2010, animal político, París

¿Quién diablos es Florence Cassez?

 

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Abrí la puerta de mi cuarto de hotel después de un agotador paseo. Al exacto instante en el que mi mano giró el picaporte sonó el teléfono:

– ¿Lista para la fiesta de cumpleaños de Anabelle?

Era Avi Rosen, el fotógrafo israelí encargado de darme la bienvenida a París.

Mierda. Después de pasar el día completo vagando por las entrañas del metro y transbordar cinco veces, la idea de una fiesta de cumpleaños no me seducía. Por mi, Anabelle podría celebrar hasta su bautizo sin que el curso de mi vida se viera afectado. Pero perderme la experiencia de experimentar una auténtica fiesta parisina, no era en lo absoluto la idea más racional. Avi acordó recogerme antes de media noche.

Salí a las 23:30 del lobby para encontrarme con Avi y dirigirnos en motocicleta a la Rue de Vanneau, 7eme Arrondissement. Trasgredí el más férreo de los mandamientos personales que he llevado la mitad de mi vida: jamás subirás a una moticicleta.

Agradecí el paseo en moto porque no existe ningún otro vehículo más idóneo para recorrer de noche la ciudad más bella del mundo y no perder ningún detalle, olor o sonido.

El espectáculo ofrecido cortesía del festejo cumpleañero de Anabelle resultó fascinante: BABEL. Todas las razas del mundo se podían identificar en el departamento. Los colores y dispares rasgos fisonómicos del personal enfiestado decoraban el ambiente de manera más vistosa y estética, que la estúpida lámpara arrancada de la escenografía del set de Fiebre de sábado por la noche que enceguecía al personal asistente a cada giro, con sus infernales luces de colores.

Incontables botellas de whisky, ron, vodka, tequila, champagne y una gama de vinos que mi falta de mundo impedirá enlistar. Un tazón gigantesco repleto de gigantescas fresas cayó en mis manos. Las comí todas. Avi se encargó de mantener en todo momento mis manos repletas de groseros platos de comida. No terminaba de engullir un platillo, y depositaba de inmediato otro con una delicia más apetitosa que la anterior.

A Avi además de ser artífice de una noche inolvidable, le debo el haberme presentado a Fabrice. Lo nuestro fue amor a primera vista. A pesar de nuestra irreconciliable diferencia de caracteres. Es decir, nuestra preferencia sexual opuesta. Nos reconocimos de inmediato como evil twins. Fue imposible separamos esa noche o las subsecuentes. Bailamos, cantamos, nos tomamos puñados de fotografías con la cámara de 1,500 dólares propiedad del fotógrafo Nicolas Radensky, para después escapamos a hurtadillas del departamento llevando dos botellas de vino tinto cada uno en las manos.

Al filo de las 4 de la mañana continúabamos bebiendo el producto de nuestro hurto en su departamento de Péré Lachaise poseídos por un entusiasmo irresponsable.

Escalamos uno de los muros aledaños con el estúpido propósito de encontrar una entrada secreta al cementerio de Pére Lachaise que juró conocer. Nos indigestamos juntos, e hicimos alarde de la clase de entendimiento que suelen desarrollar los amigos después de años intentando ser hermanos ante el estupor de Avi. Nos quisimos, nos queremos.

Durante esa velada -que vio su fin casi dos días después- quedó registrado el intento de entrevista donde busqué registrar las impresiones en torno al caso de Florence Cassez -noticia efervescente en México pero absolutamente desconocida e irrelevante en el país galo- a la turba de beodos que no pararon de llegar al improvisado after party.

El reloj marcaba las siete de la mañana. Los sobrevivientes departíamos con singular ánimo festivo al filo de la mañana. Los caminos del señor son misteriosos y no recuerdo con claridad que entidad maligna me orilló a preguntarle a Fabrice  a bocajarro: ¿Cuál es tu postura en el caso de de Florence Cassez?

Supongo que el cuadro de ambos alegando en jergonanza ininteligible les resultó a todos muy divertido, ya que de inmediato la atención del respetable giró en torno a nuestra disparatada conversación.

Este es el momento preciso de confesar un terrible secreto: mi dominio del inglés es vergonzoso y con Dios sabe cuántas copas de vino danzando en mi interior, apostaría todos mis vales de despensa a que mi acento se asemejaba al de Silvester Stallone después de la putiza que le propinó el señor Iván Drago.

Creo que fui  protagonista en ese instante, de la escena más cómica de la película de mi propia vida.  Fabrice respondió con total seguridad que por supuesto que conocía  a Florence.

-¿Que significa para ti Florence Cassez? -arremetí

Su respuesta me dejó atónita: “Pues que es una flor, y todas las flores son bellas”

-¿Qué? no, no me refiero a la flor, ¿Sí sabes quién es Florence Cassez? –Pregunté con desconfianza-

Con cierta inseguridad contestó: “uhm, creo que si la conozco, cuando viví en New York la conocí. Sí, me parece que conozco a Sabine Cassel

-¡No, no me refiero ninguna mujer llamada Sabine!, te estoy hablando de la ciudadana francesa más famosa en México durante muchos meses. Noticia de ocho planas – discutí estúpidamente mientras lo miraba con cierta desesperación.

Fijó su mirada al techo breves segundos. Y sonrió de la manera en la que un pequeño recuerda de la tabla del siete, de súbito respondió:

-¡Ah sí, esa Florence! pues, opino que es una ciudad muy hermosa. ¡Ah, el Ponte Vecchio!   ¿lo conoces?

Manú, nos interrumpió: “mi padre es de Italia, pero yo nunca he estado ahí”

Al fondo, se empezaron a escuchar diversas opiniones acerca de la belleza de la ciudad florentina.

Los miré con incredulidad y les expliqué (mentira, la lengua y el hemisferio derecho de mi cerebro jugaban en contubernio una mala pasada) que esta mujer, había cometido delitos en México y que se encontraba en la cárcel pagando una condena de 60 años por el delito de secuestro.

-¿Qué hizo? – Preguntó Fabrice.

-Participó en una peligrosa banda perteneciente al crimen organizado en México. Fue un caso muy sonado en mi país, pensé que ustedes conocían la historia- volví a mirarlos a todos y les pregunté a cada uno si no habían oído sobre tan escandaloso tema. A modo de réplica, contestaron las peores pendejadas que puedan ocurrírsele a un hombre libre. Cada uno entendió una historia completamente distinta.

-¿Entonces no sabes quién es Florence Cassez? si hasta Nicolás Sarkozy visitó mi país y abogó por Florence con el presidente de México- insistí a  Fabrice con esa implacable insistencia fronteriza con la necedad, que sólo los borrachos perdidos poseen y se resisten a soltar.

-¡Oh, a Nicolas Sarkozy sí lo conozco! -exclamó orgulloso.

A estas alturas, mi desesperación era evidente. Volví a repetir la historia desde el principio, pero en español -sugerencia de Manú- con el argumento estúpido:  “entiendo vagamente italiano, podría fungir como traductor”

En esta segunda vuelta, y sintiéndome más segura al expresarme en mi propio idioma, adicioné información, como que tenía en su haber el delito de secuestro de familias, incluyendo niños.

Avi (quién no habla una pizca de español) exclamó:

-¡Ah sí, ya entendí!- y le explicó a Fabrice en francés, la traducción de mis palabras. Después de escuchar la larguísima versión de Avi, Mi entrevistado suspiró con alivio.

