2015, Books, Etcétera, Love

Esta no es una reseña. “Algo tan trivial”

Algo-tan-trivial_Fausto-Alzati.jpg

V. sólo tenía 18 años cuando lo asesinaron a sangre fría. Bastó un solitario balazo en el corazón para conseguirlo; un: ¡PUM! directo, ensordecedor y letal. Quienes lo conocieron vaticinaban que acabaría mal, y la noticia de su muerte violenta no cumplió un par de mal intencionadas profecías. La llamada que avisó a sus deudos de la tragedia, los condujo a un lugar hostil y putrefacto del que hay quienes nunca volvieron siendo los mismos. La espeluznante frase: “Hija, mataron a V.” tlaqueó mis piernas con demoníaca destreza. Caí como lo hacen los árboles ante una avalancha de nieve. Sencillamente caí al piso frente a mi padre. Así como mis lágrimas.

No lo vi nacer, pero casi. Tenía la misma edad de mi hermano y ocuparon la misma cuna por meses. Si aquella bala no le hubiera atravesado el corazón, este año habría cumplido 33 años, la edad de cristo, la del príncipe Guillermo de Inglaterra y la de Britney Spears. No estoy segura que V. se habría rapado furibundo ante una turba de paparazzis, o si algún día encabezaría la grandeza monárquica en cualquiera de sus perversas facetas. Todo lo que sé es que muchos daríamos un dedo de la mano derecha por haber tenido la oportunidad de verle abrazar a un cachorro, a uno de su propia sangre, por ejemplo. Cuenta la leyenda que comenzó a consumir drogas blandas en la primaria, yo me enteré de sus problemas de adicción cuando medía 1.80 y se inyectaba heroína. Durante años, se convirtió en el secreto mejor guardado de la familia hasta que el secreto se desbordó por sí mismo. Después de comenzar a saquear la bolsa de su madre o el alhajero de su hermana; hizo lo propio en la casa de sus tías, primas, no dejó títere con cabeza.

Tenía meses sin sentirme tan cerca de V. hasta que una sacudida interna evitó que terminara el libro de ensayo Algo tan trivial de Fausto Alzati Fernández (Festina Editores).

Algo tan trivial es un ensayo que puede leerse como se te venga en gana, porque además de ser un libro, es un soundtrack de nueve capítulos cuyos títulos arrebatan al disco de Violator de Depeche Mode los nombre cada uno de los tracks que lo componen (aunque pensándolo con cautela, además de soundtrack, es un cover chingón y los covers no son otra cosa que la resignificación poderosa del pasado) y cuyo leit motiv es la adicción vivida en huesos y angustia por el propio autor y quién detalla de esta manera la influencia sonora que fue impregnado su libro por esta obra mestra: “Violator es un disco impecable: 9 canciones y ninguna sobra, ni por un segundo. Es la cumbre de la carrera de Depeche Mode. Después de Violator hicieron otro par de discos respetables, y después su producción mejora, quizás, pero el contenido se vuelve soso. Ha desaparecido ya aquella crudeza neorromántica de su lírica. Ya no hay sudor, lágrimas ni plegarias. Ya no hay transgresión ni descubrimiento. Pero pasan los años, y al pasar lo puedo volver a escuchar, y volver a escuchar, de principio a fin sin desperdiciar un solo segundo de mi vida”.

Algo tan trivial no es un libro de autoayuda, una advertencia moralina o mucho menos un testimonial solemne. No se trata de las confesiones de un exconsumidor con los bolsillos colmados de sermones de autoayuda (porque jamás, aquí o allá un consumidor será lo mismo que un adicto, no señor, aquí hablamos de palabras mayores: los consumidores son abetos que transpiran, los adictos son la oquedad intangible del laberinto). Algo tan trivial es una criatura viva que duerme con intermitencia al fondo de la barbarie de la memoria de un sobreviviente de una dictadura llamada demencia y fui incapaz de atravesar la frontera de su página 83. Recordé aquel hachazo a mis pantorrillas. De pronto palpé el sufrimiento que no del autor, y sí de uno de los seres que más he querido en esta vida. No leí más. Tuve que enderezarme y comenzar a escribir esto que tu lees aquí.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que reseñé un libro. Razones o buenos libros no han faltado en mi escritorio, pero nunca tengo tiempo de ponerme a mano con todos esos buenos autores que me han colocado en mis manos generosas viandas literarias tan torcidas como radiantes. He prometido en el pasado a mi editor que construiría una columna de recomendaciones literarias, pero ¿A quién quiero engañar? No sé reseñar libros, por lo que me amparo anticipadamente ante la furia de su Dios que todo lo asola, extermina y penetra para que acepten a cambio fragmentos como estos que comparto con usted, querido lector:

“El fuego no es lo mismo que aquello que quema, pero tampoco es ajeno a su material de combustión. Justo así son los demonios: no son iguales a quien los padece, pero sus voces e impulsos tampoco son ajenos al que los sufre. Ese incendio se llevó mis ganas de fumar mota. No porque ésta fuese mala, sino porque mi relación con esa sustancia que no generaba adicción fisiológica estaba dictada por la desesperación. No era ella, era yo. No conocía la calma necesaria para esperar la siguiente dosis; sentía pánico al ver que mi guardadito se iba acabando. No angustia, pánico. Pero el incendio fue aún más generoso: a su paso quemó toda una colección de fantasías metafísicas que llevaba años coleccionando. Eran un síntoma. Me dejó solo ante el mundo, a secas; solo con mi condición de adicto y la mente quebrada. Así son los demonios, inadvertidamente generosos, a pesar de sus métodos malditos. De otro modo no son demonios, sino meras bestias, torpes y crueles“.

1a. A lo largo de este ensayo he intentado articular algunas de mis experiencias, con la ambición de que al enunciarlas se rompa otro pedazo de su hechizo. Deseando que, al pronunciarlas, aquellas partes antes obviadas de mis vivencias dejen, a su vez, de señalarme a mí como uno más de sus síntomas. Este libro no es un exorcismo; es una declaración de amistad para mis demonios. Porque si los lastimo, me lastimo yo. Es así de sencillo. Esto lo he escrito evitando cualquier nota al pie. He procurado expresar lo que ronda en mi mente y no los índices de los libros que he leído, acaso. No he pretendido comprender la adicción, sólo he procurado recordar y transmitir una experiencia. Lo he escrito de modo algo fragmentado, porque 8 las vivencias son así. Mientras vivo una cosa, pienso en otra y recuerdo otra. Las vivencias, así como el tiempo, no son tan lineales como a ratos nos gusta creer. Estas páginas están llenas de errores, y no tardará algún lisiado emocional en corregirlos, cualesquiera que sean sus motivaciones. Pero para su satisfacción está Google o Wikipedia a mano; este libro, en cambio, versa sobre una experiencia, y como tal está repleto de las mentiras que la memoria cuenta, según el estado de ánimo en que lo escribí. Pero a pesar de las jugarretas de la memoria, las distorsiones de la vanidad, mis cobardes omisiones y la engañosa prudencia, he buscado ser franco. Aunque con frecuencia he fallado, el ejercicio mismo de intentarlo ha valido las madrugadas en cafés 24 horas de esta voraz ciudad”.

