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Esta no es una reseña. “Algo tan trivial”

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V. sólo tenía 18 años cuando lo asesinaron a sangre fría. Bastó un solitario balazo en el corazón para conseguirlo; un: ¡PUM! directo, ensordecedor y letal. Quienes lo conocieron vaticinaban que acabaría mal, y la noticia de su muerte violenta no cumplió un par de mal intencionadas profecías. La llamada que avisó a sus deudos de la tragedia, los condujo a un lugar hostil y putrefacto del que hay quienes nunca volvieron siendo los mismos. La espeluznante frase: “Hija, mataron a V.” tlaqueó mis piernas con demoníaca destreza. Caí como lo hacen los árboles ante una avalancha de nieve. Sencillamente caí al piso frente a mi padre. Así como mis lágrimas.

No lo vi nacer, pero casi. Tenía la misma edad de mi hermano y ocuparon la misma cuna por meses. Si aquella bala no le hubiera atravesado el corazón, este año habría cumplido 33 años, la edad de cristo, la del príncipe Guillermo de Inglaterra y la de Britney Spears. No estoy segura que V. se habría rapado furibundo ante una turba de paparazzis, o si algún día encabezaría la grandeza monárquica en cualquiera de sus perversas facetas. Todo lo que sé es que muchos daríamos un dedo de la mano derecha por haber tenido la oportunidad de verle abrazar a un cachorro, a uno de su propia sangre, por ejemplo. Cuenta la leyenda que comenzó a consumir drogas blandas en la primaria, yo me enteré de sus problemas de adicción cuando medía 1.80 y se inyectaba heroína. Durante años, se convirtió en el secreto mejor guardado de la familia hasta que el secreto se desbordó por sí mismo. Después de comenzar a saquear la bolsa de su madre o el alhajero de su hermana; hizo lo propio en la casa de sus tías, primas, no dejó títere con cabeza.

Tenía meses sin sentirme tan cerca de V. hasta que una sacudida interna evitó que terminara el libro de ensayo Algo tan trivial de Fausto Alzati Fernández (Festina Editores).

Algo tan trivial es un ensayo que puede leerse como se te venga en gana, porque además de ser un libro, es un soundtrack de nueve capítulos cuyos títulos arrebatan al disco de Violator de Depeche Mode los nombre cada uno de los tracks que lo componen (aunque pensándolo con cautela, además de soundtrack, es un cover chingón y los covers no son otra cosa que la resignificación poderosa del pasado) y cuyo leit motiv es la adicción vivida en huesos y angustia por el propio autor y quién detalla de esta manera la influencia sonora que fue impregnado su libro por esta obra mestra: “Violator es un disco impecable: 9 canciones y ninguna sobra, ni por un segundo. Es la cumbre de la carrera de Depeche Mode. Después de Violator hicieron otro par de discos respetables, y después su producción mejora, quizás, pero el contenido se vuelve soso. Ha desaparecido ya aquella crudeza neorromántica de su lírica. Ya no hay sudor, lágrimas ni plegarias. Ya no hay transgresión ni descubrimiento. Pero pasan los años, y al pasar lo puedo volver a escuchar, y volver a escuchar, de principio a fin sin desperdiciar un solo segundo de mi vida”.

Algo tan trivial no es un libro de autoayuda, una advertencia moralina o mucho menos un testimonial solemne. No se trata de las confesiones de un exconsumidor con los bolsillos colmados de sermones de autoayuda (porque jamás, aquí o allá un consumidor será lo mismo que un adicto, no señor, aquí hablamos de palabras mayores: los consumidores son abetos que transpiran, los adictos son la oquedad intangible del laberinto). Algo tan trivial es una criatura viva que duerme con intermitencia al fondo de la barbarie de la memoria de un sobreviviente de una dictadura llamada demencia y fui incapaz de atravesar la frontera de su página 83. Recordé aquel hachazo a mis pantorrillas. De pronto palpé el sufrimiento que no del autor, y sí de uno de los seres que más he querido en esta vida. No leí más. Tuve que enderezarme y comenzar a escribir esto que tu lees aquí.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que reseñé un libro. Razones o buenos libros no han faltado en mi escritorio, pero nunca tengo tiempo de ponerme a mano con todos esos buenos autores que me han colocado en mis manos generosas viandas literarias tan torcidas como radiantes. He prometido en el pasado a mi editor que construiría una columna de recomendaciones literarias, pero ¿A quién quiero engañar? No sé reseñar libros, por lo que me amparo anticipadamente ante la furia de su Dios que todo lo asola, extermina y penetra para que acepten a cambio fragmentos como estos que comparto con usted, querido lector:

“El fuego no es lo mismo que aquello que quema, pero tampoco es ajeno a su material de combustión. Justo así son los demonios: no son iguales a quien los padece, pero sus voces e impulsos tampoco son ajenos al que los sufre. Ese incendio se llevó mis ganas de fumar mota. No porque ésta fuese mala, sino porque mi relación con esa sustancia que no generaba adicción fisiológica estaba dictada por la desesperación. No era ella, era yo. No conocía la calma necesaria para esperar la siguiente dosis; sentía pánico al ver que mi guardadito se iba acabando. No angustia, pánico. Pero el incendio fue aún más generoso: a su paso quemó toda una colección de fantasías metafísicas que llevaba años coleccionando. Eran un síntoma. Me dejó solo ante el mundo, a secas; solo con mi condición de adicto y la mente quebrada. Así son los demonios, inadvertidamente generosos, a pesar de sus métodos malditos. De otro modo no son demonios, sino meras bestias, torpes y crueles“.

1a. A lo largo de este ensayo he intentado articular algunas de mis experiencias, con la ambición de que al enunciarlas se rompa otro pedazo de su hechizo. Deseando que, al pronunciarlas, aquellas partes antes obviadas de mis vivencias dejen, a su vez, de señalarme a mí como uno más de sus síntomas. Este libro no es un exorcismo; es una declaración de amistad para mis demonios. Porque si los lastimo, me lastimo yo. Es así de sencillo. Esto lo he escrito evitando cualquier nota al pie. He procurado expresar lo que ronda en mi mente y no los índices de los libros que he leído, acaso. No he pretendido comprender la adicción, sólo he procurado recordar y transmitir una experiencia. Lo he escrito de modo algo fragmentado, porque 8 las vivencias son así. Mientras vivo una cosa, pienso en otra y recuerdo otra. Las vivencias, así como el tiempo, no son tan lineales como a ratos nos gusta creer. Estas páginas están llenas de errores, y no tardará algún lisiado emocional en corregirlos, cualesquiera que sean sus motivaciones. Pero para su satisfacción está Google o Wikipedia a mano; este libro, en cambio, versa sobre una experiencia, y como tal está repleto de las mentiras que la memoria cuenta, según el estado de ánimo en que lo escribí. Pero a pesar de las jugarretas de la memoria, las distorsiones de la vanidad, mis cobardes omisiones y la engañosa prudencia, he buscado ser franco. Aunque con frecuencia he fallado, el ejercicio mismo de intentarlo ha valido las madrugadas en cafés 24 horas de esta voraz ciudad”.

