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Esta no es una reseña. “Algo tan trivial”

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V. sólo tenía 18 años cuando lo asesinaron a sangre fría. Bastó un solitario balazo en el corazón para conseguirlo; un: ¡PUM! directo, ensordecedor y letal. Quienes lo conocieron vaticinaban que acabaría mal, y la noticia de su muerte violenta no cumplió un par de mal intencionadas profecías. La llamada que avisó a sus deudos de la tragedia, los condujo a un lugar hostil y putrefacto del que hay quienes nunca volvieron siendo los mismos. La espeluznante frase: “Hija, mataron a V.” tlaqueó mis piernas con demoníaca destreza. Caí como lo hacen los árboles ante una avalancha de nieve. Sencillamente caí al piso frente a mi padre. Así como mis lágrimas.

No lo vi nacer, pero casi. Tenía la misma edad de mi hermano y ocuparon la misma cuna por meses. Si aquella bala no le hubiera atravesado el corazón, este año habría cumplido 33 años, la edad de cristo, la del príncipe Guillermo de Inglaterra y la de Britney Spears. No estoy segura que V. se habría rapado furibundo ante una turba de paparazzis, o si algún día encabezaría la grandeza monárquica en cualquiera de sus perversas facetas. Todo lo que sé es que muchos daríamos un dedo de la mano derecha por haber tenido la oportunidad de verle abrazar a un cachorro, a uno de su propia sangre, por ejemplo. Cuenta la leyenda que comenzó a consumir drogas blandas en la primaria, yo me enteré de sus problemas de adicción cuando medía 1.80 y se inyectaba heroína. Durante años, se convirtió en el secreto mejor guardado de la familia hasta que el secreto se desbordó por sí mismo. Después de comenzar a saquear la bolsa de su madre o el alhajero de su hermana; hizo lo propio en la casa de sus tías, primas, no dejó títere con cabeza.

Tenía meses sin sentirme tan cerca de V. hasta que una sacudida interna evitó que terminara el libro de ensayo Algo tan trivial de Fausto Alzati Fernández (Festina Editores).

Algo tan trivial es un ensayo que puede leerse como se te venga en gana, porque además de ser un libro, es un soundtrack de nueve capítulos cuyos títulos arrebatan al disco de Violator de Depeche Mode los nombre cada uno de los tracks que lo componen (aunque pensándolo con cautela, además de soundtrack, es un cover chingón y los covers no son otra cosa que la resignificación poderosa del pasado) y cuyo leit motiv es la adicción vivida en huesos y angustia por el propio autor y quién detalla de esta manera la influencia sonora que fue impregnado su libro por esta obra mestra: “Violator es un disco impecable: 9 canciones y ninguna sobra, ni por un segundo. Es la cumbre de la carrera de Depeche Mode. Después de Violator hicieron otro par de discos respetables, y después su producción mejora, quizás, pero el contenido se vuelve soso. Ha desaparecido ya aquella crudeza neorromántica de su lírica. Ya no hay sudor, lágrimas ni plegarias. Ya no hay transgresión ni descubrimiento. Pero pasan los años, y al pasar lo puedo volver a escuchar, y volver a escuchar, de principio a fin sin desperdiciar un solo segundo de mi vida”.

Algo tan trivial no es un libro de autoayuda, una advertencia moralina o mucho menos un testimonial solemne. No se trata de las confesiones de un exconsumidor con los bolsillos colmados de sermones de autoayuda (porque jamás, aquí o allá un consumidor será lo mismo que un adicto, no señor, aquí hablamos de palabras mayores: los consumidores son abetos que transpiran, los adictos son la oquedad intangible del laberinto). Algo tan trivial es una criatura viva que duerme con intermitencia al fondo de la barbarie de la memoria de un sobreviviente de una dictadura llamada demencia y fui incapaz de atravesar la frontera de su página 83. Recordé aquel hachazo a mis pantorrillas. De pronto palpé el sufrimiento que no del autor, y sí de uno de los seres que más he querido en esta vida. No leí más. Tuve que enderezarme y comenzar a escribir esto que tu lees aquí.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que reseñé un libro. Razones o buenos libros no han faltado en mi escritorio, pero nunca tengo tiempo de ponerme a mano con todos esos buenos autores que me han colocado en mis manos generosas viandas literarias tan torcidas como radiantes. He prometido en el pasado a mi editor que construiría una columna de recomendaciones literarias, pero ¿A quién quiero engañar? No sé reseñar libros, por lo que me amparo anticipadamente ante la furia de su Dios que todo lo asola, extermina y penetra para que acepten a cambio fragmentos como estos que comparto con usted, querido lector:

“El fuego no es lo mismo que aquello que quema, pero tampoco es ajeno a su material de combustión. Justo así son los demonios: no son iguales a quien los padece, pero sus voces e impulsos tampoco son ajenos al que los sufre. Ese incendio se llevó mis ganas de fumar mota. No porque ésta fuese mala, sino porque mi relación con esa sustancia que no generaba adicción fisiológica estaba dictada por la desesperación. No era ella, era yo. No conocía la calma necesaria para esperar la siguiente dosis; sentía pánico al ver que mi guardadito se iba acabando. No angustia, pánico. Pero el incendio fue aún más generoso: a su paso quemó toda una colección de fantasías metafísicas que llevaba años coleccionando. Eran un síntoma. Me dejó solo ante el mundo, a secas; solo con mi condición de adicto y la mente quebrada. Así son los demonios, inadvertidamente generosos, a pesar de sus métodos malditos. De otro modo no son demonios, sino meras bestias, torpes y crueles“.

1a. A lo largo de este ensayo he intentado articular algunas de mis experiencias, con la ambición de que al enunciarlas se rompa otro pedazo de su hechizo. Deseando que, al pronunciarlas, aquellas partes antes obviadas de mis vivencias dejen, a su vez, de señalarme a mí como uno más de sus síntomas. Este libro no es un exorcismo; es una declaración de amistad para mis demonios. Porque si los lastimo, me lastimo yo. Es así de sencillo. Esto lo he escrito evitando cualquier nota al pie. He procurado expresar lo que ronda en mi mente y no los índices de los libros que he leído, acaso. No he pretendido comprender la adicción, sólo he procurado recordar y transmitir una experiencia. Lo he escrito de modo algo fragmentado, porque 8 las vivencias son así. Mientras vivo una cosa, pienso en otra y recuerdo otra. Las vivencias, así como el tiempo, no son tan lineales como a ratos nos gusta creer. Estas páginas están llenas de errores, y no tardará algún lisiado emocional en corregirlos, cualesquiera que sean sus motivaciones. Pero para su satisfacción está Google o Wikipedia a mano; este libro, en cambio, versa sobre una experiencia, y como tal está repleto de las mentiras que la memoria cuenta, según el estado de ánimo en que lo escribí. Pero a pesar de las jugarretas de la memoria, las distorsiones de la vanidad, mis cobardes omisiones y la engañosa prudencia, he buscado ser franco. Aunque con frecuencia he fallado, el ejercicio mismo de intentarlo ha valido las madrugadas en cafés 24 horas de esta voraz ciudad”.

