y esas lágrimas que todos mis amigos aseguran, eran de la más pura y auténtica felicidad.

¿Quién no querría recordar tanta dicha?

“Todos tenemos recuerdos que nos avergüenzan o que desearíamos que no hubieran pasado. Pero los sentimientos incómodos que evocan evitan que cometamos errores en el futuro. Aprendemos por la experiencia y esos recuerdos son los que nos hacen ganar sabiduría” *

*Dr. Matthew Lattal

 

Texto publicado en Animal Político el 14 de abril de 2011

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1994, hace 17 años

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Marzo,1994.

Ella era prácticamente una niña. Tenía DIECISIETE años cuando supo que estaba embarazada. Pudo correr, escapar, escaparse, acobardarse o desterrarse. No lo hizo. Su infinita ignorancia no le permitió comprender en toda su magnitud el tamaño del barco que acabada de abordar. Ella era estúpidamente feliz, tenía nueve meses de embarazo (eran los tiempos en los que se contaban meses, no semanas) y estaba absolutamente enamorada de aquel chico encantador de cabello rizado quien se convertiría en el futuro padre del otro chico que crecía de forma descomunal dentro de sí.

El chico de cabello rizado, padre del  chico recién-nacido-también-de-cabello-rizado, se escapó, se desterró, corrió y decidió acobardarse. Ella no le dio importancia, siempre supo que su corazón era más que suficiente para amar a esa maravilla de la genética. Lo supo al instante que  la luz matinal lo cubrió en su nacimiento en esa lejana habitación de hospital.

Marzo es un mes estéticamente peculiar. Ella notó que en este soleado mes y como en ningún otro, el árbol de la Jacaranda decide florecer exuberante para decorar el paisaje de un exótico color violeta, por lo que de manera egoísta, se convenció de que la Jacaranda era el obsequio, el símbolo distintivo que la incipiente primavera le tenía a su hijo, así que decidió asociar compulsivamente al nacimiento de su chico, a la arrogante cascada de flores que brota de la Jacaranda, y no recordar que 19 días después, una población fronteriza se salpicó de sangre con el asesinato de un candidato presidencial.

Crecieron juntos, aprendieron juntos. Recorrieron las calles largas, interminables, visitaron cines, museos, teatros, salas de conciertos como dos hermanos en sincronía perfecta que se encuentran a destiempo. Escapó con él cuando cumplió 6 años para nunca volver a casa. Él le enseño a entender el verdadero significado del amor, de la pasión, de la inocencia, del dolor, del resentimiento y la redención. Ella nunca terminará de pagarle por haber permitido ser su experimento humano, su obsesión de perfección. Nunca encontrará las palabras adecuadas agradecerle lo suficiente por enseñarle a transmutar la derrota en esperanza con ese poder tan peculiar que él le confiere cuando la mira con ojos acuosos y perdidos. Él le mostró que el camino para subir, está diseñado para andarse a base de múltiples bajadas. Y cuando ella lo mira soñar, es capaz de convertir en arte su desconsuelo. Ella descubrió que lo educó puntualmente para hacer de él un hombre valiente cuando la tomó de la mano y la estrechó contra su pecho consolándola con lujo de ternura cuando temblaba de pánico absoluto en ese avión, en esa inolvidable turbulencia trasatlántica.

Ella quisiera seguirles hablando de su tema favorito, pero no quiere aburrirles con historias que a nadie importan. Además, tiene una cita con su chico. Su chico favorito. Él y ella van a observar la luna juntos, se dirán una vez más lo afortunados que son al tenerse el uno al otro, beberán una botella de whisky, brindarán por los tiempos terribles y por el vendaval de la tragedia, risas y novela que los han moldeado justamente en la pieza de arte que son el día de hoy.

Porque hace diecisiete años, él la encontró bajo la niebla profunda, descubriéndola tan frágil como una flor de Jacaranda, para que recibiera la prueba sublime de que el universo es capaz de contraerse, convulsionarse para que dos seres se encuentren para amarse de manera cierta e indestructible hasta que la muerte los separe. Y ella también tenía diecisiete años.

 

*Feliz cumpleaños vida mía. . .el vocablo amar no basta para que sepas cuanto hay de mi para ti, además, no lo necesitamos, al fin y al cabo, tú y yo creamos un lenguaje propio, que sólo nuestras células entienden. Eres mi estirpe, naciste para brillar, brilla más fuerte. . .hazlo y prepárate para dejar ciego al mundo.

 

 

*Texto publicado en Animal Político el 3 de marzo de 2011

 

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Yo, bruta

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Para brócoli & menonita, mis más logrados inventos.