“Aún me impresiona lo civilizados que son algunos de mis amigos consumidores. Jamás tuve esa opción; carezco de esa fibra que les indica cuándo contenerse, o cómo divertirse atascándose, o cómo ir a trabajar al día siguiente, o interesarse en cualquier otra cosa. Para un consumidor, hasta para el más enganchado, drogarse esun divertimento; para un adicto es un solemne deber“.

“1e. Nunca me gustó la coca. Sin embargo la ingerí hasta la nausea y el hartazgo, una inyección tras otra. Sin poder salir del baño. O ya fuera de éste, y sin poder siquiera afinar la guitarra, pero intentándolo de todos modos. Y luego otra dosis, y luego otra. Todo para terminar aterrorizado, encerrado, escuchando a través de la puerta. Y no escuchaba lo que había del otro lado de la misma, sino lo que temía que hubiera en algún rincón de mi cabeza. En estado de pánico. O para intentar rebanarme las venas entre delirios, alucinando que así expulsaría la sangre contaminada de mi cuerpo. Tirar lo que quedaba de papel al escusado, aterrorizado, indignado. Todo para despertar a media tarde, deshecho, y bajarlos brazos por el borde de la cama –porque amanecía con los brazos adormecidos de tanto arpón–. Todo para empezar a convencerme poco a poco de ir por más. Corrijo, la coca me gustaba. Lo blanco del polvo, el modo en que adormece las encías y, sobre todo, el olor cuando la cuchara se calienta y se evapora un poquito de perico con el agua. No poder parar. Inyectarme cada cinco minutos. La cuchara, la vela prendida, la soledad, el ritual, la jeringa. La aguja traspasando la piel, la sangre entrando, el efecto inmediato, la taquicardia, el zumbido en los oídos.

Me encanta la coca; sólo que no me gustan sus efectos en mí“.

“Me encantan sus efectos; sólo que no me gustan las consecuencias. La repetición obligada sin espacio para la incertidumbre, sin lugar para la sorpresa, sin espacio para sentir, sin sitio alguno para la vida y todo su grotesco caos. Igual que cualquier miembro de una secta.

No, no me gustaba la coca; sólo que la morfina ya no bastaba. Había que mezclarla con algo. La morfina ya quitaba solamente el asco, las ganas de vomitar y la insoportable densidad del ser –aquella tortuosa invasión de la vida y todas sus pequeñas irritaciones que van sumando hasta hacer que todo sea dolor–. Pero ya no sentía la morfina, sólo su contraste después de una y otra dosis de coca. Arriba, arriba, abajo, abajo.

Cada día igual al anterior, sólo un poco peor.

“Me da gusto que haya personas que disfruten la coca, y hasta lo hagan incluso socialmente. Que se compartan una raya. Lo mío era no poder salir del baño o encerrarme en una esquina del clóset con la TV en estática y sin volumen. Abandoné incluso la música que me mantuvo vivo, por utilizar el cerebro y los sentidos con cualquier otra droga, por no poder despegarme de la aguja. Una dosis y la que sigue y la que sigue y la que sigue. Un monolito. Una postración.

“La adicción está diseñada para eso, para que te arrodilles, para que te abandones. ¿Quién, alguna vez, ha pedido dinero afuera del supermercado, inventando que tu auto se quedó sin anticongelante, todo para comprar una jeringa, porque la que traías ya no tenía filo?”

Bueno, I´ve been there. Aunque a diferencia de Fausto o V., nunca caminé en los zapatos del adicto, a cambio fui la jeringa. Y lo fui más de una vez.

En ocasiones la memoria viene a tomar el té de las cuatro con el recuerdo de V. dentro de una caja de galletas. Si pudiera pedir, elegiría que no me visitara la imagen de la ultima vez que lo abracé, justo una semana antes de morir. Prefiero recordar a mi primo a los cuatro años, corriendo como poseído en casa de mis padres. También pediría volver el tiempo a ese día para tomarlo del brazo y prevenirlo de lo que vendría después.

Quisiera abrazar ese cuerpecillo frágil y rogarle que tuviera cuidado, que no corriera, que nada malo le pasaría si tan sólo frenara un poco la velocidad de su torbellino, que no me gustaría verle llorar, sangrar, escapar, no volver. Le diría: Reach out and touch faith. Una, dos, quizás diez veces.

*Texto publicado en la Revista Etcétera el 30 de diciembre de 2015

Advertisements
Standard
2011, animal político, Love

The Passenger

maxresdefault.jpg

“I am the passenger/And I ride and I ride/I ride through the city’s backsides
I see the stars come out of the sky/Yeah the bright and hollow sky
You know it looks so good tonight . . .”

Iggy Pop – The Passenger-

Si alguien me solicitara autodefinirme en un escueto vocablo, podría afirmar con soltura que me considero un pasajero. Así, a secas.  Soy una mujer que ama con toda su alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. Y no exagero. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión, se traduce como mi fobia más grande y provoca reacciones en mi organismo bastante lamentables. Al momento de abordaje, comienzo a experimentar ese inconfundible cosquilleo que inicia de la punta de mis dedos con destino a la nuca. Este ingobernable temblor es producto del pánico más absoluto y no termina hasta que termina. Me invaden las alergias, los tics, la comezón, el malestar estomacal, las taquicardias y las ganas de llorar. Lo curioso, no es el padecimiento de esta fobia, ya que es compartida por muchísima gente -y que en tantas ocasiones rehúsan confesar- sino que muy a pesar de todo lo anterior, debo admitir que los aviones y los aeropuertos son unos de mis lugares favoritos en todo el mundo. Me resultan santuarios fascinantes. Los aeropuertos, las pistas de aterrizaje, los aviones y sus diminutas ventanas, son materia prima inagotable en la fábrica de historias y que dotan de cualidades narrativas únicas a cientos de miles de novelas, cuentos, poesías e incluso, a obras maestras de la cinematografía (Que nadie olvide Casablanca o Bitter Moon, por citar un par de ejemplos). En mi caso particular, los aeropuertos han sido protagonistas -de primera línea- más que simples escenarios en esta bizarra película que es mi vida. La metáfora de un arribo o de una partida, adquiere registros poéticos, trágicos, hilarantes o lastimosamente cómicos. Como una muy digna  representante del vergonzoso campo de la cursilería, reconozco mi debilidad por las historias que se tejen en su interior. El “adiós”, el “bienvenido”. El abrir de las puertas y mirar el rostro de quien te espera. O buscar a tu alrededor y darte cuenta que nadie llegó. Que nadie te acompañará. La postal de que existe alguien abajo esperando que desciendas del cielo. El hasta nunca. La ambigüedad del “hasta pronto”.

Permítanme que les regale estas breves postales.

Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Mis padres, mis hijos, mi mascota y la Fabulosa Hija de Perra, me acompañaron a la Terminal 2 para cerciorarse que esta muñeca llegara de pie hasta el acceso L1 de vuelos internacionales. Llevaba tres semanas con una alergia que al principio confundí con acné. Me gasté el equivalente a una beca en artes plásticas en la Sorbona, en un maldito tratamiento facial que resultó ser tan eficaz como las gestas heroicas de Juan Charrasqueado. Mi rostro de cacahuate garapiñado se evaporó en cuanto pude bajar del avión después de 12 horas tortuosas. Nunca nadie había sido testigo de la transformación facial más impactante desde los tiempos inmemorables del Guapo Ben. Lo juro ante notario público.

