2015, Books, Etcétera, Love

Esta no es una reseña. “Algo tan trivial”

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V. sólo tenía 18 años cuando lo asesinaron a sangre fría. Bastó un solitario balazo en el corazón para conseguirlo; un: ¡PUM! directo, ensordecedor y letal. Quienes lo conocieron vaticinaban que acabaría mal, y la noticia de su muerte violenta no cumplió un par de mal intencionadas profecías. La llamada que avisó a sus deudos de la tragedia, los condujo a un lugar hostil y putrefacto del que hay quienes nunca volvieron siendo los mismos. La espeluznante frase: “Hija, mataron a V.” tlaqueó mis piernas con demoníaca destreza. Caí como lo hacen los árboles ante una avalancha de nieve. Sencillamente caí al piso frente a mi padre. Así como mis lágrimas.

No lo vi nacer, pero casi. Tenía la misma edad de mi hermano y ocuparon la misma cuna por meses. Si aquella bala no le hubiera atravesado el corazón, este año habría cumplido 33 años, la edad de cristo, la del príncipe Guillermo de Inglaterra y la de Britney Spears. No estoy segura que V. se habría rapado furibundo ante una turba de paparazzis, o si algún día encabezaría la grandeza monárquica en cualquiera de sus perversas facetas. Todo lo que sé es que muchos daríamos un dedo de la mano derecha por haber tenido la oportunidad de verle abrazar a un cachorro, a uno de su propia sangre, por ejemplo. Cuenta la leyenda que comenzó a consumir drogas blandas en la primaria, yo me enteré de sus problemas de adicción cuando medía 1.80 y se inyectaba heroína. Durante años, se convirtió en el secreto mejor guardado de la familia hasta que el secreto se desbordó por sí mismo. Después de comenzar a saquear la bolsa de su madre o el alhajero de su hermana; hizo lo propio en la casa de sus tías, primas, no dejó títere con cabeza.

Tenía meses sin sentirme tan cerca de V. hasta que una sacudida interna evitó que terminara el libro de ensayo Algo tan trivial de Fausto Alzati Fernández (Festina Editores).

Algo tan trivial es un ensayo que puede leerse como se te venga en gana, porque además de ser un libro, es un soundtrack de nueve capítulos cuyos títulos arrebatan al disco de Violator de Depeche Mode los nombre cada uno de los tracks que lo componen (aunque pensándolo con cautela, además de soundtrack, es un cover chingón y los covers no son otra cosa que la resignificación poderosa del pasado) y cuyo leit motiv es la adicción vivida en huesos y angustia por el propio autor y quién detalla de esta manera la influencia sonora que fue impregnado su libro por esta obra mestra: “Violator es un disco impecable: 9 canciones y ninguna sobra, ni por un segundo. Es la cumbre de la carrera de Depeche Mode. Después de Violator hicieron otro par de discos respetables, y después su producción mejora, quizás, pero el contenido se vuelve soso. Ha desaparecido ya aquella crudeza neorromántica de su lírica. Ya no hay sudor, lágrimas ni plegarias. Ya no hay transgresión ni descubrimiento. Pero pasan los años, y al pasar lo puedo volver a escuchar, y volver a escuchar, de principio a fin sin desperdiciar un solo segundo de mi vida”.

Algo tan trivial no es un libro de autoayuda, una advertencia moralina o mucho menos un testimonial solemne. No se trata de las confesiones de un exconsumidor con los bolsillos colmados de sermones de autoayuda (porque jamás, aquí o allá un consumidor será lo mismo que un adicto, no señor, aquí hablamos de palabras mayores: los consumidores son abetos que transpiran, los adictos son la oquedad intangible del laberinto). Algo tan trivial es una criatura viva que duerme con intermitencia al fondo de la barbarie de la memoria de un sobreviviente de una dictadura llamada demencia y fui incapaz de atravesar la frontera de su página 83. Recordé aquel hachazo a mis pantorrillas. De pronto palpé el sufrimiento que no del autor, y sí de uno de los seres que más he querido en esta vida. No leí más. Tuve que enderezarme y comenzar a escribir esto que tu lees aquí.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que reseñé un libro. Razones o buenos libros no han faltado en mi escritorio, pero nunca tengo tiempo de ponerme a mano con todos esos buenos autores que me han colocado en mis manos generosas viandas literarias tan torcidas como radiantes. He prometido en el pasado a mi editor que construiría una columna de recomendaciones literarias, pero ¿A quién quiero engañar? No sé reseñar libros, por lo que me amparo anticipadamente ante la furia de su Dios que todo lo asola, extermina y penetra para que acepten a cambio fragmentos como estos que comparto con usted, querido lector:

“El fuego no es lo mismo que aquello que quema, pero tampoco es ajeno a su material de combustión. Justo así son los demonios: no son iguales a quien los padece, pero sus voces e impulsos tampoco son ajenos al que los sufre. Ese incendio se llevó mis ganas de fumar mota. No porque ésta fuese mala, sino porque mi relación con esa sustancia que no generaba adicción fisiológica estaba dictada por la desesperación. No era ella, era yo. No conocía la calma necesaria para esperar la siguiente dosis; sentía pánico al ver que mi guardadito se iba acabando. No angustia, pánico. Pero el incendio fue aún más generoso: a su paso quemó toda una colección de fantasías metafísicas que llevaba años coleccionando. Eran un síntoma. Me dejó solo ante el mundo, a secas; solo con mi condición de adicto y la mente quebrada. Así son los demonios, inadvertidamente generosos, a pesar de sus métodos malditos. De otro modo no son demonios, sino meras bestias, torpes y crueles“.

1a. A lo largo de este ensayo he intentado articular algunas de mis experiencias, con la ambición de que al enunciarlas se rompa otro pedazo de su hechizo. Deseando que, al pronunciarlas, aquellas partes antes obviadas de mis vivencias dejen, a su vez, de señalarme a mí como uno más de sus síntomas. Este libro no es un exorcismo; es una declaración de amistad para mis demonios. Porque si los lastimo, me lastimo yo. Es así de sencillo. Esto lo he escrito evitando cualquier nota al pie. He procurado expresar lo que ronda en mi mente y no los índices de los libros que he leído, acaso. No he pretendido comprender la adicción, sólo he procurado recordar y transmitir una experiencia. Lo he escrito de modo algo fragmentado, porque 8 las vivencias son así. Mientras vivo una cosa, pienso en otra y recuerdo otra. Las vivencias, así como el tiempo, no son tan lineales como a ratos nos gusta creer. Estas páginas están llenas de errores, y no tardará algún lisiado emocional en corregirlos, cualesquiera que sean sus motivaciones. Pero para su satisfacción está Google o Wikipedia a mano; este libro, en cambio, versa sobre una experiencia, y como tal está repleto de las mentiras que la memoria cuenta, según el estado de ánimo en que lo escribí. Pero a pesar de las jugarretas de la memoria, las distorsiones de la vanidad, mis cobardes omisiones y la engañosa prudencia, he buscado ser franco. Aunque con frecuencia he fallado, el ejercicio mismo de intentarlo ha valido las madrugadas en cafés 24 horas de esta voraz ciudad”.

“Aún me impresiona lo civilizados que son algunos de mis amigos consumidores. Jamás tuve esa opción; carezco de esa fibra que les indica cuándo contenerse, o cómo divertirse atascándose, o cómo ir a trabajar al día siguiente, o interesarse en cualquier otra cosa. Para un consumidor, hasta para el más enganchado, drogarse esun divertimento; para un adicto es un solemne deber“.