Soy bruta.

Lo digo claro, rotundo. Sin rodeos ni eufemismos baratos. Las razones que tengo para sustentar mi flamante declaración anterior son extensas, contienen referencias médicas y anecdóticas. No me avergüenza en lo más mínimo, por lo que considero pertinente compartirlas sin remilgos.  Los orígenes de mi condición empezaron a ser evidentes en el primer contacto que tuve con la escuela de educación básica.

Una de las primeras cosas que entendí sobre mi naturaleza a muy temprana edad, es que no tenía la capacidad para aprender a la par de mis compañeros de clase. Se me dificultó severamente la memorización y escritura, tanto del alfabeto como de los números. Lo peor vino cuando este déficit se extendió a los campos de la comprensión de lecturas simples o a la sencilla práctica de cualquier deporte. Mi nivel de atención y concentración en las clases eran tan efectivos como las nobles intenciones vegetarianas de Anibal Lecter  frente a una quesadilla de sesos.

En la escuela primaria viví los seis años más humillantes de los que tenga registro mi infancia. Aunado a mi pobre desempeño escolar, tuve que lidiar con las obsesiones paternas. Mi padre -quién por alguna disfunción asociada con la negación patológica- nunca entendió que yo nací con dos importantes características. La primera: un aparato reproductor femenino. La segunda: una motricidad deficiente para ejercer con éxito cualquier tipo de deporte.

Sin prestar el menor caso a lo anterior, y sin echar mano de la lógica más elemental, mi señor padre se obsesionó en convertirme en la mejor catcher en la historia de Santa María la Ribera. En esas épocas, dos frases me provocaban espeluznantes escalofríos: “América, vamos a hacer la tarea” y “América, tráete la manopla, vamos a practicar al parque”.

Mi pánico no era gratuito. Sabía que la primera me acarrearía sus gritos de desesperación por mi nula capacidad para aprenderme la tabla del siete y que la segunda, me dejaría golpes y raspones gracias a que jamás fui capaz de cachar una  bola de beisbol -al menos no con las manos-; si algún día les ha golpeado en la nariz una bola profesional del rey de los deportes, saben que no hablo de cualquier tipo de chingadazo. En ambos casos -tarea o práctica en el parque- el resultado siempre era el mismo: mis ojos hinchados de tanto llorar.

Al parecer, mi pésima coordinación psicomotora –demostrada vergonzosamente, cuando me rompí el tobillo en dos partes brincando la cuerda…¡la cuerda, carajo!– lo desanimó por completo. Mientras tanto, yo, con muletas bajo el brazo, daba gracias a toda la corte celestial por el yeso en la pierna izquierda. Paradójicamente, una delicada fractura me salvó para siempre de humillantes exhibiciones de torpeza en el jardín izquierdo.

Sin embargo, no hubo accidente capaz de salvarme de la escuela. Las tortuosas sesiones de estudio en casa parecían empeorarlo todo, nada parecía funcionar; tampoco las  regularizaciones en periodos vacacionales. Mis padres comenzaron a preocuparse en serio, pensaban secretamente que habían engendrado a una hija tonta, con torpeza congénita y sin ninguna esperanza de esplendor académico. Finalmente, cuando cumplí 9 años, mi madre encontró por medio de un amigo neurolinguista, cuál era la razón de mi bajísimo desempeño escolar y de mi exasperante torpeza. Yo encajaba en todos las características propias de la dislexia.

La dislexia –para aquellos no familiarizados con el término- no es otra cosa que un déficit de aprendizaje que le dificulta a un individuo la comprensión adecuada de la lectura, escritura, lenguaje y fonética. Las personas que padecen este peculiar modo de percepción, tienden a distorsionar las letras y/o números en espejo o en su orden inverso (siendo esta última, la característica más frecuente).

Los niños disléxicos, tienden a ser desordenados en grado severo (o en contraparte) ordenados compulsivos, torpes, con una pobre coordinación que los limita (más no los imposibilita) para practicar juegos de pelota o deportes en equipo. Sus habilidades psicomotoras finas los enfrenta a grandes retos porque el simple concepto: izquierda-derecha-arriba-abajo, pueden provocarles grandes confusiones. Estos niños no padecen ninguna enfermedad, ni mucho menos una lesión cerebral o retraso mental moderado. Sencillamente se les dificulta traducir pensamientos en palabras porque piensan predominantemente con imágenes. Su cerebro tiene un desarrollo cognitivo distinto.

El cerebro humano tiene la capacidad de  pensar en dos formas básicas: conceptualización verbal y no verbal. Todos podemos hacer uso de ambas, pero cada individuo tiene la habilidad de desarrollar una más que otra (o ambas magistralmente, en algunos casos).

