Una mexicana suelta en Madrid

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Para ti, tontaco resultón.

 Visitar una ciudad desconocida y no recorrer sus principales avenidas y esquinas olvidadas a pie es el equivalente cuántico a no comer lonches de adobada de El Payo en Torreón Coahuila, any given sunday. Las actividades marcadas en el itinerario de la cobertura que haría del Festival Ñ comenzarían al tercer día de mi arribo. Decidir patear las calles de Madrid apenas bien toqué tierra firme, fue inevitable. Y glorioso. Rehusé tomar el metro o cualquier otro tipo de transporte público por el simple capricho de patear calles, senderos y bulevares alfombrados de hojarascas.

Durante los meses de noviembre y diciembre, la capital de la madre patria es pródiga en color y belleza otoñal. Personas que no crecimos o vivimos en territorio generoso en árboles caducifolios (de hoja caduca) sabemos apreciar el esplendor. Para el mexicano promedio las estaciones pasan casi inadvertidas. Solo aquellos que viven en climas extremos notan algunas diferencias estacionales a su alrededor. Esa es la razón por la que nos maravillamos cuando somos capaces de tocar y oler el invierno o el otoño. Algunos estamos hasta la madre de la eterna primavera. De la humedad asfixiante de la costa. O del infernal calor desértico. Los exuberantes cedros y magnolios son una caricia visual sin parangón para esta alma tercermundista.

Otoño

Caminante no hay camino

Caminé desde Embajadores (metro cercano a mi hogar temporal madrileño) hasta el Triángulo del Arte, el vértice de Madrid que reúne a los tres museos con uno de los acervos artísticos más importantes de nuestra civilización: Thyssen-Bornemisza, El Prado y el Reina Sofía. El primero al que decidí entrar fue a El Prado.

Les mentiría si les contara que pude verlo todo. Imposible comerse de un bocado 8,000 pinturas, 8,500 dibujos, casi 5,500 grabados y más de 932 esculturas que datan del griego arcaico, hasta los albores del siglo XIX. No tengo espacio ni fuerza para contarles cada pieza que me conmovió. Pero el autorretrato de Alberto Durero esponjó a este marchito corazón por razones de inestimable nostalgia. Hace veinticinco años fue la portada de la libreta tamaño francesa que usé durante años como cuaderno de notas personales y lienzo privado en el que pergeñaba pensamientos sueltos. Aún la conservo.

Pero al margen de que el Museo del Prado sea señalado como un museo de pintores, y no de pinturas, porque los artistas representados lo están de forma generosa y cuantiosauna sola pieza, el tríptico de El Jardín de las Delicias consigue que el espectador olvide que hay 200 Rubens a la vuelta de la columna izquierda. El jardín es el Elvis Presley del salón de la fama. Tiziano, El Greco, Rubens, Velázquez o Goya conmueven poderosamente con sus obras maestras, pero solo el Bosco te chupa y te traga para después escupirte de nueva cuenta al mundo para jamás ser el mismo. Pagaría todos los días 15 euros para pararme frente al tríptico media hora diaria. Solo para ver qué pasa. Pasé tantas horas en ese museo que el último recuerdo de ese día es una imagen de mí misma tirada en una cama que nunca sentí mía, con los pies hinchados y al borde de la hipotermia.

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Los museos me hacen llorar

Quise comenzar una nueva jornada visitando El Matadero de Madrid. Las apariencias engañan, porque en este fantástico espacio no degüellan marranos, bueno, al menos ya no lo hacen. El antiguo Matadero era un conjunto de pabellones de estilo neomudéjar edificado a principios del siglo XX a las orillas del río Manzanares, pero en la actualidad es una pequeña ciudad dedicada a la cultura. Matadero se define como un laboratorio de creación interdisciplinaria y se compone del Centro Nacional de Artes Vivas, Casa del Lector, Cineteca, Factoría Cultural, entre otros muchos espacios que sirven para la divulgación artística y a las actividades lúdicas y culturales ricas en diversidad. Un par de horitas de recorrido es insuficiente. Prometí volver con más tiempo y vida.

