Una mujer fragmentada.

“Prefiero que me devore un ardor de fuego interno a morir en el vacío y la resignación”

E.M. Cioran.

Cuenta la leyenda que una de las características más reconocibles de mi personalidad comenzó a advertirse a los primeros meses de nacida. La autora de mis días afirma que, a partir de los tres meses duermo a pierna suelta toda la noche. Y le creo por la sencilla razón que se repitió el mismo caso con mis hijos. Ambos comenzaron a dormir toda la noche exactamente en el primer trimestre de su vida. Nadie podría negar que soy una mujer bendecida por el dios de la huevonada. Quizás ustedes no lo crean, pero cuando duermo entro en un envidiable estado de coma. No hay poder humano que sea capaz de despertarme. Se ha intentado arrancarme de la cueva de Morfeo con la marcha de Zacatecas a punta de tambora y no ha funcionado. Mi sueño se mantiene profundo. Como si estos huesos no hubieran pecado nunca. Sin embargo, hay una excepción a esta regla: el sueño reparador comatoso no funciona si duermo en cama ajena. En casa de mis padres hay una habitación con la cama que pertenece al departamento de soltera que abandoné antes de mudarme a Guanajuato. Tampoco ahí puedo dormir ya a pierna suelta. Soy una frívola anomalía  de la naturaleza. Todas y cada una de las veces que he dormido en una habitación distinta despierto las tres de la mañana completamente sobresaltada. Mierda, ¿que es aquí? ¿donde estoy? -me pregunto en voz baja completamente aterrada. Mi subconsciente suele tardar breves segundos en encontrar el pasillo de salida, en encender la lámpara interna que alumbra con tibieza mi realidad.

Ay, como eres tonta, América. Estás en casa de Florence. Es la recámara de tu hermana.

Suelo repetirme en voz baja para tranquilizarme en silencio.

Dependiendo de la zona geográfica es el periodo de tiempo que tardo en deslizarme en un nuevo sopor.

Este síndrome del jamaicón doméstico no se reduce exclusivamente a los hábitos y fobias del sueño. Existen muy pocos lugares en el mundo en los que puedo ser capaz de sentirme en casa. La casa paterna no es una de ellas. por ejemplo; así que imagínense ustedes la tortura para esta alma rejega. La incomodidad de pernoctar en morada forastera se extiende a cada rincón del hogar que está dándome asilo. Es inevitable y pido perdón de antemano a todas esas almas nobles que han abierto de par en par sus puertas a esta malagradecida. Me he hospedado en casas de espectacular lujo y comodidad, así como en humildes viviendas. No existe diferencia, en ambos casos siempre identifico un rincón incómodo. Pondré un ejemplo: soy una campesina del alma y solamente encuentro paz y comodidad si descubro una cocina que esté organizada como yo la tendría. Me frustra meterme a bañar a una ducha que no tenga la calibración de agua caliente tal y como acostumbro. La mayor de mis frustraciones la tuve en un lujoso baño en Bruselas. Jamás reuní el mapeo adecuado neuronal para calibrar la sofisticada válvula que invitaba a elegir los grados centígrados deseados para tomar la ducha perfecta. Cada vez que me bañé en esa compleja regadera salí hipotérmica o a punto de despellejarme. Fue una pesadilla. Otro ejemplo: existen agrestes debates sobre la pertinencia de contar con un bote de basura en el sanitario. Yo lo tengo, no podría vivir si él. Que cada vez existan más personas socialmente responsables, prolijas y amantes de la ecología arroja al alma mía a una desolación profunda. El diablo está en los detalles y aunque parezca pueril, absurdos detalles de este calibre consiguen que, al momento de regresar al hogar, sea invadida por un estado de gozo total. Lo siento, pero cada quién sus anatemas.