“Aún me impresiona lo civilizados que son algunos de mis amigos consumidores. Jamás tuve esa opción; carezco de esa fibra que les indica cuándo contenerse, o cómo divertirse atascándose, o cómo ir a trabajar al día siguiente, o interesarse en cualquier otra cosa. Para un consumidor, hasta para el más enganchado, drogarse esun divertimento; para un adicto es un solemne deber“.

“1e. Nunca me gustó la coca. Sin embargo la ingerí hasta la nausea y el hartazgo, una inyección tras otra. Sin poder salir del baño. O ya fuera de éste, y sin poder siquiera afinar la guitarra, pero intentándolo de todos modos. Y luego otra dosis, y luego otra. Todo para terminar aterrorizado, encerrado, escuchando a través de la puerta. Y no escuchaba lo que había del otro lado de la misma, sino lo que temía que hubiera en algún rincón de mi cabeza. En estado de pánico. O para intentar rebanarme las venas entre delirios, alucinando que así expulsaría la sangre contaminada de mi cuerpo. Tirar lo que quedaba de papel al escusado, aterrorizado, indignado. Todo para despertar a media tarde, deshecho, y bajarlos brazos por el borde de la cama –porque amanecía con los brazos adormecidos de tanto arpón–. Todo para empezar a convencerme poco a poco de ir por más. Corrijo, la coca me gustaba. Lo blanco del polvo, el modo en que adormece las encías y, sobre todo, el olor cuando la cuchara se calienta y se evapora un poquito de perico con el agua. No poder parar. Inyectarme cada cinco minutos. La cuchara, la vela prendida, la soledad, el ritual, la jeringa. La aguja traspasando la piel, la sangre entrando, el efecto inmediato, la taquicardia, el zumbido en los oídos.

Me encanta la coca; sólo que no me gustan sus efectos en mí“.

“Me encantan sus efectos; sólo que no me gustan las consecuencias. La repetición obligada sin espacio para la incertidumbre, sin lugar para la sorpresa, sin espacio para sentir, sin sitio alguno para la vida y todo su grotesco caos. Igual que cualquier miembro de una secta.

No, no me gustaba la coca; sólo que la morfina ya no bastaba. Había que mezclarla con algo. La morfina ya quitaba solamente el asco, las ganas de vomitar y la insoportable densidad del ser –aquella tortuosa invasión de la vida y todas sus pequeñas irritaciones que van sumando hasta hacer que todo sea dolor–. Pero ya no sentía la morfina, sólo su contraste después de una y otra dosis de coca. Arriba, arriba, abajo, abajo.

Cada día igual al anterior, sólo un poco peor.

“Me da gusto que haya personas que disfruten la coca, y hasta lo hagan incluso socialmente. Que se compartan una raya. Lo mío era no poder salir del baño o encerrarme en una esquina del clóset con la TV en estática y sin volumen. Abandoné incluso la música que me mantuvo vivo, por utilizar el cerebro y los sentidos con cualquier otra droga, por no poder despegarme de la aguja. Una dosis y la que sigue y la que sigue y la que sigue. Un monolito. Una postración.

“La adicción está diseñada para eso, para que te arrodilles, para que te abandones. ¿Quién, alguna vez, ha pedido dinero afuera del supermercado, inventando que tu auto se quedó sin anticongelante, todo para comprar una jeringa, porque la que traías ya no tenía filo?”

Bueno, I´ve been there. Aunque a diferencia de Fausto o V., nunca caminé en los zapatos del adicto, a cambio fui la jeringa. Y lo fui más de una vez.

En ocasiones la memoria viene a tomar el té de las cuatro con el recuerdo de V. dentro de una caja de galletas. Si pudiera pedir, elegiría que no me visitara la imagen de la ultima vez que lo abracé, justo una semana antes de morir. Prefiero recordar a mi primo a los cuatro años, corriendo como poseído en casa de mis padres. También pediría volver el tiempo a ese día para tomarlo del brazo y prevenirlo de lo que vendría después.

Quisiera abrazar ese cuerpecillo frágil y rogarle que tuviera cuidado, que no corriera, que nada malo le pasaría si tan sólo frenara un poco la velocidad de su torbellino, que no me gustaría verle llorar, sangrar, escapar, no volver. Le diría: Reach out and touch faith. Una, dos, quizás diez veces.

*Texto publicado en la Revista Etcétera el 30 de diciembre de 2015

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2010, animal político, Nadie te preguntó

The Air is on fire

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Tienes un montón de suerte, nena– dijo Julio mientras desayunábamos el segundo día de estancia en la ciudad. ¿Quién crees que estrenó su obra artística hace pocas semanas en una galería del centro? David Lynch. Tenemos que ir.

Casi perdí la conciencia. Me encontraba en Copenhaguen, Dinamarca, disfrutando de las vacaciones invernales.

The Air is on Fire del mismísimo master Lynch se montó en el bellísimo centro de arte contemporáneo danés GL Strand. La primera muestra individual del cineasta de culto. El GL Strand Museum es un antiguo edificio que data del siglo XIX, rodeado del canal Thorvaldsens, la galería de arte Kunstforeningen y de las instalaciones del Ministerio de Cultura, en el centro mismo de la bulliciosa ciudad. La entrada de la galería mostraba una sobriedad contrastante a los carteles de la exhibición estrella. El inconfundible rostro de Lynch sonreía con cinismo al ingenuo paseante. La exhibición contemplaba el universo artístico del cineasta desde sus primeros trazos de sus épocas de secundaria de los años 60, a sus últimos cuadros creados días antes de la apertura.

david-lynch-boy-lights-fire.jpgLa introducción era poderosa e hipnótica. En los cuatro pisos de la galería se podían encontrar pinturas, dibujos, fotografías, litografías, acuarelas, escultura y un poderoso soundtrack que te acompañaba en cada piso (proveniente del cortometraje Grandmother).

Todo lo que la vida me había quitado antes de ese día, me fue devuelto con intereses y recargos sin comisión. Amé descubrir en las obras de David Lynch ese inconfundible juego entre retorcidos estados mentales, emocionales, que mezclan los primigenios peligros de nuestra mente, que penden del hilo de nuestras inconfesables y terroríficas pesadillas; tocan conciencias por su irracionalidad, por lo intangible de su mensaje.

La sección más visitada de la exhibición fue sin duda la de los lienzos. La tesitura de los cuadros se caracterizaba por oscuridad cetrina, paranoia y desolación. Espejos torcidos, violentos, descarnados; paisajes oníricos de los recovecos más torcidos de la mente humana: suicidio, asesinato, violación, tortura.

El último piso del ala izquierda de la galería se adaptó como una pequeña sala de cine en la que se exhibió una interesante muestra de cortometrajes experimentales que Lynch realizó desde los años 70´s, la mayoría de ellos desconocidos para mí. El corto que sonorizó la muestra en cada uno de los pisos pertenecía a Grandmother. Desplazarse en torno a esa corte de los milagros plástica, sin dejar escapar un grito estúpido causado por terror propio o por la pareja que justo cuando intentaba mirar con detenimiento un órgano mutilado, un nuevo y espantoso rechinido del soundtrack los hacía brincar y gritar como pendejos. Imposible olvidar la experiencia aterradora provocada por la perturbadora música.

