Sin/Con documentos

88pasaporte

La crónica del calvario que significó obtener la renovación de mi pasaporte y que los buenos amigos del semanario Frente publicaron en este link: http://bit.ly/1NeDeiH recibió puntual y necesario tiro de gracia durante mi última visita a la Ciudad de México y aunque sé a la perfección que mi lugar de residencia actual, a ustedes les debería de importar un poco menos que la inminente extinción de los mandriles albinos de siete penes, a efectos de documentar la tragicomedia absurda que engalana cada una de mis experiencias burocráticas, considero fundamental aclarar que me mudé a Guanajuato por razones que sólo le incumben a mi casero, sin embargo, recuperar mi pasaporte le costó a mi bolsillo y sobre todo mi exigua paciencia ver minados sus últimos cartuchos.

La primera de mis asignaturas consistió en tramitar la credencial de elector ya sin veda electoral de por medio. #Se- MeHizoFácil presentarme a realizar mi trámite de reposición a medio día, pero un policía desdentado cortó de tajo mis ilusiones rancheras: ¿Viene a trámite?, no, güerita, aquí hay que venirse a formar desde las cinco y media de la mañana a sacar ficha. Nadie la va a atender. Vuelva mañana. Tomé aire y me largué resignada. Claro, en mi visita anterior no había ni moscas por la suspensión de emisión de credenciales, a buena hora vengo a descubrir que en días de servicio normales no cabe ni el oxígeno en esos antros de mala reputación. La fila de la entrada se extendía como anaconda a lo largo de dos cuadras. Me resigné y acudí al siguiente día lo más temprano que mi neohuevoneríafreelancera fue capaz de ceder. Me presenté al módulo del binomio malcogido IFE/ INE con la espada desenvainada y lista para la ejecución expedita del primer burócrata que me sugiriera regresar otro día a formarme desde las 5:30 a.m., nomás pa’ ver si alcanzaba ficha. Para mi sorpresa, encontré en la entrada del módulo a un sujeto amigo de mi madre que portaba la credencial de empleado del INE (de dónde carajos salió). Me reconoció de inmediato y le ordenó al policía chimuelo que me permitiera el ingreso. Como si se tratara de tribuna de A.A., di testimonio con el corazón en la mano de aquellas idas y vueltas infructuosas a la SRE, bancos, la veda electoral, etcétera. Puse sobre su escritorio mi acta de nacimiento original, comprobante de domicilio y mi credencial de SEPOMEX con anémica esperanza. Me miró como imagino Leonardo DaVinci contempló por última vez a la pinche Gioconda: No, mija, esta chingadera no te sirve. “Pe, pe, pero me la aceptaron en un juzgado federal como identificación oficial” -Pos sí, mija, pero esas ya no las aceptamos. ¿Qué no tienes la credencial de tu chamba?

¿Han oído hablar de las epifanías? Ah, pues ahí me tienen: con ojos vacunos y cara de la mamá del difunto. ¿Sabían que en mi cartera siempre llevo la credencial de mi exchamba, nomás por convivir? Pues eso, que mi exlastimera vida de Godínez salvó mi pellejo una vez más. En una semana tendría en mis manos la maldita identificación con más poder en este país que el “Mayo” Zambada detentó cuando “El Señor de los Cielos” entregó su equipo al patrón.

Una semana después, desempacaba mi maleta cuidadosamente. Coloqué en una silla todos y cada uno de los documentos que me pedirían en la SRE la mañana siguiente en mi cita de las 8:10 a.m. Todo en orden, nada podría salir mal. La ironía de mi vida es que nací para que nada me salga bien, más allá de mi pinche dislexia quien ha cargado con la culpa de haber invertido fechas de cumpleaños, bautizos, bodas, no llegando a tiempo a ninguna o con el regalo equivocado. A un paso de cumplir cuarenta años, podría suponerse que mi condición debería estar bajo el control más estricto, así como mis sentidos agudos, en absoluta alerta. Quizá me guste ser distraída para tener el inapelable salvoconducto de mi torpeza para justificar olvidos imperdonables. Mis tres yesos en ambos tobillos dan fe, testimonio y legalidad de que existen cosas que son inalterables en mi vida a pesar del inexorable paso de los lustros: olvidé meter al sobre de documentos mis fotografías tamaño pasaporte. Me di cuenta demasiado tarde, casi en la puerta de la SRE. Lamentablemente existen mafias que sacan genuino provecho de la imbecilidad del prójimo y pagan las carreras universitarias de sus descendientes gracias a gente como la que suscribe, así que no me quedó otra que acudir a uno de los sujetos que te preguntan si ya tienes tus fotos listas en la entrada del edificio de pasaportes. Lo que yo ignoraba es que las fotos no te las toman en la combi que tienen estacionada en la esquina. Venga por aquí, las fotos las tomamos adentro del edificio de allá. Verga.