Cuando se piensa primordialmente con imágenes (conceptualización no verbal), es virtualmente imposible pensar en palabras cuyo significado no se pueda traducir en imágenes porque el pensamiento funciona de manera multidimensional y utiliza para ello todos los sentidos. Un niño disléxico, nace dotado de una capacidad única para desarrollar la imaginación alcanzando proporciones creativas notables, siempre y cuando no sean coartados por padres y maestros.

Pero el mayor antagonismo al que se enfrentan estos niños, lo encuentran en las aulas de la educación tradicional básica, porque esta se fundamenta a través del trabajo de los símbolos en conjunto de los sonidos del lenguaje. Es aquí donde su percepción distorsiona la información que termina por confundirlos una y otra vez. Comienzan a perder el interés, para ser invadidos por la frustración que deriva en rezago intelectual. La presión no sirve más que para desajustar emocionalmente a estos pequeños que empiezan a perder seguridad y amor propio ante su inevitable encasillamiento de tontos.

Mi caso es el ejemplo más gráfico que puedo darles. Por ejemplo: tengo un pésimo sentido de la orientación, así que la gente que realmente me conoce, sabe que si desea acabar perdido en ninguna parte o víctima de un asalto en una remota ranchería, sólo necesita preguntarme como llegar al metro Chabacano. Tengo más cicatrices en el cuerpo consecuencia de múltiples caídas, que diplomas de aprovechamiento por el amplio dominio de ciencias y tecnología. El historial de exabruptos provocados por mi nula atención en cuestiones de relevancia absoluta, es leyenda entre mis allegados.

Tanto mi familia como amigos cercanos saben que no lo hago a propósito. Todos ellos podrían declarar ante un juzgado civil o penal, que si mi hijo de un año rodó catorce escalones en una escalera de concreto fue a causa de mi súbita pérdida de equilibrio.

Si olvidé mi tarjeta bancaria en un cajero electrónico tantas veces como ratas tiene un caño. Si perdí mi celular siete veces. Si olvidé las llaves de la casa –dentro de casa- cada mes, cada semana, cada día, aún ahora. Si llegué finalmente al edificio que me costó siete vidas encontrar y no recuerdo a qué demonios fui. Si en la aduana del aeropuerto descubrí que olvidé el pasaporte de mi hijo en el hotel del país que estoy a punto de dejar. Si recordé que me correspondía llevar el pastel a esa reunión, justo cuando toqué la puerta. Y que si invertí fechas de cumpleaños, bautizos, bodas, no llegando a tiempo a ninguna o con el regalo equivocado; sucedió porque mi cabeza  se encontraba en los pasillos del mercadito de la Agrícola Oriental preguntando por el alza en los precios del dulce de guayaba o quizá, viajando profundamente en las entrañas de un libro de Julio Verne, soñando despierta, otra vez.

A estas alturas de la vida, debería suponerse que mi condición debería estar bajo el control más estricto, así como mis sentidos agudos, en absoluta alerta. Mi elección ha sido permanecer como siempre lo fui. No sé manejar un auto –por ejemplo- y tampoco me preocupa hacerlo algún día. Quizá me guste ser distraída para tener el inapelable salvoconducto de la torpeza para justificar olvidos imperdonables. Mis tres yesos en ambos tobillos dan fe, testimonio y legalidad de que existen cosas que son inalterables en mi vida a pesar del inexorable paso de los lustros.

No quiero cambiar, no necesito hacerlo.

Cuando mis padres entendieron cuál era mi condición , acordaron de manera unánime  no medicarme con ritalin. Decidieron aprender a ver el mundo como yo lo veía (con más penas que glorias) pero eligieron amarme y aceptarme tal cual soy. Quizá lo más importante de todo, es que YO me quiero, me acepto. Más que nadie, más que nunca. He dejado de ser esa niña gordita y sin talento aparente, a quien los infumables chicos del barrio miraban caminar detrás de su padre, rumbo al parque; cargando el bat y manopla bajo el brazo con el mismo ánimo que debió hacerlo Robespierre en su triste camino a la guillotina. Pero sigo siendo la bruta de siempre. Lo reconozco sin un ápice de menosprecio.

La única diferencia es que ahora utilizo cada que puedo, mi pensamiento multifuncional, mi creatividad e imaginación perenne, para crear atmósferas sorprendentes que seguirán compensando cualquier afrenta, olvido o disfunción pasada o venidera. También hago uso de este talento para burlarme de todo, incluso de mi misma.

Es tan divertido.

*Texto publicado en Animal Político el 2 de junio de 2011

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