Veintitrés

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El amor es una muestra mortal de la inmortalidad.

Fernando Pessoa

Para Araceli, Fernanda, Rodolfo y Ximena.

Al fin pasó. Me encontraba bajo la regadera- mi lugar favorito para idear textos y ahogar angustias-, cuando pude recordarla. Por vez primera en cuatro años pude ser capaz de asociar su recuerdo a una emoción o imagen no dolorosa. La vi nacer, aprender a gatear, mudar de dientes, convertirse en una hermosa adolescente, y, también morir. Durante casi cuatro años después de su partida, la necia memoria que habita estos huesos insistía en traer imágenes que no deseaba recordar: sus inmensos ojos tristes, su cabeza desprovista de aquella inolvidable melena, su piel apagada por la quimioterapia y aquel pequeño cuerpo frágil como golondrina. Nunca consideré justo conservar recuerdos inmediatos de su último año de vida, existiendo innumerables trozos de felicidad compartida. Nunca lo fue. Hasta hoy.

El día de hoy, trece de enero de 2017, mientras me duchaba, la vi ahí, frente a mí. Sentada en el sillón de la sala en el momento justo en el que abría con emoción los regalos que traje de Dinamarca para ella y sus hermanos. Sonreí con la hermosa visión de su cabello bajo el hombro, negro y lacio. Los jeans negros ajustados y los inolvidables vans. Era ella -sin duda-, la hija de mi hermana, el amor convertido en criatura mágica: mi sobrina.

El día exacto del cumpleaños número dieciocho de Zacnité recibió el diagnóstico que mantuvo en suspenso a la familia durante más de dos semanas: leucemia. Quienes más la amábamos, nos reunimos en la sala de urgencias en una suerte de macabro festejo. Acudí al hospital con la esperanza de escuchar buenas noticias y deseando poder entregarle el obsequio de cumpleaños que escogí para ella, con meticulosidad: Peleando a la contra, antología que reúne poemas y relatos autobiográficos del escritor estadounidense Charles Bukowski. Grandísima ironía.

Esa tarde supo que esa pequeña pieza literaria se había convertido en mi libro favorito a su misma edad. Sé que no logré contagiarla de entusiasmo. Era imposible. No existía gota alguna de felicidad en mi corazón, porque para gotas, únicamente tenía disponibles las del llanto.

Ningún enfermo debe ver nunca lágrimas. Nadie debería recibir noticias como ésta en su cumpleaños. Ningún ser humano.

Vivimos la antesala del diagnóstico dieciocho días exactos. Todo comenzó con hepatitis; después un sin fin de complicaciones, los especialistas determinaron contundentes el padecimiento: leucemia linfoblástica aguda. Al margen del shock que provocaría a cualquiera recibir una noticia de este calibre, es prácticamente inevitable comenzar a lidiar con los desequilibrios nerviosos, emocionales y físicos que sobrevienen al de confrontar una enfermedad maligna.

Zacnité enfrentó la violencia de su enfermedad desde que los especialistas dictaminaron el diagnóstico. Los médicos decidieron -usando una lógica huérfana, seca y hueca- que debido a que la chica era mayor de edad estaba capacitada para asimilar en solitario el tamaño de su tragedia. En estado de shock recibió noticia de su padecimiento, así como detalles puntuales del tratamiento inmediato que recibiría, así como de las contraindicaciones relacionadas con la quimioterapia. Sin palabras suaves, ni intermediación emocional de alguno de sus padres. En soledad recibió aquel revés sin acceso a una mano que sostener. Desprovista del consuelo estéril pero tan necesario y que únicamente los más cercanos nos pueden regalar.

Durante un año y trece días, mi chica favorita enfrentó con valentía y dignidad una batalla de la cual es imposible escapar incólume. Peleó a la contra con toda su energía, voluntad y fe. El día que perdió esa batalla, todos perdimos un fragmento de humanidad. Desde el 25 de marzo de 2013, todos aquellos cuyo espacio coincidió con el suyo en algún momento, seguimos restando votos de fe en la existencia de la justicia. Su partida inundó la clase de azoteas para las que no existe impermeablizante que restaure el daño. La herrumbre es inclemente. Las habitaciones continúan humedecidas de llanto. De infinita saudade.

Su valentía y esperanza me hizo creer en la existencia de esos portentos restauradores que en algunas culturas antiguas son conocidos como milagros. Cuatros años en el tiempo han cimentado la certeza inamovible de su inexistencia. Ya han caído todas las caretas.

Cuatro años viví con el corazón fracturado por el recuerdo de su indecible sufrimiento. Viví en perpetuo antagonismo a la justicia y el equilibrio humano. Pero hoy fue un día distinto. Tener la facultad de traerla a la memoria en perfumadas estampas debe significar algo. Quiero creerlo.

No existe recelo alguno en mi interior: sé que jamás podré borrar su aroma, el privilegio de su sonrisa. Pero me consuela saber que he comenzado a asociar su breve existencia en nuestras vidas con emociones puras, luminiscentes.

De acuerdo con el calendario, tres semanas nos separan de la fecha en la que cumpliría veintitrés años. La misma edad de mi hijo.

Hoy elijo retroceder en el tiempo para encontrar en mi pasado la noche que la tuve en mis brazos, después de haber librado su primera batalla en la incubadora. Elijo recordarla en estas líneas impregnadas de melancolía, pero sin dolor insoportable. Porque ella merece más que eso. Porque ella fue mucho más que un año de tragedia. Nos regaló dieciocho años de adoración por la vida en todos sus empaques. Sembró pequeños embriones de dulzura en el interior de sus hermanos, padres, abuelos y primos. Embriones que brillan en la oscuridad, cuando todos duermen. A veces los he descubierto resplandecer bajo plena luz del sol, pero elijo guardar silencio cómplice. Deseo seguir observando ese prodigio de la magia que me recuerda como nunca el origen de su hermoso nombre maya: Zacnité, mi hermosa flor blanca.

Feliz cumpleaños, vida de mi vida. Que mi amor inextinguible te alcance a donde quiera que estés.

*Publicado en Animal Político el 6 de marzo de 2017

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