Crónicas de cuarentena: Vacío perfecto.

De acuerdo con su acepción más conocida, un prólogo es un texto corto escrito como bocado preliminar de un libro. No hay una regla estricta respecto a quién debería de escribirlo. Lo puede hacer el autor o cualquier otra persona elegida por él mismo, por la editorial o por la buena suerte. Menciono a la buena fortuna porque el prólogo justifica de alguna manera la existencia de la obra y sobre todo, también guía al lector potencial para engancharse con el ejemplar o con el autor, ya que sirve de introducción a su lectura. Algunos aguerridos -incluso- intentan catalogar al prólogo como un género literario con todas sus letras; pero yo no me arriesgaría a tanto. En poquísimas y contundentes palabras, el prólogo no es otra cosa más que la primera parte de una obra que permitirá al lector juzgar algunas coyunturas importantes sobre la obra que sostiene en sus manos por primera vez.

Reflexiono poderosamente sobre este tema por dos razones sencillas; la primera de ellas es que paso demasiado tiempo libre mirando al techo, y la segunda: necesito encontrar una manera creativa de nombrar mi estado emocional actual. Y no enloquecer.

Estoy insondablemente enamorada de un hombre que vive a 9,000 kilómetros de casa. Lo conocí hace exactamente seis meses y si juntara en un ciclo continuo de tiempo los días que hemos pasado juntos, estamos hablando de mes y medio de convivencia cotidiana. MES Y MEDIO. A menos que nos rigiéramos por el ciclo de vida de los perros, nuestra experiencia como una pareja que intenta conocerse, entenderse y quererse, ha sido exigua. He tenido que aprender a lidiar con mis emociones acordonada por una señalética de advertencia clara: olvida toda expectativa y continua tu camino por la siguiente autopista. Sin embargo, ha sido imposible hacerle caso al escaso saldo amigo de mi cordura. No puedo, no quiero, me resisto.

Después un par de semanas de intento de lectura, tomé uno de los libros más apreciados en mi biblioteca personal: Vacío perfecto de Stanislaw Lem (Edit. Bruguera). Jamás creí posible que un libro de Lem tuviera las respuestas que necesitaba para interiorizar tanta aflicción.

Vacío perfecto es una colección de críticas literarias y científicas. Es una reflexión mordaz, un brillante galimatías y un auténtico experimento literario, porque todos los libros reseñados por el escritor ucraniano son imaginarios. Vacío perfecto es una narración sobre las cosas deseadas, pero imposibles de obtener. Es un libro sobre sueños que jamás se cumplen. Una auténtica obra maestra.

Leyendo vacío perfecto reflexioné sobre una analogía tal vez idiota, pero efectiva para entender lo que vivo. Una relación del calibre romántico que esta sea, superficial, fallida o victoriosa (¿existe algo como una relación exitosa, anyway?) es un maldito libro. El grosor, dimensiones, encuadernación, cuarta de forros, tipografía y tiraje dependerán cien por ciento de la calidad de una escritura forzosa a cuatro manos.

El ejercicio que estoy desempeñando al mantener una relación a distancia con una persona que nadie sabe cuándo podré volver a ver por factores trágicos y conocidos por todos, no es otra cosa que un vacío perfecto. Él y yo estamos escribiendo un prólogo de un libro imaginario. Estamos usando este peculiar recurso expositivo sin expectativas de conseguir que el futuro nos permita publicar nuestro propio libro. Estamos imaginando a fragmentos. Diseñamos en conjunto nuevas historias que a veces nos sorprenden porque no entendemos como manejar, o de qué manera capitular.

Por mi parte, estoy haciendo uso exclusivamente de los recursos emocionales más honestos que tengo. A veces soy cruda, otras sentimental y las menos, exagerada con las proyecciones estructurales de un libro que no es un ensayo, ni tampoco una novela. Los personajes lo parecen, pero no son ficticios: ríen estrepitosamente, devoran series en maratón o por entregas; se divierten con ingeniosas trivias, mantienen la costumbre de emborracharse juntos, pero, sobre todo, se acompañan en sus momentos de esterilidad creativa y se empujan para no dejar de crecer y acompañarse de maneras inimaginables.

Je veux plus de toi dans ma vie

T’as trop traîné dans mes yeux

Mes yeux, tatoués de nuits blanches

Se ferment pour toi

Des souvenirs en avalanche

Et c’est l’effet boule de neige

Qui me ramène dans tes bras

J’ai le cœur en hiver

Longtemps que j’ai paumé le printemps

J’sais pas vraiment ce qu’il m’attend

-Comment je vais faire: Hoshi-

A estas alturas tengo en el bolsillo más interrogantes que certidumbres. La literatura siempre ha sido una realidad alternativa a la vida misma. ¿Por qué no podría ser por una maldita vez también al revés? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ¿Los prologuistas imaginarios escriben novelas sincrónicas o diacrónicas?

Por lo pronto, nuestro proceso creativo se antoja de gestación lenta. Y si se me permite ser honesta, me importa doscientas millas náuticas el género resultante; lo único que me interesa saber es si la vida nos dará oportunidad de una segunda edición.

*Texto publicado en Animal Político el 24 de abril de 2020.

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