“Aún me impresiona lo civilizados que son algunos de mis amigos consumidores. Jamás tuve esa opción; carezco de esa fibra que les indica cuándo contenerse, o cómo divertirse atascándose, o cómo ir a trabajar al día siguiente, o interesarse en cualquier otra cosa. Para un consumidor, hasta para el más enganchado, drogarse esun divertimento; para un adicto es un solemne deber“.

“1e. Nunca me gustó la coca. Sin embargo la ingerí hasta la nausea y el hartazgo, una inyección tras otra. Sin poder salir del baño. O ya fuera de éste, y sin poder siquiera afinar la guitarra, pero intentándolo de todos modos. Y luego otra dosis, y luego otra. Todo para terminar aterrorizado, encerrado, escuchando a través de la puerta. Y no escuchaba lo que había del otro lado de la misma, sino lo que temía que hubiera en algún rincón de mi cabeza. En estado de pánico. O para intentar rebanarme las venas entre delirios, alucinando que así expulsaría la sangre contaminada de mi cuerpo. Tirar lo que quedaba de papel al escusado, aterrorizado, indignado. Todo para despertar a media tarde, deshecho, y bajarlos brazos por el borde de la cama –porque amanecía con los brazos adormecidos de tanto arpón–. Todo para empezar a convencerme poco a poco de ir por más. Corrijo, la coca me gustaba. Lo blanco del polvo, el modo en que adormece las encías y, sobre todo, el olor cuando la cuchara se calienta y se evapora un poquito de perico con el agua. No poder parar. Inyectarme cada cinco minutos. La cuchara, la vela prendida, la soledad, el ritual, la jeringa. La aguja traspasando la piel, la sangre entrando, el efecto inmediato, la taquicardia, el zumbido en los oídos.

Me encanta la coca; sólo que no me gustan sus efectos en mí“.

“Me encantan sus efectos; sólo que no me gustan las consecuencias. La repetición obligada sin espacio para la incertidumbre, sin lugar para la sorpresa, sin espacio para sentir, sin sitio alguno para la vida y todo su grotesco caos. Igual que cualquier miembro de una secta.

No, no me gustaba la coca; sólo que la morfina ya no bastaba. Había que mezclarla con algo. La morfina ya quitaba solamente el asco, las ganas de vomitar y la insoportable densidad del ser –aquella tortuosa invasión de la vida y todas sus pequeñas irritaciones que van sumando hasta hacer que todo sea dolor–. Pero ya no sentía la morfina, sólo su contraste después de una y otra dosis de coca. Arriba, arriba, abajo, abajo.

Cada día igual al anterior, sólo un poco peor.

“Me da gusto que haya personas que disfruten la coca, y hasta lo hagan incluso socialmente. Que se compartan una raya. Lo mío era no poder salir del baño o encerrarme en una esquina del clóset con la TV en estática y sin volumen. Abandoné incluso la música que me mantuvo vivo, por utilizar el cerebro y los sentidos con cualquier otra droga, por no poder despegarme de la aguja. Una dosis y la que sigue y la que sigue y la que sigue. Un monolito. Una postración.

“La adicción está diseñada para eso, para que te arrodilles, para que te abandones. ¿Quién, alguna vez, ha pedido dinero afuera del supermercado, inventando que tu auto se quedó sin anticongelante, todo para comprar una jeringa, porque la que traías ya no tenía filo?”

Bueno, I´ve been there. Aunque a diferencia de Fausto o V., nunca caminé en los zapatos del adicto, a cambio fui la jeringa. Y lo fui más de una vez.

En ocasiones la memoria viene a tomar el té de las cuatro con el recuerdo de V. dentro de una caja de galletas. Si pudiera pedir, elegiría que no me visitara la imagen de la ultima vez que lo abracé, justo una semana antes de morir. Prefiero recordar a mi primo a los cuatro años, corriendo como poseído en casa de mis padres. También pediría volver el tiempo a ese día para tomarlo del brazo y prevenirlo de lo que vendría después.

Quisiera abrazar ese cuerpecillo frágil y rogarle que tuviera cuidado, que no corriera, que nada malo le pasaría si tan sólo frenara un poco la velocidad de su torbellino, que no me gustaría verle llorar, sangrar, escapar, no volver. Le diría: Reach out and touch faith. Una, dos, quizás diez veces.

*Texto publicado en la Revista Etcétera el 30 de diciembre de 2015

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La Bota, la sidra, Yuste: la vida.

 

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La comida y la bebida han sido y jamás claudicarán de su atroz protagonismo en la agenda de mi vida. Viajar y comer, comer y viajar; y claro: beber. El placer de encontrar vínculos gustativos secretos entre individuos, sus pueblos y naciones, es sin duda uno de mis vicios favoritos.

El año 2009, Barcelona, Julio -mi mejor amigo- y las fiestas de la Mercé me recibieron a punta de calor, fiesta, arte, tradición, poesía y el privilegio de su comida. El primer impulso que tuve en la irrepetible primera noche en las ramblas, fue arrastrar a Julio a conocer a Santi, el misterioso dueño de la Sidrería Yuste. Llevé la dirección, un mapa mal trazado, plagado de referencias absurdas, cortesía de Rafael, amigo y cómplice quien quedó prendado de la sidrería de marras durante uno de sus enloquecidos viajes a Cataluña. Gracias a que existe un Dios pagano que protege a los imbéciles, pudimos llegar a la célebre sidrería ubicada a unas calles del metro Tetuan, a pesar de que nuestro mapa nos conducía a Badajoz, frontera con Portugal.

El lugar lucía como cualquier aspirante a templo del placer exige: abarrotado. El hombre parlachín que cobraba entre risotadas detrás de una caja registradora de los años cuarenta, no podía ser otro más que Santi. Lo confirmé cuando al identificarme como una enviada del otro lado del mundo, me presumió una postal de Jis y Trino que adornaba su pared favorita, obsequio del mismo Rafael quien me hizo prometerle visitar aquel inolvidable lugar. Gracias a Santi agregué nuevos vicios a esta vida licenciosa: la sidra asturiana, las patatas bravas, los bocadillos de calamares y la paella.  Mi veleidosa memoria ha guardado desde ese día, la personalísima postal de Santi escanciando sidra y aconsejándonos no tomarla hasta el último trago, porque es tradición y deber humano dejar al fondo del vaso el último trago para después ofrecerlo a la tierra en acto de solemne agradecimiento y retribución. Porque de la clemente tierra provienen los frutos de la dicha que nadan al interior de cada botella de sidra que habita este mundo que se acaba.

Cinco años después aquella visita a la sidrería -que se convirtió en costumbre mientras permanecí entre ramblas y vida-, Julio regresó a la Ciudad de México con la intención de pagarle a sus cariños un poco de presencia después de prolongada ausencia.

Recorrimos juntos algunos barrios entrañables exclusivos de nuestra memoria, entre ellos, un recinto que es más que una propuesta gastronómica, una leyenda culinaria, el punto de reunión favorito de poetas y asesinos del conformismo. Decidimos que nuestra última parada de la noche debería ser la Hostería La Bota.

