2011, animal político, Nací para perder, Nadie te preguntó

Yo, bruta

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Para brócoli & menonita, mis más logrados inventos.

Soy bruta.

Lo digo claro, rotundo. Sin rodeos ni eufemismos baratos. Las razones que tengo para sustentar mi flamante declaración anterior son extensas, contienen referencias médicas y anecdóticas. No me avergüenza en lo más mínimo, por lo que considero pertinente compartirlas sin remilgos.  Los orígenes de mi condición empezaron a ser evidentes en el primer contacto que tuve con la escuela de educación básica.

Una de las primeras cosas que entendí sobre mi naturaleza a muy temprana edad, es que no tenía la capacidad para aprender a la par de mis compañeros de clase. Se me dificultó severamente la memorización y escritura, tanto del alfabeto como de los números. Lo peor vino cuando este déficit se extendió a los campos de la comprensión de lecturas simples o a la sencilla práctica de cualquier deporte. Mi nivel de atención y concentración en las clases eran tan efectivos como las nobles intenciones vegetarianas de Anibal Lecter  frente a una quesadilla de sesos.

En la escuela primaria viví los seis años más humillantes de los que tenga registro mi infancia. Aunado a mi pobre desempeño escolar, tuve que lidiar con las obsesiones paternas. Mi padre -quién por alguna disfunción asociada con la negación patológica- nunca entendió que yo nací con dos importantes características. La primera: un aparato reproductor femenino. La segunda: una motricidad deficiente para ejercer con éxito cualquier tipo de deporte.

Sin prestar el menor caso a lo anterior, y sin echar mano de la lógica más elemental, mi señor padre se obsesionó en convertirme en la mejor catcher en la historia de Santa María la Ribera. En esas épocas, dos frases me provocaban espeluznantes escalofríos: “América, vamos a hacer la tarea” y “América, tráete la manopla, vamos a practicar al parque”.

Mi pánico no era gratuito. Sabía que la primera me acarrearía sus gritos de desesperación por mi nula capacidad para aprenderme la tabla del siete y que la segunda, me dejaría golpes y raspones gracias a que jamás fui capaz de cachar una  bola de beisbol -al menos no con las manos-; si algún día les ha golpeado en la nariz una bola profesional del rey de los deportes, saben que no hablo de cualquier tipo de chingadazo. En ambos casos -tarea o práctica en el parque- el resultado siempre era el mismo: mis ojos hinchados de tanto llorar.

Al parecer, mi pésima coordinación psicomotora –demostrada vergonzosamente, cuando me rompí el tobillo en dos partes brincando la cuerda…¡la cuerda, carajo!– lo desanimó por completo. Mientras tanto, yo, con muletas bajo el brazo, daba gracias a toda la corte celestial por el yeso en la pierna izquierda. Paradójicamente, una delicada fractura me salvó para siempre de humillantes exhibiciones de torpeza en el jardín izquierdo.

Sin embargo, no hubo accidente capaz de salvarme de la escuela. Las tortuosas sesiones de estudio en casa parecían empeorarlo todo, nada parecía funcionar; tampoco las  regularizaciones en periodos vacacionales. Mis padres comenzaron a preocuparse en serio, pensaban secretamente que habían engendrado a una hija tonta, con torpeza congénita y sin ninguna esperanza de esplendor académico. Finalmente, cuando cumplí 9 años, mi madre encontró por medio de un amigo neurolinguista, cuál era la razón de mi bajísimo desempeño escolar y de mi exasperante torpeza. Yo encajaba en todos las características propias de la dislexia.

La dislexia –para aquellos no familiarizados con el término- no es otra cosa que un déficit de aprendizaje que le dificulta a un individuo la comprensión adecuada de la lectura, escritura, lenguaje y fonética. Las personas que padecen este peculiar modo de percepción, tienden a distorsionar las letras y/o números en espejo o en su orden inverso (siendo esta última, la característica más frecuente).

Los niños disléxicos, tienden a ser desordenados en grado severo (o en contraparte) ordenados compulsivos, torpes, con una pobre coordinación que los limita (más no los imposibilita) para practicar juegos de pelota o deportes en equipo. Sus habilidades psicomotoras finas los enfrenta a grandes retos porque el simple concepto: izquierda-derecha-arriba-abajo, pueden provocarles grandes confusiones. Estos niños no padecen ninguna enfermedad, ni mucho menos una lesión cerebral o retraso mental moderado. Sencillamente se les dificulta traducir pensamientos en palabras porque piensan predominantemente con imágenes. Su cerebro tiene un desarrollo cognitivo distinto.

El cerebro humano tiene la capacidad de  pensar en dos formas básicas: conceptualización verbal y no verbal. Todos podemos hacer uso de ambas, pero cada individuo tiene la habilidad de desarrollar una más que otra (o ambas magistralmente, en algunos casos).

Cuando se piensa primordialmente con imágenes (conceptualización no verbal), es virtualmente imposible pensar en palabras cuyo significado no se pueda traducir en imágenes porque el pensamiento funciona de manera multidimensional y utiliza para ello todos los sentidos. Un niño disléxico, nace dotado de una capacidad única para desarrollar la imaginación alcanzando proporciones creativas notables, siempre y cuando no sean coartados por padres y maestros.

Pero el mayor antagonismo al que se enfrentan estos niños, lo encuentran en las aulas de la educación tradicional básica, porque esta se fundamenta a través del trabajo de los símbolos en conjunto de los sonidos del lenguaje. Es aquí donde su percepción distorsiona la información que termina por confundirlos una y otra vez. Comienzan a perder el interés, para ser invadidos por la frustración que deriva en rezago intelectual. La presión no sirve más que para desajustar emocionalmente a estos pequeños que empiezan a perder seguridad y amor propio ante su inevitable encasillamiento de tontos.

Mi caso es el ejemplo más gráfico que puedo darles. Por ejemplo: tengo un pésimo sentido de la orientación, así que la gente que realmente me conoce, sabe que si desea acabar perdido en ninguna parte o víctima de un asalto en una remota ranchería, sólo necesita preguntarme como llegar al metro Chabacano. Tengo más cicatrices en el cuerpo consecuencia de múltiples caídas, que diplomas de aprovechamiento por el amplio dominio de ciencias y tecnología. El historial de exabruptos provocados por mi nula atención en cuestiones de relevancia absoluta, es leyenda entre mis allegados.

Tanto mi familia como amigos cercanos saben que no lo hago a propósito. Todos ellos podrían declarar ante un juzgado civil o penal, que si mi hijo de un año rodó catorce escalones en una escalera de concreto fue a causa de mi súbita pérdida de equilibrio.

Si olvidé mi tarjeta bancaria en un cajero electrónico tantas veces como ratas tiene un caño. Si perdí mi celular siete veces. Si olvidé las llaves de la casa –dentro de casa- cada mes, cada semana, cada día, aún ahora. Si llegué finalmente al edificio que me costó siete vidas encontrar y no recuerdo a qué demonios fui. Si en la aduana del aeropuerto descubrí que olvidé el pasaporte de mi hijo en el hotel del país que estoy a punto de dejar. Si recordé que me correspondía llevar el pastel a esa reunión, justo cuando toqué la puerta. Y que si invertí fechas de cumpleaños, bautizos, bodas, no llegando a tiempo a ninguna o con el regalo equivocado; sucedió porque mi cabeza  se encontraba en los pasillos del mercadito de la Agrícola Oriental preguntando por el alza en los precios del dulce de guayaba o quizá, viajando profundamente en las entrañas de un libro de Julio Verne, soñando despierta, otra vez.

A estas alturas de la vida, debería suponerse que mi condición debería estar bajo el control más estricto, así como mis sentidos agudos, en absoluta alerta. Mi elección ha sido permanecer como siempre lo fui. No sé manejar un auto –por ejemplo- y tampoco me preocupa hacerlo algún día. Quizá me guste ser distraída para tener el inapelable salvoconducto de la torpeza para justificar olvidos imperdonables. Mis tres yesos en ambos tobillos dan fe, testimonio y legalidad de que existen cosas que son inalterables en mi vida a pesar del inexorable paso de los lustros.

No quiero cambiar, no necesito hacerlo.

Cuando mis padres entendieron cuál era mi condición , acordaron de manera unánime  no medicarme con ritalin. Decidieron aprender a ver el mundo como yo lo veía (con más penas que glorias) pero eligieron amarme y aceptarme tal cual soy. Quizá lo más importante de todo, es que YO me quiero, me acepto. Más que nadie, más que nunca. He dejado de ser esa niña gordita y sin talento aparente, a quien los infumables chicos del barrio miraban caminar detrás de su padre, rumbo al parque; cargando el bat y manopla bajo el brazo con el mismo ánimo que debió hacerlo Robespierre en su triste camino a la guillotina. Pero sigo siendo la bruta de siempre. Lo reconozco sin un ápice de menosprecio.

La única diferencia es que ahora utilizo cada que puedo, mi pensamiento multifuncional, mi creatividad e imaginación perenne, para crear atmósferas sorprendentes que seguirán compensando cualquier afrenta, olvido o disfunción pasada o venidera. También hago uso de este talento para burlarme de todo, incluso de mi misma.

Es tan divertido.

*Texto publicado en Animal Político el 2 de junio de 2011

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Etcétera, Nací para perder, Nadie te preguntó

Yo, América

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Elegir el nombre a un vástago debería ser considerada una responsabilidad mayúscula, y más aún cuando esta decisión recaerá de forma irreversible en la calidad de vida del primogénito. La historia nos ha enseñado que los resquemores con el primero de nuestros hijos, menguan asombrosamente con el segundo, toda vez que los exabruptos propios de la novatez parental ya se hayan cometido. Todos conocemos historias de primogénitos que emplean más recursos y horas en terapia que el hermano subsecuente. Y yo he conocido a un Rabindranath López, hermano mayor de un José Carlos a secas. El primer y más importante cónclave marital ha provocado pleitos irreconciliables devenido en un muy tempranero divorcio o en la visita a urgencias de traumatología, gracias a que el imbécil marido recibió un chingadazo en el parietal izquierdo con el cenicero de cristal cortado -regalo de la tía Conchita-, por sugerir que su pequeña hija fuera nombrada hasta el ultimo de sus días con el nombre de la piadosa, venerada y difunta exmujer.

Mi nombre es América, soy primogénita, y la génesis de mi nombre es un asunto familiar que siempre me ha llenado de vergüenza y rencor hacia mis padres. Principalmente hacia mi papá, quien nunca en su vida se ha sentido afligido por el remordimiento de haberme arruinado toda mi existencia. Y no exagero. Bueno, sí lo hago, pero motivada por una noble causa. Me explico: hoy en día mi nombre es de alguna manera común, lo noto con facilidad ya que no es acto de extravagancia encontrar por la vida alguna tocaya, compañera de desventura; pero hace 38 años era una auténtica rareza. Rareza acentuada porque fui llamada América a causa de una apuesta futbolera perdida por el consorte de mi madre.