La última parte fue la más entrañable y humana: los apuntes que Lynch ha atesorado a lo largo de su carrera fílmica. No tuvo precio encontrar desde pensamientos plasmados en una servilleta de comida rápida o caja de cerillos, hasta el guión original de Blue Velvet o Twin Peaks garabateados y con manchas de café. Cuarenta años de producción artística, 400 dibujos traducidos en notas, bocetos, fotografías inéditas de filmaciones, simples anotaciones en post-it que se convirtieron en piezas vivas y tangibles del genio.

Mi visita a la exposición de Lynch significó el mejor regalo de navidades pasadas y futuras nomás para mi.

Diciembre, 2010, Copenhaguen, Denmark.

*Esta crónica fue publicada en Milenio Diario en enero de 2011

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2011, animal político, Nadie te preguntó

Julio

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Aeropuerto de Copenhagen, Dinamarca. Llegadas internacionales 17:00 hrs, 6 grados bajo cero.  El vuelo número AF5690 proveniente del Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle, París, Francia. Mi hijo, nuestras maletas y yo, salimos a la zona de recepción de viajeros. Mis ojos buscaron esa silueta tan familiar a mi memoria…pero fue él quién me encontró. Ahí estaba, detrás de mi, vestido de negro y disfrazado como personaje de South Park.  Le pregunté “¿cómo me reconociste?-“vi una caja de huevo El calvario y escuche unos guajolotes…me dije: -tiene que ser ella-“. Nos abrazamos con cariño fronterizo en la hermandad pura.

Flash Back. La primera vez que recuerdo haber visto a Julio, fue en el año de 1990, yo tenía catorce años y él sólo nueve. Era un insoportable, ruidoso y pateable escuincle con corte de cabello estilo Iván Drago y pantalones de MC Hammer que corría y destrozaba el mobiliario de mi casa en complicidad de mi hermano, el diablo encarnado de exactamente la misma edad. El primer recuerdo que tengo de Julio es mi propia imagen corriéndolo a gritos de mi habitación.

Su rostro pálido, su pequeña estatura, su frágil constitución, así como su aparente inocencia, lo obligaron a desarrollar una maldad temprana (era eso o ser blanco de abuso de los chicos más grandes del barrio). Mi hermano y él se complementaron asombrosamente, ambos pequeños, pero con una creatividad para la maldad, que continúa siendo leyenda en el barrio donde crecimos los tres. Lo odié (así como a mi hermano) toda mi adolescencia. Nunca salía de casa y siempre se las ingeniaba para poner de pésimo humor a mi padre. O los encontraba viendo porno en la videocasetera o haciendo experimentos peligrosos con los líquidos y polvos que él usaba para las reparaciones domésticas. A pesar de que lo corría a gritos, que me burlaba hasta el cansancio de sus mocos escurriendo por su nariz, de sus estrambóticos looks noventeros, así como de sus espantosos cortes de cabello, él nunca me contestó de mala manera, nunca una grosería; simplemente me miraba y sonreía de esa forma tan infantil que aún conserva.

Aprendió a tocar magistralmente la guitarra desde adolescente y botó la escuela, decidió meterse al Centro de la Imagen a estudiar Fotografía, pero por azares que a nadie importan a estas alturas, eligió el camino de la animación, efectos especiales, postproducción de cine, video y televisión como el vehículo ideal para su incansable creatividad.

Dejé de odiarlo al paso de los años, en lugar de ello aprendí a quererlo con amor profundo, tal como lo hago con mi hermano, crecimos prácticamente juntos y lo admiro como a poca gente en el mundo. Ha tenido el privilegio de tocar con maestros de la talla de John Zorn (San Idelfonso), Sonic Youth (Salón 21), Pauline Oliveros (Auditorio Blas Galindo) y Yoshida Tatsuia (Foro Alicia). Asistí a verlo tocar la guitarra cuando improvisaba free jazz en conocido bar capitalino, y lo visité en Barcelona, cuando realicé mi primer viaje trasatlántico. Alejó de su vida a todo aquello que conocemos como arraigo: su familia, sus amigos, su casa, para embarcarse en una aventura que aún no termina. Su talento lo ha llevado a trabajar para las agencias de publicidad más importantes de Europa. Ha vivido en Milán, Amsterdam, Barcelona y ahora, Copenhagen.

Salimos del aeropuerto para tomar el metro de la ciudad danesa, mismo que no cuenta con torniquetes, conductor, ni mucho menos dónde introducir los boletos. Ese es el primer voto de confianza al ciudadano. Tú sabes que debes comprar el boleto de viajero -que cuesta la friolera de 45 coronas (310 pesos mexicanos)- pero nadie te pide mostrar el boleto, nadie lo exige sin embargo, todos lo compran. Julio vive en las cercanías de la estación del metro Forum y el camino a su departamento nos regaló una bella estampa de la Ciudad: Copenhagen está adaptada calle por calle para el uso de las bicicletas. Los carriles para ellas privilegian a los automóviles, nadie les pone candados, pernoctan confiadas de que sus dueños volverán por ellas cuando estos salgan del trabajo, escuela o los bares.

Ambos recordamos una anécdota que ya es célebre entre el grupo de amigos en común. Hace 8 años en una borrachera monumental en nuestro barrio, amanecimos todos en estado de ebriedad en casa de una chica a la que “El Choco” (impresentable sujeto) quería impresionar, ante la insistencia de la mayoría para preparar los chilaquiles que nos ayudaran al “bajón”,  “El Choco” se ofreció a ir al mercado para comprar el epazote –ingrediente básico- para la preparación del manjar de marras, para ello, salió en bicicleta para regresar de inmediato. Transcurrió cerca de una hora y simplemente no llegaba. Cuando todos nos preocupamos en serio por él, tocó la puerta. La desoladora estampa que nos regaló cuando abrimos la puerta fue apoteósica: su rostro cubierto de lágrimas, un hilillo de sangre corriendo por su cuello y el epazote marchito sostenido fuertemente por una de sus manos, cual naturaleza muerta, aún nos arranca lágrimas de risa. Lo habían asaltado y quitado la bicicleta de la chica que le gustaba. Estas historias no suceden en Dinamarca, ahí la violencia es igual a cero y no existe el vandalismo o el robo a mano armada, ni siquiera con una navaja como la que usaron con “El Choco”.

Bic-DNM.jpgLa primera imagen hilarante cortesía de este lugar, fue al salir de nuestro segundo bar en mi primera noche en la ciudad: es impresionante como la gente toma prácticamente hasta la inconsciencia, pero nadie, absolutamente nadie se rompe la madre cuando se sube a su bicicleta para regresar a casa, incluso los que van acompañados y no pueden más con su humanidad, son llevados sanos y salvos, transportados en unidades adaptadas para llevar a un segundo pasajero recostado.

