2017, Epistolario, Etcétera, Love

Quiero otra vida para enamorarte

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Te encontré cuando buscabas el brillante frenesí de mi cuerpo aquella noche absurda en la que destrozaste el irracional afecto que me provocaba mirar tus negrísimos y tristes ojos.  El mérito de sembrar desconsuelo y angustia en mi memoria al mismo tiempo que chapaleabas en la profundidad de tu oscuridad favorita es todo tuyo. Todito.

Esa noche hubiera preferido cenar a tu lado, estar a solas, lejos del estruendo y no correr como locos buscando el estúpido objeto que solamente tú y yo conocemos el nombre y por el que pagué una fortuna.

No, hicimos mal. Sí, lo hicimos.

Dicen los que saben que el primer encuentro rara vez encuentras sincronía. Cadencia. Perfección. Pero ambos sabemos que el preámbulo es para los que no tienen química. los que se saben cómo nosotros solamente deseamos conectar.

Me pediste que cerrara los ojos y que tratara de visualizar una puerta verde, semi abierta, filtrada por una luz suave. Estoy del otro lado- dijiste. Camina lento, atraviesa la puerta. Abrí los ojos cuando fuiste tú el que me atravesaste. Atravesamos juntos siete puertas hasta la mañana siguiente.

Después de irte y dejarme los bolsillos del deseo vacíos te fuiste. No supe de ti más hasta que me llamaste para contarme que estabas en tu casa con otra mujer, pero que extrañabas perderte conmigo.

-Aliméntala, anda, y déjala vacía, sin nada, como a mí.

Y te colgué.

Fuerte.

*****

Me buscaste cuando volvieron a hacerte mierda. Me enseñaste las heridas de tu obsesión malsana de enamorarte de la mujer incorrecta. Aquella noche incluiste por primera vez a nuestras charlas el vocablo amor.

-Llamándome mentiroso no evitará que deje de buscarte y decirte cosas-. Intenté decirte un mal chiste para evitar tu dulzura y me mandaste a la verga.

-No me vas a distraer-, dijiste. Quiero que me escuches, quiero que sepas y veas que tan pendejo soy. Y aún así decidas quedarte

Te preparé un café y sonreí. Sacaste un porro de mota y comenzaste a contarme tu última pesadilla:

-Siempre confío en que ella se va a quedar. Viene y me usa, me emociona. Pero siempre se va. Como seguramente tú acabarás haciéndolo.

Realmente,  te oí escucharte. No me interesaba conocer la sordidez de tus enfermizas relaciones. No mientras te encontrabas sentado en mi estancia sin camisa. Sudando rencor, ira.

Tu monólogo terminó a la segunda taza de café. Te dije que podías usar mi ducha.

Cerraste tus pinzas en mi cintura cuando te extendí la toalla. Me arrastraste contigo a la regadera. Comimos uno del otro tres días.

Afuera y adentro de la ducha.

***

Tocaste mi puerta seis meses después de nuestro último encuentro. Me escribiste la noche anterior para decirme si podías pasar a verme por la mañana, desayunar juntos. Querías mostrarme tu nuevo tatuaje en el brazo derecho. Lo primero que hice al abrir la puerta fue exigirte que me lo mostraras. No podía creer que se hubiera entintado la frase que grité en la alcoba en mi último orgasmo. Nuestro orgasmo: Hasta el final, contigo.

Te dije diez veces que eras un imbécil. Un villano.  Meses sin saber una palabra tuya y de repente te aparecías de la nada con ese símbolo inequívoco de complicidad. Ese guiño todo mío.

Le conté que había conocido a un chico en la oficina y que llevábamos saliendo cuatro meses. Aventaste al piso los discos que llevabas para obsequiarme. No habías olvidado mi cumpleaños, después de todo.

“Yo solo puedo ofrecerte lo que ves” -dijiste- Pero prometo rifarme contigo. Quédate conmigo, tengamos un hijo.

Intenté alejarte, decirte que por favor te fueras. Aunque el auto engaño nunca ha estado de mi lado. Sin ti soy un lego sin las piezas que le faltan. No puedo cerrar las piernas por las noches y tus ojos son los que descansan cuando los míos se pierden en la inconsciencia de un mundo mejor. Me baño y son tus manos quienes tallan mi espalda cada día. Tu sombra se quedó para siempre aquí y habita en mi ducha. Eso fue lo último que te dije antes de perderme. Contigo dentro.

***

No sé cuándo recibas este mensaje, pero quiero que sepas que leí tarde -muy tarde- tu correo electrónico. Sabías que iba a casarme y aún así, preferiste escribirme y no llamarme. Estoy haciendo mis maletas, en 4 horas sale mi vuelo. Los boletos del viaje de luna de miel tienen como destino una playa en el Caribe. ¿No te parece una broma de mal gusto imaginarme a mi, tirada en la arena? con lo que detesto el sol, el calor y las palmeras.

“Quisiera otra vida para enamorarte” es un gran título para una canción o un poemario. Incluso para usarlo como subjet de una carta electrónica. Debo confesarte que mi piel envejeció un lustro saber que pronuncias mi nombre entre nubarrones que vuelan por las azoteas y que a las tres de la mañana te despierta el aroma de mi sexo. Y aunque digas que eres de esos delanteros que llegan tarde a todos los balones, quiero que sepas que, en contraparte, siempre llego tarde al banquete, incluso al de mi propia boda.

Yo también muero de miedo, vida mía. Estoy pidiendo un taxi destino a tu casa. Llevo tus discos, mis maletas y al gato. ¿Te conté que tengo uno? sí, es divino, es un gato de angora.

Dime que estarás en la puerta. esperando. Esperándonos.

 

 

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2011, animal político, Epistolario, Love

1994, hace 17 años

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Marzo,1994.

Ella era prácticamente una niña. Tenía DIECISIETE años cuando supo que estaba embarazada. Pudo correr, escapar, escaparse, acobardarse o desterrarse. No lo hizo. Su infinita ignorancia no le permitió comprender en toda su magnitud el tamaño del barco que acabada de abordar. Ella era estúpidamente feliz, tenía nueve meses de embarazo (eran los tiempos en los que se contaban meses, no semanas) y estaba absolutamente enamorada de aquel chico encantador de cabello rizado quien se convertiría en el futuro padre del otro chico que crecía de forma descomunal dentro de sí.

El chico de cabello rizado, padre del  chico recién-nacido-también-de-cabello-rizado, se escapó, se desterró, corrió y decidió acobardarse. Ella no le dio importancia, siempre supo que su corazón era más que suficiente para amar a esa maravilla de la genética. Lo supo al instante que  la luz matinal lo cubrió en su nacimiento en esa lejana habitación de hospital.

Marzo es un mes estéticamente peculiar. Ella notó que en este soleado mes y como en ningún otro, el árbol de la Jacaranda decide florecer exuberante para decorar el paisaje de un exótico color violeta, por lo que de manera egoísta, se convenció de que la Jacaranda era el obsequio, el símbolo distintivo que la incipiente primavera le tenía a su hijo, así que decidió asociar compulsivamente al nacimiento de su chico, a la arrogante cascada de flores que brota de la Jacaranda, y no recordar que 19 días después, una población fronteriza se salpicó de sangre con el asesinato de un candidato presidencial.

