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La Efeba Velázquez

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“Advertencia: todos los que crean que la literatura debe parecer literatura pueden alejarse de una vez. Esta obra está dejando de ser, y de parecer, literatura.”

-Rafael Lemus acerca de La Biblia Vaquera-

Lo difícil no es llegar, sino sostenerse, reza un clásico que mi abuela ha intentado patentar sin suerte desde la primavera del 44. La proeza de mantenerse fiel a la halagadora descripción de su calidad narrativa: “Después de Carlos Velázquez, la literatura del norte hacia el futuro ha comenzado a ser otra cosa” debe ser una pesada loza que cargar en el lomo. Más aun en estado de ebriedad.

Su último libro de relatos: “La efeba salvaje” viene a desafiar a Aqueos y Troyanos, a groupies y adversarios con aliento alcohólico y restos de cocaína entre la comisura de las uñas de los dedos.

Describir la narrativa del escritor norteño nacido en la Comarca Lagunera en 1972 mediante una breve reseña emponzoñada de parcialidad, no es juego limpio de términos de crítica literaria, por lo que, citaré al entrañable Sergio González Rodríguez en su aguda crítica sobre la más reciente provocación de las letras mexicanas: “La efeba salvaje apuntala la trayectoria de Carlos Velázquez como uno de los prosistas más agudos, talentosos y originales de la actualidad. El ritmo y el lenguaje de sus relatos han logrado en corto tiempo la difícil tarea de labrar una voz que sólo puede referenciarse por sí misma.”

Después de “Cuco Sánchez Blues”, su primera -e inconseguible- obra publicada, trastocó el panorama de la narrativa mexicana para siempre con la siete veces heroica “Biblia Vaquera”, publicada por Conaculta en 2008 y en 2011 por Sexto Piso. Obra seleccionada entre los libros del año 2009 por el periódico Reforma y que captura los elementos más deformes de una realidad que escapa a cualquier clasificación imaginable. Los relatos de esta obra desprovista de ningún tipo de arenga didáctica, representan con una alta dosis de humor corrosivo un panorama social y político de la bilingüe sociedad norteña; y más allá:  sobre la realidad mexicana.

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Con su biblia Carlos también se estrenó en el mercado de habla inglesa. La editorial Restless Books publicó lo que muchos consideramos imposible: traducir a otro idioma su lenguaje personal, brutal y corrosivo para convertirlo en digno material literario. Achy Obejas entregó “The Cowboy Bible and other stories” para deleite y perplejidad de nuestros vecinos del norte. Las criticas llovieron a caudales. Todas positivas y llenas de asombro al trabajo del prosista mexicano.

Después de la Biblia, Carlos entregó al respetable el libro de relatos que le granjeó el rockstarismo por los que muchos escritores cuyo nombre nunca pronunciaré en voz alta empeñarían su intestino delgado: “La marrana negra de la literatura rosa”. La sátira alcanzó niveles operísticos con esta joya compuesta de 5 cuentos impregnados de fuertes dosis de ironía dramática.

Embelesado con el éxito en taquilla de la marrana (imposible dejar de destacar que el cuento “El alien agropecuario” a la postre se convirtió en un film tan malo como entrañable), regresó a la cancha en la que siempre ha fichado de local: la crónica. “El karma de vivir al Norte” es en muchos sentidos una catarsis autobiográfica de la puta mala suerte de haber nacido en el norte del país. Vivir en el norte como deporte extremo y síntoma inequívoco de masoquismo galopante. El ejercicio de periodismo narrativo mostrado en este singular libro de crónicas es notable porque la mirada del autor representa una postura más de víctima que testigo de la sofocante narcoviolencia que azota su lugar de origen y que tozudamente continúa eligiendo como hogar permanente.

Cuatro años después de El karma, La efeba salvaje aborda el barco para sumarse con alevosía y ventaja al legado literario del escritor marrano de la literatura negra.

La Efeba se compone de 6 relatos construidos con materiales rugosos, de cinta canela, varilla de asbesto y cemento hidráulico modificado con escoria. Que nadie espere narraciones preciosistas. Aquel lector despistado que busque literatura barroca en la narrativa de Velázquez, está desperdiciando su tiempo lastimeramente. Después de sobrevivir a “La jota de Begerac” -cuento al que de manera personal considero el mejor logrado del autor coahuilense- queda poco a qué atenerse con la construcción del bizarro lenguaje que ha distinguido a Carlos de los escritores de su generación.

El cuento que da nombre el libro narra las vicisitudes de Barbie Moreno (cuerpo de golfa y cara de niño Dios), chica del clima en el noticiero de las 7. Después de verse reemplazada por La Chiva Rendón, decide emprender una cacería contra su verdugo: el zar de los deportes en Multimiedos: Gómez Yonque. Tenebroso personaje célebre por fabricar trajes de piel humana. La torpeza de los afanes de Barbie es contada con la inconfundible cadencia del estilo mordaz e irreverente de Velázquez. Reseña aparte merece el último de seis relatos: “El resucitador de caballos” macabro cuento de tinte western que narra el sobrenatural vínculo entre Ed, Imabelle, un indio curandero conocido en el pueblo como Mojo Risin y el febril fantasma de un caballo. Para todo aquel que haya leído el cuento “La pata del mono” del escritor inglés W.W. Jacobs, podrá anticipar el hilo trágico que borda esta historia.

Fiel a sus antecesoras narrativas, La Efeba salvaje describe fantasías del comportamiento en criaturas tan estrambóticas como comunes y corrientes. Irrumpe en lo imposible en existencias complejas, pero, sobre todo, manifiesta que la fecundidad creativa del escritor norteño se mantiene más viva que nunca. Y continuará sacudiendo la escena literaria con su personalísima visión del mundo a ritmo de cumbia lagunera. ¡Ajúa!

América Pacheco.

NOTA: Aquí se puede leer completo el cuento “El resucitador de caballos”: http://reportesp.mx/el-resucitador-de-caballos-carlos-velazquez

 

 

 

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El pequeño Weinstein

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“Heed the mantra and never forget:
Women. Have. Nothing. To. Gain.
And. Everything. To. Lose.
By. Coming. Forward”.
Amber Tamblyn

Para Gerardo M, ángel guardián

A riesgo de parecer una idiota ante mis notables lectores, creo haber encontrado un aspecto positivo al escándalo de ocho columnas que ha colocado al magnate Harvey Weinstein en la palestra de la ignominia: a causa de la dimensión del escándalo, podrá escucharse a un volumen más alto y en una proporción cada vez más imperativa y relevante, el vergonzoso lastre de la violencia sexual.

Jodi Kantor y Megan Twohey, los últimos jedi del New York Times tuvieron el honor de destapar la caja de Pandora mejor guardada de la última década: Harvey Weinstein, fundador de Miramax, la productora de cine independiente más lucrativa y galardonada de las dos últimas décadas en la industria norteamericana, también porta la piel y credenciales de un incorregible depredador sexual. Las revelaciones de Kantor/Twohey describen minuciosamente múltiples denuncias de acoso sexual contra el otrora Harvey -todoloquetococonviertoenoro- Weinstein. En el curso de la investigación que les ha costado diez meses, ventilaron que al menos trece mujeres entre los años 90 y el 2015 fueron acosadas/agredidas sexualmente, alegaciones que han sido corroboradas por actrices de la talla de Ashley Judd, Angelina Jolie, Asia Argento, Gwyneth Paltrow, Rossana Arquette, Mira Sorvino, Rose Arianna McGowan, entre decenas de mujeres sin la fama de las anteriores, pero víctimas del mismo depredador. Lamentablemente para todos, los últimos reportes periodísticos nos alertan que la impecable investigación del Times se queda corta. Los crímenes sexuales de Weinstein son el sudario de Penélope.

El sistemático abuso de poder que Weinstein aprovechaba en Hollywood para acosar sexualmente a empleadas y actrices, es una realidad que padecemos millones de mujeres alrededor del mundo. No importa si aspiramos a un premio de la Academia o a completar para pagar a tiempo la renta del mes de noviembre. Leí una declaración del productor Ryan Murphy que calza perfecto en la espina dorsal de este texto: “En esta sociedad, la mayoría de las mujeres tienen un Harvey Weinstein en su vida. Siempre hay un campo minado que navegar cuando eres una mujer y pasar por el sistema de Hollywood”. Pero más allá del acoso sexual, es necesario hacer énfasis en exhibir el acoso silencioso más común y menos castigado de todos: aquel que ejerce un hombre que se sabe poderoso y que es capaz de ejercer todo su armamento de influencia para colocar a una mujer en el más vergonzosos de los dilemas: soportar estos abusos para sobrevivir. Cuando las dos agresiones vienen incluidas en el mismo coctel, el golpe asestado a la víctima es mortífera.