“1e. Nunca me gustó la coca. Sin embargo la ingerí hasta la nausea y el hartazgo, una inyección tras otra. Sin poder salir del baño. O ya fuera de éste, y sin poder siquiera afinar la guitarra, pero intentándolo de todos modos. Y luego otra dosis, y luego otra. Todo para terminar aterrorizado, encerrado, escuchando a través de la puerta. Y no escuchaba lo que había del otro lado de la misma, sino lo que temía que hubiera en algún rincón de mi cabeza. En estado de pánico. O para intentar rebanarme las venas entre delirios, alucinando que así expulsaría la sangre contaminada de mi cuerpo. Tirar lo que quedaba de papel al escusado, aterrorizado, indignado. Todo para despertar a media tarde, deshecho, y bajarlos brazos por el borde de la cama –porque amanecía con los brazos adormecidos de tanto arpón–. Todo para empezar a convencerme poco a poco de ir por más. Corrijo, la coca me gustaba. Lo blanco del polvo, el modo en que adormece las encías y, sobre todo, el olor cuando la cuchara se calienta y se evapora un poquito de perico con el agua. No poder parar. Inyectarme cada cinco minutos. La cuchara, la vela prendida, la soledad, el ritual, la jeringa. La aguja traspasando la piel, la sangre entrando, el efecto inmediato, la taquicardia, el zumbido en los oídos.

Me encanta la coca; sólo que no me gustan sus efectos en mí“.

“Me encantan sus efectos; sólo que no me gustan las consecuencias. La repetición obligada sin espacio para la incertidumbre, sin lugar para la sorpresa, sin espacio para sentir, sin sitio alguno para la vida y todo su grotesco caos. Igual que cualquier miembro de una secta.

No, no me gustaba la coca; sólo que la morfina ya no bastaba. Había que mezclarla con algo. La morfina ya quitaba solamente el asco, las ganas de vomitar y la insoportable densidad del ser –aquella tortuosa invasión de la vida y todas sus pequeñas irritaciones que van sumando hasta hacer que todo sea dolor–. Pero ya no sentía la morfina, sólo su contraste después de una y otra dosis de coca. Arriba, arriba, abajo, abajo.

Cada día igual al anterior, sólo un poco peor.

“Me da gusto que haya personas que disfruten la coca, y hasta lo hagan incluso socialmente. Que se compartan una raya. Lo mío era no poder salir del baño o encerrarme en una esquina del clóset con la TV en estática y sin volumen. Abandoné incluso la música que me mantuvo vivo, por utilizar el cerebro y los sentidos con cualquier otra droga, por no poder despegarme de la aguja. Una dosis y la que sigue y la que sigue y la que sigue. Un monolito. Una postración.

“La adicción está diseñada para eso, para que te arrodilles, para que te abandones. ¿Quién, alguna vez, ha pedido dinero afuera del supermercado, inventando que tu auto se quedó sin anticongelante, todo para comprar una jeringa, porque la que traías ya no tenía filo?”

Bueno, I´ve been there. Aunque a diferencia de Fausto o V., nunca caminé en los zapatos del adicto, a cambio fui la jeringa. Y lo fui más de una vez.

En ocasiones la memoria viene a tomar el té de las cuatro con el recuerdo de V. dentro de una caja de galletas. Si pudiera pedir, elegiría que no me visitara la imagen de la ultima vez que lo abracé, justo una semana antes de morir. Prefiero recordar a mi primo a los cuatro años, corriendo como poseído en casa de mis padres. También pediría volver el tiempo a ese día para tomarlo del brazo y prevenirlo de lo que vendría después.

Quisiera abrazar ese cuerpecillo frágil y rogarle que tuviera cuidado, que no corriera, que nada malo le pasaría si tan sólo frenara un poco la velocidad de su torbellino, que no me gustaría verle llorar, sangrar, escapar, no volver. Le diría: Reach out and touch faith. Una, dos, quizás diez veces.

*Texto publicado en la Revista Etcétera el 30 de diciembre de 2015

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2017, Epistolario, Etcétera, Love

Quiero otra vida para enamorarte

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Te encontré cuando buscabas el brillante frenesí de mi cuerpo aquella noche absurda en la que destrozaste el irracional afecto que me provocaba mirar tus negrísimos y tristes ojos.  El mérito de sembrar desconsuelo y angustia en mi memoria al mismo tiempo que chapaleabas en la profundidad de tu oscuridad favorita es todo tuyo. Todito.

Esa noche hubiera preferido cenar a tu lado, estar a solas, lejos del estruendo y no correr como locos buscando el estúpido objeto que solamente tú y yo conocemos el nombre y por el que pagué una fortuna.

No, hicimos mal. Sí, lo hicimos.

Dicen los que saben que el primer encuentro rara vez encuentras sincronía. Cadencia. Perfección. Pero ambos sabemos que el preámbulo es para los que no tienen química. los que se saben cómo nosotros solamente deseamos conectar.

Me pediste que cerrara los ojos y que tratara de visualizar una puerta verde, semi abierta, filtrada por una luz suave. Estoy del otro lado- dijiste. Camina lento, atraviesa la puerta. Abrí los ojos cuando fuiste tú el que me atravesaste. Atravesamos juntos siete puertas hasta la mañana siguiente.

Después de irte y dejarme los bolsillos del deseo vacíos te fuiste. No supe de ti más hasta que me llamaste para contarme que estabas en tu casa con otra mujer, pero que extrañabas perderte conmigo.

-Aliméntala, anda, y déjala vacía, sin nada, como a mí.

Y te colgué.

Fuerte.

*****

Me buscaste cuando volvieron a hacerte mierda. Me enseñaste las heridas de tu obsesión malsana de enamorarte de la mujer incorrecta. Aquella noche incluiste por primera vez a nuestras charlas el vocablo amor.

-Llamándome mentiroso no evitará que deje de buscarte y decirte cosas-. Intenté decirte un mal chiste para evitar tu dulzura y me mandaste a la verga.

-No me vas a distraer-, dijiste. Quiero que me escuches, quiero que sepas y veas que tan pendejo soy. Y aún así decidas quedarte

Te preparé un café y sonreí. Sacaste un porro de mota y comenzaste a contarme tu última pesadilla:

-Siempre confío en que ella se va a quedar. Viene y me usa, me emociona. Pero siempre se va. Como seguramente tú acabarás haciéndolo.

Realmente,  te oí escucharte. No me interesaba conocer la sordidez de tus enfermizas relaciones. No mientras te encontrabas sentado en mi estancia sin camisa. Sudando rencor, ira.

Tu monólogo terminó a la segunda taza de café. Te dije que podías usar mi ducha.

Cerraste tus pinzas en mi cintura cuando te extendí la toalla. Me arrastraste contigo a la regadera. Comimos uno del otro tres días.

Afuera y adentro de la ducha.

***

Tocaste mi puerta seis meses después de nuestro último encuentro. Me escribiste la noche anterior para decirme si podías pasar a verme por la mañana, desayunar juntos. Querías mostrarme tu nuevo tatuaje en el brazo derecho. Lo primero que hice al abrir la puerta fue exigirte que me lo mostraras. No podía creer que se hubiera entintado la frase que grité en la alcoba en mi último orgasmo. Nuestro orgasmo: Hasta el final, contigo.