Crecieron juntos, aprendieron juntos. Recorrieron las calles largas, interminables, visitaron cines, museos, teatros, salas de conciertos como dos hermanos en sincronía perfecta que se encuentran a destiempo. Escapó con él cuando cumplió 6 años para nunca volver a casa. Él le enseño a entender el verdadero significado del amor, de la pasión, de la inocencia, del dolor, del resentimiento y la redención. Ella nunca terminará de pagarle por haber permitido ser su experimento humano, su obsesión de perfección. Nunca encontrará las palabras adecuadas agradecerle lo suficiente por enseñarle a transmutar la derrota en esperanza con ese poder tan peculiar que él le confiere cuando la mira con ojos acuosos y perdidos. Él le mostró que el camino para subir, está diseñado para andarse a base de múltiples bajadas. Y cuando ella lo mira soñar, es capaz de convertir en arte su desconsuelo. Ella descubrió que lo educó puntualmente para hacer de él un hombre valiente cuando la tomó de la mano y la estrechó contra su pecho consolándola con lujo de ternura cuando temblaba de pánico absoluto en ese avión, en esa inolvidable turbulencia trasatlántica.

Ella quisiera seguirles hablando de su tema favorito, pero no quiere aburrirles con historias que a nadie importan. Además, tiene una cita con su chico. Su chico favorito. Él y ella van a observar la luna juntos, se dirán una vez más lo afortunados que son al tenerse el uno al otro, beberán una botella de whisky, brindarán por los tiempos terribles y por el vendaval de la tragedia, risas y novela que los han moldeado justamente en la pieza de arte que son el día de hoy.

Porque hace diecisiete años, él la encontró bajo la niebla profunda, descubriéndola tan frágil como una flor de Jacaranda, para que recibiera la prueba sublime de que el universo es capaz de contraerse, convulsionarse para que dos seres se encuentren para amarse de manera cierta e indestructible hasta que la muerte los separe. Y ella también tenía diecisiete años.

 

*Feliz cumpleaños vida mía. . .el vocablo amar no basta para que sepas cuanto hay de mi para ti, además, no lo necesitamos, al fin y al cabo, tú y yo creamos un lenguaje propio, que sólo nuestras células entienden. Eres mi estirpe, naciste para brillar, brilla más fuerte. . .hazlo y prepárate para dejar ciego al mundo.

 

 

*Texto publicado en Animal Político el 3 de marzo de 2011

 

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animal político, Epistolario, París

Fractales

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Para Ana Francisca Vega y Daniel Moreno Chávez – mis queridos editores- con gratitud fractaria.

Hace poco menos de una semana, cumplí un año desprestigiando el oficio escribano, con “Pluma, lápiz y cicuta”, mi espacio en mi casa editorial Animal Político. El texto que marcó mi debut se tituló: El cuento de mi vida (crónica de mi primer visita a París y breve génesis de mi francofilia). Lo curioso, es que de manera fortuita, mi colaboración de hoy se cincela caracter a caracter, desde el interior de un confortable hotel ubicado en el Quartier Latin, V° distrito de la capital de Francia.

Aunque resulte difícil creerlo, he visitado más veces esta entrañable ciudad que en el puerto de Acapulco, por lo que me resulta sencillo internarme en las entrañas de sus callejuelas para vagabundear con el propósito de comprar pan en la Boulangerie Censier, un acondicionador para el pelo en Franprix o manzanas en el mercado de la rue Mouffetard, y sentirme como si en casa estuviese. París, ha dejado de tener para mí ese cariz cosmopolita, porque dejé de asombrarme con el entorno. Sin embargo, al hacerlo, me he reconciliado con su más entrañable cliché: la inspiración literaria (¿o acaso no me encuentro en su alma mater?). Es fácil entender la fascinación de tantos otros, otras tantas veces por tropezar con la insuflación narrativa que todo escritor espera-aunque nunca lo admita- en este elegante cementerio de elefantes literarios. La arrogancia de escribir una novela en una buhardilla en La Marais, no significará una ambición irrisoria, -quizá presuntuosa- pero nunca descartable si la suerte lo permite.

Este viaje ha sido el más importante de todos los que he hecho. Alcancé un punto de identificación sobria e introspectiva. Desde hace dos semanas mi mente se desplazó  a una coordenada en la que nunca imaginé orbitar; mi naturaleza geométrica obtusa, devino en un objeto fractal, al que me está costando mucho trabajo reconocer como propio.

 Conforme a la definición del que encontré en Third.Apex.Fractovia, un fractal, es un objeto que exhibe recursividad o autosimilitud a cualquier escala. En términos algorítmicos, un elemento que posea cualidades recursivas, tendrá también la facultad de solucionar una incógnita en términos prácticos: sólo necesita llamarse a si mismo

Cito a Third.Apex.Fractovia“Otro aspecto importante sobre los fractales es que su dimensión es fraccionaria. Es decir, en vez de ser unidimensional, bidimensional o tridimensional (como es el para los objetos que nos son más familiares), la dimensión en la mayoría de los fractales no se ajusta a dichos conceptos tradicionales. Más aún, su valor raramente puede ser expresado con un número entero. Esto es, precisamente, lo que les ha dado su nombre. . .

No obstante, los fractales están por todas partes. Hay muchos objetos “ordinarios”  que debido a su estructura o comportamiento, son considerados fractales naturales: Las nubes, las montañas, las costas, los árboles y los ríos son fractales naturales; se diferencian de sus contrapartes matemáticos por ser entidades finitas en vez de infinitas”.  No pude encontrar una definición tan precisa como la naturaleza fractal para describir mi talante actual. Precisamente en esta zona geográfica me han sumergido en atmósferas matemáticas-geométricas, con fascinante luminosidad. No soy entera, ni un número: soy irracional, compleja, soy fragmentos minúsculos con semejanza a todo lo que me reflecta. Como “el polvo de Cantor, “El  triángulo de Sierpinski, la curva de Koch, el romanescu, el nautilo, como las nubes: así soy.

Mi aeon: memoria y medida de tiempo indefinido.

 

Existen pocas personas lejos de mi entorno, con quien pasar el tiempo es un auténtico deleite. De este lado del Atlántico, esa persona se llama Sépànd  Danesh. Él, nació en Irán y yo en México. Él, vive en París, y yo en Distrito Federal. Él, en las cercanías de La Défense, yo en las de Cuemanco (que lo anterior sirva para  documentar contundentemente mi bad timing), aún así, le debo más que un simple descubrimiento geométrico. Comunicarnos no ha sido fácil, sin embargo, conseguimos la nada despreciable tarea de confiar uno en el otro. He aprendido a traducir con facultades sensoriales -más que lingüísticas- la esencia de su naturaleza, pero sobre todo, sus proyectos artísticos.

 

Ha dejado de ser el Sépànd que entrevisté en su atellier de l’École Nationale Supérieure des Beaux-Arts de Paris hace dos años. Después de exposiciones individuales y colectivas fuera de Francia y de elaborar diseño gráfico y fotográfico del “Fragments” libro a propósito de los poemas y escritos de Marilyn Monroe (Stanley F. Buchthal & Bernand Comment, Editorial Seuil). Ahora –a la par de su prolífica creación plástica- desarrolla su obra de arte por conductos básicos; volvió a los orígenes: papel, lápiz, dibujo. El trazo atropellado en el metro: 4.5 Milllones de personas que transitan en este medio, se antojan materia prima inagotable. Experimenta la improvisación con proyectos que emerjan desde las fauces de la cotidianidad. Trazo de identidades múltiples, fragmentación del tiempo y contexto social poderoso y lúdico.