-¡Ok, ya entendí! Florence es una mujer mala, hizo cosas terribles en México y debe pagar por ello, pero no le debieron haber quitado a sus hijos. Ninguna mujer encarcelada por el delito de prostitución, merece una pena tan larga y, además,  ¡sus niños deben regresar a Francia!

El respetable comenzó a debatir respecto a la maldad de la mujer y que ningún niño debía estar en cautiverio por los crímenes de su madre, entre otros bizarros alegatos.

Recontra mierda. Mi voluntad se desplomó.

-Acabemos de una vez con esto, creo que sé que necesitas-  Dijo mirándome con ternura.

Se levantó y sirvió una copa de vino, en el proceso, derramó algunas gotas  sobre mi vestido, lo que yo traduje como sutil venganza por arruinar su borrachera. Todos reímos como pendejos, cerré mi libreta en blanco y seguimos bebiendo y cantando alegremente.

Después de un tiempo, tocaron la puerta y apareció un nuevo invitado: Guilles. Avi me presentó de inmediato explicándole que yo era mexicana. Guilles abrió sus ojos con sorpresa y calidez evidente, me contó que conocía mi país y que lo visitaba con frecuencia. Después de una breve pausa, preguntó intempestivamente:

-¿Oye y cómo va el caso de Florence Cassez?-

Después de las carcajadas que me sacaron lágrimas auténticas, le conté que llevaba 1 hora tratando de explicarles a la cofradía de borrachos que nos rodeaban, qué opinaban de ese caso y que nadie sabía quién era la dama de marras. Se paró visiblemente molesto y les gritó manoteando en todas direcciones:

-¡¿Cómo es posible que no sepan quién es Florence Cassez? ¡Putain de merde!

A veces pienso que algún día reuniré el valor suficiente para dar a conocer el video de veintiocho minutos de duración que Avi se encargó de filmar, fiel a su naturaleza de registrar la estupidez humana. No recuerdo una borrachera de 48 horas como esa en mucho tiempo. Tuve las agallas de tomar un taxi mientras todos discutían acerca de quién carajos se disponía a preparar la cena. No podía más. Antes de zambullirme a la cama del hotel, abrí la libreta en la que intenté registrar datos y nombres de la fallida entrevista, y entonces tropecé con la siguiente nota:

“America in France is like a piece of heaven that you want to taste every day,

I love you.

Fabrice B.”

Sonreí con toda la dulzura de la que pude echar mano en tan lamentable estado. Volví a la cama a sabiendas que el amor expresado por Fabrice era recíproco.  Cerré mi libreta y volví a la cama reflexionando que he contribuido a mejorar las relaciones diplomáticas de ambas naciones. Francia y México pueden dormir con tranquilidad, seguirían siendo naciones amigas durante largo, largo tiempo.

¿A quién carajos le importa quién es Florence Cassez? No a mí, no en ese instante. Necesitaba dormir. Con urgencia.

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2010, París

SHALOM PARIS

 

A Paula Rosen
Ilumina nuestra sabiduría, para que no se extravíe hacia la izquierda o la derecha del camino… Mantén los ojos de ver la falsedad, líbranos del error… Enseñar a hablar con nosotros, nunca nos puede decir una cosa contra tu voluntad.
—David Sintzheim

El 29 de marzo de 2010 recorrí junto con Avi Rosen los bellísimos senderos del cementerio de Pére Lachaise. Avi es judío, lo cual tiene relevancia porque su religión y las milenarias festividades del judaísmo son el tema de esta crónica. Después de visitar la tumba de Oscar Wilde me contó con nostalgia que en ese cementerio reposa un rabino muy respetado por su pueblo y que le gustaría que lo acompañara a visitarlo. Recorrimos el cementerio largo trecho hasta dar con la tumba de sus lejanos recuerdos. Mi ignorancia no me permitió entender en ese instante la trascendencia cultural e histórica que poseía el hombre que descansaba en esa hermosa tumba: David Sintzheim. La tumba de este ilustre personaje ofrece una vista abrumadora y espectacular. La adornan dos sobrias bellezas: una creada por el hombre y otra por la veleidosa naturaleza. La primera de ellas es una escultura en forma de obelisco que contiene inscripciones en francés y en hebreo; la segunda, un robusto árbol que de manera caprichosa decidió crecer y florecer en el centro mismo de la lápida. Ambos elementos le confieren un aspecto que se presta a más de una simbólica lectura.

Sintzheim fue presidente del Gran Sanedrín y el más erudito miembro de la Asamblea de Notables creada por Napoleón Bonaparte el 30 de mayo de 1806. Su enorme prestigio y sabiduría lo convirtió en el más importante talmudista de Francia y autor de la enciclopedia talmúdica más importante de su tiempo. Su brillante labor como reformista erudito consiguió que Bonaparte reconociera que los derechos de los judíos como ciudadanos franceses serían irrevocables y luchó incansablemente para edificar una aplicación práctica de la ley judía. El gran rabí, el venerable hombre de Dios de esa misteriosa religión, reposaba de forma magnífica frente a mis ojos.

Avi se acercó evidentemente conmovido a esa lápida, la besó y abrazó inclinándose para orar por los suyos encendiendo una minúscula veladora de latón. Ante tan conmovedora estampa, sólo me limité a observar a distancia y con respeto ese inusitado gesto de devoción. Pensé en el tronco y en la esencia misma de la vida. Me sentí por un instante como una brújula distraída de pasado y futuro imperfectos.

Mi último día en París no fue un día común. El 29 de marzo comenzaban las festividades más importantes de la religión judaica: el inicio de la Pascua. Esa misma noche se celebraría su cena sagrada, llamada Pésaj. Esta cena conmemora la salida del pueblo hebreo de Egipto guiado por Moisés y marca el nacimiento del pueblo judío como tal. Su trascendencia histórica, y como ninguna otra fiesta familiar, confiere un espíritu de alegría restauradora ya que les recuerda la esperanza y la liberación. Conmemora la conversión del esclavo en individuo libre y la de la tierra misma, desnuda e inactiva, en un campo fértil lleno de vida y floreciente. Por ello también se le conoce como “la cena de primavera”.

La práctica de esta celebración tiene más de dos mil años de antigüedad, y mi breve acercamiento a este ritual tan místico enriqueció de manera sustancial mi percepción de la devoción de un pueblo que, sin importar su ubicación geográfica, no ha permitido que se extingan sus costumbres más añejas y veneradas. Visité esa noche un hogar judío y conocí a una familia encantadora. Paula Rosen es una mujer de más de setenta años, culta, lúcida, cálida y llena de luz que devora libros, ama la vida y pinta hermosos cuadros al óleo que visten de color y arte cada rincón de su casa.

Me despedí apesumbrada pues mi vuelo de regreso a México me obligaba a estar en el aeropuerto a las seis de la mañana. Madame Rosen me tomó entre sus brazos, me besó en ambas mejillas y me despidió con una sonrisa: “Gracias por tu visita, vuelve cuando quieras, ésta siempre será tu casa”.

Ese vistazo a su celosa intimidad lo llevaré siempre como un obsequio, como una joya de incalculable valía. Quisiera despedirme con una frase digna de mi recuerdo pero mi mejor frase ya no tiene palabras, sólo silencios. Yo vivo y respiro más que otros días gracias a Avi, a Paula Rosen; podría mentirles, pero no puedo y ahora es tan fácil decirlo: los amo.

