2015, Etcétera, Nadie te preguntó, París

Terrorisés

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El histérico sonar de un teléfono a las tres de la mañana, arruinó un sueño prometedor. Las madrugadas invernales europeas no son las propicias de ninguna manera para el antojo intempestivo de un vaso de leche. Abandonar la tibieza de tu lecho de motu propio mientras las temperaturas bajo cero arañan con furia el cristal de tu ventana, debe ser el equivalente cuántico a escapar del útero materno a los seis meses de gestación solo para cambiarle a Nickelodeon. Lo hice a rastras. Debía ser un asunto merecedor de atención inmediata, de otra manera, el teléfono se hubiera callado diez minutos antes. Me encontraba de vacaciones en París, por lo que era definitivamente descartable la llamada impertinente de mi hermano beodo, debía ser algo importante. Lo era. La voz de Fabrice del otro lado del auricular se entrecortaba: “Te necesito, ¿puedes venir?”. Afirmé y colgué: “No salgas por ningún motivo, voy para allá”.

Era asunto serio que Fabrice me necesitara a esa hora de la mañana, su intento de suicidio año y medio antes, me empujó a cazar un taxi en la peor ciudad del mundo para encontrar un servicio nocturno sin pensar en la ruina inminente. Veinte minutos más tarde lo encontraría en su departamento en Rue de Verdun temblando, al borde de la hipotermia. Mi visita de aquella noche se prolongó 72 horas, el estado alterado en el que lo encontré no era gratuito. La policía francesa había conseguido dos proezas cortesía de la paradoja: salvarle la vida y arruinársela de paso.

La muerte de su padre tres años atrás, lo destrozó de adentro hacia fuera convirtiendo su duelo en vorágine autodestructiva de proporciones nivel saturnal. Su otrora exclusivo departamento, pasó de locación obligada de la bohemia parisina del mundo de la moda, a convertirse en refugio de yonkies y dealers. Las fastuosas cenas cedieron paso a banquetes groseros de cocaína. Yo nunca había visto algo igual. La verbena inagotable lo colocó en el ojo del huracán y su nombre pasó a engrosar la lista negra de sospechosos de narcotráfico del MILAD de la Police Nationale. Después de recibirme en camiseta y temblando a media calle, preguntó si tenía hambre. Ni siquiera permitió que una respuesta abandonara mis labios, preparó dos pasteles en el mismo tiempo en que yo cocino huevos con tocino. Su estrés no lo dejaba dormir, en breve tendría audiencia ante tribunales y no dejaba de pensar en volver a una celda. Me mostró el expediente policial del caso que aún se mantenía abierto y con posibilidades reales de una condena. Mil 200 fojas integraban la investigación de la misión de lucha antidroga que lo vinculaban con una importante red de distribuidores de cocaína.

“Mira, cariño, aquí aparece tu nombre” dijo como si nada. Como chiste idiota de tía quedada.

Joder. Mi nombre en un expediente criminal. Se trataba de una transcripción de una conversación telefónica que tuvimos dos años atrás. Para enmarcar la puta oja.

La policía había seguidolos pasos de Fabrice con diligencia primermundista. Lo sabían todo, leían cada mensaje de texto, escudriñaban milimétricamente su correspondencia, llamadas telefónicas y correos electrónicos. Todo estaba ahí, en su expediente. Vaya, nunca antes había tenido entre mis manos un expediente criminal con el cuál ejercer comparativas sustanciales o de juicio, pero la meticulosidad del registro de actividades de mi querido amigo, me hicieron pensar en los alcances de vigilancia a los que son sometidos los sospechosos de crímenes en el país galo. La única ventaja a favor del acoso desmedido policial es que pudieron rescatarlo de la noche que decidió acabar con su vida al saltarse la barda del cementerio Pére Lachaise intoxicado hasta las pestañas con la exclusiva compañía de un portafolios lleno de fotos y cartas de su padre, pero que los genios agentes confundieron con la posesión de enervantes que necesitaban como prueba contundente de culpabilidad. El chasco digno de secuela de “Torrente” le salvó la vida: alcanzaron a llevarlo al hospital donde permaneció internado una semana vomitando necia existencia.