Las instalaciones de la SRE de la delegación Cuauhtémoc se encuentran arropadas por la colonia Guerrero. Aquel que conozca la zona, entenderá que al edificio de la Unidad Habitacional al que tuve que internarme a las 7:25 de la mañana era una maldita vecindad interminable de cajones descarapelados al que algún descastado se le ocurrió denominar: departamentos al momento de su inauguración 40 años atrás. Maldecí mi naturaleza estúpida una vez más. Aún no amanecía por completo, por lo que los pasillos de la unidad habitacional me parecieron la estampa viva de la desolación criminal. El dealer fotero me hizo entrar a una de esas ratoneras mientras yo me preguntaba cómo es que carajos había llegado ahí sin resistencia. Seguí al tipejo como un pinche zombie carente de voluntad cristiana. Los asesinos con hacha que esperaba encontrar al interior del departamento improvisado como estudio fotográfico resultaron ser dos ancianos que arañaban sus ochentas. Me cobraron una fortuna por hacerme cuatro fotos y no vender mis órganos al Malcom el de enfrente. Salí corriendo dispuesta a encender una veladora en la primera iglesia que tuviera la fortuna de encontrar si mis ojos lograban ver un nuevo día.

Llegué sin aliento y puntual a mi cita con el destino. Nada me faltaba. Nada podía salir mal otra vez.

Pasé los primeros dos filtros: la revisión de documentos y el llenado y firma de formatos. El tercero y más importante era la entrevista. Me dieron pase directo a la ventanilla 16. Este es el momento de hacer una pausa y acotar que por algún vericueto de tesitura kármica, deuda al destino o puta mala suerte, siempre, pero SIEMPRE encuentro a mi paso a versiones maltrechas de un personaje famoso. Aclaro que no me refiero a toparme con gente muy parecida a otra, no, lo que yo encuentro es la copia tailandesa, calada, garantizada. Puros clones de Tepito. Cuando tuve de frente al funcionario que tendría el honor de entrevistarme, supe que todo valdría madre: era la xerocopia de Enrique Peña Nieto, la copia de impresora con el último hálito de toner.

Primero me miró como si de nuestra entrevista dependiera mi libertad condicional por homicidio culposo. Todas sus preguntas referentes a mis datos personales dejaban un tufo de sospecha. Le pareció extrañísimo que al preguntar mi nombre dijera: “Tengo 38” y corregir al instante, “No, tengo 39, lo siento, los acabo de cumplir y no me acostumbro”. No me creyó. Me lo hizo saber con una mueca tan agria como ano de hiena. Después le pareció extraño que la dirección de mi credencial de elector tuviera una diferencia con el domicilio declarado en el acta que denuncié el extravío de mi pasaporte anterior. La errata del domicilio de mi madre me perseguiría por siempre. Ella vive en una colonia donde todas al calles tienen nombre de ríos. El río que le tocó nombrar las calle de mi cabecita de algodón es Drave, aunque el nombre real es Drava. Los libros de geografía cuentan que pertenece a Europa Central meridional, cuya cuenca nace en Italia y termina su curso en el río Danubio. Pero por un misterio asociado a la injusticia poética, el recibo del agua, del predial, de la luz, e incluso Google Maps, el nombre de esta diminuta calle es DRAVE. El porqué el IFE/INE declara el domicilio como DRABE escapa por completo de mi control y comprensión. Enrique Peña Nieto me regaló su segunda mueca del día mientras garrapateaba una segunda nota en un post-it verde. La hecatombe se desplomó sobre mi cabeza cuando al sujeto le pareció objeto de escrutinio judicial que mi credencial mostrara el número 04 en su extremo derecho. Yo jamás había reparado en el significado de ese numeral, pero en ese instante se me explicó que significaba el número de veces que se había tramitado la credencial de elector. Mi espina dorsal comenzó a helarse y el detonante causal de mi divorcio se apoderó de mí.