Te dije diez veces que eras un imbécil. Un villano.  Meses sin saber una palabra tuya y de repente te aparecías de la nada con ese símbolo inequívoco de complicidad. Ese guiño todo mío.

Le conté que había conocido a un chico en la oficina y que llevábamos saliendo cuatro meses. Aventaste al piso los discos que llevabas para obsequiarme. No habías olvidado mi cumpleaños, después de todo.

“Yo solo puedo ofrecerte lo que ves” -dijiste- Pero prometo rifarme contigo. Quédate conmigo, tengamos un hijo.

Intenté alejarte, decirte que por favor te fueras. Aunque el auto engaño nunca ha estado de mi lado. Sin ti soy un lego sin las piezas que le faltan. No puedo cerrar las piernas por las noches y tus ojos son los que descansan cuando los míos se pierden en la inconsciencia de un mundo mejor. Me baño y son tus manos quienes tallan mi espalda cada día. Tu sombra se quedó para siempre aquí y habita en mi ducha. Eso fue lo último que te dije antes de perderme. Contigo dentro.

***

No sé cuándo recibas este mensaje, pero quiero que sepas que leí tarde -muy tarde- tu correo electrónico. Sabías que iba a casarme y aún así, preferiste escribirme y no llamarme. Estoy haciendo mis maletas, en 4 horas sale mi vuelo. Los boletos del viaje de luna de miel tienen como destino una playa en el Caribe. ¿No te parece una broma de mal gusto imaginarme a mi, tirada en la arena? con lo que detesto el sol, el calor y las palmeras.

“Quisiera otra vida para enamorarte” es un gran título para una canción o un poemario. Incluso para usarlo como subjet de una carta electrónica. Debo confesarte que mi piel envejeció un lustro saber que pronuncias mi nombre entre nubarrones que vuelan por las azoteas y que a las tres de la mañana te despierta el aroma de mi sexo. Y aunque digas que eres de esos delanteros que llegan tarde a todos los balones, quiero que sepas que, en contraparte, siempre llego tarde al banquete, incluso al de mi propia boda.

Yo también muero de miedo, vida mía. Estoy pidiendo un taxi destino a tu casa. Llevo tus discos, mis maletas y al gato. ¿Te conté que tengo uno? sí, es divino, es un gato de angora.

Dime que estarás en la puerta. esperando. Esperándonos.

 

 

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Etcétera, Love, Nadie te preguntó

Infidelidad masculina (No soy yo, darling, son mis genes)

a woman kissing a mask instead of the man who has turned

 

La fidelidad es un mito genial, reza un clásico. Es la lámpara de Aladino de las relaciones de pareja, y aunque cada individuo tenga en su haber experiencias esperanzadoras en terrenos benevolentes, puedo asegurar que todos y cada uno de nosotros hemos tenido tropiezos con su espinosa contraparte: la infidelidad. El problema parece ir allende las fronteras conductuales de nosotras, indolentes bestias humanas. Recientes hallazgos científicos establecen que la infidelidad quizá obedezca a factores de índole estrictamente biológico. Hace algún tiempo leí un artículo elaborado por una joven promesa de la ciencia biológica quién se interesó en ahondar en las predisposiciones genéticas de la monogamia.

El neuro científico sueco Hasse Walum -quién guarda un perturbador parecido con Kurt Cobain- lanzó al mundo una valiente investigación científica desarrollada y avalada por la prestigiada Universidad Karolinska (institución ganadora del premio Nobel de medicina en 2013) en la que se demostraba que la infidelidad masculina podría estar estrechamente vinculada al gen Alelo 334. Este gen, es el responsable de codificar el neuropéptido cerebral conocido como la vasopresina, simpática hormona conductora del comportamiento monógamo. Los estudios realizados en primera instancia en roedores, arrojaron el contundente resultado: aquellos ratones cuya secuencia genética se caracterizaba por la ausencia del Alelo 334 mostraban una conducta monógama a diferencia de los entusiastas receptores del dichoso genecito vacilador. Sin embargo, los estudios realizados en roedores de campo no fueron lo que lanzaron al estrellato al científico sueco, lo que le granjeó reflectores y prestigio, fue la demostración biológica de que los seres humanos del sexo masculino se conducen de la misma forma. Aquellos hombres cuyo índice de vasopresina cerebral es más alta que en aquellos que carecen de recepción o sus niveles son muy bajos, son los que muestran una tendencia marcada a no relacionarse de forma permanente con ninguna de sus parejas. Vaya, somos conscientes de que existe un abismo diferencial entre el comportamiento monógamo de un ratón y la promiscuidad rampante de un mulato nacido en la Habana, pero los resultados del experimento han ganado credibilidad al paso de los años gracias a que Wallum ha extendido su espectro al incluir en sus estudios a la oxitocina y su implicación en el milenario afán entre hombres y mujeres para crear entre sí lazos emocionales duraderos. Lo interesante del tema, es que existen fuertes rumores de que su traslado de Estocolmo a uno de los institutos más importantes en neurogenética ubicado en Atlanta, USA, obedece al impostergable proyecto de diseñar la vacuna que logrará inhibir el gen 334 de la infidelidad y sea capaz de convertir a los hombres en sujetos esencialmente fieles.

Sin embargo, al margen de cualquier tipo de investigación genética relevante a los vericuetos biológicos de la monogamia, no debemos descartar las tesis que han regado copiosamente los fértiles campos de la sexología. Algunos sexólogos afirman que los parámetros de la conducta occidental está sometida por una dudosa moral judeocristiana herencia absoluta de nuestros ancestros. Es decir, nuestra moral utiliza sin vergüenza a la fidelidad como una condición cultural de control, pero el precepto socialmente correcto de fidelidad en la pareja, existe sólo a modo de equilibrio moral, aunque nadie tenga ni puta idea de lo que significa vivir plenamente en un entorno moral. Siguiendo esta lógica, tanto hombres como mujeres, deberíamos tener la capacidad de facultar de monogamia nuestras vidas, por la simple y llana razón de que a diferencia de las ratas de laboratorio, contamos con raciocinio y capacidades intelectivas irrebatibles. Justo en este punto, ambas tesis (Neurociencia vs. Sexología) se confrontan en una batalla de argumentos en la que se esperaría que alguna de ambas ganara por knock-out. Pero sólo se escucha el inconfundible sonido de los grillos a la lejanía.

Me atormenta sospechar que cada vez que en cualquier parte del orbe se pronuncia la frase “Y prometo serte fiel cada día de tu vida hasta que la muerte nos separe”, un bebé panda es sodomizado por una manada de mandriles salvajes. Sufro. Lo que me lleva a preguntarme en voz alta y sin eufemismo que valga: si sabemos que la fidelidad es un mito genial, ya sea por causas biológicas o sociales, ¿Para qué nos hacemos pendejos? Y no, no argumente que la fe en el ser humano es una llama inextinguible, se le llama imbecilidad congénita.