Podría suponerse que mi padre eligió llamarme América por su desmedida afición futbolera y que optó por bautizarme en honor al equipo de sus amores. Lo anterior es rotundamente falso. Mi padre sí es un aficionado al futbol, pero no es americanista, sino orgullosamente puma y apostador crónico.

Las efemérides del 8 de agosto de 1976 –año bisiesto– no se distinguen por hechos relevantes. Ninguna bomba destruyó isla alguna, ni se proclamaron tratados de paz que resolvieran conflictos relevantes. No existen registros natales cuya notabilidad amerite ensayos, elegías o bombas yucatecas. El ocho de agosto de1976, nacía en Bowie, Maryland, USA, Joshua Scott Chassez, gris mamarracho cuya aportación más trascendente a la humanidad fue haber sido miembro de la agrupación noventera ´N Sync, al tanto que en el Hospital Troncoso, Delegación Venustiano Carranza, D.F., nacía yo, para asombro y desgracia de algunos pocos.

Mientras mi pobre madre se encontraba sufriendo los dolores de parto en el nosocomio de Viaducto, nadie –excepto la abuela recién desempacada de tierra caliente– se encontraba tronándose los dedos en la sala de espera. Cualquier esposo devoto tendría el deber de acompañar a su mujer en la pujadera o al menos tragándose las huellas digitales y uñas en cualquier pasillo hospitalario; sin embargo, donde mi padre realmente se encontraba era en el Estadio Azteca, observando la final del torneo de liga que se disputaban los Leones Negros de la UdG y el Club América. Probablemente bajo el influjo de algún psicotrópico se le ocurrió la brillante idea de apostar el nombre de su hija a su jefe, bajo el estúpido argumento de estar seguro de que el América (equipo al que aborrece, por cierto) no se coronaría campeón y que los Leones Negros lograrían la hazaña de humillar a los de Coapa en su propia casa. Craso error, el América consiguió un titulo más como campeón del futbol mexicano, mi progenitor quedó ante la sociedad como un pendejo, y yo comencé a vivir el calvario de todas las víctimas que portan un nombre vergonzante.

Por alguna razón que jamás entenderé y que apuntan a que mi madre padeció un retraso mental moderado, no se divorció ni pidió camas separadas ni mucho menos lo mandó a la mismísima chingada, sino que en mutua complicidad, arrastraron a este ser inocente a un Registro Civil para demostrarle al mundo que las deudas de juego son deudas de honor y que hay gente a la que deberían de prohibir reproducirse.

Durante casi cuarenta años he sido objeto de todo tipo de burlas y en la escuela fueron las más subnormales: he sido la niña “Atlante”, “Chiva”, “Necaxa” y nunca faltó el maestro pendejo que intentaba hacerse el chistoso: “A ver pásele al pizarrón, ¡América y ya!”. Intenté por décadas tomar el asunto con filosofía y en una noche epifánica y de inusitado fervor agradecí a la corte celestial entera que esa apuesta no se perdiera contra los Zorros del Atlas.

Una más de las dudosas herencias de mi padre ha sido mi afición por los Pumas de la Universidad, y quizás pocas personas pueden entender la afrenta que provoca a mi espíritu universitario, portar este nombre a causa de la imbecilidad de mi progenitor. Una charla sostenida hace cuatro años me hizo pensar que mi afrenta con dios había concluido y que la justicia no es una copa de vino de acceso exclusivo a opulentos bolsillos: durante una noche memorable conocí al comediante francés, Nicolas Ullman, y al que gracias a una compleja cadena de eventos afortunados, le debo mis primeros pasos al viejo continente.

“¿Cuál es tu nombre?”, inquirió.

“América”, contesté embelesada.

Arqueó las cejas con grata sorpresa. Maravillado, dijo que le parecía bello y de melódica articulación. “¿Por qué te llamas así?” Preguntó acercándose un poco más. Le respondí sin chistar: “Me llamo América en honor al continente de la elegía que nunca es el mismo pero siempre es América”. En ese instante, vi al primer ser humano rendirse de amor a causa de la peor y más piadosa de mis mentiras. Touché.

*Texto publicado en Revista Etcétera el 19 de Junio de 2015

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Frente, Nací para perder, Nadie te preguntó

Sin documentos

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Mi calvario comenzó en mis malogradas vacaciones de semana santa. Durante el viaje en el que deposité toda la fe en que mi vida se restauraría de 10 años de sufrimiento en las filas del godinato, tuve a mal extraviar mi pasaporte. Sólo aquellas almas empáticas y cuyo único documento de identificación oficial sea únicamente su pasaporte, serán capaces de comprender el tamaño del horror por el que he vivido las últimas semanas.

La primera caída la sufrí al momento de acudir a mi sucursal bancaria a recoger la reposición de mi tarjeta de crédito. Le rogué al sujeto impresentable de la ventanilla (el mismo que siempre atiende mis transacciones habituales). No hubo poder humano que lo convenciera a entregarme mi plástico, de nada sirvió que le mostrara mi contrato bancario original, estados de cuentas, claves secretas, una visa americana acompañada de un pasaporte vencido. A modo de #LadydePolanco vociferé y exigí hablar con el Gerente. Me fue peor, salí regañada y cabizbaja de la sucursal. Misión imposible, necesitaba tramitar una credencial de elector, recobrar mi pasaporte o tramitar algún otro documento oficial. A pesar de mi necia reticencia a obtener la credencial del IFE (o INE, o IRE, o como carajos ahora se llame) y después de 12 años sin usarla, decidí que era la opción adecuada, porque en este país no contar con ese maldito documento es el equivalente cuántico a pertenecer al gremio de las mulas de carga de Salamanca. La segunda caída la padecí en el módulo del INE. De nada valieron mis dos testigos, mi acta de nacimiento original, mi visa americana y el pasaporte vencido. Para empezar, mi nombre ni siquiera formaba parte de las listas nominales. Gracias a mi apatía ciudadana por votar y comportarme como un miembro activo de la sociedad que lucha y participa, dejé de aparecer en la base de datos que avalan la existencia de un compatriota. Después de 10 intentos por hackear la lista donde seguro aparecen los muertitos y afiliados de Morena, al fin me encontraron. El representante de casilla me miró como se mira a un perro que aprende a mover la cola, sólo para mandar justo a la chingada mis esperanzas: “Pues si, güera, ya te encontramos, nomás que como estamos en veda electoral, te podemos tramitar tu reposición después del 8 de junio”. Coño, dos horas de mi vida desperdiciadas en un muladar habitado por gordos babeantes. Salí fúrica. Decidí que no me quedaba otra que reponer mi pasaporte.

 

Lo primero que hice fue leer cada uno de los 250 mil caracteres que componen la página de información de la Secretaría de Relaciones Públicas sección: reposición de pasaportes. Creí haber encontrado una alternativa a mi desdicha al leer que si extraviaste tu pasaporte, es indispensable acudir al Ministerio Público a levantar un acta por robo o extravío y con ello poder agilizar tu trámite. Como sé que Dios no existe ni endereza jorobados, llamé a SRE para que me confirmaran que presentando el acta, comprobante de pago, acta de nacimiento original y el anterior pasaporte sería posible obtener uno nuevo. Una voz atonal contestó que sí. Y pues sí, me armé de valor y acudí con desgano a ese circulo infernal llamado Ministerio Público.

Pocos lugares pueden representar a modo de cuadro efectista del purgatorio como una delegación del Estado de México, quizás un establo rural en Nuevo Laredo, pero no podría estar segura. Atravesé la estancia principal a paso de marchista porque un poderoso olor a vómito y orines lastimó mi sentido del olfato en cuanto crucé la puerta de entrada. Con la cara verde pregunté por el MP a cargo del muladar. Al fondo de unas oficinas que no han visto un decorador desde 1976 se paró un sujeto con la misma cara y circunferencia de Yolanda Zaldívar pero con patillas. Le expliqué al Licenciado Zaldívar mi problema, le enseñé mis documentos e hice énfasis en que mi pasaporte vencido debería ser considerado como una identificación digna de respeto. De manera milagrosa y echando por tierra la leyenda que los representantes de justicia del Estado de México son animales carroñeros, el Licenciado aceptó tomarme la sencilla declaración y dar por bueno un pasaporte vencido bajo el coherente argumento de que se trataba de un documento oficial y legitimo.

La tercera caída carcomió mi esperanza recobrada el día de mi cita en la SRE. De nada sirvió madrugar, presentar en original y copia acta de nacimiento, visa americana, pasaporte vencido, comprobante de pago de derechos y un acta firmada y sellada por un Ministerio Público dando fe y legalidad que yo era yo y que en una acto de imbecilidad congénita había extraviado mis documentos. La vida jamás me dará el suficiente coeficiente intelectual para descifrar el misterio de por qué una dependencia es incapaz de validar un documento que la misma emite. Salí de las oficinas de la Delegación Cuauhtémoc escupiendo espuma color verde bandera.

Me encontraba en un circulo pendejo y vicioso del cuál era imposible hallarle una salida rápida. Para cualquier trámite de identificación oficial en este país (Llámese cédula profesional, licencia, credencial del IMSSS, etc.) es indispensable presentar otra, así que opté por un último y cuarto intento.

El día que asistí al M.P., mientras charlaba con el Lic. Zaldívar acerca de la mala suerte de la gente que padece imbecilidad congénita, me recomendó: “Oiga, ¿Por qué no tramita su credencial del Servicio Postal Mexicano? Es válida para cualquier trámite oficial, se la dan de inmediato y cuesta como sesenta pesos”. Hice caso omiso a su recomendación aquel día, pero al agotarse mis opciones, no me quedó otra que intentar en SEPOMEX.

Arribé a las oficinas del Servicio Postal Mexicano con el corazón en la mano y con mis esperanzas resquebrajadas por el sufrimiento. Llevé toda clase de documentos que pudieran demostrar mi personalidad: acta de nacimiento, boleta de predial, estado de cuenta del banco, pasaporte vencido, acta ministerial, fotografías tamaño pasaporte, tamaño infantil y tamaño credencial. Me prometí que nadie me chingaría esta vez, iba armada con bazooka. Se acercó a la ventanilla una mujer con las mismas gafas que usaba Linda Lovelace en su periodo cristiano y preguntó en qué podría ayudarme. Abrí mi sobre de documentos y le extendí en copia y original los requisitos necesarios para el trámite de la credencial. Revisó todo con la misma calma que emplea un ciego en cambiar de calcetines. Levantó al fin la vista sólo para escupir con desgano: “todo está bien, pero sus fotos no sirven, necesita traernos dos fotos TIPO CARTILLA, en blanco y negro. Todo se derrumbó dentro de mi. Eran las 2 de la tarde ( las oficinas las cierran a las tres)y me encontraba en la mitad de un getto del que no tenía idea siquiera cómo salir, menos para conseguir de último minuto un maldito estudio fotográfico con servicio urgente. Pregunté dentro y fuera de la oficina y nadie tenía idea. Decidí que en menos de una hora tenía que resolver el pinche trámite me costara lo que me costara. Me negué a regresar a casa con las manos vacías. Atravesé dos avenidas, una estación del metro y sólo Dios sabe cuántos malvivientes esquivé. Vi una base de bicitaxis y me dije “ a huevo estos cabrones saben”.