El segundo museo marcado dentro del itinerario se convirtió en una de las experiencias más divertidas dentro de la colección de museos de mi historial. El Museo Thyssen-Bornemisza se caracteriza por complementar las colecciones de El Prado y el Reina Sofía con montonales de frescura. Se encuentra dentro de un palacio de arquitectura neoclásica del siglo XVIII, pero no se dejen engañar. Su colección permanente exhibe una colección extraordinaria de fotografías, pinturas y esculturas de Edgar Degas, el retrato más famoso de Enrique VIII autoría de Hans Holbein, La habitación del hotel de Edward Hopper hasta Mujer en el baño de Roy Lichtenstein. Tuve la fortuna de hincarle el diente a la exhibición temporal de “Los impresionistas y la fotografía”. Esta propuesta ofrece un diálogo entre el trabajo de los principales actores del impresionismo (Caillebotte, Manet, Monet, Renoir, Kadinski, Mondrian, etc) y la fotografía con el noble objeto de poner en evidencia sus analogías, afinidades e influencias en determinados aspectos temáticos y técnicos divididas en 8 ejes rectores: retrato, agua, bosque, campo, ciudad, monumentos, el cuerpo y paisaje. Vale tres vidas tener el privilegio de conocer la carpeta de fotograbados del gran Degas, porque reúne toda la carrera del pintor documentada en una selección de imágenes, curaduría del buen Edgar himself.

Salí de la exhibición embriagada de alegría y de un humor tan bueno y del que no había registro desde el verano del 49. Me dirigí al restaurante del museo con sed de la mala. En verdad estaba excitada y vayan ustedes a saber qué cara me vio la mesera, que colocó en mi mesa una copa de vino tinto Ribiera del Duero más llena que la Plaza del Zócalo un 15 de septiembre. Era de no creerse. Pedí tres copas más. Las tres llegaron copeteadas al más puro estilo de señora virreinal. POR SUPUESTO que salí ebria y cantando en voz alta como Lola Beltrán. La mesera miraba de soslayo divertidísima. Que Dios la guarde muchos años más.

Si quieren irse a empedar a un museo, busquen el restaurante del Thyssen y pidan una copa de Ribera. De mí se acuerdan.

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Después de salir en un prístino estado de ebriedad del museo, caminé con frío y poco entusiasmo a la presentación de un fanzine a cargo de un colectivo de chicos más locos que una cabra: Los Paletos. Yo no lo sabía, pero la expresión “eres un paleto” se usa para estereotipar a un grupo de gente de origen campesino y básicamente grosera e ignorante. Que estos chicuelos nacidos en los noventas se abanderen con un nombre preponderantemente peyorativo les podrá dar una idea de lo punks y chiflados que están.

Acabando la presentación-performace-tatuajes en vivo, Blanca, Tony y yo corrimos a una exposición realizada por María Cerdá Acebrón en el espacio Nadie, nunca, nada, no.) de Ramón Matos. Lamenté haber llegado hasta el final de la exhibición, porque el proyecto de María forma parte de un proceso de investigación sobre la II República española desde la perspectiva única de la tercera generación de exiliados en México. María comenzó a fusionar procesos colectivos de video, audio, talleres y fanzines en 2012 y el resultado es conmovedor: piezas que cuestionan la historia desde una privilegiada mirada. Llegamos tan tarde que la mayoría de los sobrevivientes del evento parecían el doble de ebrios que yo. No podría asegurarlo. Tuve que huir a la media noche de ahí. El futuro me reclamaba en otro lugar.

La pasajera en Lavapiés

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Un día después de la presentación de mi libro, nos juntamos un puñado de sobrevivientes de la noche anterior, para recorrer el barrio más bonito de Madrid: Lavapiés (de los barios más castizos y multiculturales de Madrid, un crisol de cultura y tradición). Un imposible crew compuesto por Vera, Silvia, Paula, Alejandro y su charra negra, juntamos fuerza y estómago para comer el platillo típico del invierno madrileño: el cocido. El cocido madrileño es un potaje que (junto con el menudo) debería de patentarse como el platillo cura resacas por antonomasia. Se compone principalmente de garbanzos, tocino, patatas, verduras, carne de puerco y embutidos.