Nos sentamos justo en el corazón del recinto, uno frente al otro. Miramos las paredes salpicadas del eco de tanta prosa versada, de guiños mudos. Bebimos, comimos y recorrimos con el músculo de la memoria cada rincón, cada bocado de aroma en completa sincronía: asociamos dos hermanos ignotos uno del otro, cada uno del otro lado del Mar Atlántico. Recordamos nuestra primera correría juntos fuera de nuestra patria y cuyo bautizo lo simbolizó aquella dulce ambrosía asturiana.

Preguntamos por Antonio Calera-Grobet, juglar dotadísimo de genio  y santo patrono de la hostería, quisimos compartirle nuestra eufórica epifanía. ¿Quién no querría enterarse de la existencia de un hermano desconocido?

-Hoy no se encuentra, lo sentimos-

La respuesta del mesero nos hizo pensar que incluso entre nosotros hay cabida a noches imperfectas, pero la magia de los vínculos invisibles ante los que Julio y yo nos hemos conmovido a la largo de 25 años, no para de estrujar con tozudez nuestras ataduras.

-¿Eres América, verdad? Antonio les manda esto.

Era nuestro diligente mesero a quien lamento mucho no recordar su nombre, porque estoy segura de haberlo repetido tres veces, pero que nadie culpe mi descortesía, por favor. Desde el momento que nos dejó esa botella de sidra en nuestra mesa, dos arcillosas criaturas marcadas con el lunar de la tristeza y que crecieron juntas, se transportaron conmovidas a la calle Sicilia, muy cerca del metro Tetuan, donde derramaron por vez primera el último sorbo de su copa de sidra como tributo a las impagables bondades recibidas.

Quizás Antonio Calera-Grobet no lo sepa, pero dos tragos de la sidra de su cava se derramaron en la calle San Jerónimo, justo frente a su amada, mi amada Bota, pero lo juro ahora y ante quien sea, que no se desperdició ni una gota.

 

*Texto publicado en el libro “Pase usted” de Editorial Mantarraya, primavera del 2017

 

 

 

 

 

 

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La invención de Morel

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“El amor -en Bioy Casares- es una percepción privilegiada, la más total y lúcida, no sólo de la irrealidad del mundo, sino de la nuestra”.

-Octavio Paz- 

La invención de Morel, es la obra más famosa del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (Buenos  Aires,  1914-1999) su profundidad y sutil complejidad, han convertido a esta breve  novela (consta de 130 páginas en versión bolsillo) en una poderosa e indispensable pieza  narrativa  en  nuestro  idioma. La  invención de Morel significa mucho, simboliza mucho: la inmortalidad, la transmutación del alma, la búsqueda incansable  del  genio por construir el invento perfecto que dote de vida eterna a todo aquello que  deseamos  nunca perezca. Pero también es homenaje; quizá el más punzante, es el que el autor  hizo  al clásico de H.G. Wells “La isla del Doctor Moreau”, -no sólo en clara referencia al  título-,  también  lo  hace gustoso al género de la ciencia ficción (en el que Bioy siempre navegó con clase y soltura). Mucho se ha especulado que gran parte del reconocimiento a Bioy Casares,  se debe a la estrechísima amistad que sostuvo con Jorge Luis Borges durante más de 30 años,  pero  todo  aquel  que se haya  sumergido en su obra, sabrá valorar con justa dimensión el virtuosismo de la prosa del autor.

La  historia  parece  simple.  El delirio, la fuga, y una isla maldita, se aderezan con una improbable historia  de amor. Todo  lo  que el lector descubrirá dentro de las páginas de esta novela,  lo  hará  mediante  los  delirantes  apuntes  del personaje principal, a su diario. El diálogo  consigo  mismo resulta tan intimista –como toda relación estrecha entre un sujeto y su historia  contada  en  primera  persona– que en ningún momento nos damos por presentados. Desconoceremos  hasta la última página su propio nombre. Nos enteramos pronto, que el de la voz es un escritor  prófugo, porque se confiesa ante nuestros ojos; y un muy atípico náufrago..atípico, por  una  sencilla  razón: el  naufragio y confinamiento en la isla fueron su elección absoluta. El náufrago asume con estoicismo su aislamiento porque él mismo lo diseñó así. Acepta las desventuras, hambre e infames condiciones que padece en la  isla desierta, porque es la prisión que decidió habitar. Desconocemos el crimen que alega no haber cometido. Creer su inocencia es responsabilidad entera del lector.

El  prólogo  –autoría  de  Jorge Luis Borges- nos prepara de alguna manera, para estar atentos, -pero  sobre  todo-   a conmovernos con una extraordinaria historia y su vuelta de  tuerca:  “Las ficciones de índole policial -otro género típico de este siglo que no puede  inventar  argumentos­  refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy  Casares, en estas páginas despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante  un solo postulado fantástico pero no sobrenatural. El temor de incurrir en prematuras o  parciales  revelaciones  me  prohíbe  el  examen  del  argumento  y  de las muchas delicadas sabidurías  de  la  ejecución. Básteme declarar que Bioy renueva literariamente un concepto que San  Agustín  y  Orígenes  refutaron,  que  Louis  Auguste Blanqui razonó y que dijo con música memorable Dante Gabriel Rossetti:


“ I have been here before,

But when or how I cannot tell:
I know the grass beyond the door,
The sweet keen smell,
The sighing sound, the lights around the shore…”

Cuando Borges habla de sabiduría en manejo de alegorías fantásticas, no lo hace gratuitamente. Un caótico timing  onírico  se  abre  paso  entre  la  salvaje  flora  de la isla, transportándonos –acaso atemporalmente- a una intrincada aventura científica.

La Isla maldita y Lost!

La  Isla  que  el  naufrago consideraba desierta, parece no serlo más (quizá, nunca lo estuvo, este es el primer misterio que debemos resolver en silenciosa complicidad lectora). Morel es un científico adelantado a su época –Bioy se esfuerza por ubicar el tiempo en los años treintas-, cuyas invenciones estriban en legar al mundo tecnología experimental que le permita obtener  –gracias a un anónimo camarada del  futuro  emergente- la continuidad de su proyecto personal: la inmortalidad. Construye  un  mundo y lo  protege engañando a otro. La presencia de Faustine emerge como poderosa viñeta con su hermoso perfil que mira obsesivamente el atardecer desde el acantilado. Finalmente, la invención reconcilia a los amantes rivales (prófugo y científico) para inspirarlos a unir los cables del prodigio de la eternidad.

La  invención de Morel es una trampa surreal construida a base de mecanismos complejos meticulosamente detallados por un autor apasionado por la ciencia, que distribuyó pacientemente pistas ambiguas, redes intangibles, mudos espejos y secretos reflejantes. Usó con ingenio el recurso cinematográfico del  flashback,  el de los finales que abrazan los inicios, el de caracteres monocromáticos danzantes. Cuando el escritor argentino decidió tomar la ruta del homenaje a la obra maestra de Wells, probablemente nunca imaginó regalarle a nuestra generación un notabilísimo objeto de culto. Su guiño a Moreau  es el mismo guiño usado por Jeffrey Lieber, J.J. Abrams y Damon Lindelof (los creadores de la exitosa producción televisiva Lost!, serie considerada el homenaje más famoso a la novela), la diferencia, es que esta última se quedó muy corta ante el efecto contundente de la pieza literaria.