 

Julio me explicó que la cultura ecológica que permea en este lugar es absoluta. No reciclar la basura es prácticamente un delito que nadie desea cometer. En cada complejo habitacion

al se cuenta con 8 contenedores distintos para separar la basura y reciclarla en su mayoría. Si cometes la osadía de no hacerlo –por ejemplo- los vecinos dejan una nota bajo tu puerta y te invitan a no hacerlo más, te retiran el habla y si regresas al camino del bien, vuelven a ser tan cálidos y amables tal y como es su peculiar naturaleza.

Mi visita de 10 días me mostró muchos contrastes en las costumbres y sociedad danesas. Caminando por sus hermosas avenidas en compañía de Julio, aprendí a entender. En la Dinamarca invernal amanece a las 9 de la mañana y anochece a las 5 de la tarde, la luz del sol es un privilegio que los pueblos nórdicos agradecen con toda el alma. Aman el sol y hacen todo por disfrutarlo. La gente paga puntualmente sus impuestos, no obstante que cada ciudadano DEBE contribuir con el 50% de sus ingresos brutos, y aunque se lea desolador, no lo es. No pagan ni media corona más por servicios médicos, educativos, vivienda o seguridad. Sus impuestos tienen una alta valía, pero reciben una justa distribución de beneficios. Respetan al máximo el equilibrio natural de su sociedad, no contaminan, privilegian a la familia y sobre todo, a los niños.

La avenida principal de la ciudad se llama Hans Christian Andersen, uno de los héroes más venerados en esas tierras. El Tivoli es el lugar más visitado por el ciudadano común así como por el turismo, su estructura de ensueño, sus hermosos jardines. Para el que no lo sepa, el Tivoli es un centro de juegos y diversiones espectacular. En esta ciudad hay más jugueterías que zapaterías o tiendas de ropa, hay más niños en la calle que autos en las avenidas. Legoland  es otro de los lugares consentidos por el pueblo en general. Entré a la juguetería más grande del centro para comprar los regalos de navidad a mi hijo de 6 años y me llevé algunas sorpresas. La primera es que no hay guardias de seguridad, puedes entrar con las manos llenas de bolsas, subir a cada piso sin pagar tus juguetes y nadie te mirará con recelo. Eres libre como niño porque confían en ti. La segunda es que el 80% de los productos que contienen la juguetería son dirigidos a fomentar la creatividad de los infantes: dibujo, pintura, construcción, armado, modelado, diseño, etc. Casi no hay muñecos de acción, pero eso sí, hay muchos cómics, tiendas enteras de ellos.

Una amiga me dijo que Dinamarca encabezaba la indigna lista de países que acostumbran la caza de focas, lo cuál me hizo reflexionar un punto. Obvio no estoy a favor de la matanza indiscriminada de esta especie, sin embargo, al menos no permiten que sus niños mueran quemados en guarderías, o de hambre en las coladeras (podría argumentar).

Julio y yo recordamos nuestra infancia en el lejano barrio de nuestro pasado, los amigos en común, los imbéciles vecinos que aún sobrevivían, de los borrachos sin remedio, de las jóvenes promesas que resultaron los más tristes fiascos, las bellezas prostituídas y de nuestros amores perdidos. Mi última noche en Copenhagen fue delicioso insomnio. Mis últimas horas las pasé en sus brazos y su cama. Le pregunté cuando iba a terminar la carrera, su búsqueda frenética de la nada.

Me miro con esos ojos infantiles y media sonrisa. Contestó que no sabía la respuesta . . . que hacían falta todavía China, Japón, Singapur, pero que por ahora Dinamarca estaba bien, por mucho tiempo más.  Lo alcancé una vez en Barcelona, otra en Copenhagen . . .y si algo tenemos claro él y yo es que no importa en qué hemisferio se encuentre, en qué latitud o huso horario. Nos seguiríamos viendo, buscando, encontrando. Esa, es nuestra única certeza.

Ya de regreso en México, me conecto al messenger. La ventana brillante se abre ante mis ojos. Es Julio, el mensaje es simple: “Hola nena, te extraño. . . ¿cuándo regresas?”

Yo sólo sonrío, la charla se antoja larga.

*Texto publicado en enero de 2011.

 

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La Bota, la sidra, Yuste: la vida.

 

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La comida y la bebida han sido y jamás claudicarán de su atroz protagonismo en la agenda de mi vida. Viajar y comer, comer y viajar; y claro: beber. El placer de encontrar vínculos gustativos secretos entre individuos, sus pueblos y naciones, es sin duda uno de mis vicios favoritos.

El año 2009, Barcelona, Julio -mi mejor amigo- y las fiestas de la Mercé me recibieron a punta de calor, fiesta, arte, tradición, poesía y el privilegio de su comida. El primer impulso que tuve en la irrepetible primera noche en las ramblas, fue arrastrar a Julio a conocer a Santi, el misterioso dueño de la Sidrería Yuste. Llevé la dirección, un mapa mal trazado, plagado de referencias absurdas, cortesía de Rafael, amigo y cómplice quien quedó prendado de la sidrería de marras durante uno de sus enloquecidos viajes a Cataluña. Gracias a que existe un Dios pagano que protege a los imbéciles, pudimos llegar a la célebre sidrería ubicada a unas calles del metro Tetuan, a pesar de que nuestro mapa nos conducía a Badajoz, frontera con Portugal.

El lugar lucía como cualquier aspirante a templo del placer exige: abarrotado. El hombre parlachín que cobraba entre risotadas detrás de una caja registradora de los años cuarenta, no podía ser otro más que Santi. Lo confirmé cuando al identificarme como una enviada del otro lado del mundo, me presumió una postal de Jis y Trino que adornaba su pared favorita, obsequio del mismo Rafael quien me hizo prometerle visitar aquel inolvidable lugar. Gracias a Santi agregué nuevos vicios a esta vida licenciosa: la sidra asturiana, las patatas bravas, los bocadillos de calamares y la paella.  Mi veleidosa memoria ha guardado desde ese día, la personalísima postal de Santi escanciando sidra y aconsejándonos no tomarla hasta el último trago, porque es tradición y deber humano dejar al fondo del vaso el último trago para después ofrecerlo a la tierra en acto de solemne agradecimiento y retribución. Porque de la clemente tierra provienen los frutos de la dicha que nadan al interior de cada botella de sidra que habita este mundo que se acaba.

Cinco años después aquella visita a la sidrería -que se convirtió en costumbre mientras permanecí entre ramblas y vida-, Julio regresó a la Ciudad de México con la intención de pagarle a sus cariños un poco de presencia después de prolongada ausencia.

Recorrimos juntos algunos barrios entrañables exclusivos de nuestra memoria, entre ellos, un recinto que es más que una propuesta gastronómica, una leyenda culinaria, el punto de reunión favorito de poetas y asesinos del conformismo. Decidimos que nuestra última parada de la noche debería ser la Hostería La Bota.

Nos sentamos justo en el corazón del recinto, uno frente al otro. Miramos las paredes salpicadas del eco de tanta prosa versada, de guiños mudos. Bebimos, comimos y recorrimos con el músculo de la memoria cada rincón, cada bocado de aroma en completa sincronía: asociamos dos hermanos ignotos uno del otro, cada uno del otro lado del Mar Atlántico. Recordamos nuestra primera correría juntos fuera de nuestra patria y cuyo bautizo lo simbolizó aquella dulce ambrosía asturiana.