Aeropuerto Internacional de Orly. Lo busqué por todos los pasillos, no pude encontrarlo, no contestaba su teléfono. Después de una hora entendí que no llegaría.  Decidí no documentar mi maleta para ingresar a la sala de espera cuanto antes porque mis lágrimas saldrían en cualquier momento. Hice fila atrás de una impresionante mujer Senegalesa, aunque casi era una anciana. Ella intentaba convencer al oficial de aduana que dejara pasar un sospechoso frasco que contenía un viscoso menjurje que guardaba el mismo aspecto que la mermelada de tamarindo (si es que algo así existe). Miré con enfado a la necia mujer que no paraba de suplicar en jergonanza inentendible (el oficial de aduanas y yo jamás supimos si era la sopa de su madre, o el remedio para curar el cáncer) que le permitieran llevar consigo el frasco que abrazaba con fuerza contra su pecho, mientras tanto la fila crecía al infinito. Fue inútil. Sus ojos se nublaron cuando le fue arrebatado lo que tal vez era un tesoro y acabó al fondo del contenedor de basura. Yo era la siguiente. “Señorita, no puede ingresar al avión con esto” me dijo el apuesto francés señalando un estuche que encontró al interior de mi maleta. Me miró ligeramente asustado cuando no pude evitar reír a franca carcajada. Era el estuche de limpieza facial que costó el equivalente a una beca en la Sorbona y que encontró un digno final, al fondo del mismo contenedor de basura que la mermelada de tamarindo. Reí hasta ocupar mi lugar en el avión que me llevaba rumbo a Barcelona. Al ponerme los audífonos del ipod y descubrir que el impredecible y tirano suffle había elegido “Rise” -pieza de piano compuesta por el pasajero que dejó el asiento vacío junto al mío-, recordé de la mujer senegalesa y la insondable tristeza de su rostro. En ese momento, dejé de reír. Desvié mi mirada a la ventanilla para observar la hélice izquierda del avión. Los ojos que se nublaron en ese instante, fueron entonces los míos.

Aeropuerto Internacional Queztalcóatl (“aka” Aeropuerto de Nuevo Laredo). Misteriosas providencias me arrojaron a ese tugurio, una helada noche de diciembre. Eran casi las diez de la noche y no se veía un alma bendita en ese establo que se encuentra perdido en medio de la nada (porque no creo que los tres sujetos gigantes, con sombrero, botas vaqueras, armados y de gafas oscuras que rondaban el aeropuerto a esa hora, poseyeran algún tipo de alma. Además, podría asegurar que estos mozuelos no estaban esperando a su abuelita enferma o un cargamento con víveres a casa hogar). Después de una hora de espera y estando a punto de abrazar al catolicismo sin reservas y dedicar mi vida a la oración,  sonó el claxon. Era Gabriela, que al fin había llegado a recogerme.  No recuerdo haber sido tan ligera. Nunca corrí tan ágil con dos maletas.

Regresé a ese mismo aeropuerto tres días después de realizar algunas compras en Laredo, Texas. Esta ocasión no hubo rancheros malencarados viéndome con lujuria. En esta ocasión fui objeto de sospecha por parte de los policías de aduana. Al deslizar la más grande de mis maletas por los rayos X –que contenía todos los regalos de navidad para mi descendencia- se me detuvo con sequedad. El policía que miraba la pantalla, abrió sus ojos con incredulidad mientras hablaba por walkie-talkie a otro de sus secuaces – mismo que llegó corriendo a observar fijamente la pantalla-. Después de un rato entendí su cara de pendejos. Miraban a Óscar. Óscar es un perro de latón. O más bien, la SILUETA tamaño natural de un perro scotch terrier que acababa de comprar. Los chaparritos y simpaticones policías de aduana estuvieron a punto de hablar a control animal.

Aeropuerto de Barcelona. Mi primer viaje trasatlántico estuvo salpimentado con un errático encuentro en este hermoso aeropuerto catalán. Mi amigo Julio vivía en esa ciudad e hicimos una suerte de planes para lograr encontrarnos esa noche. Yo provenía de Orly y traía el corazón hecho migajas de pan rancio. Él no lo sabía, obviamente. Y el imbécil tampoco sabía que las llegadas internacionales ahora estaban ubicadas en la terminal T1 estrenada pocos meses atrás. El muy inocente fue a esperarme  lleno de alegría a una puerta por la que jamás saldría. Cuando crucé la salida de arribos internacionales vi  montonales de rostros provistos de las expresiones más variopintas. El problema es que ninguno de esos rostros me prestaba atención y en ninguno de ellos encontré el de mi amigo de la infancia. Lo esperé más allá de mi propia resistencia. Yo sólo quería escapar de ahí. Tomé un taxi rumbo al barrio gótico. En el instante en que abordé el auto, Julio entró corriendo a la terminal. Se dio cuenta de su torpeza demasiado tarde. No pudo alcanzar al taxi, no pudo alcanzarme a mí.

Aeropuerto de Copenhague- Kastrup. Nueve grados bajo cero me recibieron en el impresionante aeropuerto de la capital danesa. Y también Julio, mi tristemente célebre amigo de Barcelona. En esta ocasión estuvo esperándome una hora antes de que mi vuelo llegara. Tres sentencias de muerte hubieran caído sobre su cabeza de no haber estado puntual, para recibirme con el abrazo de hermanos que me debía desde un año antes.  Lo reconocí antes de que me viera entre el gentío. Fuimos muy felices entre la nieve, mi hijo, las Elephant Carlsberg´s, David Lynch y nuestros recuerdos de media noche. Berlín ahora espera por nosotros en 2012.

Aeropuerto Internacional de Monterrey Mariano Escobedo. Lo miré una y otra vez. Lo abracé por la espalda mientras lo despertaba con un tibio beso en su nuca.  “Debo irme” dije quedamente en su oído izquierdo. Le entregué mis brazos, mis manos como mi memoria no alcanzaba a recordar cuándo había hecho algo similar.  Él lo notó, incluso lo dijo mientras me besaba con dulzura a ojos abiertos, mientras acariciaba mi rostro con sus largos dedos. Ahora él era el que me miraba sin parpadeos. Me perdí en la laguna de sus hermosos ojos azules. Ustedes nunca han visto un azul tan bóveda celeste como yo ese amanecer. Ojos de nube de Atlántico. Ojos de mar muerto. Los ojos de su tierra. Mi taxi llegaría en cualquier momento. Me suplicó que no me fuera, que desayunáramos juntos. No podía. Corría el riesgo de perder mi avión. Me odié por no regresar a envolverme entre su pecho y sus sábanas. Sonó el timbre. Me despedí por última vez con un beso fugaz. Bajé las escaleras de su departamento y abordé un taxi. Cuando llegué al aeropuerto y cerré la puerta del vehículo, sonó mi celular. Era un mensaje: “dejaste tu pasaporte en mi casa”. No pude más que sonreír y agradecer por primera vez en mi vida, uno más de mis estúpidos olvidos. Entendí que existen aviones que bien valen la pena perderse.