A título personal, puedo afirmar que al señor Murphy le asiste la razón absoluta. Yo padecí a mi propio Harvey durante cinco años. Me acostumbré a mirarle todos los días y aprendí a sortear mi día a día sin ser devorada. Pero también aprendí a huir y dejar herido de muerte al tiburón. Por el bien de las que no supieran nadar.

A efectos literarios llamémoslo el pequeño Weinstein. Lo conocí en la empresa a la que le dediqué diez años de mi vida laboral. Era un hombre simpático, en términos generales. Era el prototipo del sueño mexicano: de obrero a virrey de una trasnacional. Arquitecto de su propio éxito y esfuerzo. Pero tampoco entendía el significado de un “no”. El abuso sexual y/o de poder nunca se presenta de una única forma. No es necesario que haya un arma ni que la víctima se resista, grite o diga “no” repetidas veces para que una acción cuente como una agresión. Salir a comer un par de veces no te obliga a mantener la tradición. Hasta la mayonesa caduca. ¿Por qué no habría de hacerlo la amistad consensuada? Vaya, ustedes no saben lo años luz de la realidad y de las reglas normales de consentimiento en donde se encuentran tantos hombres. Lamentablemente esta empatía es 99% femenina, la mayoría de los hombres no son conscientes de esta anomalía que mantiene infectados a una cantidad grosera de varones. Es alarmante toparte a lo largo de tu vida con una turba de neandertales que no comprenden que tú tienes la última palabra sobre lo que pasa con tu cuerpo, tu espacio, tu amabilidad, tus palmadas en la espalda. No importa si incluso dijiste que sí antes y luego cambiaste de parecer. Todos tenemos derecho a decir “basta” en cualquier momento, y la contraparte debe respetarlo.

En mi caso, después de que el pequeño Weinstein acumuló un puñado de negativas, arremetió con la presión de su poder sobre el microcosmos que nos rodeaba. Los primeros cuatro años pude sortearlos con elegancia y habilidad, gracias a que el que fue mi jefe esos años no estuvo bajo su orden de mando, sin embargo, todo comenzó a tornarse sofocante cuando ascendió al grado de Virrey. A pesar de que no ostentaba el cargo más alto dentro de la compañía en México, reportaba directamente a EU y sus copiosos éxitos en la región lo colocaron en un cubículo de privilegio cuyas paredes de cristal eran antibalas. En ese periodo tuve la fortuna de contar con una jefa con las suficientes agallas para enfrentar a mi lado los constantes atropellos a los que me comencé a ver envuelta. TODA acción realizada por mi podía ser objeto de cuestionamientos éticos o de desempeño. Incluso la composición textil de mis pantalones. Juro que la exageración no me acompaña mientras redacto estas líneas.

Elaboro: en aquellas épocas (circa 2011) aún no se había implementado el código de vestimenta que nos permitía a los empleados a portar mezclilla los días viernes. Eran los tiempos de Don Porfirio y la mezclilla estaba prohibida. Su persecución a mi persona acabo en un alegato explicativo y demostrativo entra la diferencia cuántica que existe entre un par de jeans y un canvas pants. Cronometraba mi arribo a las oficinas y detectaba cada segundo que demoraba en cruzar la aduana de vigilancia. Cada reporte de rendimiento sufría el mismo trato que sufrirá Rafael Márquez cada vez que desee atravesar el Río Bravo. Aún me culpo por haber permitido tantos atropellos en nombre del amor al trabajo, en nombre de un puesto por el que muchos matarían por lograr. Los compañeros de departamento que tuvieron la desdicha de acompañarme en los años oscuros llegaron a odiarme con furia viva gracias a que el pequeño Weinstein los perjudicó a todos en toda forma posible. Y no se diga de las vacaciones. Sabía que mis vacaciones tenían como destino Europa y que el poema de mis días gozaba de nacionalidad francesa, PROHIBIÓ las vacaciones de un rango mayor de 7 días ÚNICAMENTE en nuestro departamento. Calidad o Proyectos podían largarse a la Baja Sajonia o a Tokio un mes. Pero NADIE de importaciones/exportaciones podía viajar más allá de Ciudad Juárez, El Paso o Zacazonapan, Michoacán. Se implementó un filtro de aprobaciones y firmas que harían escandalizar a la secretaria del trabajo.

El último año y medio dentro de ese infierno fueron los más agrestes a causa del arribo del último jefe que padecí en tan entrañable compañía. Que no se confunda. Yo solía – aún lo hago– amar a mi ex trabajo. Tuve beneficios extraordinarios. Gocé de prestaciones que el 90% de la gente que conozco fuera de mi ex entorno laboral solamente han visto en películas danesas de ciencia ficción. Pero poco o nada puede hacerse cuando en contraparte, la cigüeña trae de París un jefe medroso e incoloro. Recuerdo que a los cuatro meses de haber tomado posesión del puesto fui requerida a su oficina para una muy incómoda entrevista:

– “Oye, América, la verdad no quisiera meterme en tu vida privada, pero… ¿qué le hiciste al Virrey?… ¿por qué está obsesionado contigo?”

– ¿Perdón? –contesté absolutamente indignada.

– ¿Acaso no he demostrado ser una persona profesional y enfocada a mis responsabilidades este tiempo? Esa pregunta deberías de hacérsela a él, no a mí. Estoy cansada de semejante acoso sistemático.

Su respuesta desarmó la última esperanza de un mundo mejor: “¿Por qué no lo denuncias a Recursos Humanos?

La decisión de denunciar al pequeño Weinstein estaba lo suficientemente cronometrada. Sabía que no podía dar un solo paso en falso. Lo indignante del caso es que me supiera completamente sola y armada con una miserable resortera contra el poderío bélico del Virrey. Los dos anteriores jefes habían tenido la mala costumbre a cerrar filas para protegerme de injustas tropelías. No todos los torrentes sanguíneos tienen el privilegio de contar con líquido rojo entre sus canales de distribución.

Salí de la oficina dispuesta a ejecutar un plan que no incluyera a mi superior, aunque su testimonio hubiera evitado vergonzosos e innecesarios enfrentamientos. La cultura de la complicidad impera de manera alarmante. En términos de denuncias laborales por acoso, la justicia se aplica estrictamente por la propia mano de la víctima. Sad but true.

Gracias a una simpatía obtenida a fuerza de haber ganado el primer lugar en un concurso literario, pude granjearme la simpatía de uno de los Vicepresidentes de la compañía. Redacté un correo solicitando ayuda a sabiendas que, en el mejor de los casos, acabaría en la bandeja de mensajes no leídos. El correo explicaba a groso modo la situación que estaba enfrentando y una solicitud: pedía su intervención para conseguir una entrevista con la VP de recursos humanos que, para fortuna de este corazón, es mujer. Dos horas después de la primera de muchas taquicardias a causa de la legendaria denuncia, llegó la respuesta que toda mujer en el mismo aprieto desea obtener: sí, por supuesto, tienes todo mi apoyo.

Una semana más tarde me encontré frente a la Vicepresidenta de Recursos Humanos explicando un acoso sintomático perpetrado por uno de los pilares de la organización. Pocas veces me he sentido tan estúpida al ser bombardeada por la pregunta madre de todos los careos: “¿por qué tardaste tanto tiempo en denunciar?”. Claro, la mente recurre a una cantidad escandalosa de subterfugios para justificar el no hacerlo. Lo cual, acaba por contaminarte de culpa y desprecio. Desprecio a tu propia cobardía. Los depredadores recurren al siempre efectivo arte de proporcionarte algún beneficio o deferencia que sirva de pago de culpa por haberte molestado de alguna manera. TODOS en nuestra área sabían de su odio-amor a mi persona. Lo habían visto gritonear a mantenimiento para que cerraran ipso facto todas las ventilas cercanas a mi oficina e incluso cambiar de ubicación la misma con tal de no ser molestada por mi archienemigo número uno: el aire acondicionado. Y verle sonreír al verme atravesar el comedor, o voltear el cuello en modo exorcista-on con tal de verme desfilar con la última de mis faldas cortas. Sí, siempre acabamos rendidas pensando que de alguna manera nosotras tuvimos la culpa. El sentimiento de culpa y pequeñez es una dolorosa embestida en la auto estima. Cada salida consensuada termina por restar credibilidad a tu alegato, incluso si te acostaste con ellos la primera vez, o mil veces. Es el caso de Asia Argento. Ella declaró haber sido asaltada sexualmente y sentirse obligada a someterse a los deseos sexuales de Harvey Weinstein porque impulsó su carrera. Porque le pagó niñeras. Por que la convirtió en un rostro block buster, porque podía destruirla con el sencillo deseo de querer hacerlo. Por su omnipresente poder.