¿Porqué somos cómplices de una estructura social que nos obliga a exigir fidelidad hasta que la muerte nos separe a sabiendas que existen sobradas probabilidades de ver hecha trizas esta promesa a la vuelta de la esquina? Carezco de datos duros, pero mi instinto me susurra al oído que la fidelidad debe ser el precepto moral más violentado en la historia del mundo civilizado. Lo patético del tema, es que, a pesar de que tanto usted y como yo, formamos parte de las filas de damnificados del huracán de la infidelidad, continuamos siendo partícipes del absurdo, seguimos siendo de muy buena gana su rehén.
A diferencia del científico sueco, carezco de credenciales dignas del prestigio necesario para respaldar mis reflexiones, un muestrario de suturas en el pecho no tendrían por qué convencer a nadie, sin embargo, ahí voy.

La infidelidad es para algunos individuos, una auténtica necesidad emocional. Al margen de cualquier placer físico que puedan obtener en su ejercicio y más allá de cualquier transgresión a la honestidad, es para muchos, muchísimos, un alimento, un autoengaño de aceptación, una imperiosa necesidad de fascinar, de conseguir obsesivamente un reflejo y que este sea brutalmente hermoso. Si tuviéramos que aceptar como dogma de fe la existencia del gen de la infidelidad, soñar con una pareja fiel se antoja virtualmente imposible. La pulsión del eros es ingobernable para cientos de miles de millones de seres humanos (hombres y mujeres por igual). Sépanlo de una buena vez.

A mis treinta y seis años de vida, me reconozco como una mujer funcional en terrenos emocionales, preponderantemente leal quien después de ciento cincuenta caídas, considera a la fidelidad como un bien negociable y transferible. He perdonado infidelidades del mismo modo que lo han hecho conmigo, justicia pura, pues. Y si la vida me colocara en el incómodo lugar de firmar un contrato de unión marital, la única cláusula de inviolabilidad que exigiría, sería la correspondiente a la honestidad de pareja, so pena de mutilación sin anestesia. Es eso: dar lo que eres capaz de dar y ser claro al respecto, promesas incapaces de cumplir no forman parte de ninguna ecuación digna de respeto.

Este texto viene a cuento, porque anoche soñé que nuestra sociedad era presa de un régimen absolutista feminazi, horror distópico en el que se aprobaba por unanimidad una ley que obligaría a los bebés varones a ser vacunados para inhibir el Alelo 334 en clara venganza por todas las mujeres esterilizadas sin su consentimiento en clínicas rurales chiapanecas. Desperté con fiebre, pero agradecida por vivir en el mundo correcto, que no es otro más que este, en el que puedo ser infiel y permitir una que otra infidelidad si es que estoy de humor para ello.

*Publicado en la Revista Etcétera el 30 de enero de 2015

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Etcétera, Nací para perder, Nadie te preguntó

Yo, América

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Elegir el nombre a un vástago debería ser considerada una responsabilidad mayúscula, y más aún cuando esta decisión recaerá de forma irreversible en la calidad de vida del primogénito. La historia nos ha enseñado que los resquemores con el primero de nuestros hijos, menguan asombrosamente con el segundo, toda vez que los exabruptos propios de la novatez parental ya se hayan cometido. Todos conocemos historias de primogénitos que emplean más recursos y horas en terapia que el hermano subsecuente. Y yo he conocido a un Rabindranath López, hermano mayor de un José Carlos a secas. El primer y más importante cónclave marital ha provocado pleitos irreconciliables devenido en un muy tempranero divorcio o en la visita a urgencias de traumatología, gracias a que el imbécil marido recibió un chingadazo en el parietal izquierdo con el cenicero de cristal cortado -regalo de la tía Conchita-, por sugerir que su pequeña hija fuera nombrada hasta el ultimo de sus días con el nombre de la piadosa, venerada y difunta exmujer.

Mi nombre es América, soy primogénita, y la génesis de mi nombre es un asunto familiar que siempre me ha llenado de vergüenza y rencor hacia mis padres. Principalmente hacia mi papá, quien nunca en su vida se ha sentido afligido por el remordimiento de haberme arruinado toda mi existencia. Y no exagero. Bueno, sí lo hago, pero motivada por una noble causa. Me explico: hoy en día mi nombre es de alguna manera común, lo noto con facilidad ya que no es acto de extravagancia encontrar por la vida alguna tocaya, compañera de desventura; pero hace 38 años era una auténtica rareza. Rareza acentuada porque fui llamada América a causa de una apuesta futbolera perdida por el consorte de mi madre.

Podría suponerse que mi padre eligió llamarme América por su desmedida afición futbolera y que optó por bautizarme en honor al equipo de sus amores. Lo anterior es rotundamente falso. Mi padre sí es un aficionado al futbol, pero no es americanista, sino orgullosamente puma y apostador crónico.

Las efemérides del 8 de agosto de 1976 –año bisiesto– no se distinguen por hechos relevantes. Ninguna bomba destruyó isla alguna, ni se proclamaron tratados de paz que resolvieran conflictos relevantes. No existen registros natales cuya notabilidad amerite ensayos, elegías o bombas yucatecas. El ocho de agosto de1976, nacía en Bowie, Maryland, USA, Joshua Scott Chassez, gris mamarracho cuya aportación más trascendente a la humanidad fue haber sido miembro de la agrupación noventera ´N Sync, al tanto que en el Hospital Troncoso, Delegación Venustiano Carranza, D.F., nacía yo, para asombro y desgracia de algunos pocos.

Mientras mi pobre madre se encontraba sufriendo los dolores de parto en el nosocomio de Viaducto, nadie –excepto la abuela recién desempacada de tierra caliente– se encontraba tronándose los dedos en la sala de espera. Cualquier esposo devoto tendría el deber de acompañar a su mujer en la pujadera o al menos tragándose las huellas digitales y uñas en cualquier pasillo hospitalario; sin embargo, donde mi padre realmente se encontraba era en el Estadio Azteca, observando la final del torneo de liga que se disputaban los Leones Negros de la UdG y el Club América. Probablemente bajo el influjo de algún psicotrópico se le ocurrió la brillante idea de apostar el nombre de su hija a su jefe, bajo el estúpido argumento de estar seguro de que el América (equipo al que aborrece, por cierto) no se coronaría campeón y que los Leones Negros lograrían la hazaña de humillar a los de Coapa en su propia casa. Craso error, el América consiguió un titulo más como campeón del futbol mexicano, mi progenitor quedó ante la sociedad como un pendejo, y yo comencé a vivir el calvario de todas las víctimas que portan un nombre vergonzante.

Por alguna razón que jamás entenderé y que apuntan a que mi madre padeció un retraso mental moderado, no se divorció ni pidió camas separadas ni mucho menos lo mandó a la mismísima chingada, sino que en mutua complicidad, arrastraron a este ser inocente a un Registro Civil para demostrarle al mundo que las deudas de juego son deudas de honor y que hay gente a la que deberían de prohibir reproducirse.

Durante casi cuarenta años he sido objeto de todo tipo de burlas y en la escuela fueron las más subnormales: he sido la niña “Atlante”, “Chiva”, “Necaxa” y nunca faltó el maestro pendejo que intentaba hacerse el chistoso: “A ver pásele al pizarrón, ¡América y ya!”. Intenté por décadas tomar el asunto con filosofía y en una noche epifánica y de inusitado fervor agradecí a la corte celestial entera que esa apuesta no se perdiera contra los Zorros del Atlas.