Preguntamos por Antonio Calera-Grobet, juglar dotadísimo de genio  y santo patrono de la hostería, quisimos compartirle nuestra eufórica epifanía. ¿Quién no querría enterarse de la existencia de un hermano desconocido?

-Hoy no se encuentra, lo sentimos-

La respuesta del mesero nos hizo pensar que incluso entre nosotros hay cabida a noches imperfectas, pero la magia de los vínculos invisibles ante los que Julio y yo nos hemos conmovido a la largo de 25 años, no para de estrujar con tozudez nuestras ataduras.

-¿Eres América, verdad? Antonio les manda esto.

Era nuestro diligente mesero a quien lamento mucho no recordar su nombre, porque estoy segura de haberlo repetido tres veces, pero que nadie culpe mi descortesía, por favor. Desde el momento que nos dejó esa botella de sidra en nuestra mesa, dos arcillosas criaturas marcadas con el lunar de la tristeza y que crecieron juntas, se transportaron conmovidas a la calle Sicilia, muy cerca del metro Tetuan, donde derramaron por vez primera el último sorbo de su copa de sidra como tributo a las impagables bondades recibidas.

Quizás Antonio Calera-Grobet no lo sepa, pero dos tragos de la sidra de su cava se derramaron en la calle San Jerónimo, justo frente a su amada, mi amada Bota, pero lo juro ahora y ante quien sea, que no se desperdició ni una gota.

 

*Texto publicado en el libro “Pase usted” de Editorial Mantarraya, primavera del 2017

 

 

 

 

 

 

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Del “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” al “si te vi, ni me acuerdo”

 

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How happy is the blameless vestal’s lot!, the world forgetting, by the world forgot.

Eternal sunshine of the spotless mind!, each pray’r accepted, and each wish resign’d”.

-Alexander Pope

Sosteniendo una charla vía tuiter con Marcos Pico ( @marcosipico ),  divagamos brevemente acerca de los fantasmas que incomodan cuando nos encontramos en completa soledad, de la nostalgia que te muerde dolorosamente, de los insoportables recuerdos que desearías que fuesen extraídos de tu memoria y las ventajas de tener el poder de aplastar sueños que laceran profundamente vía lobotomía parcial. Súbitamente salió a colación la película  Eternal sunshine of the spotless mind, filme dirigido por Michel Gondry en el 2004, quién echó mano del onírico guión de Charlie Kauffman para conseguir un filme intenso, surrealista, cargado de una enorme capacidad reflexiva; y que terminó por inspirarme para escribir el post de hoy. Para aquel despistado que haya vivido abajo de una alcantarilla y desconozca este filme, sería complejo explicar la trama sin develar el final que a resumidas cuentas, es el principio.

Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) son una solitaria pareja que se encuentra por casualidad en la estación de tren que los llevará a la cercana y gélida playa de Montouk. Aunque Joel y Clementine parecen –y se saben– dos perfectos desconocidos, paradójicamente no es así. Muy poco tiempo atrás, ambos acudieron a LaCuna Inc. a someterse a un complejo procedimiento experimental, donde el doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson) se encargó de borrar selectivamente de su memoria, la intensa relación amorosa que vivieron, así como la existencia del uno en la vida del otro.

Esta tesis obviamente no es nueva. No sólo los cineastas o guionistas han planteado la posibilidad de que la tecnología pueda ofrecernos la facultad de borrar de nuestra memoria de forma aislada, los episodios más dolorosos de nuestra vida; incluso, la ciencia misma ha experimentado el complejo laberinto de la mente humana durante décadas intentando paliar traumas psicológicos severos.

“Científicos de varios países desarrollan métodos para eliminar los malos recuerdos del cerebro. Ellos dejarían de atormentar a la gente, pero aún no se sabe a qué precio.” *

La principal preocupación de los científicos estriba en que el cerebro reciba daños colaterales al someterse a estos procedimientos –esto sin considerar las posturas en contra por motivos éticos y morales-. El filósofo Mathew Liao, de la Universidad de Oxford y el neurocientífico Anders Sandberg exponen lo anterior en un ensayo reciente:

“Los recuerdos nos dan la idea de lo que somos. Si somos cobardes o valientes, altruistas o egoístas, generosos o tacaños. También nos identifica con alguna ideología.” *

Más allá de cualquier soporífero argumento, yo realmente me pregunto: ¿Qué carajos me gustaría olvidar? ¿y con qué propósito?

Si bien es cierto que la memoria es una afilada navaja y puede lastimarte sin piedad, la memoria de nuestro pasado es el cuento, la novela y el ensayo de nuestros pasos en esta tierra. Sin ella no seríamos más que un fardo ambulante que desconoce la fuerza motriz que lo impulsa a volver la mirada a esa lejana ciudad, ignoraríamos la inercia que nos empuja a mirar obsesivamente esa película de Wenders, cada martes de luna llena, o por qué hemos decidido dejar de mentir. Quizás no tendríamos la oportunidad de identificar que cada fisura en nuestro interior sirvió para construir una muralla poderosa e indestructible. Joel, acudió a LaCuna Inc. a que borraran cada recuerdo que tuviera en su memoria de Clementine, porque ella decidió hacerlo primero, no porque él lo deseara realmente. Mi parte favorita del filme es -a mi gusto- uno de los momentos más logrados de la cinta. Durante el proceso de borrado de memoria de Joel (que consiste en ir borrando uno a uno de los recuerdos que tiene de Clémentine y que comienzan desde el más reciente, al más antiguo) llegamos a uno de los más entrañables que tiene de ella, de la feliz época en la que se amaban locamente y se encontraban bajo la sábana roja, desnudos y felices. En este instante, el subconsciente-consciente de Joel decide negarse a olvidarla a pesar de todo, pero el procedimiento es implacable. A punto de ser borrada la última postal de su memoria, ella le susurra al oído: “búscame en Montouk” . . . justamente el lugar donde de manera impulsiva, ambos deciden acudir al inicio de la cinta sin una maldita razón aparente. El resultado al fin cobra sentido: se vuelven a enamorar.

Porque puedes borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.

A título personal. me niego a olvidar mis recuerdos y aunque a últimas fechas muchos de ellos sean autenticas navajas, decidí desistir en mi febril búsqueda de LaCuna Inc. en complicidad de Marcos Pico (lo siento, estimado…me bajo del barco).En vez de ello, decidí comprarme un bellísimo baúl antiguo donde coloqué cada recuerdo y cada imagen cuyo único propósito ha tenido lacerar mi vida. Mi nueva adquisición zarpará en el próximo buque cuyo destino es la isla desierta que elegí para pasar los últimos días que me resten por vivir. Para entonces, todo lo que contenga su interior, ya será incapaz de hacerme daño.

Sin embargo, aún tengo una inquietud.