Me subí al bicitaxi más extraño que he visto en mi vida (el toldo de lona de su vehículo tenía colguijes a modo de esferas navideñas, decenas de llaveritos de la Santa Muerte), el conductor era sin dudas el representante del estereotipo cholo de Ciudad Neza me ofreció a llevarme a un estudio fotográfico. Joder, me internó en calles desconocidas, llenas de basura y restos de lo que parecía un tianguis. Encontramos un estudio fotográfico en las entrañas de la Colonia Impulsora, Nezahualcóyotl, Estado de México. Pedí al adorador de la santa muerte que esperara por mi o de otro modo jamás sabría cómo regresar. Pagué una pequeña fortuna para que mis fotos tamaño CARTILLA MILITAR me fueran entregadas en 10 minutos. Con las fotos en mano, regresamos en chinga a las puertas de la oficina postal a las 2.45.

Entré escurriendo sudor a las oficinas del SEPOMEX al instante mismo que Linda Lovelace versión Cabeza de Juárez, comenzaba a recoger las migajas de su escritorio.

-Aquí están mis fotos, señorita – dije con el color del optimismo en mi tono de voz.

Linda movió su trasero con desgano y tomó mis fotografías para observarlas con desconfianza. El chasqueo de su lengua quitó de súbito mi estúpida y fingida sonrisa.

-¿Todo bien? – Pregunté

Híjole, señorita, pero sus fotos no sirven.

-¿Qué? ¡Cómo que no sirven! Son fotografías tamaño cartilla, blanco y negro, cabello recogido, sin maquillaje, tal y como usted me las pidió!

Pues sí, pero mire, ¿Ya vio como le brillan los ojos? No aceptamos fotos con brillo, pídalas que se las hagan opacas y regrese mañana.

Me sentí rebasada: los grandísimos hijos de puta del gobierno ahora rechazaban a ciudadanos por características tan inofensivas como el brillo en sus pupilas. La potencia de la metáfora paralizó mis músculos faciales. No mames, no mames, no mames….

Ignoro qué clase de intenciones homicidas detectó en mis brillantes, brillantísimos ojos, porque se acercó un poco más al cristal y susurró:

Güera, aquí en la esquina hay una papelería, vaya por una goma y borre la superficie de las fotos, aquí la espero, cerramos en diez minutos. Nomás que nadie la vea…

Corrí a comprar una maldita goma a la pinche papelería de la esquina. Me vendieron en 8 pesos una de esas de migajón que todos mordisqueamos en la primaria.

Me senté en una banca dispuesta a seguirle el retorcido juego de la burocracia mexicana. Cada tallón de mijagón a mi propio rostro significó una afrenta a mi dignidad. Quizás parezca una exageración, pero intenten borrar la nitidez de su faz hasta verse convertidos en un sujeto difuso, opaco, ligeramente amorfo. Como ojos de pescado de oferta en el Soriana.

Cinco minutos antes de las tres de la tarde, Linda Lovelace aceptó realizarme el trámite de mi credencial del Servicio Postal Mexicano. La miré moverse de un lado a otro como un viejo robot de ex estrella porno, con diligencia mecánica. Ahí lo entendí todo.

¿Saben qué coincidencia comparten un empleado de ventanilla del SAT, IMSS, ISSSTE, SRE, IFE, INE, SEP y las boleteras del metro?

Que a todos y a cada uno de ellos, se les fue arrebatado el fulgor de su intelecto, por mínimo que este haya sido, aunque pareciera charol de imitación, al momento de permitirles formar parte del sistema. Nuestro bendito sistema, el que nos paraliza financiera, jurídica, social y educativamente si no nos presentamos ante ellos con la opacidad de la que se alimenta la burocracia.

Bien, pues me salí con la mía y abandoné la oficina postal con una identificación oficial en mis manos.

-¿La llevo al metro, güerita?

Era el chavo del bicitaxi. Me alegró que sin preguntarme estuviera ahí, esperando verme salir, ese fue un gesto de amabilidad que francamente no esperaba.

Me subí a su carroza y le pedí que si le quedaban energías para llevarme hasta la casa de mi madre. Le advertí que era un trayecto de 2 kilómetros.

-Uy, güera, yo a usted la llevo a dónde me diga. Mire nomás la cara que tiene. No se agüite, orita llegamos de volada.

– ¿Cómo te llamas?

Se quitó los lentes y volteó a mirarme mientras pedaleaba. No había reparado en sus ojos hasta entonces. Eran pequeños y brillantes como chapulines.

-Me llamo Javier, güera, pa´servirle cuando mande.

Mucho gusto, Javier, yo me llamo América. Gracias, tres veces gracias.

Sonreí aliviada de que los pinches tentáculos que se extienden sobre todos nosotros para opacarnos las córneas, no alcanzan a todos. Siempre existirán outsiders pedaleando a la contra.

*Texto publicado en La semana de Frente el 1o. de Julio de 2015

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animal político, Nací para perder, Nadie te preguntó, París

The Passenger (Vol. II)

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En el mes de abril de 2010 se publicó la primera de mis tantas crónicas de viaje en Milenio Diario; lo curioso -en términos estrictamente cronológicos- es que no haya sido la primera que escribí. Me explico. Durante algún tiempo mantuve bajo resguardo el primer relato de mis experiencias acontecidas en el Aeropuerto Internacional de Orly el mes de septiembre del 2009, es decir, un año antes de que se iniciara este personal y gratificante recurso catártico de compartir con ustedes las variopintas postales del paso de mi existencia por esos entrañables recintos llamados aeropuertos.

En un texto anterior, dejé muy claro que si alguien me pidiera auto definirme en un escueto vocablo, afirmaría sin pretensiones y con soltura que me considero un pasajero. Así, a secas. Soy una mujer que ama con toda su  alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión no son otra cosa que mi fobia más grande y provocan reacciones lamentables en mi organismo. Al momento de abordaje comienzo a experimentar ese inconfundible cosquilleo que inicia en la punta de mis dedos con destino sin escalas a la nuca. Comienzo a experimentar un irracional temblor producto del pánico absoluto y no termina hasta que termina. Me invaden las alergias, los tics, la comezón, el malestar estomacal, la taquicardia y unas ingobernables ganas de llorar. En contraste a mi única fobia conocida, debo admitir que los aviones y los aeropuertos son de mis lugares favoritos en todo el mundo. Me resultan santuarios fascinantes. Las salas de espera, las pistas de aterrizaje, la atmósfera de los aviones y sus diminutas ventanas, son materia prima inagotable en la fábrica de historias que dotan de cualidades narrativas entrañables a cualquier bitácora.

En mi caso específico, los aeropuertos han sido protagonistas de primera línea, más que simples escenarios en la bizarra película de mi vida. La metáfora de un arribo o de una partida adquiere registros poéticos, trágicos, hilarantes o lastimosamente cómicos. Admito una debilidad por las  historias que se tejen en su interior el “adiós”, el “bienvenido”, el “hasta nunca”, la ambigüedad del “hasta pronto”. El abrir de las puertas y encontrar entre la muchedumbre el rostro de quien te espera. O buscar a tu alrededor y darte cuenta que no hay nadie, que nadie te acompañará. Gracias a ello, he recopilado y mantengo bajo resguardo generosas imágenes de todos aquellos que se han encontrado abajo esperando que descienda del cielo.

A consecuencia de mis dos últimos viajes, esta fascinación se ha extendido inevitablemente a las estaciones ferroviarias. El tren (gracias a su naturaleza marcadamente doméstica) ofrece caminos más amplios para el disfrute y observación de la mutación del clima o del bucólico paisaje. El tren le permite al viajero gozar del tiempo suficiente para intentar atrapar con su cámara la postal prometida a la tía Marthita, la que siempre soñó conocer la textura de la campiña alemana. En el tren es fácil tomarse el tiempo de charlar con el pasajero de a lado, a diferencia de la postura de elevador que la mayoría de nosotros adopta en los aviones, porque el sentido de urgencia por tocar un nuevo destino mengua, de alguna manera. El tren de Bussels Zuid-Gare du Nord que tomé hace unas semanas, me obligó moralmente a retomar la crónica del Aeropuerto Internacional de Orly, porque es necesario concluir todas las historias no resueltas. ¿Quién dice que el universo no se contrae e incluso rompe su lógica perfecta para conceder, a todo aquel que lo pueda ver, una generosa segunda oportunidad?

Paris Orly Airport, 2009

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Lo busqué por todos los  pasillos sin poder encontrarlo, muy preocupada de que tampoco era posible localizarlo al teléfono. Una hora después, entendí que no llegaría. Decidí documentar mi maleta para ingresar a la sala de espera cuanto antes porque mis lágrimas saldrían en cualquier momento. Hice fila detrás de la impresionante mujer senegalesa que intentaba convencer al oficial de aduanas en dejarla abordar con un sospechoso frasco que contenía un viscoso menjurje del mismo aspecto de la mermelada de tamarindo (si es  que algo así existe). Miré con enfado a la necia mujer que no paraba de suplicar en jerigonza ininteligible (el oficial de aduanas y yo jamás supimos si lo que contenía el recipiente era la sopa de su madre, o el remedio para curar el cáncer), para que le permitieran llevar consigo el frasco que abrazaba con fuerza contra su pecho. Mientras tanto, la fila de espera crecía al infinito. Fue inútil. Sus  ojos se nublaron cuando le fue arrebatado lo que tal vez era un tesoro y acabó al fondo del contenedor de basura. Yo era la siguiente. “Señorita, no puede ingresar al avión con esto”, me dijo el apuesto francés señalando un estuche que encontró al interior de mi maleta. Me miró ligeramente asustado cuando no pude evitar reír a franca carcajada. Era el estuche de limpieza facial que me había costado el equivalente a una beca en la Sorbona y que encontró un digno final, al fondo del mismo contenedor de basura que la mermelada de tamarindo. Reí hasta ocupar mi lugar en el avión que me llevaría rumbo a Barcelona. Al ponerme los audífonos del ipod y descubrir que el shuffle había elegidoSunrise -pieza de piano compuesta por el pasajero que dejó un hueco irremplazable en ese viaje, recordé a la mujer senegalesa y la insondable tristeza de su rostro. En ese momento dejé de reír. Desvié la mirada hacia la ventanilla para observar el ala izquierda del avión. Los ojos que se nublaron en ese instante, fueron entonces los míos.