Gracias a uno de sus proyectos, he conservado la costumbre de atesorar mis tickets de consumo en ocasiones excepcionales o cuando quiero recordar un momento trascendente. Ahora, también guardo los registros de la intervención de mi humanidad en el mundo con la simpleza de un documento de apariencia insignificante, guardo la documentación de mi existencia. He vuelto a los básicos. Me gusta racionalizar mi intervención orgánica, presencial y tangible en la creación de un todo. El trazo de mi propia imagen realizada en Le Fumoir, me mostró detalles que no lograron en el pasado cientos de espejos. Los fragmentos me interesan más que la composición u objeto principal. Cuando anulas el objeto que sostiene la mano, sólo te queda la mano, en ella se encuentran composiciones plásticas de enorme riqueza. El sol y el dibujo coadyuvaron a mi favor.

 

Quisiera terminar este artículo de aniversario como colaboradora en este espacio, con un breve mensaje al artista:

Sé:

 Hoy, más que nunca, deseo continuar mi labor de escribir sobre mis experiencias como transeúnte, como testigo y cronista de lo que he visto en este país tan dispar al mío con mayor soltura, gracias a la inspiración de tu lenguaje y melancolía.

 Describir la capital de Francia es un raro experimento donde el resultado mas sorprendente es encontrar el arte oculto en lo cotidiano. Reafirmo mis impresiones sobre ti y que no han cambiado desde aquella noche septembrina de 2009 cuando tuve el privilegio de conocerte en la Ópera. Ahora que formo parte de la fractalidad de tu arte, es más fácil descubrir mi propia luminosidad. Alguna vez John Reed hizo la dedicatoria más noble de un libro que he leído en este mundo de canallas: “ser tu amigo es tratar de ser más honesto intelectualmente”. Robo esta frase y la dedicatoria entera sin culpa. Es como si yo la hubiera escrito, porque lo siento de corazón.

 Probablemente no regrese a Francia por largo tiempo, aún no me queda muy  claro. Quizá te reencuentre pronto, en Madrid, España. Todo depende de factores etimológicos y nuestra buena estrella (de esos, hablaremos después, en otro espacio, con puntual detalle). Pero siempre te recordaré como el sol iraní de esta orgullosa e histórica nación. El sol de Francia. El artista. Mi amigo: Sépànd Danesh.

Gracias una vez más por regalarme brevemente sus ojos lectores.

Quartier Latin, París.

*Texto publicado en Animal Político el  17 de febrero de 2012

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Epistolario

Monsieur D.

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Je pense, donc je suis»,


Para Antonio Pacheco, por su privilegiado pensamiento cartesiano.

No  me  lo  tomes  a  mal, D. pero volver echar un vistazo a tu obra, resultó toda una proeza del azar. En algún momento que mi  memoria selectiva ha preferido omitir, cayó a mis manos ese viejo escrito tuyo, pero lo que sí recuerdo perfectamente, es la razón por la que dejé inconclusa la lectura (no me juzgues severamente por ello, por favor, prometo explicarlo al final de esta carta). La casualidad me empujó a chocar con tu libro hace tres días, y al hojearlo supe que te descubrí a destiempo. De cualquier manera, nunca es demasiado tarde para formular ciertas preguntas. En  cuanto  lo encontré, comencé a leerlo ahí mismo, entre las cajas y el polvo que obligan  las  mudanzas. Estuve en el ánimo adecuado para releerte, para terminar  tu discurso sobre las ingobernables dudas que nos asaltan a traición a la media noche, y que podría jurar, toman por sorpresa al suicida, mientras observa con ojos vacuos y perdidos, las vías del tren.

Tu discurso -que concebiste y publicaste como un prólogo a un compendio de tres tratados de ciencias- quizá  no  sea el trabajo más trascendente que legaste al mundo, sin embargo, es el que te dio celebridad como filósofo, complementando tus sorprendentes descubrimientos en terrenos matemáticos, físicos y científicos. “El discurso del método” es una obra que desborda humanidad, la que enseñó a un nuevo siglo a dejar de dar por hecho y a estructurar la crítica mediante la duda metódica, (porque la certeza empírica nunca es total),  la que mostró que para aceptar la verdad, es mandatorio primero demostrarla mediante el tamiz de la duda. Inauguraste el pensamiento moderno con el consejo de que hay que dudar hasta  de  la  existencia  del  propio cuerpo, y que nuestro  deber  es descubrir la verdad sustentándola con evidencia a prueba de cualquier tipo de objeción.

Desde el primer párrafo se hace patente la lucidez de tu pensamiento vigente hasta nuestros días:

“El  buen  sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee  tan  buena  provisión  de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa,  no  suelen  apetecer  más  del  que  ya  tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen,  sino  que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de  lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos  los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos  sean  más  razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien“.

Con cadencia narrativa, tu discurso invita a apreciar la gentileza  de  las  fábulas -porque sirven para  despertar nuestro ingenio-; a construir acciones memorables –que son las que cuentan las historias-, porque  leídas con discreción,  ayudan a formar  un  juicio más noble. Explicas que la lectura de todos los buenos libros simulan conversaciones con los mejores ingenios de tiempos ya perdidos, por eso, al buscar refugio en los viejos libros, siempre saldremos ganando. Leerte nos enseña  que la elocuencia dota al practicante de fuerza y  belleza incomparables; que la poesía tiene delicadezas y suavidades que arrebatan; que las matemáticas son habitadas por  sutilísimas invenciones que pueden ser de mucho servicio, tanto para satisfacer  a  los  curiosos, como para facilitar cualquier arte y menguar el trabajo de los hombres;  que  los escritos, aquellos que tratan de las costumbres, encierran enseñanzas y
exhortaciones  a  la  virtud, todas muy útiles; que la filosofía  proporciona medios para hablar con verosimilitud de todas las cosas y que incluso, el estudio de la superstición y de la farsa, valen la pena recorrerse para conocer su justo valor y no dejarse
engañar por ellas; enseñaste a un nuevo siglo a creer que nada está completamente en nuestro poder, más que nuestros propios pensamientos.

Tu erudición nos legó el plano cartesiano, en el que de manera clara, graficaste para comprensión del que quisiera verlo, que necesitamos un punto de partida para edificar cualquier tipo de conocimiento, máxima absolutamente aplicable a otros terrenos que rebasen la frontera de la mera aplicación geométrica-analítica.

Creo que un gran acierto de tu discurso, es que fue escrito con una  tesitura filosófica-literaria sencilla y sobre todo, autobiográfica. Uno de los mayores errores que cometemos (yo, al menos) al juzgar la edad media, es de clasificarla como penumbra, barbarie y oscurantismo. Quizá la causa más importante de este error de juicio, es la luminosidad apabullante y riqueza incalculable del renacimiento que obnubiló cualquier grandeza gestada en el siglo que despidió de portazo. La tonalidad de tu pluma inauguró la nueva filosofía europea del siglo XVI, abriste una bóveda cuya llave y combinación encontró Kant dándole un virtuoso colofón, que le sirvió para abrir un nuevo portal y continuar enriqueciendo el modus philosophandi del hombre moderno. Tu trabajo pasó a la historia como la gran –y primera- obra filosófica escrita en francés, iluminando el sensible espíritu renacentista, como un imponente faro de los nuevos tiempos.

En la página final de tu discurso, suplicaste al lector que tu obra fuera examinada, juzgada, rebatida, cuestionada hasta el último concepto. Pediste que te hicieran llegar por medio de tu librero, las cartas que contuvieran las dudas e inquietudes para darles respuesta personal. Dijiste que te agradaría contestar en la medida de tu entendimiento, y de no saber las respuestas a nuevas teorías, usarías el tiempo que te restara por vivir para continuar enriqueciendo tu conocimiento de la naturaleza humana. Estabas convencido de que tú no inventaste nada; sencillamente buscaste incansablemente la verdad para terminar siendo convencido de su razón.