Porque aunque el lector tenga revelado el misterio en las últimas páginas, las cinco líneas finales de la novela consiguen lo que jamás hizo la serie norteamericana en seis temporadas, 121 capítulos y carretadas obscenas de dólares: conmover poderosamente al lector que ya nada espera. El desconsuelo y la melancolía rampantes al ocaso del libro, son compensadas por  el  talento  fantástico  de  una  pluma  que zurce todas las costuras roídas y teje con pulcritud cualquier hilo deshilvanado de la historia en un final exquisito, tan rotundo como entrañable.
Octavio Paz hizo el siguiente apunte elogioso a La invención de Morel“puede ser descrita, sin exagerar,  como  una  novela perfecta”, Jorge Luis Borges hizo lo propio retomando a Paz al final del ya citado prólogo: “En  español,  son  infrecuentes y aún rarísimas las obras de imaginación razonada. Los clásicos  ejercieron la  alegoría,  las  exageraciones  de  la  sátira  y, alguna vez, la mera incoherencia  verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. La invención de Morel (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo. He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”

Los invito a naufragar en el mundo de Bioy Casares. Si no lo han hecho antes, visiten su célebre isla. Miren con atención al cielo y descubran sus dos soles, sus dos lunas, les aseguro que también se aficionarán a sus ponientes menguantes, a sus crepúsculos sin dulzura. La visita no es larga, podrán descubrirla en siete días. No teman, no existe peligro de contagio. Somos inmunes a esa extraña enfermedad que se adquiere en sus entrañas, que carcome las propias. Uno nunca sabe quién de nosotros conozca la combinación que el trágico héroe espera entre espejos y que necesita para abrir el portal diseñado por Morel para los tiempos venideros, para el futuro. El que ya nos alcanzó.

En el cuarto capítulo de la cuarta temporada, se observa a James “Sawer” Ford, leyendo la novela de Bioy Casares.

*Texto publicado el 12 de abril de 2012 en Animal Político

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El Banquete

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Algunos años atrás, participé en un proyecto donde aporté algunos aforismos acerca del amor. Para ello, me inspiré en El Banquete de Platón, que considero el referente adecuado para documentar un tema tan complejo, sin desbocar en el incómodo abismo del lugar común.

El Banquete (380 A.C.) pertenece a los tiempos en los que el cristianismo no había ejercido su voraz imperio como autoridad absoluta en el maniqueo discurso sobre la naturaleza y el propósito del amor. Trescientos años antes del monopolio cristiano, Platón ejecutó una insuperable obra a modo de diálogos, salvaguardando con ello –literariamente–, el pensamiento del más grande filósofo griego y entrañable maestro, Sócrates, poderosa influencia en la filosofía universal antigua y contemporánea. Producto de este puntual registro, Platón legó al mundo una concepción amplísima del amor puro. El Banquete, es toda una aventura voyeur en la que podemos degustar el derroche de lucidez en la conversación sostenida entre el poeta y dramaturgo Agatón (anfitrión de la comilona) y sus distinguidos comensales: Sócrates, el célebre comediante Aristófanes, el filósofo Erixímaco, el militar aristócrata Alcibíades -entre otras distinguidas personalidades-, quienes festejaron bajo los influjos de Baco, las gloriosas fiestas Leneas. La profundidad poética del intercambio en la charla entre cínicas lumbreras, obsequió a la literatura filosófica el legado más espléndido que exista en torno al amor. Al comienzo del banquete, Erixímaco, comienza su diálogo exhortando a los comensales a componer alabanzas a Eros, excelso dios del Amor, con el incontrovertible alegato de que a pesar de su intrínseca influencia en la perpetuación de la vida; extrañamente, se vivía una época huérfana de gestas poéticas a la altura de su exquisitez y trascendencia:

“… ¿No es cosa extraña, que de tantos poetas que han hecho himnos y cánticos en honor de la mayor parte de los dioses, ninguno haya hecho el elogio del Amor, que sin embargo es un gran dios?… ¿En qué consiste que en medio de este furor de alabanzas universales, nadie hasta ahora ha emprendido el celebrar dignamente al Amor, y que se haya olvidado dios tan grande como este?“

La embriaguez del enamoramiento. La desmemoria de la pasión. Todas y cada una de las representaciones amorosas, en sus facetas más sublimes, se nos presentan en voz de los interlocutores sin que el hilo narrativo nos desvíe del punto de partida: quién merece ser venerado y por qué.

Sócrates alegó que la connotación negativa del amor es improcedente, porque de existir, contravendría la esencia intrínseca de los dioses, porque el amor mismo es una deidad y los dioses no conciben la frontera de lo bueno o malo. Defendió al amor como inherente al propio entendimiento, a la tozuda razón. Fedro, por ejemplo, defendió al amor como fuerza primigenia, creadora, como al dios más antiguo y venerable. Lo describió como culto necesario en el equilibrio existencial y como insuflación bondadosa para la supervivencia del bien de las naciones y prosperidad del individuo.

Aristófenes y el castigo de los dioses

El discurso que Aristófanes legó a la humanidad en esta obra platónica, ilustró de trágica metáfora el concepto del amor a mi medida:

“En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. Primero había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido conservándose solo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo, y combatir con los dioses…”

“…Júpiter examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El negocio no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos; pero, por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Júpiter se expresó en estos términos: Creo haber encontrado un medio de conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharán rectos sosteniéndose en dos piernas solo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pie…”

“En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante a aquel de que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y solo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, como en recuerdo del antiguo castigo…”

“Hecha esta división, cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose. Júpiter, movido a compasión, colocó delante los órganos de la generación, por que antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las cigarras. Júpiter puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. Entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; él nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido separada de su todo, como se divide una hoja en dos…”

“..Estas mitades buscan siempre sus mitades…”

“.. Preciso que todos nos exhortemos mutuamente a honrar a los dioses, para evitar un nuevo castigo, y volver a nuestra unidad primitiva bajo los auspicios y la dirección del Amor. Qu nadie se ponga en guerra contra el Amor, porque ponerse en guerra con él es atraerse el odio de los dioses. Tratemos, pues, de merecer la benevolencia y el favor de este dios, y nos proporcionará la otra mitad de nosotros mismos, felicidad que alcanzan muy pocos”.

La belleza del discurso de Aristófanes me conmueve. Imaginar a nuestra especie como dolientes mitades que buscan con prisa, sin reposo, a su otro yo, con el fin de alcanzar la perfección dual más allá de una limitada connotación romántica, me provoca una perspectiva límpida e ideal. No somos lo mismo, y sépanlo: jamás lo seremos. Quizá solo seamos capaces de aspirar a la armonía que componen los sordos ecos de nuestro desconsuelo, aunque no comprendamos del todo al amor como fuerza motriz, a la pasión como locura, enfermedad, destino y consecuencia del ejercicio irracional de los sentidos.