Aeropuerto de París Charles de Gaulle (Aeropuerto Roissy). Este es mi lugar favorito como ningún otro. Es difícil explicar la razón, porque tengo un puñado de razones. No acabaría. Tengo historias entrañables del restaurante Paul  y sus chocolatines, de los supervisores de RER, del Roissybus, de la única tienda de regalos para niños “Quand le Chat n’est pas là”- donde compré mis esferas del principito-, de la misma manera que de los baños públicos. CDG es amado testigo de encuentros inolvidables, de soliloquios inolvidables, de garrapateos en un puñado de hojas blancas sin publicar. Si pudiera escoger un rincón favorito, elegiría el mirador de la terminal 2E del segundo aeropuerto más grande del mundo. En ningún otro lugar he visto una panorámica tan estética de un despegue hacia la nada.

Aeropuerto Internacional de Toluca. En el preciso momento que ustedes estén leyendo estas líneas, me habré convertido en el pasajero 14A de un avión con nombre y número de vuelo imprecisos. Todo lo que sé de cierto, es que mi aeronave me arropará hacia un punto ciego del sinuoso camino. Mi camino. El destino es Guadalajara, Jalisco y las razones de mi viaje no vienen a cuento, pero  pueden estar seguros que seré recibida con amor del bueno.

Amo viajar. Amo las tonalidades violentas que adquieren las nubes ante los caprichos del tiempo o la humedad. Tonalidades que coquetean con el oro, el púrpura. Tonalidades de lágrimas, de luz nevada, de incendios, de incontenibles y etéreas hemorragias. Los artistas de esta magia no son otros que las caricias y el desdén que el sol y la luna prodigan a estos hermosos caprichos de la naturaleza.

Pero de algo estoy segura. Si he de morir pronto, deseo  hacerlo siendo pasajera de un vuelo más. ¿Acaso no sería el tributo perfecto explotar en mil pedazos en el aire para no ser encontrada en ninguna parte, sin dejar rastro alguno, nunca, jamás?

Que así sea.

 

 

 

 

 

 

*Texto publicado el 15 de septiembre de 2011

Standard
2017, Epistolario, Etcétera, Love

Quiero otra vida para enamorarte

fc-007.png

Te encontré cuando buscabas el brillante frenesí de mi cuerpo aquella noche absurda en la que destrozaste el irracional afecto que me provocaba mirar tus negrísimos y tristes ojos.  El mérito de sembrar desconsuelo y angustia en mi memoria al mismo tiempo que chapaleabas en la profundidad de tu oscuridad favorita es todo tuyo. Todito.

Esa noche hubiera preferido cenar a tu lado, estar a solas, lejos del estruendo y no correr como locos buscando el estúpido objeto que solamente tú y yo conocemos el nombre y por el que pagué una fortuna.

No, hicimos mal. Sí, lo hicimos.

Dicen los que saben que el primer encuentro rara vez encuentras sincronía. Cadencia. Perfección. Pero ambos sabemos que el preámbulo es para los que no tienen química. los que se saben cómo nosotros solamente deseamos conectar.

Me pediste que cerrara los ojos y que tratara de visualizar una puerta verde, semi abierta, filtrada por una luz suave. Estoy del otro lado- dijiste. Camina lento, atraviesa la puerta. Abrí los ojos cuando fuiste tú el que me atravesaste. Atravesamos juntos siete puertas hasta la mañana siguiente.

Después de irte y dejarme los bolsillos del deseo vacíos te fuiste. No supe de ti más hasta que me llamaste para contarme que estabas en tu casa con otra mujer, pero que extrañabas perderte conmigo.

-Aliméntala, anda, y déjala vacía, sin nada, como a mí.

Y te colgué.

Fuerte.

*****

Me buscaste cuando volvieron a hacerte mierda. Me enseñaste las heridas de tu obsesión malsana de enamorarte de la mujer incorrecta. Aquella noche incluiste por primera vez a nuestras charlas el vocablo amor.

-Llamándome mentiroso no evitará que deje de buscarte y decirte cosas-. Intenté decirte un mal chiste para evitar tu dulzura y me mandaste a la verga.

-No me vas a distraer-, dijiste. Quiero que me escuches, quiero que sepas y veas que tan pendejo soy. Y aún así decidas quedarte

Te preparé un café y sonreí. Sacaste un porro de mota y comenzaste a contarme tu última pesadilla:

-Siempre confío en que ella se va a quedar. Viene y me usa, me emociona. Pero siempre se va. Como seguramente tú acabarás haciéndolo.

Realmente,  te oí escucharte. No me interesaba conocer la sordidez de tus enfermizas relaciones. No mientras te encontrabas sentado en mi estancia sin camisa. Sudando rencor, ira.

Tu monólogo terminó a la segunda taza de café. Te dije que podías usar mi ducha.

Cerraste tus pinzas en mi cintura cuando te extendí la toalla. Me arrastraste contigo a la regadera. Comimos uno del otro tres días.

Afuera y adentro de la ducha.

***

Tocaste mi puerta seis meses después de nuestro último encuentro. Me escribiste la noche anterior para decirme si podías pasar a verme por la mañana, desayunar juntos. Querías mostrarme tu nuevo tatuaje en el brazo derecho. Lo primero que hice al abrir la puerta fue exigirte que me lo mostraras. No podía creer que se hubiera entintado la frase que grité en la alcoba en mi último orgasmo. Nuestro orgasmo: Hasta el final, contigo.

Te dije diez veces que eras un imbécil. Un villano.  Meses sin saber una palabra tuya y de repente te aparecías de la nada con ese símbolo inequívoco de complicidad. Ese guiño todo mío.

Le conté que había conocido a un chico en la oficina y que llevábamos saliendo cuatro meses. Aventaste al piso los discos que llevabas para obsequiarme. No habías olvidado mi cumpleaños, después de todo.

“Yo solo puedo ofrecerte lo que ves” -dijiste- Pero prometo rifarme contigo. Quédate conmigo, tengamos un hijo.

Intenté alejarte, decirte que por favor te fueras. Aunque el auto engaño nunca ha estado de mi lado. Sin ti soy un lego sin las piezas que le faltan. No puedo cerrar las piernas por las noches y tus ojos son los que descansan cuando los míos se pierden en la inconsciencia de un mundo mejor. Me baño y son tus manos quienes tallan mi espalda cada día. Tu sombra se quedó para siempre aquí y habita en mi ducha. Eso fue lo último que te dije antes de perderme. Contigo dentro.

***

No sé cuándo recibas este mensaje, pero quiero que sepas que leí tarde -muy tarde- tu correo electrónico. Sabías que iba a casarme y aún así, preferiste escribirme y no llamarme. Estoy haciendo mis maletas, en 4 horas sale mi vuelo. Los boletos del viaje de luna de miel tienen como destino una playa en el Caribe. ¿No te parece una broma de mal gusto imaginarme a mi, tirada en la arena? con lo que detesto el sol, el calor y las palmeras.

“Quisiera otra vida para enamorarte” es un gran título para una canción o un poemario. Incluso para usarlo como subjet de una carta electrónica. Debo confesarte que mi piel envejeció un lustro saber que pronuncias mi nombre entre nubarrones que vuelan por las azoteas y que a las tres de la mañana te despierta el aroma de mi sexo. Y aunque digas que eres de esos delanteros que llegan tarde a todos los balones, quiero que sepas que, en contraparte, siempre llego tarde al banquete, incluso al de mi propia boda.