Al inicio de este ejercicio epistolar, mencioné que te encontré a destiempo. Por un momento pensé que si te hubiera leído hace lustros, hubiera bebido de las matemáticas  con soltura, saborearlas como tú lo hacías; las entendería como la ciencia del orden y medida, como bellas cadenas de razonamientos, tal y como tú las llamabas, pero tu voz me dio respuesta sin pedirlo en una de tus notas:

Yo mismo estoy persuadido de que si, en mi mocedad, me hubiesen enseñado todas las verdades cuyas demostraciones he buscado luego y no me hubiese costado trabajo alguno el aprenderlas, quizá no supiera hoy ninguna otra cosa, o por lo menos nunca hubiera adquirido la costumbre y facilidad que creo tener de encontrar otras nuevas, conforme me aplico a buscarlas”.

Dejaré de lamentarme por llegar tarde, trescientos setenta y cinco años, para ser exactos. Dudo mucho que tu librero continúe disponible para hacerte llegar la pequeña carta que contiene mi duda que persistió a pesar de que seguí tus cuatro reglas fundamentales para revelar verdades:

1) No admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal, cuidando de evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en el juicio aquello que se presentara tan clara y distintamente al espíritu, que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.

2) Dividir cada una de las dificultades a examinar en tantos fragmentos como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.

3) Conducir por orden, comenzando por los objetos más simples y fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento más complejo, suponiendo un orden entre aquellos que no preceden naturalmente los unos a los otros.

4) Efectuar recuentos tan completos y revisiones tan amplias para estar seguro de no omitir nada.

Tú creías en dios a pesar de ser un notabilísimo hombre de ciencia,  incluso, dedicaste una buena parte de tu discurso a demostrar la existencia del alma en los hombres. No sé si eras tan políticamente correcto como tus historiadores afirman, o tan temeroso de comparecer ante la poderosa llama inquisitoria en la que Galileo tuvo que abjurar de su propio genio, de su honor y del trabajo al que el dedico toda su vida, con tal de salvarse de una terrible condena. Probablemente son ideas mías, pero en tu hipótesis del genio maligno, percibo cierto tufo escéptico cuando supones que quizá a este mundo lo maneje una deidad omnipotente, colmada de tal malignidad y astucia, que se complace en engatusar a los hombres a cada paso. Ignoro si tu hipótesis fue un juego intencional o una argucia dialéctica en la que “el  genio  maligno y sus artes de engaño simbolizan la duda profunda de si en general la Ciencia es posible”. Sin embargo, para desmoronar la hipótesis del “genio maligno”, se requiere la comprobación científica de la existencia de un dios en el que no creo. Porque si creyera en su existencia inobjetable, afirmaría que es un auténtico y desalmado hijo de puta. Esta es verdadera la razón por la que abandoné el discurso del método hace tiempo, mi profundo ateísmo me cegó de intolerancia ante tu férrea convicción sobre la existencia divina. Los años han pasado de tal manera que reconozco que tengo más dudas que certezas. Quiero empezar a despejarlas contigo.

Tu célebre máxima «pienso, luego  existo», marcó la pauta de que para pensar, es  preciso  ser;  porque al estar invadidos de dudas, es incontestable la verdad de lo que se está pensando. Me parece que su un individuo se conduce racionalmente y embadurnado de latente escepticismo, ha elegido una buena forma de transitar en esta brecha oscura, impredecible, tenebrosa,  -y contadas veces luminosa- a la que llamamos vida.

Ojala pudiera llegarte de algún modo mi carta que contiene no sólo mi duda razonable, sino también una felicitación doble. La primera, es por haberle regalado al mundo el libro que moraba entre el polvo y el olvido de mi librero, y la segunda, porque en unos días se cumplen cuatrocientos dieciséis años del nacimiento de uno de los más grandes genios que la tierra ha tenido el privilegio de llevar como pasajero: tú, René Descartes y no quería que esta fecha tan importante, quedara en el olvido.

Gracias por: DióptricaLa geometría y Los meteoros, Meditaciones metafísicas, los Principios de filosofía, Las pasiones del alma, El discurso del método, por la ley de la inercia, por el plano cartesiano, por tu contribución del método científico. Gracias GEOMÉTRICAS, monsieur D.

“El universo es como un libro en donde está escrita la verdad suprema. Y para entender la lengua en que está compuesto, no hace falta más que la razón misma del hombre, la matemática aplicada a la experiencia”

– René Descartes-

 

 

 

 

 

Bibliografía: “Discours de la méthode (René Descartes, Francia, 1637)”, traducción de Juan Carlos García Borrón, Editorial Bruguera, 1984. “Las pasiones del alma”, Barcelona, Edicions 62.

*Texto publicado en Animal Político el 14 de marzo de 2012

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Epistolario, Nadie te preguntó

Kitano always beats twice

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El gran Takeshi “Beat” Kitano vino al mundo el 18 de enero de 1947 en Umeshima Adachi, Tokio. Hijo de artesano ebanista y ama de casa e hijo de la postguerra, de la mafia callejera, de la privación y de la culpa social. Desde pequeño mostró inestabilidad social al hacerse expulsar de prácticamente todos los colegios. Abandonar la carrera de ingeniería -permutando su cédula escolar- por el puesto de ascensorista en un club de streaptease, significó el último golpe que su madre necesitaba para derrotar su otrora tenaz fe en el cuarto de sus hijos.

Takeshi descubrió en esa época su vocación: la comedia. Cada noche tomó nota del repertorio del cómico que se presentaba en el centro nocturno del barrio antiguo de Asakusa donde laboraba. No perdía detalle, imitaba cada movimiento en silencio, con esa tranquilidad socarrona del que posee información a la que nadie tiene acceso. Su oportunidad llegó finalmente la noche que el comediante canceló su presentación. El ascensorista sorprendió con que no sólo había memorizado el show, también mostró facultades insospechadas para improvisar. Su éxito fue rotundo. Poco después, encontró a su contraparte perfecta: Kioshi Beat Kaneko. Junto a Kioshi (hilarante comediante de stand up) formó el The Two Beats; dueto entrañable que marcó toda una generación de comediantes en su país y que no ha conocido rival.

A partir de esa época y hasta la fecha, en los créditos de cualquier participación actoral en la que se involucre utiliza el nombre artístico que adoptó en sus inicios: Beat Kitano. The Two Beats dieron el salto de éxito local en modestos círculos de comedia, a la cadena televisiva de mayor audiencia de su país (NHK), convirtiéndose de noche a la mañana en un fenómeno mediático. Los espectadores de comedia nipones nunca habían visto nada igual. Dos oligofrénicos representaron la antítesis de la tradicional y adusta cultura japonesa. No existía valor humano o social, con el que no dieran al traste los beat gags; su delirante incorrección política, arañó sin pudor la blasfemia y el insulto mal disimulado. El público los amó en automático.