Al paso de los años, he aprendido a concebir al amor como el adagio del acoplamiento, pero jamás como suplantación del otro, porque jamás seremos el otro. Erramos tanto al intentar apropiarnos del pensamiento, de la entidad corpórea del objeto de nuestra adoración, que cometemos un imperdonable atentado a nuestra naturaleza: desdeñamos con nuestra ignorancia aquella vieja maldición helénica.

La estética del amor que concibo como ideal es en términos generales, una máxima misteriosamente olvidada, infectada desde sus raíces por los contaminantes de la involución generalizada en nuestros días de escasas glorias. ¿Dónde están las gestas, los banquetes de alabanza al amor? ¿Es que acaso hemos dejado de necesitarlas? Aristófanes afirmó hace más de dos mil años que:

“El amor es lo que da paz a los hombres, calma a los mares, silencio a los vientos, lecho y sueño a la inquietud. Él es el que aproxima a los hombres, y los impide ser extraños los unos a los otros; principio y lazo de toda sociedad, de toda reunión amistosa, llena de dulzura y aleja la rudeza; excita la benevolencia e impide el odio. Propicio a los buenos, admirado por los sabios, agradable a los dioses, objeto de emulación para los que no lo conocen aún, tesoro precioso para los que le poseen, padre del lujo, de las delicias, del placer, de los dulces encantos, de los deseos tiernos, de las pasiones…”

Lo desmoralizante es que solo basta echar un vistazo a nuestra civilización para darnos cuenta que el discurso de Aristófanes ha sido olvidado. La pretensión arrogante del apego dejó de representar siglos atrás el tono de los cantos, la métrica de las loas de nuestro tiempo. En nuestros días, el odio y el perdón no son más que mercancía negociable, sobre todo esto último. ¿Por qué nos hemos convertido en criaturas mercenarias del perdón, si el amor y el perdón proceden de la misma bolsa embrionaria y cuya naturaleza es inalienable?

Los dioses han desaparecido horrorizados

Embriagados de megalomanía, los seres humanos creímos haber tomado el control de nuestra especie. Sin duda, hemos olvidado nuestra primitiva perfección, así como la promesa del castigo. Si los dioses volvieran y desataran su furia contra nosotros, probablemente arrebatarían a Italo Calvino de la quietud de su reposo eterno, para obligarle a contemplar con sus propios ojos a una humanidad entera haciendo involuntario homenaje a su fantástica historia del vizconde aquel, cuya población vagaba desconsolada entre los bosques y riachuelos, con un ojo, una pierna, y la mitad del corazón. Sí, nos obligarían a deambular lastimeros, medianos, inconsolables en búsqueda infatigable de nuestra otra mitad.

*Texto publicado en la Revista Etcétera el 21 de julio de 2015

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Lem y los libros imaginarios

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“De la vigilia que nunca nos abandona, no hay otro despertar más que la muerte”

– Stanislaw Lem.

No olvido el año: 1994. Lo recuerdo perfecto, porque fui la única persona de mi generación -que yo conozca- a la que no le gustó la película de Matrix. Salí del cine con la misma sensación que experimentan las personas cuando se saben timadas arteramente. A pesar de que los efectos especiales convirtieron a esa cinta en un clásico instantáneo, sentí que la historia me quedó muy corta. Pero la culpa no fue mía –lo juro- la culpa la tiene la novela  “El congreso de futurología” y su autor, Stanilslaw Lem; uno de los dioses de mi Olimpo personal.

Stanislaw Lem (Los astronautas, La Nebulosa de Magallanes, Solaris, Retorno a las estrellas, Fábulas de Robots,  Ciberiadas, etc) nació en 1921 en Lvov, Ucrania y a lo largo de su larga vida (murió hace tan solo tres años), sirvió con ahínco a dos principales propósitos: enseñar literatura polaca en la Universidad de Cracovia y escribir los más sorprendentes libros de ciencia ficción en la historia de la literatura universal.

Resulta complejo encasillar su prolífica obra, meramente en el campo de la ciencia ficción, ya que su narrativa está plagada de profundas referencias filosóficas, psicológicas y científicas. Se salvó en su juventud de un campo de concentración, para concluir sus estudios de  medicina y psicología. Gracias a ello consiguió la suficiente materia prima para desentrañar con soltura e ironía, las dolencias más profundas del pensamiento humano, usando a pinceladas; su fina narrativa del conocimiento.

Aunque no sea de ninguna manera su obra más conocida, leída o analizada, “El congreso de Futurología (1971)” es el libro que consiguió sorprenderme como ninguno en la adolescencia. El protagonista de esta novela corta es el astronauta Ijon Tiichy (recurrente héroe quien vio la luz literaria en “Diarios de las estrellas”, su segundo material fantástico publicado en el año de 1957) cuyos viajes y aventuras, alimentan intrincados relatos sobre el apocalíptico futuro que Lem vislumbró como único destino a la humanidad. La parodia y el absurdo, parecen ser la ruta de este peculiar relato. Titchy  recibe invitación para asistir a un congreso -cuya sede es Costarricania- exclusivo para futurólogos en un descomunal hotel en el que se buscará encontrar las respuestas para evitar la hecatombe mundial. Aunque nuestro entrañable astronauta encuentra más que respuestas o solución alguna al inminente Apocalipsis, ya que descubre fortuitamente que la hecatombe hace mucho que los cubrió. Los grandes gobiernos han evitado a toda costa el derrumbe de sus imperios mediante el suministro de drogas. Es decir, la benefactorina, el altruismol, la  credibilina,  o el felicitol, son las armas que se utilizan para controlar con sumisión a la humanidad. La victoria de la revolución química al servicio del “bienestar humano”. No existen emociones emanadas de la naturalidad de los individuos, ya que todas son inducidas. El amor, el odio, el perdón, la perfección, la rebelión… están al alcance del supresor o estimulante adecuado. Todos pueden ser dios. El mundo puede ser perfecto con sólo desearlo. Lamentablemente, ya no queda mucho mundo y nadie lo intuye siquiera. La realidad es tan perturbadora que se oculta a rajatabla. La percepción del mundo es alterada en su totalidad, porque el presente es aterrador. El autor profundiza en la ética, en la inmoralidad de la manipulación social, emocional. Consigue transmitir lo indescriptible mostrando la devastación mediante un recurso narrativo simplista: dejando la construcción total de la imaginación futurista al lector. Su descripción apocalíptica es sobria y en primera persona, es más un diálogo interno que una  crónica. Por eso no me gustó Matrix. Mi imaginación es rabiosa, Titchy es más entrañable e irónico que Neo y Lem infinitamente más talentoso e intimista que los hermanos Wachowski.

Stanislaw Lem es un autor que debería de ser leído por todos -sin excepción-, lo digo en serio. Lamentablemente el estigma que carga la ciencia ficción como lectura ligera no ayuda mucho, tampoco ayuda que se le encasille como un escritor exclusivo de esa corriente literaria, porque no es así. Leí hace poco que “Lem, Kafka, Carroll, Swift…cada uno a su manera, nos recuerdan que la aparente solidez de nuestras estructuras no es mayor que la de un decorado de cartón-piedra. Nos obligan a enfrentarnos con la fragilidad de los presupuestos de nuestra cultura, de nuestra pretendida lógica.” Todo, con el poderoso influjo de su desbordante imaginación.