 

París Gare du Nord, 2013

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Recién desembarcada del tren número 9334 de la línea Thalys, proveniente de Brussel-Zuid, noté que mi enorme maleta color capuchino estorbaba a todas las siluetas itinerantes de nacionalidad múltiple que se arremolinaban en el andén número siete, así que preferí desplazarme hasta el pasillo principal de la estación. Habían pasado cuatro años desde la última vez que esperé en vano a Christophe en el Aeropuerto de Orly. Aquellos días en París simbolizaron la pequeña herida en el flanco izquierdo de mi pecho que jamás pudo regenerarse por sí misma. El azar se encargó de evitar que ambos reconectáramos los hilos que diferencian los sueños de las pesadillas. Por mi parte nunca deseé volver a tocar esa puerta o permitir abrirla de nuevo. Al colocarme en uno de los pocos lugares vacíos del andén, reparé en una joven rubia de aspecto alemán que recorría con evidente desesperación cada uno de los rostros masculinos que se acercaban al área de arribos, probablemente buscando a quién debería estar ahí para recogerla. La angustia de sus ojos brillaba por su elocuencia: llevaba esperando mucho más del límite de cualquier tolerancia. Un déjá vu acompañado de escalofríos dorsales resultó inevitable. Reencontrarme con Christophe resultó tan sencillo como absurdo. Ya he hablado acerca del poder Inalienable de los vocablos, de la fuerza de una explicación transparente. Estoy convencida que la franqueza posee propiedades de regeneración instantánea y que la honestidad apabullante trabaja probono al servicio de la cicatrización. Además, la composición de piano “Dispersions” enviada a mi correo electrónico días después del primer contacto (una melodía de cuya inspiración no significaba otra cosa que la reconstrucción del puente derribado a punta de promesas incumplidas) resolvió lo inasequible. Nos dimos una nueva oportunidad que nos colocaría en el mismo hito sin passwords crípticos ni expectativas malintencionadas.

Diez minutos después, pudimos encontrarnos. Nos abrazamos en reconocimiento mutuo para intercambiar espejos por recuerdos en el pasillo principal de la antigua estación de trenes, precisamente frente a la joven rubia que miraba el descomunal reloj principal hecha un abismo de lágrimas. Salimos de la estación a tomar un trago con mi adorada amiga Florence a quien encontramos a unos pasos. Elegimos desplazarnos a Parc de Sceaux para hablar, caminar, fotografiar nubes, otra vez hablar, mirar el cielo a través de cortinas traslúcidas, y después continuar hablando. Esa tarde aprendimos que podemos continuar queriéndonos sin culpa, porque somos importantes en la vida del otro, porque somos sujetos infatigables en la búsqueda personal de nuestra propia plenitud, porque la puta mala suerte existe, y porque no puede ser de otra manera. Cerramos un incómodo capítulo inconcluso a fuerza de pureza, honestidad y olvido. Al despedirse, se ofreció llevarme a Gard du Nord para mi regreso a Bruselas dos días después. Acepté encontrarnos pero sin darle horario ni lugar específico. Si él deseaba despedirme, debería encontrarme con ayuda de su buena suerte. Cumplí esa vieja argucia cortaziana que utilizaban Lucía y Horacio en Rayuela para citarse sin citarse, bajo el riesgo de jamás encontrarse, aprovechando que París es el único lugar del planeta donde cualquier endemoniado cliché está permitido. Dos días después, me buscó tal y como prometió. Con tremendo alivio en el rostro pudo hallarme al fondo de un recóndito bar donde decidí refugiarme para escribir sin ser molestada. La vida, sí, es un misterio azaroso que decidió pagarnos una vieja deuda. Me acompañó hasta la puerta del vagón para desearme un buen viaje y despedirme con una última sonrisa que alcancé a ver a pesar de la opacidad de la ventana del vagón.

Durante todo el trayecto a Bruselas no pude sacar de mi cabeza a la chica rubia de la estación. Ustedes no saben de qué manera desee que nadie se hubiera interpuesto en su reencuentro. Que ese día ningún accidente automovilístico le hubiera cambiado la vida y que ninguna desafortunada tragedia le hubiera negado ser feliz en el abrazo del ser querido por el que sus ojos llovieron tanto la última vez que la vi de reojo desplomada en el suelo al final del andén número 7. Desvié la mirada hacia la ventana para extraviar mis pensamientos en el verdor del campo. Pero no, por supuesto que no lloré. Esta ocasión, yo sí volvería al amor que me esperaba de vuelta a mi patria.

Breve nota a Christophe Cesaire: agradezco profundamente tu ayuda invaluable en la construcción de mis crónicas de viaje, porque nuestra pérdida en Orly abrió el portal que continúa dando entrada a los anónimos lectores que gustan de seguirle la pista a mis publicaciones. Jamás podré pagarte eso. Te doy la bienvenida a esta nueva etapa de afecto ilimitado, porque sin duda nos seguiremos encontrando y celebrando la felicidad que cada uno encuentre en sus respectivas rotaciones. Sigo en shock por Dispersions, me siento muy halagada por haber servido de inspiración (por pequeña que esta fuera) en la construcción de semejante pieza artística. Gracias por tanto jazz, por las emociones brillantes y honestas, por alegrarte tanto de mi felicidad y del amor que ahora me acompaña. Gracias por tu aportación a mi último descubrimiento acerca de la existencia de círculos perfectos que en un arrebato de rebeldía contra de las reglas geométricas más elementales, mutan violentamente en elipses, y aunque desconozco a ciencia cierta las consecuencias que suelen provocar esos prodigios matemáticos, nada me haría -nada me hace- más feliz que descubrir un fenómeno tan deslumbrante con mis propios e incrédulos ojos.

Je vous remercie,  monsieur le compositeur.

*No pierdan la oportunidad de disfrutar la belleza de Dispersions en este sitio.

 

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Criaturas del agua

 

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*Un texto a cuatro aletas por América Pacheco y Gerardo Cárdenas

Aviso a navegantes: en los anales de la peculiaridad humana deben escribirse capítulos aparte para quienes no nadan, y secciones específicas para quienes salen corriendo ante la gratuita desnudez ajena. Unidos por su devoción a Cthulhu y su esperanza de un caos final que lo arrase todo, estos dos seres terrenales (América desde el Distrito Federal y Gerardo desde Chicago) se han dado a la tarea de confesar y compartir su lucha contra los demonios del agua y el cuerpo ajeno, sobre todo aquel cuerpo ajeno que se aparece en pelota picada sin provocación previa ni invitación respectiva. Aclárese que mientras América progresa en su lucha contra el agua, Gerardo al parecer ha decidido aferrarse a la sólida, confiable y contaminada tierra.

Ni sirena ni esclava, simplemente un tonel

No  tengo registro puntual de la fecha exacta en la que estuve a punto de perder la vida en una alberca de 10 metros  de profundidad. Probablemente tenía menos de 10 años, quizás 8 o 9. Mi edad no importa, en realidad. Recuerdo que mis padres de manera irresponsable, dieron su permiso para que la hija que escupieron sus entrañas acompañara a sus vecinos a unas vacaciones de fin de semana. Para empezar, mis padres ni conocían a mis vecinos y tampoco se les ocurrió preguntar el lugar exacto de nuestro destino: Puente de Ixtla, Morelos. Tampoco guardo recuerdos relevantes de esas vacaciones improvisadas, es decir, no sé decir si el pueblucho a donde nos fuimos a meter era digno de afluencia turística europea o si estuve tres días en la cuna del secuestro y crimen organizado, porque todo lo que permanece indeleble en mi mente es la imagen de una niña-pelota (recuerden que en mi infancia era gorda como pelota playera) tragando más agua que un camello pakistaní al interior de la gigantesca y rupestre alberca del balneario al que tuvimos a mal irnos a meter.

Aún me preguntó qué me motivó a mentir y alardear acerca de mis conocimientos en natación, cuando todas las vacaciones de mi familia hasta la fecha habían tenido lugar en la sucursal número 127 del infierno: Tlapehuala, Guerrero, pueblucho polvoriento y desprovisto de un miserable balneario. El punto es que mi ruin mentira provocó que estuviera a punto de una visita a la antesala de la luz al final del túnel; supongo, a la causa de muerte más imbécil que pueda haber registro: ahogamiento por pendejismo extremo.

A diferencia de Gerardo, yo soy Leo, signo de fuego y se supone que la ruta de mi destino es regenteada por el Astro Rey. Pero desde que tengo uso de razón el sol sólo me ha provocado enfermedades, alergias y malestares. Odio, desprecio y maldigo al sol. Razón más que válida para que deteste con todo lo que reside en mí de negrura, a la playa, arena y el mar. Así que gracias a mis peculiares fobias, confieso que mis antecedentes acuáticos se resumen de la siguiente manera: he nadado en alberca 4 veces, mientras que me he remojado en una playa sólo en dos ocasiones. Todo esto a lo largo de mis miserables 38 años de vida.

Mis anteriores líneas no están destinadas a endosarles a ustedes el trabajo que le pertenece en exclusiva a mi psicoanalista; más bien, mi intención es dejar bajo un contexto claro la aventura a la que me sometido hace algunas semanas movida por recomendación de mi neumólogo: comenzar a tomar clases de natación.

Me resistí todo lo que pude. Intenté considerar algunas otras alternativas deportivas, pero este cuerpo mío nació desprovisto de cualquier habilidad atlética. El gimnasio es una absoluta tortura, y mientras viva, jamás me inscribiré en actividades deshonrosas como zumba o yoga. No, ni madres. Preferí -haciendo uso de toda la valentía que poseo-, inscribirme a una escuela de natación. De mi padre aprendí a enfrentar los peores miedos de uno mismo bajándose los calzones y mostrarles el culo de frente, no huyendo como gallina en territorio de lobos hambrientos.

 

I am the Walrus

Mi signo es Escorpión, un signo primordialmente de agua. ¡Vaya una ironía! Es irónico porque a pesar de mi fascinación por el mar, especialmente por el furioso Atlántico, el tormentoso y gris Mar del Norte, o las aguas polares, a pesar de mi fantasía de ser pirata, explorador de los polos, o comandante de un submarino de la Segunda Guerra Mundial, en el agua soy simple y sencillamente un eructo evolutivo, una morsa torpona y reumática que prefiere leer una novela del Corsario Negro bajo la sombra de una palapa, que presumir ante el personal sobre las largas y poderosas brazadas que uno es capaz de dar.

Dicho de otro modo, mis conocimientos de natación son los siguientes: para abajo te hundes, y para adelante más vale que haya una llanta, una tabla, o un oportuno delfín salvador que me lleve a tierra firme.

No entiendo por qué nadar es importante, cuando hay tecnología que nos permite recorrer la superficie de las aguas en un cómodo velero mientras fumamos una pipa, leemos a Lovecraft y descuidadamente le desamarramos el bikini a Mónica Bellucci.

Comparto, entonces, el asombro del Guille, hermano menor de Mafalda, que en su primera visita al mar dijo: ¿todo ezte agua vino a padad aquí cuándo ze pinchó qué coza?

Mi declaración de principios no excluye las varias ocasiones que he intentado aprender a nadar, ya sea por mi cuenta o con ayuda profesional. Los resultados, nulos; y la hilaridad del público, in crescendo.