Shalom mijshpajá Shalom (adiós familia, adiós).

*Texto publicado en Replicante el 12 de septiembre de 2010

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animal político, Love, París

Doo Uap

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“It don’t mean a thing, If It ain’t got that swing”

-Gabin-.

Para Gabriela Gómez Macal y Patricia Aguirre.

Geografía urbana. Espacios multitudinarios. Habitantes caminando con prisa, desplazándose por las arterias de una metrópoli. Las grandes urbes, esconden miles de millones de historias, historias que no se encuentran debidamente marcadas en los señalamientos, hay que mirar de cerca, con ojos miopes. Bajarte en la estación equivocada motivado por un descuido, puede cambiar la ruta de tu mapa para mandarte –quizá a la luna- sin que lo notes. La conducta humana sostiene un silencioso amorío con su hábitat. La intervención de cada individuo en la composición del medio ambiente es lúdica, creativa. Nosotros, como transeúntes temporales de los caminos, avenidas, túneles, escaleras y estrechas calles, creamos juntos historias bordadas, tejidas y estampadas. Todas invisibles. Todas a la vista. Todas a modo de señales.

Metro Rambuteau.

Perder el ritmo es sencillo, pero perder un día de tu calendario, puede desatar la teoría del caos en pleno, o quizá, regalarte los tres mejores días de tu viaje. Aprovecho este espacio y generosa difusión para denunciar que alguien me robó el miércoles 7 de febrero. Y si no me fue hurtado, lo extravié en algún momento que soy incapaz de recordar. Supongo que después de doce días de ejercer un puntual oficio sibarita, extraviar la escala consecutiva del calendario justifica e invalida con tibieza, la estupidez congénita de cualquiera.

Mi calendario personal indicaba que era jueves 8 de febrero, así que sin darme cuenta, empalmé dos compromisos el mismo día, pero en horarios y geografías absolutamente opuestas La extrañísima fórmula de comunicación en tres idiomas, un dialecto y lenguaje de señas que sostengo con el artista, contribuyó que él confundiera las 9:30 con las 21:30, o que yo lo hiciera, da igual. El punto es que terminé aceptando de buena gana un desayuno cuando el plan deseable era nocturno.

Recuerdo que esa mañana disfruté la primera nevada de mis vacaciones, mis retinas en verdad extrañaban disfrutar esas baldosas granito decoradas de blanco estalactita. Caminaba sin prisa sobre la rue Rambuteau pateando nieve rumbo al café La Fusse, justo a dos cuadras, en la rue Saint Denis, cuando me detuvo un -“Hola”- y unas botas que también pateaban nieve, pero con menos gracia. Beso, abrazo y pasos acompasados. El café se encontraba tan cerrado y nosotros tan hambrientos, tan muertos de frío, que ejecutamos el plan B: almuerzo en su casa. Él se ofreció a preparar una pasta y yo, a encender el anafre, cualquier cosa, pero rápido.  Al final del día, ese almuerzo express se convirtió en un delicioso orgasmo de platillos persas. Cocinó la hermosa abuela recién llegada de Irán. La sobremesa fue encantadora gracias al tío recién llegado de Los Ángeles que había perdido un vuelo con destino a Portugal. El té con galletas en la salita de estar, inolvidable a causa del padre que tocó intempestivamente la puerta y que nadie esperaba. Deliciosas casualidades. Ingredientes orientales. Intimidad. Hospitalidad. Confianza. Pies descalzos. Cariño que extraño cada día.

Metro Jaurés/ La Byciclette.

Mi amigo Anton Botic me invitó a un bar de nombre La Byciclette que se encuentra a la altura del metro Jaurés; en la calle Chaumont.  Anton, organiza un show acústico improvisado “Folk ´em all” (concepto muy de moda en París) en el que músicos y cantantes profesionales, invitan a participar en sus presentaciones a cualquiera que así lo desee mediante previa inscripción.  Sería mi primera experiencia kararocker, confirmé mi participación de inmediato en la página del evento.

Anton me había dado la dirección un día antes, y cuando la busqué en mi app de mapas y rutas, me di cuenta que sería complicado llegar. Nunca había ido a ese rumbo, nada  me parecía conocido, la línea cinco del metro era un misterio para mí. La estación Jaurés me pareció laberíntica, complicada y potencialmente siniestra, pero al salir a la superficie y después de mirar  a todas direcciones posibles, pensé dos cosas, ahí, parada en medio de la nada: que el interior era la estancia de juegos del Jardín de Niños Pinocho y que el exterior me resultaba sospechosamente parecido al paradero del metro Observatorio, pero con la variante de tener un pequeño canal congelado.  Como mis entendederas fueron capaces de reaccionar, caminé sobre la rue Secretan dos calles, hasta dar con rueChaumont. Entré a La Byciclette aliviada.

El evento comenzaba a las 20:00 horas, mi tardanza de casi hora y media, me hacía pensar que en el interior me encontraría con una auténtica romería, pero no fue así. Al abrir la puerta me encontré un establecimiento, confortable, originalmente decorado…y semi vacío. Me acerqué al primer rostro amigable del lugar. Le pregunté por Anton. El rostro amigable –y bartender- hizo cara de circunstancia. No conocía a Anton. Elegí  la mesa más cercana a la barra, pedí una copa de vino afrutado y busqué desesperadamente mi teléfono. De sólo tener el teléfono frente al rostro supe que yo era una pendejaza de grandes ligas. La fecha no se equivocaba; era  MIÉRCOLES siete de febrero. Lo de Anton era el JUEVESocho. Quizá mi rostro dijo más que mil maldiciones. El rostro agradable se acercó a preguntar si todo estaba bien. Derrumbada, opté por pedir de cenar mientras le explicaba la razón de mi errática presencia en el día incorrecto. Su rostro se tornó aún más agradable. Me atendió con especial deferencia, y me regaló más sonrisas que todos los parisinos en los anteriores días. Al terminar mi cena, se acercó a mi mesa un gentil anciano de sombrero, vestido de negro. No entendí ni una palabra de lo fuera que haya dicho. Así se lo hice saber en pésimo francés.

¿hablas español? –me preguntó con marcado acento hispano. –Claro – contesté-, soy mexicana.

-¡Entonces debo sentarme en tu mesa, coño..amo tu país, voy cada año al Festival Cervantino!

El anciano de sombrero negro se llama José Luis González, nació en España,  y es el maestro del tradicional  teatro Guignol de Champs Elysees.  No sólo resultó –efectivamente- todo un fanático de mi país, sino un profundo conocedor de la historia, literatura y política de México. No fue una noche cualquiera. Sin darme cuenta, mi mesa se fue llenando de amigos, de personas cálidas. El rostro amable más tarde me explicaría –después de intercambiar Facebook– , que estando tan alejados de la zona turística de París, ese bar era visitado únicamente por vecinos de la zona; esa y no otra, era la razón por la que se respiraba un ambiente tan festivo, cálido. Todos se conocían, todos se saludaban y brindaban de una mesa a otra, salían a fumar juntos y compartían las mismas bromas, carcajadas. Sin darme cuenta ya era la media noche. José Luis ofreció acompañarme al metro, no sin antes, invitarme a su casa, a una cuadra del La Byciclette, quería mostrarme sus títeres y prestarme un libro. Accedí sin el menor indicio de cautela, esa ya la había extraviado en una mesa, dos horas atrás. Esa noche no era la propicia para recelos. Por alguna razón estaba yo ahí, cuando no debía. Decidí seguir las señales, el camino amarillo.