Comenzó la investigación de mi caso. Haber saltado todos los obstáculos que llevan a un reporte en el escritorio de la vicepresidencia de RH marcó la diferencia. La directora de Recursos Humanos local (y a quien tuvo que ser dirigida mi denuncia) era íntima amiga del pequeño Harvey, yo sabía que necesitaba brincarme ese obstáculo que pudo haber sepultado cualquier esfuerzo por lograr ser siquiera escuchada. El escandalo comenzó a rugir en los pasillos. Los testigos que remití en la entrevista con la VP fueron puntualmente llamados a rendir declaratoria de hechos. Co workers y ex jefes apoyaron mi versión. Fui requerida aproximadamente un mes después para conocer el resultado de la investigación interna que fue positiva a mi favor. Me preguntaron si deseaba una disculpa del agresor o si deseaba ser reubicada en alguna otra área, incluso en alguna de las otras oficinas del imperio. Me negué. Argumenté que todo lo que quería lograr con el ejercicio de denuncia se había cumplido. Sabía que no lo iban a correr y así lo expresé. Les dije que confiaba en que ellos tomarían las medidas necesarias para que casos como el mío no tuvieran lugar una vez más.

Soy una mujer sobradamente afortunada. Lo digo sin la menor vergüenza y lo que me resta de vida no será suficiente para agradecerlo. No lo digo únicamente por todos los hechos afortunados que tuvieron que sincronizarse para conseguir ser escuchada y reconocida como víctima. También lo digo porque tuve la fortuna de ser reclutada en la empresa que hoy es mi casa justo durante el proceso de denuncia. Ustedes no saben la dosis de tranquilidad que ello aportó a mi saldo amigo de valentía. Cuando di portazo a diez años de servicio y amor a tan entrañable compañía, no imaginé lo que vendría a mi salida. La denuncia al pequeño Weinstein no quedó en el olvido ni fue anotada con tinta invisible en su expediente. Cayeron denuncias como maná en el desierto. Las denuncias llegaron a oídos de los altos mandos de EU, mismos que exigieron que el mandato del Virrey tendría que ser revocado. ¡El virrey ha muerto, que viva el Virrey! Ojalá todo hubiera acabado ahí. Después de que el pequeño Harvey fue sacado de la que fue su casa durante casi treinta años en cajas destempladas, fue boletinado con los distribuidores de la marca. El señor ya había sido contratado por uno de ellos. Y fue despedido nuevamente. Quizás el karma no existe. O sí.

Nadie sabrá nunca cuántas mujeres soportan, 5, 6, 20 años o quizás, 10 minutos del infierno del acoso o que no viven lo suficiente para contarlo. Por todas y cada una de ellas brindo esta noche mientras concluyo este texto que tardó tres años en ver la luz. Estuvo atorado, casi momificado. Mi editor sabía de su existencia y hace un año quiso asomarse a respirar bocanadas de oxígeno. Hablé con él y le prometí que llegaría el momento. Ese momento es hoy, camaradas.

Me despido con la declaración que realizó Barack Obama en relación al escándalo Weinstein: “Cualquier hombre que degrada y degrada a las mujeres de tal manera debe ser condenado y responsabilizado, independientemente de la riqueza o el estatus”. “Debemos celebrar el valor de las mujeres que se han acercado para contar estas historias dolorosas”

Aunque no dijo nada si devolverá los 600K dólares que Harvey Weinstein donó para la causa demócrata las elecciones pasadas. Porque es muy fácil horrorizarse y gritar y acusar al viento. Se requieren cartuchos especiales para firmar ante una audiencia ante la que no cuentas con credibilidad alguna. Se requiere saberse aventar al abismo sin paracaídas desprovista de temor a ser tragada por el sistema. Se requiere sangre de Lázaro. O de Lestat. O de Gokú.
#NiUnaMás.

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Twin Peaks: el regreso de la nostalgia

El instante que más cerca me he encontrado de David Lynch (héroe personal desde la edad media) coincide con la ocasión que más lejos me he encontrado de casa: Copenhague, Dinamarca. La cercanía a la que hago referencia no significa de ningún modo que haya tropezado con él en la cola de las palomitas del Tivoli. Ojalá, pero no. Gracias a vericuetos anecdóticos asociados a mi buena estrella, tuve el privilegio de acudir a su exposición “The Air is on Fire” montada en el bellísimo centro de arte contemporáneo danés GL Strand. Y cuando digo privilegio me refiero a que únicamente tres ciudades del mundo tuvieron la oportunidad de presenciar la primera exhibición individual del cineasta de culto: París, Moscú y la capital danesa.

Recorrí a pie las siete estaciones del metro que separaban mi temporal morada danesa del museo que albergaba la muestra a 8 grados bajo cero un 6 de diciembre de 2010. Cuando me encontré frente al antiguo edificio GL Strand Museum -que data del siglo XIX, rodeado del canal Thorvaldsens, la galería de arte Kunstforeningen y de las instalaciones del Ministerio de Cultura, en el centro mismo de la bulliciosa ciudad- tomé aire hasta llenar los pulmones. Había llegado ante las pequeñas escalinatas pertenecientes al siglo de oro danés para cumplir un deseo nunca antes pedido. Al planear aquel viaje, jamás estuvo incluida esa visita a la improvisada Meca Lyncheana. Entré en stop motion a comprar mi boleto absorta de mi puta buena suerte.

La exhibición contemplaba el universo artístico del cineasta desde sus primeros trazos de los años 60, a sus últimos cuadros creados días antes de la apertura. La introducción era poderosa e hipnótica. En los cuatro pisos de la galería se podían encontrar pinturas, dibujos, fotografías, litografías, acuarelas, escultura y un poderoso soundtrack que te acompañaba en cada piso (proveniente del cortometraje “Grandmother”). Todo lo que la vida me había quitado antes de ese día, me fue devuelto con intereses y recargos sin comisión. Amé descubrir en las obras de David Lynch ese inconfundible juego entre retorcidos estados mentales, emocionales, que mezclan los primigenios peligros de nuestra mente, que penden del hilo de nuestras inconfesables y terroríficas pesadillas; tocan conciencias por su irracionalidad, por lo intangible de su mensaje.

Traigo a la mesa aquella inolvidable experiencia danesa, porque siete años después de “The Air is on Fire”, 11 años después de “Inland Empire” y 25 años después de “Fire Walk With me”, irrumpe en la imaginería popular para entregar lo que muchos consideramos su obra maestra: “Twin Peaks: The return”.

David Lynch gusta de conectar todas las piezas aunque estas parezcan inconexas a primera instancia; además, disfruta diseñar intrincados mapas que sus fieles adeptos analizan hasta el delirio porque lo conocen, saben que cada color o figura perteneciente a su locura es deliberada.

Por ejemplo: El cadáver de Ruth Davenport fue hallado afuera de una casa abandonada, 2240 Sycamore en Buckhorn, South Dakota. La misteriosa casa donde Cooper fue traído de vuelta desde Black Lodge para convertirse en el inolvidable Douglas Jones se ubicaba también en Sycamore Street, Rancho Rosa, Las Vegas. El portal donde desapareció Cooper en la segunda temporada enclavado en la profundidad de Glastonbury Grove está rodeado de 12 sicomoros.

Los guiños son incesantes. Además, es indispensable que para apreciar la obra maestra en todas sus espectaculares tesituras, el espectador haya sido fiel seguidor de “Twin Peaks” temporada 1, 2 y por supuesto. “Fire Walk With Me”. De otra manera, el espectáculo puede parecer de manufactura impecable, pero inconexo y una pesadilla demasiado grande y un desafío de contemplación místico –para muchos– innecesario. Perseguir pistas abstractas para llegar al cofre del tesoro en un mapa roído y perverso, no es el sueño que todo televidente desee consumir con su
membresía Netflix.

“Twin Peaks: The Return” es una arriesgada evolución a los formatos televisivos de la actualidad. Las secuencias de algunos capítulos –especialmente el ocho– son auténticas provocaciones extravagantes y contemplativas. Lynch se encargó de mostrarnos cómo una bomba atómica fue capaz de crear una realidad alterna, bizarra y oscura. Nos mostró el llorar de los átomos. La angustia de la hecatombe ante el nacimiento del mal absoluto. Todo mientras la banda sonora ataca al televidente con Threnody for the Victims of Hiroshima de Krzysztof Penderecki. Otro detalle es que la estructura de TW está inspirada en dos de las pasiones más grandes de David: la meditación y el arte. La realización artística de la serie está inspirada en lienzos de Rene Margritte, Edward Hopper, Arnold Böcklin and Francis Bacon; pero el guión se estructuró a la manera de un poema budista, de métrica abstracta y preciosista. Un ejercicio de meditación.

La narrativa de esta serie es imposible de encontrar en ningún tipo de serial o formato adaptado a televisión actual. Cuando Lynch habla de retornos, no se refiere únicamente al regreso de la nostalgia de personajes icónicos en la cultura popular como Laura Palmer o Dale Cooper; TW también trata del regreso de los muertos. Catherine Coulson (The log lady), David Bowie (Philip Jeffries) y Miguel Ferrer (Albert Rosenfield) murieron hace poco más de un año. La participación de Catherine y Miguel Ferrer fue la última de su vida. La participación de Bowie era un hecho. Su enfermedad terminal evitó que la encarnación del agente del FBI Philip Jeffries fuera su último trabajo. Traerlos a todos de vuelta a la pantalla también significa un poderoso homenaje de Lynch a tres grandes.