Una más de las dudosas herencias de mi padre ha sido mi afición por los Pumas de la Universidad, y quizás pocas personas pueden entender la afrenta que provoca a mi espíritu universitario, portar este nombre a causa de la imbecilidad de mi progenitor. Una charla sostenida hace cuatro años me hizo pensar que mi afrenta con dios había concluido y que la justicia no es una copa de vino de acceso exclusivo a opulentos bolsillos: durante una noche memorable conocí al comediante francés, Nicolas Ullman, y al que gracias a una compleja cadena de eventos afortunados, le debo mis primeros pasos al viejo continente.

“¿Cuál es tu nombre?”, inquirió.

“América”, contesté embelesada.

Arqueó las cejas con grata sorpresa. Maravillado, dijo que le parecía bello y de melódica articulación. “¿Por qué te llamas así?” Preguntó acercándose un poco más. Le respondí sin chistar: “Me llamo América en honor al continente de la elegía que nunca es el mismo pero siempre es América”. En ese instante, vi al primer ser humano rendirse de amor a causa de la peor y más piadosa de mis mentiras. Touché.

*Texto publicado en Revista Etcétera el 19 de Junio de 2015

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2015, Etcétera, Nadie te preguntó, París

Terrorisés

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El histérico sonar de un teléfono a las tres de la mañana, arruinó un sueño prometedor. Las madrugadas invernales europeas no son las propicias de ninguna manera para el antojo intempestivo de un vaso de leche. Abandonar la tibieza de tu lecho de motu propio mientras las temperaturas bajo cero arañan con furia el cristal de tu ventana, debe ser el equivalente cuántico a escapar del útero materno a los seis meses de gestación solo para cambiarle a Nickelodeon. Lo hice a rastras. Debía ser un asunto merecedor de atención inmediata, de otra manera, el teléfono se hubiera callado diez minutos antes. Me encontraba de vacaciones en París, por lo que era definitivamente descartable la llamada impertinente de mi hermano beodo, debía ser algo importante. Lo era. La voz de Fabrice del otro lado del auricular se entrecortaba: “Te necesito, ¿puedes venir?”. Afirmé y colgué: “No salgas por ningún motivo, voy para allá”.

Era asunto serio que Fabrice me necesitara a esa hora de la mañana, su intento de suicidio año y medio antes, me empujó a cazar un taxi en la peor ciudad del mundo para encontrar un servicio nocturno sin pensar en la ruina inminente. Veinte minutos más tarde lo encontraría en su departamento en Rue de Verdun temblando, al borde de la hipotermia. Mi visita de aquella noche se prolongó 72 horas, el estado alterado en el que lo encontré no era gratuito. La policía francesa había conseguido dos proezas cortesía de la paradoja: salvarle la vida y arruinársela de paso.

La muerte de su padre tres años atrás, lo destrozó de adentro hacia fuera convirtiendo su duelo en vorágine autodestructiva de proporciones nivel saturnal. Su otrora exclusivo departamento, pasó de locación obligada de la bohemia parisina del mundo de la moda, a convertirse en refugio de yonkies y dealers. Las fastuosas cenas cedieron paso a banquetes groseros de cocaína. Yo nunca había visto algo igual. La verbena inagotable lo colocó en el ojo del huracán y su nombre pasó a engrosar la lista negra de sospechosos de narcotráfico del MILAD de la Police Nationale. Después de recibirme en camiseta y temblando a media calle, preguntó si tenía hambre. Ni siquiera permitió que una respuesta abandonara mis labios, preparó dos pasteles en el mismo tiempo en que yo cocino huevos con tocino. Su estrés no lo dejaba dormir, en breve tendría audiencia ante tribunales y no dejaba de pensar en volver a una celda. Me mostró el expediente policial del caso que aún se mantenía abierto y con posibilidades reales de una condena. Mil 200 fojas integraban la investigación de la misión de lucha antidroga que lo vinculaban con una importante red de distribuidores de cocaína.

“Mira, cariño, aquí aparece tu nombre” dijo como si nada. Como chiste idiota de tía quedada.

Joder. Mi nombre en un expediente criminal. Se trataba de una transcripción de una conversación telefónica que tuvimos dos años atrás. Para enmarcar la puta oja.

La policía había seguidolos pasos de Fabrice con diligencia primermundista. Lo sabían todo, leían cada mensaje de texto, escudriñaban milimétricamente su correspondencia, llamadas telefónicas y correos electrónicos. Todo estaba ahí, en su expediente. Vaya, nunca antes había tenido entre mis manos un expediente criminal con el cuál ejercer comparativas sustanciales o de juicio, pero la meticulosidad del registro de actividades de mi querido amigo, me hicieron pensar en los alcances de vigilancia a los que son sometidos los sospechosos de crímenes en el país galo. La única ventaja a favor del acoso desmedido policial es que pudieron rescatarlo de la noche que decidió acabar con su vida al saltarse la barda del cementerio Pére Lachaise intoxicado hasta las pestañas con la exclusiva compañía de un portafolios lleno de fotos y cartas de su padre, pero que los genios agentes confundieron con la posesión de enervantes que necesitaban como prueba contundente de culpabilidad. El chasco digno de secuela de “Torrente” le salvó la vida: alcanzaron a llevarlo al hospital donde permaneció internado una semana vomitando necia existencia.

El drama de Fabrice viene a cuento, por la profunda insatisfacción en el que se ha mantenido el pueblo francés durante estos meses posteriores a los acontecimientos que llevaron a que una de las fuerzas policiales más invasivas a la intimidad ciudadana permitiera que dos peligrosos militantes yihadistas, los hermanos Said y Chérif Kouachi, aterrorizaran al mundo con su tristemente célebre irrupción terrorista el semanario francés Charlie Hebdo sin mover un músculo que pudiera evitarlo. El pueblo está más aterrorizado por el factor de vulnerabilidad mostrado por su sistema de seguridad nacional, que por una nueva embestida terrorista. El debate se ha polarizado en dos principales posturas: quienes agradecen la expedita ejecución de los hermanos de origen argelino al momento de su captura y celebran no ver sus impuestos sosteniendo sendos juicios y los que no encuentran lógica alguna en que dos sujetos altamente capacitados para matar y sobrevivir, dejaron caer como pétalo de flor la licencia de manejo (imaginar a un terrorista rumbo a cometer el crimen más trascendente del continente en décadas que se toma la molestia de llevar consigo su licencia de conducir, por hábito precautorio y responsabilidad ciudadana, es capaz de provocar instintos conspiranoides al más receloso) que permitió ubicarlos en menos de 24 horas para matarlos sin interrogación de por medio que permitiera contestar al mundo un par de por qués. Si las fuentes periodísticas británicas que afirman que el gobierno de Argelia advirtió a su símil francés de un posible ataque terrorista provocado por miembros yihadistas enclavados en territorio galo están en lo correcto, ¿por qué no se dirigió sin titubeos la potente maquinaria de espionaje contra los Kouachi quienes gozaban de encarcelamientos y condenas desde el año 2005 por sus vínculos con células terroristas?