A inicios de los ochentas el director de culto Nagisa Oshima le ofreció su primera oportunidad en la pantalla grande: “Feliz Navidad, Mr. Lawrence”, donde interpretó al Sargento Hara, un soldado desequilibrado y violento. En 1987, aceptó la invitación del legendario director Kinji Fukasaku (Tora, Tora, Tora, Battle Royale), para protagonizar “Violent Cop”. Fukasaku abandonó el proyecto a medio rodaje por causas misteriosas. Lo inexplicable es que le entregaran la estafeta de director a Kitano, quien no poseía experiencia alguna en dirección cinematográfica. El resultado final dejó pasmada a la audiencia y a la crítica. Además de dirigir la cinta, reescribió el guión y le entregó al público un producto tan digno, que fue un rotundo éxito en taquilla. En “Violent Corp”, podemos encontrar tímidos bosquejos de lo que vendría tiempo después: personajes entrañables, complejos, situaciones límite, tomas arriesgadas, diálogos pausados. A principios de los noventas decidió terminar el dueto con Kioshi para probar suerte en solitario. De forma paralela, dedicó gran parte de su tiempo a explotar su talento como director en las cintas “Boiling Point“, “A Scene at the Sea” y “Sonatine“, tres dramas salpimentados de violencia y humor negro. No existía en todo Japón una estrella mejor bendecida por los dioses que Takeshi Kitano, quien se entregó de lleno al despilfarro y a la fiesta. La madrugada del 2 de agosto de 1994, salió dando tumbos de la filmación de su cuarto largometraje “Getting Any”, absolutamente alcoholizado. Subió a su moto para perderse a toda velocidad.

Muchos años después contaría en un programa realizado en homenaje a su carrera, que los registros policiales de esa noche fueron imprecisos; que realmente no se quedó dormido para después impactarse contra un árbol. Y que salir disparado por los aires para estrellarse contra el pavimento no fue a causa de su estado etílico. Kitano confesó que aquella madrugada se rindió a la vida. El primer fracaso de su trayectoria fue un fallido intento de suicidio. Poco se sabe de lo que hizo los meses subsecuentes. La institución médica filtró a los insistentes medios, la gravedad de la estrella nipona: fractura de cráneo, rotura de mandíbula, derrames internos, que exigieron una urgente reconstrucción de estructura ósea/muscular/ facial. Que siguiera con vida, era factor atribuible a esos viejos conocidos como milagros.

Cuando sus fans volvieron a saber de él encontraron mucho más que un rostro semiparalizado y reconstruido. Sencillamente era otro. Si alguna vez la fractalidad de su naturaleza causó sorpresa a su público, nunca lo hizo con tanto estupor. Retomó su hábito de permutar aficiones estrambóticas: dejó de lado el alcoholismo y consumo de sustancias, por el pincel y el lienzo. Intercambió su dedicación por la comedia, por la creación musical, literaria y estudio de ciencias. Dos años posterior al accidente, volvió al cine con una entrañable historia de tesitura autobiográfica: “Kids Return“, cinta que puede mirarse desde la agria parcela de la catársis, pero “Hana-Bi” filmada en 1997, nos mostró con genialidad la naturaleza recién adquirida por el cineasta. “Hana-Bi”, traducida al inglés como “Fireworks” (Fuegos artificiales) es un magnifico ejercicio fílmico de innegable manufactura artística. Los planos secuencia de “Hana-Bi” florecen ante el espectador, como velada invitación a dejarse conducir a un lienzo. La sutileza de intrépidas tonalidades, compagina con la espléndida musicalización a cargo del compositor Joe Hisaishi y de un impecable guión que exploró con agudeza la dualidad humana desde una visión iconoclasta. Kitano encarnó al policía Nishi, quien apenas esbozando muecas, adustos gestos, logra la proeza de conmover a punta de francos silencios y rostro de piedra. Pocos ojos son capaces de transmitir tanta vulnerabilidad y sensibilidad, como los del diametral personaje diseñado por él, quien se hizo cargo del guión, dirección, montaje, del protagónico; y como aderezo, regaló sus espectadores un guiño de fina complicidad: toda la obra pictórica que aparece en la cinta es de su autoría. “Hana-Bi” le obsequió al realizador el prestigio internacional, cuando obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia y el Gran Premio Félix de la Academia.

Después vendría “El verano de Kikujiro” (1999) joyita que sirvió para rendir conmovedor homenaje a su padre. Porque si Kikujiro Kitano representó con dignidad el humilde oficio de artesano en ebanistería, su hijo trascendía ya como el impecable artesano de las emociones quebradizas, puras e insondables. Entre 2001 y 2002, filmó el trabajo que muchos consideramos su obra maestra: “Dolls”. Escrita, editada y dirigida por el hombre orquesta, y resultado de una meticulosa adaptación contemporánea, del Bun-raku (teatro japonés de marionetas del siglo XVII). El guión se extiende en tentáculos tripartitas que estrujan al espectador, lastimándolo, arrebatándole el aire. Tres historias inspiradas en el trabajo del dramaturgo japonés Chikamatsu Monzaemon, se entrelazan por la fatalidad. Las antiguas marionetas aportan al film, mucho más que la obviedad del epígrafe, también llevan al límite su propia facultad metafórica: marionetas humanas que conciben el amor como tragedia, marionetas que representan historias de la exacta tonalidad y textura del solsticio/equinoccio de las estaciones. El destino como verdugo y la culpa como moneda de cambio para gozar del perdón.

Más allá del argumento que ejemplifica la tragedia como objeto, de la cruda exhibición de la locura, la fatalidad y el desamparo; esta película tiene un manejo espléndido de dirección cinematográfica. La fotografía deslumbra en su carácter de luminosa protagonista: festín visual de rotunda belleza plástica. La frugalidad de los diálogos, equilibra con justicia los escenarios naturales que gozan del mérito que al espectador deje de importarle el tiempo transcurrido desde la última vez que escuchó voz humana alguna. La música –última colaboración de la dupla T. Kitano/Joe Hisaishi– aporta el ingrediente sonoro que sincroniza a la perfección con el lenguaje visual.

El realizador usó el recurso de yuxtaponer la belleza contra la crueldad, para provocar dramáticos contrastes: de la misma forma en que la flor del cerezo alcanza el pináculo de su exuberancia al último minuto anterior a caer al césped, las imágenes van alcanzando notas de virtuoso lirismo al tiempo que los personajes se aproximan a su encuentro con la fatalidad.

“Dolls” nos enseña que no existen los finales felices. Existen causas que provocan infelicidad. Existen marionetas manejadas por nuestras bizarras acciones. Existen accidentes provocados por las bajezas humanas: las nuestras.

Algunas veces me he preguntado ¿qué pasó exactamente la noche del 2 de agosto de 1994? Kitano dirá lo que quiera, pero mi naturaleza conspiradora me ha confesado al oído sus sospechas. ¿Quién es exactamente el hombre que vive dentro de Takeshi Kitano? No soy capaz de imaginar la tortura que padece un hombre cuya mayor pasión es la comedia y aprender a vivir después de haber perdido para siempre, la capacidad de reír hasta el llanto. Mi instinto me señala que esa noche existió un intercambio del que jamás conoceremos detalles. Que el hombre que deleitaba con sus rutinas de stand up, a los viciosos del barrio Asakusa, no es el mismo al que hoy se le reconoce como cineasta, poeta, actor, escritor de guiones, compositor, bailarín, artista plástico, presentador de TV y el comediante más popular del que la televisión nipona tenga memoria. Dudo que sea el mismo sujeto que desde 2005, imparte una cátedra en la Escuela de Postgrado de Artes Visuales de la Universidad Nacional de Tokio de Bellas Artes y Música.

La trama de su película “Takeshi´s” me guía hacia el camino correcto: una estrella de cine (Beat Takeshi interpretándose a sí mismo) tropieza con su doble exacto: Kitano, un humilde cajero cuyo mayor sueño ser en un actor reconocido. La realidad y la ficción juegan con ironía en dos mundos paralelos en el que todos los personajes, tienen su replicante. Bienvenidos sean todos ustedes a la pesadilla. Hace algún tiempo declaró en una entrevista que la noción que tenía sobre la muerte, era aquella que avanza hacia tu encuentro con sigilo, la que permanece a tu lado para tocarte tan profundo como una bala que se aloja al fondo de tu corazón. Supongo que la munición alojada en su interior se lo recuerda día con día.