Uno de los mayores atributos del cineasta es su facultad única para usar líneas narrativas contratantes y lograr que su público lo acepte a pesar de encontrarse rodeado de puñados de incoherencia. Transitar desde el páramo de lo ordinario hasta la salvaje abstracción en un instante es el sello de la casa. Se da por bueno y aceptable la incoherencia aparente del desarrollo de la historia porque quienes conocemos su obra, creemos en una verdad encubierta bajo la tonalidad rojiza y tibia de una lámpara de mesa.

Al momento de escribir estas líneas han transcurrido 15 capítulos y nos encontramos en la antesala del fin. En siete días se transmitirá el fin de temporada y el cineasta tiene nuevamente al mundo hablando de él después de que la modesta serie protagonizada por Kyle MacLachan y Sheryl Lee paralizara a la audiencia de la cadena ABC en 1990. La diferencia es que a estas alturas nadie se pregunta: ¿quién mató a Laura Palmer? Ahora sabemos que ella fue enviada al mundo como una fuerza bondadosa para reparar el equilibrio de un holocausto. Pero no está sola en esa tarea. Dale Cooper ha regresado y con él también la esperanza por la redención. Porque en el mundo creado por David Lynch en el que cohabitan Tulpas/Dopplegänger y seres de bondad perenne que sobrevivan 25 años en el infierno y aún así su corazón permanezca puro y colmado de valentía; la última y más grande vuelta de tuerca está por develarse. La que hará oficialmente al resto de la televisión completamente obsoleta.

El domingo 3 de septiembre estaré nuevamente ante las escalinatas de la espera por el final. Y aunque no habrá nieve a mi alrededor, como aquella tarde frente al GL Strand Museum, pienso que meditaré sobre algo que leí hace tiempo: “El trabajo de Lynch es similar al jardín zen donde se te indica que hay siete rocas, pero sólo seis son visibles. Sabemos que la séptima roca existe, pero debemos aprender a aceptar que nunca la veremos”.

Me gustaría pensar que encontraré la séptima roca.
De Dinamarca aprendí que existe porque pude ser capaz de tocarla.

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París Fail No More

“Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota.
“Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota.
Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota”.
-Groucho Marx-

Deberes ecuménicos arrastraron mis pasos a la patria de Macron por séptimaocasión. Fui incapaz de resistir la tentadora oferta de Air France: tostar el palmito diez días en Cannes resultaba más económico que un VTP all inclusive en Playa del Carmen. Además, mi amiga Florence Ascouet competía para las elecciones legislativas de su distrito para una diputación por el partido UPR en la tercera vuelta electoral. De no reservar ese vuelo acarrearía algún castigo de tipo militar sobre mi cabeza. Lo sabía con la misma certeza con la que adivino el número de arrugas que se adornan estos ojos que han de regurgitar los gusanos.

En 2012 aprendí de mala manera que cuando un viaje comienza con el pie izquierdo, se desencadenará toda una cadena de eventos desafortunados.

Arribé al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México con más calma que prisa, acercarse al mostrador de la aerolínea tres horas previas al vuelo, es considerado una buena e indulgente práctica viajera. Reacia a abandonar mi naturaleza pesimista, padecí los temores y palpitaciones propios de la India María antes de toparse con la migra. Llámenme paranoica, pero hasta no verme derramada cual lánguida odalisca en el asiento del avión correspondiente, el irascible temor a que toda valga madre me acompaña fiel y de la mano hasta el momento en el que mi pasaporte es escaneado antes del abordaje. No hay nada que pueda hacer al respecto.

Nací pobre y de color humilde. La vida nunca me ha regalado un mendrugo de fortuna, razón por la que todos mis desfiguros viajeros han sido perpetrados en clase turista, nací para formar parte del rebaño. Todos mis crímenes han salido baratos. Sin embargo, el boleto que saqué como una oferta, como una promoción pertenecía a la clase premium es decir, al siguiente escalafón del arribismo. El Disneyland del oprimido. Después de casi una década de resguardar millas no acumulables, usé una olvidada membresía skynet para ejercer el privilegio de abordar antes que la raza, de escoger el asiento más cuco de la fila, beber champagne y derecho de pernada en la recolección de equipaje en Charles De Gaulle Airport. ¿Qué podía salir mal?

Todo, para variar

En algún momento previo a nuestro despegue, pasó junto a nuestra fila una señora con el mismo rostro de Cristina Kirchner después de recibir la notificación de su séptima causa judicial. Se acercó al staff de Air France y escupió con alarma: ¡Allá abajo hay tres niños con varicela!

Los desafortunados testigos de primera fila en aquel momento (Jean-Pierre y la que suscribe) supimos una vez más que Dios nos odia y desea escupir nuestras lápidas cuando perezcamos. Por supuesto que se armó un desmadre. El avión tardó en despegar tres horas. Tiempo en el que se activó el protocolo interno en casos de emergencia sanitaria. Tuvimos que esperar a que un médico llenara todos los formularios de rigor que exige la evaluación de riesgos estipulados en el Reglamento Sanitario Internacional. Recordé el triste caso de los 183 pasajeros detenidos en el aeropuerto de Barajas pertenecientes al vuelo AF1300 de Air France tres años atrás a causa de una emergencia sanitaria que provocó activar todos los protocolos de seguridad gracias a un pasajero nigeriano presuntamente infectado por ébola.

Pocas veces he unido mi desprecio a la chusma que prejuzga al individuo por su apariencia. Nunca he mirado con recelo a un hombre tatuado de la cabeza al Pico de Orizaba o con claro aspecto de pickpocket parisino. Pero esa noche, me uní a las nutridas miradas de odio dirigidas al par de hippies que llevaban en sus brazos a los pequeños enfermos cuando desfilaron rumbo a destino desconocido. Si los chicos estaban enfermos o no, si estaban vacunados o no, no importaba a semejantes alturas. Para nosotros fueron los causantes de la pérdida de vuelos de conexión a una cantidad incalculable de viajeros. La impronta colectiva fue implacable: ¡Malditos hippies anti-vax!

No supe si los bajaron o viajaron en nuestro mismo vuelo.
Jamás volví a verlos.

No tenemos dinero pero tenemos lluvia

Existen detalles que deben de cuidarse minuciosamente antes de emprender un viaje. Principalmente el presupuesto, sin el que nada es posible. Por supuesto que tuve el mal gusto de calcular mal ciertos depósitos. Gracias a toda una carrera destinada a alcanzar un Darwin Prize un día remoto, fui condenada a pernoctar la maravillosa cantidad de cuatro días en Europa sin efectivo. Todos los millennials que me leen, seguramente opinan que cargar tarjeta de crédito con saldo amigo es suficiente, pero nanay, no cargar efectivo es letal en tierras Sartreanas. Allá no proliferan los OXXOS ni las trajetas saldazo. Los cafecitos y panaderías de barrio no aceptan tarjetas.

No todos los taxis tienen terminal bancaria. No en todas las estaciones de metro hay dispensadores de boletos con tarjeta. En ningún puesto de periódicos aceptan cheques de viajero a cambio de un Charlie Hebdo calientito y espumoso, y a los puercos aún no les crecen alas. La Master Card no todo lo puede comprar, es real. Tuve que regresar un tarte tatin a la venerable anciana que atiende la inenarrable boulangerie Délice et Vertupor por no llevar cuatro miserables euros en la bolsa. “No cards, no cards mamuasé”, manoteó la viejilla frente a mi golden card.

Afortunadamente, Dios siempre socorre a los pendejos y vía Florence (santísima mujer), nunca faltaron boletos de bus o metro en mis bolsillos, tampoco faltó café o croissants en el desayuno. Flo compró los tickets para la premiere de “Alien: Covenant” invitó la espectacular cena de bienvenida en Agustin Bistró y se encargó de garantizar una botella de vino diaria en nuestro menú cotidiano. Todas estas atenciones fueron recompensadas en nuestro viaje de cuatro días a Córcega, lugar donde procuré retribuir todo lo que pude. Te amo, Florence, eres la Wonder Woman de este tonto corazón.

Better call Netflix

El último de mis días vacacionales fue dedicado al Dios del ocio y de la baquetonería. El único compromiso del día consistía en entrevistar al Doctor J.A Lucien a las 20:00 horas. Decidí dedicar la tarde a la preparación cuidadosa de la entrevista que luché tanto por obtener. Tardé tres meses en completar la difícil misión de acorralar al único corso puro, pecho plateado con adhesión emocional clave en la estructura de un ensayo que espera detrás de la puerta. Escogí como trinchera el restaurante Le Sanseveria (248 Rue de Rivoli), acogedor recinto que abre sus puertas a todo aquel que deseé comer increíblemente barato en una zona increíblemente cara. Escogí mover el trasero los 14 kilómetros que separan Fontenay aux Roses (cuartel general parisino por excelencia) de Tuileries con tal de trabajar sin ser molestada en probablemente el único recinto turístico donde el staff se esmera por hacerte sentir como en tu casa. Cualquier despistado pensaría que los meseros de Le Sanseveria son reclutados en tierras veracruzanas. Escribí con entusiasmo dos crónicas, las primeras cuatro páginas del ensayo de marras inspirado en Napoleón Bonaparte, y las primeras diez preguntas de la entrevista en dos idiomas (francés-inglés) contagiada por una inspiración extraviada desde 2012, quizás.