Me despedí de todo mundo prometiendo regresar al día siguiente. En casa de José Luis tuve la fortuna de conocer, acariciar y fotografiar a sus preciados títeres. Unas joyas de valor incuantificable. Algunos de ellos tienen más de ciento cincuenta años, me costó mucho trabajo soltarlos, dejar de conocer su historia, antigüedad, las cuencas de sus ojos. La vida de José Luis merece cuento y espacio exclusivo, es toda una leyenda.

Caminamos al metro. Al abrazarme me dijo un piropo regio. Le guiñé un ojo. –Te veo mañana, te regresaré tu libro sin  falta- prometí. Por supuesto que le cumplí a ese santo bebedor.

El verdadero jueves regresé a La Byciclette. Anton me recibió con un abrazo generoso, dulce. Su rostro fue un verdadero poema a la estupefacción, cuando miró que saludé a todo mundo con tanta familiaridad, cuando repartí tantos abrazos, miradas de complicidad. Sufrió un ataque de risa cuando supo mi aventura del día anterior. Evidentemente me convertí en la broma de la noche. No me importó. Reí, grité, aplaudí, canté y bebí con alegría histérica. Disfruté una auténtica noche de bohemia parisina. Salí con más amigos que el día anterior. Florence Ascouet me llevó hasta la puerta de mi hotel en su auto y el chico del rostro agradable de extraño nombre, me invitó a salir al otro día.  Acepté

 

Showcase/Pont Alexander III.

MusiqueNightPalace52-5-30.pngNos citamos en La Byciclette. En cuanto ocupé mesa, me conecté vía skype con mi amiga Gabriela Gómez Macal para compartir la maravilla del ambiente. Se divirtió y disfrutó como si ahí mismo estuviera, le gustaron las lámparas de bicicleta…le gustó el bartender.

Loic Le Bourg y yo emprendimos marcha al club que -prometió- me fascinaría. Cuando pagó el taxi y asomé mi cabeza a la calle, padecí  escalofríos no atribuibles a la temperatura que alcanzaba los 15 grados bajo cero. Estábamos pasada la media noche, frente al Pont Alexander III, el más hermoso y magnifico puente monumento de la ciudad luz. No me importó el viento, ni el frío atroz. Estuvimos mirando el insuperable paisaje hasta el borde de la hipotermia. Nos resultó hipnótica la luz, los pilares, la música, la gente caminando de la mano como si fuera un día soleado, como si la vida y sólo la vida importara.

 Showcase, es EL CLUB.  Se encuentra justo debajo del puente Alexander III. Adentrarse en este lugar es trastocar cualquier tipo de cliché literario que se tenga en mente respecto a la vida bajo los puentes parisinos. Quizá Joseph Roth no soportaría esta visión de distorsionada realidad. Nos sumergimos en la vorágine de música, baile, belleza, locura. No hubo forma de sentarnos en ningún lugar, la turba nos arrastró donde quiso. Lo único que pudimos hacer fue mirar sin charlar. Salir a fumar. Embriagarnos de arte, de mutuo perfume.

Algo hay de cierto: no sólo de clochards se alimentan los puentes, Roth y su “Leyenda del Santo bebedor”, nos sembraron metáforas cínicas, poéticas y demoledoras. Pero los milagros no paran, suceden, todo es posible bajo la bruma y el frío. El Sena sigue siendo testigo de la involución del arte, de la evolución de la vida.

Loic y yo nos vimos por última vez un día antes de regresar a México. Elegimos el café Le Comptoir des arts para comer como chicos grandes. Nos abrazamos en las escaleras del metro, él tenía que escapar a su segunda chamba como DJ, yo debía hacer maletas. Prometimos seguir en contacto, no dejar de escribir. ¿Escribir? seguro, siempre.

Experiencias como estas, que desencadenan propósitos y giros de tuerca en términos de tiempo, espacio, causa-efecto; me resultan poderosas y necesarias. La teoría del caos se desata por desviaciones inusitadas, rediseñando nuevas trayectorias por cada error o intervención que irrumpa el sistema sin golpe avisa. Bienvenido sea a mi vida el caos, mi viaje cancelado a Dinamarca de última hora, mi maleta que regresó con regalos no entregados. Estos días que no debían vivirse en esos trazos de mapa, amplificaron mis variables venturosamente. Si el aire que mi aleteo causó por mi paso en la vida de ese puñado de personas que contribuyeron a regalarme semejante viaje, provoca sismos en latitudes ajenas, asumo el costo, me juego el resultado de la ecuación.

No puedo despedirme sin decir gracias.

Anton, Lalo, Alain, Pierre, Florence, Maëlys, Loic, Familia Danesh, Alex, José Luis, Mustafat, Christine, pandilla bicicletera . . .cada uno a su manera, consiguió hacerme sentir consentida, esperada, adorable, hermosa, chispeante, elegante, insustituible.

Mención especial –claramente- para Monsieur Av Rosen, cuya presencia ha sido constante en cada viaje, desde mi primera crónica publicada, hasta hoy. No tengo ni cómo pagarle por arrastrarme a esa conferencia de prensa para ser testigo ocular de que para mí,  no existen más ideales primer mundistas, por llevarme a conocer verdaderas pérdidas que equilibraron mis prioridades justo cuando era necesario. Le agradezco su caminata incansable en un barrio que no le era familiar, por preguntar en cada esquina, por no parar hasta que dimos –al fin- con ese recóndito lugar donde se preparan las crepas más deliciosas del barrio latino, todo porque mencioné distraídamente que tenía hambre. Por la broma que le hizo a Jairo Calixto Albarrán que nos tumbó de risa, por querer de inmediato a Rafael Tonatiuh, por consentirlo y estar al pendiente de él. No olvidaré que estuvo al tanto de mi cada día, ni sus llamadas diarias, el amor de su madre tan bella, por sacarme de mi tristeza repentina a punta de jalones. Por emocionarse con mis hijos, también con mi felicidad. Por dejar muy en claro sin decirlo, que será mi amigo mucho tiempo. Por demostrarlo, porque un amigo lo hace sin que lo pidas, exactamente como lo hizo él…con swing.

 

À bientôt . . .

*Texto publicado en Animal Político el 1o. de marzo de 2012

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animal político, Epistolario, París

Fractales

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Para Ana Francisca Vega y Daniel Moreno Chávez – mis queridos editores- con gratitud fractaria.

Hace poco menos de una semana, cumplí un año desprestigiando el oficio escribano, con “Pluma, lápiz y cicuta”, mi espacio en mi casa editorial Animal Político. El texto que marcó mi debut se tituló: El cuento de mi vida (crónica de mi primer visita a París y breve génesis de mi francofilia). Lo curioso, es que de manera fortuita, mi colaboración de hoy se cincela caracter a caracter, desde el interior de un confortable hotel ubicado en el Quartier Latin, V° distrito de la capital de Francia.