De acuerdo con el folcklor germano, el término Doppelgänger –doppel, “doble”, y gänger ”andante”– representa el mito de la mitad oscura, siniestra o diabólica, que acompaña a los seres humanos y que transita por el mundo sin que nos percatemos. El misterioso doble detenta nuestros hábitos, y padece sin ganancia aparente nuestros mayores sufrimientos, bienaventuranzas y desdichas. Plumas del tamaño de George Gordon Lord Byron, Heinrich Heine, Percy & Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson o Johann Wolfgang von Goethe, han legado al mundo narraciones escalofriantes de la aparición –real o literaria– de este peculiar fenómeno. Cuenta la leyenda que si un hombre entra en contacto con un Dopplegänger, se avecina el augurio mismo de la desdicha: calamidades dolorosas, pérdidas irreparables, enfermedades, accidentes o la muerte inminente. El escritor alemán Heinrich Heine concibió al Dopplegänger con un matiz rabiosamente poético: el doble de uno mismo, simbolizaba la reverberación suspendida del sufrimiento, la mitad oscura representada como puntos suspensivos de nuestra alma atormentada, un pálido reflejo de nuestra desdicha redundante hasta el infinito.

Cuenta la leyenda que los Doppelgänger son incapaces de proyectar su sombra, o reflejo en ninguna superficie, porque los espejos aborrecen el tiempo suspendido. Dicen que estas entidades suelen acercarse a quienes pertenecen para persuadirlos a realizar actos extravagantes o para usurpar en definitiva su espacio en el mundo. He imaginado infinidad de ocasiones, que algún día tendré el honor de acercarme al maestro Kitano, no para mirar de frente ese rostro intraducible al que robaron impunemente la sonrisa, o rogar por una selfie. Mi fantasía recurrente es tenerlo lo suficientemente cerca, con el exclusivo propósito de mirar las paredes, puertas, pisos y espejos a su alrededor. Quiero comprobar con mis propias pupilas si existe o no, alguna sombra que acompañe sus pasos.

Sueño con eso y nada más que eso.

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The master of darkness: Maruo

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“La censura es indulgente con los cuervos, pero no da cuartel a las palomas”

-William Shakespeare-

 

Hace dos semanas tomé el metro en las cercanías de casa de mi madre llevando bajo el brazo una vieja novela gráfica. Parada en el andén noté que un hombre me miraba con curiosidad. No aguantó las ganas de acercarse.

-“¡Hola!, oye ¿dónde conseguiste eso?, nunca había visto una novela de Suehiro Maruo en papel y tinta -dijo señalando mi libro- son inconseguibles, creo que su venta está prohibida en México”.

Me quité los audífonos y respondí que la novela la había comprado en España hacía tres años, que no estaba segura si estaba prohibido su trabajo en México, que intenté pedir algunos ejemplares vía Internet a una distribuidora especializada chilena sin éxito y que precisamente los chilenos me informaron que no está disponible su obra en Latinoamérica. Su rostro denotaba envidia auténtica, mantenía su mirada fija en mi libro. Noté claramente que deseaba pedírmelo para hojearlo. No se atrevió y se despidió de inmediato. Su rumbo era el opuesto. Lo observé alejarse a zancadas apresuradas, mientras me pregunté si realmente la obra de Maruo mantenía el halagador status de “censurado” en alguna parte de este país, del continente americano.

La censura, de acuerdo a la última definición encontrada en el DRAE, es la intervención que practica el censor en el contenido o en la forma de una obra atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas. 1 En un sentido amplio se considera como supresión de material de comunicación que puede ser considerado ofensivo, dañino o inconveniente para el gobierno o los medios de comunicación según lo determinado por un censor.1. f. Dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito. 7. f. Psicol. Vigilancia que ejercen el yo y el superyó sobre el ello, para impedir el acceso a la conciencia de impulsos nocivos para el equilibrio psíquico.

Prohibir. Esconder. Censurar la música, el cine, las artes plásticas, la literatura. Nada nuevo bajo el sol. El ejercicio impune de la prohibición emanada de cerebros sin criterio ha lacerado de forma imperdonable la difusión de las más arriesgadas expresiones artísticas. A mi no me gusta –por citar algunos ejemplos- la música de banda, ni considero que el reggeaton posea las características plásticas del tango o de un baile tradicional huasteco, sin embargo, tienen derecho a existir porque son expresiones humanas, lenguajes de arrabal que gritan marginación, protesta, desencanto y pasión.

Mi encuentro con el hombre del metro me recordó que hace tiempo acudí a una reconocida tienda de comics capitalina, con la intención de comprar una novela gráfica autoría del maestro ilustrador japonés Suehiro Maruo sin éxito alguno. El gerente del establecimiento me explicó que habían sido retiradas de estanterías todas las obras de este autor, porque “las autoridades” prohibieron su venta por su alto contenido violento y sexual. No dio más detalles. Mi búsqueda al día de hoy en librerías en esta ciudad continúa siendo un fracaso, estos libros sólo se consiguen por encargo a Europa.

Reconozco que el arte del ilustrador japonés no es en lo absoluto de fácil digestión. En su fino trazo podemos encontrar las perversiones torcidas que harían palidecer al Marqués de Sade: asesinato, violencia sexual, sadomasoquismo, incesto, genocidio, satanismo, ultraje. Citando a mi querido amigo René González, se diría que incluso, Maruo se ha atrevido a crear algunas aberraciones aún no gestadas por la mente humana por lo que todavía carecen de nombre. Estoy en total acuerdo con René, pero no lo estaré jamás en que se prohíba la distribución del trabajo de un artista de este calibre por considerarlo “material inapropiado”. ¿Quién decide? ¿Bajo qué criterios? ¿Quién vigila el cabal ejercicio de libertad de expresión en terrenos culturales en la Ciudad de México?

Suehiro Maruo nació en la ciudad de Nagasaki, en 1956, exactamente 12 años después de la hecatombre nuclear que fulminó a más de 140 mil seres humanos producto de las heridas, envenenamiento por radiación y quemaduras en las subsecuentes semanas que marcaron el término de la segunda guerra mundial. Pero el horror apenas estaba por comenzar. Diez años después del bombardeo, el pueblo de Nagasaki contempló las gravísimas secuelas del arma letal. Comprendieron que existe algo peor que el genocidio, el omnicidio: la destrucción de todo. Los sobrevivientes comenzaron a presentar síntomas de enfermedades cancerígenas producto de la radiación. Estas personas eran –y siguen siendo- llamadas hibakusha (persona bombardeada). Es deber humano contemplar alguna vez las imágenes aberrantes de los desventurados hibakusha para usar toda la compasión que nuestro espíritu posea y sostenerse sin temor ante el sufrimiento humano en su extremo más quebradizo.

Observando con atención las ilustraciones de Maruo, se pueden reconocer fácilmente a legiones de hibakusha. La maldad humana ejercida sobre otro individuo sin móvil ni castigo. Considero que la principal virtud de todo aquel nacido en Nagasaki es que nunca olvidan. . . y hacen todo lo que en sus manos esté para que el mundo no lo haga jamás. No esconden, muestran su mayor infortunio para que éste no deambule entre sus calles, lo exhiben a quien pueda verlo para no volver a repetir. El perfecto círculo virtuoso.