Quiero creer que la culpable indiscutible de la tragedia que se avecinaba fue la botella de Bordeaux Rosé que bebí sin alimentos. He victimizado mi torpeza cientos de veces en situaciones tan variopintas como vergonzosas, pero esta vez, no tengo otra excusa más que un estado alterado de conciencia. Estaba borracha. Punto.

Al intentar llamar a la mesera para pedir refil del Bordeaux tiré torpemente con el codo media jarra de agua sobre la laptop. En cuestión de segundos envejecí cuatro años y medio. La borrachera también escapó hasta Place Vendome. Lloré frente a desconocidos una vez más. La laptop lloró como gatito recién nacido antes de irse a negros. Nadie había visto semejante rostro de abatimiento desde el último mitin de Jean-Luc Mélechon. La inolvidable mesera llevó la agonizante MacBook al baño con la noble intención de resucitarla con el infernal secamanos del sanitario. Todo fue inútil. Pagué muy caro el capricho de escritora malditawannabe. Si no la controla, no la maneje, dicta un clásico latino.

Pagué la cuenta en total estado de devastación. ¿Qué carajos haría entonces? ¿Sería capaz de improvisar una entrevista bilingüe en un par de horas? No llevaba conmigo una libreta, una pluma, un plumón. Nada. Solamente el bendito iPhone.

Hice lo que se recomienda en casos de emergencia: caminar los cuatrocientos metros que separan Le Sanseveria del jardín que rodea la Embajada de Estados Unidos, comprar un baguette en Champs Elysées y tenderse a ver el capítulo “Chicanery” de la serie Better Call Saul que la suerte quiso estrenarse justo ese martes maldito. Porque para todo mal, el mar.
El mar de Netflix y nada más.

Horror a la báscula.

Durante el regreso a la Ciudad de México tuve el viejo y terrorífico encuentro anual con la báscula de equipaje. Como si mi guerra civil contra la casera no fuera lo suficientemente encarnizada.

Siempre es lo mismo. Los que me conocen saben que, además de traer conmigo planes laberínticos para un pronto regreso y cantidades groseras de impublicables fotografías, también cargo con el súper. Faltaba más.

Llámenme miserable, no me importa, pero he de rehusarme a pagar el arancel excesivo que representa comprar productos delicatessen en la cuna del capitalismo salvaje llamado City Market. No exagero. Por cada recipiente de yerbas finas de 300 pesotes mexicanos exhibidas en pasillos de la cadena Gourmet de Comercial Mexicana,pago la cifra de 1.10 euros en el Fran-Prix. Menos de veinticinco pesos.

Es costumbre arraigada en la América profunda acudir al supermercado favorito (la joyita que se encuentra frente al Museo Pompidou) un día antes del regreso inminente a Tenochtitlán. Dejar la mitad del equipaje en tierra para retacar la maleta con el mandado es la receta secreta.

Todo fue realizado conforme a derecho. Confiada acudí a documentar con los simpáticos amigos de Air France. Desafortunadamente, no fue posible coquetear con el siempre atractivo personal de mostrador. Hemos sido conquistados por las máquinas. Hace un año aún era posible mantener intercambio de tarjetas, sonrisas y pases de abordar. Al observar todos los mostradores vacíos, pensé inocentemente en un retraso en el servicio del noveno aeropuerto más grande del mundo. Pero no es así. Ya no es necesario el contacto humano para documentar equipaje. El usuario se encarga de hacerlo en los mismos monitores en los que realiza check in. Parece fácil pero no lo es. Existe gente dotada por la madre natura para entender nuevas tecnologías y hacer de ellas terciopelo. Pero el 70% de la banda desmañanada no, esa es la verdad. Incluso una freak de las apps y amante del DIY como yo, padeció cada uno de los 15 minutos necesarios para descubrir la forma de imprimir y luego, desprender de su pegamento las putas etiquetas de mierda. Ojalá que todo hubiera acabado ahí. Pero ya ha quedado claro que lo que mal empieza, terrible acaba. Media hora después de pelearme con la máquina expendedora de estampitas, logré llegar al mostrador de la aerolínea. La máquina que jamás habían visto estos ojos tapatíos me miró con frialdad. ¿Y ahora qué chingados hago?

Reconocí una pistola prima lejana que cargan los chicos de la comer y entendí que era el escáner vacilador. Acerqué mi maleta. Seguí las sencillas instrucciones y subí el equipaje a la banda. En ese momento sonaron tres alarmas, mismas que fingí no escuchar. Repetí la operación de escanear la maleta y la volví a colocar, entonces, se encendió el botón rojo que seguramente señala a los cretinos y de la nada, salió un empleado del aeropuerto que me invitó a de la manera más atenta ahuecar el ala. NO podía estar más en ese lugar. El equipaje no había reunido las condiciones necesarias para documentarse y requería pagar el excedente del otro lado del pasillo. No pude preguntar a qué pasillo se refería o si la alarma había detectado vestigios de ántrax en las rueditas del maletón rechazado. No lo volví a ver. Como llegó, desapareció.

La maleta se había excedido por una cantidad irrisoria de gramos. GRAMOS. Las personas somos entidades razonables, una pálida empleada de aerolínea hubiera dejado pasar mi maleta con una sonrisa, de acuerdo a experiencias propias del pasado. Pero es imposible necearle a una máquina.

Regresé por dónde vine arrastrando la cobija, una laptop inservible, y mis crónicas perdidas. Ante instancias tan desfavorecedoras, decidí comerme la mitad del botín. Al fin y al cabo, la peor de las confrontaciones aún estaba por ajustar cuentas con mi figura. Malditas básculas.
C´est la fuckin´ vie.

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Lem y los libros imaginarios

LEM

“De la vigilia que nunca nos abandona, no hay otro despertar más que la muerte”

No olvido el año: 1994. Lo recuerdo perfecto, porque fui la única persona de mi generación -que yo conozca- a la que no le gustó la película de Matrix. Salí del cine con la misma sensación que experimentan las personas cuando se saben timadas arteramente. A pesar de que los efectos especiales convirtieron a esa cinta en un clásico instantáneo, sentí que la historia me quedó muy corta. Pero la culpa no fue mía –lo juro- la culpa la tiene la novela  “El congreso de futurología” y su autor, Stanilslaw Lem; uno de los dioses de mi Olimpo personal.

Stanislaw Lem (Los astronautas, La Nebulosa de Magallanes, Solaris, Retorno a las estrellas, Fábulas de Robots,  Ciberiadas, etc) nació en 1921 en Lvov, Ucrania y a lo largo de su larga vida (murió hace tan solo tres años), sirvió con ahínco a dos principales propósitos: enseñar literatura polaca en la Universidad de Cracovia y escribir los más sorprendentes libros de ciencia ficción en la historia de la literatura universal.

Resulta complejo encasillar su prolífica obra, meramente en el campo de la ciencia ficción, ya que su narrativa está plagada de profundas referencias filosóficas, psicológicas y científicas. Se salvó en su juventud de un campo de concentración, para concluir sus estudios de  medicina y psicología. Gracias a ello consiguió la suficiente materia prima para desentrañar con soltura e ironía, las dolencias más profundas del pensamiento humano, usando a pinceladas; su fina narrativa del conocimiento.

