2011, animal político, Cine, Love, Nadie te preguntó

Del “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” al “si te vi, ni me acuerdo”

 

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How happy is the blameless vestal’s lot!, the world forgetting, by the world forgot.

Eternal sunshine of the spotless mind!, each pray’r accepted, and each wish resign’d”.

-Alexander Pope

Sosteniendo una charla vía tuiter con Marcos Pico ( @marcosipico ),  divagamos brevemente acerca de los fantasmas que incomodan cuando nos encontramos en completa soledad, de la nostalgia que te muerde dolorosamente, de los insoportables recuerdos que desearías que fuesen extraídos de tu memoria y las ventajas de tener el poder de aplastar sueños que laceran profundamente vía lobotomía parcial. Súbitamente salió a colación la película  Eternal sunshine of the spotless mind, filme dirigido por Michel Gondry en el 2004, quién echó mano del onírico guión de Charlie Kauffman para conseguir un filme intenso, surrealista, cargado de una enorme capacidad reflexiva; y que terminó por inspirarme para escribir el post de hoy. Para aquel despistado que haya vivido abajo de una alcantarilla y desconozca este filme, sería complejo explicar la trama sin develar el final que a resumidas cuentas, es el principio.

Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) son una solitaria pareja que se encuentra por casualidad en la estación de tren que los llevará a la cercana y gélida playa de Montouk. Aunque Joel y Clementine parecen –y se saben– dos perfectos desconocidos, paradójicamente no es así. Muy poco tiempo atrás, ambos acudieron a LaCuna Inc. a someterse a un complejo procedimiento experimental, donde el doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson) se encargó de borrar selectivamente de su memoria, la intensa relación amorosa que vivieron, así como la existencia del uno en la vida del otro.

Esta tesis obviamente no es nueva. No sólo los cineastas o guionistas han planteado la posibilidad de que la tecnología pueda ofrecernos la facultad de borrar de nuestra memoria de forma aislada, los episodios más dolorosos de nuestra vida; incluso, la ciencia misma ha experimentado el complejo laberinto de la mente humana durante décadas intentando paliar traumas psicológicos severos.

“Científicos de varios países desarrollan métodos para eliminar los malos recuerdos del cerebro. Ellos dejarían de atormentar a la gente, pero aún no se sabe a qué precio.” *

La principal preocupación de los científicos estriba en que el cerebro reciba daños colaterales al someterse a estos procedimientos –esto sin considerar las posturas en contra por motivos éticos y morales-. El filósofo Mathew Liao, de la Universidad de Oxford y el neurocientífico Anders Sandberg exponen lo anterior en un ensayo reciente:

“Los recuerdos nos dan la idea de lo que somos. Si somos cobardes o valientes, altruistas o egoístas, generosos o tacaños. También nos identifica con alguna ideología.” *

Más allá de cualquier soporífero argumento, yo realmente me pregunto: ¿Qué carajos me gustaría olvidar? ¿y con qué propósito?

Si bien es cierto que la memoria es una afilada navaja y puede lastimarte sin piedad, la memoria de nuestro pasado es el cuento, la novela y el ensayo de nuestros pasos en esta tierra. Sin ella no seríamos más que un fardo ambulante que desconoce la fuerza motriz que lo impulsa a volver la mirada a esa lejana ciudad, ignoraríamos la inercia que nos empuja a mirar obsesivamente esa película de Wenders, cada martes de luna llena, o por qué hemos decidido dejar de mentir. Quizás no tendríamos la oportunidad de identificar que cada fisura en nuestro interior sirvió para construir una muralla poderosa e indestructible. Joel, acudió a LaCuna Inc. a que borraran cada recuerdo que tuviera en su memoria de Clementine, porque ella decidió hacerlo primero, no porque él lo deseara realmente. Mi parte favorita del filme es -a mi gusto- uno de los momentos más logrados de la cinta. Durante el proceso de borrado de memoria de Joel (que consiste en ir borrando uno a uno de los recuerdos que tiene de Clémentine y que comienzan desde el más reciente, al más antiguo) llegamos a uno de los más entrañables que tiene de ella, de la feliz época en la que se amaban locamente y se encontraban bajo la sábana roja, desnudos y felices. En este instante, el subconsciente-consciente de Joel decide negarse a olvidarla a pesar de todo, pero el procedimiento es implacable. A punto de ser borrada la última postal de su memoria, ella le susurra al oído: “búscame en Montouk” . . . justamente el lugar donde de manera impulsiva, ambos deciden acudir al inicio de la cinta sin una maldita razón aparente. El resultado al fin cobra sentido: se vuelven a enamorar.

Porque puedes borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.

A título personal. me niego a olvidar mis recuerdos y aunque a últimas fechas muchos de ellos sean autenticas navajas, decidí desistir en mi febril búsqueda de LaCuna Inc. en complicidad de Marcos Pico (lo siento, estimado…me bajo del barco).En vez de ello, decidí comprarme un bellísimo baúl antiguo donde coloqué cada recuerdo y cada imagen cuyo único propósito ha tenido lacerar mi vida. Mi nueva adquisición zarpará en el próximo buque cuyo destino es la isla desierta que elegí para pasar los últimos días que me resten por vivir. Para entonces, todo lo que contenga su interior, ya será incapaz de hacerme daño.

Sin embargo, aún tengo una inquietud.