Es difícil explicar el conjunto de formalidades que tienen que colocarse en estado de armonía perfecta para construir un espacio que logre el milagro de llamar hogar. El trece de noviembre pasado conseguí el milagro: encontré un espacio en el que pude palpar un hogar a más de nueve mil kilómetros del mío. Cada rincón de ese hogar hizo sentirme parte de él. El baño, la cocina, la sala y hasta el vigilante de la puerta. La cama fue sin duda de mis rincones favoritos. Pude dormir una semana sin sobresaltos. No hubo la súbita y acostumbrada alarma a la hora que en algunas culturas se conoce como la hora del diablo.

La primera noche que pasé en el hogar guanajuatense que construí con manos y dientes, desperté intempestivamente a las tres de la mañana. Miré en las penumbras la habitación y aunque lo que veía al fondo era -efectivamente- la cama de mi perra, la maleta deportiva que llevo todos los días a la alberca, el caos de libros que tengo en la mesita de noche; sentí que estaba en la habitación incorrecta. El olor no me era familiar. El lecho al que mis células reclamaban pertenencia se encontraba en un inusitado lugar. Sabía que estaba en casa, pero a veces es inevitable ser atacado por la pugna eterna entre el saber y el sentir. Fue un despertar peculiar.

La cultura popular suele llamar “La hora del diablo” a las tres de la mañana gracias a la vieja creencia de que la hora exacta de la muerte de Jesús ocurrió a las tres de la tarde, y uno de los placeres de Lucifer es hacer mofa de cada a divinis momentum e invertirlo para su gozo: Todo lo que se repite en tres a la madrugada (tres golpes, tres susurros) es una mofa al cristianismo. Sin embargo, existen razones fisiológicas que explican el fenómeno: se considera que las tres de la mañana es el punto medio preciso del ciclo normal del sueño humano. Por otra parte, el profesor de historia Roger Ekirch afirma que, antes de la aparición de la luz eléctrica las personas no acostumbraban a yacer de manera ininterrumpida de noche a día. Los patrones de sueño se dividían en tres ciclos: la primera fase de sueño se componía de 4 horas, seguida de una vigilia de dos horas y finalmente, la tercera fase de cuatro horas desde el anochecer hasta la mañana siguiente. Las investigaciones de Ekirch arrojan datos fascinantes: las dos horas de vigilia que proseguían a la primera fase del sueño (es decir, la hora del diablo) eran  el periodo perfecto del tiempo para meditar, escribir o hacer el amor. En la antigüedad, nuestros ancestros veían esta pausa no como un insomnio, sino como el momento ideal para el estudio, la introspección, clarividencia y sempiterna búsqueda interior.

Siempre he poseído un alma hostil a la que le gusta rozar constantemente con la herejía. Confieso que no encuentro un solo rasgo de fe en mi interior y si la tuviese, seguro está completamente esclerosada. Por lo que prefiero decantarme del lado de la lógica e investigación histórica del comportamiento humano antes que por amigos imaginarios. Estoy aprendiendo a gozar los ya cotidianos sobresaltos a la hora del diablo.

Durante el periodo de pausa que comprende el primer y segundo ciclo del sueño he comenzado a reflexionar los pasos que deberé recorrer a corto y mediano plazo. Pero también he adquirido una desconocida iluminación nocturna para afinar ciertos hábitos de escritura y estoy en verdad saboreando esta nueva forma de comprender mi interior. Estoy reconociéndome como una nueva mujer fragmentada en un espacio y tiempo divididos. Cioran decía que la vida la existencia y el tiempo marchan juntos, porque forman una unidad orgánica. Nosotros avanzamos con el tiempo. Lo que llamamos vida y acto es la inserción en el tiempo. Somos tiempo.

Mientras escribo estas líneas, el reloj marca las cuatro y media de la mañana. Es tiempo de cerrar los ojos para desear con furor y pasión que un guardián incorpóreo coloque sus alas sobre mi cuerpo y lo transporte al lugar donde hallé un lecho al que podría abandonarme sin pausas, ni ciclos. Aunque el hacerlo no signifique otra cosa más que sumergirme en un nuevo abismo.

América Pacheco.

 

 

 

 

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