A diferencia de USA (que escondió la memoria gráfica del oprobio hasta mediados de la década de los noventas) Japón decidió que su pueblo jamás sufriría una tragedia similar. Tomó el camino de la enseñanza, el de la educación, para mostrársela sin pudor a cada niño nacido en la ciudad. En 1954 erigieron un conmovedor museo llamado “Museo Memorial de la Paz de Nagasaki” al que cada 6 de agosto conmemoran el día anual de la paz. Todos los niños, adolescentes, habitantes y sobrevivientes de la ciudad, acuden con solemnidad a uno de los días más importantes de su vida. Lo repiten cada año. A los niños de la más temprana edad se les muestra el material gráfico, audiovisual y al que en occidente tenemos acceso restringido, para que rindan respeto por las cenizas de las anónimas víctimas del horror. Uno de estos niños era Suehiro Maruo.

Su obra –considerada de culto en todo el mundo-  muestra a través de un onírico lenguaje el hoyo profundo en el que chapalean los terribles, en el que se hunden los inocentes; en la sinrazón de la maldad, en lo inacabable de una pena. ¡Que el mundo mire, se horrorice, se maraville! -parecen murmurar sus viñetas-, el arte siempre será el mejor conductor e ideal vehículo del entendimiento humano.  No puede –ni debe- existir cabida a la censura, no como las mentes diminutas lo conciben. No hay temor de desgarrar inocencias infantiles. ¿El resultado? viven en una sociedad que se distingue como pocas a causa de su orden, índices de criminalidad sorprendentemente bajos, por ser modelo de perseverancia e incansables promotores dela paz y empatía por el dolor humano.

El arte en cualquiera de sus expresiones -esto incluye las que nos parezcan lo contrario- sirve para enriquecer el espíritu, así como para dotarlo de sensibilidad sobre el pensamiento de otras almas, de otros temores. Enseña las partituras de sinfonías desconocidas. La maldad no está en los objetos, la música soez o en las obras de arte; en donde sí reside es en la hipocresía, en las apariencias que guardan un tufo rancio y grotesco. La principal preocupación de las autoridades de cultura, deberían de estar enfocadas en que cada niño de este país tenga acceso a la creación, al conocimiento, al desarrollo oportuno de cualquiera de las bellas artes, abriéndoles generosos caminos.

 

Es patético constatar que vivimos rodeados de gente carente de sentido común y sensibilidad artística, que desde sus trincheras de poder gozan intimidando y ejerciendo censura, mostrando con su ineptitud e ignorancia, que ellos son el verdadero cáncer de nuestra sociedad. Nuestra maldita bomba atómica.

El novelista japonés Hiroshi Aramata resume contundente en el prólogo a “La sonrisa del vampiro”, que nos encontramos muy lejos de entender, creer y valorar la obra de uno de los más grandes realizadores de la ilustración del mundo moderno:

“Seguramente llegará el día en el que también Suehiro Mario gracias a “La Sonrisa del vampiro”, obtenga el reconocimiento que merece por haber revolucionado unos campos tan largamente olvidados como son el mundo de las vanguardias de lo absurdo y de la literatura del proletariado. Desde este punto de vista, es innegable que Suehiro Maro es un dibujante de cómic de auténtico grand Guignol. Aunque ello a actualmente un peligro en el mismo sentido en el que, en el pasado, usaron consideradas también las novelas de temática socialista.”

Por mi parte, deseo contribuir con esta humilde semblanza de la obra de Suehiro san, porque de alguna manera u otra, escribir es lo más cercano a gritar, y gritando hasta quedarse sin voz, es el mejor recurso que conozco para que los necios volteen a verte y quizá, con un poco de suerte escuchen.

¡Salud por el maestro, pues!

*Texto publicado en Animal Político el 23 de noviembre de 2012

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Saudade et Petite Prince

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“Todo cuanto vive, vive porque muda; muda porque pasa; y, porque pasa, muere. Todo cuanto vive, perpetuamente se transforma en otra cosa, constantemente se niega, se hurta a la vida. (Fernando Pessoa)

Les voy a recomendar que nunca hagan algo. Si confían en mí, sabrán ser juiciosos y llevar a cabo mi siguiente consejo al pie de la letra: si están absortos y envueltos en una insondable tristeza, no lean ni por distracción “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa o el Principito de Antoine de Saint Exupéry (a menos que les interese dejarse caer en un oscuro laberinto). Retomé la lectura nocturna en mis  noches insomnes, pero cuando no pude más con Pessoa, corrí a refugiarme en el cuento de Saint-Exupéry. Pensé tontamente que uno de mis cuentos infantiles favoritos podría rescatarme del calabozo, pero no fue así. Comprendí al terminar la última página del cuento, que había un vínculo secreto e imperceptible –aunque inequívoco- entre la obra del portugués y la del francés: la saudade.

La primera vez que escuché este sutil vocablo en conversación con un amigo cultísimo, me dio vergüenza preguntarle cuál era el significado. Y aunque me lo hubiera explicado, no hubiera sido capaz de comprenderlo en esa charla, o en ninguna otra. La saudade no se entiende si antes no la lleva uno en el torrente sanguíneo.

Saudade proviene de la lengua portuguesa y no tiene una contundente traducción al idioma español (a ningún idioma, de hecho). La raíz que lo origina, no tiene un consenso claro entre diversos análisis etimológicos que datan desde el siglo diecinueve. Sin embargo, el vínculo más fuerte que tiene, es en definitiva, con el lenguaje literario. Saudade es un virtuoso adjetivo, un galimatías fonético, rico en plástica que se amalgama como pocos en las más nostálgicas composiciones poéticas porque viste elegantemente y de pies a cabeza, a la más profunda tristeza.

No significa tristeza –que quede claro- la tristeza es sólo la rama del frondoso árbol. Saudade es una alteración emocional –o dicho más claramente- es un proverbio de las emociones. Es la ausencia de la felicidad, más que la cruda infelicidad. Saudade es el color del aura de la cultura portuguesa. Es la partitura de su incomparable canto.

Se le atribuye la raíz solitate (soledad) o saudá (del árabe: desánimo, mal de amor), entre otros arcaísmos medievales. Ninguna raíz es clara y por ende, no tiene traducción a ningún idioma.

La aproximación más tangible que tuve para entender pálidamente a  la saudade, es precisamente la que encontré en la obra del escritor portugués Fernando Pessoa. Aunque de ninguna manera es limitativo. Saudade es una corriente literaria, filosófica, filosófica e incluso, antropológica. Está impregnada en todas las manifestaciones artísticas portuguesas como lo son la pintura, filosofía y sobre todo: la música. Si desean chapalear por esta corriente anímica, están advertidos, aunque no es obra apta para masoquistas. Conmigo es más que suficiente.

Existe una canción autoría del escritor y dramaturgo Miguel Falabella de la que me tomaré licencia de extraer algunas líneas:

“Agarrarse el dedo con una puerta duele.

Golpearse la cara contra el piso, duele.

Torcerse el tobillo, duele. . . una bofetada, una trompada, un puntapié, duelen.

Duele golpearse la cabeza con el borde de la mesa, duele morderse la lengua, una carie y piedras en los riñones también duelen. Pero lo que mas duele es la saudade.

Saudade de un hermano que vive lejos. . .saudade de una cascada de la infancia.

Saudade de una ciudad. . .Saudade de nosotros mismos, cuando vemos que el tiempo no nos perdona.

Duelen todas estas saudades.

Pero la saudade que más duele es la saudade de quien se ama.