Si ustedes se enteran que existe una máquina que rescate recuerdos ya olvidados, avísenme por favor. Quiero con toda mi alma recordar la noche del 19 de septiembre de 2009.Esa noche me encontraba en Barcelona, España, en “Las Ramblas” festejando las fiestas de la merced con mi mejor amigo y sus camaradas de todas partes del mundo. África (una hermosa chica española) y yo, nos convertimos en el alma de la fiesta (así como la reencarnación de la pena ajena). La continental metáfora de nuestros respectivos nombres hizo estragos. No recuerdo el partido del Barça, nuestro enloquecido baile, nuestro barullo. Aseguran que nos desnudamos sin pudor alguno, para después hurtar su silla de ruedas a una anciana. Nadie entiende como abrimos un grifo de agua que usan los bomberos, para -manguera en mano-, correr al grupo de flamenco que tocaba al aire libre junto a nosotras. También afirman que golpeamos a dos turcos, que destrozamos las sillas de un restaurante, que cantamos -en lenguas- con dos pakistaníes  y sólo porque aseguran que existe un dios, no acabamos en la cárcel.

Mi euforia sólo era equiparable a mi absoluto estado de ebriedad. La obsesión por recordar esa noche, no es gratis. . . horas antes, me habían roto el corazón en un lejano aeropuerto y mi maldita memoria selectiva sólo recuerda el episodio que ya se encuentra guardado en mi flamante baúl antiguo.

Quiero recordar mi euforia y esas lágrimas que todos mis amigos aseguran, eran de la más pura y auténtica felicidad.

¿Quién no querría recordar tanta dicha?

“Todos tenemos recuerdos que nos avergüenzan o que desearíamos que no hubieran pasado. Pero los sentimientos incómodos que evocan evitan que cometamos errores en el futuro. Aprendemos por la experiencia y esos recuerdos son los que nos hacen ganar sabiduría” *

*Dr. Matthew Lattal

 

Texto publicado en Animal Político el 14 de abril de 2011

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2011, animal político, Nací para perder, Nadie te preguntó

Yo, bruta

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Para brócoli & menonita, mis más logrados inventos.

Soy bruta.

Lo digo claro, rotundo. Sin rodeos ni eufemismos baratos. Las razones que tengo para sustentar mi flamante declaración anterior son extensas, contienen referencias médicas y anecdóticas. No me avergüenza en lo más mínimo, por lo que considero pertinente compartirlas sin remilgos.  Los orígenes de mi condición empezaron a ser evidentes en el primer contacto que tuve con la escuela de educación básica.

Una de las primeras cosas que entendí sobre mi naturaleza a muy temprana edad, es que no tenía la capacidad para aprender a la par de mis compañeros de clase. Se me dificultó severamente la memorización y escritura, tanto del alfabeto como de los números. Lo peor vino cuando este déficit se extendió a los campos de la comprensión de lecturas simples o a la sencilla práctica de cualquier deporte. Mi nivel de atención y concentración en las clases eran tan efectivos como las nobles intenciones vegetarianas de Anibal Lecter  frente a una quesadilla de sesos.

En la escuela primaria viví los seis años más humillantes de los que tenga registro mi infancia. Aunado a mi pobre desempeño escolar, tuve que lidiar con las obsesiones paternas. Mi padre -quién por alguna disfunción asociada con la negación patológica- nunca entendió que yo nací con dos importantes características. La primera: un aparato reproductor femenino. La segunda: una motricidad deficiente para ejercer con éxito cualquier tipo de deporte.

Sin prestar el menor caso a lo anterior, y sin echar mano de la lógica más elemental, mi señor padre se obsesionó en convertirme en la mejor catcher en la historia de Santa María la Ribera. En esas épocas, dos frases me provocaban espeluznantes escalofríos: “América, vamos a hacer la tarea” y “América, tráete la manopla, vamos a practicar al parque”.

Mi pánico no era gratuito. Sabía que la primera me acarrearía sus gritos de desesperación por mi nula capacidad para aprenderme la tabla del siete y que la segunda, me dejaría golpes y raspones gracias a que jamás fui capaz de cachar una  bola de beisbol -al menos no con las manos-; si algún día les ha golpeado en la nariz una bola profesional del rey de los deportes, saben que no hablo de cualquier tipo de chingadazo. En ambos casos -tarea o práctica en el parque- el resultado siempre era el mismo: mis ojos hinchados de tanto llorar.

Al parecer, mi pésima coordinación psicomotora –demostrada vergonzosamente, cuando me rompí el tobillo en dos partes brincando la cuerda…¡la cuerda, carajo!– lo desanimó por completo. Mientras tanto, yo, con muletas bajo el brazo, daba gracias a toda la corte celestial por el yeso en la pierna izquierda. Paradójicamente, una delicada fractura me salvó para siempre de humillantes exhibiciones de torpeza en el jardín izquierdo.

Sin embargo, no hubo accidente capaz de salvarme de la escuela. Las tortuosas sesiones de estudio en casa parecían empeorarlo todo, nada parecía funcionar; tampoco las  regularizaciones en periodos vacacionales. Mis padres comenzaron a preocuparse en serio, pensaban secretamente que habían engendrado a una hija tonta, con torpeza congénita y sin ninguna esperanza de esplendor académico. Finalmente, cuando cumplí 9 años, mi madre encontró por medio de un amigo neurolinguista, cuál era la razón de mi bajísimo desempeño escolar y de mi exasperante torpeza. Yo encajaba en todos las características propias de la dislexia.

La dislexia –para aquellos no familiarizados con el término- no es otra cosa que un déficit de aprendizaje que le dificulta a un individuo la comprensión adecuada de la lectura, escritura, lenguaje y fonética. Las personas que padecen este peculiar modo de percepción, tienden a distorsionar las letras y/o números en espejo o en su orden inverso (siendo esta última, la característica más frecuente).

Los niños disléxicos, tienden a ser desordenados en grado severo (o en contraparte) ordenados compulsivos, torpes, con una pobre coordinación que los limita (más no los imposibilita) para practicar juegos de pelota o deportes en equipo. Sus habilidades psicomotoras finas los enfrenta a grandes retos porque el simple concepto: izquierda-derecha-arriba-abajo, pueden provocarles grandes confusiones. Estos niños no padecen ninguna enfermedad, ni mucho menos una lesión cerebral o retraso mental moderado. Sencillamente se les dificulta traducir pensamientos en palabras porque piensan predominantemente con imágenes. Su cerebro tiene un desarrollo cognitivo distinto.

El cerebro humano tiene la capacidad de  pensar en dos formas básicas: conceptualización verbal y no verbal. Todos podemos hacer uso de ambas, pero cada individuo tiene la habilidad de desarrollar una más que otra (o ambas magistralmente, en algunos casos).

Cuando se piensa primordialmente con imágenes (conceptualización no verbal), es virtualmente imposible pensar en palabras cuyo significado no se pueda traducir en imágenes porque el pensamiento funciona de manera multidimensional y utiliza para ello todos los sentidos. Un niño disléxico, nace dotado de una capacidad única para desarrollar la imaginación alcanzando proporciones creativas notables, siempre y cuando no sean coartados por padres y maestros.