El comisario responsable de la investigación del atentado en el semanario Charlie Hebdo, Helric Fredou fue encontrado muerto en Limoges después de realizar un interrogatorio relacionado con un sospechoso del caso. Lo grave –allende a su terrible deceso–, es la ola de graves huecos y sospechas alrededor de su suicidio. A nadie le queda claro que siendo diestro se haya pegado un tiro con la mano izquierda justo en la nuca y que su familia no tuviera acceso al cuerpo antes de la autopsia. Lo mejor: el disparo no fue escuchado por nadie en la estación de policía, a pesar de que su arma no tenía silenciador. Las primeras declaraciones de sus colegas fueron de pasmo total ante el supuesto suicidio, su primera reacción fue declarar incomprensión total, ya que Helric no presentaba ningún tipo de rasgo conductual extraño. Dos días después, la difusión de una versión consensuada: “Helric Fredou padecía depresión crónica”, cerró puertas a mayores suspicacias mediáticas. Que la prensa francesa haya pasado de largo la cobertura, la relevancia de este hecho nubla nuestra certeza, la inquietud y confianza ciudadana no están viviendo su major racha. Tampoco la libertad de expresión.

Los registros de publicidad pagada que están recibiendo las publicaciones de mayor circulación y audiencia por parte del gobierno son tema en todos los foros de discusión, pero sobre todo, el escándalo de moda es en torno al célebre semanario L´Express (cuya orientación politica fue reconocidamente contestataria) cuya publicidad pagada por el gobierno aumentó de forma tan sustancial durante 2014, que pudo salvarse milagrosamente de la bancarrota, y que coincide con una muy marcada tendencia editorial tirada al más diestro de los extremos

Victor Hugo fue un visionario. En septiembre de 1872 dirigió una carta al congreso de paz celebrado en Lugano y al cuál no pudo asistir, en esta misiva afirmó que uno de los mayores temores del ciudadano francés es perder la libertad. Perder el privilegio de ser libre podría ser sin duda su mayor temor, aún ahora. Han transcurrido tres meses desde el atentado al semanario Charlie Hebdo y aunque la prensa se ocupa de otros asuntos de mayor o infíma trascendencia, es interesante descubrir cómo se han movido las piezas sociales y políticas del alma mater de la libertad, igualdad y la fraternidad. Los ciudadanos se sienten manipulados por un gobierno que batió récord histórico de desempleados (de acuerdo a cifras oficiales del 2014) con la vergonzosa cifra 3 millones 398 mil 300 personas, mientras los impuestos suben como la espuma (comprar por ejemplo, una propiedad equivale a pagar el 40% de impuestos por el valor de la misma), y con la cereza del pastel: el gobierno obtuvo al fin derecho de picaporte para violentar las garantías de privacidad de sus ciudadanos sin resistencia que valga.

Aquel discurso cuyos vocablos jamás retumbaron en aquel salón de Lugano, y que han trascendido a la vigencia de nuestros tiempo aún desborda elocuencia y nos permite entender de alguna manera al terror al que aludo en el título de este artículo: “El menor de los imperios es el triunfo. Nos sentimos orgullosos de ser libres, y menos que eso, no es más que humillación. Esa es ahora la situación en Francia, que debe seguir siendo libre y volver a ser grande. Las secuelas de nuestro destino alcanzarán a toda la civilización, porque lo que pasa a Francia pasa en el mundo”.

Lo anterior me quedó claro después de una caminata con mi hermana francesa Florence Ascouet en el barrio de Montparnasse. Buscábamos un lugar para estacionarnos cuando vimos de frente a dos mujeres musulmanas que caminaban del otro lado de la acera, cubiertas de pies a cabeza por una burka. Florence no pudo disimular un gesto de malestar de solo verlas. Al principio pensé que su rechazo evidente obedecía a razones racistas. Me leyó la mente porque de inmediato aclaró: “No me malinterpretes, no me opongo a sus costumbres, claramente, a mi no me incumbe ni me afecta. Lo que me enerva es que tengan que ocultar su rostro por un principio de prohibición religiosa o moral, cuando en este país han caido por millares por que cada ciudadano francés tenga el derecho de ser libre, porque la libertad lo es todo y querida, lo que ese velo hasta las tobillos muestra es la esquina más alejada de la plaza de la libertad”

Entendí su punto desde una perspectiva razonable. Claro, era francesa, no existe peor insulto para esa nación que verse acorralados por la ausencia de albedrío.

Aunque pensandolo bien, no les insulta, les provoca terror.

“Tendremos el espíritu de conquista, el espíritu transfigurado del descubrimiento; tendremos la generosa fraternidad de las naciones en lugar de la feroz hermandad de los emperadores; tendremos la patria sin la frontera, el presupuesto sin parasitismo, el comercio, sin costumbres, sin barrera del tráfico, la educación sin degradación, la juventud sin cuartel, el coraje sin lucha, sin andamio de justicia, la vida sin el asesinato, el bosque sin el tigre, el arado sin la espada, el habla sin la mordaza, la conciencia sin el yugo, la verdad, sin dogmas, sin Dios, ni sacerdote, el cielo sin infierno, el amor sin odio. La ligadura atroz de la civilización será derrotada; se cortará el horrible estrecho entre los dos mares, la humanidad y la felicidad. Hay voluntad sobre el mundo en un torrente de luz. ¿Y que es que toda esta luz? Se le llama libertad. ¿Y que es toda esta libertad? Es la paz, nada más que la paz”

-Victor Hugo, 1872-

Update. Fabrice obtuvo su libertad definitiva y su caso fue desechado hace pocas semanas. A cambio de años de persecusión y acoso, recibió un “Usted disculpe” tan conocido por estas latitudes: Inocente de toda culpa y más vivo que nunca.

*Texto publicado en Revista Etcétera el 12 de mayo de 2015

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Etcétera, Nadie te preguntó

Hamilton Naki. El héroe clandestino

Para el doctor Alejandro Carrasco, por enseñarme a querer a Hamilton con
toda la fuerza de mi ventrículo izquierdo.

Hamilton Naki, hombre de sonrisa gentil, manos diestras y raza negra (bantú, en argot sudafricano), nació en la pobreza extrema en una remota aldea del distrito de Ngcingane, Cabo del Este, Sudáfrica, en 1926, y a pesar de poseer una aguda y portentosa inteligencia, tuvo que abandonar sus estudios antes de cumplir los 15 años debido a que las condiciones raciales de su tiempo no daban oportunidad para que un individuo de otra raza que no fuera blanca accediera a una educación básica, sin embargo, gracias a una serie de eventos extraordinarios, dedicó 40 años de su vida a formar médicos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Ciudad del Cabo en absoluta clandestinidad.

Que Naki lograra la complicidad de las autoridades sanitarias y universitarias no debe considerarse un acto de inusitada buena fe. De haberse filtrado lo anterior a la prensa, les hubiera costado más que la licencia médica a todos los involucrados: durante los años sesenta –cuando comenzó a trabajar como asistente de quirófano– las incomprensibles por inverosímiles leyes sudafricanas no permitían que un individuo de raza negra pudiera tocar la sangre de blancos, mucho menos operar pacientes. La pena era cárcel acompañada de una larga condena.

Las autoridades del Hospital Groote Schuur, recinto en el que Hamilton Naki comenzó su trayectoria como cirujano, aunque en la nómina apareciera con el cargo de “Jardinero”, tomaron semejante riesgo por una sencilla razón: Naki participó en la cirugía más famosa de su tiempo y aunque la historia le otorgue el mérito al doctor Christiaan Barnard como quien realizó la primera cirugía de transplante de corazón exitoso, los sudafricanos saben qué manos colocaron en el pecho de Louis Washkansky un nuevo corazón. El primero en el mundo entero.