Tengo al menos la satisfacción que mi querida América Pacheco cojea del mismo pie (o de la misma aleta). Sé que no estoy solo. Y cuando finalmente triunfe el calentamiento global, se derritan los polos, y nos vayamos todos a la refandunfla, ella y yo nos habremos adelantado y los observaremos desde el fondo del mar sacando burbujitas por diversos orificios.

 

Crawl, baby crawl! 

Mi primera sesión de natación fue memorable gracias a dos notables eventos. El primero sucedió justo en la alberca. El entrenador me preguntó si yo sabía nadar, a lo que con toda seguridad y templanza contesté que sí. No quiero que piensen que se trató del mismo ardid pendejo de mi infancia, no, en verdad sé nadar. Y aprendí a hacerlo justo en la alberca de 10 metros en la que estuve a punto de entregar mis crocks al señor. O sea, después de ser rescatada del fondo de la alberca, la hija de mi vecina se empeñó a que yo no iba a salir de ese lugar, hasta aprender a flotar y lograr la proeza de atravesar esa maldita alberca nadando. Seis horas de intentos rindieron sus frutos y yo salí agradeciendo a todos los ángeles del cielo continuar respirando, haber aprendido a nadar y con un odio enfermizo a las albercas.

Pues bien, mi entrenador de natación ajeno a mis traumas e incapacidades, creyó como San Diego a la morenita del Tepeyac mi dicho y me impuso un sencillo ejercicio: atravesar la alberca de 10 metros (aquí es donde yo afirmo que el pinche karma existe y le gusta darnos por el culo) utilizando la técnica de crawl. Fácil. Tres brazadas y a la cuarta, retomar aire con fuerza, con la cabeza a tu costado derecho, luego volver a sumergir tu cabeza en el agua, cuatro brazadas y así, hasta tocar con pared. Lo que nadie previó fue que mi condición física no era apta para resistir cuatro brazadas; a la tercera, paré a mitad de la alberca, al tiempo que escupía trozos de pulmón. Craso error. Mis pies no sintieron el piso, por lo que mis pulmones al no encontrar un ápice de oxígeno, comenzaron a colapsar, mientras mi cuerpo comenzó a hundirse como cadáver de mafioso en aguas del río Hudson. Mi instructor -visiblemente molesto por su ingenuidad barata de creer en mis habilidades- rescató mi maltrecho cuerpo con el propósito de someterme a la segunda humillación del día: colocar un flotador fálico en mis nalgas.

Durante todo lo que restó de mi primer clase fui segregada del grupo de “nadadores” y colocada en el carril de los ancianos. Bueno, de hecho, en la clase de 7:00 a 8:00 está inscrita la liga sub 60 de natación, lo que me convierte en la nadadora más joven del recinto. Peor humillación: fui rebasada en cada una de las prácticas por mis avejentados -y aventajados- compañeros de clase. Sonó la campana, y aliviada, me dirigí a los vestidores con la moral hundida a modo de cabeza de avestruz. Lo que siguió a continuación se convirtió en la segunda anécdota notable del día: los inmundos vestidores.

 

I am excited! 

Había comenzado ya el siglo XXI y la proximidad de mi ascenso al cuarto piso me urgió a buscarme un instructor de natación, no sea que agregase a la carga de los 40 años el estigma de la indefensión acuática. Afortunadamente a pocas cuadras del departamento donde entonces vivía en Chicago había un hospital aproximadamente sueco o noruego, lleno de instalaciones atléticas y sanitarias que incluían una alberca de buen tamaño. Además del tamaño, la profundidad, esa vieja némesis que me impedía meter las patas en el agua si en alguna parte veía un aviso de que rebasaba el metro sesenta (o sea lo máximo tolerable para poder tener toda la cabeza fuera del área y que se pudiesen ver mis ojos de terror).

En la alberca había –supongo que seguirá habiendo—instructores. Estos eran unos anglosajones mozalbetes que seguramente se ganaban unos dólares durante el verano antes de encerrarse en las universidad en turno. El que me tocó, no recuerdo ya su nombre, era como todos: mirada perdida, cabello despeinado, un cierto tufo entre cloro y mariguana, y nombre monosilábico (Pete, Pat, Dick, Matt, Chip, vaya uno a saber).

Llamémosle Chip.

Chip no hablaba mucho. Era obvio que, si se hubiese tenido que sincerar conmigo, hubiese roto en llanto y confesado que su aburrimiento era interminable, y que hubiese preferido hacerse hervir en un perol a fuego lento que darle clases de natación a un gordito cuarentón con acento de Speedy González.

En vez de eso, con un monótono insoportable, me recitaba la rutina del día y cuando me preguntaba si estaba listo para el fun! fun! fun! y yo le respondía que sí, él me decía I’m excited con el mismo tono con el que uno repara en voz alta que las paredes del cuarto necesitan una mano de pintura.

Acto seguido Chip me proporcionaba flotadores, incluyendo una llanta inflable (se ve que se no se hacía ilusiones) y trataba de corregir mi incapacidad innata para el flotamiento horizontal sin, por ello, tocar mi rotundo trasero (lo cual nos hubiera aterrado a los dos y provocado nuestras muertes en el fondo de la piscina).

Pataleaba yo como debe haber pataleado el primer ser anfibio que surgió de las aguas del Devónico. Braceaba. Sacaba y metía la cabeza del agua. Y avanzaba, uno o dos metros. Incrédulo, me aferraba a la llanta y miraba al pobre de Chip, cuyos ojos se enrojecían por el cloro pateado o la proximidad del llanto.

Y así 45 minutos, tres veces por semana. El último día, con el tono con que un padre le dice a su hijo que deje de rascarse los desos porque ya es hora de ponerse a chambear y ganarse el pan, le comuniqué a Chip que su sabia conducción me había convertido en un auténtico tritón. Chip me devolvió su mirada de ciborg sin párpados y desde el agua, donde ya se preparaba para trabajar con un octogenario, me dijo I’m excited y procedió a borrar toda memoria de mí de su disco duro.
Y aquí a la derecha, el hombre de las tres bolas 

Por alguna razón asociada a reminiscencias dolorosas de mi otra vida (la que sostengo se antoja plagada de orgías, voyerismo y sexo con animales), no soporto la idea de desvestirme ante completos extraños. Este trauma es tan marcado, que mi ex-esposo tuvo que esperar un año de vida juntos para que se le permitiera permanecer en nuestra habitación mientras me cambiaba después de tomar un baño. Es en serio. No es vergüenza. No es pena ranchera. Tengo pedos, no soporto miradas extrañas en un cuerpo que sólo es mío y al que considero atractivo en desnudez absoluta tres segundos al año. Además, este complejo también aplica al prójimo: no soporto la desnudez obscena del respetable a quién no tengo el gusto de conocer y no me interesa si fue parido por seres humanos, chacales o ballenas. Ustedes comprenderán que mi primer contacto con mis compañeras de natación en vestidores resultó un acto en extremo perturbador. ¿Qué motiva a una mujer de 65 años a mostrar sin atisbo de pena unos senos descomunales que rebasan el ombligo? ¿Por qué tengo que soportar la visión de otra mujer que decidió improcedente rasurarse el triángulo de la entrepierna en 1986? ¿Qué ley puede obligarme a exhibir mi cuerpo desnudo ante una turba de señoras voyeristas?

No se equivoquen, el rechazo y el casi desmayo que sufrí mi primera vez en el vestidor de la escuela de natación no está asociado a la decrepitud de cuerpos que vieron sus mejores momentos en la década de los setenta. Hace dos años, durante una de mis correrías en el viejo continente, acudí al club deportivo del que es socia mi amiga Florence Ascouet, en Paris, el AquaboulevardAquaboulevard es un moderno recinto deportivo que cuenta con restaurantes, bares, gimnasio, spa, salones con toda clase de disciplinas deportivas, salas de vapor, alberca y demás monerías. Debo confesar que cuando me desvestí en medio de mujeres poseedoras de cualquier tipo de color, raza y medidas, tuvo el mismo efecto: una desagradable sensación de incomodidad y ganas de salir corriendo. Y sépanlo de una buena vez: la celulitis no perdona nacionalidad, posición social o ubicación geográfica; la celulitis es infinitamente más letal y universal que la influenza estacionaria. El sauna fue lo peor que mis ojos han sufrido en toda su trayectoria. Los quince minutos que tuve frente a la negra más espectacular del mundo, el hombre francés con tres testículos y a la mujer turca de 250 kilos sudando como albañiles veracruzanos, pertenecen a los momentos que no deseo ver repetirse en mi futuro próximo o distante. No puedo, me rebasa, me declaró incompetente, tiro la toalla. Virgencita, no, no a mí, por piedad. En mi segunda visita al Aquaboulevard, me limité a tumbarme a escribir en un camastro en el último rincón del lugar. Completamente alejada de cuerpos desnudos, por muy europeos que fueran.

 

Mejor no menearlo, coreano 

Aclaro una cosa desde el principio: me siento cómodo con mi cuerpo de morsa varada en tierra.

Sí, podría tener más músculo por aquí o por allá, o medir al norte del metro ochenta, o tener más pelo. Pero en general, estoy contento y cómodo. No tengo problema con la desnudez, asumiendo que esta ocurrirá en la intimidad de mi recámara y en presencia de mi mujer.

La cosa cambia cuando hablamos de desnudez en público. Nunca entenderé esta dualidad de los gringos: su terror al cuerpo en la mayoría de las situaciones sociales, y su absoluta comodidad con la desnudez en sitios tan públicos como los gimnasios.

Pero ahí los ve uno, paseando por los pasillos entre las regaderas, el sauna y los vestidores, presumiendo los mismísimos, sacudiendo nalgas que pueden ser masivas o de mejoral, contoneando las arrugadeces o musculaturas como si tal cosa.

Uno es presto con la toalla para tapar lo pudendo; los otros usan la toalla como estandarte de porrista.

Cada clase de natación era la misma angustia: la masiva información visual e innecesaria de numerosos y perfectos desconocidos.

Pocos compañeros de gimnasio me angustiaban tanto como un coreano, bajito, ni gordo ni flaco, de mediana edad, que tenía una especial predilección por el arrime. No con intenciones sexuales, sino para puntualizar la conversación. En plan de decir o querer decir ¿me entiendes, compadre?, el buen asiático arrimaba el camarón excesivamente al sartén ajeno, y uno tenía que dar pasos casi de ballet, o de delantero brasileño, para evitar el marcaje personal. Más de una vez tuve que driblarlo camino de la regadera, él que seguro sólo quería platicar de política, del clima, o de las excelencias de la barbacoa coreana. Estoy seguro que, con la ropa puesta y el colguije suficientemente protegido por al menos dos capas de ropa, sería un tipo estupendo y buen amiguete para las cervezas y el cotorreo. Pero nunca llegamos a ese plano porque no hubiera yo podido quitarme de la mente las imágenes de su amenazadora empelotez.