Futurological.jpgAunque no sea de ninguna manera su obra más conocida, leída o analizada, “El congreso de Futurología (1971)” es el libro que consiguió sorprenderme como ninguno en la adolescencia. El protagonista de esta novela corta es el astronauta Ijon Tiichy (recurrente héroe quien vio la luz literaria en “Diarios de las estrellas”, su segundo material fantástico publicado en el año de 1957) cuyos viajes y aventuras, alimentan intrincados relatos sobre el apocalíptico futuro que Lem vislumbró como único destino a la humanidad. La parodia y el absurdo, parecen ser la ruta de este peculiar relato. Titchy  recibe invitación para asistir a un congreso -cuya sede es Costarricania- exclusivo para futurólogos en un descomunal hotel en el que se buscará encontrar las respuestas para evitar la hecatombe mundial. Aunque nuestro entrañable astronauta encuentra más que respuestas o solución alguna al inminente Apocalipsis, ya que descubre fortuitamente que la hecatombe hace mucho que los cubrió. Los grandes gobiernos han evitado a toda costa el derrumbe de sus imperios mediante el suministro de drogas. Es decir, la benefactorina, el altruismol, la  credibilina,  o el felicitol, son las armas que se utilizan para controlar con sumisión a la humanidad. La victoria de la revolución química al servicio del “bienestar humano”. No existen emociones emanadas de la naturalidad de los individuos, ya que todas son inducidas. El amor, el odio, el perdón, la perfección, la rebelión… están al alcance del supresor o estimulante adecuado. Todos pueden ser dios. El mundo puede ser perfecto con sólo desearlo. Lamentablemente, ya no queda mucho mundo y nadie lo intuye siquiera. La realidad es tan perturbadora que se oculta a rajatabla. La percepción del mundo es alterada en su totalidad, porque el presente es aterrador. El autor profundiza en la ética, en la inmoralidad de la manipulación social, emocional. Consigue transmitir lo indescriptible mostrando la devastación mediante un recurso narrativo simplista: dejando la construcción total de la imaginación futurista al lector. Su descripción apocalíptica es sobria y en primera persona, es más un diálogo interno que una  crónica. Por eso no me gustó Matrix. Mi imaginación es rabiosa, Titchy es más entrañable e irónico que Neo y Lem infinitamente más talentoso e intimista que los hermanos Wachowski.

Stanislaw Lem es un autor que debería de ser leído por todos -sin excepción. Lamentablemente el estigma que carga la ciencia ficción como lectura ligera no abona a la causa, tampoco ayuda que se le encasille como un escritor exclusivo de esa corriente literaria, porque no es así. Leí hace poco que “Lem, Kafka, Carroll, Swift…cada uno a su manera, nos recuerdan que la aparente solidez de nuestras estructuras no es mayor que la de un decorado de cartón-piedra. Nos obligan a enfrentarnos con la fragilidad de los presupuestos de nuestra cultura, de nuestra pretendida lógica.” Todo, con el poderoso influjo de su desbordante imaginación.

No existe mejor ejemplo para ilustrar lo anterior, que el libro Vacío perfecto. Cuando pensé que había leído todo sobre Lem, cayó en mis manos este título, que es una auténtica maravilla.

solaris.jpgVacío perfecto es más que una colección de críticas literarias y científicas. Es una reflexión mordaz, un brillante galimatías y un auténtico experimento literario, porque todos los libros reseñados son imaginarios. Este recurso expositivo no es nuevo, ya que autores de la talla de Borges, Rabelais o Swift, hicieron lo propio. Pero ninguno trastoca tanto el género con la profundidad de Lem. Todos los autores son ficticios y uno acaba por lamentarlo. Es tan sorprendente el desborde imaginativo del autor, que conflictua el hecho de que ninguno de esos libros se haya publicado nunca, que jamás se publicarán. Sólo formaron parte de un fragmento creativo que habitó en el recoveco más escondido del escritor ucraniano.

Aunque “Les Robinsonades”, “Gigamesh”, “Idiota”, “Rien de tout, ou la conséquence”,” En Gruppenführer” o “Sexplosión”, pudieron haberse convertido en notables novelas, mi parte favorita es el prólogo.

El prologuista, disecciona mediante  un análisis crítico y filoso como escalpelo, al oficio del autor, utilizando un método despiadado. Las primeras líneas del prólogo es elocuente: “La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos, no sólo en un escritor contemporáneo como J.L Borges, sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner práctica esta idea. Sin embargo, “Vacío perfecto” constituye una especie de curiosum” .. “¿cuál fue su propósito? ¿el de sintetizar la pedantería o la broma? Sospechamos que en este caso se trata de un subterfugio jocoso, viéndose confirmada esta impresión por la introducción, interminable y teórica…Lem tuvo miedo de las dificultades implicadas en cada uno de los títulos. Prefirió no arriesgarse nada, guardar la ropa y salirse por la tangente”

Cada una de las críticas hechas a los libros y autores imaginarios, pasan por nuestros ojos con crudeza y limpidez. El prólogo los despoja de cualquier tipo de artificio y le brinda un alivio al lector para entender el variopinto experimento que lo atrapa a pesar de su complejidad. Porque se requieren tres galaxias de talento para concebir 15 novelas, dotar a sus embrionarios protagonistas de personalidad y vida propia; desarrollar los argumentos, debilidades y fortalezas narrativas de cada ejercicio; para que el prólogo regale uno de los guiños más ingeniosos y nos invite a ser cómplices preparándonos para lo mejor:

..”Vacío perfecto es una narración sobre las cosas deseadas, pero imposibles de obtener. Es un libro sobre sueños que jamás se cumplen. Y el único ardid que le queda todavía a Lem sería un contraataque: afirmar que no fui yo, el crítico, sino, él mismo, el autor, quien escribió la presente reseña, e incluirla, como un texto más, en Vacío perfecto.”

Lecturas como esta nos rescatan de los profetas de la esterilidad inventiva y de los que tanto adolecemos. Este pequeño libro escrito en 1971 es una obra maestra.

Lean. Imaginen. Descubran a uno de los mejores escritores de la literatura contemporánea. Me lo van a agradecer toda la vida. De nada.

América Pacheco.

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El corazón del Delfín.

Stefan Zweig ha guiado de forma notable la lucidez de mi pensamiento desde tiempos de mi general Villa. De alguna manera inexplicable, la obra del biógrafo y filósofo austriaco se las ha arreglado para ubicarse en un lugar de privilegio en la pila de lectura de mi escritorio durante poco más de dos décadas. Lamento tanto reencontrarlo porque la fuerza motriz del amor que le profeso regresa en forma de fichas. Como una arrasadora ola que trae consigo guijarros de nostalgia. Puñados de ellos.

Una de las virtudes más notables de Zweig en su faceta de biógrafo histórico, fue sin duda, la impecable facultad de diseccionar al personaje desde una estructura psicológica y humana con total empatía. El libro biográfico dedicado a María Antonieta de Habsburgo, última reina de Francia, es el ejemplo perfecto para demostrarlo.
Zweig nos relata a detalle cómo la adolescente reina fue severamente difamada y no se escatimó recurso alguno para llevarla al cadalso: “todo vicio, toda depravación moral, toda suerte de perversidad fueron atribuidos sin vacilar a la louve autrichienne, en periódicos, folletos y libros: hasta en la propia morada de la justicia, en la sala del juicio, comparó el fiscal, patéticamente, con las viciosas más célebres de la historia”. Sin embargo, evitó caer en el exceso del que han abusado la mayoría de los historiadores de la malograda reina-niña. En ningún momento la coloca en el altar de la santidad monárquica, por el contrario, se esfuerza por explicarnos su tesis psicológica que la identifica como un ser humano tan mediano, que jamás tuvo la inteligencia, heroísmo, o maldad suficiente que justificara la magnitud trágica de su destino.

El análisis que desarrolla Zweig de las almas medianas y su diferencia a las del hombre superior es tan fascinante como vigente en estos tiempos. Para Zweig, a un hombre mediano y a un genio se les identifica bajo la desarmonía del espíritu frente a su destino.
Y si el destino es trágico, las diferencias entre ambos son desmesuradas. Cuando un genio pugna contra el mundo a la contra, se enfrenta a la fatalidad con hostilidad innata, porque la grandeza del espíritu no descansa si no encuentra su medida y su cauce. Pero en contraste, cuando una naturaleza mediana, débil, se encuentra a bote pronto ante un destino colosal y trágico, el desmoronamiento del espíritu es doblemente doloroso. Zweig afirma: “Pues el hombre extraordinario busca, sin saberlo, un destino extraordinario; su naturaleza, de desmesuradas proporciones, está orgánicamente acomodada para vivir de un modo heroico, o en peligro. Por el contrario, el carácter medio está destinado a una pacífica forma de vida. No quiere responsabilidades de Historia Universal. No busca el sufrimiento, sino que le es impuesto. A este dolor del no héroe, del hombre de tipo medio, lo considero, hasta por faltarle condiciones de visibilidad, como no menor que el patético sufrimiento del héroe verdadero y quizás aún más conmovedor que aquél; pues el hombre vulgar tiene que soportarlo por sí solo, y no tiene, como el artista, la salvación dichosa de convertir sus tormentas en obras de arte, dándoles forma duradera”.

Y a pesar de que concuerdo sin discusión con Stefan, a título personal y desde mi trinchera sensiblera; la tortura, la cúspide del sufrimiento más grande en la historia de María Antonieta, lo representa el trágico destino de su hijo, el pequeño Louis Charles. Si es cierta su teoría de que la historia se encapricha en encontrar a un héroe insignificante, una alma débil y maltrecha que es capaz de obtener el efecto más alto y depositar en sus huesos una intolerable tragedia; no existe otra tragedia más cruel que la soportada por Luis XVII, heredero de una corona jamás colocada en sus sienes, quien fue colmado –sin pedirlo– de riqueza incalculable y que dejó sus huesos en una espantosa celda a la edad de 10 años.