Yo también muero de miedo, vida mía. Estoy pidiendo un taxi destino a tu casa. Llevo tus discos, mis maletas y al gato. ¿Te conté que tengo uno? sí, es divino, es un gato de angora.

Dime que estarás en la puerta. esperando. Esperándonos.

 

 

Standard
2011, animal político, Cine, Love, Nadie te preguntó

Del “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” al “si te vi, ni me acuerdo”

 

eternal_sunshine_of_the_spotless_mind_by_edu0211-d5ekcmx.jpg

How happy is the blameless vestal’s lot!, the world forgetting, by the world forgot.

Eternal sunshine of the spotless mind!, each pray’r accepted, and each wish resign’d”.

-Alexander Pope

Sosteniendo una charla vía tuiter con Marcos Pico ( @marcosipico ),  divagamos brevemente acerca de los fantasmas que incomodan cuando nos encontramos en completa soledad, de la nostalgia que te muerde dolorosamente, de los insoportables recuerdos que desearías que fuesen extraídos de tu memoria y las ventajas de tener el poder de aplastar sueños que laceran profundamente vía lobotomía parcial. Súbitamente salió a colación la película  Eternal sunshine of the spotless mind, filme dirigido por Michel Gondry en el 2004, quién echó mano del onírico guión de Charlie Kauffman para conseguir un filme intenso, surrealista, cargado de una enorme capacidad reflexiva; y que terminó por inspirarme para escribir el post de hoy. Para aquel despistado que haya vivido abajo de una alcantarilla y desconozca este filme, sería complejo explicar la trama sin develar el final que a resumidas cuentas, es el principio.

Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) son una solitaria pareja que se encuentra por casualidad en la estación de tren que los llevará a la cercana y gélida playa de Montouk. Aunque Joel y Clementine parecen –y se saben– dos perfectos desconocidos, paradójicamente no es así. Muy poco tiempo atrás, ambos acudieron a LaCuna Inc. a someterse a un complejo procedimiento experimental, donde el doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson) se encargó de borrar selectivamente de su memoria, la intensa relación amorosa que vivieron, así como la existencia del uno en la vida del otro.

Esta tesis obviamente no es nueva. No sólo los cineastas o guionistas han planteado la posibilidad de que la tecnología pueda ofrecernos la facultad de borrar de nuestra memoria de forma aislada, los episodios más dolorosos de nuestra vida; incluso, la ciencia misma ha experimentado el complejo laberinto de la mente humana durante décadas intentando paliar traumas psicológicos severos.

“Científicos de varios países desarrollan métodos para eliminar los malos recuerdos del cerebro. Ellos dejarían de atormentar a la gente, pero aún no se sabe a qué precio.” *

La principal preocupación de los científicos estriba en que el cerebro reciba daños colaterales al someterse a estos procedimientos –esto sin considerar las posturas en contra por motivos éticos y morales-. El filósofo Mathew Liao, de la Universidad de Oxford y el neurocientífico Anders Sandberg exponen lo anterior en un ensayo reciente:

“Los recuerdos nos dan la idea de lo que somos. Si somos cobardes o valientes, altruistas o egoístas, generosos o tacaños. También nos identifica con alguna ideología.” *

Más allá de cualquier soporífero argumento, yo realmente me pregunto: ¿Qué carajos me gustaría olvidar? ¿y con qué propósito?

Si bien es cierto que la memoria es una afilada navaja y puede lastimarte sin piedad, la memoria de nuestro pasado es el cuento, la novela y el ensayo de nuestros pasos en esta tierra. Sin ella no seríamos más que un fardo ambulante que desconoce la fuerza motriz que lo impulsa a volver la mirada a esa lejana ciudad, ignoraríamos la inercia que nos empuja a mirar obsesivamente esa película de Wenders, cada martes de luna llena, o por qué hemos decidido dejar de mentir. Quizás no tendríamos la oportunidad de identificar que cada fisura en nuestro interior sirvió para construir una muralla poderosa e indestructible. Joel, acudió a LaCuna Inc. a que borraran cada recuerdo que tuviera en su memoria de Clementine, porque ella decidió hacerlo primero, no porque él lo deseara realmente. Mi parte favorita del filme es -a mi gusto- uno de los momentos más logrados de la cinta. Durante el proceso de borrado de memoria de Joel (que consiste en ir borrando uno a uno de los recuerdos que tiene de Clémentine y que comienzan desde el más reciente, al más antiguo) llegamos a uno de los más entrañables que tiene de ella, de la feliz época en la que se amaban locamente y se encontraban bajo la sábana roja, desnudos y felices. En este instante, el subconsciente-consciente de Joel decide negarse a olvidarla a pesar de todo, pero el procedimiento es implacable. A punto de ser borrada la última postal de su memoria, ella le susurra al oído: “búscame en Montouk” . . . justamente el lugar donde de manera impulsiva, ambos deciden acudir al inicio de la cinta sin una maldita razón aparente. El resultado al fin cobra sentido: se vuelven a enamorar.

Porque puedes borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.

A título personal. me niego a olvidar mis recuerdos y aunque a últimas fechas muchos de ellos sean autenticas navajas, decidí desistir en mi febril búsqueda de LaCuna Inc. en complicidad de Marcos Pico (lo siento, estimado…me bajo del barco).En vez de ello, decidí comprarme un bellísimo baúl antiguo donde coloqué cada recuerdo y cada imagen cuyo único propósito ha tenido lacerar mi vida. Mi nueva adquisición zarpará en el próximo buque cuyo destino es la isla desierta que elegí para pasar los últimos días que me resten por vivir. Para entonces, todo lo que contenga su interior, ya será incapaz de hacerme daño.

Sin embargo, aún tengo una inquietud.

Si ustedes se enteran que existe una máquina que rescate recuerdos ya olvidados, avísenme por favor. Quiero con toda mi alma recordar la noche del 19 de septiembre de 2009.Esa noche me encontraba en Barcelona, España, en “Las Ramblas” festejando las fiestas de la merced con mi mejor amigo y sus camaradas de todas partes del mundo. África (una hermosa chica española) y yo, nos convertimos en el alma de la fiesta (así como la reencarnación de la pena ajena). La continental metáfora de nuestros respectivos nombres hizo estragos. No recuerdo el partido del Barça, nuestro enloquecido baile, nuestro barullo. Aseguran que nos desnudamos sin pudor alguno, para después hurtar su silla de ruedas a una anciana. Nadie entiende como abrimos un grifo de agua que usan los bomberos, para -manguera en mano-, correr al grupo de flamenco que tocaba al aire libre junto a nosotras. También afirman que golpeamos a dos turcos, que destrozamos las sillas de un restaurante, que cantamos -en lenguas- con dos pakistaníes  y sólo porque aseguran que existe un dios, no acabamos en la cárcel.

Mi euforia sólo era equiparable a mi absoluto estado de ebriedad. La obsesión por recordar esa noche, no es gratis. . . horas antes, me habían roto el corazón en un lejano aeropuerto y mi maldita memoria selectiva sólo recuerda el episodio que ya se encuentra guardado en mi flamante baúl antiguo.

Quiero recordar mi euforia y esas lágrimas que todos mis amigos aseguran, eran de la más pura y auténtica felicidad.

¿Quién no querría recordar tanta dicha?