El vergonzoso capítulo en la historia de Sudáfrica llamado Apartheid convirtió en infierno la simple acción de respirar si la piel del ciudadano no corrrespondía a la de los afrikáners (colonos de origen holandés). Durante 187 años, los negros habitantes, dueños y señores de su propia tierra no tuvieron derecho a reclamarla. O habitarla. Fueron segregados a sectores apartados de las grandes ciudades, no se les permitía habitar ninguna metrópoli importante. Tomar el bus, ganar un sueldo digno, obtener un diploma, nadar en una playa cualquiera, reposar en parques y jardines, recibir atención médica, ser recogido por una ambulancia, gobernar o levantar la voz eran actos imposibles. Esa era la Sudáfrica a la que Hamilton Naki tuvo que enfrentar en silencio y arriesgar su propia vida y libertad durante cada segundo dedicado a la docencia y al ejercicio noble de salvar vidas blancas.

El medico Robert Goetz observó cuidadosamente la diligencia que mostró el jardinero del hospital y decidió darle la oportunidad de ayudar al cuidado de los animales que eran usados en las prácticas de investigación de la facultad. Ahí fue donde lo encontró Barnard. Al principio mantenía limpias las jaulas, alimentaba a los animales -principalmente cerdos y perros, utilizados por los estudiantes en sus prácticas. Sus habilidades innatas no pasaron desapercibidas por Goetz, por lo que al tiempo, comenzó a ejecutar las primeras incisiones para extirpar órganos de los animales, hacerse cargo de los cuidados post operaratorios y suministro de medicamentos, para después realizar los transplantes con asombrosa maestría. Solo un puñado de gente que se llevó los detalles a la tumba atestiguó transición de Naki de intendente a extraordinario cirujano de seres humanos, aunque jamás pudiera reconocerse su talento en público. Los registros disponibles al día de hoy apuntan que un asistente de laboratorio entrenó a cada médico interesado en la investigación de transplante de órganos en la facultad, exclusivamente con prácticas en animales, pero una declaración que hizo Barnard a Dirk de Villiers años después de que el Apartheid sucumbiera nos hace pensar que existen historias que merecen ser sacadas a la superficie: “En realidad, el hombre de talento era Naki, no yo. Sus manos eran las de la técnica”.

Existe una anécdota en la Universidad del Cabo que cuenta que Naki meció con la mano izquierda una carriola del bebé de un estudiante de medicina mientras que con la derecha, realizaba un trasplante de hígado en un cerdo.

Denise

Ciudad del Cabo, Sudáfrica, Diciembre de 1967. La familia Darvall compuesta por Edward, Myrtle, y sus hijos Denise y Keith se dirigían a Milnerton a bordo de un Ford Anglia color verde, con la intención de tomar el té de la tarde. Pudieron haber tomado la autopista, pero a causa de un cambio de planes inesperado, decidieron tomar la ruta de Main Road Avenue, esta pequeña e inofensiva desviación cambiaría sus vidas, la de un moribundo, un medico, un jardinero y de paso, a la humanidad entera. Myrtle y su hija Denise bajaron del Ford a comprar rosquillas a la panadería Coppenberg. Mientras tanto, muy cerca de ahí, Ann Washkansky, regresaba agotada a casa, después de la extenuante jornada de cuidado a su marido, quién se encontraba condenado a muerte, debido a una anomalía cardiaca que lo mantenía respirando sus últimas bocanadas de aire, sosteniendo dolorosamente los últimos bombeos de su corazón.

Un chofer de camion de nombre Frederick Prins, tomó Main Road Avenue en absoluto estado de ebriedad, sin notar que justo frente a él, cruzaban Denise y Myrtie. Las embistió de manera trágica. En sentido contrario, metros atrás, Ann conducía su auto con todo tipo de esperanzas rotas. Frederick embistió a las dos mujeres matando al instante a una de ellas, mientras que a la otra, la colisión le provocó fracturó el craneo letal e irreversible. Ann Washkansky vio el accidente y pensó en un instante en bajarse, tratar de ayudar, pero su tragedia personal era tan grande que decidió acelerar nerviosamente. Sin esperanzas todo lo que busca un alma doliente es paz, mucha paz.

Coert Venter, el médico de guardia del esposo de Ann, Luis Washkansky de 53 años, haría la llamada que cambiaría la historia de la medicina para siempre. Su interlocutor: Christiaan Barnard, su mensaje fue escueto: “Hemos encontrado al fin un donante de corazón, tiene muerte cerebral”. Era Denise.

Barnard llamó con urgencia al único asistente del que no podía prescindir: Naki.

Honoris Causa.

En 2002, un jardinero pensionado y enfermo de 75 años acudió a la Universidad del Cabo a recibir un tardío y por demás insuficiente reconocimiento. El alma mater que encerró con celo entre sus paredes a su secreto mejor guardado, decidió sacarlo a tomar un poco de luz. Las puertas fueron abiertas a la prensa y al mundo porque no todos los días se vería un acontecimiento tan poderoso por su carga emocional, emblemática, aspiracional y sobre todo: humana. La medalla de bronce y el honoris causa se entregarían ese año a un hombre cuya labor de haber extraído el corazón aún con vida de Denise Dravall, la primera donante de corazón para entregarlo en las manos de un cirujano, era la menor de sus hazañas. El verdadero reconocimiento fue otorgado a cuarenta años dedicados a formar a los médicos de una nación lastimada hasta la médula por crímenes de lesa humanidad, el galardón conocido como “Orden Nacional de Mapungubwe” se entregaría al responsable de dedicar cuatro décadas de una vida sencilla a la enseñanza entre las sombras, y sobresalto constante. El anciano sonrió y agradeció en silencio a otra heroína anónima: Denise Darvall.

Todos y cada uno de los médicos que Hamilton Naki enseñó a perpetuar la vida humana estuvieron presentes. Todos aplaudieron de pie por primera vez y en público, al hombre al que la historia le debe el lugar que merece, al jardinero de 75 años, al miserable bantú poseedor de una brillatez quirúrgica inigualable que logró en absoluta clandestinidad lo que ningún otro médico nunca, antes.

Ellos lo sabían.

¿Y el mundo cuándo?

* Texto publicado en Revista Etcétera el 26 de agosto de 2015

 

 

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Cine, Etcétera, Nadie te preguntó

Lección del mal.

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El día de hoy les voy a contar la trágica historia de un adolescente que acuchilló a sus padres hasta la muerte sin sentir un ápice de culpa o remordimiento y que a la postre se convirtió en un sanguinario asesino serial. Esta historia llevada al cine de la mano de Takashi Miike (Audition) en el 2012 no está inspirada en hechos reales, pero sí en una novela autoría del laureado escritor japonés Yusuke Kishi. La cinta cuenta la historia de Hasumi Seiji (interpretado por el bellísimo actor Hideaki Ito), el profesor de inglés más querido por los estudiantes de cuarto grado de un prestigiado bachillerato. La admiración que le profesa el alumnado y el cuerpo docente no es de ninguna manera gratuito: es un hombre adorable y brillante que demuestra auténtica devoción por la docencia, y sobre todo, por procurar un ambiente de solidez, conocimiento y bienestar a los chicos de quién es tutor. Sin embargo, debajo de su irresistible encanto, se oculta una naturaleza diametralmente opuesta: Hasumi es un sociópata incapaz de sentir empatía por ningún ser vivo. Perpetró el crimen de sus padres en la adolescencia para con ello ganarse inclusión directa en el exclusivo club de los sociópatas. El más exquisito de sus talentos es hacer parecer suicidios o accidentes todos los asesinatos que comete.