La Revolución


El mundo jamás volvería a ser el mismo desde la revuelta que condujo a centenares de ciudadanos hambrientos y coléricos a tomar por asalto la Bastilla el 14 de julio de 1789. La turba castigada por la enfermedad y la carencia se encontró de un día para otro en un mundo en el que la libertad de conciencia, la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libertad de comercio y la libertad de reunión se convertían en derechos inalienables. Miles de personas descubrieron que podían alzar la voz y exigir justicia sin represalia alguna. Quienes habían permanecido en la oscuridad gozaron de palestra y libertad de expresión inusitada. Las ideas que trastocarían el destino del mundo crecieran en los campos como hierba salvaje.

La Revolución Francesa gozó de pensadores, políticos y líderes portentosos, sin embargo, como se ha repetido a lo largo de todos los movimientos sociales del orbe, los tiempos de revuelta también los dirigen hombres y mujeres bárbaros de corazón.
En todas las revoluciones, podemos identificar dos clases de insurrección: los revolucionarios de ideología y los revolucionarios de profundo resentimiento social. Los primeros,gracias a su extracto de privilegio; son conducidos a la lucha mediante sus ideales de cultura y educación. Los otros, hijos del infortunio, desean vengarse de todo aquel que haya gozado de todos los privilegios que la justicia les negó. El pueblo bueno, ya desprovisto del yugo del tirano, encausó toda su energía y sin escrúpulos contra sus verdugos y hasta contra sus propios libertadores. Se radicalizaron por la peligrosa vía del resentimiento social. Las mentes débiles, aquellas almas huérfanas de humanidad, pero rebosantes de mediocridad, mutan en una categoría terrorífica cuando ven depositado en sus manos el poder absoluto. Es aquí entoncescuando el terror revolucionario aparece para no dejar dormir a ningún alma justa.

El síndrome de Hébert

El representante más repugnante del resentimiento revolucionario, vistió las ropas del político y periodista Jacques- René Hébert. A uno de los más grandes villanos del siglo XVIII se le fue otorgado la encomienda de mantener vigilada a la familia real durante su cautiverio en Temple. Camille Desmoulins y Robespierre, lamentaron demasiado tarde el poder otorgado a la pústula más infecta del movimiento libertador. Hébert usó su periódico Père Duchéne a modo de ponzoñoso libelo que desprestigio todo aquello que se contraponía a sus intereses. Gracias a su popularidad entre las clases sociales más desfavorables, destruyó más vidas inocentes que innobles. Aniquiló a cada uno de sus enemigos gracias a un poder ilimitado en el consejo municipal. Pero, sobre todo, tuvo la satisfacción de despedazar con lujo de desprecio al símbolo de su recalcitrante rencor: María Antonieta y su descendencia.

La infamia suprema de Hébert consistió en arrebatarle a María Antonieta a su pequeño hijo de ocho años. Romperle en dos el corazón a la orgullosa extranjera fue considerado a su criterio, como la medida adecuada para hacerle pagar su indiferencia. Trasladó al delfín al extremo del Temple, cárcel donde vivió la familia real hasta poco después de la ejecución del rey Luis XVI. Hébert depositó el cuidado del niño aristócrata al tosco zapatero Antoine Simón. Considerar como justa la decisión de responsabilidad el cuidado y crianza de un infante a un auténtico hijo del lumpenproletariado para evitar ser educado como un hombre fino y permanecer en la clase más baja y más ignorante de la sociedad con la intención de olvidar por completo la estirpe de dónde procede, puede resultar ex trema, y quizás hasta comprensible por el ala extremista de la lucha de clases; pero, a Simón lo distinguía un carácter cruel y violento, además de una diposmanía no apta para convertirse en el ejemplo educativo de un villano, mucho menos de un pequeño del extracto social que fuere.


El odio virulento de Hébert por María Antonieta permitió que el cruel Simón martirizara psicológica, física y verbalmente a Louis Charles de Bourbon sin que ninguna voz se alzara para impedirlo durante un año. Desde la tarde que fue arrancado de los brazos de la reina, el pequeño cautivo jamás volvió a contemplar una faz amable o un acto mínimo de bondad. Quizás, solo tuvo miradas compasivas sobre su infantil figura el día que fue llevado a declarar en el juicio contra su propia madre.

Hébert tuvo la osadía de publicar en su periódico Père Duchêne, previo al juicio de María Antonieta: “¡Pobre nación…! Ese bribonzuelo será funesto para ti, tarde o temprano: cuanto más gracioso es, tanto más temible. Que esa pequeña serpiente y su hermana sean arrojados en una isla desierta; es preciso deshacerse de ellos a cualquier precio que sea. Por lo demás, ¿qué significa un niño cuando se trata de la salud de la República?”. Y lo cumplió. Destrozó la vida de la amenaza que le suponía representada a su amada nación el heredero de un trono inexistente ante la mirada complaciente e indolente de una nación entera.

Cualquier lucha, por muy espiritual que sean sus cimientos, se desdibuja y se torna vil desde el preciso instante que cede un poder semejante a canallas para que en el nombre de la justicia comenten actos de bajeza absoluta y carente de humanidad.
A pesar de que Hébert no consiguió el obsceno objetivo de comprobar ante el juzgado el cargo de haber mantenido relaciones sexuales con su propio hijo; el único pensamiento que pudo consolarlo durante su propio camino rumbo a la guillotina -nueve meses después de la ejecución de la reina- fue la cruel satisfacción de haber lastimado sin piedad el espíritu de la perra austriaca, pero sobre todo, de saber que en una olvidada y secreta celda, desprovisto de todo contacto humano, se pudría lentamente el hijo de los últimos monarcas del otrora reino más poderoso de Europa.

Un año y dos meses después de la ejecución de Jacques René Hébert y once después de la de Robespierre, el delfín murió de peritonitis tuberculósica en cautiverio.

El historiador Alcide de Beauchesne nos cuenta en su libro: Luis XVII, su vida, su agonía, su muerte, cautiverio de la familia real en el Temple el reporte de los cuatro inspectores que declararon el hallazgo del cadáver. Éste aparece fechado el 3 de enero de 1795 (aunque la muerte de Luis sucedió el 19 de diciembre anterior).

El reporte es aterrador: “Entonces apareció el espectáculo más horrible que le sea dado al hombre concebir, espectáculo repugnante que no presentarán jamás dos veces los anales de un pueblo civilizado, y que los asesinos mismos de Luis XVI no pudieron contemplar sin una piedad dolorosa, mezclada de espanto. En una cámara tenebrosa, de donde no se exhalaba más que un olor de muerte y de corrupción, sobre un lecho desecho y sucio, un infante de nueve años, medio envuelto con un lienzo mugroso y un pantalón en harapos, yacía, inmóvil, con el dorso arqueado, el rostro macilento y desfigurado por la miseria, hoy desprovisto de aquel rayo de viva inteligencia que lo iluminaba antaño. Sus labios decolorados y sus mejillas huecas tenían en su palidez algo de verde y de turbio; sus ojos ellos mismos azules, agrandados por la palidez del rostro, pero en los cuales toda flama estaba extinta. Su cabeza y su cuello estaban roídos por llagas purulentas; sus piernas, sus muslos y sus brazos, flacos y angulosos, estaban desmesuradamente alargados a expensas del busto; sus muñecas y sus rodillas estaban cargados de tumores azules y amarillentos [durante su cautiverio el reyecito contrajo sarna en las rodillas]; sus pies y manos, que ya no se parecían a una carne humana. Los bichos le cubrían también el cuerpo; los bichos y las chinches estaban amontonados en cada doblez de sus sábanas y de su cobertor en jirones, sobre los cuales corrían grandes arañas negras, huéspedes inmundos de los calabozos…”

Es imposible permanecer impávido ante el horror.

El corazón de Luis XVII


Han corrido océanos de tinta con el noble propósito de obsequiarle al príncipe de Versalles la fantasía de un destino distinto. Un siglo previo a la existencia de la princesa Anastasia Romanov, brotó por toda Europa la leyenda de que verdadero Luis había escapado de sus verdugos y que vivía bajo un noble falso al otro lado del mundo: en Sudamérica. Incluso, Stefan Zweig no se aventura a afirmar que el delfín efectivamente había acaecido en la lúgubre prisión de Temple. Tuvo que llegar el siglo XXI y la ciencia genética para demostrar que la reliquia encapsulada en la urna de cristal pertenece al hijo de María Antonieta.

La historia del corazón del pequeño delfín que a la edad de cuatro años se convirtió en el heredero del trono más grande de Europa ha sido trepidante desde el momento de su autopsia hasta nuestros días. El cirujano Philipe- Jean Pelletan fue el responsable de realizar la autopsia al cuerpo de Luis XVII y aunque el cuerpo fue arrojado a una fosa común, conservó el corazón en un frasco hasta que llegara el momento propicio de entregarlo a las manos adecuadas. Lamentablemente, nadie creyó en la autenticidad del órgano que guardó en su poder; intentó infructuosamente hacer llegar a las familias Bourbon y Orleáns. El frasco fue robado en 1831 al arzobispo de París, Hyacinthe Louis de Quélen. Le correspondió al hijo de Pelletan recuperar el frasco de un basurero. Lo momificó y logró entregarlo al conde de Chambord. A la muerte de Chambord, la reliquia permaneció en la oscuridad y bajo el resguardo de manos anónimas hasta 1975.