Aunque resulte difícil creerlo, he visitado más veces esta entrañable ciudad que en el puerto de Acapulco, por lo que me resulta sencillo internarme en las entrañas de sus callejuelas para vagabundear con el propósito de comprar pan en la Boulangerie Censier, un acondicionador para el pelo en Franprix o manzanas en el mercado de la rue Mouffetard, y sentirme como si en casa estuviese. París, ha dejado de tener para mí ese cariz cosmopolita, porque dejé de asombrarme con el entorno. Sin embargo, al hacerlo, me he reconciliado con su más entrañable cliché: la inspiración literaria (¿o acaso no me encuentro en su alma mater?). Es fácil entender la fascinación de tantos otros, otras tantas veces por tropezar con la insuflación narrativa que todo escritor espera-aunque nunca lo admita- en este elegante cementerio de elefantes literarios. La arrogancia de escribir una novela en una buhardilla en La Marais, no significará una ambición irrisoria, -quizá presuntuosa- pero nunca descartable si la suerte lo permite.

Este viaje ha sido el más importante de todos los que he hecho. Alcancé un punto de identificación sobria e introspectiva. Desde hace dos semanas mi mente se desplazó  a una coordenada en la que nunca imaginé orbitar; mi naturaleza geométrica obtusa, devino en un objeto fractal, al que me está costando mucho trabajo reconocer como propio.

 Conforme a la definición del que encontré en Third.Apex.Fractovia, un fractal, es un objeto que exhibe recursividad o autosimilitud a cualquier escala. En términos algorítmicos, un elemento que posea cualidades recursivas, tendrá también la facultad de solucionar una incógnita en términos prácticos: sólo necesita llamarse a si mismo

Cito a Third.Apex.Fractovia“Otro aspecto importante sobre los fractales es que su dimensión es fraccionaria. Es decir, en vez de ser unidimensional, bidimensional o tridimensional (como es el para los objetos que nos son más familiares), la dimensión en la mayoría de los fractales no se ajusta a dichos conceptos tradicionales. Más aún, su valor raramente puede ser expresado con un número entero. Esto es, precisamente, lo que les ha dado su nombre. . .

No obstante, los fractales están por todas partes. Hay muchos objetos “ordinarios”  que debido a su estructura o comportamiento, son considerados fractales naturales: Las nubes, las montañas, las costas, los árboles y los ríos son fractales naturales; se diferencian de sus contrapartes matemáticos por ser entidades finitas en vez de infinitas”.  No pude encontrar una definición tan precisa como la naturaleza fractal para describir mi talante actual. Precisamente en esta zona geográfica me han sumergido en atmósferas matemáticas-geométricas, con fascinante luminosidad. No soy entera, ni un número: soy irracional, compleja, soy fragmentos minúsculos con semejanza a todo lo que me reflecta. Como “el polvo de Cantor, “El  triángulo de Sierpinski, la curva de Koch, el romanescu, el nautilo, como las nubes: así soy.

Mi aeon: memoria y medida de tiempo indefinido.

 

Existen pocas personas lejos de mi entorno, con quien pasar el tiempo es un auténtico deleite. De este lado del Atlántico, esa persona se llama Sépànd  Danesh. Él, nació en Irán y yo en México. Él, vive en París, y yo en Distrito Federal. Él, en las cercanías de La Défense, yo en las de Cuemanco (que lo anterior sirva para  documentar contundentemente mi bad timing), aún así, le debo más que un simple descubrimiento geométrico. Comunicarnos no ha sido fácil, sin embargo, conseguimos la nada despreciable tarea de confiar uno en el otro. He aprendido a traducir con facultades sensoriales -más que lingüísticas- la esencia de su naturaleza, pero sobre todo, sus proyectos artísticos.

 

Ha dejado de ser el Sépànd que entrevisté en su atellier de l’École Nationale Supérieure des Beaux-Arts de Paris hace dos años. Después de exposiciones individuales y colectivas fuera de Francia y de elaborar diseño gráfico y fotográfico del “Fragments” libro a propósito de los poemas y escritos de Marilyn Monroe (Stanley F. Buchthal & Bernand Comment, Editorial Seuil). Ahora –a la par de su prolífica creación plástica- desarrolla su obra de arte por conductos básicos; volvió a los orígenes: papel, lápiz, dibujo. El trazo atropellado en el metro: 4.5 Milllones de personas que transitan en este medio, se antojan materia prima inagotable. Experimenta la improvisación con proyectos que emerjan desde las fauces de la cotidianidad. Trazo de identidades múltiples, fragmentación del tiempo y contexto social poderoso y lúdico.

Gracias a uno de sus proyectos, he conservado la costumbre de atesorar mis tickets de consumo en ocasiones excepcionales o cuando quiero recordar un momento trascendente. Ahora, también guardo los registros de la intervención de mi humanidad en el mundo con la simpleza de un documento de apariencia insignificante, guardo la documentación de mi existencia. He vuelto a los básicos. Me gusta racionalizar mi intervención orgánica, presencial y tangible en la creación de un todo. El trazo de mi propia imagen realizada en Le Fumoir, me mostró detalles que no lograron en el pasado cientos de espejos. Los fragmentos me interesan más que la composición u objeto principal. Cuando anulas el objeto que sostiene la mano, sólo te queda la mano, en ella se encuentran composiciones plásticas de enorme riqueza. El sol y el dibujo coadyuvaron a mi favor.

 

Quisiera terminar este artículo de aniversario como colaboradora en este espacio, con un breve mensaje al artista:

Sé:

 Hoy, más que nunca, deseo continuar mi labor de escribir sobre mis experiencias como transeúnte, como testigo y cronista de lo que he visto en este país tan dispar al mío con mayor soltura, gracias a la inspiración de tu lenguaje y melancolía.

 Describir la capital de Francia es un raro experimento donde el resultado mas sorprendente es encontrar el arte oculto en lo cotidiano. Reafirmo mis impresiones sobre ti y que no han cambiado desde aquella noche septembrina de 2009 cuando tuve el privilegio de conocerte en la Ópera. Ahora que formo parte de la fractalidad de tu arte, es más fácil descubrir mi propia luminosidad. Alguna vez John Reed hizo la dedicatoria más noble de un libro que he leído en este mundo de canallas: “ser tu amigo es tratar de ser más honesto intelectualmente”. Robo esta frase y la dedicatoria entera sin culpa. Es como si yo la hubiera escrito, porque lo siento de corazón.

 Probablemente no regrese a Francia por largo tiempo, aún no me queda muy  claro. Quizá te reencuentre pronto, en Madrid, España. Todo depende de factores etimológicos y nuestra buena estrella (de esos, hablaremos después, en otro espacio, con puntual detalle). Pero siempre te recordaré como el sol iraní de esta orgullosa e histórica nación. El sol de Francia. El artista. Mi amigo: Sépànd Danesh.

Gracias una vez más por regalarme brevemente sus ojos lectores.

Quartier Latin, París.

*Texto publicado en Animal Político el  17 de febrero de 2012

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2015, Etcétera, Nadie te preguntó, París

Terrorisés

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El histérico sonar de un teléfono a las tres de la mañana, arruinó un sueño prometedor. Las madrugadas invernales europeas no son las propicias de ninguna manera para el antojo intempestivo de un vaso de leche. Abandonar la tibieza de tu lecho de motu propio mientras las temperaturas bajo cero arañan con furia el cristal de tu ventana, debe ser el equivalente cuántico a escapar del útero materno a los seis meses de gestación solo para cambiarle a Nickelodeon. Lo hice a rastras. Debía ser un asunto merecedor de atención inmediata, de otra manera, el teléfono se hubiera callado diez minutos antes. Me encontraba de vacaciones en París, por lo que era definitivamente descartable la llamada impertinente de mi hermano beodo, debía ser algo importante. Lo era. La voz de Fabrice del otro lado del auricular se entrecortaba: “Te necesito, ¿puedes venir?”. Afirmé y colgué: “No salgas por ningún motivo, voy para allá”.