Si ustedes se enteran que existe una máquina que rescate recuerdos ya olvidados, avísenme por favor. Quiero con toda mi alma recordar la noche del 19 de septiembre de 2009.Esa noche me encontraba en Barcelona, España, en “Las Ramblas” festejando las fiestas de la merced con mi mejor amigo y sus camaradas de todas partes del mundo. África (una hermosa chica española) y yo, nos convertimos en el alma de la fiesta (así como la reencarnación de la pena ajena). La continental metáfora de nuestros respectivos nombres hizo estragos. No recuerdo el partido del Barça, nuestro enloquecido baile, nuestro barullo. Aseguran que nos desnudamos sin pudor alguno, para después hurtar su silla de ruedas a una anciana. Nadie entiende como abrimos un grifo de agua que usan los bomberos, para -manguera en mano-, correr al grupo de flamenco que tocaba al aire libre junto a nosotras. También afirman que golpeamos a dos turcos, que destrozamos las sillas de un restaurante, que cantamos -en lenguas- con dos pakistaníes  y sólo porque aseguran que existe un dios, no acabamos en la cárcel.

Mi euforia sólo era equiparable a mi absoluto estado de ebriedad. La obsesión por recordar esa noche, no es gratis. . . horas antes, me habían roto el corazón en un lejano aeropuerto y mi maldita memoria selectiva sólo recuerda el episodio que ya se encuentra guardado en mi flamante baúl antiguo.

Quiero recordar mi euforia y esas lágrimas que todos mis amigos aseguran, eran de la más pura y auténtica felicidad.

¿Quién no querría recordar tanta dicha?

“Todos tenemos recuerdos que nos avergüenzan o que desearíamos que no hubieran pasado. Pero los sentimientos incómodos que evocan evitan que cometamos errores en el futuro. Aprendemos por la experiencia y esos recuerdos son los que nos hacen ganar sabiduría” *

*Dr. Matthew Lattal

 

Texto publicado en Animal Político el 14 de abril de 2011

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2014, animal político, Cine

Inside Old Boy. Nos fallaste Spike Lee

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Durante una extensa charla en torno a una taza de café, hace más de cuatro años sostuve una férrea defensa del film surcoreano Old Boy (2003, Park Chan Wook). Mi interlocutor de esa noche mostró repugnancia cuando intenté explicarle que el director -haciendo uso de una exquisita e implacable violencia-, construyó el retrato más perfecto y sofisticado que nunca jamás tuvo la venganza. Mi intención era claramente adoctrinarlo en la Iglesia de los Insurrectos de Old Boy de Los Últimos Días, secta en la que me desempeño como líder vitalicia y recaudadora de fieles desde hace una década. Sólo conseguí el rechazo más virulento que he sorteado en mi existencia recaudadora de almas, porque mi prospecto desarrolló un rechazo compulsivo y necio por el film que ocupa un lugar irremplazable en mi listado personal de obras maestras de la cinematografía. Lo anterior viene a cuento porque cuatro años después de esa charla, el sujeto de marras accedió milagrosamente acompañarme a ver Old Boy. El trato fue simple: ver ambas versiones al hilo y, al final, debatir acerca de las diferencias técnicas y narrativas del trabajo de ambos directores. El resultado de nuestros debates fue el siguiente:

La historia no siempre es como la pintan

Oh-Daesú (Min-sik Choi ) vs Joe Doucett (Josh Brolin)

El protagonista de ambas cintas es un padre de familia secuestrado sin razón aparente durante una demencial borrachera justo el día del cumpleaños de su hija. La cinta coreana no brinda antecedentes del protagonista; no se esfuerza por crearnos un juicio. Durante la secuencia inicial de Oh Daesú en una estación de policía -detenido por disturbios en la vía pública-, el gancho de empatía con el hilarante borrachín es automático y honesto. El hombre es un tipo ordinario, quien es rescatado por su mejor amigo para no perderse el cumpleaños de su amada hija. El director coreano no concede un dato adicional, un flashback, o un antecedente de quién es el protagonista. Desconocemos si el personaje es un criminal o un alma noble, pero inexplicablemente un genuino afecto nos embarga de inmediato.

Josh-Brolin-456x319.jpegJoe Doucett es un ejecutivo publicitario de buen nivel, irresponsable y al borde del despido. Vulgar, disfuncional, patán acosador, mal padre y alcohólico repugnante, de tal suerte que ni su único amigo accede a abrirle la puerta durante una noche de profuso aguacero. El primer paso fallido de Spike Lee fue sembrar rechazo al respetable por su héroe antes del minuto 10. Desdeñar el trazo de un personaje entrañable, y devenirlo en otro a quien nadie confiaría su gato hidráulico un par de horas, fue sólo el primero de innumerables tropiezos del guión.

Oldboy-2003-243x346.jpgOh Daesú permanece encerrado 15 años en un inmundo lugar sin tener puta idea de las razones de su cautiverio. No sabemos si su prisión es una cárcel, una casa de seguridad, o una tapicería; el director no se conforma en provocar ese desconcierto y neurosis a la víctima, también lo induce a nosotros, nos convierte en testigos expectantes. Teniendo a la televisión como única compañera de celda, Daesú se desdobla. Él diálogo interno comienza a tomar el control de su coherencia de una manera perturbadora, casi demencial; filosófica, a veces poética. Su vida comienza a transitar entre el odio, al delirio onírico, de la alucinación al llanto, del suicidio a la sed de venganza. Su razón de ser muta en una obsesión por descubrir al captor y vengarse, ya no de la atroz privación de su libertad, desea masticar y escupir en pedazos al que fue capaz de asesinar a sangre fría a su esposa haciéndolo parecer a él como único culpable. Recuperar a su hija no es prioridad, su corazón yace pétreo y lo sabe. El Oh Daesú liberado intempestivamente no es más aquel simpaticón y abotagado dipsómano a quien nunca más extrañaremos, porque la melancolía del monstruo, su profunda pena nos convierte en el mismo reflejo que escupen los cristales del último piso de la torre más alta. También nosotros anhelamos venganza. También nosotros deseamos que mastique, escupa y destripe al causante de su desdicha. También queremos que duela.