El 8 de junio de 2004 el misterio fue resuelto gracias a los investigadores Ernst Brinkmann y Jean Jacques Cassiman, quienes lograron realizar el procedimiento mediante muestras de cabello de María Antonieta y de sus fallecidas hermanas. La autopsia que se realizó al pequeño cadáver del Temple no era un anónimo suplantador. Brinkmann y Cassiman demostraron que el ADN mitocondrial no miente: porque todos los seres vivos heredamos de nuestra madre genes y cromosomas únicamente transmisibles por vía materna-, lo que demostró que el órgano en discordia era el auténtico corazón de un Habsburgo.

El ocho de junio del año 2004 se celebró un funeral en honor del pequeño Louis XVII tras dos siglos de misterios y pistas falsas. La urna con sus últimos vestigios humanos se depositó en el mausoleo de la basílica que también alberga los restos de los dos seres que más lo amaron en su corta vida.
La desventura simbolizada por el corazón insepulto del delfín me llena de total angustia. El mundo ha cambiado poco desde la toma de la Bastilla. El alma de los hombres sigue mostrando infames claroscuros. Aún somos incapaces de garantizar los unos a los otros, el respeto a nuestras garantías individuales más elementales. Nos siguen matando a causa de nuestras preferencias sexuales.

Nos siguen violentando por haber nacido con vagina. Nos siguen arruinando el futuro por el gravísimo pecado de ser infantes, vulnerables en cualquiera de sus modalidades. Mientras exista el hombre, se seguirán gestando revoluciones armadas, ideológicas, espirituales o cibernéticas.
Los puños seguirán alzándose, las turbas continuarán tomando las calles en protesta de una nueva injusticia. Lo celebraré mientras tenga vida. Y también celebraré la caída de los herederos de Hébert que, contraviniendo los principios básicos de evolución humana, continúan emponzoñando las tierras fértiles de la subversión. Porque ningún inocente -no importando su estirpe- debería volver a ser expuesto en carne viva en nombre de ninguna pugna, por muy noble e inaplazable que esta sea. Nunca jamás.

Fuentes:
1. Stefan Zweig, María Antonieta, (1932).
2. Alcide-Hyacinthe du Bois de Beauchesne, Louis XVII, sa vie, son agonie et sa mort (1852).
3. Deborah Cadbury, The Lost King of France: How DNA Solved the Mystery of the Murdered Son, (2003).

*Publicado en la Revista Etcétera el 21 de julio de 2017*

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Veintitrés

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El amor es una muestra mortal de la inmortalidad.

Fernando Pessoa

Para Araceli, Fernanda, Rodolfo y Ximena.

Al fin pasó. Me encontraba bajo la regadera- mi lugar favorito para idear textos y ahogar angustias-, cuando pude recordarla. Por vez primera en cuatro años pude ser capaz de asociar su recuerdo a una emoción o imagen no dolorosa. La vi nacer, aprender a gatear, mudar de dientes, convertirse en una hermosa adolescente, y, también morir. Durante casi cuatro años después de su partida, la necia memoria que habita estos huesos insistía en traer imágenes que no deseaba recordar: sus inmensos ojos tristes, su cabeza desprovista de aquella inolvidable melena, su piel apagada por la quimioterapia y aquel pequeño cuerpo frágil como golondrina. Nunca consideré justo conservar recuerdos inmediatos de su último año de vida, existiendo innumerables trozos de felicidad compartida. Nunca lo fue. Hasta hoy.

El día de hoy, trece de enero de 2017, mientras me duchaba, la vi ahí, frente a mí. Sentada en el sillón de la sala en el momento justo en el que abría con emoción los regalos que traje de Dinamarca para ella y sus hermanos. Sonreí con la hermosa visión de su cabello bajo el hombro, negro y lacio. Los jeans negros ajustados y los inolvidables vans. Era ella -sin duda-, la hija de mi hermana, el amor convertido en criatura mágica: mi sobrina.

El día exacto del cumpleaños número dieciocho de Zacnité recibió el diagnóstico que mantuvo en suspenso a la familia durante más de dos semanas: leucemia. Quienes más la amábamos, nos reunimos en la sala de urgencias en una suerte de macabro festejo. Acudí al hospital con la esperanza de escuchar buenas noticias y deseando poder entregarle el obsequio de cumpleaños que escogí para ella, con meticulosidad: Peleando a la contra, antología que reúne poemas y relatos autobiográficos del escritor estadounidense Charles Bukowski. Grandísima ironía.

Esa tarde supo que esa pequeña pieza literaria se había convertido en mi libro favorito a su misma edad. Sé que no logré contagiarla de entusiasmo. Era imposible. No existía gota alguna de felicidad en mi corazón, porque para gotas, únicamente tenía disponibles las del llanto.

Ningún enfermo debe ver nunca lágrimas. Nadie debería recibir noticias como ésta en su cumpleaños. Ningún ser humano.

Vivimos la antesala del diagnóstico dieciocho días exactos. Todo comenzó con hepatitis; después un sin fin de complicaciones, los especialistas determinaron contundentes el padecimiento: leucemia linfoblástica aguda. Al margen del shock que provocaría a cualquiera recibir una noticia de este calibre, es prácticamente inevitable comenzar a lidiar con los desequilibrios nerviosos, emocionales y físicos que sobrevienen al de confrontar una enfermedad maligna.

Zacnité enfrentó la violencia de su enfermedad desde que los especialistas dictaminaron el diagnóstico. Los médicos decidieron -usando una lógica huérfana, seca y hueca- que debido a que la chica era mayor de edad estaba capacitada para asimilar en solitario el tamaño de su tragedia. En estado de shock recibió noticia de su padecimiento, así como detalles puntuales del tratamiento inmediato que recibiría, así como de las contraindicaciones relacionadas con la quimioterapia. Sin palabras suaves, ni intermediación emocional de alguno de sus padres. En soledad recibió aquel revés sin acceso a una mano que sostener. Desprovista del consuelo estéril pero tan necesario y que únicamente los más cercanos nos pueden regalar.

Durante un año y trece días, mi chica favorita enfrentó con valentía y dignidad una batalla de la cual es imposible escapar incólume. Peleó a la contra con toda su energía, voluntad y fe. El día que perdió esa batalla, todos perdimos un fragmento de humanidad. Desde el 25 de marzo de 2013, todos aquellos cuyo espacio coincidió con el suyo en algún momento, seguimos restando votos de fe en la existencia de la justicia. Su partida inundó la clase de azoteas para las que no existe impermeablizante que restaure el daño. La herrumbre es inclemente. Las habitaciones continúan humedecidas de llanto. De infinita saudade.

Su valentía y esperanza me hizo creer en la existencia de esos portentos restauradores que en algunas culturas antiguas son conocidos como milagros. Cuatros años en el tiempo han cimentado la certeza inamovible de su inexistencia. Ya han caído todas las caretas.

Cuatro años viví con el corazón fracturado por el recuerdo de su indecible sufrimiento. Viví en perpetuo antagonismo a la justicia y el equilibrio humano. Pero hoy fue un día distinto. Tener la facultad de traerla a la memoria en perfumadas estampas debe significar algo. Quiero creerlo.

No existe recelo alguno en mi interior: sé que jamás podré borrar su aroma, el privilegio de su sonrisa. Pero me consuela saber que he comenzado a asociar su breve existencia en nuestras vidas con emociones puras, luminiscentes.

De acuerdo con el calendario, tres semanas nos separan de la fecha en la que cumpliría veintitrés años. La misma edad de mi hijo.

Hoy elijo retroceder en el tiempo para encontrar en mi pasado la noche que la tuve en mis brazos, después de haber librado su primera batalla en la incubadora. Elijo recordarla en estas líneas impregnadas de melancolía, pero sin dolor insoportable. Porque ella merece más que eso. Porque ella fue mucho más que un año de tragedia. Nos regaló dieciocho años de adoración por la vida en todos sus empaques. Sembró pequeños embriones de dulzura en el interior de sus hermanos, padres, abuelos y primos. Embriones que brillan en la oscuridad, cuando todos duermen. A veces los he descubierto resplandecer bajo plena luz del sol, pero elijo guardar silencio cómplice. Deseo seguir observando ese prodigio de la magia que me recuerda como nunca el origen de su hermoso nombre maya: Zacnité, mi hermosa flor blanca.

Feliz cumpleaños, vida de mi vida. Que mi amor inextinguible te alcance a donde quiera que estés.

*Publicado en Animal Político el 6 de marzo de 2017

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