“Todos tenemos recuerdos que nos avergüenzan o que desearíamos que no hubieran pasado. Pero los sentimientos incómodos que evocan evitan que cometamos errores en el futuro. Aprendemos por la experiencia y esos recuerdos son los que nos hacen ganar sabiduría” *

*Dr. Matthew Lattal

 

Texto publicado en Animal Político el 14 de abril de 2011

Standard
2011, animal político, Epistolario, Love

1994, hace 17 años

733822_215776418599849_1547087687_n.jpg

Marzo,1994.

Ella era prácticamente una niña. Tenía DIECISIETE años cuando supo que estaba embarazada. Pudo correr, escapar, escaparse, acobardarse o desterrarse. No lo hizo. Su infinita ignorancia no le permitió comprender en toda su magnitud el tamaño del barco que acabada de abordar. Ella era estúpidamente feliz, tenía nueve meses de embarazo (eran los tiempos en los que se contaban meses, no semanas) y estaba absolutamente enamorada de aquel chico encantador de cabello rizado quien se convertiría en el futuro padre del otro chico que crecía de forma descomunal dentro de sí.

El chico de cabello rizado, padre del  chico recién-nacido-también-de-cabello-rizado, se escapó, se desterró, corrió y decidió acobardarse. Ella no le dio importancia, siempre supo que su corazón era más que suficiente para amar a esa maravilla de la genética. Lo supo al instante que  la luz matinal lo cubrió en su nacimiento en esa lejana habitación de hospital.

Marzo es un mes estéticamente peculiar. Ella notó que en este soleado mes y como en ningún otro, el árbol de la Jacaranda decide florecer exuberante para decorar el paisaje de un exótico color violeta, por lo que de manera egoísta, se convenció de que la Jacaranda era el obsequio, el símbolo distintivo que la incipiente primavera le tenía a su hijo, así que decidió asociar compulsivamente al nacimiento de su chico, a la arrogante cascada de flores que brota de la Jacaranda, y no recordar que 19 días después, una población fronteriza se salpicó de sangre con el asesinato de un candidato presidencial.

Crecieron juntos, aprendieron juntos. Recorrieron las calles largas, interminables, visitaron cines, museos, teatros, salas de conciertos como dos hermanos en sincronía perfecta que se encuentran a destiempo. Escapó con él cuando cumplió 6 años para nunca volver a casa. Él le enseño a entender el verdadero significado del amor, de la pasión, de la inocencia, del dolor, del resentimiento y la redención. Ella nunca terminará de pagarle por haber permitido ser su experimento humano, su obsesión de perfección. Nunca encontrará las palabras adecuadas agradecerle lo suficiente por enseñarle a transmutar la derrota en esperanza con ese poder tan peculiar que él le confiere cuando la mira con ojos acuosos y perdidos. Él le mostró que el camino para subir, está diseñado para andarse a base de múltiples bajadas. Y cuando ella lo mira soñar, es capaz de convertir en arte su desconsuelo. Ella descubrió que lo educó puntualmente para hacer de él un hombre valiente cuando la tomó de la mano y la estrechó contra su pecho consolándola con lujo de ternura cuando temblaba de pánico absoluto en ese avión, en esa inolvidable turbulencia trasatlántica.

Ella quisiera seguirles hablando de su tema favorito, pero no quiere aburrirles con historias que a nadie importan. Además, tiene una cita con su chico. Su chico favorito. Él y ella van a observar la luna juntos, se dirán una vez más lo afortunados que son al tenerse el uno al otro, beberán una botella de whisky, brindarán por los tiempos terribles y por el vendaval de la tragedia, risas y novela que los han moldeado justamente en la pieza de arte que son el día de hoy.

Porque hace diecisiete años, él la encontró bajo la niebla profunda, descubriéndola tan frágil como una flor de Jacaranda, para que recibiera la prueba sublime de que el universo es capaz de contraerse, convulsionarse para que dos seres se encuentren para amarse de manera cierta e indestructible hasta que la muerte los separe. Y ella también tenía diecisiete años.

 

*Feliz cumpleaños vida mía. . .el vocablo amar no basta para que sepas cuanto hay de mi para ti, además, no lo necesitamos, al fin y al cabo, tú y yo creamos un lenguaje propio, que sólo nuestras células entienden. Eres mi estirpe, naciste para brillar, brilla más fuerte. . .hazlo y prepárate para dejar ciego al mundo.

 

 

*Texto publicado en Animal Político el 3 de marzo de 2011

 

Standard
2013, Love

Nick Cave: el loco de Dios

Nick-cave-portada-456x256.jpg

Para Alejo, quién tampoco creía en la existencia de los ángeles.

 

A estas alturas de la vida tengo perfectamente claros aquellos descubrimientos que fueron depositados en la palma de mi mano -venda en los ojos de por medio- con la promesa de que el devoto obsequio traería consigo deleite puro justo al retornar de la oscuridad. Una noche, años atrás, generosas manos enriquecieron mi modesto acervo musical con la discografía de un músico absolutamente desconocido: Nick Cave. Desde entonces, lo considero como una de esas sorpresas que no son sorpresas, sino campanas que doblan incansables, poderosas y ensordecedoras.

Nicholas Edward Cave nació el 22 de septiembre de 1957 en Warracknabeal, pequeño poblado de Victoria, Australia. Huérfano de padre a los 19. Hijo pródigo de Australia y notabilísimo hijo adoptivo de Alemania e Inglaterra. El chico afecto a los estupefacientes desde temprana edad, huésped constante de correccionales y estaciones de policía, le debe a un coro de iglesia – pero sobre todo a su estudio por el piano- que hayan cesado las acusaciones de vandalismo y robo que amenazaban en convertirle en un delincuente con antecedentes penales. En 1977 abandonó sus estudios de bellas artes en el Instituto Tecnológico de Caulfield, convencido de que jamás sería un pintor trascendente, apostando sus tres centavos de destino al oficio de músico.

Los inicios musicales de Cave están marcados por la oscuridad, el desencanto, el punk y el delirio por burlar los límites de corrección social. El año de 1973 fundó “The Boys Next Door”, agrupación post-punk integrada por Mick Harvey (guitarra), Phill Calvert (batería) John Cochivera (guitarra), Brett Purcell (bajo) y Chris Coyne (saxofón), cuyo principal repertorio consistía en covers de Lou Reed, David Bowie, Alice Cooper, The Stooges, etc., pero no sería hasta 1977 que comenzaron a interpretar material de su autoría. En 1980, la banda se reinventó con “The Birthday Party”, violento ensamble que hizo del free jazz, y el punk un ensordecedor lenguaje nihilista que narraba desoladoras historias de terror existencial a través de la garganta de su compositor y vocalista. La agrupación australiana migró entonces en búsqueda del público correcto, aquel que no huyera despavorido ante la criminal poética del desquiciado Nick, convirtiéndose entonces en el dolor de cabeza de toda una generación.

En 1981 lanzaron su primer álbum: “Prayers On Fire” material cuya aportación sirvió en mucho -gracias a sus hipnóticos cantos salpimentados de muerte y dolor-, a dotar de solidez artística a la oleada gótica inglesa de los ochentas. Más tarde que temprano, los bajos fondos de Londres -y principalmente Berlín- los aclamó con locura. Sus presentaciones en vivo durante esos años fueron memorables. Después de una exitosa gira europea volvieron triunfantes a Melbourne, Australia a mitad de 1983 para lo que significó su concierto de despedida, cargando tras de sí la reputación de banda de culto que conservan hasta nuestros días.