Podría jurar que mi rostro mostraba las bondades del color verde bandera. Levanté la voz sin darme cuenta. ¿En serio me estás haciendo esa pregunta? ¿Sí te has percatado que vivimos en una ciudad insegura? ¿Sabes cuántas veces me han asaltado llevándose mis pertenencias? Y eso sin contar las veces que he olvidado mi cartera con identificaciones. Había puesto en peligro mi vida por el olvido de mis fotografías justo esa mañana. ¿Acaso tenía que agregar más?

“Eso a nosotros no nos interesa, señorita. Que usted tenga una credencial con el número cuatro es objeto de sospecha de identidad falsa y pasaremos a escrutinio sus documentos A MENOS que cuente con una identificación oficial adicional”. Tardé cuatro meses en obtener UNA oficial, quizás para las fiestas navideñas sería capaz de conseguir otra. Pero a ese grandísimo cabrón mis penurias le tenían sin cuidado. Me condujo a una sala de espera. Como en separos. Como delincuente potencial. Como si nacer pendejo –si la perdiste–, pobre e ignorante–si no cuentas con certificado de primaria o cédula profesional o maldecido por la mala suerte –si te asaltaron cuatro veces en la vía pública– te condena de facto al pabellón del fraude potencial. Mientras esperaba el dictamensentencia en la silla cuyo segundo nombre era incomodidad, leí la siguiente advertencia en un letrero gigantesco colocado frente al lugar asignado nomás pa’ mí: “En aquellos casos en que del análisis de la documentación o información presentada o del resultado de la entrevista realizada se detecten inconsistencias o irregularidades, la SRE está facultada para verificar la autenticidad de los documentales recibidos ante la autoridad emisora y podrá requerirle pruebas adicionales que demuestren fehacientemente su nacionalidad e identidad. La expedición del pasaporte está supeditado al tiempo de respuesta de la autoridad correspondiente, por lo que su emisión no podrá realizarse en los plazos establecidos”.

V.E.R.G.A. Sentí lo que John Smith tuvo que haber experimentado cuando se le entregó el libro de mormón en sus manos trémulas. Ese letrero era un mensaje de dios y su destinataria no era otra más que yo. Lloré de emoción, supe en carne, pellejo y desvelo que mi destino había sido escrito ya, que no tenía caso huir, negociar, esconderse o pelear. Al menos no en ese instante.

Una hora después, escuché mi nombre al final del pasillo. Yo continuaba en éxtasis transcribiendo el mensaje de Dios en una hoja de papel que pedí prestada a una bestia del señor que dormitaba en otra banca. Caminé lento, sin prisa. Sabía lo que vendría y estaba dispuesta a no negociar mi futuro. Señorita, hemos detectado que sus documentos requieren un escrutinio fase dos. Si todo sale bien, su pasaporte estará listo la próxima semana. Traiga este número de folio para que le de seguimiento al trámite de reposición.

Regreso a casa, reflexioné largamente acerca de cómo este calvario para obtener un nuevo pasaporte arrebató a mi vida apacible 120 tortuosos días, e hizo considerar muy dentro de mí que Dios existe y me detesta, pero cuando leí que en Brasil solicitar el trámite más elemental le lleva al ciudadano promedio la bicoca de 152 días repartidos en 15 sub-trámites, pensé en que nunca había sido tan claro aquel viejo precepto de consuelo de idiotas.

Acudí el día señalado a recoger mi pasaporte. Ni siquierareparé en el rostro del servidor público que depositó al El Dorado en estas manos ansiosas. Tuve miedo de reconocer en él la cara de Felipe Calderón, y no, ni madres. Ese maldito liliputiense michoacano jamás volvería a estropearme un día más en la vida. Pasaporte en mano salí corriendo rumbo a Monte Pelvoux No. 111, piso 4, Col. Lomas de Chapultepec, Delegación Miguel Hidalgo C.P. 11000 México, D.F., dirección que alberga el Consulado de Finlandia, demarcación geográfica que posee el galardón del país menos burocrático del mundo. No requieren visa, adoran a los mexicanos y se encuentra lejos, muy lejos de la Colonia Guerrero. Aunque siempre, siempre me quedará Uganda como plan B.

Who fuckin´ knows?

*Texto publicado en Revista Etcétera el 27 de noviembre de 2015

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