Pongo por ejemplo que una tarde agarró de interlocutor a un gringo más joven que, resultó, era dueño de un taller mecánico. Nuestro amigo coreano tenía problemas de transmisión. Me refiero a su auto. Y presuroso fue a consultar al mecánico. El único problema es que la consulta fue en pelota picada. El gringo intentaba, cada vez más apuradamente, vestirse. Nervioso, estuvo a punto de ponerse un calcetín en el lugar de la corbata. Y es que el coreano, como si nada, había subido una pierna a la banca donde se sentaba el gringo, de tal manera que su danzante misil le bailaba un poco a la altura de los ojos. El gringo sudaba sangre, lo juran estos ojos que habían visto ya demasiado, mientras el coreano inquiría sobre los precios de un cambio de transmisión de su malhadado Hyundai. Supongo que a esas alturas el gringo ofreció hacer la chamba a gratis a cambio de no ser perseguido por el ágil camote asiático.

Por eso, amigos, romanos, conciudadanos, ni nado, ni voy más a gimnasios.
Quisiera ser un pez…

Al momento de escribir estas líneas, han concluido tres semanas de entrenamiento acuático y puedo compartir con ustedes que he tenido momentos terribles, bochornosos, así como reflexiones de tres pesos.

Soy consciente que gracias al coctel de químicos que se le suministran a las albercas (Tricloro -químico necesario para sanitizar y eliminar restos de sudor, cosméticos y microorganismos- , Dicloro -sustancia más cabrona que el Tricloro y que se usa cuando este cabrón no hace bien su chamba-, Algicida -líquido fundamental para evitar la proliferación de algas y organismos parientes de Plancton- y Clarificador -químico que hace posible que la alberca luzca clara y diáfana- al paso de los años acabaré mis días sin piel, cabello y con el aspecto de un hisopo radioactivo. ¿O qué, también ustedes estaban tan imbéciles como su servilleta y pensaban que a las albercas les cambiaban el agua diario?

A fuerza de mis avances en brazada y pataleo, logré que mi entrenador me segregara para siempre de don Pancho, mañoso septuagenario al que tuve que rescatar su dentadura más de una vez al fondo de la piscina. Después comprendí que su intención radicaba en verme las nalgas al momento de zambullirme como buena samaritana. Viejo cabrón.

El cuerpo, los músculos tienen memoria, así que ahora estoy casi a la altura de resistencia de mis compañeras de nado nivel medio, y eso me llena de orgullo. Descubrí que al margen de mis traumas, disfruto enormidades nadar. Mientras avanzo en flecha y mantengo la cabeza dentro de la piscina, abandono la pésima costumbre de pensar. El agua tiene su propio lenguaje y he aprendido a disfrutar de los mensajes que nos envían cuando nosotros, torpes mamíferos no acuáticos decidimos invadir sus dominios. Aprender a respirar es una asignatura esencial para cualquier aspirante a nadador. Respirar con la boca y expulsar el aire por la nariz significa cambiar un chip que tenemos colocado en nuestro cerebro desde el día uno de nuestra existencia. No es fácil dejar de ser un mamífero para intentar emular a un pez. Pero el hacerlo es liberador, porque pretender que tu naturaleza es otra, el intentar comportarte de acuerdo a una naturaleza contraria a la tuya es morbosamente liberador. Cuatro días a la semana, durante una hora, pretendo dejar de ser una rumiante vaca para intentar comportarme como un delfín. Jamás como una sirena, ya que desde los siete años -¡gracias a Hans Christian Andersen!- considero a estas aberraciones de la mitología como patéticas e imbéciles como ninguna otra. Me gusta quitarme los goggles mientras nado con los ojos al ras del agua, porque la bellísima sinuosidad del azul me embriaga, me hipnotiza. Me invade una paz única nadar con el rostro dentro del agua, porque ahí de alguna manera, olvido el miedo. Por instantes equiparo esos momentos de tímida respiración inversa al descubrimiento de este mundo de los recién nacidos. Debe ser perturbador para ellos encontrarse de pronto en este mundo desprovisto de humedad. Me hundo, nado con fuerza y no salgo hasta que el último resquicio de oxígeno ha sido agotado de mis pulmones para emerger de lo profundo con una sonrisa, porque todo está bien, porque la nobleza del agua me perdona, me suspende, me regresa a la superficie con delicadeza. De alguna manera es nacer de nuevo. De cierta forma estoy aprendiendo que al nadar, no estoy únicamente ayudando a mis pulmones a recuperarse de sus vejas dolencias; también le doy la oportunidad a mi cuerpo a descifrar el lenguaje que esconde el agua cuando te sumerges a uno, dos metros de ella. Mi cuerpo ahora se atreve a imitar a otro animal, a uno al que no le hace falta respirar como mamífero terrestre; y lo hace sin miedo, como si tuviera escamas. O tentáculos.

Pero al evocar tentáculos me acuerdo de Lovecraft, y el miedo regresa. Entonces, pataleo, pataleo con tanta fuerza.

*Texto publicado en Animal Político el 15 de abril de 2014

 

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Resaca

gen.borrachera.violenta

 

“Hay sentimientos como vértebras: nos mantienen de pie y son endebles. Pablo estaba roto. Por eso, cuando se acomodó en una banca del Parque México, era incapaz de contener el llanto. Lloraba como quien suda caudalosamente, como quien se desangra: sus lagrimales parecían poros en un cuerpo afiebrado, venas en el brazo de un suicida. Le dolían sus pérdidas y además tenía miedo de haberse convertido en asesino: no sabía si sus manos habían matado a la vieja.

Estaba en un parque y nadie se detuvo a consolarlo. En lugar de conmoverse ante su dolor, las personas siguieron con sus ejercicios cardiovasculares, algunos incluso lo conocían, pero simplemente no se enteraron de que era Pablo quien sufría; así de invisible es el desconsuelo de los menesterosos”

El anterior fragmento se desprende de la última novela del escritor Luis Muñoz Oliveira cuyo título: Resaca, describe con elocuencia la atmósfera que impregna página a página la degradación en la que un ser humano corriente como ninguno, elige conducirse al abismo. El shock que sufre Pablo en su intento por sobreponerse al atroz efecto posterior a un salvaje trip etílico, trajo consigo una experiencia personal de la que poco he hablado en voz alta. Hace cinco años, durante mi primer y único viaje a Barcelona, sumé a la memorabilia de mis surrealistas andanzas, la borrachera más escandalosa registrada frágilmente en mi memoria, aunque no así la resaca del día siguiente; hay resacas tatuajes, y muchos de nosotros lo sabemos. Las fiestas de la Merced, son por mucho, las fechas más bulliciosas en Barcelona, porque durante una semana, el pueblo catalán y agregados culturales provenientes de toda Europa festejan al santo patrono de la ciudad San Jordi, con una andanada de festividades. De alguna manera asociada con los milagros auténticos, estas festividades arrojan sobrevivientes. En un viejo texto relaté brevemente aquella desquiciada borrachera de la que tuve conocimiento de mis actos gracias al relato de buenos amigos quienes atestiguaron con horror mis desfiguros.

Recuerdo haber despertado en el piso, semidesnuda o semivestida, da igual. La habitación donde desperté era minúscula: un lavamanos bajo a la ventana y el incómodo y estrecho camastro en el que al parecer me negué a dormir representaban el único mobiliario del lugar. La náusea cortesía de la resaca de los buenos días, me provocó la primera arcada del día. Mi maleta estaba abierta, la ropa en absoluto desorden y regada por el piso. Alarmada y profundamente asustada noté que la parte baja de mi blusa y mis jeans tenían manchas de sangre. Traté de buscar ayuda en mi memoria en vano: la insoportable migraña comenzó a fulminar mi organismo a fuerza de mareos, escalofríos y pérdida de equilibrio. Comencé a llorar en el piso, desconsolada. Las evidencias en la habitación, mi ropa y en los moretones de mis piernas, apuntaban a que había sido asaltada en la extensión más amplia y literal del vocablo. El dolor de mis extremidades comenzó a ser insoportable, pero la verdadera tortura brotaba desde adentro. ¿Cómo había llegado a repugnante habitación? ¿Dónde carajos estaba y quién me había lastimado?

Abrí con recelo la puerta de madera. Estaba cerrada por dentro. El estrecho pasillo de paredes agrietadas y las antiguas baldosas del piso, refrescaron mi memoria. Esa era la posada en la que había guardado mi equipaje la noche anterior en un arrebato desesperado por no encontrar el departamento del amigo que me hospedaría durante mi estancia en la ciudad. Al fondo del pasillo pude avisar el baño. Corrí descalza y sin mirar a los lados para lavarme. Ahí mismo tiré mi ropa semi desgarrada y manchada de sangre. Como pude tomé mis pertenencias para huir de aquel lugar que mi memoria se niega a olvidar. El miedo inmoviliza ferozmente al raciocinio, nos coloca en el pabellón de la ignominia y recrudece nuestra desolación. El no saber nos aniquila a pedazos, es caer dentro del agujero donde gobierna el espanto. La degradación de Pablo, la incertidumbre del crimen torturándolo en el Parque México, representan sin duda, la angustia paralela de aquel amanecer de pesadilla, y nuestra resaca gemela.

Resaca comienza relatando justamente el pasaje del parque, los seis capítulos subsecuentes -que dividen la novela en dos partes- dan cuenta al lector del ingenioso método utilizado por Pablo para transformar su vida de mediocre confort, en abyecto infortunio en un puñado de semanas. La tortura del crimen que Pablo no recordó haber cometido aunque todo a su alrededor así lo señalara, se convirtió en el fiel Virgilio que siguió sus dantescos pasos al paulatino descenso de su infierno. Yo tuve la fortuna de haber sido rescatada de mi tortura personal dos días después de mi huida del hostal mediante el regaño más cabrón he recibido en lustros. La sangre de mis ropas, los golpes en mis extremidades fueron resultado de mis endemoniadas correrías en las ramblas: robé una silla de ruedas, me desvestí en una plaza abarrotada de gente, mojé a un grupo de flamenco y ataqué violentamente a un grupo de turcos. Mis amigos –quienes me condujeron a rastras al Hostal- esperaron detrás de la puerta hasta que dejé de gritar como Linda Blair. Pablo no tuvo tanta suerte. O tal vez sí, no lo sé. Una secuencia inaudita de eventos desafortunados le enseñó que la confianza es un invento de los cínicos para aprovecharse de los inocentes. A cada lector le corresponderá la tarea de descubrirlo.

Sin duda, la embriaguez continuará protagonizando innumerables ejercicios narrativos hasta que el último de los escritores quede de pie sobre la faz de la tierra. La sordidez autobiográfica seguirá siendo material creativo inagotable. Y no va mal, es comprensible elegir relatar legendarios saturnales –reales o imaginarios-, porque los estertores humillantes del día siguiente carecen de atractivo. Sólo un perfecto imbécil o un valiente optaría elegir como ejercicio literario el lado oscuro del desenfreno, y pasar de largo el glamour de la verbena.