No existe mejor ejemplo que el libro Vacío perfecto.

Cuando pensé que había leído todo sobre S.L, cayó en mis manos este título, que es una verdadera joya.

Vacío perfecto es más que una colección de críticas literarias y científicas. Es una reflexión mordaz, un brillante galimatías y un auténtico experimento literario, porque todos los libros reseñados son imaginarios. Este recurso expositivo no es nuevo, ya que autores de la talla de Borges, Rabelais o Swift, hicieron lo propio. Pero ninguno trastoca tanto el género con la profundidad de Lem. Todos los autores son ficticios y uno acaba por lamentarlo. Es tan sorprendente el desborde imaginativo del autor, que conflictua el hecho de que ninguno de esos libros se haya publicado nunca, que jamás se publicarán. Sólo formaron parte de un fragmento creativo que habitó en el recoveco más escondido del escritor ucraniano.

Aunque “Les Robinsonades”, “Gigamesh”, “Idiota”, “Rien de tout, ou la conséquence”,” En Gruppenführer” o “Sexplosión”, pudieron haberse convertido en notables novelas, mi parte favorita es el prólogo.

El prologuista, disecciona mediante  un análisis crítico y filoso como escalpelo, al oficio del autor, utilizando un método despiadado. Las primeras líneas del prólogo es elocuente: “La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos, no sólo en un escritor contemporáneo como J.L Borges, sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner práctica esta idea. Sin embargo, “Vacío perfecto” constituye una especie de curiosum” .. “¿cuál fue su propósito? ¿el de sintetizar la pedantería o la broma? Sospechamos que en este caso se trata de un subterfugio jocoso, viéndose confirmada esta impresión por la introducción, interminable y teórica…Lem tuvo miedo de las dificultades implicadas en cada uno de los títulos. Prefirió no arriesgarse nada, guardar la ropa y salirse por la tangente”

Cada una de las críticas hechas a los libros y autores imaginarios, pasan por nuestros ojos con crudeza y limpidez. El prólogo los despoja de cualquier tipo de artificio y le brinda un alivio al lector para entender el variopinto experimento que lo atrapa a pesar de su complejidad. Porque se requieren tres galaxias de talento para concebir 15 novelas, dotar a sus embrionarios protagonistas de personalidad y vida propia; desarrollar los argumentos, debilidades y fortalezas narrativas de cada ejercicio; para que el prólogo regale uno de los guiños más ingeniosos y nos invite a ser cómplices preparándonos para lo mejor:

..”Vacío perfecto es una narración sobre las cosas deseadas, pero imposibles de obtener. Es un libro sobre sueños que jamás se cumplen. Y el único ardid que le queda todavía a Lem sería un contraataque: afirmar que no fui yo, el crítico, sino, él mismo, el autor, quien escribió la presente reseña, e incluirla, como un texto más, en Vacío perfecto.”

Lecturas como esta nos rescatan de los profetas de la esterilidad inventiva y de los que tanto adolecemos. Este pequeño libro escrito en 1971 es una obra maestra.

Lean. Imaginen. Descubran a uno de los mejores escritores de la literatura contemporánea. Me lo agradecerán toda la vida.

De nada.

*Texto publicado en Animal Político el 7 de octubre de 2011

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Saudade et Petite Prince

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“Todo cuanto vive, vive porque muda; muda porque pasa; y, porque pasa, muere. Todo cuanto vive, perpetuamente se transforma en otra cosa, constantemente se niega, se hurta a la vida. (Fernando Pessoa)

Les voy a recomendar que nunca hagan algo. Si confían en mí, sabrán ser juiciosos y llevar a cabo mi siguiente consejo al pie de la letra: si están absortos y envueltos en una insondable tristeza, no lean ni por distracción “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa o el Principito de Antoine de Saint Exupéry (a menos que les interese dejarse caer en un oscuro laberinto). Retomé la lectura nocturna en mis  noches insomnes, pero cuando no pude más con Pessoa, corrí a refugiarme en el cuento de Saint-Exupéry. Pensé tontamente que uno de mis cuentos infantiles favoritos podría rescatarme del calabozo, pero no fue así. Comprendí al terminar la última página del cuento, que había un vínculo secreto e imperceptible –aunque inequívoco- entre la obra del portugués y la del francés: la saudade.

La primera vez que escuché este sutil vocablo en conversación con un amigo cultísimo, me dio vergüenza preguntarle cuál era el significado. Y aunque me lo hubiera explicado, no hubiera sido capaz de comprenderlo en esa charla, o en ninguna otra. La saudade no se entiende si antes no la lleva uno en el torrente sanguíneo.

Saudade proviene de la lengua portuguesa y no tiene una contundente traducción al idioma español (a ningún idioma, de hecho). La raíz que lo origina, no tiene un consenso claro entre diversos análisis etimológicos que datan desde el siglo diecinueve. Sin embargo, el vínculo más fuerte que tiene, es en definitiva, con el lenguaje literario. Saudade es un virtuoso adjetivo, un galimatías fonético, rico en plástica que se amalgama como pocos en las más nostálgicas composiciones poéticas porque viste elegantemente y de pies a cabeza, a la más profunda tristeza.

No significa tristeza –que quede claro- la tristeza es sólo la rama del frondoso árbol. Saudade es una alteración emocional –o dicho más claramente- es un proverbio de las emociones. Es la ausencia de la felicidad, más que la cruda infelicidad. Saudade es el color del aura de la cultura portuguesa. Es la partitura de su incomparable canto.

Se le atribuye la raíz solitate (soledad) o saudá (del árabe: desánimo, mal de amor), entre otros arcaísmos medievales. Ninguna raíz es clara y por ende, no tiene traducción a ningún idioma.

La aproximación más tangible que tuve para entender pálidamente a  la saudade, es precisamente la que encontré en la obra del escritor portugués Fernando Pessoa. Aunque de ninguna manera es limitativo. Saudade es una corriente literaria, filosófica, filosófica e incluso, antropológica. Está impregnada en todas las manifestaciones artísticas portuguesas como lo son la pintura, filosofía y sobre todo: la música. Si desean chapalear por esta corriente anímica, están advertidos, aunque no es obra apta para masoquistas. Conmigo es más que suficiente.

Existe una canción autoría del escritor y dramaturgo Miguel Falabella de la que me tomaré licencia de extraer algunas líneas:

“Agarrarse el dedo con una puerta duele.

Golpearse la cara contra el piso, duele.

Torcerse el tobillo, duele. . . una bofetada, una trompada, un puntapié, duelen.

Duele golpearse la cabeza con el borde de la mesa, duele morderse la lengua, una carie y piedras en los riñones también duelen. Pero lo que mas duele es la saudade.

Saudade de un hermano que vive lejos. . .saudade de una cascada de la infancia.

Saudade de una ciudad. . .Saudade de nosotros mismos, cuando vemos que el tiempo no nos perdona.

Duelen todas estas saudades.