El drama de Fabrice viene a cuento, por la profunda insatisfacción en el que se ha mantenido el pueblo francés durante estos meses posteriores a los acontecimientos que llevaron a que una de las fuerzas policiales más invasivas a la intimidad ciudadana permitiera que dos peligrosos militantes yihadistas, los hermanos Said y Chérif Kouachi, aterrorizaran al mundo con su tristemente célebre irrupción terrorista el semanario francés Charlie Hebdo sin mover un músculo que pudiera evitarlo. El pueblo está más aterrorizado por el factor de vulnerabilidad mostrado por su sistema de seguridad nacional, que por una nueva embestida terrorista. El debate se ha polarizado en dos principales posturas: quienes agradecen la expedita ejecución de los hermanos de origen argelino al momento de su captura y celebran no ver sus impuestos sosteniendo sendos juicios y los que no encuentran lógica alguna en que dos sujetos altamente capacitados para matar y sobrevivir, dejaron caer como pétalo de flor la licencia de manejo (imaginar a un terrorista rumbo a cometer el crimen más trascendente del continente en décadas que se toma la molestia de llevar consigo su licencia de conducir, por hábito precautorio y responsabilidad ciudadana, es capaz de provocar instintos conspiranoides al más receloso) que permitió ubicarlos en menos de 24 horas para matarlos sin interrogación de por medio que permitiera contestar al mundo un par de por qués. Si las fuentes periodísticas británicas que afirman que el gobierno de Argelia advirtió a su símil francés de un posible ataque terrorista provocado por miembros yihadistas enclavados en territorio galo están en lo correcto, ¿por qué no se dirigió sin titubeos la potente maquinaria de espionaje contra los Kouachi quienes gozaban de encarcelamientos y condenas desde el año 2005 por sus vínculos con células terroristas?

El comisario responsable de la investigación del atentado en el semanario Charlie Hebdo, Helric Fredou fue encontrado muerto en Limoges después de realizar un interrogatorio relacionado con un sospechoso del caso. Lo grave –allende a su terrible deceso–, es la ola de graves huecos y sospechas alrededor de su suicidio. A nadie le queda claro que siendo diestro se haya pegado un tiro con la mano izquierda justo en la nuca y que su familia no tuviera acceso al cuerpo antes de la autopsia. Lo mejor: el disparo no fue escuchado por nadie en la estación de policía, a pesar de que su arma no tenía silenciador. Las primeras declaraciones de sus colegas fueron de pasmo total ante el supuesto suicidio, su primera reacción fue declarar incomprensión total, ya que Helric no presentaba ningún tipo de rasgo conductual extraño. Dos días después, la difusión de una versión consensuada: “Helric Fredou padecía depresión crónica”, cerró puertas a mayores suspicacias mediáticas. Que la prensa francesa haya pasado de largo la cobertura, la relevancia de este hecho nubla nuestra certeza, la inquietud y confianza ciudadana no están viviendo su major racha. Tampoco la libertad de expresión.

Los registros de publicidad pagada que están recibiendo las publicaciones de mayor circulación y audiencia por parte del gobierno son tema en todos los foros de discusión, pero sobre todo, el escándalo de moda es en torno al célebre semanario L´Express (cuya orientación politica fue reconocidamente contestataria) cuya publicidad pagada por el gobierno aumentó de forma tan sustancial durante 2014, que pudo salvarse milagrosamente de la bancarrota, y que coincide con una muy marcada tendencia editorial tirada al más diestro de los extremos