Era asunto serio que Fabrice me necesitara a esa hora de la mañana, su intento de suicidio año y medio antes, me empujó a cazar un taxi en la peor ciudad del mundo para encontrar un servicio nocturno sin pensar en la ruina inminente. Veinte minutos más tarde lo encontraría en su departamento en Rue de Verdun temblando, al borde de la hipotermia. Mi visita de aquella noche se prolongó 72 horas, el estado alterado en el que lo encontré no era gratuito. La policía francesa había conseguido dos proezas cortesía de la paradoja: salvarle la vida y arruinársela de paso.

La muerte de su padre tres años atrás, lo destrozó de adentro hacia fuera convirtiendo su duelo en vorágine autodestructiva de proporciones nivel saturnal. Su otrora exclusivo departamento, pasó de locación obligada de la bohemia parisina del mundo de la moda, a convertirse en refugio de yonkies y dealers. Las fastuosas cenas cedieron paso a banquetes groseros de cocaína. Yo nunca había visto algo igual. La verbena inagotable lo colocó en el ojo del huracán y su nombre pasó a engrosar la lista negra de sospechosos de narcotráfico del MILAD de la Police Nationale. Después de recibirme en camiseta y temblando a media calle, preguntó si tenía hambre. Ni siquiera permitió que una respuesta abandonara mis labios, preparó dos pasteles en el mismo tiempo en que yo cocino huevos con tocino. Su estrés no lo dejaba dormir, en breve tendría audiencia ante tribunales y no dejaba de pensar en volver a una celda. Me mostró el expediente policial del caso que aún se mantenía abierto y con posibilidades reales de una condena. Mil 200 fojas integraban la investigación de la misión de lucha antidroga que lo vinculaban con una importante red de distribuidores de cocaína.

“Mira, cariño, aquí aparece tu nombre” dijo como si nada. Como chiste idiota de tía quedada.

Joder. Mi nombre en un expediente criminal. Se trataba de una transcripción de una conversación telefónica que tuvimos dos años atrás. Para enmarcar la puta oja.

La policía había seguidolos pasos de Fabrice con diligencia primermundista. Lo sabían todo, leían cada mensaje de texto, escudriñaban milimétricamente su correspondencia, llamadas telefónicas y correos electrónicos. Todo estaba ahí, en su expediente. Vaya, nunca antes había tenido entre mis manos un expediente criminal con el cuál ejercer comparativas sustanciales o de juicio, pero la meticulosidad del registro de actividades de mi querido amigo, me hicieron pensar en los alcances de vigilancia a los que son sometidos los sospechosos de crímenes en el país galo. La única ventaja a favor del acoso desmedido policial es que pudieron rescatarlo de la noche que decidió acabar con su vida al saltarse la barda del cementerio Pére Lachaise intoxicado hasta las pestañas con la exclusiva compañía de un portafolios lleno de fotos y cartas de su padre, pero que los genios agentes confundieron con la posesión de enervantes que necesitaban como prueba contundente de culpabilidad. El chasco digno de secuela de “Torrente” le salvó la vida: alcanzaron a llevarlo al hospital donde permaneció internado una semana vomitando necia existencia.

El drama de Fabrice viene a cuento, por la profunda insatisfacción en el que se ha mantenido el pueblo francés durante estos meses posteriores a los acontecimientos que llevaron a que una de las fuerzas policiales más invasivas a la intimidad ciudadana permitiera que dos peligrosos militantes yihadistas, los hermanos Said y Chérif Kouachi, aterrorizaran al mundo con su tristemente célebre irrupción terrorista el semanario francés Charlie Hebdo sin mover un músculo que pudiera evitarlo. El pueblo está más aterrorizado por el factor de vulnerabilidad mostrado por su sistema de seguridad nacional, que por una nueva embestida terrorista. El debate se ha polarizado en dos principales posturas: quienes agradecen la expedita ejecución de los hermanos de origen argelino al momento de su captura y celebran no ver sus impuestos sosteniendo sendos juicios y los que no encuentran lógica alguna en que dos sujetos altamente capacitados para matar y sobrevivir, dejaron caer como pétalo de flor la licencia de manejo (imaginar a un terrorista rumbo a cometer el crimen más trascendente del continente en décadas que se toma la molestia de llevar consigo su licencia de conducir, por hábito precautorio y responsabilidad ciudadana, es capaz de provocar instintos conspiranoides al más receloso) que permitió ubicarlos en menos de 24 horas para matarlos sin interrogación de por medio que permitiera contestar al mundo un par de por qués. Si las fuentes periodísticas británicas que afirman que el gobierno de Argelia advirtió a su símil francés de un posible ataque terrorista provocado por miembros yihadistas enclavados en territorio galo están en lo correcto, ¿por qué no se dirigió sin titubeos la potente maquinaria de espionaje contra los Kouachi quienes gozaban de encarcelamientos y condenas desde el año 2005 por sus vínculos con células terroristas?

El comisario responsable de la investigación del atentado en el semanario Charlie Hebdo, Helric Fredou fue encontrado muerto en Limoges después de realizar un interrogatorio relacionado con un sospechoso del caso. Lo grave –allende a su terrible deceso–, es la ola de graves huecos y sospechas alrededor de su suicidio. A nadie le queda claro que siendo diestro se haya pegado un tiro con la mano izquierda justo en la nuca y que su familia no tuviera acceso al cuerpo antes de la autopsia. Lo mejor: el disparo no fue escuchado por nadie en la estación de policía, a pesar de que su arma no tenía silenciador. Las primeras declaraciones de sus colegas fueron de pasmo total ante el supuesto suicidio, su primera reacción fue declarar incomprensión total, ya que Helric no presentaba ningún tipo de rasgo conductual extraño. Dos días después, la difusión de una versión consensuada: “Helric Fredou padecía depresión crónica”, cerró puertas a mayores suspicacias mediáticas. Que la prensa francesa haya pasado de largo la cobertura, la relevancia de este hecho nubla nuestra certeza, la inquietud y confianza ciudadana no están viviendo su major racha. Tampoco la libertad de expresión.

Los registros de publicidad pagada que están recibiendo las publicaciones de mayor circulación y audiencia por parte del gobierno son tema en todos los foros de discusión, pero sobre todo, el escándalo de moda es en torno al célebre semanario L´Express (cuya orientación politica fue reconocidamente contestataria) cuya publicidad pagada por el gobierno aumentó de forma tan sustancial durante 2014, que pudo salvarse milagrosamente de la bancarrota, y que coincide con una muy marcada tendencia editorial tirada al más diestro de los extremos

Victor Hugo fue un visionario. En septiembre de 1872 dirigió una carta al congreso de paz celebrado en Lugano y al cuál no pudo asistir, en esta misiva afirmó que uno de los mayores temores del ciudadano francés es perder la libertad. Perder el privilegio de ser libre podría ser sin duda su mayor temor, aún ahora. Han transcurrido tres meses desde el atentado al semanario Charlie Hebdo y aunque la prensa se ocupa de otros asuntos de mayor o infíma trascendencia, es interesante descubrir cómo se han movido las piezas sociales y políticas del alma mater de la libertad, igualdad y la fraternidad. Los ciudadanos se sienten manipulados por un gobierno que batió récord histórico de desempleados (de acuerdo a cifras oficiales del 2014) con la vergonzosa cifra 3 millones 398 mil 300 personas, mientras los impuestos suben como la espuma (comprar por ejemplo, una propiedad equivale a pagar el 40% de impuestos por el valor de la misma), y con la cereza del pastel: el gobierno obtuvo al fin derecho de picaporte para violentar las garantías de privacidad de sus ciudadanos sin resistencia que valga.