Saudade de la piel, del olor, de los besos.

Saudade de la presencia, y hasta de la ausencia consentida.

Tú podrías quedarte en la sala, y ella en el cuarto, sin verse, pero sabiéndose ahí.
Tú podías ir para el dentista y ella para la facultad, pero se sabían allí.

Tú podías pasar el día sin verla, ella el día sin verte, pero sabían del día de mañana.

Pero cuando el amor de uno acaba, o se torna menor, al otro le sobra una saudade que nadie sabe como detener.

Saudade es básicamente no saber. . .No saber más si ella continúa sufriendo en ambientes fríos.

Saudade realmente es no saber.

No saber que hacer con los días que son más largos, no saber como encontrar tareas que detengan el pensamiento, no saber como frenar las lágrimas al escuchar esa música, no saber como vencer el dolor de un silencio…

Saudade es no querer saber si ella está con otro, y al mismo tiempo querer.

Saudade es nunca más saber de quien se ama, y mismo así doler.

Saudade es esto que sentí mientras estaba escribiendo y lo que tú, probablemente, estés sintiendo ahora después de leer…

Quizá se pregunten a ustedes qué carajos les importa la saudade, sus orígenes etimológicos imprecisos, la obra de Pessoa, la canción de Falabella, El Principito o mi estado anímico.

Y les doy la razón. Toda la razón.

No les importa, no debería. Pero los acontecimientos a los que se ha enfrentado mi vida en tan solo una semana, han logrado acomodarme mullidamente en el diván del desamparo anímico y del que me está costando mucho trabajo salir. No puedo hablar de otra cosa, me siento incapaz. Deberán de tenerme paciencia. La última semana pasará a la historia como la más triste, la de las pérdidas irrecuperables, la del dolor punzante, afilado. Sé que no será la única y que mis perdidas emocionales seguirán creciendo porque ese es precisamente el ciclo de la vida. Por ejemplo, sé que veré caer a mis padres en las tenazas de la enfermedad o la muerte. Me hago a la idea, aunque cuando eso suceda, no desconozco que será un golpe para el que no existe analgésico alguno.

Pero por ahora sólo pienso en Blanca, sólo puedo pensar en Blanca.

Blanca fue víctima del crimen organizado. Intentó defenderse, de acuerdo a su naturaleza bronca y desafiante. El fin de semana la mataron sin piedad porque se resistió a un secuestro. Los secuestradores no sólo cargan a cuestas el delito del asesinato de la güera, también deben de agregar al costal la orfandad a sus dos pequeños hijos y la devastación de Adrián, su marido.  Muchas veces quisiera creer que existe una balanza que se encarga de otorgar un ejemplar castigo a las almas inmundas que son capaces de cometer barbaries de esta magnitud. Pero mi imaginación no es tan fecunda. Soy atea, así que ni siquiera tengo el consuelo del castigo divino, además, no me interesa. De nada le sirve la “justicia” a una familia que seguirá de luto por largo tiempo. Invito cordialmente a que algún voluntario devoto de cualquier deidad, santo, religión,  vaya hasta el lecho de esos niños para explicarles que existe un dios que todo lo ve, que todo lo vigila. Explíquenles que existe la justicia divina, la resurrección y la vida.

A mi se me acaban las palabras, se cierra mi garganta porque esos niños, pudieron ser los míos. Los de ustedes.

Prefiero sumergirme en esta violenta saudade que me aplasta por los costados, que me quema el pecho.

Así que si no les importa, quisiera dedicarles esta última parte de mi texto a los pequeños hijos de Blanca. En nombre de la güera, quisiera contarles el fragmento final del  Principito. Adrián, querido. . . léeles esta parte y dales en mi nombre, un largo beso en la frente a cada uno.

XXVII 

Han transcurrido ya seis años y es la primera vez que relato esta historia. Los camaradas que me encontraron se alegraron de verme vivo. Estaba muy triste, pero les decía: “Es la fatiga…”

Con el tiempo encontré algo de consuelo. Tengo la certeza que regresó a su planeta, pues, al despuntar el día, no hallé su cuerpo. Por las noches me gusta oír las estrellas.  Suenan como si fueran millones de cascabeles.

He aquí algo extraordinario. Olvidé agregar la corra de cuero al bozal que dibujé para el principito. No habrá podido colocársela nunca. Me pregunto: “¿Qué habrá sucedido en su planeta? Tal vez el cordero haya devorado a la flor…”

Muchas veces me respondo: “¡Seguramente no! El principito sabe cuidar a su rosa poniéndola todas las noches bajo un globo de vidrio, al tiempo que vigila celosamente a su cordero…” Y así me siento feliz. Y todas las estrellas ríen dulcemente.

Otras veces pienso: “Sería suficiente distraerse tan sólo una noche…, y olvidarse del globo de vidrio…, en ese caso el cordero saldría cuidadosamente a fin de no ser escuchado, y comería la flor durante la noche…” ¡Los cascabeles de pronto se transforman en lágrimas!

Es realmente un gran misterio. Para ustedes que seguramente aman también a mi hombrecito, nada en el mundo sigue siendo igual si en algún lugar, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa…

-Levanten los ojos al cielo y pregúntense: ¿el cordero se comió o no a la flor? Y verán como todo cambia…

Y ningún adulto comprenderá jamás que eso tenga tanta importancia, sólo para quienes hemos conocido al principito.

Para mí, es éste al mismo tiempo, el más bello y triste paisaje del mundo. El mismo que el que lo precede, pero lo repito para que lo miren con atención. Es aquí donde el principito apareció en este planeta y es también aquí donde finalmente desapareció.

Repasen esta imagen como para estar bien seguros que habrán de reconocerlo, si viajan algún día por el África, en el desierto. Si pasan por allí les pido: tengan la gentileza de esperar; no se apuren, aguarden unos instantes, exactamente debajo de la estrella. Si miran que un niño se les aproxima, ríe, tiene cabellos color oro, si no responde a sus preguntas, ya sabrán de quién se trata. Sean bien gentiles entonces. Escríbanme sin vacilar un instante, cuéntenme que el principito regresó… “

Niños: su madre voló hasta la estrella donde vive el principito. No teman, no sufran, no a causa de ella. Busquen esa estrella radiante que sólo podrán pillar por las noches. Si la descubren brillando en la oscura noche, es que su madre les hace un guiño luminoso, significa que les sonríe desde lo alto. Sonríanle de vuelta y duerman tranquilos. Sueñen con la flor, el cordero, el frágil príncipe y la rosa. Sigan soñando. Que nadie se atreva a borrar de ustedes esa maravillosa cualidad que sólo los niños o los príncipes interplanetarios tienen en sus bolsillos. No se contaminen de maldad. Crean en la magia y háganlo siempre.

No olviden hacer lo mismo que el piloto del cuento. Si ven a su madre, avísenme, denme razón. A mi también me hará bien saber que su estrella ha ido a visitarlos.

Por lo pronto yo me quedo aquí, acompañada de mi saudade. Espero que se vaya pronto, su naturaleza no es infinita.

Los abrazo, los llevo en el corazón.

“En el momento en que sufrimos, parece que el dolor humano es infinito. Pero ni el dolor humano es infinito, pues nada de lo humano es infinito, ni nuestro dolor tiene otro valor que el de ser un dolor que nosotros sentimos”.

 “El alma humana es víctima tan inevitable del dolor, que padece el dolor de la sorpresa dolorosa incluso de aquello que debería esperar”

-Fernando Pessoa-

*Texto publicado en Animal Político el 25 de agosto de 2011

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