En 1984, Cave, en complicidad de Mick Harvey, fundó su tercer proyecto musical: “Nick Cave and The Bad Seeds”, ensamble que lo catapultó a la fama internacional y también al pedestal exclusivo que ocupan sólo músicos de grandes ligas. De cierta forma, con “The Bad Seeds”, Cave encontró el gramófono perfecto para darle volumen a sus desgarradores himnos bíblicos y fijaciones mesiánicas, aunque tenían que llegar el punto de equilibrio sonoro de Blixa Bargeld, Hugo Race, y Barry Adamson para enriquecer con blues, el gospel, y  jazz a la agrupación. Haciendo la estridencia a un lado, ahora la poesía y la armonía ejecutaban de manera más efectiva el trabajo sucio. La influencia de John Lee Hooker, Leonard Cohen, Burt Bacharach, Tammy Wynette y Jhonny Cash, es perfectamente palpable.

Nick Cave and The Bad Seeds durante breve aparición en la cinta de Wim Wenders, “Wings of Desire”, 1987.

nick-cave-black.jpgThe Bad Seeds, más que discografía, posee un catálogo artístico de evolución creativa disponible en diecinueve álbumes pletóricos de estampas frenéticas que retratan locura, tragedia, infierno, paredón, paranoia, éxtasis, dolor, castigo y redención.  Existen grandes discordancias respecto a cual de los catorce álbumes de estudio podría considerarse la obra maestra de Nick Cave y sus semillas malsanas, aunque el más aclamado por la crítica mundial sea sin titubeos “The Boatman call”. En términos generales, este álbum podría considerarse como la perfecta partida de ajedrez, donde la reina blanca ejecutora es indiscutiblemente “Into my arms”, enorme balada a piano que tan acertadamente mencionara Stuart Berman: “sería la banda sonora ideal de tu funeral o la primera canción para tu baile de boda”. Es legendaria la anécdota de su interpretación al piano de “Into my arms” durante el funeral de Michael Hutchence y su rotunda negativa a ser transmitido en vivo por respeto a la pequeña Tiger Lily, hija única del ex cantante de INXS, de quien Cave es padrino de bautizo.

“The Boatman Call” es un confesionario de culpas e inconfundible batalla personal que Cave libró contra sus principios, adicciones, infidelidades, rupturas y decadencia. La narrativa de los tracks alcanzan un lirismo poderoso, cruel y catártico. Aunque para los puristas, este galardón se lo lleva por mucho “Murder Ballads”, sofisticado álbum que contiene diez baladas cuya tesitura mórbida se regodea en crímenes pasionales y asesinatos rampantes. Dos en específico dotaron a este álbum de un cariz legendario: “Henry Lee”, dueto con la británica PJ Harvey – con la que sostuvo un destructivo romance que contribuyó en mucho al rompimiento matrimonial con Viviane Carneiro- y Where the Wild Roses Grow”, otro dueto en compañía de la más grande estrella pop australiana: Kylie Minogue, que se convirtió en el suceso comercial que a la postre tanto le incomodaría.

En los más de 30 años de trayectoria artística que lo respaldan como un sobreviviente del caos, ha evolucionado tanto como la historia de la música por la que apostó sus tres centavos de fortuna en 1977.  Henry’s Dream,  Dig, Lazarus, Dig!,  Abattoir Blues / The Lyre Of Orpheus, Nocturama, The Boatman Call, obra a la que es mi gusto llamar “El evangelio según Cave”, nos lleva de paseo a los círculos del purgatorio sin que el más obcecado de los profanos oponga resistencia a pesar del compulsivo fervor cristiano que lo caracteriza.

Resulta complejo establecer la identidad adecuada si el objetivo es encasillar a Nick Cave: músico, compositor, guionista, novelista, actor amateur, adicto a la heroína –siempre en recuperación-, poeta salvaje, oscuro humano evolucionista, transgresor, príncipe de la oscuridad; aunque para mi discernimiento, sea por encima de todo, a pesar de la incongruencia y perspicacia que todo lo anterior pueda provocar: es un devoto creyente, un loco de Dios.

*Texto publicado en Animal Político el 6 de febrero de 2013
Standard
2012, animal político, Love

Sí, yo también tengo un hijo especial

Captura-de-pantalla-2012-07-13-a-las-08.51.14.png

¿Quién les ha dicho que la maternidad o la paternidad son cosa fácil?

Muy al margen de que la pregunta anterior sea huésped distinguida de un navío cargado de lugar común, es necesario reconocer que encierra una verdad del mismo tamaño de la Patagonia. Tengo dos hijos, así que entenderán que la dificultad para ejercer con dignidad el cargo a mí conferido por el santo oficio materno, es nomás por partida doble.

El primer error que confieso haber cometido en la educación de mi hijo mayor, estribó en la disparatada obsesión con la que intenté moldearlo –sin tino- en la versión chilanga del pequeño Mozart. Lo inscribí a cuanto taller literario o programa de artes plásticas que encontrara al paso. Lo atormenté con conciertos sinfónicos a una edad en la que él sólo quería divertirse con un montón de tierra. Probablemente, mi mayor acto terrorista haya consistido en negarle la oportunidad de babear con las caricaturas que todo niño desea ver en sus ratos de ocio y claro, convertirlo en un vegetariano muy infeliz.

De nada me sirvió esconder de sus inquietos ojos, las animaciones o videojuegos que pudieran influenciarlo de mala manera en los salvajes campos de la violencia, peor aún: del maldito dinosaurio color morado que vive en nuestras estúpidas mentes. Pocas veces lo vi tan feliz como cuando recibió esa repugnante mochila de peluche de Barney, haciendo de lado con brutal indiferencia, el libro de agilidad mental que tanto trabajo y dinero costó a su madre. Acabé por hartarlo, al grado que me costó años volver a encauzarlo al hábito de la lectura (lo cuál no hubiera sido posible sin la ayuda invaluable de Jorge Ibargüengoitia).

Al nacer mi segundo hijo, decidí no cometer el mismo error. Determiné severamente respetar la naturaleza que trajera bajo el brazo y fomentar con entusiasmo lo que a sus ojos enamorara.  Fácil hasta para el más pendejo. Ilusa.

Los hijos no se repiten, no se fabrican en serie. Ninguno es igual a otro. Quizá posean la misma inclinación por algún deporte, o preferir vestir de color azul. Pero la mayor parte del tiempo no es así. Son únicos y uno de los principales deberes de nosotros -sus amorosos cuidadores-, es aprender a traducir su naturaleza;  aprender su mismo dialecto para comunicarnos, entenderlos y acompañarlos a crecer de la mejor manera. El convertirnos en una compañía deseable y no un estorbo (o una ausencia), creo que es una de nuestras más complejas asignaturas.

El nacimiento de Iñaki, mi pequeño hijo, no fue fácil. El año pasado le escribí una carta que ilustró las dificultades que rodearon su génesis: “Sobreviviste a tres amenazas de aborto, desprendimiento de placenta, amenaza de parto prematuro, a un imperdonable sufrimiento fetal y la más grande hecatombe familiar. Sufriste tanto antes de siquiera llenar tus pulmones de oxígeno por primera vez, que ahora que respiras como ninguno, procuro compensarte con alegría cada microsegundo que te tengo cerca.”