Doucette -carente de la ternura salvaje de su antecesor-, permanece en cautiverio la friolera de 20 años y, a diferencia del tambaleante Oh-Daesú -que sufre desmayos y lapsos psicóticos al exponerse a los rayos solares y a los dos primeros seres humanos con quienes tiene oportunidad de interactuar en 15 años- corre, golpea, discute, amenaza y dialoga con la misma naturalidad que utilizan los oficinistas al pedir cigarros mentolados en el OXXO. Sus 20 años en cautiverio sólo sirvieron para que desarrollara una habilidad epistolar cursi e infumable. Ducette deambula del mamarrachismo al insoportable prototipo del soldado universal. Y sí, más cabrón que Van Damme.

Mi villano favorito

Yoo-ji-post-456x342El ejercicio de observar a detalle ambos trabajos cinematográficos al hilo, me confirmó que Occidente y oriente usan distintos planos al momento de construir al antagonista, pero sobre todo, en la manera de proyectar la crueldad en piel y rostro de un villano. No tengo ningún inconveniente en asegurar que Woo-Jin es el mejor villano del celuloide en los últimos diez años. Woo-Jin es un encantador millonario que bien podría dilapidar su fortuna comprando yates en Saint-Tropez, sin embargo, dedica su existencia -sin escatimar tiempo o recursos- en armar pieza por pieza el proyecto de venganza más sofisticado y elegante del que se tenga registro. Cuida cada detalle, lo esculpe en elegante violeta y negro, lo atesora como lo más preciado, metódicamente y sin retrasos. Lo modela con sus propios dedos, lo envuelve en listones de seda. La más grande proeza del guión original es el giro de tuerca emocional cortesía de los motivos de Woo-Jin, que nos hace tropezar de frente contra un fiel guardián de la pureza del amor. Pocas historias son capaces de confundirte en tesituras tan complejas y brillantes.

Sharlto-Copley-in-OldBoy-456x303.jpgNuestro villano derrocha omnipotencia y fragilidad: humanidad y dulzura en combo perfecto. Los motivos del lobo se visten de tabú, incesto, enfermedad mortal, pero nunca del ropaje pestilente de la maldad. Su venganza le devolvió a su Némesis la pertenencia más importante que él mismo había olvidado recuperar. Cuidó del mayor tesoro de su enemigo para devolverlo intacto, puro, bondadoso. Y le entregó en sus manos la decisión de aprender a vivir como él aprendió a hacerlo, antes de perderlo todo, antes de la tragedia. Le ayudó a recuperar su libre albedrío; recogió a un hombre anodino y lo transformó poderosamente haciéndolo evolucionar. La metáfora de su dolencia cardiaca es elocuente, sabe que su venganza también debe pagarse con dolor propio, muerte lenta.

Spike Lee no quiso o no pudo entender que la estructura de la trilogía de Park Chan Wook es el secuestro, no la violación. Mientras que en la versión coreana, la venganza es ejecutada con maestría mediante el método del secuestro, en la del norteamericano es a través de la violación -en cualquier tipo de sentido- explícita. El villano del remake carece de elegancia. Existe un abismo de diferencia entre la sofisticación y el amaneramiento. Adrian Pryce (Sharlto Copley) es un repulsivo millonario desprovisto de móvil o coherencia. Es imposible empatizar con un personaje profundamente traumatizado cuyo objeto de venganza es el menos responsable de su tragedia. La repugnancia inevitable a la figura de Adrian, muestra la doble moral del pensamiento gringo, en la que la ambivalencia no tiene cabida; no es políticamente correcto mostrar indulgencia al tabú.  La venganza que ejecuta vilmente a Doucette es insostenible, porque su estupidez es equiparable a su bestialidad.  De este villano no hay lección qué aprender. O quizás sí: que todos los aristócratas son psicópatas, violadores y asesinos en potencia.

El Soundtrack

Oldboy-Wallpaper--432x346.jpgLa importantísima asignatura del soundtrack era clave para el remake, porque en la versión original significó mucho más que un OST. La música original del genio coreano Jo Yeong-wook fue un personaje más, y no precisamente secundario. El laureado compositor Yeong-wook convirtió a cada uno de sus tracks (cada personaje tiene su propio tema) en secuencias emocionales que proyectan la quintaesencia de los protagonistas. El sonido del teléfono, las campanas del sueño, el llanto nocturno son plenamente identificables, evocadores. El violín y piano de “Cries and whispers (Woo-Jin´s theme)” son insuperables, la atmósfera inquietante de melancolía de los acordes nos induce a sensibilizarnos con el horror. Incluso a perdonarlo. La escena  más violenta se enmarca con la belleza incandescente de Four Seasons- Concerto No. 4, Winter. Pero nunca vemos a cuadro la tortura, solo la inferimos porque Vivaldi nos la impregna con el furor de sus violines.