La segunda aportación al género de la novela que nos entrega Luis Muñoz Oliveira con su Resaca (Mondadori, Random House) aborda con valentía, mordacidad, soltura y pulcritud, la historia de cómo un hombre desprovisto de talento, clase o notabilidad relevante, edifica su propia hecatombe con una asombrosa presteza, haciendo uso de un prodigioso, único e invisible talento: la autodestrucción. ¿Quién escaparía a sentirse aludido?

Por mi parte, fui llevada de la mano a Barcelona.

*Publicado en Animal Político el 16 de septiembre de 2014

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De cómo perder el miedo a la oscuridad a martillazos.

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*Texto escrito al alimón con Gerardo Cárdenas

Paso 1: Si algo suena, es que hay fantasmas

Mi abuela, mujer que nació con el siglo; que salió de un pequeño rancho en las afueras de Salvatierra, Guanajuato, con su madre a buscarse la vida en la Ciudad de México; que sobrevivió a la Revolución y a la Cristiada; que corrió de la casa a su marido infiel, mi abuelo, a balazos, y que vivió 91 años en absoluta intensidad. Que nunca tuvo miedo a la oscuridad, ni a los aparecidos, ni a los villistas, ni a Calles. Que gobernó su casa con puño de hierro, pero me enseñó a escribir, a leer (sobre todo a leer), y a hacer cuentas, sacar la raíz cuadrada y dominar la regla de tres.

Mi abuela, que se desesperaba porque yo le tenía miedo a la oscuridad y a los fantasmas, y lo tuve por muchos años. Escéptica ante el psicoanálisis (“esas son cosas de judíos”), optaba por la terapia de choque.

Amaba los apagones, porque así podía prender velas y contarme historias de aparecidos. Y sabía muchas. Pocas cosas le causaban más felicidad que contarme la historia de la Llorona mientras su rostro aparecía y desaparecía entre la penumbra y la luz de las velas. Y luego asegurarme que si no se me quitaba lo collón, la Llorona vendría por mí.

Contaba también la historia de las monedas. En el terreno donde estaba nuestra casa había existido otra casa, y en esa casa había un gran patio y en el patio, aseguraba ella, habían enterrado a un tipo junto con varias urnas repletas de centenarios.

Mi abuelo, antes del episodio de los balazos, había cavado en el patio buscando el dinero y nunca había encontrado nada. Cuando mi bisabuela compró el terreno, contaba mi abuela, por las noches (en especial las noches sin luna) se podía oír a un aparecido que caminaba por el patio y contaba sus monedas. ¡Chas, chas, chas! Mi abuela sacudía en su mano varias monedas de a peso de las de antes, las grandes. Y por debajo del ruido de sus monedas, se podía oír con claridad el castañeteo de mis dientes.

¿Te da miedo, chamaco?

Sí, mamá Güerita– como le decía yo por sus cabellos que habían sido pelirrojos.

No seas pendejo- replicaba, haciendo sonar los pesos de nuevo. –Y ahora- continuaba –veme a traer las sábanas que se quedaron colgadas al fondo del patio.

Y allá iba yo, en la oscuridad, temblando, con los ojos cerrados para no ver al hombre de las monedas, o a la Llorona, o a los colgados de los que siempre hablaba. Apresuradamente juntaba las sábanas y volvía corriendo con tal celeridad que en más de una ocasión me estampé contra un muro o contra la puerta de la cocina. 

Paso 1, inciso b) El maya cascarrabias

Juan, mi abuelo, hombre adusto como ninguno, nació en Mérida, Yucatán, en 1902. En mi memoria infantil vive el recuerdo de un hombre de mentón cuadrado, espaldas anchas, estatura promedio, ojos verdes, gafas negras de pasta y poseedor de unas enormes y espléndidas orejas. No sé con certeza si es a mi abuelo a quién debo la primera de muchas manías: acariciar obsesivamente las orejas ajenas, pero no cualquiera, para ser objeto de mi fascinación estas deben contar con lóbulos generosos, sonrosados y suaves. Como las de Don Juan. El abuelo y yo nunca tuvimos una conversación real. Al menos no ocurrió durante mis primeros 15 años de vida. Solamente aquellos que lo llegaron a conocer podrían entender la razón por la cual jamás me acerqué a él más allá de un metro. Llegué a abrazarlo en alguna navidad y nada más. Don Juan no era un hombre que gozara aquello que en algunas culturas desarrolladas es conocido como la calidez humana. El primer recuerdo que tengo de él corresponde a aquellas mañanas que llegaba a visitar a mi madre para tomar café con ella a las 7 de la mañana. Nunca visitó a su hijo, mi papá, visitaba a mi madre –a quién adoraba-. Después de desayunar solamente con ella, se sentaba en la sala, junto al ventanal principal de la casa a leer el periódico de principio a fin. No sé cuántas veces lo observé con auténtico pavor. Yo quizás tendría cuatro o cinco años, el recuerdo es impreciso, sin embargo, la postal de su figura endemoniadamente circunspecta, mientras aquella niña se acercaba con sigilo para mirar de cerca sus enormes orejas, permanece indeleble en mis ganglios basales.

La génesis del abuelo continúa siendo un misterio para algunas facciones familiares. Sabemos que nació en Mérida, que sus orígenes son españoles y que odió a su padre con tanto ahínco que llegó al extremo de registrar a sus tres primeras hijas con el apellido de su madre, y negarles el Pacheco porque podía. Nunca llevó a sus hijos o a su mujer a su tierra. La única información disponible hasta el momento es que escapó de casa desde pequeño para jamás volver. Había sido soldado en su juventud y toda su vida fue un lector voraz. Decidió ganarse la vida manejando un tráiler que, al paso de los años, paso a ser de su propiedad. En uno de esos viajes que realizó por toda la república conoció a Vicenta, la dulce rubia que se convertiría en la mujer de su vida, mi encantadora abuela. Se estableció con ella en Puebla y ahí vivieron hasta 1960. En 1961 la familia compuesta por sus siete hijos se mudó a la Ciudad de México.

El terror que causaba mi abuelo en aqueos y troyanos continúa siendo tema de análisis en reuniones familiares. Era intolerante a la estupidez humana, racista y fiel acólito del silencio y la severidad extrema. La única pregunta que su único hijo varón recibió por su parte cuando regresaba de viaje, era:

¿Cuántas novias tienes?

Dice mi padre que nunca tuvo idea clara qué contestar a semejante pregunta a los nueve años. Así que procuraba contestar algo que tal vez lo hiciera feliz:

Tres, papá, tengo tres novias.

El abuelo lo miraba largamente. Después de un rato, le hacía señas para que se largara. Jamás supo si esa era la respuesta que él necesitaba. A veces contestaba que dos, o una, pero el resultado era el mismo cada vez.

Esa se convirtió en la única comunicación que sostuvieron durante toda su infancia. La segunda ocurrió cuando reprobó un examen en la preparatoria.

¿Cómo que reprobaste, cabrón?- Sin esperar respuesta, le dio un golpe con el puño cerrado. Lo noqueó por completo. Jamás volvió a golpearlo. Aquella ocasión fue el primer y último golpe que el abuelo le propinó durante toda su vida. Cuando le pregunto a mi papá si considera que el abuelo se arrepintió de aquel knock out, siempre obtengo la misma respuesta:

Supongo. Cuando desperté, acostado en mi cama, había un billete de diez pesos sobre el buró. Él estaba en el umbral observándome y señaló el billete. –Para que te compres algo– le dijo. Y salió dando la vuelta. Otra vez sin esperar respuesta.

Cuenta mi padre que el abuelo lo llevó a innumerables viajes al interior de la república en el tráiler. Recorrieron juntos todo el centro y norte del país. Sin embargo, durante todos los días y noches que viajaron en aquel viejo tráiler, no intercambiaron palabra alguna. Ni una sola.

Existe una anécdota de esos viajes que no se cuenta en voz alta por lo vergonzoso del hecho, pero en uno de esos extensos viajes de Puebla-Nuevo Laredo mi papá moría de ganas de ir al baño, pero era tanto el miedo que le tenía a su propio padre, mirarlo de frente, que prefirió callar y aguantar todo lo que pudo. San Luis Potosí fue el límite. El chiquillo rubio de 10 años tuvo que viajar el resto del camino a Tamaulipas empapado de orines, lágrimas y vergüenza. El abuelo era un villano implacable. Hasta yo lo sabía sin conocer detalles. Esa era la razón por la que salía despavorida cuando volteaba a verme sorpresivamente, mientras yo intentaba verlo un poco más de cerca. Jamás pude soportar su helada mirada. Bueno, casi nadie podía

Paso 2: Nuestra Señora de ¿Qué chingados es eso?

En la oscuridad todo tiene otro peso, otra textura. La geografía de una casa, o de una calle, por mucho que las conozcamos, cambia en la penumbra. Los objetos que nos son familiares parecen haber cambiado de lugar. Entrevemos siluetas pero no las podemos referir a nada conocido. Los sonidos viajan de otra manera, los olores se intensifican. El miedo se encarna o, en el mejor de los casos, la desconfianza se implanta.

La habitación de mi abuela era muy sencilla, comparada con la de mi madre o la mía. Una cama, un buró, un tocador con espejo y un armario; una silla donde se mecía y que yo juraba haber visto muchas veces mecerse por sí sola. Arriba del armario estuvo, desde mis primeros recuerdos de infancia hasta el día que me fui de casa con 26 años de edad, una pequeña imagen de la virgen de Lourdes. Era, supongo, de porcelana. Yo no la tocaba, y prefería no verla. Su manto blanco me la hacía aparecer como un fantasma. Mi madre y mi abuela gustaban de ir al cine, y a veces yo no iba con ellas fuese porque la película era ‘impropia’ para niños, o porque el tema no me interesase.

Me quedaba a solas y en la casa no sonaba otra cosa que la televisión de mi cuarto, que yo ponía a todo volumen para contrarrestar el silencio que, pensaba, presagiaría la llegada de Lloronas y colgados. Mi abuela insistía en que todas las demás luces de la casa estuviesen apagadas “pa no gastar corriente, mijo”, y sacudía la cabeza decepcionada cuando yo insistía en tener la luz de mi cuarto encendida hasta que volvieran. “¡Collón!”, refunfuñaba. A veces me olvidaba de dejar mi puerta cerrada y juraba que por el pasillo veía pasar la estatuilla de la virgen de Lourdes, arrastrando su blanco manto. Mi abuela volvía y yo le contaba mis visiones. Ella entraba a su cuarto y poco después regresaba para asomarse, y decirme con una sonrisa cruel, “no está exactamente en su lugar y yo no fui quien la movió”. Se quedaba mirándome el tiempo justo para reírse por dentro al ver cómo se me erizaba el cabello.

Paso 2, inciso b): ¡A la chingada, pinche Papa!