Aquel discurso cuyos vocablos jamás retumbaron en aquel salón de Lugano, y que han trascendido a la vigencia de nuestros tiempo aún desborda elocuencia y nos permite entender de alguna manera al terror al que aludo en el título de este artículo: “El menor de los imperios es el triunfo. Nos sentimos orgullosos de ser libres, y menos que eso, no es más que humillación. Esa es ahora la situación en Francia, que debe seguir siendo libre y volver a ser grande. Las secuelas de nuestro destino alcanzarán a toda la civilización, porque lo que pasa a Francia pasa en el mundo”.

Lo anterior me quedó claro después de una caminata con mi hermana francesa Florence Ascouet en el barrio de Montparnasse. Buscábamos un lugar para estacionarnos cuando vimos de frente a dos mujeres musulmanas que caminaban del otro lado de la acera, cubiertas de pies a cabeza por una burka. Florence no pudo disimular un gesto de malestar de solo verlas. Al principio pensé que su rechazo evidente obedecía a razones racistas. Me leyó la mente porque de inmediato aclaró: “No me malinterpretes, no me opongo a sus costumbres, claramente, a mi no me incumbe ni me afecta. Lo que me enerva es que tengan que ocultar su rostro por un principio de prohibición religiosa o moral, cuando en este país han caido por millares por que cada ciudadano francés tenga el derecho de ser libre, porque la libertad lo es todo y querida, lo que ese velo hasta las tobillos muestra es la esquina más alejada de la plaza de la libertad”

Entendí su punto desde una perspectiva razonable. Claro, era francesa, no existe peor insulto para esa nación que verse acorralados por la ausencia de albedrío.

Aunque pensandolo bien, no les insulta, les provoca terror.

“Tendremos el espíritu de conquista, el espíritu transfigurado del descubrimiento; tendremos la generosa fraternidad de las naciones en lugar de la feroz hermandad de los emperadores; tendremos la patria sin la frontera, el presupuesto sin parasitismo, el comercio, sin costumbres, sin barrera del tráfico, la educación sin degradación, la juventud sin cuartel, el coraje sin lucha, sin andamio de justicia, la vida sin el asesinato, el bosque sin el tigre, el arado sin la espada, el habla sin la mordaza, la conciencia sin el yugo, la verdad, sin dogmas, sin Dios, ni sacerdote, el cielo sin infierno, el amor sin odio. La ligadura atroz de la civilización será derrotada; se cortará el horrible estrecho entre los dos mares, la humanidad y la felicidad. Hay voluntad sobre el mundo en un torrente de luz. ¿Y que es que toda esta luz? Se le llama libertad. ¿Y que es toda esta libertad? Es la paz, nada más que la paz”

-Victor Hugo, 1872-

Update. Fabrice obtuvo su libertad definitiva y su caso fue desechado hace pocas semanas. A cambio de años de persecusión y acoso, recibió un “Usted disculpe” tan conocido por estas latitudes: Inocente de toda culpa y más vivo que nunca.

*Texto publicado en Revista Etcétera el 12 de mayo de 2015

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animal político, Nací para perder, Nadie te preguntó, París

The Passenger (Vol. II)

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En el mes de abril de 2010 se publicó la primera de mis tantas crónicas de viaje en Milenio Diario; lo curioso -en términos estrictamente cronológicos- es que no haya sido la primera que escribí. Me explico. Durante algún tiempo mantuve bajo resguardo el primer relato de mis experiencias acontecidas en el Aeropuerto Internacional de Orly el mes de septiembre del 2009, es decir, un año antes de que se iniciara este personal y gratificante recurso catártico de compartir con ustedes las variopintas postales del paso de mi existencia por esos entrañables recintos llamados aeropuertos.

En un texto anterior, dejé muy claro que si alguien me pidiera auto definirme en un escueto vocablo, afirmaría sin pretensiones y con soltura que me considero un pasajero. Así, a secas. Soy una mujer que ama con toda su  alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión no son otra cosa que mi fobia más grande y provocan reacciones lamentables en mi organismo. Al momento de abordaje comienzo a experimentar ese inconfundible cosquilleo que inicia en la punta de mis dedos con destino sin escalas a la nuca. Comienzo a experimentar un irracional temblor producto del pánico absoluto y no termina hasta que termina. Me invaden las alergias, los tics, la comezón, el malestar estomacal, la taquicardia y unas ingobernables ganas de llorar. En contraste a mi única fobia conocida, debo admitir que los aviones y los aeropuertos son de mis lugares favoritos en todo el mundo. Me resultan santuarios fascinantes. Las salas de espera, las pistas de aterrizaje, la atmósfera de los aviones y sus diminutas ventanas, son materia prima inagotable en la fábrica de historias que dotan de cualidades narrativas entrañables a cualquier bitácora.

En mi caso específico, los aeropuertos han sido protagonistas de primera línea, más que simples escenarios en la bizarra película de mi vida. La metáfora de un arribo o de una partida adquiere registros poéticos, trágicos, hilarantes o lastimosamente cómicos. Admito una debilidad por las  historias que se tejen en su interior el “adiós”, el “bienvenido”, el “hasta nunca”, la ambigüedad del “hasta pronto”. El abrir de las puertas y encontrar entre la muchedumbre el rostro de quien te espera. O buscar a tu alrededor y darte cuenta que no hay nadie, que nadie te acompañará. Gracias a ello, he recopilado y mantengo bajo resguardo generosas imágenes de todos aquellos que se han encontrado abajo esperando que descienda del cielo.

A consecuencia de mis dos últimos viajes, esta fascinación se ha extendido inevitablemente a las estaciones ferroviarias. El tren (gracias a su naturaleza marcadamente doméstica) ofrece caminos más amplios para el disfrute y observación de la mutación del clima o del bucólico paisaje. El tren le permite al viajero gozar del tiempo suficiente para intentar atrapar con su cámara la postal prometida a la tía Marthita, la que siempre soñó conocer la textura de la campiña alemana. En el tren es fácil tomarse el tiempo de charlar con el pasajero de a lado, a diferencia de la postura de elevador que la mayoría de nosotros adopta en los aviones, porque el sentido de urgencia por tocar un nuevo destino mengua, de alguna manera. El tren de Bussels Zuid-Gare du Nord que tomé hace unas semanas, me obligó moralmente a retomar la crónica del Aeropuerto Internacional de Orly, porque es necesario concluir todas las historias no resueltas. ¿Quién dice que el universo no se contrae e incluso rompe su lógica perfecta para conceder, a todo aquel que lo pueda ver, una generosa segunda oportunidad?