Pero la saudade que más duele es la saudade de quien se ama.

Saudade de la piel, del olor, de los besos.

Saudade de la presencia, y hasta de la ausencia consentida.

Tú podrías quedarte en la sala, y ella en el cuarto, sin verse, pero sabiéndose ahí.
Tú podías ir para el dentista y ella para la facultad, pero se sabían allí.

Tú podías pasar el día sin verla, ella el día sin verte, pero sabían del día de mañana.

Pero cuando el amor de uno acaba, o se torna menor, al otro le sobra una saudade que nadie sabe como detener.

Saudade es básicamente no saber. . .No saber más si ella continúa sufriendo en ambientes fríos.

Saudade realmente es no saber.

No saber que hacer con los días que son más largos, no saber como encontrar tareas que detengan el pensamiento, no saber como frenar las lágrimas al escuchar esa música, no saber como vencer el dolor de un silencio…

Saudade es no querer saber si ella está con otro, y al mismo tiempo querer.

Saudade es nunca más saber de quien se ama, y mismo así doler.

Saudade es esto que sentí mientras estaba escribiendo y lo que tú, probablemente, estés sintiendo ahora después de leer…

Quizá se pregunten a ustedes qué carajos les importa la saudade, sus orígenes etimológicos imprecisos, la obra de Pessoa, la canción de Falabella, El Principito o mi estado anímico.

Y les doy la razón. Toda la razón.

No les importa, no debería. Pero los acontecimientos a los que se ha enfrentado mi vida en tan solo una semana, han logrado acomodarme mullidamente en el diván del desamparo anímico y del que me está costando mucho trabajo salir. No puedo hablar de otra cosa, me siento incapaz. Deberán de tenerme paciencia. La última semana pasará a la historia como la más triste, la de las pérdidas irrecuperables, la del dolor punzante, afilado. Sé que no será la única y que mis perdidas emocionales seguirán creciendo porque ese es precisamente el ciclo de la vida. Por ejemplo, sé que veré caer a mis padres en las tenazas de la enfermedad o la muerte. Me hago a la idea, aunque cuando eso suceda, no desconozco que será un golpe para el que no existe analgésico alguno.

Pero por ahora sólo pienso en Blanca, sólo puedo pensar en Blanca.

Blanca fue víctima del crimen organizado. Intentó defenderse, de acuerdo a su naturaleza bronca y desafiante. El fin de semana la mataron sin piedad porque se resistió a un secuestro. Los secuestradores no sólo cargan a cuestas el delito del asesinato de la güera, también deben de agregar al costal la orfandad a sus dos pequeños hijos y la devastación de Adrián, su marido.  Muchas veces quisiera creer que existe una balanza que se encarga de otorgar un ejemplar castigo a las almas inmundas que son capaces de cometer barbaries de esta magnitud. Pero mi imaginación no es tan fecunda. Soy atea, así que ni siquiera tengo el consuelo del castigo divino, además, no me interesa. De nada le sirve la “justicia” a una familia que seguirá de luto por largo tiempo. Invito cordialmente a que algún voluntario devoto de cualquier deidad, santo, religión,  vaya hasta el lecho de esos niños para explicarles que existe un dios que todo lo ve, que todo lo vigila. Explíquenles que existe la justicia divina, la resurrección y la vida.

A mi se me acaban las palabras, se cierra mi garganta porque esos niños, pudieron ser los míos. Los de ustedes.

Prefiero sumergirme en esta violenta saudade que me aplasta por los costados, que me quema el pecho.

Así que si no les importa, quisiera dedicarles esta última parte de mi texto a los pequeños hijos de Blanca. En nombre de la güera, quisiera contarles el fragmento final del  Principito. Adrián, querido. . . léeles esta parte y dales en mi nombre, un largo beso en la frente a cada uno.

XXVII 

Han transcurrido ya seis años y es la primera vez que relato esta historia. Los camaradas que me encontraron se alegraron de verme vivo. Estaba muy triste, pero les decía: “Es la fatiga…”

Con el tiempo encontré algo de consuelo. Tengo la certeza que regresó a su planeta, pues, al despuntar el día, no hallé su cuerpo. Por las noches me gusta oír las estrellas.  Suenan como si fueran millones de cascabeles.

He aquí algo extraordinario. Olvidé agregar la corra de cuero al bozal que dibujé para el principito. No habrá podido colocársela nunca. Me pregunto: “¿Qué habrá sucedido en su planeta? Tal vez el cordero haya devorado a la flor…”

Muchas veces me respondo: “¡Seguramente no! El principito sabe cuidar a su rosa poniéndola todas las noches bajo un globo de vidrio, al tiempo que vigila celosamente a su cordero…” Y así me siento feliz. Y todas las estrellas ríen dulcemente.

Otras veces pienso: “Sería suficiente distraerse tan sólo una noche…, y olvidarse del globo de vidrio…, en ese caso el cordero saldría cuidadosamente a fin de no ser escuchado, y comería la flor durante la noche…” ¡Los cascabeles de pronto se transforman en lágrimas!

Es realmente un gran misterio. Para ustedes que seguramente aman también a mi hombrecito, nada en el mundo sigue siendo igual si en algún lugar, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa…

-Levanten los ojos al cielo y pregúntense: ¿el cordero se comió o no a la flor? Y verán como todo cambia…

Y ningún adulto comprenderá jamás que eso tenga tanta importancia, sólo para quienes hemos conocido al principito.

Para mí, es éste al mismo tiempo, el más bello y triste paisaje del mundo. El mismo que el que lo precede, pero lo repito para que lo miren con atención. Es aquí donde el principito apareció en este planeta y es también aquí donde finalmente desapareció.

Repasen esta imagen como para estar bien seguros que habrán de reconocerlo, si viajan algún día por el África, en el desierto. Si pasan por allí les pido: tengan la gentileza de esperar; no se apuren, aguarden unos instantes, exactamente debajo de la estrella. Si miran que un niño se les aproxima, ríe, tiene cabellos color oro, si no responde a sus preguntas, ya sabrán de quién se trata. Sean bien gentiles entonces. Escríbanme sin vacilar un instante, cuéntenme que el principito regresó… “

Niños: su madre voló hasta la estrella donde vive el principito. No teman, no sufran, no a causa de ella. Busquen esa estrella radiante que sólo podrán pillar por las noches. Si la descubren brillando en la oscura noche, es que su madre les hace un guiño luminoso, significa que les sonríe desde lo alto. Sonríanle de vuelta y duerman tranquilos. Sueñen con la flor, el cordero, el frágil príncipe y la rosa. Sigan soñando. Que nadie se atreva a borrar de ustedes esa maravillosa cualidad que sólo los niños o los príncipes interplanetarios tienen en sus bolsillos. No se contaminen de maldad. Crean en la magia y háganlo siempre.

No olviden hacer lo mismo que el piloto del cuento. Si ven a su madre, avísenme, denme razón. A mi también me hará bien saber que su estrella ha ido a visitarlos.

Por lo pronto yo me quedo aquí, acompañada de mi saudade. Espero que se vaya pronto, su naturaleza no es infinita.

Los abrazo, los llevo en el corazón.