El trabajo realizado por el murciano Roque Bolaños se nota estructurado y perfecto para una cinta gore (de hecho, lo es, uno ve pedazos de ser humano –y no humanos- por ahí desperdigados a la menor provocación), así que se esforzó por componer 17 impecables tracks. I will find you” (tema principal de la secuela), habita tres océanos de distancia de The last waltz” (Mido´s theme). Se agradece el esfuerzo, pero al compositor español también le quedó grande el traje, su trabajo es notable, pero carente de vida propia, sin eco alguno que resuene en nuestra memoria.

Hace unos cuantos meses, tuve la oportunidad de disfrutar un programa especial realizado en honor de los 10 años de Old boy, mi parte favorita fueron los momentos captados por la cámara durante la exhibición de la cinta en Cannes en el año 2004. Podemos observar en la pantalla del teatro las majestuosas montañas que cierran la última secuencia. Comienzan a desfilar los créditos, mientras las luces de la sala se encienden. Un público visiblemente conmocionado se levanta en frenético aplauso. Park Chan-Wook luce incrédulo, de pasmosa sonrisa e intenta agradecer las lágrimas de la afortunada audiencia que tuvo la oportunidad de contemplar un final perturbador y espeluznantemente conmovedor. Recuerdo perfectamente esa contienda, porque mi indignación fue enorme cuando la Palma de oro a mejor película fue otorgada al inmamable Michael Moore y su Fahrenheit 9/11. Afortunadamente, Quentin Tarantino, Tilda Swinton, Katlheen Turner, Emmanuel Béart, Tsui Hark, entre otros, decidieron que este film merecía el segundo en importancia y prestigio: el Gran Premio del Jurado.

Nunca estaré satisfecha con la secuela de cualquier película que pertenezca al exclusivo pedestal de mis afectos. Spike Lee hizo una buena cinta. No filmó un bodrio, eso es necesario reconocer. Su versión pudo haber alcanzado notas artísticas si no hubiera perdido la brújula, si se hubiera atrevido a explorar sin miedo la brumosa tesitura del incesto, brindarle al mismo un puñado de pureza. Quizás si hubiera respetado las aristas de la original, y contarla a su manera, estaríamos hablando de su obra maestra. No es que al cine norteamericano le sea ajeno el fino arte de la provocación, lo hacen incluso con mucha frecuencia. La diferencia estriba en el método. Provocar causando repulsión no es necesariamente la ruta más sabia. El reto estriba en provocar hasta al más indiferente e inducirlo a la empatía, identificarlo con la luminosa monstruosidad de la trágica dupla Oh-Daesú  Woo-Jin.

La fonética del leguaje de la violencia no es de fácil interpretación, sin embargo no podemos olvidar que es el mismo idioma que hemos usado en nuestro paso por la tierra y que reafirma nuestra condición de humanos imperfectos. Los reflejos que nos obsequian los cristales o espejos, no son los únicos capaces de mostrarnos el rostro de nuestra tantas veces ruin naturaleza. En ocasiones existen personajes a quienes podemos amar y odiar al mismo tiempo, porque nos muestran sin piedad la copia al carbón de nuestros pecados, nuestras vergüenzas y nos recuerdan nuestra personalísima búsqueda por dejar en el olvido a esa bestia que nos reflecta. Que nos fascina.

Eso lo aprendí hace tiempo de Old boy. Gracias por siempre, Park Chan-Wook.

*Texto publicado en Animal Político el 4 de abril de 2014

 

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Cine, Epistolario, Nadie te preguntó

The master of darkness: Maruo

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“La censura es indulgente con los cuervos, pero no da cuartel a las palomas”

-William Shakespeare-

 

Hace dos semanas tomé el metro en las cercanías de casa de mi madre llevando bajo el brazo una vieja novela gráfica. Parada en el andén noté que un hombre me miraba con curiosidad. No aguantó las ganas de acercarse.

-“¡Hola!, oye ¿dónde conseguiste eso?, nunca había visto una novela de Suehiro Maruo en papel y tinta -dijo señalando mi libro- son inconseguibles, creo que su venta está prohibida en México”.

Me quité los audífonos y respondí que la novela la había comprado en España hacía tres años, que no estaba segura si estaba prohibido su trabajo en México, que intenté pedir algunos ejemplares vía Internet a una distribuidora especializada chilena sin éxito y que precisamente los chilenos me informaron que no está disponible su obra en Latinoamérica. Su rostro denotaba envidia auténtica, mantenía su mirada fija en mi libro. Noté claramente que deseaba pedírmelo para hojearlo. No se atrevió y se despidió de inmediato. Su rumbo era el opuesto. Lo observé alejarse a zancadas apresuradas, mientras me pregunté si realmente la obra de Maruo mantenía el halagador status de “censurado” en alguna parte de este país, del continente americano.

La censura, de acuerdo a la última definición encontrada en el DRAE, es la intervención que practica el censor en el contenido o en la forma de una obra atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas. 1 En un sentido amplio se considera como supresión de material de comunicación que puede ser considerado ofensivo, dañino o inconveniente para el gobierno o los medios de comunicación según lo determinado por un censor.1. f. Dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito. 7. f. Psicol. Vigilancia que ejercen el yo y el superyó sobre el ello, para impedir el acceso a la conciencia de impulsos nocivos para el equilibrio psíquico.