La película se distingue por las referencias a la cultura y mitología germanas que envuelven en el sutil empaque de la metáfora, las pulsiones asesinas del atractivo profesor. La más importante, sin duda la representa el main theme, pieza clásica de “La Ópera de los tres centavos” (Die Dreigroschenoper) escrita por Bertlot Brecht en 1928: “Die Moritat Von Makie Messer” (mejor conocida en occidente como “Micke the knife” gracias a la interpretación de Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, Frank Sinatra, Bobby Darín, Tony Bennett entre muchos más) que musicaliza todos los asesinatos del protagonista. Otra referencia brutal corre a cargo de dos cuervos-enemigos-imaginarios de Hasumi: Huginn y Munnin. En la mitología germana, dos cuervos llamados Huginn y Muninn vigilaban al mundo como espías de Odín. Sus nombres significan “pensamiento” y “memoria”. Su misión consistía en sobrevolar la tierra y llevar noticias a Odín, sobre el comportamiento de los hombres, criaturas infames. En la cinta, dos impertérritas aves negras custodian los movimientos de Hasumi y a través de sus ojos muertos podemos comprender que el único horror que gobierna a nuestro asesino serial favorito es ser observado por el rey de los Dioses.

Hace unos cuantos días, la fiscalía capitalina dio a conocer que el autor intelectual del asesinato del cineasta León Serment y de su ex mujer, la productora Adriana Rosique, fue orquestado por el hijo de ambos: Benjamín Serment Rosique. Después de leer innumerables fuentes periodísticas y policiales, los resolutivos del parricidio apuntan a que Benjamín ha padecido desde la infancia severos problemas psiquiátricos. Rodolfo Ríos Garza, procurador general de justicia de la Ciudad de México, afirmó que los estudios psiquiátricos realizados a Benjamín destacan que el perfil clínico denota un marcado “resentimiento parental infantil”.

Esta afirmación es dolorosa en amplios sentidos porque al margen de cualquier tipo de trauma infantil que el chico sufriera, nos cuesta encontrar el resquicio que avale a uno de los crímenes más duramente castigados por la mayoría de las leyes pertenecientes a sociedades civilizadas. El vínculo sanguíneo es considerado un agravante al momento de juzgar un crimen. Y en caso de culpabilidad, las penas son mayores, los atenuantes son tan puntuales como ínfimos (defensa propia en contexto de abuso, enfermedad mental grave o retardo mental, por ejemplo). “Es homicidio doloso que legitima la punibilidad agravada por la inadmisible privación de la vida humana y la fe y/o la seguridad fundadas en la confianza derivada de la relación entre ascendiente y descendiente”. Asesinar a tu madre, padre o hijo, se clasifica como una atrocidad inaceptable en cualquier estado de derecho que se respete.

Huele a sociopatía, Wilson

La Sociopatía es la madre de todos los trastornos mentales, porque puede ser el padecimiento más peligroso y aunque su trastorno parezca el de menor penetración psiquiátrica, es una auténtica patología. La razón es simple: un sociópata profesa desprecio por la sociedad en la que vive y las leyes o normas que la rige. Los crímenes –premeditados- los cometen ellos. La ausencia de sentimiento de culpa, empatía o remordimiento, pueden convertirlos en sujetos peligrosos en un grado severo. Son huérfanos de moralidad y del sentido más elemental de todo aquello que los seres humanos empáticos englobamos en el vocablo llamado justicia. Existen muchas teorías respecto a la causa raíz de este trastorno, desde el consumo desmedido de estupefacientes, secuelas biológicas o algún daño provocado en la porción cerebral que administra la toma de decisiones y que a fin de cuentas representa el semáforo moral del ser humano.

Todos hemos leído las suficientes referencias literarias como para conocer las motivaciones detrás de un parricida, cortesía de la pluma de Ambrose Bierce, William Shakespeare, Fiódor Dostoievsky, etc., sin embargo, cuando la sangre deserta de nuestras referencias literarias para cerrar el cerco y notas algunas gotas cercanísimas a tu círculo de protección, comienzas a sospechar si será verdad que “la patria un sociópata en cada hijo te dio”.

Lesson to the evil: first cut

La primera toma del film “Lesson to the evil” muestran un par de manos adolescentes colocando un disco en la tornamesa de la sala. “Micke the knife” en voz de Berlocht Brecht comienza a retumbar en las paredes de la estancia.

En la habitación principal del primer piso comienza a escucharse la siguiente conversación:

Papá: Siempre he pensado que la culpa la tiene el chico. Nunca ha sentido ninguna clase de empatía por los demás.

Pero jamás pensé que llegaría a algo así

Mamá: No lo creo, tiene que ser un error.

-El rostro del padre muestra devastación-

Mamá: ¿No hay pruebas, verdad?

Papá: Yo mismo lo vi salir a hurtadillas de casa aquella noche.

Mamá. ¡A lo mejor salió a dar una vuelta por ahí!

Papá: No solo lo hizo esa noche, también salió cuando murió el señor Kumagai

 

-Mientras el diálogo del matrimonio transcurre, se muestra a cuadro a un chico poniéndose zapatos deportivos y tomando una navaja-

 

Papá: No podemos dejar que esto siga así.

-La madre llora dolorosamente-

Mamá: Es solo que no entiende la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Es culpa nuestra que no le hemos educado bien. ¡No le castigues!

Papá: Esto ya va más allá de cualquier castigo. Tenemos que internarlo en un psiquiátrico.

Mamá: ¡Eso es una crueldad! ¡Solo tiene 14 años!

 El chico avanza en silencio entre la penumbra del pasillo de la planta alta de su casa.

La madre interrumpe el llanto al escucharse el chirrido de la puerta de su habitación que comienza a ser abierta lentamente. Ella se levanta sorprendida. Su marido –aún de espaldas a la puerta- continúa sollozando.

La música se detiene abruptamente. La cámara escapa por la ventana para mostrar a un par de cuervos volando sobre un cielo turbio, de tintes violáceos. Los cuervos detienen su vuelo sobre los cables de luz y observan la escena. Después retoman su ascenso a las nubes con premura. Como si les urgiera entregar un mensaje. Como si de ello dependiera su vida.

Comienzan los créditos iniciales

¿Los padres tenemos la capacidad de encontrar la semilla del mal en nuestros hijos, quienes fuimos testigo de su primer vistazo a la luz matinal? ¿Nuestro amor de padres será capaz de no tomar las medidas correctas, de no buscar la ayuda adecuada para ellos, aunque parezca a todas luces la medida menos apropiada? Desconozco si existan respuestas adecuadas o mucho menos si las preguntas que formulo el día de hoy se consideren adecuadas o necesarias en momentos de profundo dolor colectivo.

El mayor de mis desconsuelo es reconocer que la locura está ahí, allá, al centro y a la periferia. Cada vez más cerca. Pocos pueden entender cuánto esto me aterroriza. La medicina afirma que será capaz de reconstruir la personalidad primigenia de una persona trastornada de sus facultades mentales. Algún día me gustaría leer que la ciencia ha sido capaz de curar las llagas viscosas con las que la locura castiga a la cordura.

Quizás entonces, podré reconocer a este mundo como un lugar menos hostil, oscuro y desolador.

*Texto publicado en Animal Político el 4 de octubre de 2016.

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