El abuelo no era religioso, al contrario: era ateo consumado y si algún placer tenía en la vida, -además de consentir a su mujer con chocolates y regalos-, era insultar la imagen de Juan Pablo Segundo. El desprecio por sus archienemigos eran de las pocas cosas que solían sacarlo de su ostracismo. La dulce abuela –católica apostólica y romana- tuvo que vivir más de medio siglo con un hombre que escupía víboras y ajos contra el máximo gánster del Vaticano, cada vez que algún noticiero daba cuenta de alguna aparición suya en Mozambique o Roma. Le daba igual. Sin embargo, el viejo cabrón tuvo la desgracia de atestiguar tres visitas papales. Y no le quedaba de otra. La casa de mis abuelos se ubicaba a escasos kilómetros de la Basílica de Guadalupe, por lo que no tuvo escapatoria. A pocas personas he escuchado proferir la cantidad de insultos más escalofriantes como a él frente a la televisión. Se cagó doscientas veces en los antepasados de Karol Józef Wojtyła, lo acusó de maricón, pedófilo y drogadicto otras doscientas. Las paredes de la casa retumbaban y que los vecinos no llamasen a la policía debería de considerarse como el primer milagro del pinche Papa. Era un espectáculo que al paso del tiempo aprendí a apreciar a cabalidad. Era un maldito punk, el viejo.

A pesar de que mi padre fue siempre el consentido de mi abuela, no heredó el carácter dulce y conciliador de Vicentita. Para mi desgracia, heredó el 95 % de la personalidad de Don Juan. Lo anterior lo descubrí en 1985. Nadie –excepto yo- sabe a ciencia cierta la razón, sin embargo, adquirí un lóbrego pavor a la oscuridad. Y para acabarla de chingar, de los 7 a los 10 años padecí sonambulismo. No puedo imaginar la cantidad de sobresaltos que propiné a los integrantes del hogar, con aquellos gritos desaforados cuando me descubría afuera de casa parada, frente a la puerta en medio de la oscuridad de la madrugada. Existen métodos convencionales para paliar, entender y curar el trastorno de la parasomnia, sin embargo, la familia Pacheco se distingue por la terapia de choque como método de enseñanza, por lo que mi padre, en lugar de llevar corriendo a su pequeña hija a realizarle un electroencefalograma de oferta, la llevó de la mano y sin prisa a contemplar en pantalla grande Alien, el octavo pasajero a los cines zodiaco.

Surtió efecto. Bueno, de alguna manera: abandoné de bote pronto el sonambulismo para abrazar con miedo y vergüenza la enuresis. Es decir, comencé a orinar las sábanas todas y cada una de las noches durante 1 año. Pero jamás volví a despertar fuera de casa.

Gracias, abuelo, lo hiciste de puta madre.

Paso 3: La mano huesuda 

Hay quien nunca supera el miedo a la oscuridad; hay quien lo supera, pero no se da cuenta ni cómo ni cuando; hay quien en general lo supera, pero en realidad preferiría tener encendida aunque fuese la lámpara del celular. Yo puedo decir que el miedo a la oscuridad desapareció la primera vez que compartí las tinieblas con alguien por razones de calentamiento mutuo. No hay aparecido que nos pueda distraer si estamos concentrados en el encuere, cosquicale, lengüeteo, mordisqueo y exploración de turgencias y cavidades. Ya puede ulular la Llorona o resonar la hucha de los centenarios, que uno está en lo que está y no es cuestión de decepcionar a la compañera.

Pero algo queda en el interior más profundo, en aquellos rincones que no queremos visitar muy seguido. Admito que también me autoapliqué la terapia del terror inducido: Poe, Machen, Lovecraft, películas como El Exorcista El Resplandor y series como Galería Nocturna o Kolchak. Si no te quedas frío de un soponcio, entonces ya lo más probable es que puedas recorrer sin broncas la distancia entre la cama y el baño sin conatos de infarto o micción prematura, sin oír suspiros o lamentos, sin imaginar que los mosaicos adquieren forma de rostro humano.

Toda la terapia del terror fílmico y literario no logra, lo sé, reducir ese último resquicio, ese rincón poco explorado que te hace gritar como mandril y saltar como pulga cuando lo inesperado, lo primigenio, lo viscoso, lo susurrante, cuando la mano huesuda se extiende desde lo más espeso de la sombra y se posa con suavidad e intención sobre tu hombro.

Tendría yo 20 o 21 años y volvía de una fiesta, a altas horas de la madrugada. Lo cual quiere decir que me había caído como costal de papas del carro del amigo que me había dado ride de la fiesta o cantina donde había pasado la noche, me había arrastrado hasta la puerta de la casa, había dedicado 10 o 15 minutos a encontrar mis llaves y luego encontrar la jodida cerradura, y finalmente me había incorporado para dar apariencia bípeda por si mi madre se levantaba al oír mi escándalo. Mi propio olor a tequila fue guiando mis pasos hacia mi cuarto. Pero me detuve a medio camino. Dudaba de si de plano visitar el baño -con la preocupación de que una ruidosa guácara despertase a madre y abuela- o de plano llegar hasta la cama para caer encima como King Kong desde la antena del Empire State.

A mitad del pasillo percibí esa sensación que el aire en torno a uno cambia en densidad. Sentí en mi nuca el inconfundible peso de una mirada. Por el rabillo del ojo percibí el lento avance de una figura blanca que flotaba en mi dirección y, en menos de un segundo, la mano huesuda que se posaba con autoridad sobre mi hombro.

Los viejos miedos se estrellaron a toda velocidad en el interior de mi cerebelo, provocaron un desplome brutal de mi temperatura, cerraron mi garganta que no pudo liberar el terror por la vía del grito, y en cambio abrieron de par en par las esclusas de mi sobrecargada vejiga. Mientras el cálido líquido descendía por mi pierna, la voz cascada mi abuela llenó la noche: “¡Ay mijito, qué bueno que ya llegaste”.

Paso 3, inciso c): ¿Con cuánto dinero murió en la bolsa Benito Juárez, pendejo?

El abuelo era un viejo cabrón. Y propinó a mis primos los sustos más sobrecogedores de su infancia. A diferencia de Doña Susana, abuela de Gerardo, el abuelo no les contaba historias satánicas. Sus métodos de tortura eran distintos: los colocaba en fila frente a él, práctica que podría jurar le traía recuerdos de sus tiempos en la milicia.

-A ver, cabrones, voy a descubrir que tan buenos son en la escuela.

Ninguno de ellos tenía fuerza para escapar o llorar. Tener a Juan Pacheco Méndez frente a ellos, era el equivalente cuántico a tener a un asaltante apuntándote con un revólver. Nunca hubo escapatoria a la fuerza ciclónica de su mirada. El terror adicional de los primos no era gratuito. No tuvimos un abuelo normal que hiciera preguntas del tipo: ¿En qué año se independizó México? O ¿quiénes fueron los héroes de independencia? ¿Cuál es la capital de Chiapas?

No. Sus preguntas eran célebres por culeras: ¿Qon cuánto dinero murió Juárez en el bolsillo? ¿Quién firma los billetes de veinte pesos? ¿De color tenía los ojos Napoleón Bonaparte? ¿Cuál era el nombre completo de Carlota? ¿Cuál es la población actual de África?

Al día de hoy, no conozco las respuestas, menos una parvada de mocosos que lo miraban aterrados. Su frase: “¡El que es perico donde quiera es verde y el pendejo donde quiera pierde y ustedes, pendejos, nacieron para perder!” aún debe resonar en la memoria de mi primo Miguel, su víctima favorita.

El abuelo Juan enfermó de Alzheimer antes de cumplir los ochenta años. Antes de perder la noción de la realidad, Vicenta logró convencerlo de llevarla al altar. Fui testigo de la boda de mis abuelos y a veces me gusta pensar que el abuelo ya estaba deschavetado, porque no concibo la razón por la cual se dejaría arrastrar a una iglesia a cumplir con uno de los sacramentos que despreciaba como a ninguno. La última vez que salió a la calle solo, se extravió tres meses. Una de sus hijas pudo localizarlo en el Convento de Capuchinas de Salvatierra Guanajuato. Si alguien le hubiera contado al abuelo que unas monjas lo cuidarían y lo rescatarían de morir a la intemperie en medio de la carretera a Irapuato, se hubiera muerto en ese instante de indignación. O se hubiera lanzado a las vías del metro. La iglesia que tanto odió acabó por despedirlo de este mundo con generosidad.

Existe un antes y después del Alzheimer. La enfermedad de Juanito logró el mérito de conectarme con mi abuelo, aunque él ya no viviera dentro de aquel cuerpo macizo y asombrosamente fuerte para un hombre de su edad. Se convirtió en un niño caprichoso y risueño al que había que perseguir por la casa para ponerle el pañal y sacarlo de la cocina para evitar que le propusiera matrimonio por enésima vez a la cocinera de mi tía Malena.

Amé a mi abuelo profundamente porque dejé de temer acercarme a él. Tuve la oportunidad de charlar con él largamente de cosas sin sentido. Su pensamiento y conversación dejaron de ser lineales para convertirse en siluetas coloridas e inacabables. Disfruté mucho su aroma tan peculiar a talco y plátano. Recuerdo la primera vez que me acerqué a limpiarle restos de fruta de la comisura de sus labios con una servilleta. También fue la primera ocasión que esos hermosos ojos verdes miraron a los míos con una mezcla de calidez y agradecimiento.

-Te quiero, Juanito –le dije mientras acariciaba su oreja derecha- y él correspondió al amor de su nieta con una sonrisa torcida. La primera de nuestra historia. La misma sonrisa de mi padre. La sonrisa que le corresponde a ambos y que conmueve sin reservas a este negro corazón.

Paso 4: No perdamos la linda tradición de asustar a nuestros hijos

Susana, mi hija, heredó de su abuela el nombre y el carácter. Cuando tenía 7 u 8 años, y en medio de un apagón, la senté a mi lado para contarle historias de aparecidos. A los tres minutos bostezó y se fue a su cuarto para jugar, a solas y en absoluta oscuridad, con sus muñecas. O sus amigos imaginarios.

Paso 4, inciso d): ¡Mira mamá, sin llanto!

Kasvin, el primogénito de mis hijos nació antes de que yo cumpliera los 18 años. No tuvo la fortuna de conocer a su abuelo, sin embargo, heredó el agnosticismo y el pensamiento crítico que lo distinguió. Su archienemiga natural es la iglesia católica y heredó el placer de la blasfemia. Cuando cumplió 8 años, vimos juntos una aterradora película japonesa que cambió su vida para siempre: lo convirtió en devoto del gore. Nunca le ha temido a la oscuridad y ama la comida yucateca. También heredó la bondad de Vicenta. No puedo pedirle nada más a la vida. Ni loca que yo estuviera.

 

* Gerardo Cárdenas (@ElGerryChicago), escritor y periodista, reside en Chicago, pero no lo digan muy fuerte para que no se entere la Llorona. América Pacheco (@amerikapa), cronista mexicana, reside en Guanajuato, Guanajuato, pero no lo digan muy fuerte o me descubren las capuchinas.

*Texto publicado en Animal Político el 21 de noviembre de 2016

 

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