Prohibir. Esconder. Censurar la música, el cine, las artes plásticas, la literatura. Nada nuevo bajo el sol. El ejercicio impune de la prohibición emanada de cerebros sin criterio ha lacerado de forma imperdonable la difusión de las más arriesgadas expresiones artísticas. A mi no me gusta –por citar algunos ejemplos- la música de banda, ni considero que el reggeaton posea las características plásticas del tango o de un baile tradicional huasteco, sin embargo, tienen derecho a existir porque son expresiones humanas, lenguajes de arrabal que gritan marginación, protesta, desencanto y pasión.

Mi encuentro con el hombre del metro me recordó que hace tiempo acudí a una reconocida tienda de comics capitalina, con la intención de comprar una novela gráfica autoría del maestro ilustrador japonés Suehiro Maruo sin éxito alguno. El gerente del establecimiento me explicó que habían sido retiradas de estanterías todas las obras de este autor, porque “las autoridades” prohibieron su venta por su alto contenido violento y sexual. No dio más detalles. Mi búsqueda al día de hoy en librerías en esta ciudad continúa siendo un fracaso, estos libros sólo se consiguen por encargo a Europa.

Reconozco que el arte del ilustrador japonés no es en lo absoluto de fácil digestión. En su fino trazo podemos encontrar las perversiones torcidas que harían palidecer al Marqués de Sade: asesinato, violencia sexual, sadomasoquismo, incesto, genocidio, satanismo, ultraje. Citando a mi querido amigo René González, se diría que incluso, Maruo se ha atrevido a crear algunas aberraciones aún no gestadas por la mente humana por lo que todavía carecen de nombre. Estoy en total acuerdo con René, pero no lo estaré jamás en que se prohíba la distribución del trabajo de un artista de este calibre por considerarlo “material inapropiado”. ¿Quién decide? ¿Bajo qué criterios? ¿Quién vigila el cabal ejercicio de libertad de expresión en terrenos culturales en la Ciudad de México?

Suehiro Maruo nació en la ciudad de Nagasaki, en 1956, exactamente 12 años después de la hecatombre nuclear que fulminó a más de 140 mil seres humanos producto de las heridas, envenenamiento por radiación y quemaduras en las subsecuentes semanas que marcaron el término de la segunda guerra mundial. Pero el horror apenas estaba por comenzar. Diez años después del bombardeo, el pueblo de Nagasaki contempló las gravísimas secuelas del arma letal. Comprendieron que existe algo peor que el genocidio, el omnicidio: la destrucción de todo. Los sobrevivientes comenzaron a presentar síntomas de enfermedades cancerígenas producto de la radiación. Estas personas eran –y siguen siendo- llamadas hibakusha (persona bombardeada). Es deber humano contemplar alguna vez las imágenes aberrantes de los desventurados hibakusha para usar toda la compasión que nuestro espíritu posea y sostenerse sin temor ante el sufrimiento humano en su extremo más quebradizo.

Observando con atención las ilustraciones de Maruo, se pueden reconocer fácilmente a legiones de hibakusha. La maldad humana ejercida sobre otro individuo sin móvil ni castigo. Considero que la principal virtud de todo aquel nacido en Nagasaki es que nunca olvidan. . . y hacen todo lo que en sus manos esté para que el mundo no lo haga jamás. No esconden, muestran su mayor infortunio para que éste no deambule entre sus calles, lo exhiben a quien pueda verlo para no volver a repetir. El perfecto círculo virtuoso.

A diferencia de USA (que escondió la memoria gráfica del oprobio hasta mediados de la década de los noventas) Japón decidió que su pueblo jamás sufriría una tragedia similar. Tomó el camino de la enseñanza, el de la educación, para mostrársela sin pudor a cada niño nacido en la ciudad. En 1954 erigieron un conmovedor museo llamado “Museo Memorial de la Paz de Nagasaki” al que cada 6 de agosto conmemoran el día anual de la paz. Todos los niños, adolescentes, habitantes y sobrevivientes de la ciudad, acuden con solemnidad a uno de los días más importantes de su vida. Lo repiten cada año. A los niños de la más temprana edad se les muestra el material gráfico, audiovisual y al que en occidente tenemos acceso restringido, para que rindan respeto por las cenizas de las anónimas víctimas del horror. Uno de estos niños era Suehiro Maruo.

Su obra –considerada de culto en todo el mundo-  muestra a través de un onírico lenguaje el hoyo profundo en el que chapalean los terribles, en el que se hunden los inocentes; en la sinrazón de la maldad, en lo inacabable de una pena. ¡Que el mundo mire, se horrorice, se maraville! -parecen murmurar sus viñetas-, el arte siempre será el mejor conductor e ideal vehículo del entendimiento humano.  No puede –ni debe- existir cabida a la censura, no como las mentes diminutas lo conciben. No hay temor de desgarrar inocencias infantiles. ¿El resultado? viven en una sociedad que se distingue como pocas a causa de su orden, índices de criminalidad sorprendentemente bajos, por ser modelo de perseverancia e incansables promotores dela paz y empatía por el dolor humano.

El arte en cualquiera de sus expresiones -esto incluye las que nos parezcan lo contrario- sirve para enriquecer el espíritu, así como para dotarlo de sensibilidad sobre el pensamiento de otras almas, de otros temores. Enseña las partituras de sinfonías desconocidas. La maldad no está en los objetos, la música soez o en las obras de arte; en donde sí reside es en la hipocresía, en las apariencias que guardan un tufo rancio y grotesco. La principal preocupación de las autoridades de cultura, deberían de estar enfocadas en que cada niño de este país tenga acceso a la creación, al conocimiento, al desarrollo oportuno de cualquiera de las bellas artes, abriéndoles generosos caminos.