Pero el mayor antagonismo al que se enfrentan estos niños, lo encuentran en las aulas de la educación tradicional básica, porque esta se fundamenta a través del trabajo de los símbolos en conjunto de los sonidos del lenguaje. Es aquí donde su percepción distorsiona la información que termina por confundirlos una y otra vez. Comienzan a perder el interés, para ser invadidos por la frustración que deriva en rezago intelectual. La presión no sirve más que para desajustar emocionalmente a estos pequeños que empiezan a perder seguridad y amor propio ante su inevitable encasillamiento de tontos.

Mi caso es el ejemplo más gráfico que puedo darles. Por ejemplo: tengo un pésimo sentido de la orientación, así que la gente que realmente me conoce, sabe que si desea acabar perdido en ninguna parte o víctima de un asalto en una remota ranchería, sólo necesita preguntarme como llegar al metro Chabacano. Tengo más cicatrices en el cuerpo consecuencia de múltiples caídas, que diplomas de aprovechamiento por el amplio dominio de ciencias y tecnología. El historial de exabruptos provocados por mi nula atención en cuestiones de relevancia absoluta, es leyenda entre mis allegados.

Tanto mi familia como amigos cercanos saben que no lo hago a propósito. Todos ellos podrían declarar ante un juzgado civil o penal, que si mi hijo de un año rodó catorce escalones en una escalera de concreto fue a causa de mi súbita pérdida de equilibrio.

Si olvidé mi tarjeta bancaria en un cajero electrónico tantas veces como ratas tiene un caño. Si perdí mi celular siete veces. Si olvidé las llaves de la casa –dentro de casa- cada mes, cada semana, cada día, aún ahora. Si llegué finalmente al edificio que me costó siete vidas encontrar y no recuerdo a qué demonios fui. Si en la aduana del aeropuerto descubrí que olvidé el pasaporte de mi hijo en el hotel del país que estoy a punto de dejar. Si recordé que me correspondía llevar el pastel a esa reunión, justo cuando toqué la puerta. Y que si invertí fechas de cumpleaños, bautizos, bodas, no llegando a tiempo a ninguna o con el regalo equivocado; sucedió porque mi cabeza  se encontraba en los pasillos del mercadito de la Agrícola Oriental preguntando por el alza en los precios del dulce de guayaba o quizá, viajando profundamente en las entrañas de un libro de Julio Verne, soñando despierta, otra vez.

A estas alturas de la vida, debería suponerse que mi condición debería estar bajo el control más estricto, así como mis sentidos agudos, en absoluta alerta. Mi elección ha sido permanecer como siempre lo fui. No sé manejar un auto –por ejemplo- y tampoco me preocupa hacerlo algún día. Quizá me guste ser distraída para tener el inapelable salvoconducto de la torpeza para justificar olvidos imperdonables. Mis tres yesos en ambos tobillos dan fe, testimonio y legalidad de que existen cosas que son inalterables en mi vida a pesar del inexorable paso de los lustros.

No quiero cambiar, no necesito hacerlo.

Cuando mis padres entendieron cuál era mi condición , acordaron de manera unánime  no medicarme con ritalin. Decidieron aprender a ver el mundo como yo lo veía (con más penas que glorias) pero eligieron amarme y aceptarme tal cual soy. Quizá lo más importante de todo, es que YO me quiero, me acepto. Más que nadie, más que nunca. He dejado de ser esa niña gordita y sin talento aparente, a quien los infumables chicos del barrio miraban caminar detrás de su padre, rumbo al parque; cargando el bat y manopla bajo el brazo con el mismo ánimo que debió hacerlo Robespierre en su triste camino a la guillotina. Pero sigo siendo la bruta de siempre. Lo reconozco sin un ápice de menosprecio.

La única diferencia es que ahora utilizo cada que puedo, mi pensamiento multifuncional, mi creatividad e imaginación perenne, para crear atmósferas sorprendentes que seguirán compensando cualquier afrenta, olvido o disfunción pasada o venidera. También hago uso de este talento para burlarme de todo, incluso de mi misma.

Es tan divertido.

*Texto publicado en Animal Político el 2 de junio de 2011

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2016, Nadie te preguntó

¿Masoquista yo?

 

masoquismo

Y a continuación, una triste canción de amor: durante tres lustros mi hermano y yo fuimos arrastrados sin piedad al pueblo natal de mi madre todas y cada una de nuestras vacaciones. Si ustedes nunca han puesto un pie en las miserables tierras de Tlapehuala, Guerrero, perdieron la oportunidad irrepetible de conocer la sucursal #266 del infierno. Cuarenta grados de calor a la sombra y puercos salvajes atropellando a sombras humanas sumidas en pobreza extrema nos recibían por lo menos dos veces al año. Pero el horror no terminaba ahí. Mi familia jamás podrá distinguirse de pertenecer al bando de los nobles de corazón. Quizás existan un par de excepciones en la estirpe materna, pero considero que un par de excepciones no justifican con decoro la salvajada de obligar a tus hijos a sufrir cuando todo lo que ellos querían era vacacionar y ser felices. El patrón se repetía con meticulosidad: regresábamos enfermos de tristeza, aunque mi madre padecía lo que todos juntos y en montón. Era incomprensible entender qué razón sería lo suficientemente poderosa para regresar al lugar dónde habitaban tus peores recuerdos nada más para ser tratado como un animal. A los quince años, me armé de las agallas suficientes para enfrentar a mi madre y advertirle que mientras tuviera vida, jamás volvería a ese maldito lugar. He mantenido esa promesa al día de hoy.

Reconozco que a pesar de aquella tarde, he intentado,haciendo uso más de la buena estrella que del talento, dirigir mi vida a puertos afables, y evitar hasta sus últimas consecuencias, aquellos que sean capaces de provocarme disgusto o infelicidad. Esta técnica pulida a punta de porrazos, es aplicable para alejarme a velocidad de marchista de cualquier ser vivo nocivo e incapaz de prodigarme felicidad. Reconozco en mi conducta una inconfundible vocación hedonista que en turbulentos escenarios me condujo a dejar atrás a individuos notables, pero si me ponen mal, es inevitable hacer maletas apresuradas y abordar el primer vuelo de media noche para escapar y jamás volver. Porque me niego a ser masoquista.