Han pasado 15 días desde el momento exacto en que comí un plato de cocido y aún no he logrado completa digestión. Paula, extraordinaria chica originaria de Lavapiés nos llevó de la mano al famosísimo mercado de pulgas El Rastro, nos hizo comer paella y boquerones al vinagre, nos bautizó con tragos de licor de madroño y nos mostró el restaurante más antiguo del mundo: Sobrino de Botín (fundado en 1795). Nos hubiera encantado entrar y comer un bocadillo, pero el plato de angulas costaba la friolera de 105.25 euros. Lo más barato que alcancé a ver en el menú era la perdiz estofada 23 euros por pieza. De verdad. Nos hubiera encantado, pero nos chingamos la rodilla.

Ustedes no saben lo que es marchar con una pandilla como esta, camaradas. Se necesita mucha fuerza para vivir y un paquete de Depend.

Un nuevo trance

Todo aquel que aún tiene el estómago de seguir leyendo mis crónicas de viaje sabe que, cuando viajo, los sentidos se afinan y los radares con los que suelo detectar a gente notable y extraordinaria llegan a su cénit de calibración. De ninguna manera este viaje tendría por qué ser diferente a otros. En este viaje conocí a un cuantioso número de almas que llevaré en el alma de forma permanente. Estoy sorprendida por la enorme dosis de amor con la que regresé (y sobre-pesé) en la maleta durante un periodo tan corto de tiempo. Sin embargo, una persona especial llegó a mi vida con el artero propósito de bascularla. He repasado todas y cada uno de los detalles de nuestros encuentros y lo único que descubro es un portento más sorprendente que el anterior. Hallar el arquetipo de tu role model emocional escalda los huesos. No es casualidad habernos conocido en otoño.

El otoño simboliza de alguna manera el preámbulo de la muerte. El comienzo de la ausencia de la vida. Existen muchas formas de cambiar, de transformarse. La tercera estación del año da cátedra de ello. El cambio de coloración de las hojas en este periodo no es gratuito. Los árboles caducifolios realizan espectáculo casi obsceno. Cada tono naranja, amarillo, púrpura o naranja existen porque los árboles les están mandando una serie de señales hormonales para que cambien de color y decidan desprenderse de una buena vez de la rama. Estas señales están dirigidas a detener la fotosíntesis formando una barrera. Esta barrera conduce a las hojas a un punto de debilidad extrema, de tal suerte que cualquier ventisca o movimiento sutil es capaz de tirarlas al suelo. Ante la ausencia de hojas, los árboles quedan desnudos, transparentes al fin.

Después de haber iniciado el año 2019 con el peor arranque en lustros, comencé a identificar con nuevos ojos un otoño existencial propio. Desde hace mucho tiempo emprendí un recorrido por el camino del desapego y la asimilación de la pérdida definitiva de la pareja con la que construí una familia durante los últimos años. He visto caer una a una de las hojas de una historia de siete años y al fin, gracias al otoño madrileño, fui capaz de apreciar en total plenitud la transparencia del bosque que me pertenece.

Madrid no fue un viaje cualquiera. Como ya adelanté en este espacio, soy damnificada de un prodigio de la naturaleza. En Madrid inauguré el otoño de una etapa clave en mi vida, y lo hice pillando un tatuaje permanente.

Y aquí estamos. Sin traje ignífugo al borde del volcán y con los dados en las manos”.

Con el alma llena de sentimiento les digo que esos dados ya han sido tirados al aire. Desconozco la suerte que traigan consigo, pero les aseguro que lo escribiré con sangre, con tinta sangre del corazón.

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*Texto publicado en Animal Político el 4 de diciembre de 2019.

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