 

Es patético constatar que vivimos rodeados de gente carente de sentido común y sensibilidad artística, que desde sus trincheras de poder gozan intimidando y ejerciendo censura, mostrando con su ineptitud e ignorancia, que ellos son el verdadero cáncer de nuestra sociedad. Nuestra maldita bomba atómica.

El novelista japonés Hiroshi Aramata resume contundente en el prólogo a “La sonrisa del vampiro”, que nos encontramos muy lejos de entender, creer y valorar la obra de uno de los más grandes realizadores de la ilustración del mundo moderno:

“Seguramente llegará el día en el que también Suehiro Mario gracias a “La Sonrisa del vampiro”, obtenga el reconocimiento que merece por haber revolucionado unos campos tan largamente olvidados como son el mundo de las vanguardias de lo absurdo y de la literatura del proletariado. Desde este punto de vista, es innegable que Suehiro Maro es un dibujante de cómic de auténtico grand Guignol. Aunque ello a actualmente un peligro en el mismo sentido en el que, en el pasado, usaron consideradas también las novelas de temática socialista.”

Por mi parte, deseo contribuir con esta humilde semblanza de la obra de Suehiro san, porque de alguna manera u otra, escribir es lo más cercano a gritar, y gritando hasta quedarse sin voz, es el mejor recurso que conozco para que los necios volteen a verte y quizá, con un poco de suerte escuchen.

¡Salud por el maestro, pues!

*Texto publicado en Animal Político el 23 de noviembre de 2012

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Cine, Nadie te preguntó

In the realm of Oshima: el cineasta pornógrafo

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“El sufrimiento es el medio por el cual existimos, porque es el único gracias al cual tenemos conciencia de existir”.

 Oscar WIlde.

Existen cineastas cuya contribución más notable a la historia del cine es atribuible a un solitario one hit wonder y Nagisa Oshima (1932- 2013) cabe con injusticia en la anterior descripción, aunque de ninguna manera esto sea atribuible a una exigua o mediocre trayectoria, muy por el contrario, el trabajo artístico del realizador japonés es vasta, pero prácticamente desconocida en occidente y desdeñada en oriente. Nació en Kyoto en 1932, hijo de clase privilegiada y heredero de la posguerra: herencia palpable, rugosa y respirable en cualquiera de las veintiséis cintas que conforman su legado. Una entusiasta y militante trayectoria como estudiante en la facultad de Derecho en la Universidad de Kyoto lo estigmatizó más allá del campus. Fue más político que litigante, más manifestante que colegial. Debatió en las aulas tanto como desafió a las autoridades universitarias, que vieron con agrado su éxodo al campo cinematográfico en 1954. Después de algunos años de aprender el oficio estructural del celuloide en la célebre productora Shochiku, LTD, debutó y sorprendió con el largometraje “A town of love and hope” (1959), primera incursión tras cámaras que consiguió la proeza de asegurarle el financiamiento de “Cruel Story of Routh” tan sólo un año después.  Su obra podría considerarse como un arquetipo de congruencia porque llevó sus convicciones políticas y obsesiones sociales a cualquier extremo imaginable. Criticó la devastación moral nipona sin anestesia de por medio, metió las manos a las entrañas del tejido políticamente correcto de la sociedad exhibiendo sin pudor sus malolientes vísceras. Un penetrante hedor de rencor imperialista es identificable en los diálogos de sus protagonistas. Sus guiones denotan un semblante donde la opresión, el desconsuelo, el hartazgo, la pornografía violenta y una polémica siempre injustificada son el parpadeo constante.

En 1968 realizó la magistral cinta de humor negro titulada: “Death By Hanging”,recio reproche al Estado por el ejercicio impune de tomar vidas, de asfixiarlas. Un condenado a muerte es colgado en la horca acusado de asesinato y violación, con la salvedad que la muerte se niega a recibirle. Oshima jamás se muestra contenido: ataca con devastador pincel artístico, con pulso firme; sabe que no puede conducirse por la vida del susurro cuando se emplea a la pena de muerte como móvil de una historia qué contar. La colonización coreana, los excesos militares, el castigo colindante con el abuso. Durante la Segunda Guerra Mundial, en Japón se extendió la leyenda medieval de los colgados; aquellos desventurados que fueron sometidos a la horca y que, en desprecio a sus crímenes, la muerte se negaba a recibirlos. Los escupía para condenarlos a vagar, muertos en vida, condenados a jamás descansar. Vampiros errantes. Esta cinta es una gloriosa metáfora de injusticia criminal.

“Death by hanging”  1968

Ocho años después llegaría la polémica “In the Realm of the Senses” (1976), que significó su vigésimo segundo trabajo como cineasta, y aunque no podría considerarse su obra maestra porque no representa con elocuencia la complejidad de su talento, es sin duda la cinta más trascendente, la que lo rescatará por siempre del olvido. El guión retrata una historia de obsesión maniática de adulterio y prostitución cargada de erotismo compulsivo. Los planos secuencia nos muestran una de las piezas más logradas de pornografía artística de todos los tiempos. El cineasta desdeñó en todo momento escatimar literalidad para mostrar escenas de sexualidad explícita. Sabía que su cinta estaba condenada a la censura incluso desde su concepción, por lo que tomó precauciones y consiguió editarla en Francia, país que entonces gozaba de apertura inusitada en terrenos de libertad de expresión gracias a que la nouvelle vague (encabezada principalmente por François Truffaut, Jean-Luc Godard y Claude Chabrol), construía una novedosa autopista donde a la creación cinematográfica se le permitía rebasar por la izquierda. Kishizo Ishida y Sada Abe encarnan una dupla erótica cargada de fantasiosa teatralidad. Dos escapistas del horror militar que desafían las insalvables tradiciones sociales, usando para ello un sorprendente arsenal patológico cortesía de monsieur eros.