Paris Orly Airport, 2009

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Lo busqué por todos los  pasillos sin poder encontrarlo, muy preocupada de que tampoco era posible localizarlo al teléfono. Una hora después, entendí que no llegaría. Decidí documentar mi maleta para ingresar a la sala de espera cuanto antes porque mis lágrimas saldrían en cualquier momento. Hice fila detrás de la impresionante mujer senegalesa que intentaba convencer al oficial de aduanas en dejarla abordar con un sospechoso frasco que contenía un viscoso menjurje del mismo aspecto de la mermelada de tamarindo (si es  que algo así existe). Miré con enfado a la necia mujer que no paraba de suplicar en jerigonza ininteligible (el oficial de aduanas y yo jamás supimos si lo que contenía el recipiente era la sopa de su madre, o el remedio para curar el cáncer), para que le permitieran llevar consigo el frasco que abrazaba con fuerza contra su pecho. Mientras tanto, la fila de espera crecía al infinito. Fue inútil. Sus  ojos se nublaron cuando le fue arrebatado lo que tal vez era un tesoro y acabó al fondo del contenedor de basura. Yo era la siguiente. “Señorita, no puede ingresar al avión con esto”, me dijo el apuesto francés señalando un estuche que encontró al interior de mi maleta. Me miró ligeramente asustado cuando no pude evitar reír a franca carcajada. Era el estuche de limpieza facial que me había costado el equivalente a una beca en la Sorbona y que encontró un digno final, al fondo del mismo contenedor de basura que la mermelada de tamarindo. Reí hasta ocupar mi lugar en el avión que me llevaría rumbo a Barcelona. Al ponerme los audífonos del ipod y descubrir que el shuffle había elegidoSunrise -pieza de piano compuesta por el pasajero que dejó un hueco irremplazable en ese viaje, recordé a la mujer senegalesa y la insondable tristeza de su rostro. En ese momento dejé de reír. Desvié la mirada hacia la ventanilla para observar el ala izquierda del avión. Los ojos que se nublaron en ese instante, fueron entonces los míos.

 

París Gare du Nord, 2013

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Recién desembarcada del tren número 9334 de la línea Thalys, proveniente de Brussel-Zuid, noté que mi enorme maleta color capuchino estorbaba a todas las siluetas itinerantes de nacionalidad múltiple que se arremolinaban en el andén número siete, así que preferí desplazarme hasta el pasillo principal de la estación. Habían pasado cuatro años desde la última vez que esperé en vano a Christophe en el Aeropuerto de Orly. Aquellos días en París simbolizaron la pequeña herida en el flanco izquierdo de mi pecho que jamás pudo regenerarse por sí misma. El azar se encargó de evitar que ambos reconectáramos los hilos que diferencian los sueños de las pesadillas. Por mi parte nunca deseé volver a tocar esa puerta o permitir abrirla de nuevo. Al colocarme en uno de los pocos lugares vacíos del andén, reparé en una joven rubia de aspecto alemán que recorría con evidente desesperación cada uno de los rostros masculinos que se acercaban al área de arribos, probablemente buscando a quién debería estar ahí para recogerla. La angustia de sus ojos brillaba por su elocuencia: llevaba esperando mucho más del límite de cualquier tolerancia. Un déjá vu acompañado de escalofríos dorsales resultó inevitable. Reencontrarme con Christophe resultó tan sencillo como absurdo. Ya he hablado acerca del poder Inalienable de los vocablos, de la fuerza de una explicación transparente. Estoy convencida que la franqueza posee propiedades de regeneración instantánea y que la honestidad apabullante trabaja probono al servicio de la cicatrización. Además, la composición de piano “Dispersions” enviada a mi correo electrónico días después del primer contacto (una melodía de cuya inspiración no significaba otra cosa que la reconstrucción del puente derribado a punta de promesas incumplidas) resolvió lo inasequible. Nos dimos una nueva oportunidad que nos colocaría en el mismo hito sin passwords crípticos ni expectativas malintencionadas.

Diez minutos después, pudimos encontrarnos. Nos abrazamos en reconocimiento mutuo para intercambiar espejos por recuerdos en el pasillo principal de la antigua estación de trenes, precisamente frente a la joven rubia que miraba el descomunal reloj principal hecha un abismo de lágrimas. Salimos de la estación a tomar un trago con mi adorada amiga Florence a quien encontramos a unos pasos. Elegimos desplazarnos a Parc de Sceaux para hablar, caminar, fotografiar nubes, otra vez hablar, mirar el cielo a través de cortinas traslúcidas, y después continuar hablando. Esa tarde aprendimos que podemos continuar queriéndonos sin culpa, porque somos importantes en la vida del otro, porque somos sujetos infatigables en la búsqueda personal de nuestra propia plenitud, porque la puta mala suerte existe, y porque no puede ser de otra manera. Cerramos un incómodo capítulo inconcluso a fuerza de pureza, honestidad y olvido. Al despedirse, se ofreció llevarme a Gard du Nord para mi regreso a Bruselas dos días después. Acepté encontrarnos pero sin darle horario ni lugar específico. Si él deseaba despedirme, debería encontrarme con ayuda de su buena suerte. Cumplí esa vieja argucia cortaziana que utilizaban Lucía y Horacio en Rayuela para citarse sin citarse, bajo el riesgo de jamás encontrarse, aprovechando que París es el único lugar del planeta donde cualquier endemoniado cliché está permitido. Dos días después, me buscó tal y como prometió. Con tremendo alivio en el rostro pudo hallarme al fondo de un recóndito bar donde decidí refugiarme para escribir sin ser molestada. La vida, sí, es un misterio azaroso que decidió pagarnos una vieja deuda. Me acompañó hasta la puerta del vagón para desearme un buen viaje y despedirme con una última sonrisa que alcancé a ver a pesar de la opacidad de la ventana del vagón.

Durante todo el trayecto a Bruselas no pude sacar de mi cabeza a la chica rubia de la estación. Ustedes no saben de qué manera desee que nadie se hubiera interpuesto en su reencuentro. Que ese día ningún accidente automovilístico le hubiera cambiado la vida y que ninguna desafortunada tragedia le hubiera negado ser feliz en el abrazo del ser querido por el que sus ojos llovieron tanto la última vez que la vi de reojo desplomada en el suelo al final del andén número 7. Desvié la mirada hacia la ventana para extraviar mis pensamientos en el verdor del campo. Pero no, por supuesto que no lloré. Esta ocasión, yo sí volvería al amor que me esperaba de vuelta a mi patria.

Breve nota a Christophe Cesaire: agradezco profundamente tu ayuda invaluable en la construcción de mis crónicas de viaje, porque nuestra pérdida en Orly abrió el portal que continúa dando entrada a los anónimos lectores que gustan de seguirle la pista a mis publicaciones. Jamás podré pagarte eso. Te doy la bienvenida a esta nueva etapa de afecto ilimitado, porque sin duda nos seguiremos encontrando y celebrando la felicidad que cada uno encuentre en sus respectivas rotaciones. Sigo en shock por Dispersions, me siento muy halagada por haber servido de inspiración (por pequeña que esta fuera) en la construcción de semejante pieza artística. Gracias por tanto jazz, por las emociones brillantes y honestas, por alegrarte tanto de mi felicidad y del amor que ahora me acompaña. Gracias por tu aportación a mi último descubrimiento acerca de la existencia de círculos perfectos que en un arrebato de rebeldía contra de las reglas geométricas más elementales, mutan violentamente en elipses, y aunque desconozco a ciencia cierta las consecuencias que suelen provocar esos prodigios matemáticos, nada me haría -nada me hace- más feliz que descubrir un fenómeno tan deslumbrante con mis propios e incrédulos ojos.

Je vous remercie,  monsieur le compositeur.

*No pierdan la oportunidad de disfrutar la belleza de Dispersions en este sitio.

 

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