“En el momento en que sufrimos, parece que el dolor humano es infinito. Pero ni el dolor humano es infinito, pues nada de lo humano es infinito, ni nuestro dolor tiene otro valor que el de ser un dolor que nosotros sentimos”.

 “El alma humana es víctima tan inevitable del dolor, que padece el dolor de la sorpresa dolorosa incluso de aquello que debería esperar”

-Fernando Pessoa-

*Texto publicado en Animal Político el 25 de agosto de 2011

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Sadako y las 1,000 grullas de papel

 

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“¿Por qué tras haber hecho una buena acción se tienen ganas de seguir una  bandera, cualquier bandera?”

 E. Cioran.

 

A mi madre, símbolo personal de esperanza

Un día como hoy de cada año, el seis de agosto a las 08:15 de la mañana, Japón recuerda. Japón llora, pero también venera y agradece. Como el mundo entero debería recordar (todos somos el mundo, todos entramos en este algoritmo) el día de hoy se conmemoran los 70 años del lanzamiento de las bombas atómicas que destrozaron casi cualquier forma de vida en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Es importante escribir una y otra vez sobre el tema, no sólo la connotación histórica del acontecimiento que convulsionó para siempre las estrategias bélicas de nuestro tiempo, sino también por la marcada distancia que diferencia las conmemoraciones y monumentos que los países involucrados (Japón y Estados Unidos), han utilizado para recordar a las victimas, simbolizar la derrota, la desgracia y la estela mortal que ha dejado a su paso la maldita guerra.

La ceremonia de conmemoración japonesa de la tragedia nuclear, se realiza anualmente en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima creado en 1954, un sobrio recinto construido por 140 mil ladrillos que representan –ni uno más, ni uno menos-, el número de víctimas hasta el final de 1945, y se distingue por características muy peculiares: los cinco portales de cinco metros cada uno que constituyen las Puertas de la Paz (con la inscripción de la palabra paz en diferentes idiomas), y la Cúpula Genbaku: estilizada escultura que exhibe en su cúspide, la figura de una niña que mantiene en alto, entre sus manos, una grulla de color dorado. La razón por la que eligió Japón, como depositaria del simbolismo más devastador de la tragedia más grande de su historia, a una niña y no honrar alguna tropa militar acaecida en heroica gesta, define en la forma y sobre todo, en el fondo, su compleja composición humana.
Sadako Sasaki nació el 7 enero de 1943 y aunque su corta vida estuvo a punto de acabar el 6 de agosto de 1945, cuando a los dos años de edad; sobrevivió milagrosamente a la explosión atómica lanzada en Hiroshima, su ciudad natal. Cuando cumplió once años, fue internada de emergencia, durante un desvanecimiento escolar. Los médicos diagnosticaron leucemia degenerativa. La noticia fue un shock para la familia de la pequeña, porque nunca antes había presentado sintomatología alguna. La estancia de Sadako en el hospital y la última de sus obsesiones: elaborar mil grullas de papel, fueron su ruta a la inmortalidad, sin importar el breve paso que tuvo en el mundo.
En la cultura tradicional japonesa, las grullas son el símbolo de la longevidad y salud. Y una de sus creencias más antiguas, dicta que si un enfermo elabora con sus propias manos mil grullas de papel (práctica también conocida como origami), los dioses le devolverá mediante el frágil vuelo de esta ave, la salud perdida y larga vida. Sadako, cuya edad le había mantenido intacta la impertinente creencia en el poder invisible de los milagros, comenzó a elaborar sus propias grullas. No fue tarea fácil. Hiroshima se encontraba inmersa en una escalofriante catástrofe. A sólo nueve años de la tragedia nuclear, la pobreza y escasez de suministros básicos aún era insoportable; la sencilla tarea de conseguir papel significaba una labor titánica, un lujo. Las prioridades del gobierno estaban enfocadas en la reconstrucción de sus ciudades, asegurar el alimento y atención médica de los cientos de enfermos que, de súbito, empezaron a poblar sus camas de hospital (no olvidemos que las víctimas de radiación y mutaciones, se manifestaron entre los 8 y 9 años posteriores al bombardeo).

Cuando la pequeña atestiguó que la espantosa muerte de los enfermos crecía exponencialmente, decidió que sería injusto pedir exclusivamente por la recuperación de su cuerpo. Arrancó –literalmente- el papel de las paredes, de las cajas de medicamentos, recaudó papel gracias a las donaciones de familiares, amigos, maestros, compañeros de escuela, médicos, para cumplir con su obsesiva tarea. Pero la muerte, cuya rapidez en sus alas de águila hambrienta jamás podrá equipararse al lánguido vuelo de la grulla esperanza, la alcanzó el 25 de octubre de 1955 cuando apenas había conseguido elaborar 644 grullas de origami.

Sadako inspiró a un país entero atribuible a un infantil gesto de valentía, inocencia y voluntad. Porque si la fiebre, el vómito, la perdida de piel, cabello y solidez corporal, no pudo apagar en ella la plegaria para que las víctimas de todo el mundo pudieran recuperar la salud y la paz, su pueblo estaba obligado a tampoco hacerlo. La pequeña los tocó profunda y dolorosamente, prueba de ello es que las 356 grullas que hicieron falta, fueron elaboradas y llevadas a su tumba. Niños y adultos de la ciudad las hicieron por ella, ayudaron a completar su última tarea, o de otra manera su alma no podría descansar. Cuatro años después de su muerte, en el Museo Memorial Park de Hiroshima, se colocó una hermosa cúpula dedicada a todos los niños que murieron a causa del ataque nuclear. En la cima puede reconocerse a una chiquilla que con los brazos abiertos sostiene a una espléndida ave dorada con una breve, pero contundente inscripción:
«Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo».
En uno de los origamis que realizó Sadako antes de morir, escribió una pequeña nota: “Escribiré paz en tus alas y volarás por toda la tierra”.
El origami fue enterrado junto con ella.
Todos los días seis de agosto, como cada año desde entonces, se conmemora el día anual de la paz en todo en país nipón. En promedio, asisten más de 50 mil personas, representantes de estado de 70 o más países, así como la ONU (Estados Unidos lo hizo por primera vez en el año 2010) y a pesar de que es una fecha de conmemoración oficial, es difícil encontrar alegorías nacionalistas por las calles, incluso; las calles lucen vacías. Los altos representantes de gobierno, políticos, estudiantes, trabajadores, amas de casa y niños dirigen sus pasos al monumento realizado en honor de una niña. Al hacerlo, no llevan en sus manos ninguna bandera. Depositan con respeto al pie de la Cúpula Genbaku cientos de miles de grullas de papel multicolores que parecen volar más rápido que las águilas voraces, porque los habitantes de esas tierras han gritado al unísono: “no repetiremos esta atrocidad”.
El pueblo japonés refrenda este deseo al elaborar por todos los rincones de la isla estas grullas, que según cuenta la leyenda, vuelan hasta cada una de las almas que murieron hace 70 años, para obsequiarles mediante el delicado batir de sus alas, un cálido e intrínseco consuelo. Pero sobre todo, más que todo: paz.
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