 

“In the Realm of the Senses”  1976

La cinta “Merry Christmas Mr. Lawrence” (1983), protagonizada por David Bowie, fue la única pieza de su catálogo realizada en idioma inglés. Todos recordamos a Takeshi Kitano en el inolvidable papel del oligofrénico Sargento Hara. Con su última cinta, “Taboo”  (1999) abordó con descaro el conflicto homoerótico provocado por el samurai andrógino Sozaburo Kano, dando al traste con uno de los mitos más sagrados e incólumes de su cultura: los Samuráis.

 “Merry Christmas Mr. Lawrence”  1983

Aniquilador de tabús (la mayoría de las historias convertidas a la postre en cintas fueron inspiradas en hechos reales, de tal suerte que los sociópatas y héroes por igual fueron arrancados de la nota roja de la aparentemente apacible sociedad de la posguerra), crítico de cine, editor, guionista y considerado autor de culto en cualquier parte del mundo, menos en su patria. Militante incómodo. Documentalista sagaz. Cineasta experimental. Provocador de tradiciones. Productor independiente. Defensor de marginados, homosexuales y pervertidos. Detractor de la censura, y la piedra en el zapato del Partido Comunista Japonés, podrían ser algunos de los apelativos disponibles para describir con holgura la trayectoria de un creador sin ambiciones de gloria, pero con un talento exquisito para echar mano del perfil más obsceno de la sociedad japonesa, y dicho sea de paso, legarle al mundo una amplia ventana con vista a la ignominia, pero con una panorámica de descomunal y privilegiada belleza plástica.

 

*Texto publicado en Animal Político el 6 de mayo de 2013

 

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Cine, Etcétera, Nadie te preguntó

Lección del mal.

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El día de hoy les voy a contar la trágica historia de un adolescente que acuchilló a sus padres hasta la muerte sin sentir un ápice de culpa o remordimiento y que a la postre se convirtió en un sanguinario asesino serial. Esta historia llevada al cine de la mano de Takashi Miike (Audition) en el 2012 no está inspirada en hechos reales, pero sí en una novela autoría del laureado escritor japonés Yusuke Kishi. La cinta cuenta la historia de Hasumi Seiji (interpretado por el bellísimo actor Hideaki Ito), el profesor de inglés más querido por los estudiantes de cuarto grado de un prestigiado bachillerato. La admiración que le profesa el alumnado y el cuerpo docente no es de ninguna manera gratuito: es un hombre adorable y brillante que demuestra auténtica devoción por la docencia, y sobre todo, por procurar un ambiente de solidez, conocimiento y bienestar a los chicos de quién es tutor. Sin embargo, debajo de su irresistible encanto, se oculta una naturaleza diametralmente opuesta: Hasumi es un sociópata incapaz de sentir empatía por ningún ser vivo. Perpetró el crimen de sus padres en la adolescencia para con ello ganarse inclusión directa en el exclusivo club de los sociópatas. El más exquisito de sus talentos es hacer parecer suicidios o accidentes todos los asesinatos que comete.

La película se distingue por las referencias a la cultura y mitología germanas que envuelven en el sutil empaque de la metáfora, las pulsiones asesinas del atractivo profesor. La más importante, sin duda la representa el main theme, pieza clásica de “La Ópera de los tres centavos” (Die Dreigroschenoper) escrita por Bertlot Brecht en 1928: “Die Moritat Von Makie Messer” (mejor conocida en occidente como “Micke the knife” gracias a la interpretación de Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, Frank Sinatra, Bobby Darín, Tony Bennett entre muchos más) que musicaliza todos los asesinatos del protagonista. Otra referencia brutal corre a cargo de dos cuervos-enemigos-imaginarios de Hasumi: Huginn y Munnin. En la mitología germana, dos cuervos llamados Huginn y Muninn vigilaban al mundo como espías de Odín. Sus nombres significan “pensamiento” y “memoria”. Su misión consistía en sobrevolar la tierra y llevar noticias a Odín, sobre el comportamiento de los hombres, criaturas infames. En la cinta, dos impertérritas aves negras custodian los movimientos de Hasumi y a través de sus ojos muertos podemos comprender que el único horror que gobierna a nuestro asesino serial favorito es ser observado por el rey de los Dioses.

Hace unos cuantos días, la fiscalía capitalina dio a conocer que el autor intelectual del asesinato del cineasta León Serment y de su ex mujer, la productora Adriana Rosique, fue orquestado por el hijo de ambos: Benjamín Serment Rosique. Después de leer innumerables fuentes periodísticas y policiales, los resolutivos del parricidio apuntan a que Benjamín ha padecido desde la infancia severos problemas psiquiátricos. Rodolfo Ríos Garza, procurador general de justicia de la Ciudad de México, afirmó que los estudios psiquiátricos realizados a Benjamín destacan que el perfil clínico denota un marcado “resentimiento parental infantil”.