Victor Hugo fue un visionario. En septiembre de 1872 dirigió una carta al congreso de paz celebrado en Lugano y al cuál no pudo asistir, en esta misiva afirmó que uno de los mayores temores del ciudadano francés es perder la libertad. Perder el privilegio de ser libre podría ser sin duda su mayor temor, aún ahora. Han transcurrido tres meses desde el atentado al semanario Charlie Hebdo y aunque la prensa se ocupa de otros asuntos de mayor o infíma trascendencia, es interesante descubrir cómo se han movido las piezas sociales y políticas del alma mater de la libertad, igualdad y la fraternidad. Los ciudadanos se sienten manipulados por un gobierno que batió récord histórico de desempleados (de acuerdo a cifras oficiales del 2014) con la vergonzosa cifra 3 millones 398 mil 300 personas, mientras los impuestos suben como la espuma (comprar por ejemplo, una propiedad equivale a pagar el 40% de impuestos por el valor de la misma), y con la cereza del pastel: el gobierno obtuvo al fin derecho de picaporte para violentar las garantías de privacidad de sus ciudadanos sin resistencia que valga.

Aquel discurso cuyos vocablos jamás retumbaron en aquel salón de Lugano, y que han trascendido a la vigencia de nuestros tiempo aún desborda elocuencia y nos permite entender de alguna manera al terror al que aludo en el título de este artículo: “El menor de los imperios es el triunfo. Nos sentimos orgullosos de ser libres, y menos que eso, no es más que humillación. Esa es ahora la situación en Francia, que debe seguir siendo libre y volver a ser grande. Las secuelas de nuestro destino alcanzarán a toda la civilización, porque lo que pasa a Francia pasa en el mundo”.

Lo anterior me quedó claro después de una caminata con mi hermana francesa Florence Ascouet en el barrio de Montparnasse. Buscábamos un lugar para estacionarnos cuando vimos de frente a dos mujeres musulmanas que caminaban del otro lado de la acera, cubiertas de pies a cabeza por una burka. Florence no pudo disimular un gesto de malestar de solo verlas. Al principio pensé que su rechazo evidente obedecía a razones racistas. Me leyó la mente porque de inmediato aclaró: “No me malinterpretes, no me opongo a sus costumbres, claramente, a mi no me incumbe ni me afecta. Lo que me enerva es que tengan que ocultar su rostro por un principio de prohibición religiosa o moral, cuando en este país han caido por millares por que cada ciudadano francés tenga el derecho de ser libre, porque la libertad lo es todo y querida, lo que ese velo hasta las tobillos muestra es la esquina más alejada de la plaza de la libertad”

Entendí su punto desde una perspectiva razonable. Claro, era francesa, no existe peor insulto para esa nación que verse acorralados por la ausencia de albedrío.

Aunque pensandolo bien, no les insulta, les provoca terror.

“Tendremos el espíritu de conquista, el espíritu transfigurado del descubrimiento; tendremos la generosa fraternidad de las naciones en lugar de la feroz hermandad de los emperadores; tendremos la patria sin la frontera, el presupuesto sin parasitismo, el comercio, sin costumbres, sin barrera del tráfico, la educación sin degradación, la juventud sin cuartel, el coraje sin lucha, sin andamio de justicia, la vida sin el asesinato, el bosque sin el tigre, el arado sin la espada, el habla sin la mordaza, la conciencia sin el yugo, la verdad, sin dogmas, sin Dios, ni sacerdote, el cielo sin infierno, el amor sin odio. La ligadura atroz de la civilización será derrotada; se cortará el horrible estrecho entre los dos mares, la humanidad y la felicidad. Hay voluntad sobre el mundo en un torrente de luz. ¿Y que es que toda esta luz? Se le llama libertad. ¿Y que es toda esta libertad? Es la paz, nada más que la paz”

-Victor Hugo, 1872-

Update. Fabrice obtuvo su libertad definitiva y su caso fue desechado hace pocas semanas. A cambio de años de persecusión y acoso, recibió un “Usted disculpe” tan conocido por estas latitudes: Inocente de toda culpa y más vivo que nunca.

*Texto publicado en Revista Etcétera el 12 de mayo de 2015

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