Hace años investigué y compartí con mis lectores, todo lo que se debe de saber –y evitar– sobre la naturaleza masoquista, y si decido compartirlo una vez más, es a causa del sufrimiento de alguien a quién amo profundamente y que lo necesita leer una y otra vez. Trataré de hacerlo con respeto absoluto:

El masoquismo nos impide disfrutar del cáliz del bienestar y nos imposibilita a entregarnos con desparpajo a lo bueno de la vida. Sacrificamos nuestro estado de ánimo con tal de no contrariar nuestras relaciones de afecto o de entorno social. Victimizamos nuestra existencia para depositarla –cual bocadillos– en una bandeja pública de la que cualquiera se puede servir. El engranaje del que se alimenta el placer es tan diverso como ideas en cerebros humanos, cada quién decide de qué elementos se compone el placer a nuestra medida, sin embargo, el engranaje del carácter masoquista, se distingue por componentes cuya única intención parece un sofisticado diseño de ingeniería cuya misión no es otra que el autosabotaje. El masoquista estropea desde su interior la sensación de placer, para trastocarlo en el sentido contrario: displacer. Lowen y Reich lo dicen de mejor manera:

“…el masoquista sufre una intolerancia específica a las tensiones psíquicas y una excesiva producción de displacer, mucho mayor que cualquier otra neurosis…”

Que a nadie le extrañe conocer o cohabitar con gente con esta tendencia a negarse a la felicidad. Mi más claro y fehaciente objeto de estudio lo encontré en mi propia familia. Quizá de manera sistemática, – y gracias a ellos-, he procurado alejarme de este tipo de conductas en cuanto mis torretas internas anuncian por lo alto su presencia. Aprendí a identificar estos rasgos conductuales con esta guía práctica:

  1. Proclividad crónica al dolor, son plañideras profesionales, su lenguaje está salpimentado con lamentos de su inacabable mala estrella.
  2. Proclividad al auto menosprecio. Son auto displicentes, hacen del masoquismo moral su carta de presentación.
  3. Proclividad a la tortura propia y ajena. Encuentran un espejo humano para reflejar parabólicamente su dolor.
  4. Proclividad al aturdimiento, a equivocarse y mostrar una torpeza que la mayor parte de las veces se traduce como característica natural del individuo.
  5. Proclividad a sostener vínculos poderosos con objetos. Intiman profundamente con objetos simples que aunque parezcan insignificantes, para estas personas son vitales.
  6. Síndrome de espasticidad. Este síntoma, se entiende como una alteración motora que se identifica por los –a veces- incontrolables espasmos en los tendones, o bien dicho de otra manera, como reflejos constantes en las manos o temblores (por citar un ejemplo).

    Recurrentemente padecen tensiones nerviosas seguidas de una inmensa angustia por ser capaces de gobernar esta tensión, sin embargo, los artilugios que utilizan difícilmente les funcionan. Acaban sumergidos hasta el cuello en arenas movedizas, donde sus pataleos desesperados, son los que los hunden hasta el fondo.

    La raíz de un gran número de desequilibrios conductuales, están estrechamente vinculados con la relación que hemos sostenido en la infancia con nuestra madre. Otra particularidad de los masoquistas, es que en la rifa del destino se les obsequió una madre tirana. Sé que casi todos ustedes adoran a sus madres y la mayoría defenderá el honor de su cabecita de algodón a rajatabla. Pero no podemos cerrar los ojos a la realidad: existen madres que ejercen la noble investidura, aunque en su interior resida el Gran Satán. Conozco mujeres que son capaces de hundir en lo más oscuro del abismo a su descendencia sin el menor remordimiento. Los educan para la profesión de la nulidad, los dominan hasta ahogarlos y matar en ellos, lo que podría haberlos convertido en individuos funcionales en su forma más básica. La opresión que ejercen las madres sobre un futuro masoquista, es crear en ellos un fuerte vínculo de codependencia. Son tratados como vasijas de cristal cortado que nadie puede tocar (cualquier cosa podría dañarles), se preocupan por ellos desmesuradamente, lo que los desconcierta al recibir al mismo tiempo, agresiones y maltrato psicológico (o físico). La madre los educa para guardar en el receptáculo más recóndito, sus verdaderas emociones, los castran de libertad y autoestima. La mayoría de ellos poseen una personalidad afable y dócil -con esta careta disfrazan al niño aterrado que vive dentro-, navegan con cautela, cuidan meticulosamente sus pasos, y desarrollan su intelecto a niveles sorprendentes para observar con recelo a los que lo rodean. Lo terrible es que suelen ofrecerse como carne de cañón para el ejército de sádicos que transitan en esta vida en búsqueda de su contraparte ideal: ellos, los masoquistas.

    Desde el pensamiento clásico, se ha profundizado en qué métrica debe considerarse “normal” para determinar qué mierda es la felicidad. Cada civilización ha traducido la felicidad de manera distinta a cualquier otra, incluso, entre las mismas civilizaciones se pueden encontrar posturas discordantes.

    Aristoteles (Estagira, 384, A.C.) afirmaba que la felicidad debía ser la aspiración suprema y el objeto del deseo primario de nuestra especie. Cordura y virtud. La felicidad como aquello que nos hace diferentes de los animales: la racionalidad a nuestro servicio. Para el filósofo griego Epicuro (Samos, Atenas, 341, A.C.) en cambio, la felicidad se abrevia en una idea abstracta y contundente: La felicidad como ausencia del dolor. Para Nietzche, el dolor era necesario para identificarnos como entidades vivientes. Rechazaba el gozo como algo fácil de obtener, su fascinación por el héroe que descubre por medio de la lucha y el sufrimiento la autorrealización existencial mediante la ineludible estela de dolor que deja consigo el más agrio combate, lo hizo célebre.

    “El hombre, el más valeroso de los animales y el más habituado al sufrimiento, no repudia el sufrimiento en sí: lo quiere y hasta lo busca a condición de poder encontrarle un sentido, un objeto”. F. Nietzche.

    Evidentemente, yo no poseo ninguna de las cualidades cognoscitivas de estas poderosas mentes que han alimentado a otras millones durante siglos. Sin embargo tengo muy claro que es lo que deseo y lo que no. Me niego rotundamente a consentir mi “destino” aunque este parezca ineludible. Rechazo tajantemente ser objeto del sadismo de un tercero, de la misma manera que rehúso abusar de un espíritu endeble, aunque su cabeza sea colocada en mis manos en lustrosa bandeja de plata.

    Existen miles y millones de causas ajenas a nuestro alcance que pueden afectarnos de manera irreversible. Estas millones de causas, pueden causarnos el sentimiento de pérdida física o emocional de impacto incalculable. Ante ellas, nada puede hacerse. He decidido no contribuir a que estas hijas de puta me alcancen. Decidí hace muchos años decir rabiosamente NO a pasarme mal un solo día, peor aún a causa de mi propia mano traicionera. Me he equivocado tanto y de las formas más inauditas, aunque voy mejorando la técnica. Me esfuerzo por reinventar mi entorno las veces que sean necesarias. Cambiar como una veleta la dirección del camino. A veces no encuentro las mejores maneras para hacerlo. Nací desprovista de esa gran virtud llamada sutileza, así que pido perdón a cada persona que haya lastimado con mis dagas de franqueza o con algunos de mis más sonoros y crueles NO.

    No sé con certeza de que materia prima se componga la estructura molecular del alma, pero algo que me suena familiar con la tranquilidad del espíritu, me inunda de pies a cabeza cuando corto de tajo cualquier factor que me enferme de lágrimas o desasosiego. Tampoco me entrego de lleno al hedonismo, mi ambición más grande en este tenor, es encontrar el punto de equilibrio adecuado.

    En los últimos años, he desarrollado una enorme necesidad de lograr conmover a mis lectores, porque ese enorme privilegio me aleja de cualquier tipo de tristeza, así que, bueno, no tengo cómo pagarles su contribución a mi cruzada personal por lograr tocar tierra firme en el solar de la felicidad un día a la vez.

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