Frente, Nací para perder, Nadie te preguntó

Sin documentos

pasaportes

Mi calvario comenzó en mis malogradas vacaciones de semana santa. Durante el viaje en el que deposité toda la fe en que mi vida se restauraría de 10 años de sufrimiento en las filas del godinato, tuve a mal extraviar mi pasaporte. Sólo aquellas almas empáticas y cuyo único documento de identificación oficial sea únicamente su pasaporte, serán capaces de comprender el tamaño del horror por el que he vivido las últimas semanas.

La primera caída la sufrí al momento de acudir a mi sucursal bancaria a recoger la reposición de mi tarjeta de crédito. Le rogué al sujeto impresentable de la ventanilla (el mismo que siempre atiende mis transacciones habituales). No hubo poder humano que lo convenciera a entregarme mi plástico, de nada sirvió que le mostrara mi contrato bancario original, estados de cuentas, claves secretas, una visa americana acompañada de un pasaporte vencido. A modo de #LadydePolanco vociferé y exigí hablar con el Gerente. Me fue peor, salí regañada y cabizbaja de la sucursal. Misión imposible, necesitaba tramitar una credencial de elector, recobrar mi pasaporte o tramitar algún otro documento oficial. A pesar de mi necia reticencia a obtener la credencial del IFE (o INE, o IRE, o como carajos ahora se llame) y después de 12 años sin usarla, decidí que era la opción adecuada, porque en este país no contar con ese maldito documento es el equivalente cuántico a pertenecer al gremio de las mulas de carga de Salamanca. La segunda caída la padecí en el módulo del INE. De nada valieron mis dos testigos, mi acta de nacimiento original, mi visa americana y el pasaporte vencido. Para empezar, mi nombre ni siquiera formaba parte de las listas nominales. Gracias a mi apatía ciudadana por votar y comportarme como un miembro activo de la sociedad que lucha y participa, dejé de aparecer en la base de datos que avalan la existencia de un compatriota. Después de 10 intentos por hackear la lista donde seguro aparecen los muertitos y afiliados de Morena, al fin me encontraron. El representante de casilla me miró como se mira a un perro que aprende a mover la cola, sólo para mandar justo a la chingada mis esperanzas: “Pues si, güera, ya te encontramos, nomás que como estamos en veda electoral, te podemos tramitar tu reposición después del 8 de junio”. Coño, dos horas de mi vida desperdiciadas en un muladar habitado por gordos babeantes. Salí fúrica. Decidí que no me quedaba otra que reponer mi pasaporte.

 

Lo primero que hice fue leer cada uno de los 250 mil caracteres que componen la página de información de la Secretaría de Relaciones Públicas sección: reposición de pasaportes. Creí haber encontrado una alternativa a mi desdicha al leer que si extraviaste tu pasaporte, es indispensable acudir al Ministerio Público a levantar un acta por robo o extravío y con ello poder agilizar tu trámite. Como sé que Dios no existe ni endereza jorobados, llamé a SRE para que me confirmaran que presentando el acta, comprobante de pago, acta de nacimiento original y el anterior pasaporte sería posible obtener uno nuevo. Una voz atonal contestó que sí. Y pues sí, me armé de valor y acudí con desgano a ese circulo infernal llamado Ministerio Público.

Pocos lugares pueden representar a modo de cuadro efectista del purgatorio como una delegación del Estado de México, quizás un establo rural en Nuevo Laredo, pero no podría estar segura. Atravesé la estancia principal a paso de marchista porque un poderoso olor a vómito y orines lastimó mi sentido del olfato en cuanto crucé la puerta de entrada. Con la cara verde pregunté por el MP a cargo del muladar. Al fondo de unas oficinas que no han visto un decorador desde 1976 se paró un sujeto con la misma cara y circunferencia de Yolanda Zaldívar pero con patillas. Le expliqué al Licenciado Zaldívar mi problema, le enseñé mis documentos e hice énfasis en que mi pasaporte vencido debería ser considerado como una identificación digna de respeto. De manera milagrosa y echando por tierra la leyenda que los representantes de justicia del Estado de México son animales carroñeros, el Licenciado aceptó tomarme la sencilla declaración y dar por bueno un pasaporte vencido bajo el coherente argumento de que se trataba de un documento oficial y legitimo.