Esta afirmación es dolorosa en amplios sentidos porque al margen de cualquier tipo de trauma infantil que el chico sufriera, nos cuesta encontrar el resquicio que avale a uno de los crímenes más duramente castigados por la mayoría de las leyes pertenecientes a sociedades civilizadas. El vínculo sanguíneo es considerado un agravante al momento de juzgar un crimen. Y en caso de culpabilidad, las penas son mayores, los atenuantes son tan puntuales como ínfimos (defensa propia en contexto de abuso, enfermedad mental grave o retardo mental, por ejemplo). “Es homicidio doloso que legitima la punibilidad agravada por la inadmisible privación de la vida humana y la fe y/o la seguridad fundadas en la confianza derivada de la relación entre ascendiente y descendiente”. Asesinar a tu madre, padre o hijo, se clasifica como una atrocidad inaceptable en cualquier estado de derecho que se respete.

Huele a sociopatía, Wilson

La Sociopatía es la madre de todos los trastornos mentales, porque puede ser el padecimiento más peligroso y aunque su trastorno parezca el de menor penetración psiquiátrica, es una auténtica patología. La razón es simple: un sociópata profesa desprecio por la sociedad en la que vive y las leyes o normas que la rige. Los crímenes –premeditados- los cometen ellos. La ausencia de sentimiento de culpa, empatía o remordimiento, pueden convertirlos en sujetos peligrosos en un grado severo. Son huérfanos de moralidad y del sentido más elemental de todo aquello que los seres humanos empáticos englobamos en el vocablo llamado justicia. Existen muchas teorías respecto a la causa raíz de este trastorno, desde el consumo desmedido de estupefacientes, secuelas biológicas o algún daño provocado en la porción cerebral que administra la toma de decisiones y que a fin de cuentas representa el semáforo moral del ser humano.

Todos hemos leído las suficientes referencias literarias como para conocer las motivaciones detrás de un parricida, cortesía de la pluma de Ambrose Bierce, William Shakespeare, Fiódor Dostoievsky, etc., sin embargo, cuando la sangre deserta de nuestras referencias literarias para cerrar el cerco y notas algunas gotas cercanísimas a tu círculo de protección, comienzas a sospechar si será verdad que “la patria un sociópata en cada hijo te dio”.

Lesson to the evil: first cut

La primera toma del film “Lesson to the evil” muestran un par de manos adolescentes colocando un disco en la tornamesa de la sala. “Micke the knife” en voz de Berlocht Brecht comienza a retumbar en las paredes de la estancia.

En la habitación principal del primer piso comienza a escucharse la siguiente conversación:

Papá: Siempre he pensado que la culpa la tiene el chico. Nunca ha sentido ninguna clase de empatía por los demás.

Pero jamás pensé que llegaría a algo así

Mamá: No lo creo, tiene que ser un error.

-El rostro del padre muestra devastación-

Mamá: ¿No hay pruebas, verdad?

Papá: Yo mismo lo vi salir a hurtadillas de casa aquella noche.

Mamá. ¡A lo mejor salió a dar una vuelta por ahí!

Papá: No solo lo hizo esa noche, también salió cuando murió el señor Kumagai

 

-Mientras el diálogo del matrimonio transcurre, se muestra a cuadro a un chico poniéndose zapatos deportivos y tomando una navaja-

 

Papá: No podemos dejar que esto siga así.

-La madre llora dolorosamente-

Mamá: Es solo que no entiende la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Es culpa nuestra que no le hemos educado bien. ¡No le castigues!

Papá: Esto ya va más allá de cualquier castigo. Tenemos que internarlo en un psiquiátrico.

Mamá: ¡Eso es una crueldad! ¡Solo tiene 14 años!

 El chico avanza en silencio entre la penumbra del pasillo de la planta alta de su casa.

La madre interrumpe el llanto al escucharse el chirrido de la puerta de su habitación que comienza a ser abierta lentamente. Ella se levanta sorprendida. Su marido –aún de espaldas a la puerta- continúa sollozando.

La música se detiene abruptamente. La cámara escapa por la ventana para mostrar a un par de cuervos volando sobre un cielo turbio, de tintes violáceos. Los cuervos detienen su vuelo sobre los cables de luz y observan la escena. Después retoman su ascenso a las nubes con premura. Como si les urgiera entregar un mensaje. Como si de ello dependiera su vida.

Comienzan los créditos iniciales

¿Los padres tenemos la capacidad de encontrar la semilla del mal en nuestros hijos, quienes fuimos testigo de su primer vistazo a la luz matinal? ¿Nuestro amor de padres será capaz de no tomar las medidas correctas, de no buscar la ayuda adecuada para ellos, aunque parezca a todas luces la medida menos apropiada? Desconozco si existan respuestas adecuadas o mucho menos si las preguntas que formulo el día de hoy se consideren adecuadas o necesarias en momentos de profundo dolor colectivo.

El mayor de mis desconsuelo es reconocer que la locura está ahí, allá, al centro y a la periferia. Cada vez más cerca. Pocos pueden entender cuánto esto me aterroriza. La medicina afirma que será capaz de reconstruir la personalidad primigenia de una persona trastornada de sus facultades mentales. Algún día me gustaría leer que la ciencia ha sido capaz de curar las llagas viscosas con las que la locura castiga a la cordura.

Quizás entonces, podré reconocer a este mundo como un lugar menos hostil, oscuro y desolador.

*Texto publicado en Animal Político el 4 de octubre de 2016.

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