Sin embargo, cualquier antagonismo a vencer para que él viniera al mundo, fue sólo el principio. Cosa de niños. Es tan ardua la tarea de sacar avante a un pequeño con infinidad de elementos en contra: diagnóstico autista, rechazo de aqueos y troyanos,  la alarmante incapacidad de profesores, un nutrido catálogo de alergias -la cereza del pastel-, y no arrojar la toalla en el intento.

Desde que era muy pequeño, notamos que las cosas no iban del todo bien. No mostró el mismo desarrollo cognoscitivo ni psicomotor de su hermano –por ejemplo-. No se mantuvo erguido, ni gateo, caminó o mucho menos, habló a tiempo. Resulta tan preocupante observar el desarrollo de los chicos de su edad y notar que el tuyo no va al par, porque muestra un retraso tan notable, que empieza a ser repelido por todos los chiquillos de su círculo. Para ningún padre será fácil descubrir en las pupilas de sus pequeños, la sombra de la discriminación y seguir sonriendo, como si nada pasara, como si no doliera.

¿Síndrome de Asperger?

 

 

El pequeño Iñaki lidió con todo tipo de estudios y resonancias, para que una turba de especialistas estimara el grado de autismo o daño cerebral, cual fuera el caso. El resultado más contundente arrojó que probablemente padeciera el trastorno conocido como Asperger.

De acuerdo con el National Institute of Neurological Disorders and Stroke (NINDS), el trastorno o síndrome de Asperger (AS), es un trastorno del espectro autista, uno de un grupo distintivo de afecciones neurológicas caracterizadas por un mayor o menor impedimento en las habilidades del lenguaje y la comunicación, al igual que patrones repetitivos o restringidos de pensamiento y comportamiento. Los padres generalmente sienten que hay algo inusual respecto a su hijo con AS cuando llegan a su segundo o tercer cumpleaños; algunos niños pueden exhibir síntomas en la infancia.  A diferencia de los niños con  autismo, los niños con  AS mantienen sus habilidades tempranas de lenguaje.  Los retrasos de desarrollo motor, como gatear o caminar tardíamente, y torpeza, a veces son el primer indicador del trastorno.  La incidencia de AS no está bien establecida, pero los expertos en estudios de población estiman conservadoramente que dos de cada 10,000 niños tienen el trastorno.  Los varones tienen tres a cuatro veces más probabilidades que las niñas de tener AS

Diversas investigaciones en terrenos neurológicos y genéticos, han intentado asociar anormalidades cerebrales con la aparición de este desorden. Finalmente, estos desperfectos están muy vinculados con el sano desarrollo fetal. Una incorrecta migración de células embriónicas durante la gestación puede afectar el desarrollo de la estructura cerebral del pequeño. Al día de hoy, no se ha determinado si existe un gen culpable de todos los cargos, aunque estudios recientes han dado luz sobre la probabilidad de que exista un grupo común de genes cuyas variaciones o supresiones hacen que una persona vulnerable desarrolle AS.  Al parecer, un bullicioso algoritmo genético puede jugar con las células y determinar la gravedad y los síntomas en cada individuo afectado por este síndrome.

A diferencia de su hermano mayor, Iñaki tiene dificultades severas para socializar y comunicarse con frescura. Después de un determinado número de terapias, ha conseguido desarrollar un lenguaje aceptable, pero está a años de luz de las habilidades de comunicación de un chico de su edad.

 

Como la mayoría de mis lectores saben, poseo una aversión congénita a los festivales escolares. Me confieso como una madre que fue incapaz de sentir demasiada emoción por los desfiguros de su primogénito; quizás, porque no me resultaba ajeno que tamaño ridículo, aseguraría la prosperidad del bolsillo de su futuro psicoanalista. Durante lustros, miré con piedad a los amorosos padres funcionales que sí eran capaces de emocionarse con las exhibiciones tan lamentables de sus crías. Nunca dejó de sorprenderme esa necedad en pasar de largo una cantidad grosera de ex-abruptos o esa compulsión por fotografiar el esperpento de disfraces tan maltrechos, que parecen diseñados por una costurera  junkie. Tantas veces miré con piedad a esos padres llorar como plañideras, al escuchar a sus hijos hacer alarde de esa manera tan suya, tan única para manipular las cuerdas vocales con desafino alarmante.

Pero Iñaki, rediseñó mi percepción, y capacidad de tolerancia. Lo reafirmé justo la semana pasada, que asistí a su festival de fin de cursos. El que no fuera reconocido con ningún diploma de aprovechamiento por sus excelsas calificaciones, no me provocó el menor de los pesares. El mejor momento de la mañana fue sin duda, su demostración de soltura y ritmo sobre el escenario. Ustedes no saben el gran bailarín que es.

Cuando bajó del escenario, después de la entrega de reconocimientos a lo más destacado del ciclo escolar, noté su rostro ensombrecido por sus manos vacías. No hubo diploma al mejor performance 2011.  Corrí a bajarlo del templete y le dije al oído que él y nadie más había sido el mejor bailarín de toda la escuela. Sus ojos brillaron como luminarias…era lo que necesitaba oír, porque eso lo que más le gusta hacer en este mundo de canallas: bailar hasta el desmayo. No me cansaré de gritarle y aplaudirle con frenesí cada vez que tenga oportunidad porque ¿para eso estamos los padres, no?

 

 

Hace mucho decidí no presionarlo en nada, mi intención genuina es dejarlo expander sin restricción sus propias capacidades, talentos y necesidades. No tiene caso que lo estrese en hacer de él un estudiante notable, cuando tendrá la vida entera para elegir hacer del estrés, un estilo de vida. Me gusta observar como desarrolla su imaginación con un par de pinceles en sus manos. Como lo dije alguna vez, se ganó el derecho de ser como le venga en gana, de reprobar la primaria o mirar Bob Esponja hasta la catatonia, porque su vida es lección de perseverancia, coraje y destino sin suerte, pero destino que se antoja deslumbrante por el milagro que es.

El próximo lunes dieciséis de julio, el poema de mis días cumplirá ocho años y vamos a celebrar mucho más que su onomástico: su alergia a la proteína de la leche, al chocolate y a sus amadas fresas, se han esfumado –esperamos- para siempre.

Sé con toda claridad que se avecinan tiempos aún más difíciles para mi pequeño, no ignoro que su adolescencia se antoja como el mayor de mis retos. ¿A quién chingados le importa Asperger si el pequeño me tiene a mí, que mientras pueda, no he de abandonarle?

Agradezco su paciencia lectora, mis dramas familiares (que no son nada comparados con otras familias, con otros niños, con otros dolores), pero de algo estoy segura: sé que algún lector lleva en el pecho la angustia de tener un hijo especial. Espero que estas líneas lo reconforten de alguna manera y que también celebre, quizá no un cumpleaños, pero sí el privilegio de amar a un pedacito de pan dulce, a una hermosa e inextinguible estrella vespertina; igualita que la mía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Texto publicado en Animal Político el 13 de julio de 2012

Notas bibilográficas: Office of Communications and Public Liaison, National Institute of Neurological Disorders and Stroke, National Institutes of Health
Bethesda, MD 20892 http://espanol.ninds.nih.gov/trastornos/el_Sindrome_de_Asperger.htm

 

Standard