La tercera caída carcomió mi esperanza recobrada el día de mi cita en la SRE. De nada sirvió madrugar, presentar en original y copia acta de nacimiento, visa americana, pasaporte vencido, comprobante de pago de derechos y un acta firmada y sellada por un Ministerio Público dando fe y legalidad que yo era yo y que en una acto de imbecilidad congénita había extraviado mis documentos. La vida jamás me dará el suficiente coeficiente intelectual para descifrar el misterio de por qué una dependencia es incapaz de validar un documento que la misma emite. Salí de las oficinas de la Delegación Cuauhtémoc escupiendo espuma color verde bandera.

Me encontraba en un circulo pendejo y vicioso del cuál era imposible hallarle una salida rápida. Para cualquier trámite de identificación oficial en este país (Llámese cédula profesional, licencia, credencial del IMSSS, etc.) es indispensable presentar otra, así que opté por un último y cuarto intento.

El día que asistí al M.P., mientras charlaba con el Lic. Zaldívar acerca de la mala suerte de la gente que padece imbecilidad congénita, me recomendó: “Oiga, ¿Por qué no tramita su credencial del Servicio Postal Mexicano? Es válida para cualquier trámite oficial, se la dan de inmediato y cuesta como sesenta pesos”. Hice caso omiso a su recomendación aquel día, pero al agotarse mis opciones, no me quedó otra que intentar en SEPOMEX.

Arribé a las oficinas del Servicio Postal Mexicano con el corazón en la mano y con mis esperanzas resquebrajadas por el sufrimiento. Llevé toda clase de documentos que pudieran demostrar mi personalidad: acta de nacimiento, boleta de predial, estado de cuenta del banco, pasaporte vencido, acta ministerial, fotografías tamaño pasaporte, tamaño infantil y tamaño credencial. Me prometí que nadie me chingaría esta vez, iba armada con bazooka. Se acercó a la ventanilla una mujer con las mismas gafas que usaba Linda Lovelace en su periodo cristiano y preguntó en qué podría ayudarme. Abrí mi sobre de documentos y le extendí en copia y original los requisitos necesarios para el trámite de la credencial. Revisó todo con la misma calma que emplea un ciego en cambiar de calcetines. Levantó al fin la vista sólo para escupir con desgano: “todo está bien, pero sus fotos no sirven, necesita traernos dos fotos TIPO CARTILLA, en blanco y negro. Todo se derrumbó dentro de mi. Eran las 2 de la tarde ( las oficinas las cierran a las tres)y me encontraba en la mitad de un getto del que no tenía idea siquiera cómo salir, menos para conseguir de último minuto un maldito estudio fotográfico con servicio urgente. Pregunté dentro y fuera de la oficina y nadie tenía idea. Decidí que en menos de una hora tenía que resolver el pinche trámite me costara lo que me costara. Me negué a regresar a casa con las manos vacías. Atravesé dos avenidas, una estación del metro y sólo Dios sabe cuántos malvivientes esquivé. Vi una base de bicitaxis y me dije “ a huevo estos cabrones saben”.

Me subí al bicitaxi más extraño que he visto en mi vida (el toldo de lona de su vehículo tenía colguijes a modo de esferas navideñas, decenas de llaveritos de la Santa Muerte), el conductor era sin dudas el representante del estereotipo cholo de Ciudad Neza me ofreció a llevarme a un estudio fotográfico. Joder, me internó en calles desconocidas, llenas de basura y restos de lo que parecía un tianguis. Encontramos un estudio fotográfico en las entrañas de la Colonia Impulsora, Nezahualcóyotl, Estado de México. Pedí al adorador de la santa muerte que esperara por mi o de otro modo jamás sabría cómo regresar. Pagué una pequeña fortuna para que mis fotos tamaño CARTILLA MILITAR me fueran entregadas en 10 minutos. Con las fotos en mano, regresamos en chinga a las puertas de la oficina postal a las 2.45.

Entré escurriendo sudor a las oficinas del SEPOMEX al instante mismo que Linda Lovelace versión Cabeza de Juárez, comenzaba a recoger las migajas de su escritorio.

-Aquí están mis fotos, señorita – dije con el color del optimismo en mi tono de voz.

Linda movió su trasero con desgano y tomó mis fotografías para observarlas con desconfianza. El chasqueo de su lengua quitó de súbito mi estúpida y fingida sonrisa.

-¿Todo bien? – Pregunté

Híjole, señorita, pero sus fotos no sirven.

-¿Qué? ¡Cómo que no sirven! Son fotografías tamaño cartilla, blanco y negro, cabello recogido, sin maquillaje, tal y como usted me las pidió!

Pues sí, pero mire, ¿Ya vio como le brillan los ojos? No aceptamos fotos con brillo, pídalas que se las hagan opacas y regrese mañana.

Me sentí rebasada: los grandísimos hijos de puta del gobierno ahora rechazaban a ciudadanos por características tan inofensivas como el brillo en sus pupilas. La potencia de la metáfora paralizó mis músculos faciales. No mames, no mames, no mames….

Ignoro qué clase de intenciones homicidas detectó en mis brillantes, brillantísimos ojos, porque se acercó un poco más al cristal y susurró:

Güera, aquí en la esquina hay una papelería, vaya por una goma y borre la superficie de las fotos, aquí la espero, cerramos en diez minutos. Nomás que nadie la vea…

Corrí a comprar una maldita goma a la pinche papelería de la esquina. Me vendieron en 8 pesos una de esas de migajón que todos mordisqueamos en la primaria.

Me senté en una banca dispuesta a seguirle el retorcido juego de la burocracia mexicana. Cada tallón de mijagón a mi propio rostro significó una afrenta a mi dignidad. Quizás parezca una exageración, pero intenten borrar la nitidez de su faz hasta verse convertidos en un sujeto difuso, opaco, ligeramente amorfo. Como ojos de pescado de oferta en el Soriana.

Cinco minutos antes de las tres de la tarde, Linda Lovelace aceptó realizarme el trámite de mi credencial del Servicio Postal Mexicano. La miré moverse de un lado a otro como un viejo robot de ex estrella porno, con diligencia mecánica. Ahí lo entendí todo.

¿Saben qué coincidencia comparten un empleado de ventanilla del SAT, IMSS, ISSSTE, SRE, IFE, INE, SEP y las boleteras del metro?

Que a todos y a cada uno de ellos, se les fue arrebatado el fulgor de su intelecto, por mínimo que este haya sido, aunque pareciera charol de imitación, al momento de permitirles formar parte del sistema. Nuestro bendito sistema, el que nos paraliza financiera, jurídica, social y educativamente si no nos presentamos ante ellos con la opacidad de la que se alimenta la burocracia.

Bien, pues me salí con la mía y abandoné la oficina postal con una identificación oficial en mis manos.

-¿La llevo al metro, güerita?

Era el chavo del bicitaxi. Me alegró que sin preguntarme estuviera ahí, esperando verme salir, ese fue un gesto de amabilidad que francamente no esperaba.

Me subí a su carroza y le pedí que si le quedaban energías para llevarme hasta la casa de mi madre. Le advertí que era un trayecto de 2 kilómetros.

-Uy, güera, yo a usted la llevo a dónde me diga. Mire nomás la cara que tiene. No se agüite, orita llegamos de volada.

– ¿Cómo te llamas?

Se quitó los lentes y volteó a mirarme mientras pedaleaba. No había reparado en sus ojos hasta entonces. Eran pequeños y brillantes como chapulines.

-Me llamo Javier, güera, pa´servirle cuando mande.

Mucho gusto, Javier, yo me llamo América. Gracias, tres veces gracias.

Sonreí aliviada de que los pinches tentáculos que se extienden sobre todos nosotros para opacarnos las córneas, no alcanzan a todos. Siempre existirán outsiders pedaleando a la contra.

*Texto publicado en La semana de Frente el 1o. de Julio de 2015

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